Nota introductoria

 

 

Si algo puede definir la narrativa de Raúl Renán es la originalidad. Soy poco original al hacer esa afirmación, pues ya en 1961 el doctor Luis Leal planteó el aserto a propósito de un texto de Renán publicado en el Anuario del cuento mexicano. No obstante, tanto tiempo después, esa característica de los cuentos del autor yucateco se mantiene.

Nacido en Mérida, en 1928, Raúl Renán es acaso más conocido como poeta, editor y promotor cultural que como cuentista, pero a pesar de no haber publicado narraciones sistemáticamente, ha venido practicando el género: la presente intenta ser una muestra significativa de ello y comprende textos escritos a lo largo de un cuarto de siglo, más o menos.

Lo primero que el lector advertirá al revisar los trabajos recogidos aquí, es una cohesión absoluta entre uno y otro, sostenida esencialmente por el señalado toque mágico de la originalidad. Conozco el riesgo de hablar de originalidad en literatura: no hay sol sobre nada nuevo; sin embargo, al analizar la producción cuentística mexicana es difícil encontrar productos similares a los de Renán. Y esto a pesar de, digamos, Arreola, Garro, Fuentes, Moncada Ivar o Elizondo, por citar sólo algunos autores cuyos relatos breves acusan ciertos halos inusitados. Junto a ellos —o al margen de ellos—, los de Renán siguen siendo solos, atenidos a su propia estirpe, sujetos a su inalienable peculiaridad.

¿Qué hace diferentes los “cuentos” de este autor? Vaya interrogante tan difícil de esclarecer. Tratando de ubicarlos en su dimensión espaciotemporal, diré que los textos renanianos anticipan modas, vaticinan estilos, aventuran proyectos literarios. Como el lector podrá comprobar, en una primera lectura parecen extraños, caprichosos, inaprehensibles: no son ni realistas, ni metafísicos, ni psicológicos, ni fantásticos, ni surrealistas en el sentido puro y convencional de cada concepto, pero hay un poco de todo eso en cada cuento, de modo que escapando de las etiquetas fáciles, la narrativa de Renán inaugura e instaura la suya propia, indefinible y deslumbrante. Sin duda, habrá quien crea percibir en estos trabajos la sombra de Kafka, o de Leonora Carrington, o de Beckett, o de Arreola o aun de Cortázar: es una apuesta en falso, pues Raúl Renán nada tuvo que ver con aquéllos, no hay contagio posible y eso, de seguro, engrandece los méritos de su singularidad.

Los cuentos de Raúl Renán obligan a una exégesis que al final se niega a sí misma, propiciando una nueva, asimismo insoluble. Porque ¿dónde ubicar con solidez “El general Odilón”?, ¿de qué manera ejercer control analítico sobre un texto deambulante entre lo onírico, lo psicológico, lo mágico, lo real y lo hedonista?, ¿cómo enfrentar un ejército de seres amorfos y monstruosos que se combaten entre sí a falta de un enemigo preciso que sin embargo se hace sentir, amenazante y devastador? Nuestros esquemas de lectura y decodificación se tambalean hasta desmoronarse como un grotesco amasijo de naipes sin sentido ante un universo tan lleno de imaginación y posibilidades.

La imaginación sin límites sería otra característica de la escritura de Renán. Véase, por ejemplo, “Serán como soles”, donde un mar cansado se aleja de las playas en una suerte prodigiosa de marea inversa que asusta y conmociona y obliga a la captura del propio Neptuno, hijo de Cronos y de Rea y a su ulterior sentencia al sacrificio a manos de los hombres sin mar. Mito y fantasmagoría se funden en un todo de belleza espectacular y, otra vez, deslumbrante: “Sólo Aqueo no comió de la carne divina e hizo con sus remedos, votos luctuosos como los que se hacía a los héroes. El pesar lo envolvió en un llanto triste y lastimero que iba regando por las calles. ¡Ay dolor! Pobre de ti, Insulea. Pobre de ti y tus pobres hijos que primero serán como soles y después arena.”

“Berlinda” o las torturas de la imaginación. En este cuento magistral se establece, a mi entender, gran parte de la concepción cuentística del yucateco: sin temor alguno a la exageración, diría que a los conceptos o preceptos establecidos por los ya clásicos Maupassant, Poe, Quiroga, Borges o Cortázar respecto del cuento, podría agregarse una arista que, sin teorizar, Renán propone implícitamente: la condición de deslumbramiento total e inapelable. Se trata no sólo de extrañar al lector, de sujetarlo ferozmente al interés del texto y así sacudirlo a cada paso o a cada palabra: hay que deslumbrarlo y así, ciego, hacerlo cómplice del artificio literario.

Raúl Renán logra ese deslumbramiento en cada texto, y en consecuencia hace cómplice al lector de su propia urdimbre. Y pienso en un lector sagaz, dispuesto, corruptible, no en ese otro desprevenido, frágil y pasivo: “hembra”, que diría Cortázar. De modo pues que para leer a Renán y apreciar sus dotes y virtudes es indispensable una participación del receptor: logrado ese binomio, aflorará toda la magia cautivante de este narrador sui generis.

¿Será acaso esta condición, no del todo lograda hasta ahora, la que ha mantenido a este escritor al margen del gran público, definitivamente atrás de las luminarias? Hay, pienso, mucho de eso, como también puede tener gran culpa su inmensurable generosidad, ese entregarse todo a la obra de otros, a prodigar el consejo y el aliento. Y quizás, como él mismo ha dicho de sí, parafraseando a Juan de Mairena, porque “soy la incorrección misma, un alma siempre en borrador, llena de tachones, de vacilaciones y arrepentimientos”. Pero qué escritor que se precie de serlo está exento de esas tribulaciones.

La bibliografía de Raúl Renán es breve y casi clandestina. Ha escrito poesía: Catulinarias y sáficas, De las queridas cosas, Pan de tribulaciones y Los urbanos; prosa: Una mujer fatal y otra. La gramática fantástica y Los niños de San Sebastián. Varios de sus cuentos, dispersos en publicaciones de diferente especie, se reúnen por primera vez en este volumen que, esperamos, sirva acaso como puerta de acceso al mundo maravilloso, original y deslumbrante de Raúl Renán, quien, estamos seguros, habrá de imponerse a las circunstancias defectibles del olvido.


Ignacio Trejo Fuentes