Berlinda

 

Para entender esa mañana lo que estaba ocurriendo en el alma de Berlinda, había que saber por lo menos leer los ojos. ¿Pero quién que sólo busque un grano de regocijo en una sonrisa para sostenerse durante el curso de un día, puede acatar tales misterios? Los compañeros de trabajo de Berlinda no hallaron consuelo esa mañana. Berlinda se cruzó con ellos sin saludarlos, sin desprenderse de una de sus confortadoras sonrisas que acumulaba, tantas, como hojas una limonaria: inagotables sonrisas transmisoras del germen de la promesa y el ánimo a quienes se aprestaban a recibirlas, temprano, los primeros minutos de cada jornada en la oficina; lo dicho, Berlinda había ido y vuelto, avanzado y retrocedido, inclinado y erguido, movimientos rituales que consuetudinariamente ejecutaba al abrir su privado: colgar el paraguas y el impermeable, descorrer las cortinas y soltar el cordón que anudado mantenía cerrada la ventana de vidrio; es claro que la abría sólo durante el verano, pues en invierno cuidaba de conservar la tibieza encerrada en el pequeño privado donde apenas cabían un escritorio, dos sillas y una especie de anaquel para exhibir las muestras de los objetos de plástico nacidos de su ingenio, de su curiosa imaginación utilitaria. Esa mañana, Berlinda, accionando como una balanza la ventana, la abrió y dejó entrar una corriente agradable que cortó y arremolinó el aire tibio, un poco viciado, que flotaba dormido, envuelto en sí mismo. Una pequeña porción de ese aire nuevo aunque suficiente para henchir los pulmones de Berlinda penetró por sus narices; pero no era un aire sano por lo visto pues provenía de un ambiente en que la luz del sol y la niebla suave se revolvían en una lucha por posesionarse del día que empezaba.

¡Ah qué asco de naturaleza! expresó Berlinda y procedió a desplazarse por los pasillos, yendo de la minúscula sección donde los empleados podían servirse café o té a su privado, y de ahí al W.C. para damas; y fue durante tales movimientos que Berlinda penetró los cuerpos gaseosos de sus compañeros que con toda premeditación coincidieron con ella en sus andares que a paso medido la llevaron al minúsculo refectorio a prepararse el té de las 9:30.

Nadie sabía lo que estaba ocurriendo en el alma de Berlinda esa mañana y ella no podía desembarazarse del nudo que le oprimía la boca del estómago, el mismo nudo que le produjo a todo puño, el golpe que su hermano Pablo le asestó cuando correteaban disputándose la pelota. ¿Acaso tenía la pelota incrustada ahí donde las costillas hacen hueco un tanto arriba del ombligo? Es una imagen tragada con saliva y desesperación. Después del golpe, ya no volvió a recuperar el aire. Su hermano siguió corriendo llevándose el puño agresor que ella solía vengar con una sarta de manazos, araños y golpes tan rudos como los de su oponente. Ahí quedó de pie, sin aire, ahogada, paralizada, la palidez más y más cerrada como quien va perdiendo el alma poco a poco, hasta derrotar, la muerte, a su inocente apego a la vida; queriendo hablar, suplicar que la socorriesen, que le repusiesen la viveza a sus piernas y el impulso con que suele dar alcance a su hermano. Imposible que el impune escapara de sus manos, de su vista, de su percepción total; y que se convirtiera en sólo una sombra rodeada de una aureola intermitente sumergiéndose en las pupilas hacia el fondo un laberinto formado con moldeadas peripecias, incansables peripecias violentas, audaces, peligrosas, que entonces nadie podía distinguir si quien las hacía era Berlinda o su hermano. ¿Qué puede diferenciar a un muchacho de una muchacha cuando ambos suben a un ciruelo, arrancan sus frutos verdes, se arrojan desde las alturas de una vez y huyen casi ciegos sobre piedras, espinas, saltando acequias: ella con la falda recogida llena de ciruelas y él con las bolsas de los pantalones rebosando con los mismos frutos? ¿Esa era la diferencia: las faldas y los pantalones? ¿Y por qué teníamos el mismo impulso, idéntica energía, presteza a la par?

 

***

 

La bola estaba clavada arriba del ombligo y en ella estaba amasada la queja desgarrada de la impotencia. En su silla, ante su mesa de trabajo, sorbía a momentos el caliente brebaje que aún tragado con ímpetu no conseguía imprimirle la fuerza suficiente para disolver ese objeto, ese fantasma, ese engendro de un puño.

Muchos lugares de su cuerpo experimentaron la quemada voraz de aquel puño, pero ninguno se asombró, ni anidó, ni acuñó, como éste que lleva empozado en el estómago. Y los suyos, sus golpes, se habían plantado con igual saña en el cuerpo de su hermano; sin embargo éste vivía lejos de ella —hermoso, cruel, ingrato, blanco, barba cerrada, como tiene que ser el hombre con quien me case— ajeno a toda queja a causa de golpe alguno que le recuerde a su hermana después de tanto tiempo; sus hijos ya corren uno tras la otra, perro tras gato, como se persiguieron Pablo y Berlinda, ésta, raptora de algún amuleto o tesoro que él había avistado primero.

“Lo curioso es que el puño debió haberse disuelto en el mismo lugar del golpe porque me fluyó sangre abajo. Me asusté mucho y no quise decírselo a mamá. Algo debió habérseme roto en el estómago. Después de una hora o dos horas, algo así, no lo puedo recordar bien, me repuse y con mucho esfuerzo caminé a casa, me fui directamente al baño.

“Qué vergüenza, la sangre era roja, roja como el sol cuando se quema mucho, roja, roja como ese clavel que usted tiene en el ojal, doctor. Roja como cada mes del año. ¿Por qué, doctor; por qué no se acaba este puño; es una masa de desesperación, una montaña de dolor, un océano de desgracia? A veces siento tanto asco que temo trasbocar y morir asfixiada con el puño atorado en la garganta.”

Berlinda se levantó de su sitio y corrió a la ventana en busca de aire limpio, puro, que limpiase la terrible náusea que como el ojo de una tempestad empezaba a hincharse y a levantar altas olas convulsivas. La niebla transparentes vencida, había soltado sus rasgaduras; el aire, en cambio, estaba tibio pero dulce como la leche que mamá vertía en el plato para la niña Berlinda. Se aquietó la tempestad, mitigó sus iras el seno del mar. Lentamente se iba amansando el punzante sudor que asaltaba los poros de la piel. Qué brisa tan dulce, mamá; un puño de azúcar en la boca, un puño de azúcar...

 

***

 

“Está bien el puño Berlinda... No me lo diga... Sabré adivinar para qué servirá... ” El jefe había llegado al privado de Berlinda y miraba curioso el trazo tan disperso y disímbolo de muchos, pero muchos puños bosquejados, hechos aprisa, semejando sapos, cerdos, pájaros de buche gordo, corderos, iguanas mofletudas, enanos, nalgas, el rostro de un obispo sumido en la masa de su papada, la cara congestionada de un ángel cardinal soplando desde su punto, una nariz varicosa, una letra Q gótica, un sol en llamas, una flor recogida dentro de sí misma, una moneda china forjada a mano, una hoja de belladona desollada a rasguños, la cabeza doblemente hendida de un tornillo, una estrella de puntas enroscadas, una tarántula herida de muerte. “Déjeme decirle... Servirá para una sonaja... no, no, será un encendedor... no, ¿para qué podrá servir?”

Los trazos estaban en el papel, sobre el escritorio; habían nacido de la nada, sin cálculo, sin premeditación, nadie los había pensado; Berlinda era inocente a todo esto; estaba demudada y fría ante lo que veía y oía decir a su jefe.

“Y veo, ni usted misma sabe para qué podría servir un objeto de plástico de esta especie. Pero así es este trabajo, de una simple tentativa puede llegarse a la genialidad. Berlinda, no olvide que nuestra próxima creación tiene que ser un cañonazo.” Dramatizando sus palabras, el puño del jefe enarboló y trazó una línea invisible hacia adelante, representando el disparo de un cañón que no llegó a su objetivo debido a que la mano de Berlinda, como un garfio feroz, atrapó la mano de su jefe.

“Señorita, está usted muy nerviosa… sería prudente que se tomara un descanso”, esto decía el jefe sin poder liberar su mano ya en los últimos estertores de la asfixia por la tenaza que la estrangulaba en el pulso; con la otra mano sacaba del bolsillo un pañuelo rojo que se llevó a la frente para enjugarse algún sudor emotivo; mas el gesto no concluyó porque a medio hacer, la mano de Berlinda, la otra también libre, contraria a la diligente del jefe, arrebató de ésta la prenda encendida que un solo movimiento hizo escapar por la boca de la ventana como si fuera un listón de fuego cuyo contacto quemara y por lo mismo no se soportara más de un segundo. El pañuelo se meció en el aire, desplegándose como un paracaídas sangrante. Tropezó en el marco saliente de una ventana, tres pisos abajo, se arrastró por los cristales y moribundo se desinfló sobre la marquesina a cuatro metros del suelo.

Descompuesto el rostro el jefe —las dos manos de Berlinda no dejaban ver el suyo—, giró sobre sus pies y asomándose a la ventana, el brazo fuera, siguió con la mano los movimientos de su pañuelo hasta dejarla suelta igualmente exánime; se volvió con rapidez y enfiló hacia Berlinda con el instinto de un toro, cuya bravura ha sido incitada al ataque. “No..., no...” balbuceó Berlinda sintiendo que la cornamenta de la fiera la desgarraba; pero cara a cara, aliento con aliento, el de ella tembloroso, el de él fogoso, vio los ojos del jefe y no los labios que le ordenaban que le devolviera de inmediato el pañuelo. “Y quiero verla en mi oficina tan pronto tenga el pañuelo en sus manos.”

Los compañeros de Berlinda: Atenor, el segundo diseñador; Rebeca, la modeladora, y Joaquín, el mozo, se unieron a ella en los trámites del rescate; entraron al descensor, uno a uno, ella por delante como corresponde, para que a su vez salga la primera en el segundo piso donde pedirán permiso para recuperar la prenda; el zumbido se inicia al punto en que los ojos se prenden a la escala que indica la numeración de los pisos, único contacto de los descendentes con la luz exterior; los ojos parpadean a cada salto de la lucecilla roja que va restando números: 10-9; el pesado silencio, aplastante, cuya duración es medida con meticulosidad en los números que van siendo menos: 8-7; desaparecen: 6-5; acaban: 4-3 y señalan el arribo: 2. Como un telón rápido se descorren las puertas y simultáneamente Berlinda, que intenta impulsarse hacia adelante, es rechazada, como arrojada por una fuerza opuesta, lanzada hacia atrás, arrinconada con gran peso sobre el fondo de la jaula, igual que si la oprimiera el efecto de una inercia violenta. Todo fue un relámpago, el grito mismo de Berlinda al ser trompicada por el puño gigantesco del mural de Siqueiros reproducido por el propio autor en el muro frontal de la recepción de esta oficina, según el original de la Universidad; el puño llenó con su ira el descensor, rompió la pared trasera y puso en peligro la vida de los viajeros atrapados en su propio estupor. “Señores... señores... por favor.” El descensorista compuso la confusión, encaminó el orden, restableció el equilibrio de las cosas, sobre todo en el puente, el puente que la normalidad tiende entre el suspenso de una caja que cesa su movimiento y el piso estable y regular que espera esa sorpresa.

En uno y otro brazo, Atenor y Joaquín, ayudaron a Berlinda a cruzar ese sendero recién formalizado. La colocaron en un pequeño quicio, formado a la entrada del pasillo hacia los despachos de “Acrilina, S.A.”, y uno solo, Atenor, capaz de cualquier arrojo por su compañera, se hizo cargo de la gestión. “Fue un lamentable descuido”, dijo. Su pañuelo se le había caído por la ventana de la compañía donde trabaja y atorado en la marquesina, al nivel de la ventana de este piso.

Pero la tenacidad de ciertos perseguidores no conoce tregua. Ahí mismo donde Berlinda estaba agazapada, llegaba el afán criminal del puño monstruoso que como perro atado al muro rompía el aire en sus intentos por alcanzar a su víctima; y zumbaba, chocaba, golpeaba, azotaba el tambor del estómago centralizado en el área del ombligo —maldita referencia inequívoca—, esa marca delatora que en sueños ve convertida en un pozo de gran pretil y negra profundidad y que en la vigilia desea ahogar sin piedad, taponarlo con cemento hasta quedar disimulado a ras de la superficie de la piel.

Joaquín, el mozo, la tomó del brazo y sin mucho esfuerzo la puso a salvo en el ascensor. No tardaron en reunirse con ella los otros, portadores del trofeo que el caprichoso jefe había obligado a recuperar a la indefensa e inocente Berlinda. La solidaridad entre compañeros no requiere mayor explicación sobre todo si es invocada por las lágrimas. Ella sola, Berlinda, paloma en manos de ogro, entró al despacho del jefe.

Traía doblado, envuelto en papel blanco, como un cariñoso regalo, el pañuelo rojo. Fue una precaución de los compañeros, un cuidado para Berlinda que el jefe tomó, al recibirlo, como un gesto delicado de la muchacha a quien no le correspondía hacer otra cosa después del incidente. En un paquete así, aunque revueltas como rompecabezas, hubiera querido Berlinda entregar las palabras que quería decir a su jefe: palabras de disculpa, su arrepentimiento. Pero las tenía todas atoradas, en la mente las más, algunas en la garganta, dos o tres en la punta de la lengua; todas apelmazadas, deformes, inútiles para comunicar calor al momento de entregar a su jefe el pequeño paquete que, con un movimiento trémulo, depositó sobre el escritorio al alcance de la mano de aquél, quien lo miró sin mucha importancia, conservando la serenidad que consideró adecuada en tan embarazoso momento para Berlinda. Se puso de pie, quiso recurrir al juego de manos que por lo común imita el acto de lavatorio, pero prescindió de él impelido por la experiencia cercana; mejor las enlazó detrás de sí adoptando una postura grave pero discordante con la luz de confianza de su rostro. El jefe era la viva imagen del ambiente a esa hora; la imagen gris del amanecer se había tornado clara, brillaba el aire, sonoros toques de luz golpeaban las hojas de los árboles, y las molduras de los edificios disparaban tenues reflejos que se esparcían en la atmósfera y que a través de la ventana, situada exactamente a espaldas del jefe, formaban en torno de éste una suerte de aureola que vencía todo temor.

“Hay días que no son benignos para nuestra alma, ¿verdad? Hoy es uno de ellos. Pero todo pasa como el aire. Espero que así lo sienta usted”; dijo esto el jefe, sonrió con naturalidad y por primera vez en esos minutos de tortura, apareció en el rostro de Berlinda la animada sonrisa que todos en la oficina buscaron en ella al principiar el día. Berlinda habría dado cualquier cosa porque en esa sonrisa suya participaran no sólo sus labios tiernos y dulces, y sus dientes, sino toda su cabeza, su cuello, sus hombros, su pecho, su cuerpo total, incluso sus pies. Salió del despacho del jefe y la doble cortina de su entrecejo se corrió para cubrir todo su rostro de nuevo.

 

***

 

En su departamento Berlinda reconstruyó de nuevo, por milésima ocasión, la forma como recibiría al amante que alguna vez le pidiera ser su amante. Estaría en baby doll y lo haría pasar diciéndole que así acostumbra estar en casa y que no se fijara. El primer beso lo daría ella. El no debería tocarla. (Las manos son algo que los hombres no debieran tener. Cuelgan. Son feas a pesar de sus adornos que también cuelgan y que en verdad son gusanos que se alimentan de la sangre de los cuerpos que tocan. Las manos suben sobre las cosas, resbalan en ellas, cuando quieren las atrapan y ahogan y, si enfurecen, se enrollan en sí mismas transformadas en una maza nudosa y embrutecida capaz de derribar si choca contra el estómago. Las manos son torpes para tratar a las mujeres.) Pero el amante, aunque manco, intentaba tocar a Berlinda y era grotesca la situación porque los muñones simulaban puños raquíticos y ella se horrorizaba bañada en lágrimas. Lo peor de todo era que el amante de esta vez, como hace 30 veces en 30 de los 40 días que tiene de haber entrado a trabajar en “Plásticos Fantásticos, S.A.”, era el jefe. Y he aquí de cierto que el jefe sabía ya dos secretos, pero este tercero, jamás lo sabrá.

Jadeo. ¿Qué me pasa? ¿Tengo que ser yo la miedosa, la aplastada, la que no debe ser tocada con dureza, la incapaz de un esfuerzo, mujer, mujer? Yo que debiera alcanzar a mi hermano y devolverle golpe por golpe la condena que me asestó. ¡Sálvame, Dios mío! ¡Mamá, aquí estoy, quítame este puño de encima, me aplasta, me mata, me roba el aire, me roe el cuerpo como bestia! ¡El puño, llévense este puño!

En la cama Berlinda lloró en silencio quedándose con sus lágrimas secretas, su íntimo sufrimiento que nadie puede ni podrá comprender jamás, aunque su madre la mire con simulada ternura de comprensión y su padre, al verla, tosa tapándose la boca con el pañuelo y su hermano le diga desde el otro extremo de la cama “cuando sanes te voy a regalar un gato de ojos amarillos”.

Dos días después el doctor dispuso que la despojaran de la camisa de fuerza. No se sabe qué centelleo de piedad saltó en los sentimientos de uno de los dos jóvenes enfermeros que atendieron a Berlinda: eso de que ningún alma hubiera puesto atención en la belleza exaltada de este ser de ojos ilusos durante su encierro, no se concibe ni se cree que pueda ocurrir.

Su quietud, su conformidad, su entrega al dibujo, de estilo poco apreciado en las empresas de publicidad, pero valuado en estima a su rareza estética por los conocedores —el director del hospital mandó encuadrar para su casa un manojo de imágenes que se entretejían buscándose, ajustándose en su definición ardorosa y llameante—, le valieron el que sea dada de alta, con cierta reserva de muy escasa consideración y el encargo valioso de parte del director del sanatorio para que aceptara el trabajo tan justo que ahora desempeña y en el que da curso a su prodigiosa imaginación. Esta ala protectora tuvo su par, pues, en “Plásticos Fantásticos, S.A.” Atenor le hizo el contacto con una dueña que la alojó en el pequeño departamento en que da descanso a su desesperación, a menudo desatada por el estímulo que la más fútil relación humana trae consigo en sus ademanes.

 

***

 

La casa de Berlinda, que la vio crecer como un animal inquieto, indeciso, simulaba la concha de un caracol, no por la forma exterior igual a cualquier casa, sino por dentro, donde los objetos, la gente, la atmósfera, tendían a formar círculos que se abrían amplios, repitiéndose en su propio continente (los cuadros con los marcos superiores de las puertas, por ejemplo) y se cerraban en la cúspide rematada por un aposento que antes fue taller de ingeniería mecánica del padre de Berlinda y después un cuarto inútil, sentina voraz de los objetos inservibles de la casa; la disposición de los muebles, el orden de los cuadros en las paredes, como estaban colocadas las lámparas, las secciones útiles cuyas puertas trazaban un círculo; qué decir de las cosas que en familia, según su servicio, ocupaban las distintas habitaciones de la casa: las sillas del comedor viéndose las caras unas a otras, los utensilios coronado el impulso vertiginoso con que la mesa amenaza moverse. Todo en la casa parecía armar galerías circulares cuyo eje era la escalera curvada que ascendía lenta pero altiva, con la solemnidad de un monumento que busca erguirse, acercarse a la complacencia de Dios. ¿Acaso en esta inmóvil escalera se cifraba la fe de esta casa? ¿O en la casa en sí, en sus formas interiores organizadas en caracol, única invención de Dios a su imaginación y semejanza? Berlinda, Pablo, Remigio, el padre y Cordelia, la madre, se movían en la casa circulando materialmente, sin romper jamás el ritmo establecido por el juego de líneas curvas que ora los rodeaba, ora marcaban la ruta que seguía sus movimientos cíclicos. Berlinda rompía en apariencia esta armonía correteando, saltando, deslizándose por la barandilla de la escalera; pero ahí estaban las líneas idóneas para que eso hiciera la niña: líneas invisibles de un ferrocarril cuya locomotora y carros tirantes funcionaban en ella, sin percatarse de que así estaba dispuesto todo para su cumplimiento. Un día, sin saber por qué fuerzas, las líneas que sostenían el orden del caracol alteraron su ritmo. Berlinda había estado sola en la casa. Estuvo largas horas en la ventana de su habitación mirando los altos velámenes de los tilos que pesados, empujados por el viento, avanzaban calmosos hacia el otro lado del mundo. Y si a pesar de avanzar el convoy de copas verdeantes veíanse los tilos siempre a la misma distancia, era porque la casa los seguía, ¡cuánto océano por delante para navegar sin reposo!

Berlinda tomó de su mesa los manguillos, sus plumas de acero, tinta y papel, y bajó las escaleras. En el despacho de su padre se instaló y como si en la memoria trajera la imagen que sólo tuviera que verter en el papel, comenzó a dibujar: ¿era una garza?, no, aunque las primeras insinuaciones de la forma así lo indicaran; ¿era un tapete labrado con plumas de aves ideales?, no, aunque iban apareciendo plumas tejidas a modo de fina red. La figura cobró vida, se tiñó de colores y se movió como un abanico apático, así se reveló que aquello era un ser vivo, un alado, una ala sola sin haz ni envés que al emprender el vuelo se impulsaba de atrás hacia adelante y al cobrar altura planeaba como un águila en el lomo de una corriente favorable. El pájaro jamás tocaba tierra y tampoco necesitaba aire para respirar ni alimentos para su energía. Era un ave perpetua, perpetua... En tal elevación estaba Berlinda, cuando su padre, que había llegado a la casa seguido de su madre, abierto y cerrado la puerta del zaguán, caminado, hablado, llamado, irrumpió en su despacho y con visible enojo, arremetió contra la mesa aporreando el puño sobre el ave y dejándola inmóvil. ¡Ya basta de locuras! A esto casi simultáneamente siguió un aullido de dolor causado por la plumilla de acero que Berlinda clavó en el ariete vulnerable.

La sangre saltó en gotas gruesas con tal fuerza que arrojaron a Berlinda al suelo en donde como un animal aterrorizado se arrastró para irse a refugiar a su guarida. En su fuga no siguió ninguna línea previamente trazada, ni creó una nueva con cuya energía reforzara la estructura del caracol; la línea fue una filosa secante que desgarró círculos vitales, entre ellos el de la virtud de Berlinda de vivir dócil y leal, por 25 años, al calor del corazón de sus padres.

La policía llegó cuando Berlinda ya se había ido de la casa con sólo un envoltorio debajo del brazo. Mientras su padre, seguido por el llanto desesperado de la madre, corría en busca de auxilio, Berlinda tuvo tiempo de abrir el secreto cajón lleno de papeles, pedazos de cuero, trozos de loza, de mármol y de madera envueltos en un trapo.

En la cruz roja el herido fue obligado a declarar la verdad aunque haya añadido que su hija no era una criminal porque era una niña. No hay ley que iguale en rigor a su castigo, como la ley de la desilusión humana. Remigio dejó ir en sus lágrimas vertidas a espaldas de sus averiguadores, las imágenes lejanas, las que palpitantes conservó por mucho tiempo en el fondo de sus mejores recuerdos, y las actuales, tan presentes hace un minuto, de Berlinda, la hija sin sentimientos, sin corazón, ajena a toda ley de amor que debe todo hijo a todo padre y que rige a la humanidad desde su primera razón.

 

***

 

En un cajón puso Berlinda todo el contenido del lío que rescató de la casa de sus padres. Lo refundió el mismo día que salió del sanatorio y fue a ocupar el cuarto acompañada de Atenor quien a su vez hacía unas horas le había dado la bienvenida en la compañía. Ninguna condición de las que usualmente ponen las mujeres que exigen el respeto a su intimidad salió de la boca de Berlinda; sólo pidió a la dueña que le pusiera cerradura doble al armario —uno de los dos únicos muebles de la habitación; el otro era la cama—. Dos cerraduras y un candado; así, a tres llaves de las que nunca se desprendía, guardaba celosa el caudal de sus secretos.

***

 

La policía no se explica cómo pudo haberse desprendido del brazo fornido y sólido, el puño condenatorio del conquistador Pizarro. Fueron halladas mutilaciones en el panteón de los hombres ilustres: el puño de un héroe arrancado del medio relieve de una lápida de mármol. La liberación destructiva llegó a la rotonda Marbut arrancando los puños erizados, atados a sus espaldas, de su famosa estatua trágica que a pesar de todo se esfuerza por vivir. ¿Qué artes demoníacas tornaron invisible el puño doliente de San Sebastián atado a las puertas del mausoleo del honesto Sebastianino, Renard Rui? De haber sido así, sin puños, como lo han dejado, el invicto luchador Olmeca habría sido un lastimoso atleta trunco. Con aire de amargo vacío quedó el guerrero zapoteca en su urna. ¡Aferrado a la maza se fue el puño! ¡Alerta! El dragón se despereza redimido del puño y la lanza de que fue desamparado San Jorge.   ¡Temerario libertador!

Como una epidemia que royera los libros en las bibliotecas “Ramón Gómez de la Serna” y “Macedonio Fernández”, se han hallado en más de 10 000 volúmenes de toda laya, páginas con pequeñas y delicadas incisiones hechas evidentemente para sustraer cierta palabra cada vez que se repetía. Por el sentido de los textos de donde se las desprendía parece ser la palabra “puño”. De los diccionarios, también mediante delicada operación quirúrgica, fue sustraída la palabra “puño”, como si con ello quisieran extirpársela definitivamente del idioma. De las figuras, láminas e ilustraciones no quedó puño vivo.

 

***

 

Después de haber tenido la entrevista de aspecto conciliatorio con su jefe, Berlinda regresó a su despacho con más prisa que la de costumbre, entró y miró por todos lados para comprobar si esta vez los puños alevosos no estaban al acecho; podían saltar de algún rincón, salir violentos de alguna gaveta o descolgarse de los plafones de la luz; con todo sigilo se acercó al perchero de pie y descolgó primero el bolso y después el impermeable; hacer esto último y taparse la boca para ahogar el grito, fueron una misma acción al ver que las citadas prendas se sostenían en un puño peludo rodeado de largas uñas que Berlinda no había visto antes. Salió huyendo sin reparar en las miradas sorprendidas de los compañeros ni en la voz de Atenor que le preguntaba si no se le ofrecía alguna ayuda. Bajó por las escaleras dando traspiés, y en la calle corrió atropelladamente, con el justificado temor de ser aplastada por uno de los puños que la amenazaban desde las copas de los árboles, desde las ventanas abiertas de los edificios, desde el interior de los vehículos, desde los lejanos grumos agrisados de las nubes. Se detuvo de pronto en el quicio de un zaguán; jadeante, apenas dejaba oír sus clamores de piedad por los terribles enemigos que querían matarla. Pegado su cuerpo al quicio, de espaldas a la calle, fue humillándose hasta quedar agachada, anudada como un bebé que aún no ha nacido. Un hombre se acercó a auxiliarla y recibió un fuerte empellón de Berlinda al erguirse con violencia para reanudar su fuga: cuando llegó al edificio y trepó la angosta escalera hasta su cuarto, lo hizo de rodilla y codos. Sacó del bolso la llave y al hacerla entrar en la cerradura hendida en una manija cabezuda, pensó que al fin había atrapado al puño asesino; agarró la manija con rabia dándole vuelta como si quisiera troncharla, pero logró sólo abrir la puerta y caer de bruces hacia dentro, impotente, inerme, abandonada por todos, a expensas de la fuerza destructora que ahora tenía en su propia casa. Gimiendo se arrastró hasta topar la cabeza con la pared opuesta a la entrada, restregó la frente sobre el muro hasta hallar el ángulo con el lateral y ahí ajustó la cabeza guardándola de la luz. No obtuvo la plena oscuridad buscada; en los resplandores que penetraban por algunos resquicios se filtraba la sombra de la imagen del enemigo; pronto oyó sus pasos que se dirigían hacia ella y sus gritos se destemplaron pidiendo auxilio. Al fin llegó a su culminación el peligro cuando quiso cubrirse los ojos con las manos que, empuñadas por la tensión, le hicieron emitir dolorosos alaridos que un solo ángel no se quedó sin oír en la inmensidad del cielo. ¿Quién que sea llamado ser humano puede resistir el indescriptible terror de llevar en su mismísima alma, a su enemigo mortal? Lo cierto es que esta doliente criatura fue hallada bajo su cama, acurrucada como el más indefenso de los animalillos con una venda en los ojos y grandes bolsas envolviendo sus manos empuñadas ya moradas, exhaustas, como muertas. En todo el cuarto estaban dispersas como en un gran saqueo todas las prendas del terror que Berlinda fue acumulando hasta el delirio de su pasión dolorosa.