Serán como soles

 

 

El enviado del Ministerio de Asuntos Marinos había dictado un veredicto contrario al del anciano de la comunidad. No era un mar cansado el que retiraba sus aguas de las playas de Insulea. Era una marea inversa la que arrastraba a los peces, como tarea insidiosa desde hacía cien días.

No había forma de cambiar de mar. Tu mar es el que gloriosamente llega y moldea tus playas y transforma los nácares que germinan en sus arenas. Y si la marea ha cambiado, sólo una voluntad podría devolverla a sus flancos naturales: el dios de los cielos. Invocarlo fue la misión solicitada al cura de la entidad cercana por algunas mujeres de los aledaños. El agua tranquiliza al agua. Los iguales se entienden y obedecen. El cura, a una distancia precautoria que le permitía ver el muro de cristal verde con jaspes blancos y azules en movimiento, arrojó, con un impulso que recordaba el de las mujeres en situaciones como ésta, el agua bendita que contenía en un frasco de boca ancha. Se advertía cuánto se había alejado el mar, por el profundo lecho que se abría en forma de terraza alrededor de la isla. La suavidad de la arena admitía huellas claras y profundas y ciertos brillos que lanzaban guiños chispeantes a las llamaradas del sol.

Algunas comunidades de islas hermanas habían demostrado sentimiento solidario llevándoles pescado en salazón. La subsistencia demanda alimento sin condición temporal ni medida. Y no siempre puede compartirse la carencia. Además ésta no debe prolongarse ni sufrirse en demasía, so pena de menguar la vida de los infantes y los ancianos.

Credencio había provocado una reunión de mayores y realizado un sacrificio con viandas montaraces, aromado licor de azahares y el coro alternativo de batracios. Con esta suma de ánimos pusiéronse a atraer la benignidad del dios de las aguas altas. Su pródigo ser se derramaría para llenar las estancias vacías del mar, las playas de nueva extensión. Pero esa seca alopecia no la sana ningún agua dulce caída de las fuentes etéreas ni fluente de los cuerpos que como víboras arrastran su corriente entre los campos lamiendo las laderas de las montañas.

Entre los jóvenes un pensamiento se levantaba, vigoroso como sus músculos: transportar el pueblo a otros asientos frente a un costado bueno del mar, donde los peces pastan como en su Olimpo; trasladar las casas desmontando sus cimientos; cargar a hombros las embarcaciones relucientes por el brillo de la sal ya cristalizada en sus cascos; llevar sobre las espaldas el doblez repetido de las redes pesadas que han cortado el aguamarina en cientos de cuadrículas que, después, la fuerza del océano suelda sin dejar cicatriz; los postes viajarían también en músculo de joven para erguirse de nuevo en el vientre de la arena y procurar su firmeza a los cabos de las embarcaciones que regresan de sus travesías llenas de efervescente cargamento. Pero eran cien unidades de cada pertenencia y el traslado duraría varias veces cien, cien días. Es demasiado tiempo para prolongar este sitio que el mar ha cerrado en torno de Insulea. Arrastrar el sitio para liberarse cien leguas adelante es una tarea de titanes.

Titanes, sólo ellos podrían salvarnos. Esta pequeña línea de pensamiento llenaba de resonancia rítmica el cerebro de Aqueo. Un lejano eco de cuando, hombre en la arena, apareció tirado en la playa, desnudo el cuerpo, aunque vestidos los pies con sus bellas polainas. Su pelo largo, no encendido por el sol sino dorado por herencia, explicaba cuánto tiempo lo tuvo la deriva sobre los brillos del mar; pescador de otros mares que aún conserva las primeras costumbres de atrapar los peces a punta de lanza. Su cuerpo fue recogido por los pescadores que arroja el amanecer y sanado de sus largas heridas en su brazo y costado izquierdos. De ellas queda la impronta endurecida como piel trenzada y en su vivienda las polainas doradas que nadie ha visto envejecer. Su cabellera que por mucho ha querido cortar recupera al instante su longitud de cola de caballo. Se la anudó a la espalda y, asediado por la inquietud de cómo defenderse él y a la comunidad de la despiadada inanición que carcome con desasosiego y mantiene insomne por los ruidos que hace en el estómago, se calzó las polainas, sacó de un costal su vieja Ilíada en griego y colocándola sobre un atril detrás del fogón prendió fuego a éste lleno de ramas húmedas y hojarasca y puso a arder entre ellas una vieja tajada de carne de buey. Como hierve la hecatombe levantada para invocar la fuerza olímpica de los dioses, envuelta en la viva hoguera que consume bueyes, caballos, perros e hijos jóvenes de héroes, y lanza penachos de humo iguales a túneles lóbregos que unen la tierra con el cielo llevando el ruego lastimoso de los mortales; con esa misma profesión Aqueo sentía consumir su ofrenda a quien ciñe la tierra, mueve los abismos del yodo y procrea la sucesión de sus habitantes. De cierto el ritual carecía de grasa para enardecer la hoguera, miel y aceite purificadores y el dulce vino en copa de oro para que Aqueo hiciera las libaciones. Pero todo era sustituido por agua y licor mezclados. Un canto declamatorio de los versos de Homero componía la oración. Por arriba se veía el humo dispuesto como revuelta melena y oloroso buey quemado. La voluta y sus olores a nadie extrañaban pero a todos hacían pensar: otra vez este loco con sus ceremonias incendiarias y sus cantos monótonos.

Los hombres de edad madura, experimentados en las causas del mar y la voluntad de los peces, concluían sus arreglos sobre una disposición acordada: emprender una expedición en masa a las internaciones del océano adonde con toda seguridad se han retirado los peces por instinto de supervivencia. Y como si esperaran que el humo de Aqueo se hiciera aire transparente, abordaron sus naves ligeras armados de una red voraz llamada La Victoria, surcaron a rastras el lecho seco como desierto, levantando la polvareda de cien corceles locos y escalaron el rizado mar que cada vez les era más indiferente.

El mar sin olas lamedoras, como un bloque de cristal tajado, se iniciaba profundo, más bien alto. Los navegantes se internaron batiendo a golpe de remo la bravura del océano. La estrategia en medio de las aguas consistía en formar un círculo hermético con las barcas, redondear las orillas de La Victoria y dejarlas sumergir hasta abrazar la vida ardorosa de los mantos mariscos. Un único jalón arrastraría el tesoro que llenaría todas las embarcaciones. Un peso insistente, tenaz, presionó los cabos de la red y la reacción se sintió en los músculos de los hombres que tensaron las cuerdas e iniciaron el arrastre que progresivamente exigía mayor fuerza. De seguro había sorprendido a todo un manto de peces tan robustos como atunes. La red, como levantada por una joroba, asomaba en el centro. Unas aletas formidables palpitaban entre la trama emergida. Después un músculo, mayor que la pierna de un buey, y una mano con dedos unidos por una membrana. Esta se asió a las cuerdas del otro extremo de la red y un resoplido semejante al de las ballenas que levantan un surtidor de agua se adelantó a la cabeza gigantesca con ojos de pescado y orejas retráctiles. Enredado el ser aparecido emitió un sonido articulado como los que en sus ceremonias de humareda apestosa entona el loco marino de la larga cabellera rubia. Más sonidos airados del capturado.

Primer pescador: Sujeten fuerte, no cedan. A este pez nos lo comeremos aunque ruja.

Segundo pescador (hablando a gritos contra los ruidos del mar): Vaya alguien en busca de Aqueo. Esta bestia habla igual que él.

Tercer pescador (tembloroso): Tengo miedo, huyamos, puede devorarnos.

Este hombre se arrojó al mar y con toda destreza y velocidad nadó hacia el extremo cortado del agua, frente al caserío.

En medio de las barcas el debate de las fuerzas se mezclaba con las largas frases armónicas que terminaban raspando la garganta del apresado entre la malla. Coleaba y manoteaba sin hacer ceder en los hombres la menor de sus violencias.

La voz de Aqueo se oyó detrás de las primeras barcas. Venía en otra acompañado del hombre que había huido.

Aqueo:      Oh, gran Neptuno, el que ciñe la tierra, dios de los mares y su violenta mansedumbre. El que bate la tierra, hijo de Cronos y de Rea. El de cerúlea cabellera, hermano de Zeus y de Hades que reina en las tinieblas ardientes del infierno. Oh, dios Neptuno que aceptaste mi gloriosa ofrenda, que oíste mi súplica y te dediqué mis abluciones para que nos des el alimento que pulula en tus dominios.

Neptuno:   Qué diablos dices Aqueo de otro mundo, ordena que me suelten estos infelices, que he perdido mi tridente y sin él soy menos que desgraciado mortal, inerme, y no he venido porque haya oído tus míseras palabras, pues hace siglos que no llegan a mí himnos de votos como los que el divino Aquiles me consagraba.

Primer pescador: No, no lo soltaremos, qué buena vianda será la rosada carne de este pez hablador.

Aqueo:      Qué palabras se te escapan del cerco de los dientes, infeliz. Es Neptuno de quien hablas. Dios predilecto del Olimpo. Dios de los mares. Hermano de Zeus.

Segundo pescador: ¿Dios de los mares has dicho? Entonces, marinos, éste es el único culpable del sufrimiento que consume nuestras fuerzas. Escuchen, pescadores. He aquí al causante de nuestros males. Nuestro enemigo. El poderoso que nos retira el mar, que ahuyenta a los peces de nuestro dominio.

Todos los pescadores: Si es dios y es todopoderoso, pidámosle que nos provea de peces. Que nos dé alimento en abundancia. ¡En abundancia!

Aqueo:      Déjenlo que recobre su tridente y los proveerá de todo lo que deseen para subsistir. Hará más rico el mar de este dominio.

Todos los pescadores: Quien ha perdido el cetro ya no es rey. Ya no tiene poder. Es tan mortal como nosotros. Ya no le tememos.

Primer pescador: Entre mortales resolveremos nuestros asuntos. Decidamos qué hacer con este dios sin dominio. Nuestra hambre exige un veredicto final.

Neptuno: Yo que he movido furias y he decidido el triunfo de ejércitos y he impedido la muerte de mortales, cómo voy a ser objeto de juicio de estos simples seres animados. Zeus, mi hermano, desde su Olimpo, con un solo gesto los convertirá en agua, agua encharcada, insípida, no como las rumorosas, cristalinas de mi reino. ¡Zeeeuuuus!

Aqueo: Oh, dios Neptuno, creo en ti y acepto tu designio, y montaría aquí sobre este lomo húmedo una hecatombe que halague tu divina grandeza y nos confiera el don de la satisfacción.

Segundo pescador: Pescadores, tiremos de las cuerdas y sujetemos con dureza a este pez que habla. Gigante pez cuya carne nos dará alimento para cien días. Y estoy seguro que nos traerá la bonanza porque sus residuos atraerán a los peces que se han alejado de éstos nuestros queridos dominios.

Una afilada arma acercó sus destellos al agitado corazón de Neptuno cuyos ojos se abrían desmesurados ante tal desesperanza. Ya no podía moverse; sólo un vaivén acompasado de sus colas que seguía todo el mar como si fuera su propia agonía. De su garganta salió un terrible grito que en el clímax de su intensidad semejaba el estrépito de una armada en combate…

Neptuno: ¡Zeeuuuuuus tronante, hermano, no me abandones en este trance en que mi vida fenece en manos de viles mortales! ¡Perdona mis iras y desata la tuya destructora en mi defensa! ¡Zeeeeuuus... Zeeeuuuus... hermanooooo! ¡Escúchame padre Cronos! ¡Madre, madre Rea!

La sangre de Neptuno, lava ardiente, agitó convulsa el agua y la hizo girar como un remolino de espuma, bermellón en el centro y azul y verde en el exterior, como en el aire se disuelve el registro de una voz prodigiosa.

Un timbre metálico emitía la resonancia de los caracoles y una luz como sangre que regresa a los ojos fluía de los corales florecidos en las rocas.

Sólo Aqueo no comió de la carne divina e hizo con sus remedos, votos luctuosos como los que se hacía a los héroes. El pesar lo envolvió en un llanto triste y lastimero que iba regando por las calles. ¡Ay dolor! ¡Ay dolor! Pobre de ti, Insulea. Pobre de ti y tus pobres hijos que primero serán como soles y después arena.

Los habitantes de Insulea, hipnotizados por el alimento no hicieron otra cosa, durante cien días, que saciarse con esa vianda de sabores suaves como frutos, como aves, como peces. La dignidad divina de los soles empezó a teñir sus rostros; un tono dorado empezó a coronar el espesor de su cabellera y un habla como fuego de cítara empezó a llenar sus lenguas.