África


Nunca he tenido una verdadera inclinación por el homicidio. Hasta ahora no he asesinado más que a mi amigo Amílcar, aunque, tras de mucho pensarlo, me parece que no fue una mala idea. Esto sucedió hace muchos años en la ciudad de Casablanca.

Había ido a Casablanca a causa de una desilusión amorosa que me infirió una americana a la que había acompañado de Europa a Asia y que me había dejado plantado. Odiando en consecuencia Europa, Asia y América, y dada la distancia de Oceanía, decidí pasar algún tiempo en África. Por eso me hallé en Casablanca que, como muchos saben, está situada precisamente en África, sobre el Atlántico. En Casablanca vivían muchos trabajadores italianos que trabajaban de día, muchas cocottes provenzales que trabajaban de noche, y muchos franceses.

A fin de apaciguar mi espíritu exacerbado, pasaba todo el día recluido en mi alcoba, dedicado a escribir la vida de Ruggero Bonghi, según los documentos que había recogido en mis viajes. Por la noche me dirigía a tomar un púdico mazagrán en alguno de los doscientos casinos que florecían en aquella noble colonia. En uno de esos trabé conocimiento y luego estrecha amistad, con un hombre modesto y apasionado que se llamaba Amílcar. Era un portugués nacido en el Brasil, que durante el día se dedicaba a vender una gran existencia de tapices que había traído de quién sabe dónde, y que, por la noche, llegaba al casino a jugar a la ruleta y perdía todo cuanto lograba reunir durante el día. Yo no jugaba porque ya conocía mi poca suerte. Lo esperaba arrellanado en una poltrona.

Por fortuna Amílcar no empleaba más de una hora en perder cuanto tenía. Por consiguiente, a la medianoche, venía a sacarme de mi silla, diciéndome:

—Esta tarde me ha ido mal.

Y salíamos a vagar juntos, bajo las pesadas estrellas del trópico.

Un día, a media noche, me dijo como de costumbre:

—Esta tarde me ha ido mal.

Nos fuimos. Pero apenas habíamos dado unos pasos y aún estábamos en la puerta de la sala, cuando, al meter la mano en los bolsillos a fin de sacar un cigarrillo, Amílcar exclamó:

—¡Oh!

Había encontrado una moneda, un franco.

—No he perdido todo. Voy a apostarlo y vengo en seguida.

Dio tres pasos hacia la mesa de juego, pero volvió a mi lado.

—¿Dónde lo pongo? –me preguntó.

—Donde quieras, pero que sea pronto.

—No, no, –obstinábase— dime en qué número debo ponerla.

Yo le dije:

—En el 45.

—No es posible –me gritó desolado– no son más que 36 los números.

—Eso es –respondí– ponlo en el 36.

Corrió en dirección a la mesa. Un minuto después oí la heráldica voz del croupier anunciar:

—36 rojo.

Alargué el cuello. Vi la barba tremebunda y las manos de Amílcar tenderse hacia las monedas que se acumulaban junto a su franco; pero, al mismo tiempo, Amílcar alargó el cuello hacia mí, diciéndome con sofocada voz:

—Di pronto, pronto, ¿dónde pongo estos 36 francos? Yo estaba fastidiado. Para acabar, le dije:

—Deja todo en el 36.

—¿De veras…? –balbuceó. Imperioso y despiadado añadí:

—¡Déjalos!

Como un perro fiel hizo lo que le ordené. Me dirigió una mirada humilde y lanzó otra pavorosa a la máquina que giraba. Después, la máquina empezó a girar más lentamente, se detuvo, y repitió;

—36 rojo.

Un grito de sorpresa huyó de dos o tres bocas. El croupier entregaba fríamente a Amílcar la suma.

—¿Y ahora? –preguntó Amílcar con una voz de espectro.

—Ahora –dije yo con una voz de emperador– ¡vámonos!

Amílcar estaba de tal modo herido de admiración por mí que no osó decir palabra. Se repartió en todos los bolsillos los 1 296 francos y, como un perro fiel, como una mujer enamorada, se acercó a mí.

Ya en la calle, no dijo una sola palabra.

El día siguiente no pensé más en aquello y me ocupé, con toda devoción, en la vida y hechos de Ruggero Bonghi. Por la noche, Amílcar vino por mí a casa. No dijo nada. Solamente propuso, con mucha indiferencia:

—Vamos al Flamboyant (tal era el nombre de aquel garito africano).

Estando allí, arrellanado yo en mi poltrona, él, con gran moderación me dijo:

—¿Por qué no vienes un momento a mi lado? ¿No me dices los números?

—Apuesta al 5. Salió el 5.

—¿Y ahora?

—Apuesta al 18. Salió el 18.

—¿Y ahora?

Él no se hallaba sorprendido. Los demás jugadores sí, y me miraban con ojos llenos de miedo. Me sentí horriblemente turbado. Dije impaciente:

—No sé, haz lo que te parezca.

Le volví la espalda y fui a refugiarme en mi poltrona, que era grande y de cuero.

Pero él estaba ya delante de mí, inmóvil:

—¿Quieres decir que debo suspender, por un rato, el juego?

Allí estaba, de pie, así, mirándome, como se espera que hable el médico cuando está observando el termómetro, o el usurero a quien se ha pedido un préstamo: como se espera, en una palabra, el verbo de una criatura superior.

Fumé dos cigarrillos tratando de evitar su mirada. Miraba un rato hacia la derecha, a un ángulo de la sala, donde no había nadie; después de un momento, miraba de reojo hacia la izquierda, girando hacia un ángulo donde no había nadie. Al fin del segundo cigarrillo, lo acometí de pronto:

—En resumen, ¿qué haces aquí?

—Nada, nada.

Era tan sumiso que me puse a reír y, tras de la risa, no sé cómo, más bien dicho no sé por qué, sin intención, como un estornudo, algo me dijo:

—17.

Amílcar corrió en seguida. Sentí un remordimiento. No pude dejar de aguzar la oreja. Oí un silencio, un zumbido, luego la voz del anunciador:

—17 negro.

La tarde del día siguiente me puse yo también a jugar con él. Perdimos. Probé jugar algunos golpes solo y perdí. Volvió a jugar Amílcar, y yo le sugería los números: ganaba siempre. Poco después, se detuvo y le dije:

—“Vámonos”—. Y nos fuimos.

A los lectores les gustaría que yo contase con más detalles los episodios e incidentes del juego, porque ya sé que se divierten con estas tonterías. Pero yo no escribo para deleitar, escribo para instruir.

Al salir de allí la tercera noche, Amílcar, que era un hombre honrado, me dijo:

—Hagamos un pacto. Vendremos todas las tardes. Yo juego con mi dinero. Tú no juegas, tú me dices los números; al salir partimos la ganancia—. Y así lo hicimos durante dos meses. Todas las noches no sé qué demonios me sugería los números, y siempre éramos los afortunados. Apretaba un instante los ojos, tendía, casi, la oreja, y una especie de voz íntima, un consejero inesperado, me decía claramente el número. Después de siete u ocho números, la voz no me decía nada más. Nos íbamos. Ganábamos cerca de 15 000 liras por noche.

Pero el dinero perturba la paz del hombre. De mano en mano aquel oro mágicamente ganado la noche anterior, se acumulaba en mis cofres, mis jornadas se volvían pálidas e inquietas. La vida de Ruggero Bonghi empezaba a extinguirse, y yo había fundado en aquel libro muchas esperanzas de gloria. Y ahora el libro, y con él mi gloria, vacilaba, languidecía cada vez más miserablemente en mis manos, página a página, debido a mis ocupaciones nocturnas, funesto efecto de la fácil riqueza.

Entre el Ruggero Bonghi y el Flamboyant mi desesperación amorosa se había aplacado, la figura de la traidora se había desvanecido en mi memoria y ya no había razón alguna para no regresar a la Europa natal.

Había una razón, sí: Amílcar. ¿Podía abandonarlo de ese modo? Yo no tenía valor para hacerlo. La existencia de tapices se había terminado. Amílcar vivía y se enriquecía gracias a la virtud de mi inspiración prodigiosa. A él la riqueza no le pesaba ni le producía fastidio. Era un alma simple, jamás se hubiera puesto a escribir la vida de Ruggero Bonghi. Yo me decía: —Cuando un día esta vena se acabe, habrá de encontrar otro modo de seguir viviendo.

Pero ¿cómo persuadirlo? Confieso que ahora ya lo quería bastante. Con este pensamiento días y semanas y creciendo en mí la impaciencia de irme, me nació oscuramente (¿acaso también por obra del diablo?) la idea de un ardid para volver suavemente a Amílcar a una vida más digna sin que me guardara rencor, a mí, que sólo le deseaba el bien.

Maduré mi plan, gasté algún tiempo en ponerlo en práctica. Un día, en que no había logrado escribir siquiera una línea y Ruggero Bonghi andaba desvaneciéndose y borrándose en mi interior del mismo modo que la hermosa traidora, por la noche, fríamente, decidí actuar.


Henos aquí en la mesa de siempre: Amílcar sentado; yo de pie, a su derecha, como siempre. El como siempre, espera que los demás apuesten, para que nadie imite su juego; después, vuelve a mí la mirada. Yo cierro los ojos, apresto la oreja y el corazón, y del corazón late la voz misteriosa, murmurando: 24.

Entonces digo a Amílcar: 34.

Los pocos segundos que la bolita empleó en su curso, me parecieron siglos.

Me oprimía la angustia de haberlo engañado de ese modo. Arrepentido, me prometí hacerlo ganar el golpe siguiente. Sudaba frío. La bolita se detuvo.

Había salido el 34.

Todo remordimiento desapareció. Creo que lo miré con una mirada terrible.

Escuché al demonio: el demonio me dijo: — Cinco. Y yo le dicté a Amílcar: —Ocho—. Salió el ocho. Oía la voz interior decirme: —21—. Dije a Amílcar: —30—. Salió el 30. Dije números al acaso, y todos salían. No lograba engañarlo. Se produjo un tumulto entre los jugadores. La banca suspendió el juego, extendió un velo negro sobre la mesa. Amílcar estaba radiante. Yo me sentí inundado por una onda de bilis negra y violenta. No había logrado engañarlo. No había logrado librarme. No podía acabar la vida de Ruggero Bonghi. No podía regresar a Europa. Los jugadores hacían comentarios detrás de nosotros. —¡Vamonos!— dije a Amílcar, empujándolo, hurtándolo, echándolo por delante como a un becerro. Se adelantó, y mientras atravesábamos un corredor casi completamente oscuro, lo cogí por la solapa y lo arrojé por la ventana. Oí cómo se estrellaba sobre las baldosas del patio. Entonces, bajando por otra escalera, me volví súbitamente a Europa sin ir siquiera a mi casa a mudarme. Y la paz volvió a mi ánimo. Sólo estando ya en Ñapóles, me acordé que había dejado allí, en un cajón, en África, el manuscrito de la vida de Ruggero Bonghi y los documentos.

Un día u otro habré de volver a recogerlos.