Ojo de agua*

 

A cabeza de silla, atados los brazos a la espalda, arrastran al cacique hacia la cárcel municipal. Él no manifiesta miedo o cólera, ni gruñe improperios o ruge jactancias, sino que marcha sereno, como si desdeñara todo lo que ocurre, todo lo que con él hacen. El sol baña su maciza figura, los fuertes rasgos de su rostro, el ahora polvoriento traje de charro que eligió para la coyuntura.

Sin oponer resistencia y sin proferir palabra, sin buscar los ojos de sus enemigos y sin esquivarlos, tolera que lo empujen a la prisión. Tampoco se inmuta cuando escucha la roja amenaza de Cándido:

—Mañana, ¡al salir el sol!

Mientras tanto, bajo el mando de Julio, los hombres de Santa Cecilia son desarmados. Uno a uno pasan ante dos reclutas que apuntan sus fusiles, dispuestos a hacerlos tronar al menor asomo de rebeldía: los vencidos dejan caer sus armas, la carabina, la pistola, el reluciente machete. Después forman a un lado. Es Arnulfo, el rencoroso Arnulfo, el que los vigila.

Las mujeres que vinieron de Ojo de Agua, aquellas que despertaron un malvado proyecto en la mente de don Gabino, componen una sola masa con las de Santa Cecilia. Contemplan en silencio la escena, larga y triste la mirada, apretados los labios.

Entre ellas está Petra, la viuda de Gabino, la que con su aquiescencia a un amor prohibido suscitó el crimen de Julio y, ya ulteriores, sus andanzas. Es como si, sin quererlo, fuera la madre de los hombres del bosque, como si ella los hubiera hecho nacer para la aventura y el destino. Es como si ella los hubiera traído en drama y rabia a Santa Cecilia. Y tiene también triste, larga la mirada, los labios apretados.

Ante las mujeres silenciosas se desenvuelve la escena, hasta que, de pronto, clama un acento quejumbroso: — ¡Jerónimo! ¡Viejo!

Nada más. Un hombre ya casi anciano arroja con desaliento su maltratada tercerola y se vuelve hacia el rebaño femenino. Busca ávidamente en él; pero antes de haber acertado, recibe un empellón. Ha de ir a formar junto a sus compañeros, cabizbajo.

Ya a punto de haber sido desarmados todos los parciales de don Gabino, escúchanse un galope de caballos y una descarga de fusilerías: es la guerrilla de Sóstenes que, habiéndose retirado en mentida derrota, vuelve a la carga: los vencedores, engreídos, no habían previsto aquel regreso. Pagan ahora su culpa: uno de los suyos rueda con la frente perforada de un balazo, otros han quedado heridos y aunque de momento no se percatan, de ahí a poco gemirán mordidos por el dolor.

Prodúcese desconcierto. Sólo Julio, que ha fingido no reparar en la desbandada transida de gritos de las mujeres, ni en el movimiento de reflujo de su tropa, se pone al frente de ésta. Relincha, encendido ya el ánimo:

—Arnulfo, cuídame a ésos.

Picando espuelas, se lanza hacia adelante, seguido solamente de su escolta.

—¡Vamos! ¡Vamos, muchachos!

La polvareda que levantan, los devora unos segundos; mas a poco, emergiendo de entre las volutas, reaparecen a distancia, cerca de Sóstenes y los agraristas. Entonces roncos aullidos de reto queman al día y los disparos se multiplican. Se ven caballos encabritados, en alto los belfos, que manotean en el aire estremecido. Se ven brazos humanos que se prolongan o se retraen en ademanes violentos.

Todo es súbito y veloz, como relámpagos, todo se suscita para dejar de existir casi en su instante. Y la confusión gobierna en el estrecho ámbito aldeano.

Arnulfo, pie a tierra, teniendo en una mano las riendas de su bridón y en la otra el desnudo machete, está como al margen del retén de vigilancia. Mira, mira a la batalla con ansiedad. En su dura faz morena parece no haber sino ojos, unos ojos repletos de extraña luz.

Cerca de él, aunque aparte, ávidos también, ansiosos, custodios y prisioneros miran hacia la lucha. Se han olvidado de sí mismos por estar atentos al encuentro, por asir el desenlace cuando el desenlace llegue. Ahí, junto al estruendo, ahí junto a la cólera, la callada expectación adquiere un siniestro prestigio.

Mejor situado que los demás, sobre un montículo, Arnulfo advierte que Sóstenes y su guerrilla titubean. Advierte también que Cándido los ataca por la espalda. Es la certidumbre del triunfo.

Traído por la marea del espectáculo y mientras sus ojos se hunden en la crueldad, surge un recuerdo en la memoria del joven, el recuerdo de Francisco, aquel mozo amigo que fue muerto en el refugio del bosque; yacía en un lívido yacer, rígido e inmóvil, después de una noche de orgía. A ese recuerdo se asocia otro: el de Gabino, el esposo de Petra, asesinado en Ojo de Agua por este mismo que hoy proclama con sus actos su denuedo...

El odio, mal atado por el tiempo, mal atado por otro odio, cuchichea en voz baja en el corazón de Arnulfo. A poco de eso, el cuchicheo es alaridos.

La mirada del hermano de Petra no se aparta de Julio: está el caudillo en la plenitud de la lucha, recio y seguro. Se le distingue de los demás por su fiereza, por su agresividad: sosteniéndose jinete con sólo las piernas, blande con una mano el sable de curva hoja y empuña en la otra una pistola. No le importa el peligro, se diría que es inmune al peligro, porque otros caen cerca de él, y él, más codiciado que ninguno por la muerte, continúa luchando con la seguridad de la victoria, alentado por una fe indomable.

Va a tener victoria, una victoria más, la mayor, la decisiva. Arnulfo lo sabe. Por saberlo, escucha los alaridos de su corazón: pausado el ademán, sin darse cuenta él mismo de que lo hace, envaina el machete y requiere del arzón el fusil. Lentamente, muy lentamente, apunta hacia el bárbaro espectáculo, persigue con la mira del pavonado cañón la figura de Julio. De repente, antes que la reflexión pueda trocarse en orden o en consejo, Arnulfo oprime el gatillo.

Es una detonación, nada más que una detonación entre la batahola. Arnulfo baja su arma sosegadamente: allá, en el lugar del combate, Julio ha abierto los brazos, arroja sable y pistola, cae de la silla de su cabalgadura. Tanta cólera inflama a los que pelean, que no se percatan de lo sucedido. En cuanto a los espectadores, el retén y los prisioneros, de tan distraídos en su ansiedad, no oyeron la detonación. Y desde su sitio, sólo dominan el conjunto, no pueden ver los pormenores.

Unos minutos todavía, prosigue el cruento choque, hasta que Sóstenes, persuadido de su fracaso, vuelve grupas en compañía de unos cuantos. Se aleja a toda carrera.

Un silencio hondo como un socavón se abre en la mañana. En ese silencio caen, transcurrida una pausa, gritos de júbilo, algunas injurias. Y después, al final, otro silencio más profundo, tétrico, casi feroz de tan extraño: Cándido ha descubierto el cuerpo exánime de Julio. Los jinetes desmontan con graves, cautelosos movimientos, forman un pesado corro, se miran de soslayo, como culpables, y después callan. En el centro del corro, puesto de hinojos, Cándido sostiene con su mano la cabeza ensangrentada de Julio.

Praxedis, que se había rezagado por perseguir a los fugitivos, se abre paso con rudeza, rompe el corro, se coloca junto a Cándido. Una ojeada le basta: el negro agujero en la sien es la muerte.

—Es inútil... —crascita. Y muy pasito, para sí—: No tiene salvación.

Como en desesperada, ya casi póstuma protesta, los párpados de Julio se elevan penosamente para desnudar una mirada opaca, marchita.

—¡Julio! ¡Julio! —bala su lugarteniente.

La mirada no cobra expresión, permanece fija, borrosa, perdida en quién sabe qué impreciso limbo. Si no fuera por un leve temblor de labios, se diría que el caudillo ha dejado de alentar.

Los hombres que rodean al moribundo, se descubren uno después de otro. Nada dicen, pero su taciturnidad es más impresionante que un llanto, que los plañidos y las lágrimas. Se descubren uno después de otro.

En eso, perforando el cerco humano, Petra irrumpe en la escena, escoltada por otras mujeres. Un grueso grito, como de queja, y una inmovilidad crispada, delatan su sorpresa.

Repentinamente, entre el pasmo de todos, se postra junto a Julio, toma en sus morenas manos la cabeza cubierta de sangre, la coloca suavemente en su regazo. El enfaldo morado se mancha, mientras los dedos endurecidos, toscos, acarician una frente viscosa, sucia de sudor y polvo... Después: una postrera conmoción, un desmayado estremecimiento: los ojos siempre fijos, los labios ya quietos, indican que Julio ha muerto.

 

 

 
 

* Tercera parte, Capítulo IX, “La muerte”.