Nota introductoria
 

Los días 3 y 4 de noviembre de 1980, la Fondazione Cini realizó en la ciudad de Venecia un encuentro de escritores, con el fin de conmemorar el décimo año de la muerte de Dino Buzzati y el cuadragésimo de la publicación de El desierto de los tártaros, una de sus obras maestras que, al ser llevada a la pantalla cinematográfica, redondeó la celebridad del narrador de Belluno en todo el mundo. En esa conmemoración predominó, naturalmente, el tono de la palinodia, pues se trataba de olvidar la resistencia que opusieron durante más de dos décadas los críticos y escritores italianos a la obra buzzatiana, tanto en los últimos años del régimen fascista como en la posguerra, cuando la mayor parte de la crítica de este último periodo quería verlo todo a través de los anteojos neorrealistas. Mientras los literatos se empeñaban en querer ver únicamente en la obra de Buzzati una prolongación de la de Poe y de Kafka, solamente un producto tardío y burgués de la mitteleuropa, las novelas y los cuentos de Buzzati seguían conquistando espacios cada vez más amplios en Europa y en muchos otros países del mundo.

En ocasión del mencionado encuentro llevado a cabo en Venecia, Ítalo Calvino trazó en dos o tres páginas una semblanza de Buzzati y señaló la importancia de éste, dentro y fuera del marco de la literatura italiana. De ese testimonio citamos el siguiente fragmento: “Si hacemos un balance de nuestra literatura de la primera mitad de este siglo, nadie podrá dudar que Buzzati es uno de nuestros autores más sólidos y que mejor han resistido el paso de los años. [. ..] En fin, los extranjeros tenían razón, sobre todo los franceses, entre los cuales la crítica le reconoció inmediatamente un valor infinitamente mayor que en Italia. Y también tuvieron razón nuestras reacciones juveniles ante la lectura de su obra, que fueron fascinantes; por lo menos así ocurrió conmigo, cuando era adolescente, cuando empecé a distinguir su firma bajo las colaboraciones en Il Corriere della Sera, y más aún cuando vi cómo se destacaba el título de Los siete mensajeros en la portada azul y blanco de la primera colección de narradores nuevos de la Mondadori, impresa en aquel papel tan corriente, durante la guerra.”

Calvino se refiere a la segunda etapa narrativa de Buzzati —El desierto de los tártaros, Los siete mensajeros y Miedo en La Scala—, en la cual lo reconocemos ahora como a uno de los más intensos y profundos intérpretes de la zozobra existencial del hombre contemporáneo.

Entre la ironía y el horror cotidiano, entre la desesperanza engendrada por las maquinaciones siempre más sutiles del poder contra el individuo y la indefensión de éste ante la avalancha de acontecimientos que lo arrollan, entre la promesa del instante y la condena de la eternidad, los personajes de Buzzati están en el mundo como presas sojuzgadas, esperando la ejecución: “Estamos como conejos en la pradera, inmóviles, con esa misma inquietud que nos envenena. ¿Dónde nos han tendido la trampa?”

Y toma cuerpo la figura de Giuseppe Corte, el protagonista de “Siete pisos”, en esa víctima del hado que es llevada, desde el alto concepto que tiene de sí misma, hasta el plano inferior, nivelador, el de la realidad, el de la ejecución inexorable. Giuseppe es arrastrado de piso en piso por medio de lisonjas banales, de recomendaciones técnicas, profesionales. Se halla atrapado entre los engranajes de un sistema que funciona con la perfección de un mecanismo de relojería. Giuseppe Corte protesta, pero sus protestas son aún más banales e inútiles: no hay poder humano, individual, capaz de intervenir para evitar su caída gradual. Cuando ésta se cumple, Giuseppe Corte se reencuentra a sí mismo, reducido a su simple condición humana y espera su fin sin pronunciar una sola palabra. 

Una constante lección moral acerca de la transitoriedad de la existencia se entreteje siempre en la urdimbre de sus fábulas, cuentos fantásticos y de aventuras, con un intenso dejo melancólico: “El hombre se da cuenta, con estupor, de que toda la vida, con sus penas, alegrías y esperanzas correspondientes, no valía absolutamente nada; como si se tratara de un gran andamio construido tras largos años de fatigas y que cierto punto ya nadie entiende, porque estaba totalmente equivocado.” Una de las grandes razones de la universalidad de la obra buzzatiana es la de colocar al lector sobre su fantástico tablero de ajedrez, de obligarlo a asumir su papel en una partida entablada contra la fatalidad, contra las ineluctables fuerzas del destino.

Diño Buzzati nació en Belluno, Italia, el 16 de octubre de 1906. Después de terminar la carrera de Leyes en la Universidad de Milán, emprendió, en 1928, la de periodista, empleándose como cronista en Il Corriere della Sera, en el cual trabajó más adelante como redactor y enviado especial. Murió en Milán, el 28 de enero de 1972.

 

Guillermo Fernández