El viejo con botas

 


El Municipio de mi ciudad está repleto de legajos. Cuando los ordenanzas, ayudados por las esposas o las hijas, los domingos por la mañana barren los pisos, desempolvan paredes, techos y estantes, el polvo se asoma a las ventanas y balcones, como una bestia remolona de mirada tierna que no quiere salir del oscuro establo donde le gusta haraganear.

En 1930, estos legajos eran tan numerosos y compactos, que decidieron apilarlos en los ángulos de los cuartos, hasta el techo, como gruesas columnas destinadas a reforzar el edificio. En el cuarto que se halla al fondo del corredor, el más oscuro y que muchos confunden con el excusado, las matrículas, minutarios, repertorios y talonarios no sólo cubrían las paredes, sino formaban una especie de tapias divisorias, en medio de las cuales, con extrema cautela, se encaminaba un hombre de media edad, flaco y corcovado como suelen serlo las personas altas, pero éste era más bien de baja estatura, un poco más bajo de la estatura normal. Chaparro, pero no mucho, uno de esos hombrecitos de los cuales nadie se asombra de que sean padres de muchachos altos y fornidos. Era el empleado Aldo Piscitello, el primero que entraba al Municipio todas las mañanas, cuando todavía no se secaba el agua con que lavaban la escalera de mármol, así que su entrada quedaba impresa en el piso del corredor, dejando las huellas un poco largas de los que arrastran los pies al caminar. Siempre se presentaba en el Municipio vistiendo un saco negro, pantalón listado, cuello duro y sombrero de fieltro con el moño remendado, sea cual fuere la estación. No se sabía si era un poco sordo, porque alguien con sangre en las venas quién sabe cómo le habría respondido al portero que, viéndolo caminar sobre la escalera todavía húmeda, siempre murmuraba: “¡A éste lo despiertan los cuernos todas las mañanas!” Y repitieron la frase completa durante todo el año 1920. Después fueron acortándola: “¡Lo despiertan los cuernos!” En fin, en 1930, la frase se había reducido a una simple exclamación: “¡Cuernos!”, pero quizá no tenía sangre en las venas, pues el calor no lo hacía sufrir, y mientras todos, en julio, maldecían contra el horario inicuo y se estiraban los pantalones, se arremangaban las camisas y se pasaban el pañuelo en pecho y axilas, él nunca había resoplado ni llevado la mano al cuello duro, para aflojarlo.

Sin embargo, este hombre probo y poco ruidoso tenía un defecto radicalmente contrario a su naturaleza: padecía de un persistente bostezar nervioso, el cual se manifestaba, naturalmente, en las ocasiones menos oportunas. Al rumor de su bostezo, entre gañido y llanto de neonato, los ordenanzas se despertaban, refunfuñando: “¡Pero qué feo hace, malhaya con él!” En la fotografía que todos los empleados quisieron que les tomaran junto al presidente municipal, en 1923, aparece Piscitello, bostezando. El recuerdo más tétrico de las señoritas Zingales es este sonido, entre gañido y llanto de neonato, que Aldo Piscitello dejó escapar por lo menos diez veces en la iglesia del Carmen, durante las exequias del padre de ellas, tanto que Elena, la más grande, dejó de llorar y murmuró: “Una con el corazón tan triste y, para colmo, ¡tener que oír también a ese que se aburre.”

Además de este defecto, Piscitello guardaba un secreto, un amargo e inconfesable secreto: con sus 50 años cumplidos, no había logrado ser un empleado de planta.

“¡Adventicio!”, le gritaba la mujer cuando peleaban; y él corría a cerrar las ventanas, para que los vecinos no la oyeran.

“¡Adventicio!”, rebatía él. “Pero ningún presidente municipal me ha corrido del trabajo, ¡y nadie me correrá nunca, porque todos me estiman! ¡Adventicio, sí, pero como si fuera de planta!”.

Pero una mañana de 1930 el presidente municipal lo llamó a su oficina y le dijo:

—Yo debería despedirlo, ¡porque usted no está inscrito en el fascio!1

Piscitello se puso muy pálido, echó la cabeza hacia atrás, y dijo:

—¡Madre mía...!

Luego se dejó caer en una silla que estaba frente al escritorio.

—¡Compórtese como es debido, caramba! —continuó el presidente municipal—. Yo tengo la obligación de depurar al personal, porque aquí, dicho sea entre nos, hay mucha gente malsana. Pero con usted, y tomando en consideración a su señora esposa, que es costurera de mi señora...

—¿Pero por qué dice “costurera”...? —gimió Piscitello, en medio de bostezos apenados—. Yo no le permitiría que fuera costurera. ¡Algunas veces, es cierto, ayuda a sus amigas...!

—¡Ajá! —resopló el presidente municipal—. Para acabar pronto, usted haría bien inscribiéndose en el fascio. ¿Quiere que le dé un buen consejo? Inscríbase en el de Canicattí, donde el secretario político es un cliente mío; si yo lo recomiendo, y usted, por su lado, le explica... ¡A pesar de que ya están cerradas las inscripciones, él se las arreglará para que usted aparezca como inscrito!

—¡Pero si yo nunca he hecho política! —protestó Piscitello—. ¡Y me siento perfectamente bien sin ella!

—¡Pero ahora debe inscribirse en el fascio..! ¡Y esta no es razón para que siga usted bostezando! ¿Pero no comprende que se trata del pan? ¡Del pan para usted y sus hijos! ¿Cuántos tiene?

—Tres. Y el último es muy pequeño.

—¿Cuántos años tiene?

—Nació nueve meses después de la visita de su excelencia Mussolini a esta ciudad, ¿se acuerda?, cuando me dieron, dicho sea con todo respeto, tantos sopapos en la calle, por no haberme quitado el sombrero...

—¿Y qué tiene que ver todo esto con su hijo?

—Y, sin embargo, sí. Esa noche me sentía mal... muy enojado, señor presidente... Me habría quitado el sombrero si lo hubiera sabido... Y no podía dormir... Tomaba las manos de mi mujer entre las mías, y las besaba, llorando... En fin, empezó a gestarse ese niño que ya no esperábamos, de veras...

—¡Su esposa es, sin duda alguna, una buena mujer...! Sea como fuere, Piscitello, en eso quedamos: voy a posponer el examen del personal, y usted, mientras tanto, ¡se inscribe!

—Señor alcalde, si yo pudiera...

—¡Pero Piscitello, usted está loco! Sobran los ex diputados y ministros que darían un ojo de la cara por inscribirse en el fascio. Pero ya sabemos que son como bueyes de feria, democráticos furibundos, y no podemos llevarlos en el mismo barco. Y aun más, si no dejan de rezongar, tendremos que confinarlos.

¡Y usted se hace del rogar! ¿Pero qué se cree usted? ¿Usted cree que se puede escupir al fascismo y al Duce...? ¡Y ya deje de bostezar!

—Señor alcalde, yo sé que su excelencia Mussolini es un dios y que yo soy, dicho sea con todo respeto, una mierda. Pero siempre me he sentido muy lejos de la política...

—Hasta pronto, Piscitello. Mañana me dice si desea conservar su puesto, ¡o cambiar de oficio!

Piscitello se levantó cabizbajo, hizo dos reverencias que nadie vio, porque el alcalde estaba leyendo ya unos papeles, y salió de aquella oficina llevándose la mano al cuello duro, con la intención de aflojarlo, por primera vez en toda su vida.

Por la noche, estando ya en casa, le contó a su mujer lo que había sucedido.

—¿Y qué pensabas hacer? —le dijo la mujer—. ¡Te inscribes!

Él no respondió nada en ese momento. Peló meticulosamente la pera, secó el cuchillito con la servilleta y, cerrándolo, se lo guardó en el bolsillo.

—Pero Rosita —dijo luego—, ¡yo no soy fascista!

—¡Pero lo serás!

Aldo Piscitello no dijo nada, le ofreció la pera mondada a la mujer, encendió una colilla de puro y empezó a contemplar un punto indeterminado, con las manos entrelazadas sobre la mesa, mientras las volutas de humo salían lentamente de su boca.

¿Pero qué diablos veía con el ojo derecho, levantando exageradamente la ceja? ¿Qué extraño sueño soñaba su cerrado ojo izquierdo, que parecía dormido?

Estuvo así durante casi dos horas, y no se dio cuenta de que habían levantado la mesa, que el foco del techo estaba apagado y que la única luz llegaba del pasillo, porque la mujer estaba ya en la cama.

—¡Aldo! —gritó ella—. ¡Ven, acuéstate! Tengo que decirte una cosa.

Él se ruborizó intensamente, como si su esposa lo hubiese sorprendido en una situación vergonzosa, y, habiendo realizado las acostumbradas operaciones de la noche, de prisa, se metió bajo las sábanas.

—En el fondo —dijo su mujer—, el fascismo es una gran cosa.

—No lo niego —respondió él, que en materia de juicios, era siempre muy respetuoso.

—Se ha abierto camino... Hay orden. Nadie molesta ya a la gente decente... ¿Te acuerdas cuando los comunistas te silbaron porque tenías en la mano el paquete con los pastelillos que, además, no eran nuestros...?

—Eran del señor alcalde.

—¡Me da gusto ver cómo el fascismo hace crecer a los jóvenes! ¡Nada más oye cómo los jóvenes andan locos por Mussolini!

—¡No lo niego, no lo niego! ¡Pero a mí sólo me interesan mis asuntos, y no sé qué quieren hacer ahora con su dichoso fascismo!

—¡Pero óyeme! —dijo la mujer, que comenzaba a encolerizarse—. Miles y miles de personas mejor que tú y que yo me han dicho que el fascismo es una gran cosa, ¿y tú me vienes con el cuento de que no quieres ser fascista?

—Pero si yo me siento honrado con eso... ¡Sólo que...!

—¿Y el Papa? ¿Sabes lo que ha dicho el Papa? ¡Que ese hombre es un enviado por la Providencia! Y si el Papa, que es el vicario de Dios en la tierra, no lo piensa dos veces...

Y así prosiguió hablando la mujer hasta que, levantándose un poco sobre el codo derecho, a causa de su ahincada elocuencia, se dio cuenta de que su marido dormía. Volviendo poco a poco a la posición supina, siguió argumentando por su cuenta. A eso de las dos de la mañana, no pudiendo resistir más a la maligna felicidad que le proporcionaba la conclusión lograda, despertó al marido:

—No, tú tienes que decirme una cosa: ¿te crees mejor que el Papa?

—¿Que...? ¡No...! ¿E1 Papa? —exclamó Aldo Piscitello, lleno del espanto que le infundían por la noche los Papas, Emperadores, Reyes, Dictadores, Ministros, Generales y seres semejantes que, según él, moraban en profundos abismos tenebrosos en los que sólo podía morar el viento. Pero luego se calmó, y cerrando los ojos poco a poco, con una burbuja de saliva entre los labios, dijo:

—¡Mañana me inscribo en el fascio!

 

* * *

 

De 1930 a 1934, la vida de Aldo Piscitello, a causa de su tersa y compacta simplicidad, es algo impenetrable no sólo para nuestra mirada, sino también para la de un gran narrador y poeta.

Sobre su saco negro se había posado, como una catarinita, el distintivo con el haz,2 que él veía de cuando en cuando, torciendo los ojos hacia abajo, con una expresión tan engañosa, que cualquiera hubiera podido decir: “¡Lo ama, le gusta, lo odia, lo espanta, le molesta, le hace cosquillas, se lo rasca, ahora se lo quita y se lo come; no, sólo lo está soplando y lo besa!”

Pero él se contentaba con pasarle encima la manga izquierda, como si lo puliera, y seguía escribiendo en los registros.

Nadie pudo arrancarle de los dientes un juicio político. Cumplía escrupulosamente sus tareas de inscrito en el Partido, como por 20 años había cumplido con sus obligaciones de empleado municipal: se ponía la camisa negra cuando se lo ordenaban; leía el Órgano del Partido; frecuentaba el círculo del barrio, y los sábados por la tarde, en compañía de los demás, visitaba los museos llenos de cenicienta y oía el eco de los pasos de los empleados en el mármol frío de las estatuas. Si bien es cierto que en esos tiempos las cabezas de los italianos, completamente rapadas al estilo militar descollaban notablemente sobre los tiesos hombros y los sacos deportivos, empezaron a proliferar poco a poco —primero las de los jóvenes y los atletas, luego también las de los ancianos, profesionistas y bienpensantes—, pero después abundaron tanto que suscitaron el furor, la cara de Aldo Piscitello siguió conservando su antigua dulzura, por lo cual él parecía más bien el retrato amarillento de un italiano de otros tiempos que uno de su época. La gentileza de su semblante no pasaba desapercibida a la mirada del jefe de sector, cuando éste la hacía velear pomposamente, desde el estrado del círculo del barrio, sobre el auditorio en camisa negra.

—¡Camarada, usted, allá abajo...!

Piscitello se levantaba con la más dulce y respetuosa sonrisa jamás vista:

—¿Yo?

—¡Sí, usted...!

El jefe del sector lo miraba de arriba a abajo, perplejo; sentía que algo no marchaba bien en aquel hombre, que en él había algo discordante, pero como no sabía exactamente qué era lo que le molestaba, se daba por satisfecho exclamando:

—¡Pero qué diablos. ..!

Le asignaron un espía, para que lo vigilara constantemente, no porque les pareciera un individuo sospechoso, porque sí, porque abundaban los espías que no hallaban qué hacer en toda la jornada. El espía comunicó a su jefe algunas palabras de carácter político dichas por Piscitello, todas llenas de respeto por el fascismo; y agregó que éste, al pasar ante una fotografía del Duce, de un metro y medio por tres, colocada en Las Cuatro Esquinas, solía tocarse el ala del sombrero; en fin, como frase ligeramente sospechosa, pero no de orden político, citó la siguiente, dicha por Piscitello a un juez del Tribunal: “Si no me ayudara un poco mi suegra, le aseguro que con mi sueldo no podríamos pasarla...”

Estábamos en 1934, y en la casa de Piscitello empezaban a recortarse dos o tres cosas que estaban acostumbrados a comer todos los días, dos o tres cosas que eran necesarias para un hombre de 54 años, más bien flaquito; para una mujer que trabajaba en casa y, probablemente, también fuera de casa (aunque Piscitello nunca lo había visto), y para tres niños con apetito de lobos, hijos “del Partido”.

Así que, cuando se supo que el paternal Estado regalaría 2 000 liras a cada uno de los empleados escuadristas, Piscitello recibió de su mujer un abrazo tan apretado, que el pobre tuvo que toser durante un buen rato.

—¿Y nosotros qué tenemos que ver con eso? —dijo Piscitello, señalándose a sí mismo, a la mujer y a los hijos—. ¡Nosotros no somos escuadristas!

—Eso, déjamelo a mí —dijo Rosita—. ¡Pero qué ingenuo eres!

Ignoramos qué tanto hizo aquel diablo de mujer, pero 20 días después Aldo Piscitello se dio cuenta de que él se había inscrito en el Partido en 1921; que tenía todo el derecho a la calificación de escuadrista y de adornar la camisa negra con un listoncito rojo, “símbolo de la sangre derramada y hecha derramar”.

El día en que la mujer, chispeando de alegría por las 2 000 liras que acababan de llegar a casa, abiertas en abanico sobre la mesa, le cosió los listoncitos rojos en los puños de la camisa, la cara de Aldo Piscitello agregó a su habitual expresión de mansedumbre un rasgo muy extraño. Él acostumbraba mantener la boca cerrada, y si le tocaba el turno de hablar o sonreír, formaba con los labios una especie de pequeña espiral que el mismo ahogaba antes de pronunciar la desinencia de la última palabra que había pensado, o la sonrisa, que nunca brotaba a plenitud. Desde ese momento, siguió manteniendo la boca cerrada, sí, pero a ello se agregó un notorio esfuerzo para mantener unidos los labios.

Con esta singular expresión pasó todo 1934 y principios de 1935. Sus conversaciones, que consistían en unas cuantas palabras, se redujeron a unos cuantos monosílabos; pero sus actos y costumbres, silenciosos como los de un animal doméstico, se volvieron irreprensibles en el orden de lo político. Su cara empezó a verse en numerosas fotografías de grupos fascistas, pero siempre con aquella extraña expresión; su nombre empezaba a figurar en algunos álbumes enviados que, atados con franjas tricolores, las robustas muchachas desvergonzadas ofrecían a ministros e inspectores del Partido; y el alcalde lo veía siempre, cuando les decía a sus empleados: “¡Nosotros somos viejos fascistas, realmente rudos...!” Y Piscitello, ese mismo día, respondió: “¡Sí! ¿Pero cómo no…?”, a un amigo que le preguntaba si la obligación del uniforme con botas era o no algo sacrosanto; pero poco después había hecho una mueca, no diríamos que de aprobación, sino vagamente humedecida por una condescendiente sonrisa a propósito de la persecución contra los judíos que se había iniciado en Alemania. Esa misma noche, este hombre apacible, este más que cincuentón flaco y taciturno, realizó un acto… He aquí lo que hizo.

Al volver a su casa, y en vista de que ninguno de lo suyos había llegado todavía, se arrancó del saco el distintivo, escupió sobre éste dos o tres veces, lo lanzó al suelo, para pisotearlo; luego, aplastado como una cucaracha, lo levantó de nuevo y lo tuvo ante sus ojos, pero por muy poco tiempo, porque de inmediato lo arrojó dentro de una bacinica, y lo meó; a continuación, con un palo, lo sacó y lo lavó con agua y jabón, le hizo algunos arreglos, lo mejor que pudo, y volvió a ponérselo en el ojal.

Cuando la mujer y los hijos volvieron, Aldo Piscitello estaba sentado en un rincón del estrecho comedor, quieto y silencioso, con la mirada fija, y sólo el pecho le subía y le bajaba, como a un pájaro que es presa de la fiebre.

“¿Qué tiene?”, pensó la mujer, apartándose un poco para quitarse a escondidas, con el dorso de la mano, el carmín de los labios.

—¡Ven acá, María! —le dijo a la hija mayor, quien se acercó a él arreglándose, sobre las dos gruesas pomas que la blanca casaca de joven italiana le estrechaba y molestaba con dulzura, la bamboleante M de madera.

—¿Qué tienes? —preguntó la mujer.

Aldo Piscitello levantó los ojos hacia la mujer y la hija, tensó los labios, como la cuerda de un arco:

—¡Pero qué feas son! —les dijo.

Desde ese preciso momento, la historia de Aldo Piscitello cambia totalmente y parece la historia de otra persona.

¿Qué diablos le habían hecho a ese hombre apacible al que nunca le había interesado la política, que carecía de grandes ideales, de ambiciones; que no tenía ninguna necesidad de espacio y libertad para sus proyectos? ¿En qué punto secreto lo habían tocado? ¿De qué manera la sociedad en que vivía le había apretado el cuello hasta hacerlo aletear como un pollo que intuye de improviso las intenciones de la mano que parecía acariciarlo?

No tenemos la respuesta. Lo cierto es que, después de escuchar aquellas palabras, madre e hija miraron a su alrededor, como si buscaran al torvo desconocido que hubiese entrado a su casa para insultarlas. Pero no había nadie más, y con pena, estupor y susto, debieron convenir en esta realidad pasmosa: el autor de tan nefandas palabras era él, solamente él, el cortesísimo hombre que siempre había dicho: “Sí… ¿pero cómo no?”, el mismo que en las mañanas, al limpiar sus zapatos escupía sobre ellos sin hacer ruido, para no despertar a la familia; él, el dueño del cuello duro que posaba todas las noches sobre la cómoda, que parecía pulido de tantas sonrisas que chorreaban durante todo el día desde aquella boca cerrada a lo largo de ese cuello dulce y macilento.

Pero de esa noche en adelante, de tales sonrisas no quedó sino el recuerdo. El odio, el más desatinado y ciego de los odios se adueñó de Aldo Piscitello. Una pasión desmesurada lo arrastró con la  misma dificultad que un viento tempestuoso arrastra un par de calzoncillos, y ese hombre chaparrito empezó a crujir y rechinar por todas partes; ya no podía estar quieto, calmado, a cerrar completamente la boca, a sumirse completamente en el sueño. Aun durmiendo, se le salían de la boca palabras tales como “¡Bestias!” y “¡Cornudos!”, en voz muy queda, es cierto, pero con algunas gotas de saliva que mojaban la almohada o el hombro de Rosita. Andando por las calles, junto a él y a la altura de su hombro, estaba siempre su mano derecha que desaprobaba, que decía no que mandaba todo al infierno. En un tiempo en que todos eran soberbios y optimistas, cuando hasta el violín en las callejuelas solitarias tocaba con cadencias de marchas; cuando los niños cercanos a las nubes, los que vivían en los sextos pisos, se aprendían los himnos, los mismos que maullaba, estando a la mesa, el maestro sesentón que nunca antes había cantado, y el borracho nocturno, apoyando las espaldas en un poste, mascullaba: “¡Do-ma-re-mos-al-mun-do!”, mientras en todos los balcones restallaban las banderas, Aldo Piscitello disparaba sus “¡bah!” contra los portones de las casas que hallaba a su paso.

Asistía a las ceremonias políticas como antes, y tal vez con mayor asiduidad; iba a esos actos con los hombros encogidos, como queriendo sofocar el penoso y placentero escalofrío que lo hacía temblar de pies a cabeza. Al llegar al círculo del barrio estaban a su alcance los objetos de su odio, casi podía restregar en ellos su nariz y sus ojos, lo apretaban por todas partes, como sus sueños y pesadillas. Como si los mirara a través de una lupa gigantesca, era capaz de ver qué imbéciles eran esas balas perdidas; cuan prepotentes eran los que se hallaban a su derecha, y qué cobardes los que estaban a su izquierda; qué estólidos, romos, malparidos, asquerosos. Saboreaba un placer inaudito al poder pasar muy cerca de un subsecretario federal y decirle mentalmente: “ ¡Pinche pendejo!”; y mientras este se plantaba en pose estatuaria, hinchando el pecho, como una inmensa chinche, cubierto de listoncitos, medallas, medallitas, calaveras y puñales, Aldo Piscitello, a un paso de él, con cara humilde y demacrada, le decía mentalmente: “ ¡Ratero..! ¡Asaltante! ¡Sí, ladrón!”. En las reuniones de verano, su gozo alcanzaba el máximo de los grados, porque a los habituales placeres se agregaba otro, de naturaleza olfativa; percibía el hedor de ellos, que apestaban como cabras bajo el traje de paño. “¡0h, qué bestias!”, decía entre dientes, pasando de un lado a otro, para confrontar el tufo del secretario político con el del secretario federal administrativo. “Oh, qué bestias!”

El 28 de octubre, aniversario solemne de la Marcha sobre Roma, se levantaba muy temprano y se concedía un deleite singular: retirándose en el cuarto más pequeño de la casa, encendía un puro “Roma” y se lo fumaba despacio, despacio, sin dejar de contemplar todos los detalles de la mano que sostenía el puro entre el índice y el cordial. En su ojo derecho había una gran calma, pero mucho mayor era la del ojo izquierdo; la inmóvil nariz parecía estar hundida en el aire, como el tallo de una flor en el agua, y su respiración era completamente tranquila. Era la vida que se ocupaba de él, atolondradamente; no él, que la vivía. Hasta que sonaban las ocho en el reloj de la alcaldía.

Apagando brutalmente el puro, Aldo Piscitello se ponía en pie de un salto, salía del cuartito y corría hacia la recámara. Allí, sin consideración ninguna a su mujer que dormía, abría de par en par los postigos y empezaba a revolver los cajones de la cómoda.

—¿Que buscas, se puede saber? —decía la mujer, pasándose las manos sobre las mejillas.

Entretanto, Aldo Piscitello había sacado, por entre un montón de ropa blanca, una especie de trapo fúnebre: era la camisa negra.

—¡Caramba, Rosita! ¿Está sucia esta camisa? ¿Quién la ensució?

—No lo sabía, de veras...

Poco después, Aldo Piscitello recordó que, la noche del último sábado fascista, había bailado sobre ella antes de guardarla.

—¿Quieres que te la planche? —decía la mujer.

—No, Rosita, por favor, sigue acostada. Yo me encargo de eso.

Él quería hacer todo, y nadie se atrevía a contradecirlo. Conectó la plancha, la planchó y cepi11ó. Quería estar solo mientras realizaba esas rápidas operaciones, porque parecía estar masticando algunas extrañas palabras. Y se puso la camisa. La mujer y los hijos lo vieron ir y venir en calzoncillos blancos y camisa negra, llevando en la mano el pantalón a la zuava. Iba y venía, buscando con los ojos un lugar conveniente, sin dejar de rumiar, con un volumen cada vez mayor, aquellas extrañas palabras. Finalmente halló el lugar que buscaba en el comedor, entre el cristalero y una pared. Se sentó en un taburete bajo y, alzando al aire las enjutas piernecitas, las metió en los tubos del pantalón a la zuava. Después de ponérselo con mucho trabajo, empezó a amarrarse los lazos a la altura de las espinillas, pero todavía no terminaba aquello, mejor dicho, ahora empezaba lo bueno: ante él estaba el par de botas, como diciendo: “ ¡Aquí te quiero ver, escuadrista de mal agüero!”

—¡Rosita! —gritó Aldo Piscitello, incapaz de combatir a solas—. ¡Y tú, María, hija de la loba, ayúdame!

Madre e hija se precipitaron de las camas, se pusieron de rodillas y, esforzándose hasta donde era posible, intentaron ponerle la bota, mientras él, jalando de los tirantes, sintió que estaba a punto de reventar. Pero el esfuerzo de los tres fue en vano, y acabó por gritar:

—¡Llamen al portero! ¡Ustedes no sirven para nada!

Pero el portero, miembro de toda confianza del círculo del barrio y el único que tenía un calzador especial en todo el edificio, había ido al piso de arriba a prestarle auxilio al presidente del tribunal que, gordo como era y con las lágrimas en los ojos, siempre sudaba y perdía algunos kilos antes de estar listo para la reunión.

Con la ayuda de Dios, Aldo Piscitello lograba ponerse en pie, y, poniéndose la casaca de paño, se abrochaba el cinturón de cuero sobre la flaca panza; luego se paraba frente al espejo, mientras la mujer, con un suspiro, le decía a la hija:

—Ve por el trapo.

En efecto, todas las veces que el espejo reflejaba a su amo en uniforme, sobre la superficie quedaba siempre un gargajo, una especie de perendengue resbalante, algo que, escurriendo poco a poco, daba la impresión de que el espejo se riera malignamente, o, solo el diablo sabe cómo, se echara a llorar.

Cuando el presidente del tribunal encontraba en las escaleras a Aldo Piscitello, que era escuadrista, lo saludaba el primero, alzando la mano fláccida y apergaminada por encima de la cabeza, y Piscitello le cedía el paso con la intención de gozar el espectáculo que ofrecía aquel hombre entrado en carnes, palpado y mordido por los violentos cueros que lo ceñían.

Pero no era este el único espectáculo que Aldo disfrutaba en ese día memorable. Ya eran conocidos suyos todos los profesores de la universidad, todos los viejos chochos y los demás, jóvenes realmente muy gordos. Cuando no los encontraba por la calle, iba a buscarlos al café donde solían reunirse, o, incluso, en los callejones. Los pies le dolían de manera terrible, y se dijera que los espejos de las tiendas le salían al paso, como por arte de magia, para mostrarle su propia imagen con botas, con aquella cara verde y desconcertada, de tal modo que, oliendo su propio aliento en la palma de la mano, debía convenir que su hígado no andaba bien. Era necesario ser pacientes, a condición de que al volver a su casa pudiera decir:

—¡Qué deformados estamos, santo cielo! ¡Qué pueblo guerrero ni qué nada!

—¡Sí! —exclamaba su mujer, en tono sarcástico—.

—¿Pero acaso no es verdad que la estatura media de los italianos ha aumentado en un centímetro desde que hay fascismo?

—¡Eso no es cierto, no es cierto! —gritaba él.

—Según tú, nadie habla con la verdad, ¡ni siquiera por equivocación!

—¡No, nunca! ¡Lo que dicen ellos nunca es cierto! “¡Derrotista!”, decía la mujer, entre dientes.

—¡Lo que dicen me da asco! ¡Con mucho gusto me escondería bajo tierra, para no oírlos!

Pero mientras tanto, lo que “esos decían”, se lo decían cada vez más fuerte, cada vez más cerca del oído; los radios de los vecinos siempre estaban encendidos y hacían temblar los vasos, las garrafas, los vidrios de las ventanas y de los cristaleros, y sus vivas y aplausos retumbaban respondiendo a la consigna “¡Creer, obedecer, combatir!” Y en los negocios, habiendo estallado la guerra etiópica, habían colocado las bocinas de sus aparatos de sonido en los balcones, así que las calles parecían túneles excavados entre los imperiales gritos fascistas. Y las órdenes e incitaciones en contra de él y de los que eran como él, entraban en su casa en forma de calendarios propagandísticos, diarios, cuadernos y libros de sus hijos.

—¡Me van a volver loco! —le dijo una vez a su mujer.

—No —respondió ella—. ¡Tú ya estas loco!

El 36 y el 37 fueron los años más negros para Aldo Piscitello. Se sentía solo, como una mosca en enero, y tenía miedo de pasar por ciertas partes de la acera donde la sombra tempestuosa de las banderas parecía hundirse en remolinos. Fue entonces que el abogado Padalino, ex democrático que nunca se inscribió en el fascio, le dijo:

—Querido Piscitello: ellos tienen la razón, ¿no ve que están ganando?

Y el jefe de los contadores, que una vez había escupido sobre el retrato del Duce, una noche, volviendo de un viaje a Roma, le dijo confidencialmente:

—Ese nuevo birrete con visera le queda bien, muy bien. Esta es toda una revelación. Tiene usted el perfil de la antigua raza latina, ¡sin duda alguna!

Y el viejo farmacéutico Platania, que había vuelto del confinamiento, paseando con él por las callejas solitarias, torciéndose la perilla a diestra y siniestra, le murmuraba:

—¡Prudencia! ¡Prudencia, señor Piscitello! ¡No hable tan alto!

Una noche, la mujer levantó la mesa con gran prisa, se sentó frente a él y, cruzando los brazos sobre la mesa, le dijo:

—Vamos a ver... ¿Qué mal te ha hecho el fascismo?

La cara de Aldo Piscitello se ruborizó como la de quien se halla al borde de un placer inaudito; mil impulsos acudieron a su mente y la memoria le presentó todas las palabras posibles para que él pudiera hablar hasta el día siguiente, pero al disponerse a abrir la boca no halló más que los siguientes argumentos:

—Al fascismo se deben todas las cosas antipáticas; en los teatros, los cantantes no pueden conceder el bis; nos han quitado el placer de tomar una taza de café; todos debemos hablarnos de usted, ¡pero cualquier superior imberbe me puede hablar de tú... tú... tú!

Y reprodujo todas las entonaciones ofensivas con que le hablaban de tú.

—A los muchachos los enseñan a cantar durante todo el santo día, como si estuvieran en el teatro, en lugar de educarlos; debemos saludar levantando la mano, ¡como si con ella nos protegiéramos de un garrotazo o un salivazo! Y, para colmo, ¡tenemos que ponernos las botas!

Hizo una pausa.

—¿Eso es todo? —dijo la mujer.

Aldo Piscitello se sintió confundido, bajó los ojos a la mesa; luego los levantó pesadamente, como si sobre estos descansaran todas las cosas que hubiera deseado y debido decir, pero que no sabía decir.

¿Por qué un canto de Milton o de Leopardi sobre la libertad, o el libro de un filósofo prohibido no voló en auxilio de este pobre hombre, aquejado de todos los sufrimientos que un alma honesta puede recibir de la opresión y que, sin embargo, era incapaz de decir por qué sufría?

Fue así que esa pobre mujer, sin más instrucción que la recibida en los cursos para las amas de casa rurales, prevalecía sobre él, y se daba el lujo de reírse en su propia cara.

Se sintió bárbaramente abandonado por las altas cosas que le inflingían penas acerbas, y salió al balcón a mirar el cielo. Las estrellas, purísimas y claras, tan distintas de los torvos y legamosos ojos de los jerarcas, le dijeron que él tenía la razón; pero esto lo animó hasta un cierto punto. Las estrellas, en efecto, no le dijeron por qué tenía razón. Por fortuna, en esos momentos pasaba bajo el balcón una serenata, y ésta le desencadenó un relámpago en el cerebro.

—¡Ya no tenemos música! —gritó, volviendo del balcón—. Antes se componían óperas tan bellas: la Aída, La Traviata, la Butterfly, La Viuda Alegre... ¡Ya nadie hace buena música!

—¿Y por qué no la hacen? —preguntó la mujer fríamente—. ¿Quién se los prohíbe? ¿Por qué, no la hacen?

Él se clavó las uñas de la mano derecha en la palma de la izquierda; sentía en toda su piel la razón por la cual ya nadie sabía componer bella música, y eso lo hacía temblar y sudar frío, pero no sabía decirlo.

Esa noche mordió la almohada, rasgó la funda y sus labios acabaron entre la borra de lana.

¡Noche horrenda!

Se vengó un año después, durante la guerra de España, despertando a su mujer que, la noche anterior, había aplaudido al oír en el radio el anuncio del bombardeo sobre la ciudad de Valencia:

—¿Y tú eres católica? ¿Tú eres cristiana? ¿Tú te persignas y besas el Corazón de Jesús? ¿Te regocija saber que bombardean una ciudad donde hay niños, enfermos y mujeres mucho mejores que tú?

La mujer fingió que no lo había escuchado. En la madrugada, le respondió:

—¡Lo importante es vencer! Y entonces sí que llueven las felicitaciones. ¡Apuesto —agregó luego, sentándose en la cama e irguiendo su cuerpo como un estandarte victorioso—, puedo apostar que a ti te disgusta que Italia obtenga la victoria!

Se sentó en la cama, junto a ella y, clavando la mirada en la de su mujer, gritó:

—¡Sí, has dicho toda la verdad! ¡No me gusta que Italia venza!

—¿Y por qué?

¡Ay! Como de costumbre, Aldo Piscitello no lo sabía. Pero estaba seguro de que había una razón que cintilaba por la noche sobre el mundo, como un cielo estrellado; que brillaba durante el día, como el sol.

Aferró entonces la barbilla de la esposa y, haciéndole una mueca melindrosa en plena cara, hasta restregar su nariz en la de ella, con los dientes apretados y los labios abiertos, le dijo:

—¡Porque no me gusta!

Muy caro pagó las impertinencias de esa noche, pues el viejo bostezo nervioso, adormecido en los últimos años, volvió a restirarle las mejillas, pero agregando ahora una nueva particularidad: los bostezos ya no se realizaban cabalmente, y se quedaba boqueando durante algunos minutos, como un pez tirado en la arena.

Cinco días después prosiguió bruscamente el diálogo con su mujer, con las siguientes palabras:

—¡Yo enloquecía de amor por Italia! Cuando escuchaba la Marcha Real, me daban ganas de llorar... ¡Pero ésta ya no es más que una caterva de sinvergüenzas que quiere derramar nuestra sangre, para oprimirnos todavía más! Si esta Italia vence, los italianos van a perder la... la... el. ..”

Y se volvió hacia un lado, cautelosamente, como un escolapio, con la intención de echar un vistazo al papelito que tenía en la mano, en el cual había copiado algunas palabras que alguien había dicho en el café.

—¡Ah, muy bien! —exclamó la mujer—. ¡Ya estás aprendiendo la lección!

Piscitello se puso rojo hasta las orejas, tomó un vaso de agua, hizo pedazos ese y otros papelitos que llevaba en los bolsillos y fue fácil presa de una veintena de bostezos, uno más fatigoso que el otro.

La mujer estaba apenada.

—¿Pero qué tienes? ¿Pero qué cosa te falta? —le preguntó.

Aldo Piscitello se agitó un poco, hurgó en los bolsillos, como buscando los papelitos que había roto; luego pareció adelgazarse, y se quedó mirando a la mujer con aquella traza de pobre bestia herida en la que se ovillaba tremolando cada vez que no hallaba las palabras para contestar.

 

* * *

 
 
 

Así pasaron otros dos años.

Ignoro qué hizo Aldo Piscitello en ese tiempo; me faltan muchos datos y no me queda sino morderme las manos. Sólo puedo decir esto: que su odio se hizo cada vez más osado y perfecto, sus palabras más embarazadas e insignificantes y sus bostezos más largos.

Me parece que él estuvo también en la Plaza Venecia, cuando Mussolini les preguntó a los escuadristas si les gustaba la vida cómoda, y ellos, que lo amaban con ternura y no querían ser molestados por los agentes policiacos, respondieron de manera unánime, gritando:

—¡No! ¡No nos gusta la vida cómoda! ¡Queremos la guerra! ¡Nos gusta estar mal!

—Ese que está allí —murmuró un viejecito en traje de paño y lleno de condecoraciones que estaba junto a Aldo Piscitello, indicando el balcón del palacio— estaba flaco la primera vez que vino a jodernos, y el pueblo italiano, en cambio, se hallaba bien y estaba gordo ¡Ahora él está gordo y el pueblo italiano ha enflacado!

—¡A usted le asiste la razón! —respondió Piscitello. Pero aquí lo vuelvo a perder de vista, para reencontrarlo de nuevo en el cuchitril de una farmacia, mientras un señor en bata blanca pulsa la guitarra y canta:

          Arrobado, al sonido de tu voz 

          largamente soñé...


y otros dos señores ancianos se retuercen de embeleso, así, sentados como están, apoyando la mejilla sobre el mango del bastón.

—¡Qué hermosos eran esos tiempos! —dice uno de ellos—. ¡Cortesía, gentileza, respeto por los demás; la música, el amor, la Patria, la juventud, el estudio; Francia... la dulce Francia, y tú, Italia, y los compañeros que se mataban por una mujer!

—¿Y qué nos han puesto ahora en el corazón? —dijo el otro—. ¡Oscuridad!

Oscuridad. Esta palabra hizo que se pusiera en pie Aldo Piscitello, raptado por esa verdad.

—Sí —murmuró hondamente—. ¡Oscuridad en el corazón!

Poco tiempo después, cuando los periódicos y la radio ordenaron los apagones, y las lámparas de las calles se redujeron a pavesas rojas con una vislumbre azulenca; cuando se apagaron los nichitos, borrando de los muros a las Vírgenes y a los Corazones de Jesús, y se apagaron los cirios de las capillas funerarias, dejando en completa oscuridad a los que ya se habían hundido en ella, para siempre, y se oscurecieron las escaleras y los tragaluces, y el más leve rayo de luz en un balcón, delgado como un alfiler, suscitaba gritos de, miedo y escándalo. La ciudad parecía un cúmulo de carbón y los transeúntes iluminaban sus pasos con lamparitas de bolsillo. El señor Castorina, que se había quedado ciego en la primera guerra mundial, que salía todas las noches a las 11, tanteando el terreno con el tímido bastón, comenzó entonces a caminar expedito, seguro, festivo, como si ahora el mundo fuese totalmente suyo, y los noctámbulos buscaban en vano con los ojos, en la negra pirámide de la iglesia, el antiguo reloj que tantas veces les había dicho que ya era muy tarde, o que cinco minutos después se abriría el portón de ella. Un modesto y laborioso citadino vestido de blanco parecía un jerarca con traje de paño. Aldo Piscitello se asomó al balcón y dijo:

—Oscuridad en el corazón y oscuridad en la calle... ¡Así está bien!

¿Y después? ¿Qué fue lo que dijo después? Sinceramente, lo ignoro.

De los dos amigos que estuvieron cerca de él durante la primera fase de la guerra, ninguno de ellos puede decirme nada acerca de Aldo Piscitello, ya que al primero, un tipo jovial, le cayó encima, de la chimena a la caseta del portero, la casa de tres pisos que había construido con tanto amor, piedra a piedra, ladrillo a ladrillo; todas las cosas que había comprado y reunido cayeron sobre él, y la última nota que dejó entre los escombros no tiene nada de jovial ni dice nada acerca de Aldo Piscitello, y se limita a sólo estas cinco palabras escritas a lápiz: “Muero después de cinco días...” Del otro sólo se que, hace dos años, cruzando Egipto rumbo a Alejandría, estaba enteramente cubierto de piojos, y maldecía de su suerte hasta en las tarjetas postales. Ahora se halla prisionero, y espero que regrese para invitarlo a cenar, para darle a beber bastante vino y que me cuente. Entonces sabrán ustedes —pues yo se los contaré inmediatamente— qué fue lo que hizo Aldo Piscitello cuando la ciudad les regaló, los puñales a los escuadristas voluntarios que, desde el escenario del teatro, quienes miraban, pasmados, a simples fascistas que estaban sentados en las butacas y que tranquilamente se quedarían en casa, mientras ellos... Pero algunos escuadristas carraspeaban y se pellizcaban el estómago, puesto que ya tenían en la bolsa el premio “gordo”, como suele decirse: previamente se habían puesto de acuerdo con el médico militar, quien los declararía incapacitados para la guerra.

Al oír los tres nocturnos lamentos de las sirenas, millones de buenas personas, muchas de ellas con los zapatos en la mano, dejaban sus camas para ir corriendo a los refugios, como hormigas amedrentadas, mientras en el cielo se correteaban una veintena de jovenzuelos enfundados en sus guerreras de gamuza... También sé que, a pesar de que Aldo Piscitello se moría de miedo Coda vez que sonaban las alarmas, corriendo el primero a los refugios con el niño en los brazos y su mujer que le llevaba los tirantes; sin embargo, se ponía rojo como un pavo cuando le decían que las bombas inglesas se habían humedecido en los sótanos de Malta y no explotaban, que los aeroplanos ingleses soltaban las bombas fuera de la ciudad no por cortesía, sino porque le temían a los cañones y no serían esos miedosos los que pudieran derrotar a los fascistas con semejantes armas, ¡porque el mundo acabaría por ser totalmente fascista y no había nada que pudiera evitarlo!

Un buen día el secretario federal, caminando por la calle y pavoneándose con su enorme capa negra que, restallando a diestra y siniestra agitaba sus alamares y condecoraciones, se dignó posar su mirada en la figura de Aldo Piscitello precisamente en el momento en que éste pensaba sabe Dios qué cosas acerca del Duce y de sí mismo. Aunque solo se trataba de una mirada fugaz, o precisamente por esto, le pareció a Piscitello que aquella mirada le había hablado con las siguientes palabras:

—¿Qué cosa eres tu, extraña cosa posada sobre la acera? Antes de que yo pueda darte un nombre cualquiera y, verte bien finalmente, tendrás que reunirte a 100 000 cosas como tú, vestidas de la misma manera y apiñadas en una plaza, y entonces, lanzando todas un grito, un buen grito dado como es debido, entonces todo marcharía a la perfección, solo entonces, sin duda alguna...!

Piscitello anduvo fuera de sí durante todo el día y, por la noche, habiéndose levantado pesadamente la Luna llena sobre el mar, le habló por teléfono, desde la casa de su amigo Aleffi, al amigo Platania, el que había vuelto del confinamiento:

—Oiga, Platania, ¡si no vienen esta noche —se refería a los aviones— son unos mensos...! ¿No hay una luz casi como la del día? ¿Cuándo demonios piensan venir entonces?

—¿Pero es que este hombre no tiene hijos? —murmuró, horrorizada, la mujer del vecino, al escuchar desde el otro cuarto las palabras de Piscitello.

A la mañana siguiente, esa misma señora le confió su horror a la señora Rosita.

—¡Yo me encargaré de eso, mi señora! —respondió la señora Piscitello—. ¡Vivo siempre con el Jesús en la boca! Si no se tratara del padre de mis hijos, le rogaría a Dios que lo amarraran de manos y pies, a pesar de lo viejo que está, ¡para encerrarlo en la cárcel!

Un domingo, Aldo Piscitello estuvo a punto de que lo mandaran a la cárcel.

Habían caído Cirene, Tobruk y Bengasi; estaban llegando a Sicilia los alemanes; los cruceros se balanceaban en el estrecho de Mesina, erizados de alemanes armados y con binóculos en los ojos. Las terrazas de mi ciudad parecían emparrillados llenos de higos blancos, atiborradas como estaban de alemanes desnudos que tomaban baños de sol; en los balcones de los primeros pisos colgaban sus pequeños espejos, ante los cuales se afeitaban la barba, casi todos en calzoncillos; mientras tanto en la calle, frente al húmedo cobertizo donde dormían los soldados italianos de infantería, una viejecita se detenía, para decirle a un sargento con cara de delincuente:

—Y tú, hijo, ¿sólo te rasuras los domingos?

Los oficiales, alojados en el hotel principal, habían recibido instrucciones de los superiores para que, al escuchar de pie el boletín del Cuartel General, mostrasen un rostro fiero y seguro, a fin de animar a la pobre gente que se reunía alrededor del radio. Sólo que estos oficiales, aun manteniendo inmóvil la mirada, se daban cuenta de que mientras más amargas eran las noticias del boletín, más abundantes eran las sonrisitas en la sala, inmediatamente reprimidas; igualmente los guiños, los ligeros codazos y las pisaditas. Y lo mismo ocurría luego frente a la barra de los bares, que se llenaban de gente después de oír las noticias de los boletines y donde los amigos brindaban entrechocando los vasos, entrecerrando un ojo.

“¡Qué curiosos son los italianos!”, pensaban los oficiales alemanes, rompiendo al pasar de un lado a otro de la sala, como negras serpentinas las miradas de odio que los envolvían.

“¡Malditos! ¡Por culpa de ustedes estamos en guerra!”, refunfuñó un día Aldo Piscitello. “¡Pero no les va a durar mucho el gusto!” Sí, cómo no... ¿Pero de veras creen ustedes que nos van a mandar a todos, ustedes, hijos de criados, que ni siquiera saben cerrar una puerta con garbo, anticristos masacradores de los polacos y de esos pobres judíos, que sí son trabajadores honestos? ¡Y esto podría decirlo el mismo doctor Bologna, que nunca aceptó dinero de los empleados del Municipio, el mismo que tuvo que arrojarse al mar con los bolsillos llenos de piedras, como un perro encostalado!”

La mala suerte quiso que en ese momento un espía fotografiara subrepticiamente la sala. Al ser revelada y amplificada, la fotografía mostró al abogado Rossi, que aún sonreía y guiñaba un ojo por las malas noticias transmitidas por la radio, y, un poco más adelante, Piscitello, que estaba viendo a un alemán, con el mentón levantado y echando llamas por las narices.

El abogado Rossi fue enviado al confinamiento; en cuanto a Aldo Piscitello, la comisión disciplinaria no sabía qué decisión tomar. La expresión del rostro resultaba realmente muy extraña, ¿pero era precisamente de odio, o se debía más bien a un malestar? ¿Quién podía asegurar que no se debía sino a dos o tres bostezos fallidos? De todos modos, la comisión le rogó al alguacil, que era un “joven leal”, o como se decía en esos tiempos, “un hombre nuevo”, que le detuvieran el sueldo de un mes a Aldo Piscitello.

Y un día, en efecto. Ese día, Piscitello no tenía ganas de hablar, pero se vio obligado a decir dos veces, con voz resentida pero débil: “¡Pero si aquí trabajo yo!”, primero a un robusto señor semiciego; luego a un anciano flacucho, que habían entrado a su oficina con toda la intención de acomodarse allí, y “aquí es mi lugar de trabajo, usted bien lo sabe”, le repitió al ordenanza bribón, pensando que a él se debía la presencia de tales personas en su oficina…, cuando el mismo ordenanza, con una sonrisita amarga, le anunció:

—¡Son órdenes del alcalde!

“¡Alguna mala noticia!”, pensó Aldo Piscitello que, desde 1930, no había vuelto a entrar en el gabinete estilo imperio.

Cautelosamente, como un gato que pasa por entre desconocidos, Piscitello entró en el vasto salón, al fondo del cual lo esperaba el alcalde, parado detrás del escritorio. A un lado de este se hallaba de pie un inspector federal, también él en uniforme negro, con una calavera de plata sobre el brazo y una cabeza de Mussolini en el pecho. Estos dos personajes, erguidos en pose militar, miraban fijamente a Piscitello, mientras el avanzaba hacia ellos poco a poco y bostezando, pues el miedo se había apoderado y parecía empujando hacia el balcón, en lugar de ir rumbo al escritorio.

—¡Eres un traidor! —retumbó de improviso la voz del alcalde—. ¿Quién te manda ir al Hotel Central los domingos por la mañana?

—Un día de estos. —dijo tal vez el inspector, y decimos “tal vez” porque su voz era tan ronca que no era posible saber si hablaba o carraspeaba—. ¡Ah, lo recuerdo muy bien! ¡Recuerdo muy bien los buenos tiempos, con expediciones, qué buenas palizas...! ¡Ustedes se están jugando el pellejo! ¡Sí, el pellejo...!

—¡Si vuelves a pararte allí, te juro que yo mismo te echo a patadas del Municipio! —añadió el alcalde y, terminando de decir esto, girando a la derecha sobre los tacones, se volvió hacia el inspector que, girando a la izquierda sobre los tacones, se volvió hacia el alcalde.

El alcalde y el inspector serenaron inmediatamente sus semblantes, y se pusieron a hablar del Duce, del Eje, de la victoria, del imperio, del espacio vital, de la raza, de las organizaciones de latosos de poca monta y del cuerpo de mosqueteros del Duce, constituido desde hacía ya mucho tiempo. Sin dejar de conversar atravesaron el salón hasta llegar a la puerta. Piscitello estaba a punto de dormirse parado, extenuado por el miedo, la desconfianza y el desánimo, cuando un ruido como bofetones, que en verdad no era sino de tacones y polainas, lo despertó: el alcalde y el inspector se hallaban frente a frente, mentón contra mentón, tiesos, con el brazo derecho en alto y mirándose como buitres. Pero luego se relajaron, y sonrieron; el inspector se fue y el alcalde regresó a su escritorio. Piscitello seguía al alcalde, clavando su mirada entre las botas y el cinturón, pero cuando se atrevió a mirarlo a la cara, tuvo que admitir que estaba sucediendo algo realmente diabólico: el semblante furibundo se disolvía rápidamente, como la cera en el fuego; una sonrisa, que parecía una vieja y familiar sonrisa, le afloraba en los labios, le guiñaba el ojo izquierdo en señal de connivencia, y hasta la oreja izquierda, recogida hacia atrás por las arrugas de esa sonrisa, se movió saludando a Piscitello.

—¡Bobo! —dijo el alcalde, en voz baja y cambiada—.

¡Te dejas sorprender inocentemente! ¡Despierta ya,caramba...! La derrota es sólo cosa de días.

—¿De quien? —tartamudeó Piscitello, casi ahogado del temor de comprender.

—¿Cómo que de quién? ¡La nuestra! ¿Crees que se puede vencer al mundo con un pueblo con botas y con un ejército sin zapatos?

El alcalde invitó a Piscitello a que se sentara en un diván cercano, y le confió que el fascismo le parecía odioso, tan odioso como el Municipio, el Ministerio de Gobernación, el imperio y él mismo, con ese uniforme.

—¡Pero no vayas a contárselo a nadie!

—¡Oh, señor alcalde! —exclamó Piscitello, alzando las manos y casi arrodillándose.

Luego hablaron del coronel Stevens que, según el alcalde, “se expresaba como un ángel”; según Piscitello, no era un coronel, pero qué va, sino un general que no quería que lo reconocieran como tal, y, recordando las frases dichas antes de que se fuera el inspector, se emocionaron y rieron tanto que estaban a punto de abrazarse. “¿Pero cómo será físicamente?” El alcalde lo imaginaba alto y moreno; Piscitello, rubio y fornido; el alcalde, un poco canoso; Piscitello, casado y con tres hijos; el alcalde decía que era rico; Piscitello, en cambio, creía que no era muy rico; el alcalde, elegante vestido de civil y descuidado en uniforme; Piscitello, que él siempre andaba de uniforme... Pero el alcalde gritó, de repente:

—¡Largo de aquí! ¡Lárgate inmediatamente!

Se había puesto en pie y le indicaba con el brazo extendido la puerta donde había aparecido el secretario general con una carpeta en la mano.

—¡Que te largues de aquí!

Piscitello se levantó, más muerto que vivo, y luchando trabajosamente contra el miedo que, de nuevo, lo empujaba hacia el balcón, alcanzó por fin la puerta, cruzando la cual oyó que el alcalde gritaba todavía:

—¡Y usted, secretario, encárguese de que le retengan un mes de sueldo!

Piscitello se enfermó esa misma noche.

—¡Todos son iguales! —murmuraba, restregando en la almohada la mejilla ardiente— ¿qué voy a hacer sin el sueldo de un mes?

Sólo que al día siguiente fue a visitarlo el mismo alcalde en persona, quien le rogó a la señora y a los niños —que lo miraban como al tesoro de Santa Ágata, mientras la señora le decía: “Yo, señor Alcalde, escuché su hermosa conferencia sobre el imperio”— que lo dejaran a solas con el señor Piscitello.

—¡Piscitello! —exclamó el alcalde tan pronto hubo cerrado la puerta tras de sí—. ¡Pero eres un niño! ¿No te has dado cuenta de que tenía que hacer lo que hice porque había entrado el secretario general, que es un cochino espía?

Piscitello ya no tenía fuerzas para pasar del temor a la felicidad, y se sintió satisfecho al tocar con su pálida mano el brazo del alcalde.

—Y en lo tocante a tu sueldo —dijo éste—, permite que te lo reembolse de mi propio dinero.

Y, ni tardo ni perezoso, dejó un sobre en la superficie de la cómoda.

—¡Por Dios, Piscitello, alíviate lo más pronto posible! —El alcalde le dijo luego, en voz muy baja—: ¡Los americanos ya desembarcaron en África!

—¡Dame los pantalones! —le gritó Piscitello a la mujer—. ¡Me quiero vestir!

 

* * *

 

Cuando las bombas y las explosiones invadieron la ciudad, abriendo enormes socavones allí donde, en las tardes de verano, se sentaba la dichosa gente a las mesitas de mimbre y paseaban graves y pacíficos ancianos con el bastón colgado del chaleco, los santos del cielo se asomaron a ver, por entre las bóvedas desplomadas de los templos, sus propias imágenes sin nariz o sin brazos, y una gran campana voló con un grito lúgubre, como si pidiera auxilio contra los diablos que la raptaban, voló sobre calles y plazas hasta caer en el mar; cuando la trabe del Palacio de Gobierno que, asomándose apenas en una pared del salón, había visto bailar al Secretario del Partido y al Ministro de Educación, se fue a vivir a la oscura garita de un portero, aplastando para siempre a sus cuatro pobres inquilinos: cuando el espejo, relegado por 30 años en un corredor oscuro, cayó al suelo y vio pasar unos pies en pantuflas, y se quedó entonces a cielo abierto, reflejando libremente la luz del sol y de la Luna y el vuelo de la golondrina; cuando en los balcones inaccesibles, apoyados en los barandales, nadie se asomaba ya sino los postigos; cuando, en fin, la cola del diablo se arrastró por todas partes, Aldo Piscitello huyó hacia un pueblo del Etna.

Se levantaba a las tres de la mañana y bajaba a la ciudad para estampar su firma en los registros del Municipio.

—¿Y esto —le decía un colega, mirando desde uno de los balcones la ciudad desierta— cayó anoche? Ayer estaba en pie, si no me equivoco.

A las 11, Piscitello dejaba la ciudad, y a pie, bajo un sol que cascaba las piedras, en compañía de una procesión de gente con los pañuelos alrededor del cuello, los sacos en la mano, subía por la cuesta del Etna. Fue entonces que la gente, de mi tierra, inocente y pacífica, enflacó en un abrir y cerrar de ojos, y la vieja isla parecía relinchar con tristeza, como un caballo que ya no reconoce, por el peso que lleva en la grupa, a su antiguo señor.

El 9 de julio Piscitello se enfermó de tifo. Durante dos días tuvo la dicha de reposar las piernas adoloridas por las marchas y de conversar por la noche con un médico muy discreto, que se sentaba junto a la cabecera y le refería las noticias de radio Londres, mientras Piscitello, de vez en cuando, levantaba una nalga para dejar en libertad algo que luego hacía decir a la señora:

—¡Sería bueno abrir la ventana algunas veces!

—Doctor —imploraba Piscitello, aturdido por la constante jaqueca, la fiebre y una felicidad tan rabiosa como la misma fiebre—, ¡dígale por favor a mi mujer que ese hombre nos arruinó!

—¿Qué necesidad hay de que se lo diga yo? —respondía el médico—. ¡Pero si basta con echar un vistazo!

La mujer permanecía parada y silenciosa frente al lecho, mirando la cabeza calva del marido, enrojecida por la fiebre.

—¡Claro que sí! —decía Piscitello—. ¡Nos arruinó! ¡Se lo diré a todos, y no me importa ir al confinamiento o a la cárcel! ¡Nos arruinó, se bebió nuestra sangre!

—¡No grite, señor Piscitello —aconsejaba el médico—. ¡Le hace daño!

—¡Pero ahora vendrán los ingleses y los norteamericanos, que les darán hasta por debajo de la lengua! ¡Les van a aplastar las narices a los jerarcas!

Fueron las últimas palabras claras y ordenadas que dijo, porque luego se adueñó de él un largo delirio. Y no pudo ver, o lo vio apenas, como en un sueño que lo trasladaban al hospital de Gierre, y ahí lo abandonaron todos, excepto las moscas, que cayeron y rodaron sobre la sábana, húmedas y densas como un montón de pasitas. Millares de moscas lo cubrían de día y de noche alzándose rabiosas por un momento cuando él se volteaba, pero inmediatamente volvían a caer sobre él de la mollera a los pies. Le caminaban sobre la cabeza calva y la nariz; algunas le llegaban hasta el borde de los ojos, queriendo entrar, pero se daban por satisfechas mojando ahí las patitas; algunas otras se introducían en las orejas, suscitándole un deseo de estornudar y echarse a reír, que le torcía la cara como si llevara un freno de caballo. Y fue precisamente esta clase de mueca lo que hizo decir a un médico, el único que, pasando a la carrera por el pabellón, se dignó dirigirle una mirada:

—¡Me parece que el señor quiere saludarnos!

Los pabellones aledaños estaban llenos de heridos, de mutilados y descuartizados por las bombas, y los escasos médicos del hospital no tenían tiempo de atender al viejecito sin herida ninguna. Los pobres médicos no sabían cómo explicarle a los heridos que habían cometido una espantosa tontería, una travesura insensata que debían pagar con los más atroces dolores, al no morir inmediatamente entre las ruinas como tantos otros compañeros.

Finalmente un cañonero disparado desde el mar arrasó con aquella miserable carnicería, y Aldo Piscitello, con una leve herida en la frente, fue trasladado de nuevo a su casa, en el pueblecito del Etna, y restituido a los suyos, que ya lo daban por muerto.

Pero él sanó, malignamente sanó, y se hallaba en un balcón cuando un ejército extranjero recorría todas las ciudades y las aldeas del Etna, en camiones, tanques, cañones, motocicletas, tractores, furgones y furgoncitos, y el estruendo que producían penetraba en el cielo, en el mar y en la tierra, ahuyentando de los bosques a los pájaros, a las ratas de las alcantarillas, confinando a los gatos hambrientos bajo las tejas más altas.

Aldo Piscitello saludaba a los soldados semidesnudos y pelirrojos alzando el índice y el cordial; creía que todos lo conocían por haberlo visto frente a la bocina del radio, parando la oreja para escuchar la voz de Londres; quería tener noticias acerca del coronel Stevens y de Candidus. Pero los soldados respondían al saludo de aquellos que se encontraban a izquierda o derecha de Piscitello, que estaban arriba o abajo de él, al párroco, a los niños, al boticario, a Rosita, a un anciano, a los Huerfanitos del Sagrado Corazón, incluso a un espía que acostumbraba quitar unas tejas para meter ahí la oreja y oír las conversaciones que sostenían en las casas, pero esto no podían saberlo los soldados.

De cualquier manera, Piscitello estaba contento de que tantas miradas de “hombres libres” se posaran sobre la casa, o que chocaran sobre la pared de la fachada, donde aún estaba escrito con letras grandes, como balcones: “Sólo Dios puede doblegar la voluntad fascista; los hombres y las cosas, jamás”; y a todas aquellas miradas y sonrisas, aunque no dirigidas a él, respondía como Dios manda, levantando la mano macilenta, con el índice y el cordial abiertos.

Así que esa noche estaba exhausto, como si hubiese llevado una antorcha de 100 kilos en la procesión del Viernes Santo, y ya no tenía aliento para responder a la mujer y a la hija, quienes de mil maneras querían darle a entender que ya estaban totalmente de acuerdo con él.

—¿No es verdad que esos fascistas nos decían un montón de tonterías. .? ¡Los ingleses sí que son gentiles, personas muy decentes! Sus bizcochos son finos. ¡Sus chocolates, también, muy finos. .! ¡No hay duda que esos fascistas eran realmente unos criminales...! ¡Yo prefiero a los norteamericanos...! ¡Pero mira bien que los ingleses saben ser señores en todo...! ¡Sí, pero los norteamericanos tienen algo...! ¡De acuerdo; pero mira que los ingleses...! ¿Qué le pasa a tu papá esta noche?

Y lo único que le pasaba era esto: que no tenía nada que decir. Hasta el día anterior, en su cerebro se habían agolpado todas las palabras como en una piedra de campo se agolpan las hormigas; palabras de protesta, de despecho, de enfado e intolerancia le habían corrido por el cerebro y la sangre hasta alcanzar sus labios, sobre los cuales golpeaba con la palma de la mano, como queriendo soldar la abertura, palabras que le dejaron en la lengua un sabor a café rancio y a pipa tapada; ahora, en cambio, sentía su cerebro pulido y desnudo como piedra de río, una piedra compacta, pesada, toda sueño, que le hacía bajar la cabeza, mientras Rosita y María, aún agitadas por la pregunta que le habían hecho, esperaban su respuesta.

—Está bien... Me voy a dormir —dijo Aldo Piscitello— y, tomando una vela, fue a acurrucarse al fondo del cuartote, donde estaba su cama.

Durante la noche se despertó dos veces, pues en ambas le pareció que tocaban junto a la ventana las melancólicas gaitas escocesas. Por muchos años, cuando se despertaba, le parecía que alcanzaba a oír el eco “¡Bestias!” y “¡Cornudos!” que profería en sueños; ahora, en cambio, escuchaba el sonido extraño y lamentoso que llegaba desde el Municipio, y ya no en su boca, sino fuera de la casa. Asombrado de sí mismo y de lo que ocurría, volvió a dormirse, y cayó de cabeza en sueño que se prolongó durante muchas horas, sin imágenes, sin recuerdos, sin malas palabras ni palabritas, sin siquiera un monosílabo, sin tocar fondo. A la mañana siguiente, reclamado por una luz cada vez menos débil, entre las diez y media y las once de la mañana, logró despertarse con mucho trabajo.

¿Dónde estaba ya aquel amargo sabor que le torturaba la lengua, aquel sabor a café rancio y a grumos de pipa que le dejaban los “¡Cornudos!” y las “¡Bestias!” pronunciados durante la noche; aquel áspero, excitante, asqueroso y placentero sabor que lo hacía escupir contra la pared, a desvariar, a aventar las sábanas y saltar de la cama?

—¡Buen provecho! —le dijo la mujer—. Has dormido como un bienaventurado y parece que todavía no estás satisfecho.

El sonrió realmente como un bienaventurado, y pidió que lo dejaran un rato más en la cama...

La historia de Piscitello se encamina a su fin. ¿Qué más podemos relatar de él? ¿Que durmió casi toda una semana, con pocos intervalos de luz? Abandonado por el odio que lo había hecho gritar y agitarse durante 13 años, este hombre apacible fue presa del sueño y del atolondramiento, y notó que el reumatismo, aprovechando que él había dejado de estar absorto en sus constantes imprecaciones, se le trepó hasta la nuca. Parece que, en un principio, otros sentimientos intentaban ocupar el puesto de ese viejo ánimo abandonado: una mañana, se quito un zapato y besó la suela, diciendo que de esa manera besaba el polvo de su tierra adorada; y una noche, dejando pasear la mirada exhausta sobre la ciudad que estaba a sus pies, dio a entender, con la habitual imprecisión verbal que lo caracterizaba, que tenía deseos de rodar junto con los escombros de aquellos pobres edificios, de besar todas sus piedras, partícula a partícula. Pero no se presentó más cambio en su ánimo que el de pasar, prontamente, del odio al amor.

Después de una semana de estar en casa, se vistió solo, como de costumbre, y se puso el saco negro y los pantalones a rayas, tan viejos ya y descoloridos, que parecían un dibujo a lápiz mal borrado con la goma; y se dispuso a dar un paseo. Por la calle encontró a los viejos amigos, pero todas las veces, después de cinco minutos de silencio embarazoso, les estrechaba la mano: “Tengo que irme. ¡Hasta luego!”, y se alejaba de ellos.

Ni odio ni amor había ya en aquel hombre encorvado que caminaba echando el cuerpo hacia delante, y sobre el cuello largo y arrugado, la cabeza totalmente calva y brillante, como de mármol. Si hemos de ser veraces y no deseamos ceder a la tentación de adornar a nuestro héroe, debemos decir que una sola virtud lo investía de pies a cabeza, por dentro y por fuera, que envolvía todos sus actos y palabras: la insignificancia. Había vuelto a ser insignificante como lo había sido hasta 1930; insignificante como lo fue en 1925, año en que fue tan insignificante, que una señora se puso a hacer con su amigo sólo el diablo sabe qué cosa en un diván, ignorando la presencia de Piscitello. Los mosquitos, que por la noche se encarnizaban con los cuerpos de su mujer y de sus hijos, no se ocupaban de él en absoluto, porque los mosquitos tienen necesidad de beber sangre y no agua; durante el día, sin embargo, se le posaban en la cara, puesto que ahí encontraban el lugar más abrigado y tranquilo de la casa. La mujer se enfadaba al verle la cara cubierta de insectos que ahí dormían y caminaban.

—¿Pero es que no los sientes, por Dios? —le decía—. ¡Por lo menos, alza una mano!

—Sí... Claro que sí... —respondía Piscitello, y, para darle gusto a su mujer, alzaba una mano. Pero también en eso se mostraba inexperto, porque la mano, en lugar de dirigirla contra la cara, iba a dar contra el cuello, mientras los mosquitos se hallaban sobre la sien, o se golpeaba la sien cuando los mosquitos estaban en el cuello.

Entretanto algo lo esperaba, algo que se preparaba sin que él supiera nada; y, hablando con la verdad, nada se adecuaba mejor a su persona y a su cara que este no saber nada.

Fue nombrado alcalde de la ciudad el farmacéutico Platania, el que había vuelto del confinamiento.

—Si no me equivoco —le dijo la mujer a Piscitello—, el nuevo alcalde es amigo tuyo. ¡Por fin serás empleado de planta!

Pero no era esto precisamente lo que le estaban preparando a Aldo Piscitello. Ninguna promoción, ningún premio había para él en el futuro. La cosa que se estaba preparando para Aldo Piscitello, que él ignoraba por completo, era el fulminante despido de su puesto de empleado municipal.

En la antesala del alcalde, entre residuos del caliche que dejó como herencia el último bombardeo, no dejaban de merodear, ensuciándose de blanco y clavándose algún clavo en las suelas, cinco o seis personas que, cuando llegaban ante el escritorio redondo que ocupaba el centro del salón, golpeaban los puños sobre la superficie de este, pidiendo justicia, exigiendo que despidieran a los escuadristas, de los cuales se habían aprendido los nombres de memoria, así que a menudo, bajo la bóveda artesonada y entre los cortinajes desgarrados, se oyó que gritaban: “¡Aldo Piscitello!”, o “ ¡el Piscitello!”, o bien “ ¡ese Piscitello!” Era justo, decían tales personas, que después de 20 años de sufrimientos, sufrieran también los que los habían hecho sufrir, ¡como aquel fulano, el tal Piscitello, ese individuo llamado Piscitello!

El alcalde se hallaba, como suele decirse en mi tierra, perdido en un mar de confusiones. “¿Que hago?”, decía cogiendo y azotando los papeles que comprometían a Piscitello. “Sin embargo, yo soy el responsable de la depuración, ¡y de la manera más estricta!”

Una mañana, se decidió a tomar al toro por los cuernos, y se presentó en la casa de Piscitello, en el pueblecito del Etna. A causa de los bombardeos, hacía tiempo que no llegaban a Sicilia ni cosméticos ni tinturas para el cabello, de tal manera que muchas personas habían agregado a la flacura, provocada por los sinsabores, una canicie repentina y muy piadosa, como cenizas de una juventud consumida en una llamarada de paja. El alcalde, en cambio, había logrado procurarse una tintura gelatinosa que le permitía lucir un pelo negro azabache, pero brillantísimo, lo que atraía hacia él los infinitos y menudísimos ojos de los insectos. Poco antes, en la oscura escalera de la casa de Piscitello, las moscas lo habían tomado por asalto; y al entrar en la casa, mejor dicho: en el único cuartote, se halló en medio de un nimbo zumbante contra el cual se debatía en vano dando manotazos a diestra y siniestra. Aldo Piscitello, en cambio, no movía ni siquiera un dedo para espantarse las moscas y los mosquitos, aprovechando la quietud en que lo habían dejado Rosita y los hijos, que estaban en misa.

El coloquio entre el alcalde y Aldo Piscitello fue, en un principio, muy embarazoso y ralo, pero luego se animó. Queremos decir que, al principio, Piscitello callaba y el alcalde decía una que otra palabra; a continuación Piscitello callaba y el alcalde pronunciaba con violencia palabra tras palabra:

—... ¡No puedo hacer otra cosa! ¡Debo encargarme de la depuración de la manera más estricta! Yo se lo que usted pensaba realmente. ¡Pero lo malo está en que usted es escuadrista...! ¡Yo sería capaz de perdonar la violencia, especialmente después de ver que ha habido arrepentimiento! Pero la violencia engendra violencia.

¿Qué puedo hacer yo para que los demás perdonen...? Debo despedirlo. ¡No puedo hacer otra cosa!

A este punto, el alcalde vio a Piscitello, del cual esperaba probablemente una palabra violenta. Pero el rostro del empleado parecía carecer de sangre, de curiosidad y hasta de mirada; tenía los párpados a media asta, y le brillaba, en la parte pelona de los ojos semicerrados, sólo una parte de las pupilas, y esta misma parte omisible de las pupilas, estando blanca como es por lo general el blanco de los ojos, daba como resultado que el marmóreo rostro de Piscitello fuera más marmóreo que nunca. Los insectos, que ahí moraban limpiándose las alas o despachando cómodamente todos sus asuntos, aumentaban la blancura de la tez de la víctima, y la pequeña sombra que los seguía, más que una sombra, parecía la propia imagen reflejada por la brillante superficie en que vivían.

El alcalde parecía preocupado, pero cuando al fin dijo Piscitello: “Sí... Claro que sí”, el alcalde lanzó un suspiro de alivio, y pensó que había llegado el momento de despedirse, antes de que volviera a encerrarse en su impenetrable silencio. Y, en efecto, se despidió de él dándole unas palmadas afectuosas en el hombro, abrazándolo, besándole la frente congelada.

Estando ya en el coche que lo conduciría de nuevo a la ciudad, el alcalde estaba perplejo, asombrado pero, asimismo, satisfecho: puesto que la justicia, la severidad, incluso el mal, los había aplicado, gracias a Dios, no en un hombre verdadero, sino en un ser con un poco más de alma que la silla que ese mismo ser había ocupado durante 40 años en su trabajo cotidiano frente a un escritorio del Municipio. En cuanto a la familia, ya se vería la forma de ayudar, en caso de ser necesario, a la señora Rosita, que siempre había sido una buena mujer.

1944
 
 


1
Fascio: grupos regionales del Partido Nacional Fascista (N. del T.)

 
 

2El haz Victorio de la antigua Roma, que era la insignia del poder coercitivo de los magistrados, hecho de varas de olmo y de betulia, atadas con correas que incluía un hacha. El fascismo lo retomó como símbolo del Partido Nacional Fascista.