Nota introductoria

   

A simple vista, lo primero que resalta de la obra de Marguerite Yourcenar, cimentada en una vasta cultura clásica, es una aparente diversidad de temas, épocas, personajes y lugares: la Grecia Antigua de Fuegos, el Oriente de los Cuentos orientales, los Países Bálticos de El tiro de gracia, el paisaje austro-húngaro de Alexis, la Italia de Mussolini de Denario del sueño, la Roma Imperial de Adriano, el Flandes del siglo XVI de El alquimista... Su escritura no se basa directamente ni en la experiencia ni en el recuerdo sino en el rescate de los momentos esenciales de la historia; pero su talento está al servicio de la literatura, y el hilo que une toda su obra es la recuperación de una memoria colectiva y de la sustancia del hombre y su pasado. La condición humana, revelada hasta en su texto más humilde, expresa una concepción universal del mundo; y la historia, en Marguerite Yourcenar, no está escrita para comprenderse sino para imaginarse.

También en el centro de su obra se encuentra el mito. Los mitos grecorromanos, cristianos y orientales afloran en sus textos, entregándonos, curiosamente, una visión moderna del mundo, porque se nos presentan como hechos vivos o como personajes que nos alteran. Revitalizada la carga ejemplar del mito, éste sirve únicamente para recrear, en toda su esencia, al ser humano. Es el hombre quien abarca las reflexiones y la vocación de la escritura.

Marguerite Yourcenar nació el 8 de junio de 1903 en Bruselas. Su madre, belga, murió poco después de dada a luz; y con su padre, un noble francés que le enseñó latín y griego desde niña y que la encauzó hacia el mundo clásico y hacia la historia y sus hombres, llegó a vivir a Francia. Escribió su primer texto importante cuando tenía dieciséis años; un poema largo y ambicioso sobre Ícaro: Le jardin des Chimères, donde trabajó al héroe griego como un símbolo de la elevación hacia el absoluto. Y por insistencia de su padre, que había decidido regalarle la publicación del poema, firmó el libro con un seudónimo, que era en realidad un reacomodo de las letras de su apellido: Crayencour. Marguerite Yourcenar se volvería con el tiempo su nombre legal.

Viajera incansable, dedicó muchos años a recorrer Europa y parte del Oriente, hasta que llegó, en 1939, a los Estados Unidos, invitada a impartir un curso de francés y otro de literatura comparada. La guerra la sorprendió en aquel país; y más tarde, se exilió voluntariamente en su casa Petite Plaisance, en una isla del Maine llamada Montes Desiertos. En 1968 obtuvo el Premio Femina por El Alquimista (L'ouvre au noir); en 1971 fue recibida por la Academia Real de Bélgica; y es la única mujer que ha logrado pertenecer a la Academia Francesa, que le abrió las puertas en 1981.

Marguerite Yourcenar escribe sobre los momentos esenciales de la historia, para el desarrollo y la configuración de la sociedad actual; y ni ella misma, ni su condición de mujer, ni su propio tiempo figuran de manera implícita en sus libros; ni siquiera en los dos primeros volúmenes de su autobiografía. Sus personajes luchan por la fidelidad a sí mismos, al mundo, a su naturaleza. La voluntad, la sociedad, el amor por la justicia, la preocupación por el estado del mundo son los valores que la escritora declara; y sin embargo, jamás hablará de su condición de mujer, de su país o de los dramas de su tiempo. Así, mientras el proyecto de Las memorias de Adriano, que tardó en cristalizar veintisiete años, se iba configurando, publicó varias novelas; entre ellas, la primera fue Alexis o el tratado del inútil combate. Intimista, está escrita como Las memorias… en forma epistolar. Es la carta de un hombre a su esposa, en la que le habla de las razones que lo han orillado a dejarla, en la que el propio Alexis se interroga para comprenderse y al mismo tiempo para entender el mundo. En 1931 retoma en su novela La nueva Eurídice el mito de la mujer de Orfeo y nos entrega la historia de un hombre que decide buscar de pronto a una mujer que había amado vagamente. En su búsqueda sabe que era casada y se entera de que ha muerto. Y con la noticia de aquella muerte recibe varias versiones acerca de la mujer: unas dicen que fue la esposa más fiel del mundo; y otras, que era la más infiel. Vino después un volumen de cuentos: La muerte conduce el carruaje (1935) que contenía tres relatos, uno de los cuales, “Anna Sóror”, el incesto de un hermano y una hermana, situado en Napóles en el siglo xvi, era de una prosa limpia, pausada, serena. Cuento que recogería más tarde la propia Marguerite Yourcenar en otro libro de relatos: Como el agua que corre (1981), que incluye también “Un hombre oscuro”, la historia de un obrero holandés, pobre, sensible e inculto que acepta dejar pasar la vida como el agua que corre, de allí el título de la obra; y “Una bella mañana”, texto onírico en el cual el pequeño Lázaro vive con anticipación toda su vida.

La obra y los personajes de Marguerite Yourcenar están enmarcados en un tiempo preciso; y aunque los personajes hablan únicamente en su propio nombre, ambos nos entregan, gracias a la sutil creación de la escritora, una visión completamente moderna del mundo. Así, por ejemplo, en su novela Denario del sueño (1934), se nos revela la vida romana popular mientras que los personajes viven asimilados al mito; es decir, hay en la escritora, un esfuerzo por hacer sentir la grandeza del gesto y de los mitos antiguos que florecen en la Roma de 1933.

Si el escenario de El tiro de gracia son los Países Bálticos, región seriamente afectada por la guerra civil rusa posterior a la revolución, en donde perfila una pasión que agoniza del mismo modo que las fronteras de aquellas tierras, en El alquimista rescata, a través del personaje de Zenón, el Flandes del Renacimiento. Y su obra maestra, Las memorias de Adriano se agranda con la distancia que media entre ella y la escritora. La perfección lograda en la recreación del emperador y de su tiempo no teme el juicio de la historia; Adriano reflexiona como un emperador, pero ante todo lo hace como un hombre; y en este libro su escritura es más pulcra que nunca y en la meditación de Adriano ejerce la poesía. La vida de Adriano es un acto universal que le da a su pensamiento una dimensión moderna.

La obra de Marguerite Yourcenar abarca todos los géneros: tradujo a Virginia Woolf, a Henry James, a Constantino Cavafis, a Hortense Flexner y a varios poetas griegos. En el ensayo destacan sus trabajos sobre Píndaro y Piranesi. Y de particular importancia es un librito suyo titulado Les songes et les sorts, un estudio sobre la composición mítica del sueño, donde analiza el mito como un acercamiento al absoluto, para tratar de descubrir en el ser humano aquello que hay en él de duradero, de eterno. También ha publicado seis obras de teatro y cuatro libros de poesía; entre estos últimos, es en Fuegos donde retoma el mito nuevamente como una vía de acceso hacia las diferentes grandes imágenes de lo humano. Producto de una crisis pasional, Fuegos es la reunión de varios poemas o prosas líricas relacionadas entre sí por la noción del amor. Es un monólogo personal exteriorizado, descarnado, donde el amor se impone a la víctima como vocación o enfermedad; donde la pasión tiene una sola dirección: la trascendencia. Los personajes míticos o reales de Fuegos pertenecen a la Grecia Antigua, excepto María Magdalena que está situada en el mundo judeo-cristiano; sin embargo, otra vez Marguerite Yourcenar se ha encargado de modernizar el pasado para entregarnos criaturas vivas, actuales.

Hemos seleccionado y traducido para Material de Lectura cuatro relatos de los Cuentos orientales: “Así fue salvado Wang-Fo”, “La tristeza de Cornelius Berg”, “La sonrisa de Marko” y “La leche de la muerte” porque sirven muy bien para ilustrar cómo Marguerite Yourcenar crea una sobrerrealidad a partir del mito, para expresar arquetipos que se encuentran en la frontera de nuestras culturas. Estos cuentos son un esfuerzo más de la escritora por rescatar ciertas imágenes o símbolos, con los que trabaja la realidad y obtiene casi por transparencia algo más que esa simple realidad. “Así fue salvado Wang-Fo” está inspirado en un apólogo taoista de la antigua China; en él nos transmite el maravilloso encanto del pintor Wang-Fo “que amaba la imagen de las cosas y no las cosas mismas”. Este apólogo es redescubierto y reelaborado por Marguerite Yourcenar hasta dar otra percepción de la realidad partiendo de esa vieja civilización de refinamiento y crueldad. En este cuento encontramos varios temas importantes en la autora: la maldición de la amistad, la que pesa sobre el arte (por eso es sacrificada la mujer de Ling, por eso mismo Ling se arruina y muere por su maestro; como si el amor también fuera un crimen). El artista merece castigo de muerte porque ha mentido: el mundo en realidad sólo es un montón de manchas confusas. Ni la civilización ni la madurez escapan a la violencia o al sadismo, ni a la angustia ni a la voluptuosidad.

En los Cuentos orientales, escritos antes de la primera guerra mundial y recopilados por primera vez en 1938, Marguerite Yourcenar no sólo manifiesta su gran interés por el Oriente sino que logra transmitirnos en profundidad la atmósfera, el estilo y, sobre todo, el espíritu orientales. Cuatro de los diez relatos recogidos en este volumen son en realidad interpretaciones desarrolladas libremente de fábulas o leyendas auténticas. Otra vez aquí la diversidad de lugares se nos presenta; de China a Grecia y de los Balcanes al Japón, el sueño y el mito son atrapados por la pluma y el talento de esta genial escritora. En “La sonrisa de Marko”, con un sólo punto débil, demasiado humano, émulo de Áquiles, Marguerite Yourcenar nos presenta a un héroe servio capaz de despertar pasiones que lo llevarán al borde de la muerte; un héroe capaz de soportar las peores torturas, excepto la del deseo por una bella joven; un héroe que no puede reprimir una sonrisa frente al más dulce de los suplicios. La Torre de Scutari se levanta como símbolo del amor materno en “La leche de la muerte”; entrega que, a los ojos de Marguerite Yourcenar, hoy no parece quedar sino en los vestigios de una leyenda albanesa. “La tristeza de Cornelius Berg” (“Los tulipanes de Cornelius Berg” en la edición de 1938) fue concebido como el capítulo final de una novela hasta ahora inacabada, y únicamente tiene de oriental dos breves alusiones a un viaje que hizo el pintor al Asia Menor; incluso, una de ellas fue añadida para la segunda edición. Este relato no pertenecía a la colección de los cuentos orientales pero su autora no supo  resistir “las  ganas de situar frente al gran pintor chino que se salva y se pierde en el interior de su obra a aquel ignorado contemporáneo de Rembrandt que llega a meditar apaciblemente sobre su propia obra”. La amargura de Cornelius Berg, “que toca los objetos que ya no sabe pintar” es la oposición del viejo pintor Wang-Fo “que amaba la imagen de las cosas”. Estos cuentos son una mínima visión del maravilloso mundo construido por Marguerite Yourcenar. La dimensión de la obra y del pensamiento de esta voz única es ya trascendental y sus nuevos mitos llegarán a ser universales.


Patricia Daumas y Silvia Molina