La sangre vacía

 

—No te vayas.

Untaba su piel desnuda en la desnuda piel de Julio. Suplicaba y exigía a la par, con lasciva quejumbre.

—Tengo quehacer, ¡es importante!

—¿Más importante que yo?

La pregunta lo aventó contra la inseguridad: dudó un instante. Lilia supo aprovechar el menudo lapso y enhebró en él que Leticia fue a pasar unos días en la casa de campo de mi hermana y la criada está en su pueblo. ¡Estamos solos y podemos dedicarnos a coger como leones!

—Tengo que irme.

Pero permaneció en la cama, dando ocasión para que los labios de Lilia llovieran sobre el velludo pecho, para que la lengua de ella penetrara como un húmedo dardo en la boca de él, antes de caer sobre la virilidad erecta.

—No te vayas. No te vayas, ¡por favor!

Puso sus nalgas en las manos de Julio: el curvo contacto borroneó la voluntad. Lilia lo supo al margen de la conciencia y apeló a un estímulo de probada eficacia:

—Dime que soy tu puta. ¡Muérdeme!

—Tengo que irme —mecánicamente, enflaquecida ya la decisión.

Concibió vagamente la idea de estar atado. ¿Por qué? Sin alcanzar a discernirlo, cayó como una atarraya sobre la desnudez de Lilia, envolviéndola toda entera. Antes de entrar en ella, un negro relámpago: deben haberse ido.

No se habían ido. Eleuterio Rivera enunció la hipótesis de que algo le sucedió, porque él nunca falla.

—Faltan ocho minutos y Luna dijo que ese pájaro (Olvera, ¿no?) acostumbra concluir la clase a las diez en punto. No antes, ni después.

Arnulfo, sentado en el asiento posterior, junto a Aniceto Rojas, carraspeó al notar que Eleuterio ponía en marcha el automóvil.

—Acuérdense: Silvestre señalará a Olvera cambiando de mano sus libros al pasar junto a él. Además, sabemos cómo es: chaparro, flaco, con anteojos de arillo metálico... y lo acompaña siempre su chofer.

Repitió las instrucciones de Robles.

—Si Luna no da la señal, suspendemos todo.

—Pero, ¿vamos a hacerlo? —articuló Lino González medrosamente.

—¡Por supuesto! Más instrucciones:

—Nos esconderemos en los arbustos que están a los lados de la escalera. Con su sombra y la obscuridad de la noche, nadie nos verá.

—¿Tú también?

—¡Claro!

—El compañero Robles te ha dicho mil veces que eres fácil de identificar...

Aniceto no terminó, pero Eleuterio había comprendido. La vergüenza y la cólera le agarraron la garganta.

—Puedo hacerlo tan bien, o mejor que como lo haría otro.

No pudo evitar un tono amargo y rencoroso. La alusión de Aniceto le había llegado hasta la médula, y, de una sola vez, se amotinaron en el subsuelo de su memoria, sin tomar forma, las humillaciones, las burlas y el des—, precio largamente sufridos.

—¡Y yo dirigiré!

Se sintió feliz de haberlo dicho, de haber podido decirlo. Feliz como nunca lo había sido. Y la idea de que iba a realizar una gran proeza atravesó su mente de largo a largo.

—Y si —murmuró Arnulfo Valdés, y calló al punto. Lino González guardó silencio. Aniceto Rojas, también.

Habían llegado al ámbito universitario. Eleuterio dirigió el coche hacia el estacionamiento de la Facultad de Economía, en donde no había más que sombras y dos automóviles estacionados. Uno de ellos grande, lujoso.

—Es el de Olvera —murmuró Eleuterio, como si hablara consigo mismo.

En aquel momento el miedo tocó su piel como un frío. Sin embargo, la noción de que llegaría hasta el final fue más fuerte que el miedo.

Colocó el automóvil apuntando a la salida del estacionamiento, sin apagar el motor. Se apeó, seguido por los otros tres. Fueron como coágulos de sombra entre la sombra fluida de la noche, que chupaba los contornos. Se emboscaron en uno de los macizos de azaleas plantados a ambos lados de la escalera.

Por el pasillo que desembocaba a la terraza antepuesta al estacionamiento, avanzaba un grupo de siluetas. Eleuterio reconoció entre ellas la de Silvestre Luna, que caminaba a la zaga de un hombrecillo enteco, frágil, vestido como un petimetre: Olvera. A su lado oscilaba, movido por pesados pasos, un jayán, cuya alborotada cabellera parecía un resplandor. Era el chofer.

Al llegar el grupo a la terraza. Luna se puso al lado del hombrecillo e hizo la señal convenida: cambió a la siniestra mano los libros que llevaba en la diestra.

Eleuterio, Arnulfo, Aniceto y Lino esperaron a que Olvera y sus acompañantes llegaran a la escalera, y se volcaron sobre ellos. Arnulfo dio un empellón al jayán que acompañaba al catedrático y empujó a éste hacia Aniceto y Lino, que, tomándolo por los brazos, lo llevaron en volandas al automóvil en que habían llegado. Pocos segundos necesitaron para hacerlo.

Desprevenido, el acompañante y custodio de Olvera dio un traspiés. Al recobrar el equilibrio tuvo un confuso atisbo de lo que pasaba y, por instinto más que por designio, desenfundó su pistola y la disparó contra unos bultos que se alejaban, incrustándose en la tiniebla cercana. Eleuterio, con un grotesco salto, volvió al refugio de las azaleas. Ahí echó mano al arma que llevaba al cinto y se disponía a hacer fuego, cuando le llegó la voz perentoria de Silvestre Luna:

—¡Corre!

Abandonó el áspero ramaje en que se había guarecido e intentó emprender la carrera; pero sus piernas no coincidieron con la intención y cayó de bruces, enredado en ellas. Ahí, yacente, empuñada la pistola, vio que, subrayando la lobreguez con más lobreguez, una figura humana se acercaba a él. Después, dentro del mismo lapso, un fogonazo y una cascada de sombras.

Silvestre Luna tenía metida en la mente la lección que Julio Robles dio a todos: en las situaciones críticas, cada quien debía procurar su salvación, desentendiéndose de los demás. Ágil, ligero, con unos cuantos saltos fue a unirse a Arnulfo, Aniceto y Lino, que habían abordado su automóvil, después de haber arrojado en él a Olvera.

—¡Vámonos!

—No: Eleuterio...

—¡Vámonos!

Empujó a Arnulfo y se puso al volante.

—¿Y Eleuterio?

—¡Vámonos!

Se alejó de la Ciudad Universitaria por calles poco transitadas. No cejaba: había sido un sentimentalismo estúpido. O: estaba muerto, ¡muerto!

Arnulfo y Aniceto volvían a la carga, como no te cercioraste, nada más lo supones. También: ¿Cómo lo sabes?

—¡Muerto! El chofer le disparó a quemarropa.

—¡No!

Era un coloquio mechado de disputa.

De pronto Olvera exhaló un gemido. Apoyaba la cabeza en los muslos de Lino y, derrumbado en el piso del automóvil, se había quejado quedamente, sin que le hicieran caso.

—¡Dios santo! Lino:

—¿Qué le pasa, amigo?

Sin explicárselo, la adolorida queja del catedrático engendró en él un oscuro solaz.

—...Me estoy... me estoy muriendo.

—¡No diga pendejadas! Y, con golosa cólera:

—¡Pinche burgués!

Olvera calló. Respiraba como si sollozara. Al pasar por un paraje en que la luz artificial alumbraba el interior del automóvil, elevó una mano, una mano cuyos dedos chorreaban sangre. Otra vez:

—Me estoy muriendo.

Lino, a Aniceto, que con él compartía el asiento trasero:

—¿Viste?

—Sí, sangre —con indiferencia.
Entonces Lino, a Arnulfo:

—Este chango viene herido.

—¿Herido? Nosotros no disparamos un solo tiro.

—Debe haber sido su propio guardaespaldas. Silvestre, que escuchaba, detuvo el automóvil en un sitio apropiado, por solitario. No hizo preguntas: le bastó ver el charco de sangre que se había estancado debajo de Olvera.

—¡Carajo!

Arnulfo declaró que no podemos seguir el plan: moriría en el camino.

—Hablaremos por teléfono a Julio.

—Nunca nos ha dado el número de su teléfono. Nos advirtió que él sería el que se comunicaría con nosotros.

—Vamos a su casa.

—Nadie sabe en dónde vive.

Tenso, angustiado, enmudeció Silvestre Luna. Quería pensar, encontrar una salida, y no podía. Arnulfo pudo:

—Mi casa está cerca. Vamos a llevarlo y ahí pensaremos qué hacer.

Indicó a Silvestre qué itinerario debería seguir.