Joven alma crédula


Rene Clamart me confía a Minnie para que le haga compañía durante media hora en el quai del Louvre.

Yendo por el quai del Louvre, Minnie, de repente, se aparta de mi lado y escapa; allí está: ha corrido a plantarse extasiada ante una cisterna cuadrada de cristal que se exhibe en el exterior de una tienda de artículos de pesca. Entre los artículos de pesca se encuentran peces, ranas y otros animales acuáticos, vivos.

La cisterna que ha atraído la candida atención de Minnie está llena de agua límpida y de peces rojos: una tribu de peces flamantes que nadan hacia arriba, hacia abajo, horizontalmente, con tranquila viveza, por completo ignorantes de la existencia de más amplios mares.

—¡Qué maravilla de peces! –exclama Minnie, juntando las manos.

Yo ya estoy junto a ella; confirmo, con bastante seriedad:

—Sí, están muy bien hechos.

Minnie me replica:

—¡Qué manera de hablar! “Bien hechos” se dice de los objetos que se hacen con las manos, como usted y sus amigos cuando hablan de cuadros, de poesías; o también los vestidos de las modistas…

Yo rebato con precisa dialéctica:

—En primer lugar, le hago observar que yo, y sobre todo René Clamart y, sin duda, también otros –y, al hablar, la envuelvo de pies a cabeza en una mirada de benévolo conocedor–, le hemos dicho no sé cuántas veces que está usted bien hecha; sin embargo, no ha sido hecha nunca con las manos.

Minnie sonríe, agradecida, y responde, sin lógica alguna:

—Pero yo no soy un pez.

—Por lo demás -prosigo, inflexible-, he dicho que esos peces están bien hechos precisamente porque son peces falsos.

Ella, con los ojos desmesuradamente abiertos, me miró; luego miró a los peces; luego, a mí de nuevo. Y volvió a juntar las manos, con infinito estupor:

—¿De verdad?

Como todas las personas simples, Minnie se maravillaba con facilidad; su alma era incapaz de albergar incredulidad.

—Pero, ¿cómo se mueven?

—Por medio de electricidad.

Otra vez miró los peces, ávidamente, inclinándose sobre la cisterna, vibrando, oprimiéndose el corazón con ambas manos.

Pero, ¿cómo podrán hacerlos tan bien? Mire aquél cómo abre la boca. El pequeñito va hacia el fondo, oh, se aparta como para no chocar con aquel otro que sube. Allí hay dos que juegan a perseguirse. Quizá sean hermanos. Oh, oh, uno grande que hay al fondo del todo echa muchas burbujitas, como las focas que vimos con René en el Casino.

—Sí, mademoiselle, son una maravilla. No, por Dios, no toque el agua: debe de estar completamente electrizada.

Minnie, asustadísima, apartó el dedo de la superficie del agua:

—Y aquellos dos, ¿no parece como si me miraran?

—Aquí llega René.

—Oh, Rene –gritó–, mira qué peces.

—Minnie –le dije yo a René– creía que eran de verdad.

René Clamart me conocía bien, conocía aún mejor a Minnie y en seguida se prestó a la broma.

Durante todo el día. Minnie fue incapaz de pensar en otra cosa.

Unas horas más tarde nos sentábamos los tres a una mesa de Rumpelmayer para tomar el té. Yo preguntaba:

—¿Por qué estas elegantes señoras son todas tan viejas y por qué van pintadas de color ladrillo?

René Clamart me explicaba:

—Las parisinas elegantes nacen así: viejas y pintadas de color ladrillo. Quitarse ese color sería en ellas un modo de maquillarse. De cuando en cuando lo hace alguna, pero con tal práctica rejuvenece rápida y precozmente, y entonces se avergüenza y se queda en casa, o por lo menos deja de venir por estos sitios.

Y yo, mirando a nuestra compañera, que se atareaba en torno a un babá con tanto interés como yo en torno a una historia de aventuras, le preguntaba a Rene:

—¿Y la señorita Minnie?

—Minnie no es de París; es de Normandía, o de Provenza, o de más abajo. Aquí es una excepción, y en efecto fíjate cómo la mira todo el mundo como a un bicho raro.

Minnie había dado fin del babá. Ahora estaba abriendo la boca, para hablar; Minnie, cuando se disponía a hablar, abría siempre la boca un poco antes, lo que producía un gracioso efecto.

Me imaginé que tal vez quisiera darme las gracias por mi observación, o bien precisar su lugar de origen o quizá expresar sus ideas respecto de las habituales de Rumpelmayer. En cambio, preguntó:

—Al tacto, ¿son duros o blandos?

—Por los clavos de Cristo, ¿el qué?

—Pues los pececitos rojos artificiales.

—Son blandos, como los de verdad.

—Y, si se les saca del agua, ¿qué pasa?

—También como los de verdad; están hechos a la perfección: se ponen a dar boqueadas, dan dos o tres coletazos y luego se ponen rígidos y ya no se vuelven a mover. Igual que si se murieran.

—¿Y luego?

—Luego… pues se tiran, y al cabo de unos días hacen como si se pudrieran.

Minnie reflexionaba profundamente y abría la boca, y decía:

—¿Y si se le da uno a un gato?

—Se lo come, como si fuese auténtico.

(A la tarde siguiente, en el saloncito de Minnie, mientras esperamos a René Clamart, que ha salido a comprar unos puros).

—Minnie, ya que este asunto le interesa tanto, le diré un secreto. Tras haber inventado esos pececitos artificiales tan perfeccionados, han empezado a hacer también otros animales; pájaros, por ejemplo, que cantan de maravilla.

—Si los he visto yo, en la Chaussée d'Antin: son de Nuremberg.

—Justamente.

—Pero a esos, para que canten, hay que darles cuerda; y mueven sólo la cabeza y el pico y no vuelan: esos son falsos de verdad, y al tocarlos se les nota duros, como de metal.

—Sí, sí. Esos, a lo primero, parecían enteramente reales, como los peces del Quai du Louvre, pero luego los han medio embalsamado, para que la cosa no se divulgara demasiado.

—¿Y por qué no se había de divulgar?

—Porque… entonces se convertiría en una cosa corriente. Y además, aquí está el secreto; se lo estaba diciendo pero usted no me deja hablar. Han construido algún otro animal… y luego..., pero júreme, júreme que no se lo dirá usted a nadie.

—Sí, sí: se lo juro.

—Pues… luego… han fabricado hombres.

—¡Madre mía!

—Han hecho doce: seis hombres y seis mujeres.

—¡Santo Dios! ¿Y cómo eran?

—Exactos, como los peces. Exactos: como usted y como yo.

—¿Y dónde están?

—No se sabe. Y ésa es la razón del secreto. Pocos días después de haberlos fabricado, se escaparon del laboratorio. Los han buscado por todas partes. Inútil. Andan por ahí, quién sabe por dónde.

—Pero, ¿estaban vestidos?

—Claro.

—¿Cuándo ha sido?

—Hace más de un año.

—¿En dónde?

—Aquí, aquí, en París. Eran perfectos. Resultaba imposible distinguirlos de los hombres y mujeres de verdad. Dése cuenta, Minnie; quizá alguna vez hayamos visto a alguno de ellos, sin saberlo. Quizá en el restaurante, o por la calle, o en el teatro, o en el Metro… le ha mirado alguien, o incluso le ha hablado; tal vez fuera uno de ellos.

—No, basta, tengo miedo. No volveré a salir de casa. Tienen… tienen que encontrarlos. ¿Por qué no los encuentran? Ellos lo dirán, tienen que decirlo, ellos, que son artificiales.

—¿Ellos? Ellos no lo saben, por supuesto. Están convencidos de que son de verdad.

Minnie se volvía loca. No sirvió de nada que yo y René Clamart intentásemos sacarla de aquella idea y le jurásemos que todo había sido una broma.

—Ahora decís eso para tranquilizarme. Pero sé muy bien que es verdad. ¿Tal vez aquel que está allí...? Basta, basta, volvamos a casa.

En cada persona que veía le parecía identificar a alguno de los hombres artificiales. Sollozaba y se debatía. Quería refugiarse en su casa; luego, en el cuarto más recóndito; luego, en el rincón más oscuro. La obsesión no la abandonaba ni un momento. Por las noches gritaba en sueños, y yo y Rene la velábamos. Triste vida, aquélla. De cuando en cuando volvíamos a reiterar nuestro juramento, pero ya ni respondía, y nos miraba largo rato con ojos de desesperada melancolía que se enturbiaban de llanto. Rene, por probar, le dijo una vez: “Pero, en fin, ¿qué más te da?”, y fue peor.

—¿Cómo que qué más me da? ¿Y el no poder estar segura de que la persona que me ve, que habla conmigo, sea una persona de carne y hueso? Antes prefiero la muerte.

A veces, con la mirada perdida, decía:

—Y ellos no lo saben.

No hubo medio de que dejase París (“¿de qué vale?: pueden estar en cualquier parte”); no quería ver a nadie y hasta despidió a la doncella. Ya no se levantaba de la cama; Rene y yo nos turnábamos para ir a comprarle algo de comer. Triste vida, aquélla, preñada de remordimiento. Cuando dormía, con un sueño depauperado salpicado de sollozos, nos consultábamos febrilmente; en secreto, pedimos consejo a médicos, que nos recomendaban que la divirtiéramos. Pero, ¿cómo divertirla? La obsesión la reconcomía cada día más profundamente, hasta la médula de los huesos. Como un péndulo, repetía ella cíclicamente su pensamiento: “Quizá alguien a quien he visto, con quien he hablado...”

Deteriorada vida aquélla, de cómplice y de reo, respectivamente: Rene y yo transcurríamos las horas en silencio y sin mirarnos.

De repente un día, el mismo día, y en el mismo momento, nos invadió, a mí y a Rene, el mismo terror: de un momento a otro Minnie podía llegar a pensar que el propio Rene, o yo mismo, uno de los dos, o los dos, fuéramos de aquellos hombres mecánicos que habíamos tenido la infernal, estúpida, feroz idea de inventar para ella.

No fue eso lo que sucedió.

Sucedió algo peor.

Sucedió algo aún más espantoso en lo que no habíamos pensado: lo más espantoso de todo.

Espantoso por encima de toda posible imaginación. Fue por la noche, noche de una primavera que había estallado con indiferencia sobre París, llenando de verde sus días y de templanzas sus atardeceres. Minnie dormía, y su sueño parecía más tranquilo que de costumbre.

René y yo asomados a la ventana, contemplábamos cómo se mezclaban ásperamente luz y tinieblas, en las calles y sobre los tejados, bajo un cielo rojizo. Rumiábamos nuestra vida, desgarrada por aquella imbécil aventura. Súbitamente, sonó a nuestras espaldas un opaco grito infrahumano. Nos volvimos, espantados.

Minnie se había incorporado en la cama y extendí los brazos, temblando.

Corrimos hacia ella. Nos apartó a un lado y saltó de la cama, en su camisón de gasa. Se precipitó al espejo.

Se miraba temblando, retorciéndose los brazos, con el rostro contra el cristal, intentando penetrar con sus ojos hasta el fondo de los ojos de su propia imagen.

—Bien, es cierto: sí, ahora lo veo, lo veo claro; soy yo, yo. No soy de verdad, yo; no, no; soy una de esas mujeres, fabricadas. ¡Y no lo sabía!

Nosotros gritamos:

—¡Minnie!

—No. Ahora comprendo. Estoy segura: lo sé. Vosotros no lo podéis saber. ¿Qué hacer ahora?, ¿qué hago? Oh, René, perdóname. No era culpa mía. René.

Intentamos sujetarla por los brazos. De improviso, se pone rígida, parece fijar la atención en algo, y luego recogerse prolongadamente en un atroz pensamiento, que la aplastara; bajo ese peso, su rostro estaba casi inmóvil, ahora. Levantaba entonces una mano, luego, de golpe, como una gran actriz, gritó:

—Pero, ¿qué es lo que hay allí? Señalaba ampliamente hacia la entrada.

—No hay nada, nadie. Cálmate, Minnie.

—¡Sí!, allí, allí, ¿quién hay?; id a ver en seguida.

Una luz maliciosa recorrió su rostro como un relámpago el cielo, y se apagó. Su ronca garganta repitió: “allí, rápido, allí”, y no comprendimos el engaño; para tranquilizarla corrimos adonde nos decía, pero no habíamos llegado a la puerta cuando de repente nos volvimos como avisados por un rayo. Y apenas alcanzamos a ver a Minnie como una larva blanca volando hacia la ventana; con un grito nos precipitamos a ella, pero ya se había tirado: en las manos enflaquecidas de Rene queda un despojo del camisón de gasa. El cuerpo de Minnie caía, durante un tiempo que nos pareció inacabable: luego oímos el golpe abajo, sobre el empedrado.