Las raíces irritadas*



Allí nadie pregunta nada. Nomás si acaso el patrón y muy lo necesario. Todo se sabe de oídas, en susurros, a medias palabras. No puede haber conversación. Pasa un viento cargado de temor y desparrama las cosas. O se quedan allí, como si a escondidas alguien tirara monedas que quién se anima a levantar. A veces ni a otros ojos ve uno, no vayan a comprometer. Las orejas revientan de secretos, de ásperos murmullos, como costras que se quisiera uno rascar. Por eso es bueno irse al monte, a cansar la indiscreción tras de un temazate guindao. O a solas beber, hasta que los ojos cierran sus dos pesadas puertas. Y atrás de esas puertas uno reposa, aunque sea un rato, porque luego se entrometen los sueños y despiertan difuntos que lo denuncian todo, a gritos. Me cuadraba que lloviera recio y tupido, porque el ruido ensordecía las ganas de hablar. El agua hablaba, pero sus palabras no eran malas. Era la lluvia una mansa cortina de tranquilidad.

Yo caí por Pochutla, sí señor, por causas que no son de contar. Causas de ésas que nos llevan muy lejos y nos obligan a lo que quiera usted. Sabía de números y el patrón me habilitó administrador de la finca cafetalera. Muy pronto fui al pueblo, con mi pantalón nuevo. No valdría arriba de treintaicinco pesos, pero el patrón lo cobraba a cienen la tienda de raya. Era un día de fiesta, un ocho de diciembre y había mucha gente vistiendo lujo y colores. Yo estaba viendo a una muchacha que me dio de alazo. Buscaba sus ojos y tanteaba lo macizo de sus piernas. Era una potranquita bien encarada, a la medida de mis gustos. Iba yo alborotándome, porque me vio casi no queriendo, de prisa, pero en esa prisa como que se había fijado en mí. En esas andaba, muy absorbido, cuando sonaron balazos. Corría el tiempo de fríos, cuando matan más gente. Llegó alguien, y me dijo: “¿Sabe?” Mataron a tres.” Era bastante información y quedé silencio. Me quería figurar el estilo de allí, pero así sin preguntar. Ahora sabía más, y por saberlo, ya la muchacha se me había perdido.

Por la finca me guardaban mi lugar. Yo le entraba duro al trabajo y no soltaba sino pocas palabras. Los pistoleros del patrón me tenían respeto porque creían que debía yo quién sabe cuántas muertes. Ellos habrían de suponer que andaba de huída y que era hombre de temer. Querían enterarse si mi cuenta de muertos era más grande que la de ellos. Se morían de curiosidad por averiguarlo. Trataban de hacerme confianza y uno preguntaba: “¿A cuántos te has echado?” Ansiaban que yo me confesara para sacar hilo: “Anda, aquí entre hombres, ¿cuántas rayas te has apuntado?” Yo nomás me ponía serio, como que mis secretos eran para mí y ellos harían cálculos viéndolos de mucho tamaño. Yo sí sabía que a ése le cargaban su buena docena de muertes y que aquél podría tener su cementerio. Y por igual contabilidad los demás. Y mi discreción valía para imponerles respeto.

Yo vi al hijo del patrón forzar a una muchacha. Fue delante de estos ojos que se han de comer los gusanos y como si yo no supiera ver. La jaloneó de las trenzas y la golpeó con su escuadra, sin nada de miramiento. Fue cerca del pozo, donde el aire tronchó un árbol. La muchacha se defendió lo que pudo, pero pudo más la maña del hijo del patrón. Bien que le rasgó las faldas y le tironeó los calzones. Hasta que ya desmayada le abrió las piernas y le robó su virginidad. Y yo me puse a pensar en la muchacha de Cuquila, con mucha muina y también mis malas ideas. Me estaban dando apuros de tener a la muchacha del pueblo, pero a las buenas. Y mi coraje era pensar que el hijo del patrón hubiera hecho lo mismo con ella. Yo no hubiera imaginado tanta desconsideración. Me caía otro secreto que traía su lumbre. Pero si al padre de la muchacha lo mataron cuando fue a reclamar, ¿quién carajos daría constancia?

Me fui a la casa del poquitero, a que firmara el papel. El patrón me había dicho: “Te daré doscientos pesos al mes y te descontaré cincuenta por la comida. No necesitas más. Ponte a trabajar.” Y me puse a trabajar. Y ése fue uno de mis primeros trabajos. Llevarle al tal Asunción un dinero que le prestaba el patrón para sus siembras. El papel decía que el tal Asunción tendría que pagar con treinta quintales de café. Había que remontar la sierra, cerca de donde había unas minas. Unas minas de titanio que luego llevaban al puerto, a unos barcos gringos. Yo había leído en una revista que esas minas eran las que tenían más titanio en el mundo.

Me prestaron dos muchachos, porque no conocía el camino. Y ai nos fuimos al clarear una mañanita que coleaba a un frío retrasado, rasgando una espesa neblina y echando vaho por la boca. La vereda se escondía entre brumas y la seguíamos como si fuera un hilo enredado. Vino el sol a despejar la sierra y a desentumir el cuerpo con retozo. Un suave calorcito va entonando el frío y quién sabe por qué se antoja tirar un grito para oír rebotar allá su eco. O sacar la pistola y pellizcarle el tronco a cualquier árbol esmirriado. Y uno se va poniendo contento consigo mismo. Se siente crecer lo hombre en tan sabrosa libertad.

Bajamos una larga pendiente que se despeñaba a las vueltas y de pronto recalamos en la casa del poquitero. Había muchos árboles frutales y olía a tierra húmeda. Los pulmones podían respirar a sus anchas en tan buen aire. La casa era pequeña, con su techo de palma y el tal Asunción esaba en la puerta, esperándonos, entre sus perros y muy bien puesto con sus maneras de una sola pieza. Yo entendía que era buena gente y trabajador. Pero los que aún tenían tierras, trabajaban de prestado con el patrón. Me recibió con cortesía y ordenó traer agua y toronjil. Yo quería agua y los muchachos su trago.

Quien salió con el agua y el toronjil fue la muchacha que yo había visto en Cuquila, con sus mismas piernas macizas, con sus ojos que me vieron entre que sí y que no, y unos labios para inquietar cualquier sosiego. Yo bebí el agua con muchas ansias. Era un agua limpia, como el cielo y la muchacha. Era un agua así de buena como un amor que empieza. Yo me había sorbido no nada más el agua, sino el fulgor de esos ojos y un nombre para sembrarlo en la memoria. El nombre de ella, porque se llamaba Gertrudis.

Gertrudis era hija del poquitero, porque así la trató él y con cariño muy particular. Con reposo, como dueño de su lugar, luego la bienvenida nos dio.

—Gusto en conocerlo. ¿Qué tal le fue en el camino?

—La pasamos bien.

—Nos harán el favor de comer algo.

—Lo vamos a molestar.

—Están en su casa de ustedes.

—Favor que usted nos hace.

—Perdonarán lo pobre. Pero aunque sea unos frijolitos.

El poquitero nos abrió su casa. Prepararon la mesa, en el corredor. El olor de la cocina nos llegaba al estómago y agrandaba el apetito. Salían y entraban las mujeres, pero no Gertrudis.

—¿Está bien el patrón?

—Está. Por aquí le manda este dinero y que usted firme el papel.

—Como que es poco el dinero y mucho los treinta quintales.

—Que así se arreglaron.

—El café ha subido y lo pagan mejor. ¿Qué nos va quedando a nosotros?

—Así me dieron las órdenes.

—No lo voy a hacer quedar mal. Mi palabra es mi palabra. Ora nos toca aceptar. Es la necesidad.

Sobre la puerta de la cocina fijé mi distracción. Por allí andaría Gertrudis. Y yo tenía apremio de que se dejara ver. Me quedaba una sed de volver a sorber sus miradas. Me estaba haciendo falta que me repitiera la prisa de sus ojos. Sabe usted, yo era hombre solo. Y desde hacía rato yo consideraba que me habría de sentir muy cabal si pudiera enamorarla. Podría vivir mis noches para aluzarlas con ese su nombre que me sabía a elote tierno. Serían unas noches para dejar los ojos abiertos entre yerbas olorosas y yo le estaría diciendo a la muchacha palabras que no queda más que decir en voz baja.

La puerta, al fin, se iluminó. Con todo y disimulo, porque el poquitero no era hombre para jugar, mis ojos se fueron con la muchacha. Ella entró muy recatada, la vista no compartió. Los muchachos y yo dizque veíamos los platos, pero las miradas eran linternas que querían curiosear a Gertrudis. Y yo quería curiosearle más que nada los ojos. Esos mismos ojos de la tarde de Cuquila en que mataron a tres. Porque algo mortificaba mis sentimientos si no me confiaban otra vez un poco de su prisa. Una poca de esa vergüenza con que alzaba los platos, acercando unos brazos velluditos. Sin dar la vista, como si no hubiera más que platos que recoger. Y ella fue dejando su olor de mujer acabada de bañar, para que el cuarto se repletara de frutas. Fue cuando ya al volver a la cocina, su mirada me dedicó. Nomás un momento. Un momento que tarda un pájaro en cruzar. Pero como hombre que soy, me daban mi correspondencia.

Bajé la sierra y yo era una matraca que quería girar alegre ruido. El sol caía como si lloviera su luz. Allá abajo, el río que llevaba su agua, cantaba mi propia canción. Yo iba encandilado por la mirada de Gertrudis. Como si la mirada estuviera allí, cubriendo los árboles, el río, el cielo, las flores silvestres. Y pensar en ella como que me provocaba sabrosos calosfríos. Y pensar que podría tenerla, era de pronto una alucinación, esperanza difícil que no podría ser. Y suponiendo que sí, pues me acababa de mirar, diciéndome cosas, palabras que los ojos saben expresar, me zumbaba un contento de abejas que hallaron su miel. Una satisfacción muy grande para poderla explicar.

Volví a la finca, a la vida del “mande usted”. A vivir de cerca la ley del patrón. ¡Qué cosas no vi! Pero el patrón nos ponía su distancia. Era una obligación que había que acatar. Él podía disponer lo que fuera su voluntad. Tanto muerto como él mandó matar hacían imposible decirle “ya no se desmande” o “téngase la mano”. Él tenía el derecho de todo, con buenas o malas razones. Y sus razones eran siempre malas para abarcar y hacer suyo lo que era de otros. Allí estaban sus muchachos, sus pistoleros, para aquietar a quien tuviera dudas, para desaparecer a quien estorbara. Sabe usted, se vive así como que todo está hecho para que uno reciba humillaciones y tenga que doblar la cabeza. Los pocos que se van atreviendo, nada más los quitan de en medio y no le quedan arrestos a nadie ni de decir “no sea usted así, tóquese el corazón”. El patrón es la justicia, es el juez, es la autoridad, es todo. Como que nos echaron al mundo para ser esclavos. Si se queja usted con la autoridad, la autoridad está con el patrón. Si va usted con las fuerzas militares, están con el patrón. Si va usted a la iglesia, el cura está con el patrón o nomás le pide resignación. Se agacha la cabeza y como que entre todos lo van dejando a uno capado. Uno ve las injusticias y se van quedando olvidadas, pues quién va a abrir la boca. De nada vale traer pantalones ni dizque ser muy alebrestado. Ante el patrón uno no es el dueño ni de sus propios tompiates.

Se vino el tiempo de recoger el café y ponerlo a secar. Yo me había ingeniado en mandarle una carta a Gertrudis, una carta comedida para comunicarle lo mucho que de ella estaban pendientes mis pensamientos. Y me contestó mi recado, que en el pueblo nos habríamos de ver un día que ya me avisaría. Yo hacía cuenta de los días y de las noches. Algunos atardeceres, cuando eran fuertes mis ansias y muy exigentes mis sueños, remontaba la sierra por el rumbo al que me jalaban mis prisas. Ella habría de enterarse de que yo mismo era ese hombre que una y otra vez recalaba por aquellos parajes. Preguntaría el poquitero a sus hombres:  “Por ai divisé un hombre a caballo, ¿quién podría ser?” Sus hombres contestarán: “Podrá ser administrador.” El poquitero preguntaría: ”¿Qué camino llevará?”  “Tal vez irá a Cuquila. O andará de linterneada. Pero bien que le agarró el modo al camino de por acá.”  El poquitero no preguntaría más, porque yo no faltaba a ningún respeto. Y Gertrudis sabría...

Estábamos ya preparando el café para llevarlo al asoleadero. Con sacos de café pagaban los poquiteros los préstamos del patrón. Y el patrón me mandó llamar y unas instrucciones me dio.

—Vete a ver al poquitero Asunción. Le dices que bajó el precio del café y que cincuenta quintales me tiene que dar, por los treinta que quedó. Te llevas a cuatro de los muchachos, ya sabes a quiénes. Ellos sabrán cómo manejarse si ese tal se pone tonto. Estás aquí luego con esos cincuenta quintales. No me va a gustar que falte uno menos.

Salí al patio a tomar providencias. Hacía mucho calor y yo me quería sacudir una molestia. Una muina muy jija se me estaba encabritando y me salía la voz en busca de bronca. Hubiera querido echar un chorro de malas palabras o tal vez las estaba diciendo. Iba yo a cumplir las órdenes del patrón y ni para qué discutir. Un mocito de otras tierras se me acercó misterioso y una razón me entregó.

—Que dice la señorita Gertrudis que va a ver si va por Cuquila.

El mundo se llenó de silencio y yo oí repiquetear mi corazón nombrando el nombre de ese de Cuquila. Uno de los perros se llegó a hacerme fiestas y yo me quedé inmóvil, clavado en la tierra de mis pensamientos. Me envolvió un aire que llevaba palabras y murmullos en un nombre de mujer y como que yo me iba con él. Y pensé que me iría, pero me despertó la ley del patrón. Mis pensamientos y el viento se habían ido y allí no quedaban más que las órdenes que debería cumplir. Gertrudis y Cuquila quedaron lejos y no había más que ir a traer los cincuenta quintales de café. Le di una patada al perro y lo vi correr gimiendo. A ese perro que me comía a fiestas. Di las órdenes, como si mis palabras fueran latigazos. Ninguno me parpadeó, que mi enojo no era para enfrentarse a él.

Trepamos la vereda y yo no veía sino lo negro de mi violencia. Hasta llegar a la casa del poquitero, con las mulas, los peones y los pistoleros. Allí estaba, en la puerta, bien asentado, con todo su cuerpo como lleno de respeto, muy en su sitio de hombre, muy en confianza con todo lo que le rodeaba. Sus brazos fibrudos le colgaban fuera de la camisa arremangada y nomás se encogieron un poco al vernos llegar con tanto apresto. Pero nos vio sin darse por entendido de que íbamos a lo que íbamos, como si pasáramos a saludarlo, aunque él debería ir maliciando que a nada bueno me acompañaban tantos pistoleros del patrón. Y así habló con su voz tranquila:

—¿A qué debemos la visita? Habrá que matar una gallina.

No había sorna en sus palabras. Eran dichas con buena disposición. Ya lo habíamos rodeado sin bajarnos de nuestras cabalgaduras y los muchachos lo provocaban con turbias miradas, dispuestos a mortificarlo.

—Usted perdonará, pero el patrón nos manda por los cincuenta quintales que le sale usted debiendo.

—Habrá un error. El papel con sus letras dice que serán treinta.

La voz del poquitero era firme y nada alterada: Me temía que si perdía su calma, sería señal para que estallara la ley del patrón. Para que salieran las pistolas a regar su luto.

—El patrón dice que perdone usted, pero que bajó el precio del café y se tiene que emparejar.

—Bien se emparejará. Mi café es pergamino y me lo va tomando a 75 pesos y da la casualidad que a 600 lo pagan en el puerto.

Era pasado el mediodía y el calor hervía la tierra. Chorriábamos sudor y la impaciencia se encabritaba a mal querer. En esa lumbre podía reventar lo jijo de los pistoleros. El poquitero, cercado, nos caló como quien mide la tierra cuando va a sembrar.

—Pues mire nomás, no lo paso a creer.

—Mejor le valdría no discutir. Cincuenta quintales dijo el patrón.

—¿De qué valdrán los papeles? ¿Para un carajo?

La voz del poquitero estuvo a punto de arder a malas palabras. Sus ojos dejaron ver que por su cuerpo le iba corriendo un coraje muy fuerte que él quería contener. Le puso freno al carajo, con rápida duda entre aventarnos su enojo o tener que comerse su muina. Y se quedó así serio, pensando lo que sería conveniente: doblar la cabeza o aceptar la trifulca.

—Entre usted en razón. Será mejor que nos entregue el café.

Sus hombres, silenciosos y hoscos, esperaban hacia dónde moverse, según la decisión fuera un no o un sí. Y no cabía más espera en tan largo tiempo. Si una palabra no traía la resignación, ya estaría desbocada la violencia.

Muchos esfuerzos debió costarle y muchos pantalones volver a su voz reposada. Olvidándose de nosotros, como bajado de su coraje, el poquitero vio con cariño a los suyos y disimulando que lo obligaban, simplemente les dijo:

—Pongan los cincuenta quintales. Ya nos habrá de tocar la ganancia.

Sus hombres, aliviados de la preocupación, corrieron a acarrear el café y bien rebasado se pusieron a llenar cada saco, mientras Asunción Popoca se llevaba la humillación a su casa. Los muchachos apuraban a los peones con frases de alevosa intención. Yo veía caer el café y no sabía si estar satisfecho porque las órdenes se cumplían sin llegar a mayores o violentarme porque no podía escapar a Cuquila, donde me habrían de estar esperando.

Así tomamos camino a la finca y yo pensaba que no era legal la afrenta contra el poquitero. Mas ninguna otra cosa mejor hubiera podido yo hacer. Y sintiéndome preso de esa ley que dominaba la sierra, como potro encerrado en un corral iba yo considerando que la vida así vivida era una iniquidad. Y se me revelaba la hombría, pero yo la tenía que amansar inteligiendo que cualquier resistencia traería la muerte y que no quedaba más que aguantar un destino tan desarreglado.

En ésas se me acercó Cipriano Gallegos, el Colorín. Era un pistolero ladino y entrador. Tenía mal de pinto y le gustaban faenas en las que la comisión era sumar difuntos. Arreó su cabalgadura hasta alcanzar a la mía.

—Se le doblaron las corvas al tal Asunción, lo que no le va a parecer al patrón. Yo entendí que habría que dejarlo listo para un entierro.

—No veo la necesidad, si nos entregó el café.

—¡Ah, que usted! No se acaba de familiarizar con el estilo del patrón. ¿No ve que Asunción tiene muy buenas tierras para otra cafetal? Y yo le he vislumbrado al patrón que le gustaría también ser el dueño de por acá. Ahora a ver si no lo intenta por el lado de la muchacha, la Gertrudis ésa, para la que yo sé que tiene sus planes.

—¿La muchacha?

Pero ya esa muchacha había tomado forma y sentí que el Colorín me había tocado la llaga. Se me fueron nublando los ojos con la ansiedad de calcular un peligro muy grande para Gertrudis. Columbré que de allá de la finca podría correr un viento de malos augurios para esa esperanza que alimentaba noches y días.

No pude pensar más porque de allá entre las ramas donde iba a dar vuelta la vereda, la retrocarga estalló alborotando la muerte entre nosotros. Yo me apié de un brinco y me eché en tierra, contestando la balacera defendido por el caballo de el Colorín, ya luego bien tieso sobre su caída montura. Yo no estaba queriendo más que defenderme y tiros y tiros se cruzaban, pues ya los nuestros le daban vuelo a las descargas cerradas. La mulada se había espantado y no pudiendo salirse de la vereda, de apretada que nacía la ramazón, se fue hacia donde disparaban. Y las mulas caídas o las que podían seguir adelante, resultaban una defensa.

Quién sabe cuánto tiempo pasó y cuántos balazos sonaron, pero luego de allá donde nos habían querido venadear, como que se les acabó el parque y empezó a hacerse un sofocante silencio. Yo me arrastré a un lado, a cubrirme con las ramas. Me fui enderezando, dando pasos atrás, pistola en mano, sin disparar para no llamar la atención. Me topé con dos de los muchachos y algunos peones y me enseñaron a otros dos de los pistoleros que habían sido clareados.

Dimos un gran rodeo metiéndonos entre los árboles para bajar al sitio donde había sonado la retrocarga. No había ya nadie. De seguro sus hombres, al verlo muerto se habían desparramado, porque allí descubrimos al poquitero tendido con un florón en la frente, de la que le escurrían unos hilillos de sangre. Todo era sosiego y no se movía más que el reflejo de esa sangre, por la que se escapaba ese respeto que en vida rodeaba al poquitero. Todo él tumbado en posición forzada, como árbol mal tronchado que no hubiera querido caer. Y yo viéndolo oía el carajo aquel que se había tenido que tragar. Y ese carajo se me acumulaba a mí. Y yo no me sentía capaz de poder guardarlo.

Enterramos a los muertos y perdimos mucho tiempo en agrupar a los animales que pudimos. A tres de los muchachos allí los dejamos, sepultados, con sus cruces, para que pudieran venir a llorarlos sus mujeres. Y volvimos a seguir bajando el monte, con mucho cuidado, por si todavía nos esperaba otra retrocarga. Nada ocurrió y llegamos a la finca, bien entrada la tarde.

Llegué con el patrón, pues no me quedaba otra. La sierra hubiera sido chica para irme así como así. Y ahí estaba él y yo lo vi con otros ojos, con los ojos de esa palabra que traía en la punta de la lengua. Y él se dedicó a ver la mulada dejando a sus ojos la codicia de abarcar si traía los cincuenta quintales y luego que no los completó, me preguntó con voz altanera:

—Me vas diciendo qué pasó.

Y yo hubiera querido decirle todas las cosas malas que por su culpa iban pasando y más que nada que me estarían esperando en Cuquila, pero yo todavía no pude olvidarme que él era el patrón y que tenía que estar sometido a su respeto y así nomás respondí:

—Sabe, nos sorprendieron con la retrocarga y ya no vienen tres de los muchachos, los mismos que usted mandó a que me acompañaran.

Él se quedó echándome sus ojos a plena luz, como si en ellos lanzara su ley. Traía una vara en la mano y luego que me vio volvió a fisgonear la mulada y los sacos de café y todos nos quedamos viendo la vara que apretaba por si con ella fuera a hacer alguna justicia. Y así como si no hubiera sucedido nada, acabó de hablar:

—¿Los enterraron bien?

Y yo se lo iba a decir, pero él no me hizo aprecio y golpeándose la pierna con la vara, se dio media vuelta ordenándome con un tono para ofender:

—Ven acá a mi despacho, que vamos a hablar.

Y sus palabras me pegaron como un dolor. Allí me di cuenta de que lo mejor de mi vida era como un mal sueño aprisionado entre cosas que si no rompía me dejarían castrado. Y me creció una muina que se me quería salir por las manos, porque ya no tenía cómo quedarme con ella y me fui llenando de la cólera de viejas palabras amontonadas sobre lo que yo era. Viejas palabras que me daban mi propia estatura y mucha fuerza en mi cabeza para echarlas todas fuera sin que nadie me las pudiera hacer callar.

Yo me fui tras el patrón y luego lo que debe haber ocurrido no esclarezco si fue sueño o realidad. Ya ni siquiera sé cómo aquello empezó. Porque quizás principié por decirle: “Vea usted, ahora me ha de dispensar, pero me quiero ir de aquí.” Y tal vez él me contestó: “Mejor te quedas. ¿Quién carajos te crees que eres para dejarme tirado el trabajo?” Y con ese insulto él debe haber agregado otras muchas ofensas que no eran de soportar. Y yo debí recordar al poquitero, y a Gertrudis y el mal pensamiento de que la fueran a violar. Y todo eso y mucho más que no recuerdo me recalentó mi muina y me hizo dueño de mi propia hombría. Y se me salieron las palabras que yo siempre había querido arrojar:

—De carajos a carajos también se los voy a decir y ya va siendo hora de que vaya usted a tiznar a su madre...

Y le vacié la pistola y cada tiro era como descargar todo lo que me hacía daño. Fue de allí que me agarraron y me trajeron a Oaxaca. El juez me amontonó muchas culpas y los periódicos dijeron que yo era un matón que debía muchas muertes y todo lo que habían hecho los pistoleros del patrón. Y yo estaba seguro de no haber matado a nadie más que a él. Pero me han criminado, como si él todavía viviera. Porque yo lo maté a él, pero no a su ley. Y esa ley sigue viviendo. A mí me han pasado a amolar con todo eso puesto de acuerdo para fregarnos si levantamos cabeza. Tal vez por Pochutla sigue soplando ese viento cargado de temor que desparrama las cosas. Tal vez. ¿Pero no cree usted que un día a los demás se les va a llenar el cuerpo de un enchilamiento muy grande y acabarán por mandar a la tiznada a todo eso que no les permite ser hombres?

 

* “Las raíces irritadas”, de La muerte tiene permiso, Fondo de Cultura conómica, 1955.