La dama y el infante

 

La dama y el infante vienen de las praderías de vuelta al castillo. A lo lejos las carracas en procesión. La dama parece no oír por como porta la espiga de su cuello. El infante desperdiga los ojos sobre cuanto halla en la tierra y en el cielo. En la encrucijada, el globero la ve pasar la centésima vez y también la milésima. Conoce el gesto y la medida del paso de la madre y el hijo. Pero lleva en su memoria, impresos, el trazo de la dama y su aire principesco. Este memorizar le ha criado palabras que de sumo pertenecen a la dama y no puede dárselas, ¡qué ahogo! En los enamorados crecen los recursos como hojas. El globero infló un globo y, aún tibio de su aliento, lo sujetó en los dedos del infante que pasaba. La dama reparó en el objeto al cobijo del castillo. Ninguna extrañeza, acaso una sonrisa por la travesura del pequeño. El cloquear del caballo en las baldosas cerró la oscuridad. En el reclinatorio, frente al crucifijo, el infante besó en las manos de la dama las buenas noches de la persignación. Somnoliento, el infante no sintió que se le escapó el globo de entre los dedos ni lo vio deslizarse hasta la bastilla de la colgadura de la cama. En tanto la dama en su aposento mudaba sus prendas por las de dormir: de seda las bragas, olán el corpiño, empezaron a salirse del globo las palabras de deseo que el globero había soplado. Una a una asiéndose al encaje de la camisa rasgaron ésta y buscaron la piel. La dama no pudo oponerse porque la ardorosa dicción del globero crecía y se alargaba poseyéndola. Cuando cesó su último resuello y recobró el asco, sintió en su mano la flaccidez de un globo desinflado.