Epílogo

 

Jorge Cuesta fundó en 1932 la revista Examen. Abrigaba la esperanza de que esa publicación fuera el punto de partida de una gran editora de obras literarias.1

En los números 1 y 2 de Examen, correspondientes a los meses de agosto y septiembre de 1932, se publicaron los capítulos iniciales de mi novela Cariátide. Esas fueron las únicas partes conocidas de dicha novela, hasta que, en 1980, Javier Sicilia publicó otros fragmentos en su obra Cariátide a destiempo y otros escombros. Los fragmentos a que me refiero, se los proporcioné yo a Sicilia: habían sido sustraídos de la imprenta “Mundial” por Natalia Cuesta, hermana de Jorge, cuando éste y yo fuimos sometidos a un proceso penal por haber dado a la estampa los fragmentos de Cariátide ya mencionados.

Todo eso se relaciona con un viejo y empolvado escándalo, del que sólo importa que Cariátide legitimó el uso de las “malas palabras” en literatura, merced a una sentencia absolutoria del juez Jesús Zavala.

Porque esa importancia tuvo Cariátide para la literatura mexicana, considero que es conveniente reproducir unos pasajes de la obra, aunque ésta no figure entre las novelas que he publicado. Los pasajes que reproduzco están tomados de la parte de la obra que rescató Natalia Cuesta. Para entonces, ya había quemado yo la única copia del manuscrito. El propio Jorge Cuesta alude a esta conducta en la reseña que hizo de otra novela mía. Camino de perfección:2

“Nunca dejé de lamentar que esta novela (Cariátide) no hubiera llegado al lector en toda su integridad. Después he tenido que lamentar la suerte que corrieron otras del mismo escritor, cuyos manuscritos fueron sacrificados a su insatisfacción, por medio del fuego.3

Como se advierte, Cariátide, sin que cuente para ello su calidad literaria, tiene importancia para la historia de la literatura mexicana. Es por eso que transcribo, marcados con los números I y II los pasajes a que antes me referí.


I

El del mariachi que está junto al Peludo grita:

—¡Va l'última!

Los hombres de los sombreros de zoyate se reúnen en torno a una mesa y cogen sus instrumentos: violines, guitarras, bandurrias, un salterio. De todos los rincones salen gritos.

Rompen con el jarabe tapatío. Una mujerona vestida de verde y un borrachín greñudo saltan a los mosaicos y marcan los pasos. Ella jadea, tratando de imitar a su compañero, que trenza hábilmente los pies.

Los espectadores llevan el ritmo dando palmadas o corean los acordes con gritos agudos. ¡Aaaah! ¡Jijaaaa!

—¡I-ja-ja-ja-ja! —se oye, como un relincho.

Acaba el jaleo. Algunas mujeres piden al cantinero sus abrigos, entre ellas la de los ojos negros. A su lado se tambalea un hombre corpulento, sucio, de ojos lagañosos.

—¿Entonces voy contigo, Nelly? —pregunta tímidamente.

—¿Cuánto me vas a dar?
El hombre se azora. Vuelve los ojos a todos lados.

—Diez pesos —murmura al fin y lanza una mirada de miedo a un obrero vestido de azul, que bebe a sorbos una cerveza.

—Bueno —dice la de los ojos negros—, poniéndose el abrigo.

Un fifi empuja al hombrón, coge a la mujer del brazo y se la lleva.

—¡Carajo! —ronronea el hombre grande, estupefacto. El obrero se echa a reír.

—Ése es un chingón que hasta los olotes masca —maúlla el obrero quedamente.

Estalla un escándalo. Dos hombres jalonean a una mujer que se resiste a ir con ellos. Chilla y patalea.

—¡Cabrones! ¡Suelten, cabrones! —bufa.

Pero la vencen, la arrastran. El Peludo sonríe.

—¡Bah —piensa—, ni que fuera señorita! ¡Todas las vergas son iguales!


II

Un toque de cornetas y tambores llega a la galera de turno.

—¡Guarden silencio, señores! —grita con voz profunda y lúgubre el segundo.

Los presos empiezan a extender petates y sarapes sobre el cemento. Algunos se envuelven en viejos y raídos abrigos. Poco a poco se echan, aislados o en grupos.

David, angustiado, pasea a lo largo de la galera. No encuentra sitio en donde acostarse. De los sucios zarapes sobresalen cabezas rapadas o pies descalzos.

—¡A dormir, señores!

Un hombre tendido entre un grupo de yacentes hace una seña a David. Él se acerca. —Acuéstese aquí.

Se aparta un poco y ofrece un lugar sobre un cobertor a cuadros. David se acuesta. Tiene a un lado al hombre que le hizo la seña y al otro a un viejo vestido de negro, que se cubre con un abrigo.

—A ver cómo la pasa. Uste’s depositado, ¿verdad?

—Sí —contesta David.

El de guardia pasea por la ancha canal abierta entre las dos banquetas de cemento.

—Ssssh —silba.

Afuera, lejanas, se oyen las voces de los centinelas. Primero un silbato y después: ¡Alerta! ¡Alerta! ¡Alerta!...  hasta perderse en el silencio.

David empieza a dormitar. El duro suelo le lastima las costillas; pero la fatiga lo vence. Entrecierra los ojos. De pronto un agudo grito lo vuelve a la vigilia.

—¡Aaaah!

En la galera todos miran a dos de los presos que se cubren con un mismo cobertor. El de guardia, en voz baja, habla con ellos.

—¿Qué pasó? —pregunta David, sobresaltado.

—Estaban cogiendo ésos —responde alguien.

Se oyen risas. Después, el silencio se restablece lentamente. David no puede cerrar los ojos. Piensa: ¿por esto estará pasando la pobrecita?... Se incorpora y mira los manojos de hombres tendidos como sucios bultos en el suelo. Algo le muerde el pecho, muy adentro. Su mirada tropieza con un viejecillo que, al fondo de la galera, reza puesto de rodillas. El viejo inclina la frente y se golpea furiosamente el pecho. Reza largamente; pero de repente, al notar que el hombre que está echado junto a él lo observa, grita encolerizado:

—¿Qué ve, cabrón? ¡Duérmase! ¿Qué chingao le importa?

Se acuesta y se envuelve en unos trapos viejos.

—¡Chingada madre! —ladra.

La galera enorme, profunda, salpicada de hombres dormidos, cae en el silencio. No se oyen sino los pasos del de guardia, que van y vienen, los alertas de los centinelas. El sueño empieza a vencer otra vez a David. Un sueño ligero, sutil.

David despierta asustado. El viejo vestido de negro que está junto a él, le acaricia el pecho con sus manos negruzcas, clava sus ojos entristecidos en los ojos de David.

—Quítate el saco —ruega con acento melancólico.

David lo mira extrañado, no sabe qué hacer.

—Duérmase —contesta al fin, afligido, y se deja caer sobre el cobertor a cuadros.

Pero a poco las manos del viejo le palpan nuevamente el pecho. David, poseído de terror, se pone de pie de un salto.

—¿Por qué no te lo quitas? —insiste el viejo con tristeza y va tras David, buscando desabotonarle el saco.

—Quítatelo...

Entonces David huye del viejo y se sienta a la orilla de la banqueta de cemento. Ahí, cabeceando, pasa el resto de la noche.

Las cornetas y los tambores tocan con estruendo en el patio.

—¡A levantarse, señores!
 

 

 

1 En la página 27 de los números 2 y 3 de Examen, puede verse con qué obras esperaba iniciar Jorge Cuesta sus ediciones.

 
 

2 Letras de México, febrero 1 de 1937, pp. 3 y 9.

 
 

3 Cuesta se refiere, entre otras que no recuerdo, a Botín, Los Oliván y Complot. De esta última se anunció la publicación en las páginas de Examen.