Camino de perfección*

 

Un joven profesor de primeras letras lleva a sus alumnos al jardín cercano, para que retocen en la tarde húmeda de lluvia.

Hay algo conmovedor e inefable en los juegos de los escolares: corren, chillan, algunos cambian bofetones y todo eso es alegre, sencillo; pero oculta una tristeza que no puede expresarse. El chiquitín de cabeza rapada, ¿qué será mañana? ¡De repente se percata uno de que en el recreo infantil conturba y enternece el hálito del porvenir!

Los adultos saben lo que es el porvenir, esbozan la imagen del porvenir menguado y poco de una vida, retrocediendo a sus primeros años. Entonces el porvenir es la pérdida irrevocable de un hogar, que no se reivindica con la conquista de otro, y la dispersión de los amigos. La casa de los padres queda atada con lazos indestructibles aun horizonte confuso, cada vez más distante, más lejano de los caminos del mundo. El tiempo y la urgencia soplan sobre los nudos que se apretaron en la escuela y avientan a uno al presidio, a otro a los recintos parlamentarios, a aquél a un bufete, al de más allá a los sombríos socavones o a los altos andamios.

Todo eso es trivial. Se vive de prisa, no se puede voltear, falta tiempo para lo que no sea solicitación inmediata; ¡pero es tan conmovedor volverse al pasado! Y Ricardo Manzano, así se llama el joven profesor, puede hacerlo ahora que está sentado en el pretil de la fuente.

Flota en el aire esa claridad, esa transparencia compacta que la lluvia pone en las tardes de verano. Los prados están recortados en verde sedante y las avenidas en un ocre vehemente. Nadie se sienta en las mojadas bancas; pero en la acera contigua pasean asidos de la mano dos novios pobres, novios de este barrio de Loreto melancólico y sucio.

El silbato del director de la escuela hiende el quieto aire; los niños cortan sus juegos y forman de dos en dos; después rompen la marcha desordenadamente, atropellándose. Cuando entran al viejo edificio, mitad colonia y mitad porfiriano, las bóvedas sombrías retumban y un espeso rumor se eleva hasta las aulas.

Ricardo Manzano conduce su tropilla a una sala interior: tres hileras de pupitres, un escritorio sobre una plataforma y algunos mapas en las paredes, eso es lo que compone el marco en que los escolares hacen su enseñanza.

Los educandos quedan de pie junto a los pupitres.

—Sentados —ordena Ricardo.

Toma de sobre el escritorio un puntero y señala con él las manchas de diferentes colores de un mapa. A cada movimiento acompaña palabras secas, precisas: nombres, cifras. Es la tarea monótona, ruin, que le concierne. Suspenderla es como suspender un castigo.

Manzano aprieta en la axila dos libros, echa en el brazo flexionado su impermeable y sale a la calle. Ve muchachas, estudiantes, empleados, el México de las seis y media, y ve también un cielo gris con una herida azul en lo alto, una herida que chorrea luz opaca, póstuma.

Es una sorpresa para él encontrarse de pronto ante la puerta de su casa. Allí termina el sortilegio de la tarde lluviosa para dejar el paso a un zaguán lleno de penumbra, ancho, enlosado con grandes baldosas de rosa sucio, al que sucede un patio con su fuente en un rincón y, al fondo, la boca sombría de la escalera con el ojillo raquítico de una lámpara eléctrica.

Ricardo sube de dos en dos los peldaños. Llega a su piso, traspone un vestíbulo oscuro y empuja la puerta de su habitación; el cuarto no tiene ventanas, está metido adentro, muy adentro de la casa, ahí en donde la sombra se vuelve espesa y mala, ahí en donde la noche cae más pronto. Por la puerta del vestíbulo no entran sino reflejos que salvan tímidamente los cristales. Se ve merced a ellos, el pesado ropero a la moda de hace veinte años; se ve un tocador enano, con un espejo enorme, a la moda actual; se ven unas sillas, una mesa y una cama, y en la cama el cuerpo adormecido de Raquel.

—¿Eres tú? —salta la voz de la muchacha.

—¿Por qué no enciendes la luz? —dice Ricardo dando vuelta a la llave.

La estancia, iluminada, parece más miserable; hay una toalla sobre el buró, otra en el respaldo de una silla; unos zapatos asoman debajo de la cama.

Ricardo besa a Raquel y despreciando la garrulería de la joven, que se obstina en narrar los menudos incidentes del día, toma él periódico de encima de la mesa, lo desdobla y se sienta en una silla a leer.

—¡Ay, como si le estuviera hablando a la pared!

—Protesta Raquel.

Mimosa todavía, salta de la cama y se acerca andando en las puntas de los pies al profesor.

—¿Viene enojado mi hijo? ¿Qué le pasa?

—Espera, chata —susurra Ricardo.

Pero ella se enfurece: no quiere esperar, no; durante todo el día no ve a Ricardo y ahora que lo tiene cerca, él se dedica a leer el periódico. Arranca la publicación al joven y la arroja con violencia al suelo.

—Primero tu mujer, después el periódico...

Manzano se opone con amarga ira.

—¡No! Trabajo todo el día, vengo a mi casa a buscar descanso, tranquilidad, a perseguirlos en todo aquello que me distrae de mis preocupaciones, y ni siquiera me dejas leer.

Y recoge el periódico con ademán lento que delata el mal humor reprimido. Raquel se vuelve a la cama; hace graciosos gestos, como un gatito.

—¡Fu, fu, fu! —sopla.

Ricardo lee con el ceño fruncido. De improviso, al clavar la mirada en una página, inclina la cabeza, se dobla sobre sí mismo.

—¡Onésimo Manzano, mi papá! —exclama al cabo de unos segundos de atónito silencio.

—Mi papá ha muerto. Mira, mira... —y relee la esquela en lugar de enseñarla a Raquel. Ella calla sin saber qué decir.

—Tendré que ir a ver a mi mamá, a mis hermanos... darles el pésame.
 
 

* Prólogo