Nota introductoria

 

“Sin embargo, aquella tonalidad de brillos y de sombras acongojaron el corazón de don Fabrizio, que permanecía rígido y taciturno en el vano de una puerta. En el salón eminentemente patri cio pasaban por su mente algunas imágenes campesinas: esa escala cromática era igual a la de los inmensos sembradíos que, rodeaban a Donnafugata, estáticos, implorando clemencia bajo la tiranía del sol; también en ese salón, como en los feudos a mediados de agosto, la cosecha se había levantado ya tiempo atrás, almacenada en otras partes, y, como allá, de ésta sólo quedaba su recuerdo en el color de los rastrojos chamuscados e inservibles. El vals, cuyas notas atravesaban el aire caliente, le parecía sólo una estilización del incesante paso de los vientos, que arpegian su propio luto sobre las superficies sedientas, ayer, hoy, siempre, siempre, siempre. La multitud de bailarines, entre la cual se hallaban tantas personas más cercanas a su carne que a su corazón, se transformó en algo irreal, compuesta de esa materia con que se tejen los recuerdos perecederos; una materia más lábil todavía que aquella que nos turba en los sueños. Los Dioses, en el techo, reclinados en sus sitiales dorados, miraban hacia abajo, sonrientes e inexorables, como el cielo del verano. Se creían eternos. Una bomba fabricada en Pittsburg, Penn, les probaría lo contrario en 1943.”

Este pasaje del capítulo vi de El Gatopardo pone de manifiesto el tema constante en los dos únicos libros narrativos de Giuseppe Tomasi de Lampedusa: el sentimiento del flujo irrefrenable del tiempo y la correlativa decadencia, como un ala que bate no sólo sobre el acabamiento de la casa nobiliaria de los Gatopardi, sino también sobre la inutilidad de los afanes humanos y su historia. Si bien es cierto que se ha insistido mucho acerca del carácter histórico de esta obra (Georg Lukács la definió como la más importante novela histórica italiana de este siglo), El Gatopardo parece ser más bien un vasto tratado lírico sobre la negación de la historia y la inutilidad del quehacer humano.

Con la caída de la dinastía borbónica, la decadente nobleza siciliana —representada en esta obra por el linaje del príncipe Fabrizio y su sobrino Tancredi— se vio constreñida a aliarse a la, nueva burguesía, alianza que el autor describe con los tintes de una mascarada trágica, reducida únicamente a la inmediatez de un pacto económico y político, superficial e inevitable, como una afrenta para su propia estirpe. Dos mundos, que por siglos se habían mantenido convenientemente alejados, ahora entran en contacto estrecho: el de la sangre: Angélica, la hija del acaudalado comisionista Calógero Sedara, es la prometida de Tancredi, el sobrino y heredero del príncipe Fabrizio de Salina, el “Gatopardo”. Este último, tenaz sostenedor del viejo orden pero consciente de la decadencia de la casa y de la vanidad de los esfuerzos de los hombres, que se “ilusionan creyendo que ellos hacen la historia”, le dedica todo su tiempo al estudio de la astronomía, a la caza. Pero el sobrino, que enfoca su propio telescopio hacia las cosas de esta tierra, se enrola como voluntario en el ejército garibaldino con un plan muy preciso: “Si no nos ponemos de su parte (le dice al príncipe), ésos serían capaces de proclamar la república. Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie.” ¿El paso del tiempo contradijo a Tancredi o le dio la razón? Nos inclinamos a suponer que, al atribuirle esas palabras a uno de sus antepasados, el autor había observado que los cambios solo eran relativos y aparentes, que el último reducto ya no podía ser otro que el de la aristocracia del espíritu, contra la cual no hay reformas ni revoluciones sociales que puedan afectarla profundamente. Su fortaleza moral le permite ver la caída de la propia casa con sensualidad lírica, con ironía y autoironía, La verdadera Historia, parece decirnos, está dentro de cada uno como un valor estrictamente individual e inalienable. Como El Gatopardo —que apareció póstumo en 1958, gracias a la “solicitud” de su coterráneo Elio Vittorini, quien no gustó de esa obra “decadente”—, el libro de cuentos y memorias (Racconti) fue publicado tres años después de la muerte del autor, cuando la famosa novela había alcanzado la vigésima edición italiana y era muy conocida ya en casi todo el mundo.

Junto a la sección de memorias titulada Los lugares de mi infancia, en este libro aparecen también “El mediodía de un aparcero”, “La felicidad y la Ley” y “Lighea”. Citamos aquí unos fragmentos del prefacio que Giorgio Bassani escribiera para la primera edición de los Racconti (editorial Feltrinelli, Milán, 1961):

“En su escaso número de páginas, es perfecto también el segundo cuento: ‘La felicidad y la Ley’, que, como de costumbre, bajo la cáscara de una narración de un estilo muy siglo XIX, esconde lo que es el carácter constante de la inspiración de este escritor: moral y política (véase El Gatopardo, que es un gran libelo político), más que una obra meramente artística, en el sentido del art pour l'art.

“Pero mucho más importante es el largo relato que sigue, Lighea, escrito al parecer en 1956, cuando el escritor volvía de una larga excursión por el litoral de Augusta, que realizara en el verano de ese mismo año. Es, sin duda alguna, lo mejor del libro. Y no queremos llamar aquí la atención del lector a fin de que aprecie los valores más evidentes de dicho relato —desde la representación del café Turínés hasta la orgía pánica entre el joven filólogo siciliano y Lighea. Como siempre, para hacerse leer, Tomasi de Lampedusa echa mano de toda su cultura y de todo su genio de escritor impecable. Por su mente pasaron Böecklin, Wells (lo cita, incluso), quizá también el Soldati de La verdad sobre el caso Motta; y su prosa, entre ironía muy amarga y canto desplegado, nunca ha sido tan hermosa, rica y fascinante... (...) Si en verdad quiere uno comprender a Tomasi de Lampedusa; si no se desea malinterpretar el mensaje del mismo Gatopardo —que es, repetimos, moral y político, serial de la verdadera modernidad y originalidad de la novela—, será menester considerar también a este anciano excéntrico, a este cortejador de la Muerte y de la Nada, que es el profesor La Ciura.”

Giuseppe Tomasi, duque de Palma y príncipe de Lampedusa, nació en Palermo en 1896; murió en Roma en 1957. Su infancia transcurrió en el palacio paterno en la capital de Sicilia y en las varias casas de campo de la familia. Desde muy pequeño aprendió diversas lenguas europeas, cuyo conocimiento ampliaría después en sus frecuentes viajes al extranjero. Interrumpió sus estudios durante la primera guerra mundial, en la que fue hecho prisionero y conducido al campo de concentración de Posen, del que escapó. En 1925 abandonó la carrera militar y, obedeciendo a sus inclinaciones de conservador liberalizante, se mantuvo al margen de cualquier compromiso con la dictadura fascista. Y continuó viajando por varios países de Europa, acumulando experiencias y una vasta cultura. Al terminar la segunda guerra mundial —en la que participó con el grado de capitán— volvió a su natal Sicilia y le dedicó los dos últimos años de su vida a la creación de los dos libros que habían ido madurando poco a poco en su mente. El primero de ellos, El Gatopardo, fue reconocido de inmediato universalmente como una de las novelas más importantes del siglo XX. Sin embargo, su segundo libro: Cuentos, no desmerece en nada, a pesar de su brevedad, junto a la otra obra maestra. Ambos nos informan ampliamente acerca del mundo poético del autor, ambos mantienen una fundamental unidad de inspiración, Y, como El Gatopardo, el relato “Lighea” es también una obra magistral de trascendente grandeza.


Guillermo Fernández