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Dino Buzzati


Selección,
traducción y nota
de Guillermo
Fernández



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Nota introductoria
 

Los días 3 y 4 de noviembre de 1980, la Fondazione Cini realizó en la ciudad de Venecia un encuentro de escritores, con el fin de conmemorar el décimo año de la muerte de Dino Buzzati y el cuadragésimo de la publicación de El desierto de los tártaros, una de sus obras maestras que, al ser llevada a la pantalla cinematográfica, redondeó la celebridad del narrador de Belluno en todo el mundo. En esa conmemoración predominó, naturalmente, el tono de la palinodia, pues se trataba de olvidar la resistencia que opusieron durante más de dos décadas los críticos y escritores italianos a la obra buzzatiana, tanto en los últimos años del régimen fascista como en la posguerra, cuando la mayor parte de la crítica de este último periodo quería verlo todo a través de los anteojos neorrealistas. Mientras los literatos se empeñaban en querer ver únicamente en la obra de Buzzati una prolongación de la de Poe y de Kafka, solamente un producto tardío y burgués de la mitteleuropa, las novelas y los cuentos de Buzzati seguían conquistando espacios cada vez más amplios en Europa y en muchos otros países del mundo.

En ocasión del mencionado encuentro llevado a cabo en Venecia, Ítalo Calvino trazó en dos o tres páginas una semblanza de Buzzati y señaló la importancia de éste, dentro y fuera del marco de la literatura italiana. De ese testimonio citamos el siguiente fragmento: “Si hacemos un balance de nuestra literatura de la primera mitad de este siglo, nadie podrá dudar que Buzzati es uno de nuestros autores más sólidos y que mejor han resistido el paso de los años. [. ..] En fin, los extranjeros tenían razón, sobre todo los franceses, entre los cuales la crítica le reconoció inmediatamente un valor infinitamente mayor que en Italia. Y también tuvieron razón nuestras reacciones juveniles ante la lectura de su obra, que fueron fascinantes; por lo menos así ocurrió conmigo, cuando era adolescente, cuando empecé a distinguir su firma bajo las colaboraciones en Il Corriere della Sera, y más aún cuando vi cómo se destacaba el título de Los siete mensajeros en la portada azul y blanco de la primera colección de narradores nuevos de la Mondadori, impresa en aquel papel tan corriente, durante la guerra.”

Calvino se refiere a la segunda etapa narrativa de Buzzati —El desierto de los tártaros, Los siete mensajeros y Miedo en La Scala—, en la cual lo reconocemos ahora como a uno de los más intensos y profundos intérpretes de la zozobra existencial del hombre contemporáneo.

Entre la ironía y el horror cotidiano, entre la desesperanza engendrada por las maquinaciones siempre más sutiles del poder contra el individuo y la indefensión de éste ante la avalancha de acontecimientos que lo arrollan, entre la promesa del instante y la condena de la eternidad, los personajes de Buzzati están en el mundo como presas sojuzgadas, esperando la ejecución: “Estamos como conejos en la pradera, inmóviles, con esa misma inquietud que nos envenena. ¿Dónde nos han tendido la trampa?”

Y toma cuerpo la figura de Giuseppe Corte, el protagonista de “Siete pisos”, en esa víctima del hado que es llevada, desde el alto concepto que tiene de sí misma, hasta el plano inferior, nivelador, el de la realidad, el de la ejecución inexorable. Giuseppe es arrastrado de piso en piso por medio de lisonjas banales, de recomendaciones técnicas, profesionales. Se halla atrapado entre los engranajes de un sistema que funciona con la perfección de un mecanismo de relojería. Giuseppe Corte protesta, pero sus protestas son aún más banales e inútiles: no hay poder humano, individual, capaz de intervenir para evitar su caída gradual. Cuando ésta se cumple, Giuseppe Corte se reencuentra a sí mismo, reducido a su simple condición humana y espera su fin sin pronunciar una sola palabra. 

Una constante lección moral acerca de la transitoriedad de la existencia se entreteje siempre en la urdimbre de sus fábulas, cuentos fantásticos y de aventuras, con un intenso dejo melancólico: “El hombre se da cuenta, con estupor, de que toda la vida, con sus penas, alegrías y esperanzas correspondientes, no valía absolutamente nada; como si se tratara de un gran andamio construido tras largos años de fatigas y que cierto punto ya nadie entiende, porque estaba totalmente equivocado.” Una de las grandes razones de la universalidad de la obra buzzatiana es la de colocar al lector sobre su fantástico tablero de ajedrez, de obligarlo a asumir su papel en una partida entablada contra la fatalidad, contra las ineluctables fuerzas del destino.

Diño Buzzati nació en Belluno, Italia, el 16 de octubre de 1906. Después de terminar la carrera de Leyes en la Universidad de Milán, emprendió, en 1928, la de periodista, empleándose como cronista en Il Corriere della Sera, en el cual trabajó más adelante como redactor y enviado especial. Murió en Milán, el 28 de enero de 1972.

 

Guillermo Fernández

 


 

Los siete mensajeros

 

Habiendo salido a explorar el reino de mi padre, día a día voy alejándome de la ciudad, y las noticias que me llegan son cada vez más escasas.

Inicié el viaje poco después de cumplir los treinta años de edad, y más de ocho años han transcurrido, exactamente ocho años, seis meses y quince días de ininterrumpido camino. Creía, al partir, que en pocas semanas llegaría fácilmente a los confines del reino; en cambio, he seguido hallando nuevas gentes y pueblos; por todas partes hombres que hablaban mi propia lengua, que decían ser mis súbditos.

Pienso a veces que la brújula de mi geógrafo ha enloquecido y que pensando avanzar siempre hacia el meridión, en realidad hemos andado dando vueltas alrededor de nosotros mismos, sin aumentar jamás la distancia que nos separa de la capital; esto podría explicar el motivo por el cual no hemos llegado aún a la última frontera.

Pero más a menudo me atormenta la duda de que no exista dicha frontera, de que el reino se extienda ilimitadamente y de que, por más que avance, nunca llegaré a ella. Emprendí el viaje cuando yo tenía más de treinta años; acaso demasiado tarde. Los amigos y mis propios familiares se burlaban de mi proyecto, considerándolo como un inútil dispendio de los mejores años de la vida. En realidad, pocos de mis felices allegados estuvieron de acuerdo en que partiera.

Aunque despreocupado —¡mucho más que ahora!—, me preocupé por mantenerme comunicado, durante el viaje, con mis seres queridos y, entre los caballeros de la escolta, elegí a los siete mejores, para que me sirvieran de mensajeros.

En mi inconsciencia, creía que tener siete de ellos era una exageración. Con el pasar del tiempo me di cuenta de que era todo lo contrario, de que eran ridículamente pocos; y eso que ninguno de ellos ha caído enfermo, ni se ha encontrado con salteadores, ni ha perdido la cabalgadura. Los siete me han servido con una tenacidad y una devoción que difícilmente podré recompensar.

Para distinguirlos fácilmente, los nombré con iniciales alfabéticamente progresivas: Alessandro, Bartolomeo, Caio, Domenico, Ettore, Federico, Gregorio.

No estando acostumbrado a estar lejos de mi casa, mandé al primero, a Alessandro, desde la noche del segundo día de viaje, cuando habíamos recorrido unas ochenta leguas. La noche siguiente, para asegurarme de la continuidad de las comunicaciones, envié al segundo, luego al tercero, después al cuarto, y así sucesivamente, hasta la octava noche de viaje, en la que partió Gregorio. El primero no había regresado aún.

Nos alcanzó la décima noche, mientras estábamos disponiendo el campamento en un valle deshabitado. El retorno de Alessandro me indicó que su rapidez había sido inferior a lo previsto. Yo había pensado que, yendo aisladamente, montando un óptimo caballo, él podría recorrer, en el mismo tiempo, una distancia doble de la nuestra; en cambio, él había recorrido solamente una distancia y media. Mientras nosotros avanzábamos cuarenta leguas, él devoraba sesenta, pero no más.

Lo mismo ocurrió con los otros. Bartolomeo, que partió hacia la ciudad en la tercera noche de viaje, nos alcanzó en la decimoquinta; Caio, que partió en la cuarta, regresó en la vigésima. Pronto pude constatar que bastaba con multiplicar por cinco los días empleados para saber cuándo habría de regresar el mensajero.

Alejándonos cada vez más de la capital, el itinerario de los meses se hacía siempre más largo. Después de cincuenta días de camino, el intervalo entre uno y otro retorno de los mensajeros empezó a espaciarse sensiblemente. Mientras que en un principio veía llegar al campamento a uno de ellos cada cinco días, este intervalo se volvió de veinticinco; de tal manera que la voz de mi ciudad me llegaba cada vez más débil. Pasaban semanas enteras sin que yo recibiera ninguna noticia.

Al cabo de seis meses —después de cruzar los montes Fasani—, el intervalo entre una y otra llegada de los mensajeros aumentó nada menos que a cuatro meses. Ellos me daban ya noticias lejanas; los sobres me llegaban ajados, a veces con manchas de humedad, por tantas noches que había pasado a la intemperie quien me los llevaba.

Seguimos avanzando. En vano intentaba persuadirme de que las nubes que pasaban sobre nosotros eran iguales a las de mi infancia; que el cielo de mi ciudad lejana no era distinto a la cúpula azul que alzaba sobre nuestras cabezas; que el aire era el mismo, igual el soplo del viento, idénticas las voces de los pájaros. Las nubes, el cielo, el aire, los vientos y los pájaros me parecían cosas realmente nuevas y diferentes. Y yo me sentía extranjero.

¡Adelante, adelante! Vagabundos que encontré en las llanuras me decían que las fronteras no estaban lejos. Yo incitaba a mis hombres a no detenerse, apagaba los acentos desalentadores que nacían en sus labios. Habían pasado ya cuatro años de mi partida; una larga fatiga. La capital, mi casa, mi padre, eran algo extrañamente remoto, casi no creía en ellos. Veinte meses de silencio y de soledad se prolongaban ahora entre las sucesivas apariciones de los mensajeros. Me llevaban curiosas cartas apergaminadas por el tiempo, y en ellas encontraba nombres olvidados, modismos que nunca había oído, sentimientos que no lograba entender. A la mañana siguiente, tras una sola noche de descanso, mientras nos poníamos otra vez en camino, el mensajero partía en dirección opuesta, llevándose a la ciudad las cartas que yo tenía listas desde hacía mucho tiempo.

Han transcurrido ocho años y medio. Esta noche estaba cenando solo en mi tienda cuando entró Domenico, sonriente, a pesar de estar muerto de cansancio. Hacía casi siete años que no lo veía. Durante todo este larguísimo periodo no ha hecho otra cosa que correr a través de praderas, bosques y desiertos, cambiando quién sabe cuántas veces de cabalgadura, para traerme ese paquete de sobres que aún no tengo ganas de abrir. Ya se fue a dormir y saldrá nuevamente mañana al despuntar el alba.

Partirá por última vez. En la bitácora he calculado que, si todo sale bien, prosiguiendo mi camino como lo he hecho hasta ahora, y él el suyo, no podré volver a encontrarme con Domenico sino hasta después de que hayan pasado treinta y cuatro años. Para entonces tendré setenta y dos. Pero empiezo a sentirme fatigado y es probable que la muerte me atrapará antes. Así, pues, no volveré a verlo.

Dentro de treinta y cuatro años (más bien antes, mucho antes), Domenico verá las fogatas de mi campamento, inesperadamente, y se preguntará cómo es que yo, mientras tanto, haya recorrido tan poco camino. Como esta noche, el buen mensajero entrará en mi tienda con las cartas ya amarillentas por los años, llenas de absurdas noticias de un tiempo ya sepultado; pero se detendrá en el umbral, viéndome inmóvil, tendido sobre el lecho, con dos soldados a mis flancos, sosteniendo las antorchas, muerto.

Sin embargo, Domenico volverá a partir, ¡y no me digan que soy cruel! Portará mi última despedida a la ciudad que me vio nacer. Eres el vínculo sobreviviente con un mundo que hace tiempo también fue mío. Por los recientes mensajes he sabido que muchas cosas han cambiado, que mi padre murió, que la Corona pasó a mi hermano mayor, que me consideran perdido, que han construido altos palacios de piedra donde estaban las encinas bajo las cuales yo solía ir a jugar. No obstante, sigue siendo mi vieja patria. Tú eres el último vínculo con ellos, Domenico. El quinto mensajero, Ettore, que me alcanzará, si Dios lo quiere, dentro de un año y ocho meses, no podrá volver a partir, porque no tendría tiempo de regresar. Después de ti el silencio, oh Domenico, a menos de que al fin encuentre las anheladas fronteras. Pero mientras más avanzo, más me convenzo de que no existe frontera.

No existe, sospecho, frontera, al menos en el sentido que estamos habituados a entenderla. No hay murallas de separación, valles divisorios ni montañas que cierren el paso. Probablemente voy a cruzar el límite sin darme cuenta, y proseguiré adelante, ignorándolo.

Por eso deseo que Ettore y los demás mensajeros que le sigan, cuando me hayan alcanzado de nuevo, no tomen otra vez el camino de la capital, sino que vayan adelante a precederme, con el fin de que pueda saber lo que me espera.

Desde hace algún tiempo, un ansia me consume por las noches, y no porque eche de menos gozos pretéritos, como me ocurría cuando inicié el viaje, sino más bien la impaciencia por conocer las tierras desconocidas a las que me dirijo.

Voy notando —y no se lo he confesado a nadie—, voy notando cómo día tras día, conforme avanzo hacia la meta improbable, la irradiación de una luz insólita en el cielo, que nunca antes había visto, ni siquiera en sueños; y cómo las plantas, los montes y los ríos que atravesamos parecen hechos de una esencia distinta a la de los nuestros y el aire está cargado de presagios que no puedo explicar.

Una nueva esperanza me empujará mañana aún más adelante, hacia esas montañas inexplorables que las sombras de la noche están ocultando. Una vez más levantaré mi campamento, mientras Domenico desaparezca en el horizonte, por la parte opuesta, para llevar a la lejanísima ciudad mi mensaje inútil.


 

Siete pisos

 

Después de todo un día de viaje en tren, Giuseppe Corte llegó, una mañana de marzo, a la ciudad donde estaba una casa de salud. Tenía un poco de fiebre; sin embargo, quiso recorrer a pie el camino entre la estación y el hospital, llevando consigo su maletita.

Aunque sólo presentaba síntomas muy leves e incipientes, le habían aconsejado a Giuseppe Corte dirigirse al célebre sanatorio, especializado en esa enfermedad. Esto garantizaba una competencia excepcional de los médicos y la más racional eficacia de las instalaciones.

Cuando lo vio a lo lejos —y lo reconoció, puesto que ya lo había visto en una fotografía de una circular publicitaria—, Giuseppe Corte quedó gratamente impresionado. El blanco edificio de siete pisos estaba surcado de salientes arquitectónicas que le daban una vaga fisonomía de hotel. Alrededor del edificio había una larga fila de árboles altos.

Tras una sumaria visita médica, previa a un examen más minucioso, Giuseppe Corte fue instalado en un alegre cuarto del séptimo y último piso. Los muebles eran claros y pulcros, como la tapicería; los sillones eran de madera y los cojines estaban forrados de tela policroma. La vista se extendía sobre uno de los más hermosos barrios de la ciudad. Todo era tranquilo, hospitalario y confortante.

Giuseppe Corte se metió inmediatamente a la cama y, encendiendo la lamparita sobre la cabecera, empezó a leer un libro que había llevado consigo. Poco después entró una enfermera para preguntarle si necesitaba algo.

Giuseppe Corte no deseaba nada, pero de buen grado se puso a conversar con la joven, pidiéndole informaciones acerca de la casa de salud. Así se enteró de la extraña característica de aquel hospital. Los enfermos eran distribuidos piso por piso, de acuerdo a la gravedad. El séptimo, o sea el último, era para los casos muy leves. El sexto estaba destinado a los enfermos no graves, pero que necesitaban cuidado. En el quinto se curaban afecciones serias; y así, sucesivamente, de piso a piso. En el segundo estaban los enfermos muy graves; y en el primero, los desahuciados.

Este singular sistema, además de facilitar la rapidez del servicio, evitaba que un enfermo no grave pudiera ser turbado por la cercanía de un colega moribundo, y garantizaba en cada piso una atmósfera homogénea. Por otra parte, la curación podía graduarse perfectamente.

De todo esto resultaba que los enfermos estuvieran divididos en siete castas progresivas. Cada piso era como un pequeño mundo en sí mismo, con reglas particulares, con especiales tradiciones. Y puesto que cada sector estaba a cargo de un médico distinto, habíanse formado, aunque mínimas, algunas diferencias en los métodos de tratamiento, a pesar del sello fundamental que el director le había conferido al instituto.

Cuando la enfermera salió, Giuseppe Corte —pensando que la fiebre había desaparecido— se acercó a la ventana y miró hacia afuera, no para observar el panorama de la ciudad, que era incluso nueva para él, sino con la esperanza de ver, a través de las ventanas, a algunos enfermos de los pisos inferiores. La estructura del edificio, con grandes salientes, permitía ese tipo de observación. Giuseppe Corte concentró su atención, sobre todo, en las ventanas del primer piso, que parecían lejanísimas, oblicuas. Pero no vio nada de interesante. La gran mayoría de ellas estaban herméticamente cerradas por las grises persianas corredizas.

Corte descubrió a un hombre que lo miraba desde una ventana que estaba a su lado. Los dos se miraron durante cierto tiempo, con simpatía creciente, pero no sabían cómo romper el silencio. Finalmente, Giuseppe Corte se dio ánimo y dijo:

—¿Usted también lleva poco tiempo aquí?

—Oh, no —dijo el hombre—; estoy aquí desde hace dos meses...

Calló un momento, después del cual, no sabiendo cómo continuar la conversación, añadió:

—Estaba viendo a mi hermano, allá abajo.

—¿Su hermano?

—Sí —explicó el desconocido—. Llegamos aquí el mismo día. Es un caso realmente extraño; pero él ha ido empeorando. Él ya está en el cuarto.

—¿Qué cuarto?

—En el cuarto piso —aclaró el individuo, pronunciando las palabras con tal expresión de piedad y de horror, que Giuseppe Corte casi se espantó.

—¿Pero es que están muy graves los del cuarto piso?

—Preguntó con cautela.

—Dios mío —dijo el otro, moviendo lentamente la cabeza—; no están totalmente desesperados, pero no tienen ningún motivo para estar alegres.

—Pero entonces —preguntó aún Corte, con la graciosa desenvoltura de quien menciona cosas trágicas que no le conciernen—, si en el cuarto piso están muy graves, ¿a quiénes ponen en el primero?

—Ay, en el primer piso están los moribundos. Allí los médicos ya no tienen nada que hacer. Solamente está el sacerdote. Y, naturalmente...

—Pero deben de ser muy pocos —interrumpió Corte, como si le urgiera obtener una confirmación—; casi todos los cuartos están cerrados.

—Hay pocos ahora; pero esta mañana había muchos —respondió el desconocido, con una sonrisa sutil—. Donde las persianas están cerradas, alguien murió hace poco. ¿No ve que en los otros pisos están abiertos todos los postigos? Usted me perdone —agregó, retirándose lentamente—; me parece que empieza a hacer frío. Yo vuelvo a mi cama. Suerte, suerte...


El hombre desapareció de la ventana, cerrándola con energía, y se vio que encendió la luz. Giuseppe Corte se quedó en la ventana, inmóvil, mirando fijamente las persianas cerradas del primer piso. Las miraba con una intensidad morbosa, tratando de imaginar los secretos fúnebres de aquel primer piso terrible, donde confinaban a los enfermos que ya iban a morir. Y se sentía aliviado sabiéndose lejano de ese piso. Una por una fueron encendiéndose las ventanas del sanatorio; visto a lo lejos, habría podido pensarse que se trataba de un palacio de fiesta. Sólo en el primer piso, al fondo del precipicio, decenas y decenas de ventanas estaban ciegas y oscuras.

El resultado de la visita médica general tranquilizó a Giuseppe Corte. Habitualmente inclinado a prever lo peor, ya se había preparado para oír un severo diagnóstico, y no se habría asombrado si el médico le hubiera dicho que era necesario alojarlo en el piso inferior. La fiebre, en efecto, no había disminuido, a pesar de que las condiciones generales eran buenas. El médico, en cambio, le habló con palabras estimulantes y cordiales. Era una enfermedad incipiente —le dijo—; ésta existía, pero levísima. En dos o tres semanas, probablemente, su mal cedería.

—¿Seguiré, entonces, en el séptimo piso? —preguntó ansiosamente Giuseppe Corte a este punto.

—Pero naturalmente —le respondió el médico, palmeándole amistosamente el hombro—. ¿A dónde quería ir? ¿Tal vez al cuarto piso? —le preguntó riendo, como si quisiera aludir a la más absurda de las hipótesis.

—Mejor así, mejor así —dijo Corte—. Usted sabe que los enfermos siempre imaginamos lo peor...

Y Giuseppe Corte siguió en el cuarto que le habían asignado originalmente. Empezó a conocer a algunos de sus compañeros de hospital, durante algunas escasas tardes que le permitían levantarse. Siguió escrupulosamente el tratamiento, poniendo todo su empeño en curarse rápidamente; sin embargo, parecía que sus condiciones continuaban estacionarias.

Habían pasado ya unos diez días cuando el jefe de enfermeros se le presentó a Giuseppe Corte. Se veía obligado a pedirle un favor, con carácter solamente amistoso. Al día siguiente llegaría al hospital una señora con dos niños; dos cuartos estaban libres, precisamente al lado de la suya, pero faltaba un tercero. ¿El señor Corte estaría dispuesto a trasladarse a otro cuarto, igualmente confortable?

Como es natural, Giuseppe Corte no opuso ninguna dificultad. Cualquier cuarto le daba lo mismo. Le podría tocar alguna otra enfermera, más bonita todavía.

—Se lo agradezco mucho —dijo el jefe de enfermeros del séptimo piso, con una ligera inclinación—. Le confieso que no me extraña ver en usted un acto tan gentil y caballeresco. Dentro de una hora, si usted no dispone otra cosa, procederemos con su traslado. Debo decirle que hay necesidad de llevarlo al piso de abajo —agregó con voz atenuada, como si se tratara de un detalle carente de importancia—. Desgraciadamente, en este piso no hay más cuartos libres. Pero se trata de algo absolutamente provisional. Tan pronto quede libre otro cuarto, y creo que será dentro de dos o tres días, usted podrá volver a este piso.

—Le confieso —dijo Giuseppe Corte, para demostrarle que él no era un niño—, le confieso que un traslado de este tipo no me agrada en lo más mínimo.

—Pero si este traslado no se debe a ningún motivo médico. Entiendo muy bien lo que usted quiere decir. Se trata únicamente de ser cortés con esa señora, que prefiere no alejarse de sus niños... ¡Por favor —agregó riendo abiertamente—, ni siquiera se le ocurra que existan otras razones!

—Puede ser... —dijo Giuseppe Corte—. Pero a mí me parece señal de mal agüero.

El señor Corte fue pasado al sexto piso, y aunque estuviera convencido de que el traslado no correspondía a un empeoramiento del mal, le disgustaba pensar que entre él y el mundo normal, el de la gente sana, se interpusiera ya un evidente obstáculo. En el séptimo piso, punto de llegada, se estaba en cierto modo en contacto con el consorcio de los hombres; esto podía considerarse incluso como una prolongación del mundo habitual. Pero en el sexto se entraba al cuerpo auténtico del hospital. Ahí la mentalidad de los médicos, de las enfermeras y de los enfermos mismos era diferente. De hecho, era cosa admitida que ese piso albergaba a verdaderos enfermos, aunque no graves. Desde las primeras conversaciones con los vecinos de cuarto, con el personal y con los enfermeros, Giuseppe Corte se dio cuenta cómo en esa sección consideraban el séptimo piso como una cosa de juego, reservada a los enfermos primerizos, aquejados solamente de sus chifladuras. Únicamente desde el sexto, por decirlo de alguna manera, la cosa empezaba en serio.

De cualquier modo, Giuseppe Corte comprendió que para volver al séptimo —al lugar que le correspondía de acuerdo a las características de su mal—, encontraría dificultades. Para subir de nuevo debería poner en movimiento a todo un organismo muy complejo. No cabía duda de que si él no hubiera chistado, nadie habría pensado en transferirlo al piso superior, al de los casi-sanos.

Por lo tanto, Giuseppe Corte se propuso no transigir acerca de sus derechos y de no ceder ante las lisonjas de la costumbre. Le interesaba mucho especificar a sus compañeros de sección que él se hallaba ahí sólo por unos días, que había sido él quien decidió descender un piso para darle gusto a una señora, y que apenas se desocupara un cuarto regresaría al piso superior. Los otros lo escuchaban sin interés y asentían con escasa convicción.

El convencimiento de Giuseppe Corte halló plena confirmación en el juicio del nuevo médico. Éste admitió también que Giuseppe Corte podía ser admitido nuevamente en el séptimo piso; su caso era ab-so-lu-ta-men-te muy-leve —y escandía tal definición para darle importancia—; pero en el fondo consideraba que en el sexto piso podía ser curado mejor.

—No empecemos con estos cuentos —intervenía en esos momentos el enfermo, con mucha decisión—. Usted me ha dicho que mi lugar está en el séptimo piso, y quiero regresar.

—Nadie ha dicho lo contrario —rebatía el doctor—. Yo solamente le daba un simple consejo, no de doctor, sino de au-tén-ti-co a-mi-go. Su caso, insisto, es levísimo, y no sería una exageración decir que usted no está enfermo; sólo que, según yo, su caso se distingue de otros casos análogos por una cierta y mayor extensión. Me explico: la intensidad del mal es mínima, pero considerable su amplitud, el proceso destructivo de las células —era la primera vez que Giuseppe Corte oía en el hospital aquella siniestra expresión—; el proceso destructivo de las células se halla totalmente en su principio, quizá ni siquiera ha comenzado; pero tiende, digo solamente tiende, a afectar al mismo tiempo vastas porciones del organismo. Solamente por esto, según yo, usted puede ser curado con mayor eficacia aquí, en el sexto, donde los métodos terapéuticos son más típicos e intensos.

Un día le contaron que el director general de la casa de salud, tras de haber consultado largamente a sus colaboradores, había decidido un cambio en la subdivisión de los enfermos. El grado de cada uno de ellos había sido rebajado, por así decirlo, en medio punto. Se convino que en cada piso los enfermos estarían divididos, de acuerdo a su gravedad, en dos categorías (esta subdivisión debían de hacerla los propios médicos, con un carácter exclusivamente interno). La inferior de estas dos mitades debería trasladarse a un piso inmediatamente más bajo. Por ejemplo, la mitad de los enfermos del sexto piso, los que presentaran casos clínicos ligeramente más avanzados, deberían pasar al quinto; y los casos más graves del séptimo piso deberían pasar al sexto. La noticia complació a Giuseppe Corte, porque en ese complejo cuadro de traslados su retorno al séptimo piso se lograría con menor dificultad.

Cuando se lo comentó a la enfermera, su esperanza sufrió una amarga sorpresa. Ella le dijo que lo iban a trasladar; pero no al séptimo, sino al piso de abajo. Por motivos que la enfermera no sabía explicarle, él estaba incluido en la mitad más “grave” de los pacientes del sexto piso, por lo cual, iban a bajarlo al quinto.

Habiendo superado la sorpresa, ésta se convirtió en furor. Dijo a gritos que lo estaban estafando; que ya no quería seguir oyendo nada acerca de traslados a pisos inferiores; que regresaría a su casa; que los derechos eran los derechos y que la administración del hospital no debería desacatar tan descaradamente los diagnósticos de los doctores.

Mientras aún estaba gritando, llegó el médico, para tranquilizarlo. Lo aconsejó calmarse, si no quería que la fiebre le aumentara; le explicó que todo se debía a un malentendido, por lo menos parcial. Admitió una vez más que Giuseppe Corte podría estar en su justo lugar en el séptimo piso, pero agregó que consideraba su caso clínico bajo un concepto ligeramente diverso, muy personal. Muy en el fondo, su enfermedad podía, en un cierto sentido, desde luego, considerarse de sexto grado, dada la amplitud de las manifestaciones morbosas. Sin embargo, él mismo no lograba explicarse cómo Corte se hallara catalogado en la mitad inferior del sexto piso. Probablemente, el secretario de la dirección —que precisamente esa mañana le había telefoneado para preguntarle la exacta posición clínica de Giuseppe Corte—, se había equivocado en la trascripción. O quizá la dirección había “empeorado” deliberadamente, pero no mucho, su juicio, ya que lo consideraban como un médico competente, pero proclive a la indulgencia. El doctor, en fin, le aconsejó a Giuseppe Corte que no se inquietara, que aceptara sin protestas el traslado. Lo que contaba era la enfermedad, no el lugar en que colocaban a un enfermo.

En lo referente a la curación —agregó todavía el médico—, Giuseppe Corte no tendría motivo para lamentarse; el doctor del quinto piso tenía ciertamente mayor experiencia; era indudable que la habilidad de los médicos iba ascendiendo —al menos a juicio de la dirección— conforme se descendía de piso en piso. Su cuarto sería igualmente cómodo y elegante. La vista era igualmente espaciosa; solamente del tercer piso hacia abajo la visual estaba obstaculizada por los árboles.

Giuseppe Corte, presa de la fiebre vespertina, escuchaba y escuchaba las meticulosas justificaciones con un cansancio progresivo. Al fin se daba cuenta de que le faltaba la fuerza y, sobre todo, las ganas de reaccionar ulteriormente contra el injusto traslado. Y sin protestar ya, dejó que lo llevaran al piso de abajo.

El único y pobre consuelo de Giuseppe Corte, tan pronto se halló en el quinto piso, fue el hecho de saber que, según el juicio común de los médicos, era considerado como el menos grave de esa sección. En el ámbito de ese piso, en fin, él podía considerarse, sin lugar a dudas, el más afortunado. Pero por otra parte, lo atormentaba el pensamiento de que ahora se interponían dos barreras entre él y el mundo de la gente normal.

Al avanzar la primavera, el aire tornábase más tibio; pero a Giuseppe Corte ya no le gustaba asomarse a la ventana. Si bien semejante temor no fuera sino una tontería, él sentía que un extraño escalofrío se apoderaba de él cuando miraba las ventanas del primer piso, siempre cerradas en su gran mayoría, y cada vez más cercanas.

Su enfermedad parecía estacionaria. Después de tres días de permanencia en el quinto piso, apareció en su pierna izquierda una especie de eczema que no dio trazas de reabsorberse en los días sucesivos. Era una afección —le dijo el médico— absolutamente ajena a la enfermedad principal; un disturbio que podía presentársele a la persona más sana del mundo. Para eliminarlo en pocos días, era necesario un intenso tratamiento de rayos gamma.

—¿Hay aquí ese tipo de rayos? —preguntó Giuseppe Corte.

—Por supuesto —respondió complacido el médico—. Nuestro hospital cuenta con todo. Existe sólo un inconveniente...

—¿Cuál? —preguntó Corte con un vago presentimiento.

—Lo llamo inconveniente sólo por llamarlo de alguna manera —se corrigió el doctor—. Quería decir que la instalación de los rayos la tenemos solamente en el cuarto piso, y yo le desaconsejaría bajar y subir tres veces al día semejante trayecto.

—¿Entonces, qué vamos a hacer?

—Lo mejor sería que usted se dignara bajar al cuarto piso, pero únicamente mientras dure el tratamiento.

—¡Basta! —gritó exasperado Giuseppe Corte—. ¡Ya estoy harto de seguir bajando! ¡Y no pienso bajar, aunque reviente!

—De acuerdo, como usted crea conveniente —dijo el médico, conciliador—. Pero como médico a su cargo, no olvide que le prohíbo ir allá abajo tres veces al día.

Lo peor de todo fue que el eczema, en vez de atenuarse, siguió ampliándose lentamente en los días sucesivos. Giuseppe Corte no lograba serenarse y continuaba revolviéndose en el lecho. Permaneció así, rabioso, durante tres días, hasta que tuvo que ceder. Espontáneamente le pidió al doctor que le aplicaran el tratamiento de los rayos y que lo transfirieran al piso inferior.

En su nuevo piso, Corte observó, con inconfesado placer, que él representaba una excepción. Los demás enfermos de la sección se hallaban en condiciones decididamente serias y no podían dejar el lecho ni un solo minuto. Él, en cambio, podía darse el lujo de ir a pie, desde su cuarto, a la sala de los rayos, entre el asombro y las felicitaciones de las enfermeras.

Giuseppe le precisó a su nuevo médico, con insistencia, su posición tan especial. Era un enfermo que, en realidad, tenía todo el derecho de estar en el séptimo piso, pero que ahora estaba en el cuarto. Al terminar el tratamiento con los rayos, él consideraba que volvería al piso superior. Y no pensaba admitir ya ninguna nueva excusa. Él, que podría estar aún en el séptimo piso, legítimamente.

—¡En el séptimo, en el séptimo! —exclamó sonriendo el médico que acababa de auscultarlo—. Ustedes, los enfermos, son siempre muy exagerados. Soy yo el primero en decir que usted puede estar contento de su estado, después de haber visto su tabla clínica; no se registran empeoramientos graves. Pero de esto a hablar del séptimo piso, y perdone mi brutal sinceridad, ¡hay una gran diferencia! Usted es uno de nuestros pacientes menos preocupantes; ¡pero es de cualquier modo un enfermo!

—¿Y entonces...? —dijo Giuseppe Corte, con la cara enrojecida—. ¿Usted en qué piso me colocaría?

—Por Dios, no es fácil decirlo. Yo únicamente le he hecho una breve visita. Para poder pronunciarme sería necesario observarlo durante una semana por lo menos.

—Está bien —insistió Corte—. Dentro de poco usted lo sabrá.
A fin de tranquilizarlo, el médico fingió concentrarse un momento en meditación; luego, asintiendo con la cabeza a sí mismo, dijo lentamente:

—¡Dios mío! Sólo por darle gusto... Pero podríamos colocarlo en el sexto. ¡Sí, sí! —agregó, como persuadiéndose a sí mismo—. En el sexto podría estar bien.

El doctor creía que esas palabras tranquilizarían al enfermo. En el rostro de Giuseppe Corte, en cambio, se extendió una expresión de susto. El enfermo se daba cuenta de que los médicos de los pisos superiores lo habían engañado. Este nuevo médico, evidentemente más experimentado y honesto, que le hablaba con sinceridad, sin lugar a dudas, ¡lo asignaba no al séptimo, sino al quinto piso, y quizás al quinto inferior! La inesperada desilusión dejó postrado a Corte. Esa tarde, la fiebre aumentó sensiblemente.

La permanencia en el cuarto piso señaló el periodo más tranquilo pasado por Giuseppe Corte desde su ingreso en el hospital. El médico era un hombre muy simpático, solícito y cordial. A menudo se quedaba durante horas conversando sobre temas muy diversos. Giuseppe Corte conversaba también de buen grado, eligiendo argumentos concernientes a su habitual vida de abogado y de hombre de mundo. Quería persuadirse de que pertenecía aún al consorcio de los hombres sanos, de que estaba ligado todavía al mundo de los negocios, de que le interesaban realmente los acontecimientos públicos. Lo intentaba, pero sin lograrlo. Invariablemente, la conversación acababa siempre por caer en el tema de la enfermedad.


El deseo de un mejoramiento cualquiera se había vuelto una obsesión para Giuseppe Corte. Desgraciadamente, los rayos gamma, si bien es cierto que habían logrado detener la expansión del eczema, no habían eliminado la afección cutánea. Todos los días hablaba de esto Giuseppe Corte con el médico, y se esforzaba en estos coloquios para mostrarse fuerte, y aun irónico, pero sin lograrlo.


—Dígame, doctor —le dijo un día—: ¿cómo va el proceso destructivo de mis células?

—¡Oh, no diga palabras tan feas! —lo regañó el doctor, bromeando—. ¿Dónde las aprendió? ¡Eso no está bien, no está bien; sobre todo en un enfermo! No quiero volver a oír tales palabras.

—Está bien, de acuerdo —objetó Corte—. Pero no me ha respondido.

—Ah, le responderé inmediatamente —dijo el doctor, cortésmente—. El proceso destructivo de las células, repitiendo su horrible expresión, es, en su caso, mínimo. Pero me atrevería a definirlo como obstinado.

—Obstinado... ¿Crónico, quiere decir?

—No me haga decir lo que yo no he dicho. He dicho solamente obstinado. Pero así son estos casos en su mayoría. Incluso afecciones muy leves requieren a menudo tratamientos largos y enérgicos.

—Pero dígame usted, doctor, ¿cuándo podré esperar una mejoría?

—¿Cuándo? En estos casos, son más bien difíciles... Pero escúcheme bien —añadió después de una pausa meditativa—. Veo en usted un verdadero afán de curarse... Si yo no tuviera miedo de hacerlo enojar, ¿sabe qué le aconsejaría?

—Dígamelo, doctor...

—Muy bien, le planteo la cuestión en términos muy claros. Si yo aquejado de esta enfermedad, incluso en forma muy tenue, llegara a este sanatorio, que es quizá el mejor que existe, me haría colocar espontáneamente y desde el primer día, desde el primer día, ¿me entiende?, en uno de los pisos más bajos. Haría que me llevaran nada menos que al...

—¿Al primero? —sugirió Corte, con una sonrisa forzada.

—¡Claro que no! ¡Al primero, no! —respondió irónicamente el médico—. ¡Nada de esto! Al tercero o al segundo, desde luego. En los pisos inferiores los tratamientos son mejores, se lo garantizo; las instalaciones y los equipos son más potentes y completos, el personal está mejor capacitado. ¿No sabe usted quién es el alma de este hospital?

—¿No es el profesor Dati?

—El profesor Dati, ni más ni menos. Es el inventor del tratamiento que aplicamos aquí, él proyectó totalmente esta casa de salud. Pues bien; él, el maestro, se halla, por decirlo de alguna manera, entre el primero y el segundo piso. De ahí irradia su fuerza directiva. Pero su influjo no llega más allá del tercer piso, se lo aseguro; podría decirse que sus órdenes se desmenuzan mientras más ascienden, que pierden consistencia, se desvían. El corazón del hospital está abajo, y es necesario estar abajo para tener los mejores tratamientos.

—En fin, usted me aconseja... —observó Giuseppe Corte con voz temblorosa—. Entonces, usted me aconseja...

—Añada una cosa —dijo el doctor, impertérrito—, añada que en su caso particular hay que tener cuidado en que el eczema debe eliminarse. Una cosa sin mayor importancia, convengo en ello, pero muy molesta y que a la larga podría deprimir su moral. Y usted sabe cuan importante es para la curación la tranquilidad del espíritu. Las aplicaciones de rayos que le he hecho han fructificado sólo parcialmente. ¿Por qué? Puede ser que se trate únicamente de una casualidad; pero también puede deberse a que la cantidad de rayos no sea suficientemente intensa. Pues bien, en el tercer piso los aparatos de rayos son más potentes. Las probabilidades de curar su eczema serían mucho mayores. Considere que una vez encaminada la curación, se habrá dado el paso más difícil. Cuando se empieza a agravar, es difícil volver atrás. Cuando usted se sienta de veras mejor, entonces nada impedirá que usted vuelva a subir acá con nosotros, o incluso más arriba, de acuerdo a sus méritos, hasta llegar al quinto, al sexto o incluso hasta el mismo séptimo piso, me atrevo a decir...

—¿Pero usted cree que esto puede acelerar la curación?

—Desde luego, sin lugar a dudas. Le he dicho lo que haría yo si estuviera en su lugar.

El doctor le hablaba de estas cosas todos los días. En fin, llegó el día en que el enfermo, cansado de padecer el eczema y no obstante la instintiva renuencia a bajar de piso, decidió seguir el consejo del médico y se trasladó al piso de abajo.


Estando en el tercer piso, notó inmediatamente en esa sección una especial alegría tanto en el médico como en las enfermeras, aunque allí se hallaran en tratamiento enfermos con casos preocupantes. No le pasó desapercibido que esa alegría iba aumentando con el paso de los días. Intrigado, después de tomar confianza con la enfermera, le preguntó el motivo por el cual todos estaban tan contentos.

—Ah, ¿no lo sabe? —respondió la enfermera—. Dentro de tres días saldremos de vacaciones.

—Aja, ¿se van de vacaciones?

—Desde luego. Durante quince días, el tercer piso se cierra y el personal se va a descansar. El descanso le toca por turno a cada uno de los pisos.

—¿Y qué hacen con los enfermos?

—Puesto que hay relativamente pocos, de dos pisos se hace uno solo.

—¿Reunirán a los enfermos del tercero y del cuarto?

—No, no —corrigió la enfermera—. Del tercero y del segundo. Los que están aquí deberán ir al segundo.

—¿Bajar al segundo? —dijo Giuseppe Corte, pálido como un muerto—. ¿Debo yo bajar al segundo?

—Claro que sí. ¿Qué tiene de extraño? Usted volverá a este cuarto dentro de quince días, cuando volvamos. No hay ninguna razón para asustarse.

Sin embargo, Giuseppe Corte —ya que un misterioso instinto lo advertía, se sintió invadido de un miedo cruel. Mas viendo que no podía retener al personal que se iría de vacaciones, y convencido de que el nuevo tratamiento con rayos más intensos le hacía bien —pues el eczema ya casi había sido eliminado completamente—, Corte no se atrevió a oponerse formalmente al nuevo traslado. Exigió, sin embargo, ignorando las guasas de las enfermeras, que colocaran en la puerta de su nuevo cuarto un cartelito con esta leyenda: Giuseppe Corte, del tercer piso. De paso. Una cosa semejante no tenía precedentes en la historia del sanatorio, pero los médicos no se opusieron, pensando que en un temperamento como el de Corte la más pequeña de las contrariedades pudiera provocar una gran conmoción.

Se trataba, en el fondo, de esperar quince días, ni más ni menos. Giuseppe Corte se puso a contarlos con avidez obstinada, y se quedaba en la cama horas enteras, inmóvil, con la mirada fija en los muebles que, en el segundo piso, no eran tan modernos y alegres como en las otras secciones superiores, sino que asumían dimensiones mayores, con líneas más solemnes y severas. De vez en cuando aguzaba el oído, pues le parecía desde el piso de abajo, el piso de los moribundos, la sección de los condenados, oír vagos estertores de agonías.

Naturalmente, todo esto contribuía a desanimarlo. La disminuida serenidad parecía estimular a la enfermedad, la fiebre tendía al aumento, la debilidad general aumentaba. Estaban ya en pleno verano, y desde la ventana no podían verse las casas ni los tejados de la ciudad, sino solamente la verde muralla verde de los árboles que circundaban el hospital.

Siete días después, hacia las dos de la tarde, entraron de improviso tres enfermeros y el jefe de éstos, empujando una camilla rodante.

—¿Estamos listos para el traslado? —le preguntó en son de chanza bonachona el jefe de enfermeros.

—¿Qué traslado? —preguntó con voz desalentada Giuseppe Corte—. ¿Qué bromas son éstas? ¿Qué no vuelven dentro de siete días los del tercer piso?

—¿Cuál tercer piso? —dijo el jefe de enfermeros, como si no entendiera—. Me han ordenado llevarlo al primer piso; mire... —y le mostró una hoja de papel impresa, con la orden firmada nada menos que por el mismo profesor Dati.

El terror y la rabia infernal de Giuseppe Corte explotaron entonces en fuertes y airados gritos que invadieron toda la sección.

—¡Calma, calma, por caridad! —suplicaron los enfermeros—. ¡Hay enfermos que no se sienten bien! Pero se necesitaba algo más para calmarlo.

Finalmente, acudió el médico que dirigía esa sección, una persona muy gentil y educada. Pidió explicaciones al jefe de enfermeros, miró el papel firmado, habló con Giuseppe Corte. Luego se dirigió encolerizado al jefe de enfermeros; le dijo que se trataba de un error, que él no había dispuesto nada de ese género; que desde hacía tiempo había una intolerable confusión y que no podía estar al tanto de todo... En fin, después de poner en su lugar al dependiente, se dirigió de nuevo al enfermo, cortésmente, y le ofreció encarecidas disculpas.

—Desgraciadamente... —agregó el médico—, desgraciadamente, el profesor Dati salió hace una hora y no volverá sino hasta dentro de dos días, porque solicitó una licencia. Lo siento mucho, pero sus órdenes no pueden transgredirse. Él será el primero en lamentar semejante error... ¡Se lo aseguro! ¡No entiendo cómo pudo haber sucedido!

Un escalofrío estaba sacudiendo ya a Giuseppe Corte. Se había esfumado su capacidad de autodominio. El terror lo arrollaba como a un niño. Sus sollozos, lentos y desesperados, repercutían en el cuarto.

Y así llegó a la última estación, a causa de un error, execrable. ¡Él, en la sección de los moribundos; él, que en el fondo por la gravedad de su mal según el juicio de los médicos más severos, tenía todo el derecho de estar instalado en el sexto, si no en el séptimo! La situación era tan grotesca, que en ciertos momentos Giusseppe Corte sentía ganas de ponerse a carcajear desenfrenadamente

Extendido en el lecho, mientras la calurosa tarde de verano transcurría lentamente sobre la gran ciudad, él miraba el verdor de los árboles a través de la ventana, con la impresión de haber llegado a un mundo irreal, hecho de absurdas paredes y baldosas esterilizadas. de pasillos helados y mortuorios, de blancas figuras humanas sin alma. Creyó incluso que los árboles que distinguía a través de la ventana no eran verdaderos; y acabó por convencerse de esto al notar que no se movían las hojas de los árboles. Esta idea lo estremeció de tal modo, que tocó el timbre para llamar a la enfermera. Al acudir ésta, le pidió sus lentes de miope, lentes que nunca usaba estando en cama. Sólo entonces pudo tranquilizarse un poco. Con la ayuda de los lentes pudo cerciorarse de que los árboles eran verdaderos y de que las hojas, aunque levemente, de vez en cuando se movían al paso del viento.

Después de salir la enfermera, pasó un cuarto de hora en completo silencio. Seis pisos, seis murallas terribles aplastaban con implacable peso a Giuseppe Corte, a causa de un error administrativo. ¿En cuántos años, sí, era menester pensar en años, en cuántos años lograría volver hasta el borde de aquel precipicio?

¿Por qué razón el cuarto se oscurecía de repente? Si la tarde se hallaba en plenitud. Con un esfuerzo supremo Giuseppe Corte, que se sentía paralizado por un extraño torpor, vio el reloj que estaba sobre el buró, a un lado de la cama. Eran las tres y media. Volvió la cabeza hacia otra parte, y vio que las persianas corredizas, obedientes a una orden misteriosa, descendían lentamente, cerrándole el paso a la luz.


 

Las jorobas en el jardín

 

Cuando la noche ha caído, me gusta dar un paseo por el jardín. Pero no crean que soy rico. Cualquiera tiene un jardín como el mío. Y más adelante comprenderán por qué.

En la oscuridad, pero no una oscuridad completa, puesto que de las ventanas llega una claridad vaga, en la oscuridad camino sobre el prado, con los zapatos un poco hundidos en la hierba, y pienso mientras tanto, pensando alzo los ojos para ver si el cielo está sereno, y si hay estrellas, las observo preguntándome muchas cosas. Pero ciertas noches no me hago preguntas; las estrellas están allá arriba, encima de mí, como estúpidas y nada me dicen.

Yo era un muchacho cuando, dando mi paseo nocturno, tropecé con un obstáculo. Como no veía bien, encendí un fósforo. Sobre la lisa superficie del prado había una protuberancia, y la cosa era extraña. Tal vez el jardinero hizo un trabajo, pensé. Se lo preguntaré mañana.


Al día siguiente llamé al jardinero, cuyo nombre era Giacomo. Le dije:
¿Qué hiciste en el jardín? En el prado hay una especie de joroba; ayer en la noche tropecé con ella. La vi hoy en la mañana, muy temprano. Es una joroba estrecha y oblonga, semejante a un túmulo mortuorio. ¿Me quieres decir qué pasa?

—No es que se parezca, señor —dijo Giacomo, el jardinero—; es exactamente un túmulo mortuorio. Porque ayer murió un amigo suyo, señor.

Era verdad. Mi querido amigo Sandro Bartoli, de veintiún años, había muerto en la montaña, con el cráneo destrozado.

—¿Y tu crees —le pregunté a Giacomo— que mi amigo está enterrado aquí?

—No —respondió—. Su señor amigo Bartoli —él habla así porque pertenece a la vieja generación y es, por ende, muy respetuoso—, fue enterrado al pie de las montañas que usted conoce. Pero aquí, en el jardín, se ha levantado solo, porque éste es su jardín, señor, y todo lo que suceda en su vida, señor, tendrá una consecuencia precisamente aquí.

—¡Pero Giacomo, por favor! Estas son supersticiones absurdas. Te ruego que aplanes esa joroba.

Pero nada se hizo y la joroba siguió allí. Al caer la noche, continué paseando por el jardín, y de vez en cuando tropezaba en aquella joroba, pero no muy a menudo, ya que el jardín es bastante grande. Era una joroba de unos setenta centímetros de ancho y un metro noventa de largo; encima de ella crecía el pasto y la altura de la joroba era más o menos de unos veinticinco centímetros sobre el nivel del prado. Naturalmente, todas las veces que tropezaba con ella pensaba en él, en el querido amigo perdido. Pero podía ser que fuera al revés. Es decir, que yo fuera a toparme con la joroba porque en ese momento estaba pensando en mi amigo. Pero este asunto es difícil de entender.

Por ejemplo: podían pasar dos o tres meses sin que yo, en la oscuridad, me topara con aquel pequeño relieve. En este caso, su recuerdo regresaba; me detenía, entonces, y en el silencio de la noche, le preguntaba en voz alta:

—¿Duermes?

Pero él no respondía.

Él, ciertamente, dormía, pero lejos, bajo la cruz, en un cementerio montañés, y con el pasar de los años ya nadie se acordaba de él, nadie le llevaba flores.

Pasaron muchos años aún, cuando una noche, paseando como siempre, precisamente en el ángulo opuesto del jardín, tropecé con otra joroba.

Poco faltó para que cayera de bruces. Ya habían sonado las doce y todos se habían ido a dormir, pero mi irritación era tal, que empecé a llamar a gritos “¡Giacomo, Giacomo!”, con la intención de despertarlo. Se iluminó una ventana y Giacomo se asomó.

—¿Qué diablos es esta joroba? —le grité—. ¿Escarbaste?

—No, señor. Es que ha muerto su querido compañero de trabajo. Cornali.

Pasado algún tiempo, tropecé con una tercera joroba; y aunque era ya muy tarde; llamé otra vez a Giacomo, que estaba durmiendo. Yo ya sabía perfectamente el significado de aquella joroba, pero como ese día no recibí ninguna mala noticia, estaba ansioso de saber.

El paciente Giacomo apareció en la ventana.

—¿Qué ha ocurrido? —le pregunté—. ¿Alguien murió?

—Sí, señor. Se llamaba Giuseppe Patané.

Pasaron algunos años más o menos tranquilos; después de los cuales la multiplicación de las jorobas recomenzó en el prado del jardín. Las había pequeñas, pero habían surgido también algunas gigantescas, que no era posible atravesarlas de un solo paso, sino que era menester subir por una parte para bajar por la otra, como si fueran pequeñas colinas. Crecieron dos de este tamaño, a corta distancia una de la otra, y no hubo necesidad de preguntarle a Giacomo qué había sucedido. Debajo de esos dos cúmulos estaban encerrados dos queridos pedazos de mi vida que me habían sido arrancados con crueldad.

Por eso, todas las veces que tropezaba con esos dos montículos terribles, en medio de la oscuridad, muchas vicisitudes dolorosas se removían dentro de mí, y me quedaba allá, como un niño espantado, llamando a mis amigos por su nombre. Cornali, llamaba. Patané, Rebizzi, Longanesi, ¡Mauri, llamaba. Los que crecieron conmigo, los que por tantos años trabajaron conmigo. Y luego, con voz más alta todavía: ¡Negro! ¡Vergani! Era como pasar lista. Pero ninguno respondía.

Poco a poco, mi jardín, pues, que antes era llano y placentero al paso, se ha convertido en campo de batalla; aún hay pasto, pero el prado sube y baja en un laberinto de montecitos, jorobas, protuberancias, relieves; y cada una de estas excrecencias corresponde a un nombre, cada nombre corresponde a un amigo, cada amigo corresponde a una tumba lejana y a un vacío dentro de mí.

En este verano surgió una joroba tan alta, que, cuando me acerqué a ella su perfil borró la presencia de las estrellas; era grande como un elefante, como una casa pequeña, era algo espantoso subir a ella, treparla, era absolutamente necesario caminar alrededor de ella.

Aquel día no me había llegado ninguna mala noticia, por lo que la novedad en el jardín me asombraba muchísimo. Pero esta vez lo descubrí inmediatamente: se trataba de mi más querido amigo de juventud, y se había ido. Entre él y yo había habido muchas verdades, juntos habíamos descubierto el mundo, la vida y las cosas más bellas; juntos habíamos explorado la poesía, los cuadros, la música, las montañas, y era lógico que para contener todo este infinito material, si bien resumido y sintetizado en los más mínimos términos, era necesaria toda una montaña.

A este punto, experimenté un arranque de rebelión. No, no puede ser, me dije, espantado. Y llamé nuevamente a mis amigos por sus nombres. Cornali, Patané, Rebizzi, Longanesi, llamaba. Mauri, Negro, Vergani, Orlandi, Chirelli, Brambilla. A un cierto punto, hubo en la noche una especie de soplo, que me respondía afirmativamente; podría jurar que una especie de voz me decía que sí, y venía de otros mundos; pero tal vez era la voz de un pájaro nocturno, porque a los pájaros nocturnos les gusta mi jardín.

Por favor, les ruego que no me digan: no tiene sentido hablar de estas horribles tristezas. La vida es tan breve y difícil en sí misma; amargárnosla deliberadamente es algo cretino y, a fin de cuentas, nada tenemos que ver con estas tristezas: sólo a ti te conciernen. No, respondo yo. Por desgracia, tienen que ver también con ustedes; sé muy bien que lo mejor sería que no les concernieran, porque el asunto de las jorobas del prado le sucede a todos; y cada uno de nosotros, me explico al fin, es propietario de un jardín en el que ocurren esos dolorosos fenómenos. Es una vieja historia que se ha repetido desde el principio de los siglos; para ustedes también se repetirá. Y no es una bromita literaria: las cosas están exactamente así.

Naturalmente, me pregunto también si en algún jardín surgirá, llegado el día, una joroba que me concierna, acaso una jorobita de segunda o tercera clase, apenas una encrespadura en el prado, que durante el día, cuando el sol caiga a plomo, ni siquiera se pueda ver. De cualquier manera, una persona en el mundo, al menos una, tropezará con ella.

Puede ser que, por culpa de mi endemoniado carácter, yo muera solo como un perro al fondo de un viejo y desierto pasillo. Sin embargo, esa noche alguna persona tropezará en la jorobita que crezca en el jardín; esa noche y también en las noches sucesivas, y todas las veces pensará —perdonen mi esperanza—, con un poco de añoranza, pensará en cierto tipo que se llamaba Dino Buzzati.


 

La humildad

 

Un fraile llamado Celestino, después de algún tiempo de vivir como ermitaño, decidió ir a vivir en el corazón de la metrópoli, donde mayor es la soledad de los corazones y más fuerte la tentación de Dios. Porque maravillosa es la fuerza de los desiertos de Oriente, hechos de piedra, de arena y de sol, donde hasta el hombre más burdo comprende su propia pequeñez ante la vastedad de la creación y de los abismos de la eternidad; pero aún más poderoso es el desierto de la ciudad, hecho de multitudes de estrépitos, de ruedas, de asfalto, de luces eléctricas y de relojes que marchan sincronizadamente y pronuncian en coro el mismo instante y la misma condena.

Pues bien, en el lugar más soberbio de esta landa aridecida, vivía el padre Celestino, raptado casi siempre por la adoración del Eterno. Y como todos conocían su cualidad de iluminado, iban a verlo, desde los más remotos parajes, personas afligidas o turbadas, para pedirle consejo y a confesarse. Al abrigo de un enorme taller mecánico logró encontrar, nadie sabe cómo, los restos de un viejo camión, cuya minúscula cabina, sin ningún vidrio sano, ay de mí, le servía de confesionario.

Una tarde, cuando ya estaba oscureciendo, y después de haber estado durante horas y horas escuchando largas enumeraciones de pecados, más o menos contritas, el padre Celestino se disponía ya a salir de su garita; mas se detuvo al ver en la penumbra a una figura desmedrada que se acercaba hacia él, con actitud penitente.


Sólo hasta que el forastero se hubo arrodillado sobre el estribo, el ermitaño se dio cuenta de que el recién llegado era un sacerdote.

—¿Qué puedo hacer por ti, pequeño sacerdote? —le dijo el ermitaño, con su voz paciente y suave.

—He venido a confesarme —respondió el hombre; y sin demora alguna, empezó a confesar sus culpas.

Celestino ya estaba acostumbrado a sufrir las confidencias de las personas, especialmente mujeres, que iban a confesarse por una especie de manía, aburriéndolo con meticulosos relatos de acciones inocentísimas. Pero nunca antes había escuchado a un cristiano tan carente de maldad. Las faltas de las cuales el sacerdote se acusaba eran sencillamente ridículas, tan fútiles, débiles y ligeras. No obstante, conociendo bien a los hombres, el ermitaño comprendió que aún faltaba lo bueno, y que el humilde sacerdote se andaba por las ramas.

—Ánimo, hijo; ya es tarde y, para ser sincero, empieza a hacer frío. ¡Vamos al grano, pues!

—Me falta valor, padre —balbuceó el sacerdote.

—¿Qué pecado has cometido? Viéndote bien, me pareces un buen muchacho. No habrás matado, puedo imaginármelo. No te has manchado de orgullo.

—Eso es —dijo el otro, con un hilo de voz casi imperceptible.

—¿Asesino?

—No. Lo otro.

—¿Orgulloso? ¿Es posible?

El sacerdote asintió, contrito.

—Pero habla, explícate, alma bendita. Aunque hoy se haga un excesivo consumo de ella, la misericordia de Dios es infinita y todavía queda mucha en su depósito; creo que con ésta puede bastarte.

El otro se decidió, finalmente:

—Se trata de esto, padre. La cosa es muy simple, pero tremenda. Soy sacerdote desde hace pocos días. Me ocupo de los oficios en la parroquia que me asignaron. Y bien...

—¡Habla, pues, criatura mía, habla! Pero si no te voy a comer, te lo juro.

—Pues bien... cuando oigo que me dicen “reverendo”... ¿qué quiere que haga?, le va a parecer ridículo, pero yo experimento una sensación de alegría como algo que me calentara adentro...

A decir verdad, no era un gran pecado. Jamás se le hubiera ocurrido confesar semejante cosa a ninguno de los fieles, ni a los sacerdotes mismos. No obstante el anacoreta, aunque muy experto en el fenómeno llamado hombre, nunca se lo esperó. Y no sabía qué decirle, pues era algo nuevo para él.

—Ejem... ejem... entiendo... No es nada bueno. Si no es el mismo demonio que te calienta por dentro, poco le falta... Por fortuna, lo has entendido por ti mismo... Y tu vergüenza deja esperar en que no recaerás... Desde luego, sería triste que siendo tan joven te dejaras infectar... Ego te absolvo.

Pasaron tres o cuatro años, y el padre Celestino ya casi se había olvidado completamente del caso cuando el sacerdote anónimo volvió a buscarlo para confesarse.

—Yo te conozco ya, ¿o me confundo?

—Es verdad.

—Déjame verte... Pero si eres tú, eres tú, a quien le gustaba que lo llamaran reverendo. ¿O me equivoco?

—Precisamente yo —dijo el sacerdote, que acaso parecía menos humilde por una especie de mayor dignidad reflejada en su rostro; pero seguía siendo tan joven y desmedrado como la primera vez. Y estaba rojo de vergüenza.

—Ay, ay —diagnosticó secamente Celestino, sonriendo con resignación—. ¿En todo este tiempo no has sabido enmendarte?

—Peor, peor.

—Casi me inspiras miedo, hijo mío. Explícate.

—Bien —dijo el sacerdote, haciendo un tremendo esfuerzo para animarse—. Es peor que antes... Yo... yo...

—Ánimo —lo exhortó Celestino, estrechándole las manos entre las suyas—, no me tengas en suspenso.

—Me sucede esto: si alguien me llama “monseñor”, yo... yo...

—Sientes satisfacción, ¿eso quieres decir?

—Sí, desgraciadamente.

—¿Una sensación de calor, de bienestar?

—Precisamente...

Pero el padre Celestino lo despachó con pocas palabras. La primera vez, el caso le había parecido muy interesante, como singularidad humana. Ahora ya no. Evidentemente —pensaba—, se trata de un pobre estúpido, un buen hombre tal vez, de los que la gente se divierte tomándoles el pelo. ¿Qué caso tenía demorar la absolución? En un par de minutos el padre Celestino lo mandó con Dios.

Y pasaron todavía unos diez años. El ermitaño ya era viejo cuando el curita volvió. Éste también había envejecido, naturalmente; más enjuto, más pálido, con los cabellos grises. En un primer momento, el padre Celestino no lo reconoció. Pero en cuanto el otro empezó a hablar, el timbre de la voz hizo despertar el recuerdo adormecido.

—Ah, eres tú el del “reverendo” y del “monseñor”, ¿o me confundo? —preguntó Celestino, con su desarmante sonrisa.

—Tienes buena memoria, padre.

—¿Cuánto tiempo ha pasado desde entonces?

—Van a cumplirse diez años.

—¿Y después de diez años, tú... sigues todavía con lo mismo?

—Peor, peor...

—¿Qué quieres decir?

—Mira, padre... ahora... si alguien se dirige a mí llamándome “excelencia”, yo...

—No digas más, hijo mío —dijo Celestino con su paciencia a prueba de bomba. Ya entiendo. Ego te absolvo. 

Y pensaba, mientras tanto: desgraciadamente, con el paso de los años, este pobre cura se ha vuelto más ingenuo y simplón, y la gente se divierte aún más tomándole el pelo.

Y cae en el garlito y hasta le encuentra gusto, pobrecito. Apuesto a que dentro de cinco o seis años lo veré otra vez delante de mí, para confesarme que cuando lo llaman “eminencia”, etcétera, etcétera.

Y eso mismo ocurrió, exactamente, con un año menos de lo previsto.

Con la espantosa celeridad que todos conocen, pasó otra gran tajada de tiempo. El padre Celestino era ya tan viejo y decrépito, que debían llevarlo cargando a su confesionario todas las mañanas, y cargándolo lo regresaban a su yacija al anochecer.

¿Es necesario contar ahora con pelos y señales que el anónimo curita regresó un buen día? ¿Y cuánto había envejecido él también, más blanco, encorvado y enjuto que nunca? ¿Y cómo seguía atormentándolo el mismo remordimiento? No; evidentemente, no es necesario.

—Mi pobre curita —lo saludó con amor el anciano y venerable anacoreta—, ¿vienes aquí otra vez con tu viejo pecado de orgullo?

—Tú sabes leer mi alma, padre.

—Supongo que ahora la gente te llama “su Santidad”.

—Exactamente así —admitió el cura, con la más ardiente de las mortificaciones.

—¿Y cada vez que te llaman así, una sensación de alegría, de bienestar, de vida, te invade, como una felicidad?

—Desgraciadamente, desgraciadamente. ¿Dios me perdonará?

El padre Celestino sonrió en su fuero interno. Tanta obstinada ingenuidad le parecía conmovedora. En un santiamén reconstruyó imaginariamente la oscura vida de aquel pobre curita, humilde y poco inteligente, en una arrumbada parroquia de montaña, entre rostros apagados, obtusos y malignos. Sus monótonas jornadas, una igual a la otra, las monótonas estaciones y los monótonos años; y él cada vez más melancólico y los parroquianos cada vez más crueles. Monseñor... excelencia... eminencia ... ahora su Santidad. Ya no conocían medida las burlas de los aldeanos. Sin embargo, él no se inmutaba; esas grandes y deslumbrantes palabras suscitaban en su corazón una infantil resonancia de alegría. Bienaventurados los pobres de espíritu, concluyó para sus adentros el ermitaño. Ego te absolvo.

Hasta que un día el viejísimo padre Celestino, sintiéndose próximo a morir, por primera vez en su vida, pidió algo para sí mismo. Solicitó que lo llevaran a Roma, como fuera. Antes de cerrar los ojos para siempre, le gustaría ver, al menos un instante, San Pedro, el Vaticano y al Santo Padre.

¿Podían decirle que no? Consiguieron una litera, pusieron en ella al ermitaño y lo llevaron hasta el corazón de la cristiandad. Pero eso no fue todo. Sin perder tiempo, porque Celestino tenía ya las horas contadas, lo llevaron por las escalinatas del Vaticano y lo introdujeron, con mil peregrinos más, en un vasto salón. Lo dejaron allí, en un rincón, esperando.
Después de esperar y esperar, el padre Celestino vio que al fin la multitud se movía para abrir paso, y al fondo tan lejano del salón, una delgada y blanca figura que avanzaba. ¡El Papa!

¿Cómo era? ¿Qué cara tenía? Con horror indescriptible, el padre Celestino, que siempre había sido miope como un rinoceronte, se dio cuenta de que había olvidado sus anteojos.

Para fortuna suya, la blanca figura se acercaba, haciéndose cada vez más grande, hasta llegar precisamente a su litera. El ermitaño se enjugó con el dorso de una mano los ojos perlados de lágrimas, y los alzó lentamente. Miró el rostro del Papa. Y lo reconoció.

—Oh, eres tú, mi curita, mi pobre curita —exclamó el anciano con irresistible presencia de ánimo.

Y en la vetusta majestad del Vaticano, por vez primera en la historia, se asistió a la siguiente escena: el Santo Padre y un viejísimo fraile desconocido venido de quién sabe dónde, cogidos de la mano, sollozaban juntos.


 

El colombre

 

Cuando Stefano Roi cumplió doce años, le pidió a su padre, capitán de mar y dueño de un hermoso velero, que lo llevara consigo a bordo, como regalo.

—Cuando sea grande —le dijo—, quiero ir por el mar, como tú. Y comandaré barcos aún más grandes y hermosos que el tuyo.
—Que Dios te bendiga, hijo mío —respondió el padre.
Y como precisamente ese día zarpaba su embarcación, se llevó al niño consigo.

Era un día espléndidamente soleado y el mar estaba tranquilo. Stefano, que nunca antes había estado en un barco, andaba feliz por la cubierta, admirando las complicadas maniobras del velamen. Preguntaba esto y aquello a los marineros, quienes, sonriendo, le daban toda clase de explicaciones.

Cuando llegó a la popa, el niño se detuvo, curioso, para observar una cosa que aparecía intermitentemente en la superficie, a una distancia de dos o trescientos metros, siguiendo la estela del barco.

A pesar de que el barco casi volaba, impulsado por un magnífico viento en popa, aquella cosa se mantenía a la misma distancia. Y si bien el niño ignoraba la naturaleza de aquella presencia, tenía algo indefinible que lo atraía intensamente.

El padre, como no viera ya a Stefano, después de haberlo llamado a gritos en vano, bajó del puente y fue a buscarlo.

—Stefano, ¿qué haces aquí parado? —le preguntó, viéndolo al fin, de pie y contemplando las olas.

—Papá, ven a ver.

El padre se acercó y miró también hacia la dirección que le indicaba el niño, pero no pudo ver nada.

—Hay una cosa oscura que aparece de vez en cuando en la estela —dijo—, y que nos sigue.

—A pesar de mis cuarenta años —dijo el padre—, creo que tengo buena vista. Pero no veo absolutamente nada.

Como el niño insistiera, fue a buscar el catalejo y escrutó la superficie del mar, a lo largo de la estela. Stefano lo vio palidecer.

—¿Qué es? ¿Por qué pones esa cara?

—¡Ay, ojalá no te hubiese oído! Ahora temo por ti. Esa cosa que ves asomarse en las aguas, y que nos sigue, no es una cosa. Es un colombre. Es el pez que más temen los marinos en cualquier mar del mundo. Es un escualo misterioso y tremendo, más astuto que el hombre. Por razones que quizá nadie conocerá nunca, escoge a su víctima, y cuando la ha escogido, la persigue por años y años, durante toda una vida, hasta que logra devorarla. Y lo más extraño es que nadie logra verlo sino la misma víctima y las personas de su misma sangre.

—¿No es una fábula?

—No. Yo jamás lo había visto. Pero por las descripciones que he oído muchas veces, lo he reconocido en seguida. Ese hocico de bisonte, esas fauces que se abren y se cierran continuamente, esos dientes terribles... Stefano, no cabe duda. Desgraciadamente, el colombre te ha escogido a ti y nunca te dará punto de reposo mientras tú vayas por el mar. Escúchame: ahora regresaremos inmediatamente a tierra; desembarcarás y nunca te apartarás de la orilla, por ninguna razón del mundo. Debes prometérmelo. El oficio marino no es para ti, hijo mío. Debes resignarte. Por lo demás, también en tierra podrás hacer fortuna.

Dicho lo cual, ordenó invertir inmediatamente la ruta, regresó al puerto y, pretextando un improvisado malestar, desembarcó al niño. Y volvió a zarpar, sin él.

Profundamente turbado, el niño quedó a la orilla del mar hasta que la punta del árbol mayor desapareció en el horizonte. Frente al muelle que cerraba el puerto, el mar quedó completamente desierto. Pero, aguzando la mirada, Stefano pudo distinguir un puntito negro que afloraba intermitentemente de las aguas: era su colombre, con su ir y venir lento, obstinado, que lo esperaba.

A partir de entonces, el niño fue disuadido por todos los medios de su atracción por el mar. El padre lo mandó a estudiar en una ciudad tierra adentro, alejada centenares de kilómetros. Y por algún tiempo, distraído con el nuevo ambiente, Stefano no pensó más en el monstruo marino. Sin embargo, durante las vacaciones de verano, volvió a su casa y la primera cosa que hizo, apenas tuvo un momento libre, fue la de ir apresuradamente hasta el final del muelle para continuar con su abandonada observación, aunque en el fondo la considerara superflua. Después de tanto tiempo, el colombre, admitiendo incluso que toda aquella historia que le había contado el padre fuese cierta, habría ya renunciado al asedio.

Pero Stefano se quedó atónito, con el corazón palpitante. A una distancia de dos o trescientos metros del muelle, al mar abierto, el siniestro pez iba y venía; lentamente, de cuando en cuando levantando la cabeza sobre el agua y volviéndola hacia la orilla, como si ansiosamente quisiera percatarse del regreso de Stefano.

Desde entonces, la idea de aquella criatura que lo esperaba día y noche se convirtió para Stefano en una secreta obsesión. Hasta en la lejana ciudad se despertaba a altas horas de la noche presa de la inquietud. Él estaba seguro, desde luego; centenares de kilómetros lo separaban del colombre. No obstante, él sabía que, más allá de las montañas, más allá de los bosques y de las llanuras, el escualo lo esperaba. Y aunque él se hubiese trasladado al más remoto de los continentes, el colombre estaría en las aguas del mar más cercano, con la inexorable obstinación que caracteriza a los ejecutores del hado.

Stefano, que era un muchacho serio y voluntarioso, continuó provechosamente sus estudios y, cuando se convirtió en hombre, consiguió un empleo digno y remunerativo en una empresa de aquella ciudad. Mientras tanto, el padre había muerto a causa de una enfermedad; su magnífico velero fue vendido por la viuda y el hijo heredó una fortuna discreta. El trabajo, las amistades, los pasatiempos, los primeros amores: Stefano vivía una nueva vida; sin embargo, el pensamiento del colombre lo abrumaba como un funesto y fascinante espejismo; el paso del tiempo no lo desvanecía, sino que parecía tornarlo más insistente.

Grandes son las satisfacciones de una vida laboriosa, desahogada y tranquila; pero es más grande aún la atracción del abismo. Stefano había cumplido apenas los veintidós años cuando, después de dejar su empleo y de haberse despedido de sus amigos, volvió a su ciudad natal para comunicarle a la madre su firme decisión de seguir el oficio paterno. La mujer —a quien Stefano nunca le había contado nada acerca del misterioso escualo— acogió con alegría su decisión. En el fondo de su corazón, había considerado siempre como una traición a las tradiciones de la familia que el hijo dejara el mar por la ciudad.

Y Stefano empezó a navegar, dando pruebas de cualidades marinas, de resistencia a los trabajos, de carácter intrépido. Navegaba, navegaba, y sobre la estela de su embarcación, de día y de noche, con bonanza y con tormenta, el colombre lo seguía. Él sabía que esa era su maldición y su condena, pero quizá precisamente por esto, no hallaba la fuerza para apartarse de ella. Y nadie a bordo se daba cuenta del monstruo, excepto él.

—¿No ven nada por allá? —preguntaba de vez en cuando a los compañeros, indicando la estela.

—No, no se ve nada. ¿Por qué?

—No se. Me parecía...

—Ojalá no hayas visto un colombre —le decían, riendo y tocando madera.

—¿Por qué se ríen? ¿Por qué tocan madera?

—Porque el colombre es una bestia que no perdona. Y si se le ocurriera seguir este barco, querría decir que uno de nosotros está perdido.

Pero Stefano no cedía. La constante amenaza que lo acosaba, en cambio, parecía multiplicar su voluntad, su pasión por el mar, su fogosidad en las horas de lucha y de peligro.

Tan pronto como se sintió dominador de su oficio, con la pequeña fortuna que le dejó su padre compró, en sociedad, un pequeño carguero. Tiempo después era el propietario único. Y gracias a una serie de afortunadas expediciones, pudo luego adquirir un barco mercante hecho y derecho, que lo estimulaba a alcanzar metas más ambiciosas. Pero los éxitos y los millones de nada servían para ahuyentar de su ánimo aquel agobio; pero jamás le pasó por la mente vender el barco y retirarse en tierra firme para emprender otros negocios.

Navegar y navegar era su único pensamiento. Tan pronto ponía pie en tierra, después de largos trayectos, inmediatamente lo aguijoneaba la impaciencia de volver a partir. Sabía que el colombre estaba esperándolo, y que el colombre era sinónimo de ruina. Pero nada. Un impulso indomable lo llevaba sin tregua de un océano a otro.

Hasta que un día, de repente, se dio cuenta de que ya era viejo, viejísimo; y ninguno de los que estaban a su alrededor sabía explicarse por qué, tan rico ya como era, no abandonaba al fin la tremenda vida de marino. Viejo, y amargamente infeliz, porque toda su existencia la había gastado en aquella especie de huida a lo largo de los mares, tratando de escapar a su enemigo. Pero más grande que el goce de una vida desahogada y tranquila había sido para él la tentación del abismo.

Y una tarde, mientras su magnífico barco estaba anclado en el muelle del puerto donde había nacido, sintió que estaba próximo a morir. Llamó entonces al segundo oficial, a quien le tenía gran confianza, y le ordenó que no se opusiera a lo que iba a hacer. El otro, bajo palabra de honor, se lo prometió.

Contando con ello, Stefano le relató al segundo oficial, que lo escuchaba asustado, toda la historia del colombre, que inútilmente lo había perseguido durante casi cincuenta años.

—Me ha escoltado de un lado a otro del mundo —dijo—, con una fidelidad que ni aun el más noble amigo hubiera podido demostrarme. Ahora, estoy a punto de morir. Él también ha de estar ya terriblemente viejo y cansado. No puedo traicionarlo.

Dicho, lo cual, se despidió, hizo botar una lancha y la abordó, después de que le dieron un arpón. —Voy a su encuentro —anunció— Es justo que no lo desilusione. Pero lucharé con todas mis fuerzas.

Se alejó del muelle, bogando con cansados golpes de remo. Oficiales y marineros lo vieron desaparecer en las plácidas aguas del mar, envuelto por las sombras de la noche. En cielo había una hoz de luna.

No tuvo que bogar demasiado. El horrible morro del colombre emergió de repente, a un lado de la lancha.

—¡Frente a frente, al fin! —dijo Stefano—. ¡Ahora, o tú o yo!

Y, reuniendo las pocas fuerzas que le quedaban, alzó el arpón para herirlo.

—¡Ay —maulló con voz suplicante el colombre—, qué largo ha sido el camino para encontrarte! Yo también estoy destruido por la fatiga. Cuánto me has hecho nadar. Y tú huías, huías. Y no has entendido nada.

—¿Por qué? —preguntó Stefano, intrigado.

—Porque no te he seguido por todos los mares para devorarte, como pensabas. El rey del mar me hizo el encargo de entregarte esto.

Y el escualo sacó la lengua, ofreciendo al viejo capitán una pequeña esfera fosforescente.

Stefano la tomó entre sus dedos y la miró. Era una perla de tamaño inusitado. Y vio que se trataba de la famosa Perla de los Mares, que dona, a quien la posee, fortuna, potencia, amor y paz espiritual. Pero ya era demasiado tarde.

—¡Ay de mí! —dijo Stefano, moviendo tristemente la cabeza—. Qué tremenda equivocación. No he hecho otra cosa que perjudicar mi existencia y, de paso, arruinar la tuya.

—Adiós, pobre hombre —respondió el colombre.

Y se hundió en las negras aguas, para siempre.

Dos meses después, empujado por la resaca, una pequeña lancha encalló en una escarpada escollera. La avistaron algunos pescadores que, por curiosidad, se acercaron. Sobre la lancha, sentado aún, había un blanco esqueleto. Entre los huesecillos de los dedos apretaba una pequeña piedra redonda.

El colombre es un pez de grandes dimensiones, muy raro, cuya vista causa espanto. Según los mares y las gentes que habitan en sus orillas, lo llaman kolomber, kahloubrha, kalonga, kalubalu chalunggra. Extrañamente, los naturalistas lo ignoran. Y no falta quien sostenga que no existe.


 

Una tarde interesante

 

El presidente del tribunal, con toga y máscara negras anunció:

—Hoy proseguimos con el caso pendiente...

Después de revisar un calendario, prosiguió.

—Veamos... miércoles de la semana pasada... 26 de junio.

En la sala, totalmente ocupada por el público, se hizo un gran silencio.   

—Sospechamos legítimamente —continuó diciendo— que tal día ha sido importante para alguien. —Aclarando la voz— : Entre los presentes en esta sala ¿hay por casualidad alguno o alguna que se interese particularmente por el miércoles de la semana pasada, el 26 de junio?

Sólo le respondió el silencio.

El presidente repitió la pregunta con voz más alta y severa.

Esta vez, en medio del gran silencio, se oyó el ruido de unos pasos. Hacia éstos se volvieron todas las miradas. Las tribunas para el público estaban formadas por graderías semicirculares. Una mujer intentaba salir de la sala, subiendo precipitadamente entre los asientos ocupados.

—¡Alto! ¡Alto! —gritaron. No fue difícil la maniobra. En la parte superior del anfiteatro dos guardias se pararon frente a ella y la detuvieron.

—¡Tráiganla! —ordenó el presidente.

Los guardias acompañaron a la mujer, que se resistía a cada paso; la empujaron hasta dejarla enfrente de quien había dado la orden, a la vista de todos.

Tenía alrededor de 35 años y era más bien baja de estatura, fofa; una cara triangular que daba la impresión de obesidad, aunque no era gorda. Las facciones se le extendían lateralmente; los cabellos rubios, oxigenados, le caían sobre los hombros en desordenadas guedejas, ensanchándose al final de la cabellera, un detalle que aumentaba el cansancio arquitectónico del rostro. Portaba un traje sastre verde, carente de gracia. Se le notaban las rodillas un tanto gruesas y las pantorrillas demacradas. Era fea. Estaba espantada.

—¿Quién sois? —le preguntó el presidente.

—Me llamo Marta Anfossi —respondió la mujer, con voz temblorosa.

—¿Edad? ¿Lugar de nacimiento? ¿Residencia? ¿Soltera o casada? ¿Profesión?

—Tengo 37 años —dijo Marta, mientras el escribano tomaba nota—; nací en Ancona; vivo en esta ciudad desde hace doce anos; no estoy casada y soy pintora. —¿Qué clase de pintora?

—Generalmente, pinto... naturalezas muertas... retratos ...”

—¿Con sus cuadros gana lo necesario para mantenerse?

—Dispongo también de una pequeña renta, muy modesta, herencia de mi padre.

—Entonces, ¿por qué intentaba huir?

—No huía, señor presidente... Se me hacía tarde...

—¿Tarde? ¿Para qué?

Los labios de ella temblaron desagradablemente, levantándose hacia los lados, como los de los perros cuando quieren agredir.

—Tengo una cita.

—¿Qué clase de cita?

—Yo... estoy haciendo un retrato. A las cuatro debíamos continuar.

—Y ahora son las cuatro y cuarto, y tenía prisa por llegar a su estudio... ¿Es o no es así?

—Exactamente así, señor presidente —dijo, con exagerada precipitación.

—¿Quiere decirnos, señorita, por qué intentó huir? En su explicación, y esto es muy evidente, no hay una sola palabra que haga honor a la verdad. Por lo tanto, ¿quiere tener la bondad de decirnos por qué el miércoles de la semana pasada, el 26 de junio, ha sido tan importante para usted?

Pálida, apretando los dientes, movió negativamente la cabeza. Luego, con voz gemebunda, dijo:

—¡No, no! ¡Nunca lo diré!

—¿Se da usted cuenta, señorita, del perjuicio que le puede acarrear su reticencia? Usted no ignora, me parece, que la justicia dispone de medios adecuados para inducir a los sospechosos a una completa sinceridad.

—¡No, no —repitió Marta—, nunca lo diré!

A una señal del presidente, se presentaron dos guardias uniformados, listos para recibir órdenes.

—Marta Anfossi —dijo el presidente—, ¿quieres decirnos, con todos los pormenores, qué sucedió el miércoles de la semana pasada, el 26 de junio?

Un rumor se levantó de la multitud. Éste debió correr hasta el exterior de la sala con la velocidad del relámpago, pues comenzaron a entrar oleadas de público que intuía una sesión interesante. Hallando ocupados todos los asientos de la gradería, se agolparon en una masa compacta en lo alto del hemiciclo.

—¡El potro! —ordenó el presidente.

Con asombrosa rapidez otros dos guardias llevaron un potro enorme, de madera, con la forma de la cruz de San Andrés.

—¿Te decides a confesar, Marta Anfossi? —preguntó el presidente.

—¡No puedo! ¡Le juro que no puedo! Le suplico que me ahorre esa vergüenza.

—¡Pónganla en el potro! —ordenó el presidente.

—¿Hay que desnudarla? —preguntó el más anciano de los guardias, que portaba dos cintas rojas sobre el borde de la manga.

El público presente produjo un murmullo anhelante. El presidente hizo sonar su campanita y ordenó:

—¡Silencio, o hago desalojar!

Luego, dirigiéndose al jefe de los guardias:

—No, no tiene caso.

Con precisos movimientos profesionales colocaron los anillos de cuero en las muñecas y en los tobillos de la mujer; después la llevaron, brutalmente, hacia el potro de tortura, sostenido verticalmente por una doble asta de madera; ensartaron unos lazos en los anillos de los brazaletes y de las tobilleras de cuero y, en un abrir y cerrar de ojos, ataron a la mujer en la cruz de San Andrés. Marta se halló pronto colgada, con las piernas y los brazos abiertos, estirados.

El público no se atrevía a hablar, pero hervía como el lodo de las azufreras

—¿Confiesas o no confiesas? —preguntó una vez más el presidente.

—¡No, señor presidente... ! ¡Piedad! ¡No puedo... ! —y comenzó a sollozar, convulsionándose con todo su cuerpo.

—¿Le aplicamos las pinzas? —preguntó el jefe de la guardia.

—No; comenzaremos con los corchetes en los pies —respondió el presidente.

Le quitaron los zapatos y le introdujeron dos tablitas entre los dedos. El paso intermedio se regulaba con un tornillo. Empezaron a apretarlo.

A cierto punto del atornillamiento, Marta se estremeció y un gemido brotó de su garganta. Un frenético temblor recorrió todo su cuerpo. Su rostro era horrendo con las muecas convulsas del sufrimiento corporal.

—¿Confiesas?

—¡No, no...! ¡Basta! ¡No puedo...! ¡Ayyyyy... Virgen Santísima! ¡Nooo! ¡Bastaaaa! ¡Me lisian!

—¿Confiesas?

—¡Ayyyy ... ¡Noooo ...! ¡Me rompen los huesos ...! ¡Sí, sí, señor presidente, hablaré...! ¡Que me desaten!

—¡Pues habla!

—¡Sí, sí, hablaré... ! —gimió la mujer, agitada por los espasmos de dolor.

El presidente levantó su mentón; era la señal convenida. Los guardias aflojaron los torniquetes.

Marta suspiró relajándose en el alivio indecible de la liberación. 

—¿Estás dispuesta a confesar?

La mujer intentó una gracia extrema:

—Señor presidente... le suplico... que me ahorre esta vergüenza... ¿Quién podría ser más desdichada que yo?

De una de las últimas filas del anfiteatro saltó una voz:

—¡Las pinzas, las pinzas!

Otros gritos, crueles y anhelantes, se le unieron:

—¡Sí, las pinzas; las pinzas de hierro!

—¡Basta! —explotó el presidente, encendido de rabia por primera vez—. Esto es ya un escándalo. ¡Si se repite hago desalojar la sala!

Miró a la muchedumbre, de izquierda a derecha, como esperando una palabra, una voz, para cumplir su amenaza. Pero nadie chistaba.

El presidente dejó pasar dos largos minutos; luego, tranquilamente, ordenó.

—¡Las pinzas!

Avanzó un guardia con dos trebejos metálicos. Y preguntó:

—¿Dónde?

—En los senos —dijo el presidente, impasible.

La densa masa de público vibró intensamente, pregustando el suplicio.

Al acercarse el hombre que llevaba los instrumentos, el rostro de Marta se transformó en una máscara de terror.

—¡No, no...! ¡Hablaré, señor presidente!

Un sordo rumor manifestó la desilusión del público, y el mentón del presidente se alzó de nuevo.

—¿Confiesas?

—¡Sí, sí!

—Confiesa pues lo que hiciste el miércoles pasado, el 26 de junio.

—Ordene que me desaten, señor presidente, se lo suplico. Ya no resisto más.

—¡Desátenla! —concedió el presidente—. Vamos, acérquenle una silla.

La levantaron en vilo e hicieron que se sentara.

—Yo diría que nos has hecho esperar demasiado —dijo el presidente, arrastrando amenazadoramente las palabras.

—Fui a casa de él —empezó a decir Marta.

—¿Él? ¿Quién es él?

—¿También debo decirlo? ¡Dios mío... Venturini... el escultor...

—¿Romeo Venturini?

Marta asintió.

—¿Para posar como modelo? Una risita pérfida serpenteó entre la multitud.

—Entonces, ¿a qué fuiste a buscarlo?

—¡Qué vergüenza...! —dijo Marta, cubriéndose la cara con sus manos.

—Para qué fuiste a buscarlo...

—Iba a buscarlo ... casi todas las semanas ...

—¿A hacer qué?     

Ella guardó silencio.           

—¿Tal vez había una relación... una relación íntima entre ustedes?

—No, no... se lo juro, señor presidente.

Una nueva y salvaje oleada de risa del público.

Por vez primera se dibujó una sonrisa en la cara del presidente.

—Por fin comienza a aclararse el caso... Ánimo, Marta Anfossi. ¿Estabas enamorada de él? ¿Verdad que estabas enamorada de él?

Marta agachó la cabeza.

—¿Y él?

—El... él... —dijo, sollozando de nuevo.

—Perfecto —comentó el presidente—; debe haber sido un miércoles excelente.

—¡Terrible... terrible... ! —gimió Marta.

—Romeo Venturini... gran artista... guapo... la gloria... la fascinación de la gloria. ¿Así es?

—No sé, no sé, señor presidente.

—Y tú, tú ... escuálida solterona ... ¿No te has visto nunca en un espejo? ¿Nunca te has visto en un espejo?

—¡Basta, se lo ruego, señor presidente!

—Pero si es sintomático... Típico, para decirlo sin ningún rodeo. Una situación perfecta en su género. Y tú ibas a su casa con pretextos artísticos... y él no tenía valor para decirte la verdad…. ¿Quién lo hubiera tenido?

Una carcajada estridente, agudísima, solitaria, se alzó desde una de las primeras filas del público.

El presidente se irguió, fulminando con su mirada al sector sospechoso.

—Espero que sea ésta la última vez —dijo el presidente. Luego, dirigiéndose nuevamente a la mujer, prosiguió—. Bien, el cuadro está ya bastante definido... Si no te molesta, vayamos al grano. ¿Qué sucedió el miércoles de la semana pasada, el 26 de junio? ¿A qué hora fuiste a buscar al escultor Venturini?

—En la tarde.

—¿Te esperaba?

Marta movió afirmativamente la cabeza.

—¿Le hablaste por teléfono?

Marta volvió a asentir.

—Te dijo que podías ir ... por compasión... ¿no es así?

La mujer contrajo sus manos y se las pasó por la cara, como si quisiera arrancársela.

—¿Y desde cuándo lo conocías?

—Desde hace seis años.

—¿Le habías dicho que estabas enamorada de él?

—No lo sé, no lo sé, señor presidente. No sé nada, ya no entiendo nada. ¡Es terrible! ¡Mejor morir cien veces que soportar esta infamia! ¡No lo sé, no lo sé! Han sido seis años de martirio...

—¿Acaso él te había lisonjeado?

—No sé, no sé, señor presidente. Algunas veces me daba esa impresión, y yo me ilusionaba con todo: una sonrisa, un cigarrillo que me ofrecía... Bastaba cualquier cosa para que yo...

Se había hecho de nuevo el silencio; podía oírse hasta aquella especie de estertor sutil que precedía a la emisión de cada una de las palabras de la mujer.

—Pero tú, Marta Anfossi ¿te habías dado cuenta, o no, de que le rompías el alma? ¿No te dabas cuenta de que un hombre... ?

—No, no, señor presidente; no me diga eso.

—¿Por qué no? ¿Lo dudarías?

—Es cierto, señor presidente. Sin embargo, yo... no sé... Cada vez que yo iba a buscarlo... Sabía también que era inútil. Ese día yo estaba feliz, ¿me creería usted? Me desperté cantando; todo me parecía hermoso, hasta la vida misma. Hasta el momento en que entré a su estudio. Entonces me acosó de nuevo la angustia... ¿Cómo podría explicárselo, señor presidente? Si usted supiera... Era como el infierno, ¿me comprende?

El presidente golpeó tres veces con un lápiz la superficie del escritorio.

—Al grano, al grano. ¿Qué fue lo que pasó, en fin, el miércoles de la semana pasada, el 26 de junio?

Marta se retorció las manos.

—Él era siempre tan gentil... De pronto, como si hubiera sido otro... Hasta su voz me pareció extraña... sus ojos... Y me dijo...

—¿Qué te dijo?

Marta respondió, con una especie de lamento:

—Me dijo que yo... que él... Que todo aquello era inútil. Me dijo que... Que me había tomado como cosa de juego, ¿me entiende, señor presidente? Durante seis años yo había sido un juguete para él.

—Él, ¿dónde estaba sentado?

—En el sofá, cerca de la ventana.

—¿Y tú?

—Frente a él, en un silloncito.

—Pero a un cierto momento te levantaste, ¿verdad? Y después fuiste a sentarte junto a él.

—No, no es verdad.

—Y al sentarte hallaste la manera de apoyar una mano precisamente junto a la mano de él, para tocarlo. Y al hablar acercabas tu rostro al de él, estabas a no más de veinte centímetros de él. Venturini pensó que le pedías un beso y se apartó. Después se levantó apresuradamente, con un pretexto, y te dejó ahí.

—No, no es verdad.

—”Perdona, debo de haber dejado abierta una llave de agua...”, te dijo. Era el más idiota de los pretextos. Y cuando regresó, te le quedaste mirando; te temblaban los labios, se te estiraban en un leve rictus, y esto te afeaba aún más. ¿No es verdad?

—Esto sólo es maldad. Señor presidente, creo que hay alguien, puesto que no hallo mejor explicación, que está interesado en humillarme. Quisiera que aquí estuviera Venturini. Él desmentiría todo esto.

—¿Te gustaría que estuviera aquí presente el escultor Venturini?

—Él diría toda la verdad, señor presidente.

—Pero si Venturini soy yo —dijo el presidente, quitándose la máscara.

—¡No, no... ! ¡Esto es una infamia! —gimió Marta, cubriéndose de nuevo la cara con las manos.

—Venturini soy yo —repitió el presidente que, por cierto, tenía el mismo rostro del escultor Venturini—; y Venturini son también todos los hombres aquí presentes. Mira a tu alrededor.

Ella miró. Todos los hombres, los jueces, los escribanos, los abogados, todos los del público eran Romeo Venturini, y la miraban. No reían, no sonreían; todos mostraban una expresión impasible o tal vez sólo una grave, inmóvil atención.

—¿Y sabes —prosiguió el presidente— a qué fui allá, al baño?

Marta callaba.

—En el baño estaba una jovencita —dijo el presidente, sin particulares inflexiones en la voz—. Una jovencita de 17 años. Una jovencita muy graciosa. Cuando entré al baño, ella estaba totalmente desnuda.

Marta seguía guardando silencio.

—¡Oh, ya sabía yo que el miércoles de la semana pasada, el 26 de junio, había ocurrido una cosa interesante. Y ahora estás aquí, desdichada, desaliñada, contrahecha solterona... Hay que admitir que este es un caso realmente asombroso. ¡Vamos, llévensela, échenla fuera! ¡A fuerza de ver tu cara todos tenemos ya dolor de estómago!

A una señal del presidente, los guardias levantaron en vilo a Marta y la arrojaron como costal afuera del recinto de la corte. La multitud estaba de pie, jubilosa. La turbamulta, la atrapó, la levantó a hombros y el desfile se encaminó por las calles del centro, en ruidosa algazara. Marta iba rodeada de una alegría estrepitosa, todos gozaban con la catástrofe de Marta.

Desagradable a la vista más que nunca; aún más despeinada que antes, burda y miserable, se bamboleaba sobre el compacto conglomerado humano que la arrastraba en oprobioso triunfo.

En ese preciso momento se despertó Marta, y fue un alivio inenarrable el pensar que todo había sido un sueño. Pero al pensar de nuevo en Venturini, sintió que una estaca de 15 centímetros de diámetro, con una punta de hierro, se le clavaba otra vez en el pecho. De nueva cuenta la vida no era mejor que la horrible pesadilla; la vida era idéntica al sueño, la vida era todavía peor que ese sueño.