¡Viva México!

 

Han hecho negocios solidariamente. Y eso es bueno, mejor que una simple amistad. Porque, a ver, la amistad a secas, ¿para qué sirve? Y también, ¿qué putería es la amistad si los locutores de radio y televisión le dicen a uno “amigo”? El ingeniero Garza y Joaquín Cuevas, el hermano de Magdalena, son amigos de los buenos: hacen negocios solidariamente.

—Délo por hecho. México será la sede de la próxima olimpiada.

Joaquín. — Gracias al prestigio que ha ganado para el país el señor presidente.

Como siempre que expulsa un señor presidente, se le estiran los dientes y sus labios se fruncen en alforzas, bieses y olanes. ¡Señor presidente! Hay que pronunciar lo untuosamente, suntuosamente. No con sencillez o familiaridad: sería una irreverencia. Y ¡no, no, no, no, no, no! Joaquín Cuevas no lo haría por nada del mundo.
El ingeniero Garza, que es un alegre pedazo de naturaleza, no tiene esos escrúpulos. Y conoce a Joaquín desde hace más de mil años.

Garza. — Mire, Cuevas, vamos hablando a calzón quitado. A usted y a mí nos importan una pura y dos con sal el señor presidente y el prestigio de México y la chingada madre. Lo que nosotros queremos es lana, ¡lana!

Después de unos iniciales ojos de espanto, Joaquín sonríe y mira cómplicemente a su interlocutor.

Joaquín. — Contratos es lo que usted quiere, ¿verdad?

Garza.— ¡Hasta la pregunta es méndiga! La olimpiada quiere decir obras y yo tengo diez millones de maquinaria para hacer obras.

Inclina la cabeza, pensativo, Joaquín Cuevas. Disimuladamente avienta una mirada contra el ingeniero
Garza. Piensa cómo sacar ventajas: entre amigos que hacen negocios, está permitido.

Joaquín. — Si de veras va a ser aquí la olimpiada, como dice usted, México gastará mucho dinero, ¡mucho! Pero no crea que las ganancias van a ser nuestras. Primero están los cacas grandes que tienen sus constructoras de trasmano.

Calla tácticamente, esperando la reacción del ingeniero Garza. Este no se desconcierta.

—¡Usted tiene muy buenas palancas! —vocifera—. Algo podrá agarrar, aunque no sea mucho.

Joaquín.— Sí tengo muy buenas palancas; pero ellos no tienen carta aborrecida, y si un quinto ven, un quinto se clavan.

(Lo que busca es hacer que el asunto parezca difícil, para cobrar mayor porcentaje).

Va a hablar el ingeniero, cuando el interfone farfulla que ahí, en la antesala, está Magdalena. Garza aprovecha la coyuntura: se marcha empujando carcajadas y manotazos al aire. Joaquín se sienta en el sillón, tras el escritorio, y adopta una actitud solemne: sabe que algo va a pedirle Magdalena.

—¡Querida Magda! —prorrumpe, y, sin pararse, le tiende la mano.

Hace que ella se siente en la silla más cercana. Un gesto insinuante frota a sus músculos faciales: su sabiduría de hombre de negocios le ha enseñado que para decir “no” hay que parecer amistoso. Y sonríe con una sonrisa ejercitada muchas veces: una sonrisa con destellos semejantes a los que despierta un escupitajo en un charco podrido.

Joaquín.— Tienes dificultades, ¿verdad, hermanita? Dímelo con entera confianza. Soy tu hermano.

Las manos enguantadas, en que los nervios tiran de los dedos como de títeres, prolongan el silencio de Magdalena. Joaquín la contempla. Vierte su sonrisa en la risa. Su risa rechina como niños que lloran.

Joaquín. — Los intereses. Estoy seguro de que son los intereses. Desde un principio me pareció que no podrías, pero ¿cómo decírtelo, si estabas tan exigente?

—Sí, los intereses —balbucea Magdalena.

Joaquín. — Y quieres una nueva mora, ¿no es eso? Pero ¿no te das cuenta, Magda? Ya lo hice una vez, y si vuelvo a hacerlo... Yo soy parte de un proceso que no puede detenerse. En estos casos, los asuntos pasan automáticamente al departamento legal. ¿Qué quieres que yo haga, qué quieres? Además, te queda el rancho, ¿para qué te sirve?

Magdalena.— Unos días nada más. Yo haré milagros si es necesario.

Joaquín.— ¡Imposible! Yo daría un brazo, daría la cabeza, pero...

Magdalena. — Si quisieras...

Joaquín.— De querer, sí quiero; pero no puedo, no puedo.

Ahora es ella la que sonríe. Una sonrisa doble: una mitad, desprecio; la otra mitad, lástima.

Magdalena. — No te preocupes.

Se pone de pie. Erguida, casi juvenil, va hacia la puerta, sale. El se hunde en su sillón. Deja pasar unos minutos, con los ojos y la mente en nada. Precavido, evita el riesgo del interfone. Usa el teléfono.

—Conchita: déme el legal, con el licenciado Zendejas.
Pausa.

—¿Recuerda usted el negocio de que le hablé ayer? —Sí, sí, ése.

—Proceda inmediatamente.

—No.

—¡No!

—¡Proceda!

Los negocios son los negocios. Se frota las manos y dentro de cuatro años si la olimpiada se hace aquí.