Las llaves

 

1
Cómo hay que amar


Nunca veraneo. Tendría que ir forzosamente a la montaña o al mar. Aborrezco la montaña. En cambio, siento por el mar un gran amor. No creo forjarme ilusiones juzgándome correspondido. Pero es precisamente por esto por lo que no admito que el mar pueda ser, en mi adoración, el sentimiento frívolo y vulgar de millares de indiferentes. No soporto la idea de que pueda confundirme con ellos, ni mi amor con su capricho; no podría tolerar que el mar sospechase que no era otra cosa para mí que un lugar de veraneo.

Un oceanógrafo podría ahora objetar que el mar no siente nada, no cree nada.

Admitamos incluso que esto es cierto, para no perdernos en discusiones inútiles. Admitamos hasta que mi persona sea indiferente al alma y a los sentidos del mar, y que el mar no tenga ni alma ni sentidos. ¿Qué importa eso? Es por mí mismo. Yo tengo conmigo mismo el deber de no dar a una manifestación de mi amor las formas y las modalidades que una larga costumbre burguesa ha impuesto a preocupaciones frívolas o a cuidados de higiene, muy alejados del amor. Yendo al mar en julio o en agosto, me arriesgaría a tener un momento de debilidad y sentirme veraneante y no adorador.

Esta abstención no es rara; sólo su aplicación al caso particular del veraneo resulta extraña. En sí misma, es un sentimiento corriente, un sentimiento trivial: es incluso la razón por la cual, de ordinario, un hombre no se casa con la mujer que quiere. Ofrezco a las mujeres que pudieran necesitarla esta interpretación sentimental; ofrezco a los hombres que no supieran encontrarla por sí mismos esta justificación extremadamente humana.



2
La situación


Lo dicho en el capítulo anterior explica de manera suficiente por qué 6128 de agosto de este año encontrábame en Milán. Creo ahora que no será necesaria ninguna teoría para justificar mi presencia en la calle del Príncipe Humberto. El reloj de la Puerta Nueva marcaba las once; ésta debía ser la hora, poco más o menos. De súbito, apareció Florestán, con aspecto presuroso, me cogió del brazo, sin detenerse siquiera, y me dijo:

—Tú, que no tienes nada que hacer, acompáñame a la estación. Llega Bartoletti.

Entonces le respondí:

 


3
Primera parte de mi respuesta 


—En primer lugar, puede muy bien ocurrir (es hasta un hecho real) que yo no tenga nada que hacer en este instante. Pero no acepto que tú lo supongas como una cosa natural. Hay algo peor. Con el tono que has empleado para decirme eso, era imposible sobreentender “en este momento” como hubiera debido ser. Me has llamado “Tú que no tienes nada que hacer” como otro me hubiera llamado “Máximo”, como otra tercera persona me hubiera llamado “Excelencia” si yo hubiese sido ministro. En resumen, ese “Tú que no tienes nada que hacer” era una manera de especificar mi persona, y no el estado en el que yo me encontraba transitoriamente. Esto es injusto y ofensivo para mí; dos cosas que me impiden acompañarte a la estación; este acto implica, en efecto, cierta comprensión afectuosa y recíproca. Esta comprensión la has destruido bruscamente o, por lo menos, cortado con tu frase.

 

 

4
Segunda parte de mi respuesta

 


En segundo lugar voy a decirte que, no solamente me niego a acompañarte a la estación, sino que además te aconsejo del modo más absoluto que no vayas tú tampoco. Un poetilla celta declaró una vez que “partir es morir un poco”, frase extraordinariamente estúpida, tan estúpida que ha hecho furor en miles de álbumes, de tarjetas postales ilustradas y de cartas de amor. Tú eres exactamente el hombre apto para creerla. Presta, pues, toda tu atención a mi sólida y nerviosa dialéctica. Si partir es morir un poco, como lo contrario de partir es llegar, llegar es nacer un poco. Ir a ver una llegada equivale, pues, a ir a presenciar un nacimiento, o, con más exactitud, “un poco de nacimiento”. Esto concierne a la obstetricia. La imagen es tan poco agradable que bastaría para suscitar en cualquiera una repugnancia invencible hacia todo acto susceptible de evocar tal imagen. A este propósito, podría además citarte otras imágenes del mismo género, extremadamente corrientes, que son pruebas irrefutables de mal gusto popular; por ejemplo, “quitarse el pan de la boca” o “sacar a alguien los gusanos de la nariz”. La primera expresión designa un acto de caritativa abnegación; la segunda, el triunfo de una excepcional astucia. La sola idea de estas ingratas imágenes basta para quitar a todo hombre de gusto delicado el deseo de ser jamás bienhechor ni astuto.

  

5
Comienzo de la tercera parte de mi respuesta

 


—Esto es aplicable al caso particular de las personas que van a la estación para ver llegar a su prójimo. Pero, en tu caso, hay algo peor. Tú vas a la estación para esperar a Baricoletti…



6
Una interrupción

 


En este momento, Florestán me interrumpió para rectificar:

—Bartoletti...



7
Continuación y fin de la tercera y última parte de mi respuesta

 


—Es lo mismo. Tú vas a la estación a esperar a Bartoletti, quien es, evidentemente, uno de tus conocidos o uno de tus amigos. Te imaginas guardarle una atención, en el primer caso, o darleuna prueba de afecto, en el segundo. En vez de eso, le haces el más flaco servicio que es imposible figurarse.

Ir a buscar a alguien a la estación es violentar su libertad, violencia cuyo horror no es comparable más que al que te causa el comensal que te espera para ponerse a comer cuando la mesa está servida y te has retrasado; su espera no es sino un reproche mal disimulado, tan rencoroso como insultante. Al ir a esperar a alguien que regresa de un viaje en ferrocarril, le impones la humillación de dejarse ver sucio, polvoriento, despeinado, malhumorado, rendido, embrutecido, lo menos presentable que es dado imaginar y en las peores condiciones posibles físicas y morales.

El minuto que va a perder en saludarte puede muy bien ser el único que hubiera podido aprovechar para tomar al vuelo el mozo fugitivo o el coche inaccesible. Gracias a ti, tendrá que volver a su casa a pie y cargado con su maleta.

En el momento mismo en que el hombre se siente menos dispuesto a una comprensiva e indulgente bondad hacia sus semejantes, tú le obligas a ser bien educado con un hombre –tú mismo–, mostrándose reconocido a un acto de cortesía puramente aparente y mal entendida. Al cumplir este deber, por las razones que te he expuesto, le mandará ulteriormente al diablo. Serás, pues, para él la causa ocasional de una hipocresía. Ahora bien, la hipocresía repugna siempre al hombre cuando no le produce nada.

Pero hay algo más grave. Vas a esperar a Bartoletti porque crees ser uno de sus íntimos. Sin embargo, no es así. Eras íntimo del Bartoletti que se marchó. No lo eres del que vuelve. Viajar, señor poeta, es otra cosa que morir un poco; viajar es renovarse, es sumergirse en un verdadero baño de costumbres nuevas y de cosas imprevistas, cuya reacción en las profundidades de tu espíritu ignoras cuál podrá ser. Viajar, es exponerse a la posibilidad de un cambio tan rápido, tan inesperado, que puede muy bien ocurrir que seas tan indiferente al nuevo Bartoletti como simpático le eras y que tú experimentes hacia él idéntica impresión.

Ahora bien, como eres un ser bastante obtuso, puede que te niegues a admitir esta eventualidad tan razonada y real cuanto improbable. Piensa entonces en una probabilidad de orden corrientísimo y que no puede ser más vulgar, y supón que Bartoletti, en el tren, haya encontrado lo que se llama “una aventura de viaje”. Esa “aventura en el tren” es tan frecuente que no existe un solo hombre, al decir de las personas expertas (exceptuándome a mí, debo confesarlo con rubor) que no haya tenido al menos una en su vida. Bartoletti desciende, pues, en la estación con la bella desconocida; ambos tratan de desaparecer entre la multitud anónima. Y tú, gran majadero, vienes a plantarte delante de ellos, a violar su misterio, a romper el éxtasis de esa soledad en medio de la muchedumbre. Puede muy bien suceder que la bella desconocida, recelosa y tímida como todas las mujeres que se dejan arrastrar por una pasión súbita, no quiera ya saber nada de Bartoletti y os deje allí a los dos: él, abrumándote de reproches inútiles; tú, confundiéndote en no menos inútiles expresiones de pesar.

Y éstas sólo son algunas de las principales razones entre todas las que poseo, numerosas y variadas, para aconsejarte resueltamente que no vayas a la estación ni para esperar a Bartoletti ni para ver llegar a otras personas, de un modo general. Sea lo que fuere, si te obstinas en ir a ella, te declaro que me niego de la manera más categórica a acompañarte.

Al decir yo esto, llegamos a la estación.

 



8
Descriptivo, pero importante

 


Desbordando las salidas, avanzaba una primera oleada amenazadora de recién llegados: masa oscura, de una densidad variable, matizada muy irregularmente de los colores más vivos, pero enteramente uniforme, de la que se veían emerger seres de un aspecto casi humano.

Me incliné hacia adelante para mirar. La amalgama movible ascendía espumeante de las profundidades de la escalera hacia un remolino cerca de las barreras, filtrábase al través y se condensaba más allá para acometer las puertas de salida; luego, una vez fuera, comenzaba a extenderse: pasta humana sobre la que algunas lámparas esparcían, aquí y allá, una poquita de luz sin llegar a sacarla de la oscuridad completa, destacándose entre la sombría aglomeración las largas espátulas negras de los reverberos de gas. A medida que rebasaba las puertas, esta pobre humanidad, zigzagueada de tranvías de caprichosos meandros, surcada de automóviles broncos y rápidos, se dividía para no dejar ver más que un hormigueo cada vez más fuliginoso, caminando hacia el jardín románticamente entenebrecido, la aspiración tortuosa de las avenidas o la luz brutal de las dos hileras de hoteles que constituían los bastidores de esta escena grandiosa.

Aquella masa humaniforme no tenía voz, se expresaba por medio de un murmullo henchido de ayes histéricos, de ¡uf!, de crisis de asma, de accesos de tos, de gemidos suspirados, de gritos y de vociferaciones desgarradoras, de silbidos, tal un gran pelotón de serpientes… Era el himno a la vida dinámica, lanzado por los hombres al cielo de agosto.

La primera palabra articulada que oí en aquel bullicio fue la voz de Florestán preguntando con angustia a un ser humano:

—¿Era el tren de Bolonia?

—No. Era el de Genova. El de Bolonia llega en este momento.

—Respiro —dijo Florestán.

 

 


9
Como un Dios

 


Después de haber respirado, Florestán se volvió hacia mí y habló en estos términos:

—Yo me quedo aquí, en la puerta de la izquierda. Tú, vete allí, a la puerta de la derecha. Es forzoso que pase por una o por otra. El primero de los dos que vea a Bartoletti llamará al otro. Trata de no distraerte; mira bien.

Me insinué en la nueva oleada que salía por la puerta de la derecha. Estimulado por la confianza y por la recomendación de Florestán, me apliqué a mirar con un escrúpulo infinito. Me apoyé sólidamente en mis dos piernas para no dejarme arrebatar por la ola. Mi cuerpo era un verdadero rompiente donde el alud humano venía a chocar; y se abría, se bifurcaba por un momento en dos corrientes, que rozábanme ásperamente a derecha e izquierda, para unirse en seguida a mi espalda, yendo a su destino.

Pero yo no miraba tras de mí y poco importábame su destino. Yo fijaba los ojos delante, con una atención enorme, y escrutaba todos los semblantes, bajo sus sombreros, boinas, quepis o gorras.

Aquella aglutinación de hombres, cuya unidad casi amorfa había al principio admirado, estaba sometida por mí a un continuo trabajo de individualización: individuos-hombres, individuos-mujeres, individuos-niños. Experimentaba la impresión de que era yo, con mi mirada plástica, quien creaba allí todas esas diferencias específicas. Tenía la sensación de ser un Dios. Sin duda porque imagino a Dios trabajando sobre una mesa informe que se aglomera en las barreras del mundo. No la toca, pero la mira, y esa sola mirada modela, establece, extrae seres así. Es seguro que Dios los ha hecho sin maletas, sin abrigos, sin cestos, sin paraguas, sin sombrereras; estas cosas son ellos los que las han hecho, con la inteligencia que han recibido de Dios, al salir de la Estación Central. A mí, al contrario, parecíame que los centros vitales, inteligentes, de esta materia, eran precisamente las maletas y los cestos que llegaban empujándose, arrastrando tras ellos un puño crispado y un brazo tendido, de un hombre o de una mujer.

Pero yo desdeñaba las sombrereras, los cestos, las maletas, su materia y su forma, para contemplar bien a los viajeros, por si alguno de ellos era Bartoletti. Ni uno solo de los seres que salieron por la puerta de la derecha, encomendada a mi vigilancia, ni uno solo, ¡lo juro!, escapó a mi mirada creadora e investigadora. Después de la creación y la investigación, mi mirada los abandonaba a su suerte, uno a uno. Se dice que Dios también lo hace así. Compactos y gesticulantes, se arrastraban en dirección de las vías destinadas a conducirlos, después de las pruebas fatídicas, a los infiernos, a los purgatorios y al paraíso de Milán, ciudad de Vida.

Continuaban desfilando –hombres, mujeres, niños, sombrereras de todos los sexos– sin que yo viese a Bartoletti. Algunos choques hacían brotar chispas, pero breves; apenas sobrevienen incidentes más que entre las personas que tienen tiempo a su disposición. Mil siluetas apresuradas y dos mil miradas anhelosas proyectábanse hacia adelante, expresando la esperanza acariciadora y prosaica de hallar un coche libre o la mezquina ambición de encontrar un mozo… Yo seguía sin ver a Bartoletti. Vislumbré aún una nodriza con su niño en los brazos, un perro, una anciana que se exploraba la nariz… Y después, ya no vi a nadie. Entonces, Florestán se aproximó a mí.

—¿No le has visto?

—No.

—¿Estás seguro de haber mirado bien?

—¿Por quién me tomas?

 

 


10
El retorno

 


Tristes y con paso cansino, emprendimos el camino de vuelta.

—Estoy muy contrariado –decía Florestán–. No sé qué hacer. Al marcharse, Bartoletti me entregó las llaves de su casa… Míralas.

Extrajo de su bolsillo dos llaves, unidas por un anillo. Una era pequeña y plana, a la moda inglesa; la otra, grande y aparatosa, a la americana. Una estaba brillante, la otra oxidada.

—Estas son las llaves de Bartoletti -dijo.

—¡Diablo!

—Esta mañana ha salido de Riccione. Me ha telegrafiado desde la estación de Bolonia… Lee: “Llegaré a las once y treinta… Ve estación con llaves sin falta. Bartoletti”. ¿Ves? El telegrama de Bartoletti.

—Perfectamente.

—Es un hombre puntual, exacto, minucioso con exceso. Si hubiese perdido el tren en Bolonia, habría mandado inmediatamente otro telegrama urgente. Pero es moralmente imposible que Bartoletti pierda el tren.

Una larga pausa subrayó nuestro abatimiento, hasta que hubimos pasado el túnel.

—Sin embargo –repuso Florestán–, algo me dice que Bartoletti ha llegado.

Entonces, bruscamente, oí yo también una voz secreta que me gritaba que Bartoletti había llegado. En aquel instante, sentí en mí plenamente la ciudad de Milán completa, y en este Milán que yo sentía todo entero en mis venas, estaba Bartoletti.

¿Por qué aquella sensación me era indeciblemente agradable? Pero Florestán, que es prosaico en extremo, insistía:

—No obstante, yo he mirado bien a todos los que han pasado, uno a uno. Y tú, di, ¿estás seguro de haber mirado bien a todo el mundo?

—¡Claro que sí! ¡Uno a uno! Te garantizo que... ¡Ah! Ese “¡Ah!”, era un grito. Lanzando aquel grito, me sentí palidecer. Me llevé al rostro mis manos trémulas. Vacilé y, ante la estupefacción de Florestán, me apoyé, para no caer, en la esquina del hotel del Parque. Reflexioné. Fue entonces cuando comprendí que, a despecho de la más escrupulosa voluntad humana, eternamente la fatalidad dominará aquí abajo y que, a pesar de la atención más obstinada y vigilante, el impenetrable Destino gobernará siempre enteramente a los hombres. Pero al mismo tiempo comprendí con una inexplicable amargura que jamás la fatalidad ni el impenetrable Destino podrían disculparme ante Florestán, hombre vulgar.

Torturado por estos pensamientos, caí en una depresión profunda. Contemplé a Florestán, invadido por un loco terror ante mi aspecto; le miré con la angustiosa resignación con que se contempla lo irremediable, sin posibilidad de arrepentimiento ni de remordimiento. ¡Comenzaba a darme cuenta, me daba claramente cuenta de que yo jamás había visto ni conocido a Bartoletti!