EL paraíso podrido

 

12. —Si termino temprano, te recojo en el museo para llevarte al cine.

—¿Qué museo?

Guillermo me endilgó una mirada de tres tiempos.

—¿No es un museo teratológico la casa de tus papás?

Cambiando a risueña su mirada, me preguntó:

—¿No has visto qué cantidad de monstruos van a visitarla?

Me habría echado a reír, si no fuera porque cuando le celebro un chiste se desboca. Preferí hacer tango.

—¡Pobre papá! Bien que le dan lata.

—No creas. Para mí, que se divierte con esa bola de huelepedos que andan tras de él. Y puede ser que al final del cuento...

—¡Papá no es político!

—No era, pero ya lo hicieron, como castigo de ser amigo de Gálvez.

—No es político —me obstiné.

En mis ratos de ocio he pensado en el asunto y gracias a eso pude echarle a Guillermo un discursito que lo dejó de a seis. Ni yo misma sé lo que dije; pero debe haber sido algo bueno, porque apantalló a mi marido, que es mucho decir.

—Si Gálvez es el tapado, y yo creo que sí, tu jefe va a quedar muy bien.

—a la mejor Gálvez ni lo pela a la hora de la hora: una cosa es la política y otra la amistad.

—Papá no va a saber acomodarse. Estoy segurísima de que eso va a pasar, aunque papá ande ahora muy atareado y llegue echando el bofe:

—Martín me dio una comisión —y se atraganta para no perder tiempo comiendo como se debe.

—En cuanto acabes, te vas a dormir una siesta, Tomás.
Pero qué siesta, ni qué nada. En la sala hay un lambiscón que espera, o va a llegar de un momento a otro.

Halaga a papá que lo traten con mucho respeto:

—Don Tomás.

—Señor Garduño. Los gallones le dicen:

—Querido amigo.

Y los amigos, los viejos amigos, lo tutean a gritos, para que los demás se den cuenta:

—Oye, Tomás...

U:

—Oye, Garduño.

Es la única satisfacción que va a quedarle, porque cuando Martín Gálvez sea presidente, ni un lazo va a echarle. Me acuerdo de Rodolfo Álvarez: papá lo ayudó a morir para que fuera gobernador y cuando fue a pedirle que le correspondiera, sólo le dio largas.

—Ando volando bajo. Tú puedes ayudarme.

—Mira, Garduño, ahorita tengo unos problemas, que Dios guarde la hora; pero en cuanto salga de ellos, te mando llamar.

Un amigo le explicó a papá:

Álvarez está enojado, porque le hablas de tú en público. Dice que sólo algunos altos personajes tienen ese derecho, no cualquiera.

...La que se está mandando, es Marta.

—La hija de Tomás Garduño no puede andar mal vestida...

Y ahí va la billetiza. Anda de a tiro echada a perder, además de que no falta al salón con pretexto de que pueden verme sus amigos y qué dirán si me ven toda trazuda. Se hace unos peinados, que dan ganas de vomitar. La muy mensa no ha aprendido que le echan flores, porque es la hija del amigo de la infancia de Martín Gálvez. Aunque, para qué es más que la verdad, el amor y la ropita la han compuesto mucho. Pero, de todas maneras, que no se ande azotando, ni se ande creyendo muy salsa.

—Fíjate que un chavo monísimo, uno que vino con el presidente municipal de Guadalajara, como que me quería soltar los perros.

—¿Le diste puerta?

—¿Cómo crees?

Enrique mucho te amo, te amo, pero nada de boda. Y el manguito ese, ¿lo haría? Más vale pájaro en mano, que ciento volando.

—Eso mismo pienso yo.

—Más vale pájaro en mano...

—¡Ah! ¿Ya?

Cata siempre ha tenido la mente cochambrosa. Desde niña, cuando íbamos a la escuela, andaba con esas cosas. Me acuerdo que en el camión nada más se estaba fijando. ¿Viste qué bultote el de ese muchacho chinito, el que iba frente a nosotras?