Soledad*

 

Palpóse la frente y después el cuello, con lo que se cercioró de que había sanado. Desbordante de contento, puso la mirada en el cielo raso y, no obstante que el día brumoso apenas untaba claridad en las superficies del humilde interior, descubrió una mancha amarillenta en que nunca, antes, había reparado. “Tal vez una gotera”, pensó. La mancha, de bordes caprichosos, retuvo su atención. Al primer golpe de vista fingía la silueta de un pavo real con la cola extendida; pero, viéndolo más despacio, no había tal pavo real, sino un pobre hombre abrumado por un gran peso. “Es Atlas”, se dijo el señor Alcázar con criterio mitológico, que rechazó casi al punto para refugiarse en un realismo lancinante: “No, más bien es un trapero, uno de nuestros pobres ‘pepenadores’, con su red repleta de papeles viejos y trapos sucios. Va por la calle y todo mundo se aparta de él con asco; pero el pepenador está contento porque hizo una buena requisa de inmundicias.” Sin embargo, “hacía falta mucha imaginación” para ver esa figura en el caprichoso contorno, que, “más bien”, parecía un globo cautivo o un gigantesco alcatraz... Los párpados del oficial quinto se entornaron blandamente. La mancha del cielo raso notó en su cerebro como una nube más y más vaporosa cada vez, que se disolvió en una sombra uniforme, compacta.

De esa sombra, envuelto en difusa fosforescencia, tal un espectro, surgió el señor Vázquez, apenas cognoscible en el incierto halo y la distancia. Pues estaba lejos, muy lejos, como al fondo de un largo túnel, y tardó lentos, abundantes minutos para acercarse a Alcázar, para dejar ver su faz verdosa de cadáver, en cuyos rasgos se arrastraba la presencia de una inminente putrefacción. Adelantaba con pasos implacables, fríos, sin dejar rastro en las tinieblas, y cada movimiento tenía quién sabe qué de espeluznante, de amenazador y misterioso. Estrujaba un gran pliego de papel en sus manos lívidas, un enorme escrito del tamaño de una sábana, por lo menos, en que el sello oficial parecía un plato. “¡Quiero un dictamen, un dictamen! Inmediatamente, ¡hágame favor!”, balbucía con voz apagada, quejumbrosa. Avanzaba más y más, sin llegar al fin, retrasándose en sus propios pasos, acercándose sin acercarse, como si anduviera sobre una alfombra que se deslizara bajo sus pies. Parecía no ver: marchaba en línea recta, los ojos tercamente fijos en nada, tercamente inmóviles, y la verruga, la inconfundible verruga, semejante a una pavesa, marchita y gris. “¡Quiero un dictamen!”... Aquiles Alcázar, trémulo de miedo, intentó huir, pero no pudo; algo, una fuerza desconocida y tremenda, se lo impidió; intentó gritar, y en su garganta no había sonidos. El honrado empleado sentía que un sudor pegajoso manaba de todos los poros de su cuerpo, que el corazón le golpeaba brutalmente en el pecho hasta casi ahogarlo. Estaba a punto de caer, presa de un vértigo, cuando el señor Vázquez, saltando ágilmente, se puso a su lado, escondió de prisa entre sus ropas el pliego de papel que antes estrujara, sonrió culpablemente y, quitándose la gorra galoneada, se inclinó hasta rozar el suelo con la frente. “¡Qué indignidad!”, murmuró Aquiles, asqueado; pero el señor Vázquez no escuchó o fingió no escuchar: con ademán humilde abrió la portezuela del automóvil y se apartó chillando grotescamente: “Un dictamen, por favorcito.” Alcázar, sin responder, arreglando con su enguantada mano su sombrero, un hermoso sombrero gris de fieltro tan suave como la seda, subió al carruaje con majestuoso empaque y se dejó caer, indolente, descuidado, en el blando asiento. Su mirada iracunda se clavó en la nuca del chofer, sí, sí, en la nuca de Torres, que de pronto se congestionó al golpe de una risa espasmódica, prolongada y cruel, que no se extinguía a pesar de estar el automóvil en marcha: a los lados de la carretera, las palmeras disparaban sus verdes penachos hacia un cielo azul, inmensamente azul, de un azul casi angustioso. Unos metros más allá, doscientos o trescientos, apenas una faja en donde el sol, un sol invisible, muy alto sin duda y como ajeno al paisaje, reverberaba tristemente; el mar latía plácido y dulce hasta alcanzar en el horizonte al cielo. A trechos veíanse casitas blancas con techados rojos, palacetes de descanso lindos como juguetes y de vez en cuando la soledad entregaba la silueta, súbita y fugaz, de algún hombre vestido todo de blanco, el contorno de alguna mujer ataviada fresca, jovialmente. ¡Ah, el señor Alcázar no podía prescindir de su matinal paseó! Ahora, en este instante delicioso, lo reconocía. Intentó hablar, decir cualquier cosa que expresara su satisfacción, y nuevamente algo, algo indefinible, turbio, se lo impidió, hundiéndolo en tiránica mudez sobre la que, siniestra, resonaba la risa de Torres, el chofer. La voz brotó espantosamente inesperada: “¡Cómo! ¿Pieles?” A su lado iba Esperanza toda envuelta en pieles, en un soberbio abrigo de zorros plateados que hacía más incitante, más lasciva, la belleza de la rubia joven. “¿Pieles?”, insistió colérico Aquiles Alcázar. Esperanza volvió a él su hermoso rostro de mujer enamorada, en que una húmeda sonrisa pregonaba dicha y sumisión bajo los cabellos de oro, bajo los ojos de fuego. Poco a poco, con ademanes en que la elegancia y la gracia se enlazaban, despojóse del abrigo: las manos de finos dedos acariciaron un segundo el suntuoso arreo, para apartarlo en seguida. Y acto continuo, con una prisa que revelaba la impaciencia, que decía el ardor, empezó a desabotonar el vestido: un hombro blanco, de mármol, ¡de alabastro!, pareció saltar del corpiño carmesí a los ojos del señor Alcázar. “¡No, ahora no!”, aconsejó él, advirtiendo que el mesero, un hombrachón astroso, se acercaba llevando en una mano una gran charola colmada de vasos y en la otra una red repleta de desperdicios. A pesar de la mugre y la corpulencia, el mozo tenía una cara femenina, cuyas facciones evocaban las de una mujer (¿qué mujer, qué mujer?) conocida tiempo atrás, hacía muchos, muchos años, cuando Aquiles Alcázar se asomaba, sin conciencia, un nudito de tejidos, a la vida. “Ahora no, alma mía, añadió, abrazando enajenado, a Esperanza, hay mucha gente.” Y, en efecto, una muchedumbre ululante se agitaba en torno a la mesa. Clamaban y gemían elevando las manos al cielo, con gestos de veneración y de súplica, en tanto el señor Alcázar se esforzaba tratando de recordar qué persona evocara el mesero... Los clamores y los gemidos crecían, crecían en atroz marea; pero Aquiles no tuvo coyuntura para saber qué los motivaba, porque su padre, apartando nerviosamente el libro en que lo enseñaba a leer, le hizo notar que un tropel de muchachas salía a borbotones de la escuela “La Corregidora de Querétaro”. Dando alegres alaridos que se confundían con los campanillazos de un tranvía, tropezando unas con otras, arremangándose las faldas para correr con más libertad, fueron al mar y se lanzaron de cabeza en él. Pero el mar ya se había ido, huía hacia el confín arrastrando consigo su playa dorada, sus retorcidos caracoles, sus conchas como abanicos y unos ángeles de alas moradas, que lloraban en silencio. Entonces el señor Alcázar enlazó por la cintura a Esperanza y allí, en la soledad de la alcoba, la besó en los labios... Un súbito temor, como una daga, le taladró los sesos: “¿Y si todo fuera un sueño? Voy a despertar...”

Despertó con la cabeza despejada, “como si en la vida hubiera dormido”. Sólo un ligero mal gusto, una sequedad desagradable en la boca, daban testimonio de que la siesta no había sido una ilusión. El empleado, con un solo impulso, sentóse al borde de la cama, miró al balcón, al pedazo de cielo cuadrado, gris y frío, que a través de los cristales se veía. Sentado en el viejo lecho, recordó una a una las andanzas de aquella mañana. Mientras avanzaba en el recuerdo, una pesada congoja se iba apoderando de él. Se hizo severos reproches, afeó rigurosamente su conducta, cierto de que había procedido “como un imbécil”; pero debajo de la severidad y del rigor palpitaba el llanto. Cuando evocó el momento en que lo dejaron plantado frente al Palacio Nacional, los ojos del señor Alcázar estaban húmedos. Se puso de pie, retorciendo las manos inconscientemente, y en voz alta, sin importarle que pudieran oírlo, exclamó con tembloroso acento: —Qué cosas inspira la soledad. Y yo qué solo estoy. Dios mío... ¡qué solo!

 

 

* Capítulo XIV