Nota introductoria

 

Decir Melville es pensar en Moby Dick. La ballena blanca de esta novela tiene ya dimensiones de símbolo universal, bien que difieran las interpretaciones que se le dan. Para unos representa la enormidad del mal, para otros la búsqueda obsesiva de la verdad absoluta, y para otros más un intento de comprender las intenciones de Dios, explicaciones todas donde late la presencia del calvinismo. En efecto, nacido en Nueva York en 1819, en una familia de abolengo, Herman Melville no sólo recibe una sólida educación académica, sino a la vez una cuidadísima atención religiosa. Sus padres, Allan Melville y María Gansevoort, eran personas muy pías, que inculcaron en sus hijos la necesidad de atender a las demandas de la iglesia.

Sabemos cuán poderosa es la presión del protestantismo en la literatura norteamericana. Allí donde clava su aguijón, el escritor se revuelve herido de muerte. No es otra la reacción de Melville, quien a partir de sus conflictos internos con la religión heredada va levantando su obra narrativa. Desde luego, no se compone ésta exclusivamente de tal conflicto, pues entran en su estructura las experiencias del autor como marino; es decir, como hombre de acción. Es éste un rasgo muy característico de ciertos creadores norteamericanos: combinar sus aventuras externas con sus inquietudes internas, hasta lograr una mezcla muy efectiva y poderosa cuando expresada en palabras. Así con Melville. Acosado por una pobreza relativa, se contrata como una especie de grumete en el Highlander. Estamos en 1839. Sufre los maltratos usuales en los buques mercantes del XIX, experiencia de la que dejara constancia poco grata en Redburn (1849). En 1841 zarpa en el Acushnet. Irritado por la vida de opresión que a bordo lleva, deserta en las islas Marquesas y huye al interior, donde vive varias semanas. Typee (1846), su primer libro, es resultado de esas aventuras; Omoo (1847) narra el rescate a manos de un ballenero australiano y su desembarco en Tahití.

Vemos entonces que vida y literatura se unen estrechamente. Del regreso a su patria en la fragata Estados Unidos surge Chaqueta blanca (1850), novela donde se da un elemento de presencia muy constante en la obra de Melville: el hombre que, por alguna causa, es distinto a los demás y se ve acosado o, por lo menos, aislado debido a tal aspecto distintivo. Parece tratarse mayoritariamente de personas cuyo pasado esconde algún secreto, para el resto de la gente secreto oscuro, pecaminoso. Pensemos en Ahab, figura predominante en Moby Dick (1851), la novela cumbre de Melville y una de las mayores escritas en los Estados Unidos; pensemos en Billy Budd, protagonista de la novela corta homónima; pensemos en Bartebly. Por algo ha dicho el crítico Eric Mothram que Melville “explora la soledad del individuo y el poder penetrante de las tinieblas”, para agregar que el autor “analiza la destructividad moral inherente a la ética protestante”. De aquí el profundo sacudimiento para todo lector en contacto con esa obra: se ve enfrentado a cuestiones de orden moral difíciles de resolver. Digamos, decidir desde dónde ha de juzgarse a Billy Budd: a partir de las leyes que privan en la marina de guerra, a partir de consideraciones ajenas a las necesidades sociales o con base en un humanitarismo nacido de sentirse todos los hombres en comunión.

Ahab, obsesivo perseguidor de la ballena (¿el mal, la verdad?), es el personaje que mejor representa al nombre aislado típico de Melville; ser aislado no sólo ya en razón de su conducta, sino incluso de su apariencia física. Pasan por la vida ocultando un secreto que otros consideran maligno; sin embargo, la narración misma permite al lector aceptar esto o buscar interpretaciones de índole distinta. Véase, a título de ejemplo, “Daniel Orme”.

Los tres cuentos que componen este breve volumen tienen como figura central un hombre ajeno al común denominador. Siendo éste el nexo que los une, los separa el tratamiento dado a los personajes, así como la trama misma y el tono. Antes de comentar cada cuento por separado, digamos que Melville fue, innegablemente, novelista; la poesía y el cuento son acompañamientos en cierto modo menores de los extensos relatos que constituyen la columna vertebral de la obra melviliana. No obstante ello, los cuentos de Melville valen por sí mismos, pues permiten verificar en pequeño lo dicho en profundidad en las novelas. Son, simplemente, otro ángulo de visión. A excepción de “Daniel Orme”, fueron escritos entre 1853 y 1856, durante la década (1850-1860) más productiva del escritor.

El primero de los aquí presentados, “El violinista”, es de tono humorístico, festivo, irónico. Narrado en primera persona, tiene como tema el desprecio de la fama por un lado, y la felicidad como bien supremo por el otro. Quien conozca a Melville por sus novelas se extrañará del tono dado a esta breve narración; no debe olvidar, sin embargo, que incluso Moby Dick está infiltrada por una subterránea pero obvia ironía que aquí, en el cuento, simplemente pasa a primer término. Bien hará el lector en prestar atención a los nombres de los personajes y en atender a Hautboy, quien en el anonimato encuentra la paz, y quien tal vez sea imagen inversa de los problemas que acosaban a Melville como escritor olvidado, en su tiempo, por el público y la crítica.

“El porche” fue escrito, muy probablemente, a principios de 1856, como pieza que serviría de prólogo al volumen Piazza Tales. Este libro salió al mercado en mayo de ese año (1856), en la editorial Dix and Edyards; incluía cinco relatos aparecidos con anterioridad en la revista Putnam's Monthly Magazine; a saber: “Bartebly”, “Benito Cereño”, “The Lighting-Rod Man”, “The Encantadas” y “The Bell-Tower”. Esa calidad de prólogo explica las líneas finales del relato. Estamos, sin duda, ante una incursión de Melville en la literatura fantástica. El cuento cumple debidamente con los parámetros establecidos por Todorov. Basado en hechos reales —pues Melville adquirió en las colinas Berkshire (Massachusetts) una granja con porche al norte, granja a la que llamó Arrowhead—, permite al autor manejar con lógica exacta los elementos creadores de lo fantástico, para hacer del relato en sí un estudio de ese género literario, sin que por ello se descuide la inclusión de un personaje singular respecto a su medio, y las inquietudes éticas propias del autor. Pienso que la traducción permite captar el cambio de lenguaje si lo comparamos con el de “El violinista”, pues aquí Melville llega a emborracharse con el apretado tejido de su idioma, al que carga de complicaciones y símbolos.

Al morir Melville se halló, en un cartapacio y junto a otros materiales descartados o en proceso, “Daniel Orme”. Tanto el lenguaje como la anécdota misma, junto con las preocupaciones expresadas en el relato, permiten pensar en 1890 o 1891 como año de su escritura. Baste comparar a Daniel Orme con el Danés de Billy Budd. Estamos ante el Melville más puro, aquel cuya concepción literaria proviene de la Biblia y de los escritores isabelinos y jacobianos; aquel capaz de crear personajes atractivos en tanto que misteriosos y vulnerables; aquel ducho en plantear toda una problemática vital mediante una información ambigua, indirecta y subterránea. Breve y complejo, “Daniel Orme” pertenece a la gran literatura.

Así, tres cuentos permiten al lector penetrar en el mundo conceptual y temático de Melville. Tres tonos, tres idiomas y tres personajes diversos pese a las similitudes que los unen permiten comprender cuan variado y rico era el mundo literario de este autor.

 


Federico Patán