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Selección del autor
y nota de
Javier Sicilia



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Nota introductoria

 

“Las fechas —dice Borges— son para el olvido”, pero en este caso nos dan luz sobre la personalidad de un hombre y aclaran las relaciones de su obra.

Rubén Salazar Mallén nace en Coatzacoalcos, Veracruz, el 9 de julio de 1905. A los cinco años vive la Revolución. Muy joven se traslada a la ciudad de México donde sufre una hemiplejía que lo acompañará toda su vida y estudia Derecho. Escribe novelas que incinera. Hace un periodismo mordaz que le da cierto renombre. Como todos los inconformes se rebela y milita en las filas del vasconcelismo contra un sistema político que en 1929 preludia el fracaso de los ochenta. Decepcionado ingresa en 1930 al Partido Comunista. Una nueva decepción paradójicamente lo lleva al fascismo. Escribe la primera novela anticomunista, Cariátide, cuyos fragmentos publicados en la revista Examen, dirigida por Jorge Cuesta, desencadenan una persecución judicial contra ellos. A partir de 1944 rompe con el fascismo y abraza el anarquismo. Pero su pasado lo condena. Ese mismo año el consejo de la revista El hijo pródigo rechaza la publicación de su obra Páramo: “Es por tus ideas políticas, eres reaccionario.” “Sé que defendiste al fascismo en México, mientras que a mi familia la asesinaban los fascistas de España, por consiguiente tengo que oponerme a ti.” Desde entonces su obra conoce la marginalidad.

Las razones son de orden político. La literatura mexicana de nuestro tiempo, por lo menos hasta hace poco, cuando muchos decepcionados por el marxismo y su promesa reconocieron que la culpabilidad nos pertenece a todos, repudiaba a cualquier escritor que hubiese sido sospechoso de fascismo; consideraba que ser de izquierda era una virtud; aceptaba, como un dogma, que quienes habían sido fascistas, aunque el arrepentimiento los hubiese hecho avergonzarse, eran incapaces de escribir con altura. Otros no, otros, que disintiendo del dogma comunista no habían coqueteado con el fascismo, eran bien vistos. La literatura mexicana podía exhibir sin vergüenza las obras de Revueltas o las de Paz.

A Dios gracias, muchos de nosotros ya no vivimos de la condena. Adolecemos de graves defectos, pero no del defecto de la falta del perdón. Ahora podemos también frecuentar a Salazar Mallén sin temor y reconocer que su obra literaria nada tiene que ver con el fascismo y mucho con el hombre. A diferencia de otros que ponen su literatura al servicio de su ideología, Salazar Mallén ha hecho de su contradictorio peregrinar político un estilo de vida que le ha permitido describir la miseria humana. Lo que confirma esa extraña frase de las tradiciones religiosas: “Hemos venido a cumplir un destino.” Si Salazar Mallén fue y es contradictorio, ha sido para narrar nuestra realidad: el universo también contradictorio que se oculta tras el decorado de la historia; el universo de los caciques, de la intimidad del Partido Comunista de los años treinta, de la corrupción de nuestro sistema político, de la guerrilla urbana, de la lascivia y las pasiones, de los laberintos del poder.

La presente antología recoge sólo extractos de su obra narrativa. El mundo de la miseria recorre sus líneas con todos los adjetivos de la mordacidad y de la decepción. Es una invitación para encontrarnos con sus libros.

 

Javier Sicilia

Nota del Autor

 

Si me lo preguntaran, yo diría que las novelas que he publicado pueden clasificarse en dos grupos. En uno de ellos, cabrían las obras que se sustentan en la vida privada: Camino de perfección (1937), Soledad (1944) y La iniciación (1966). En el otro grupo habría que incluir las obras cuya base es la vida social: Páramo (1944), Ojo de Agua (1949), Camaradas (1959), ¡Viva México! (1968), La sangre vacía (1982) y El paraíso podrido (1986).

Claro que esa clasificación es convencional y relativa, porque en la novela, como en la realidad, la vida privada y la vida social se entrecruzan y hasta se imbrican.

A eso hay que añadir que una antología novelística de un solo autor, sólo puede lograrse desde una disposición arbitraria, ya que una novela es una totalidad que no puede ser representada por una de sus partes o uno de sus capítulos. Puede, eso sí, dar idea de la evolución literaria del autor de las novelas.

 

Rubén Salazar Mallén

 


Camino de perfección*

 

Un joven profesor de primeras letras lleva a sus alumnos al jardín cercano, para que retocen en la tarde húmeda de lluvia.

Hay algo conmovedor e inefable en los juegos de los escolares: corren, chillan, algunos cambian bofetones y todo eso es alegre, sencillo; pero oculta una tristeza que no puede expresarse. El chiquitín de cabeza rapada, ¿qué será mañana? ¡De repente se percata uno de que en el recreo infantil conturba y enternece el hálito del porvenir!

Los adultos saben lo que es el porvenir, esbozan la imagen del porvenir menguado y poco de una vida, retrocediendo a sus primeros años. Entonces el porvenir es la pérdida irrevocable de un hogar, que no se reivindica con la conquista de otro, y la dispersión de los amigos. La casa de los padres queda atada con lazos indestructibles aun horizonte confuso, cada vez más distante, más lejano de los caminos del mundo. El tiempo y la urgencia soplan sobre los nudos que se apretaron en la escuela y avientan a uno al presidio, a otro a los recintos parlamentarios, a aquél a un bufete, al de más allá a los sombríos socavones o a los altos andamios.

Todo eso es trivial. Se vive de prisa, no se puede voltear, falta tiempo para lo que no sea solicitación inmediata; ¡pero es tan conmovedor volverse al pasado! Y Ricardo Manzano, así se llama el joven profesor, puede hacerlo ahora que está sentado en el pretil de la fuente.

Flota en el aire esa claridad, esa transparencia compacta que la lluvia pone en las tardes de verano. Los prados están recortados en verde sedante y las avenidas en un ocre vehemente. Nadie se sienta en las mojadas bancas; pero en la acera contigua pasean asidos de la mano dos novios pobres, novios de este barrio de Loreto melancólico y sucio.

El silbato del director de la escuela hiende el quieto aire; los niños cortan sus juegos y forman de dos en dos; después rompen la marcha desordenadamente, atropellándose. Cuando entran al viejo edificio, mitad colonia y mitad porfiriano, las bóvedas sombrías retumban y un espeso rumor se eleva hasta las aulas.

Ricardo Manzano conduce su tropilla a una sala interior: tres hileras de pupitres, un escritorio sobre una plataforma y algunos mapas en las paredes, eso es lo que compone el marco en que los escolares hacen su enseñanza.

Los educandos quedan de pie junto a los pupitres.

—Sentados —ordena Ricardo.

Toma de sobre el escritorio un puntero y señala con él las manchas de diferentes colores de un mapa. A cada movimiento acompaña palabras secas, precisas: nombres, cifras. Es la tarea monótona, ruin, que le concierne. Suspenderla es como suspender un castigo.

Manzano aprieta en la axila dos libros, echa en el brazo flexionado su impermeable y sale a la calle. Ve muchachas, estudiantes, empleados, el México de las seis y media, y ve también un cielo gris con una herida azul en lo alto, una herida que chorrea luz opaca, póstuma.

Es una sorpresa para él encontrarse de pronto ante la puerta de su casa. Allí termina el sortilegio de la tarde lluviosa para dejar el paso a un zaguán lleno de penumbra, ancho, enlosado con grandes baldosas de rosa sucio, al que sucede un patio con su fuente en un rincón y, al fondo, la boca sombría de la escalera con el ojillo raquítico de una lámpara eléctrica.

Ricardo sube de dos en dos los peldaños. Llega a su piso, traspone un vestíbulo oscuro y empuja la puerta de su habitación; el cuarto no tiene ventanas, está metido adentro, muy adentro de la casa, ahí en donde la sombra se vuelve espesa y mala, ahí en donde la noche cae más pronto. Por la puerta del vestíbulo no entran sino reflejos que salvan tímidamente los cristales. Se ve merced a ellos, el pesado ropero a la moda de hace veinte años; se ve un tocador enano, con un espejo enorme, a la moda actual; se ven unas sillas, una mesa y una cama, y en la cama el cuerpo adormecido de Raquel.

—¿Eres tú? —salta la voz de la muchacha.

—¿Por qué no enciendes la luz? —dice Ricardo dando vuelta a la llave.

La estancia, iluminada, parece más miserable; hay una toalla sobre el buró, otra en el respaldo de una silla; unos zapatos asoman debajo de la cama.

Ricardo besa a Raquel y despreciando la garrulería de la joven, que se obstina en narrar los menudos incidentes del día, toma él periódico de encima de la mesa, lo desdobla y se sienta en una silla a leer.

—¡Ay, como si le estuviera hablando a la pared!

—Protesta Raquel.

Mimosa todavía, salta de la cama y se acerca andando en las puntas de los pies al profesor.

—¿Viene enojado mi hijo? ¿Qué le pasa?

—Espera, chata —susurra Ricardo.

Pero ella se enfurece: no quiere esperar, no; durante todo el día no ve a Ricardo y ahora que lo tiene cerca, él se dedica a leer el periódico. Arranca la publicación al joven y la arroja con violencia al suelo.

—Primero tu mujer, después el periódico...

Manzano se opone con amarga ira.

—¡No! Trabajo todo el día, vengo a mi casa a buscar descanso, tranquilidad, a perseguirlos en todo aquello que me distrae de mis preocupaciones, y ni siquiera me dejas leer.

Y recoge el periódico con ademán lento que delata el mal humor reprimido. Raquel se vuelve a la cama; hace graciosos gestos, como un gatito.

—¡Fu, fu, fu! —sopla.

Ricardo lee con el ceño fruncido. De improviso, al clavar la mirada en una página, inclina la cabeza, se dobla sobre sí mismo.

—¡Onésimo Manzano, mi papá! —exclama al cabo de unos segundos de atónito silencio.

—Mi papá ha muerto. Mira, mira... —y relee la esquela en lugar de enseñarla a Raquel. Ella calla sin saber qué decir.

—Tendré que ir a ver a mi mamá, a mis hermanos... darles el pésame.
 
 

* Prólogo

 


Soledad*

 

Palpóse la frente y después el cuello, con lo que se cercioró de que había sanado. Desbordante de contento, puso la mirada en el cielo raso y, no obstante que el día brumoso apenas untaba claridad en las superficies del humilde interior, descubrió una mancha amarillenta en que nunca, antes, había reparado. “Tal vez una gotera”, pensó. La mancha, de bordes caprichosos, retuvo su atención. Al primer golpe de vista fingía la silueta de un pavo real con la cola extendida; pero, viéndolo más despacio, no había tal pavo real, sino un pobre hombre abrumado por un gran peso. “Es Atlas”, se dijo el señor Alcázar con criterio mitológico, que rechazó casi al punto para refugiarse en un realismo lancinante: “No, más bien es un trapero, uno de nuestros pobres ‘pepenadores’, con su red repleta de papeles viejos y trapos sucios. Va por la calle y todo mundo se aparta de él con asco; pero el pepenador está contento porque hizo una buena requisa de inmundicias.” Sin embargo, “hacía falta mucha imaginación” para ver esa figura en el caprichoso contorno, que, “más bien”, parecía un globo cautivo o un gigantesco alcatraz... Los párpados del oficial quinto se entornaron blandamente. La mancha del cielo raso notó en su cerebro como una nube más y más vaporosa cada vez, que se disolvió en una sombra uniforme, compacta.

De esa sombra, envuelto en difusa fosforescencia, tal un espectro, surgió el señor Vázquez, apenas cognoscible en el incierto halo y la distancia. Pues estaba lejos, muy lejos, como al fondo de un largo túnel, y tardó lentos, abundantes minutos para acercarse a Alcázar, para dejar ver su faz verdosa de cadáver, en cuyos rasgos se arrastraba la presencia de una inminente putrefacción. Adelantaba con pasos implacables, fríos, sin dejar rastro en las tinieblas, y cada movimiento tenía quién sabe qué de espeluznante, de amenazador y misterioso. Estrujaba un gran pliego de papel en sus manos lívidas, un enorme escrito del tamaño de una sábana, por lo menos, en que el sello oficial parecía un plato. “¡Quiero un dictamen, un dictamen! Inmediatamente, ¡hágame favor!”, balbucía con voz apagada, quejumbrosa. Avanzaba más y más, sin llegar al fin, retrasándose en sus propios pasos, acercándose sin acercarse, como si anduviera sobre una alfombra que se deslizara bajo sus pies. Parecía no ver: marchaba en línea recta, los ojos tercamente fijos en nada, tercamente inmóviles, y la verruga, la inconfundible verruga, semejante a una pavesa, marchita y gris. “¡Quiero un dictamen!”... Aquiles Alcázar, trémulo de miedo, intentó huir, pero no pudo; algo, una fuerza desconocida y tremenda, se lo impidió; intentó gritar, y en su garganta no había sonidos. El honrado empleado sentía que un sudor pegajoso manaba de todos los poros de su cuerpo, que el corazón le golpeaba brutalmente en el pecho hasta casi ahogarlo. Estaba a punto de caer, presa de un vértigo, cuando el señor Vázquez, saltando ágilmente, se puso a su lado, escondió de prisa entre sus ropas el pliego de papel que antes estrujara, sonrió culpablemente y, quitándose la gorra galoneada, se inclinó hasta rozar el suelo con la frente. “¡Qué indignidad!”, murmuró Aquiles, asqueado; pero el señor Vázquez no escuchó o fingió no escuchar: con ademán humilde abrió la portezuela del automóvil y se apartó chillando grotescamente: “Un dictamen, por favorcito.” Alcázar, sin responder, arreglando con su enguantada mano su sombrero, un hermoso sombrero gris de fieltro tan suave como la seda, subió al carruaje con majestuoso empaque y se dejó caer, indolente, descuidado, en el blando asiento. Su mirada iracunda se clavó en la nuca del chofer, sí, sí, en la nuca de Torres, que de pronto se congestionó al golpe de una risa espasmódica, prolongada y cruel, que no se extinguía a pesar de estar el automóvil en marcha: a los lados de la carretera, las palmeras disparaban sus verdes penachos hacia un cielo azul, inmensamente azul, de un azul casi angustioso. Unos metros más allá, doscientos o trescientos, apenas una faja en donde el sol, un sol invisible, muy alto sin duda y como ajeno al paisaje, reverberaba tristemente; el mar latía plácido y dulce hasta alcanzar en el horizonte al cielo. A trechos veíanse casitas blancas con techados rojos, palacetes de descanso lindos como juguetes y de vez en cuando la soledad entregaba la silueta, súbita y fugaz, de algún hombre vestido todo de blanco, el contorno de alguna mujer ataviada fresca, jovialmente. ¡Ah, el señor Alcázar no podía prescindir de su matinal paseó! Ahora, en este instante delicioso, lo reconocía. Intentó hablar, decir cualquier cosa que expresara su satisfacción, y nuevamente algo, algo indefinible, turbio, se lo impidió, hundiéndolo en tiránica mudez sobre la que, siniestra, resonaba la risa de Torres, el chofer. La voz brotó espantosamente inesperada: “¡Cómo! ¿Pieles?” A su lado iba Esperanza toda envuelta en pieles, en un soberbio abrigo de zorros plateados que hacía más incitante, más lasciva, la belleza de la rubia joven. “¿Pieles?”, insistió colérico Aquiles Alcázar. Esperanza volvió a él su hermoso rostro de mujer enamorada, en que una húmeda sonrisa pregonaba dicha y sumisión bajo los cabellos de oro, bajo los ojos de fuego. Poco a poco, con ademanes en que la elegancia y la gracia se enlazaban, despojóse del abrigo: las manos de finos dedos acariciaron un segundo el suntuoso arreo, para apartarlo en seguida. Y acto continuo, con una prisa que revelaba la impaciencia, que decía el ardor, empezó a desabotonar el vestido: un hombro blanco, de mármol, ¡de alabastro!, pareció saltar del corpiño carmesí a los ojos del señor Alcázar. “¡No, ahora no!”, aconsejó él, advirtiendo que el mesero, un hombrachón astroso, se acercaba llevando en una mano una gran charola colmada de vasos y en la otra una red repleta de desperdicios. A pesar de la mugre y la corpulencia, el mozo tenía una cara femenina, cuyas facciones evocaban las de una mujer (¿qué mujer, qué mujer?) conocida tiempo atrás, hacía muchos, muchos años, cuando Aquiles Alcázar se asomaba, sin conciencia, un nudito de tejidos, a la vida. “Ahora no, alma mía, añadió, abrazando enajenado, a Esperanza, hay mucha gente.” Y, en efecto, una muchedumbre ululante se agitaba en torno a la mesa. Clamaban y gemían elevando las manos al cielo, con gestos de veneración y de súplica, en tanto el señor Alcázar se esforzaba tratando de recordar qué persona evocara el mesero... Los clamores y los gemidos crecían, crecían en atroz marea; pero Aquiles no tuvo coyuntura para saber qué los motivaba, porque su padre, apartando nerviosamente el libro en que lo enseñaba a leer, le hizo notar que un tropel de muchachas salía a borbotones de la escuela “La Corregidora de Querétaro”. Dando alegres alaridos que se confundían con los campanillazos de un tranvía, tropezando unas con otras, arremangándose las faldas para correr con más libertad, fueron al mar y se lanzaron de cabeza en él. Pero el mar ya se había ido, huía hacia el confín arrastrando consigo su playa dorada, sus retorcidos caracoles, sus conchas como abanicos y unos ángeles de alas moradas, que lloraban en silencio. Entonces el señor Alcázar enlazó por la cintura a Esperanza y allí, en la soledad de la alcoba, la besó en los labios... Un súbito temor, como una daga, le taladró los sesos: “¿Y si todo fuera un sueño? Voy a despertar...”

Despertó con la cabeza despejada, “como si en la vida hubiera dormido”. Sólo un ligero mal gusto, una sequedad desagradable en la boca, daban testimonio de que la siesta no había sido una ilusión. El empleado, con un solo impulso, sentóse al borde de la cama, miró al balcón, al pedazo de cielo cuadrado, gris y frío, que a través de los cristales se veía. Sentado en el viejo lecho, recordó una a una las andanzas de aquella mañana. Mientras avanzaba en el recuerdo, una pesada congoja se iba apoderando de él. Se hizo severos reproches, afeó rigurosamente su conducta, cierto de que había procedido “como un imbécil”; pero debajo de la severidad y del rigor palpitaba el llanto. Cuando evocó el momento en que lo dejaron plantado frente al Palacio Nacional, los ojos del señor Alcázar estaban húmedos. Se puso de pie, retorciendo las manos inconscientemente, y en voz alta, sin importarle que pudieran oírlo, exclamó con tembloroso acento: —Qué cosas inspira la soledad. Y yo qué solo estoy. Dios mío... ¡qué solo!

 

 

* Capítulo XIV

 


Páramo*

 

 

Ezequiel:
Voy tronchado a que Fernández ni se las espantó. Bueno, ni siquiera Justina, que presume de larga. ¿Un homenaje a este buey? No, hombre, si no estoy lucas. Lo del homenaje lo inventé nada más para hacer un relajito: este que empieza. Vamos a conseguir una publicidad de ocho ochenta. Ya veo las cabezas de los periódicos: “Grave escándalo en el Anfiteatro Bolívar”, o: “Salvaje conducta de los estudiantes.” Todo depende de tu discurso, mi viejo. Cárgale a la raza, cárgale... ¡Eso, mi refugacho: la urss es el bastión de las libertades humanas! Bonito, bonito hablas cuando dices pendejadas... ¿Más mezcla, maistro?

Otra vez, mi viejo, para que la raza se alebreste. Ábrete de capa... Pero Torres y sus braveros, ¡qué infelices! Ya era tiempo de que les sonaran a esos mitoteros... “Muchachos, si consiguen que el orden no sea alterado, les disparo la cena.” ¿Y creen que así nadamás? ¡Pero cuándo, hombre! ¡A repartir leña! (Quién les manda estar doblados.)

¡Ahí están los comunistas! Le aplauden al refugacho. Los mochos chiflan. ¡Ya se hizo! ¿Y ése cree que es orador? ¿Por qué se calla? ¿Porque hay relajo? Pues si es lo que yo quiero. Un poquito más, un poquito para que la plebe se pique. ¡Bravo, ya sigue! Y ahora los gritos... ( ¡Viva la urss!) Ese es el mío (¡Abajo el comunismo!) y ése también.

Sí, Torres, suénale aunque sea escuintle. ¡Quién le manda andar de hablador! Así se pega, hermano. ¡Qué boletín de prensa voy a hacer!: “Como organizador del homenaje al maestro Acosta, deploro que un grupo de estudiantes inexpertos, azuzados por agentes nazis”... ¡Suave: quintacolumnismo!... ¿Y Acosta? Mmmm, se trae un cisco.

¡Hombre, sería muy buen punto! “Venga, maestro, usted no debe ser testigo de esto”, y con pretexto de llevármelo, lo meto a los trancazos. Con que le rompan él hule, ya tenemos mártir y publicidad y... Espéreme, maestro, voy por usted.

Justina y Fernández, sentados en butacas contiguas del Anfiteatro Bolívar, muy cerca de la plataforma, hilvanan una conversación en medio de gritos, silbidos y aplausos.

 

Justina:
Miré, Pepe, a aquel bigardón pegándole a un pobre chamaco. ¡Qué horror! (Lo que es Robles, metió las cuatro. Ojalá y mataran al mocoso para que se le aparezca el diablo.)

Fernández:
¡Poco hombre!, ¿por qué no se pone con uno de su tamaño? (También para qué le andan haciendo ruido al chicharrón.)

Justina:
(Ahora es tiempo de que éste le ponga la cruz al hijo de su pelona.) No sé cómo Ezequiel cometió la imprudencia de nombrar orador a un comunista, sabiendo que los universitarios son anticomunistas. La verdad, es hacer muy a la ligera las cosas. (Pero el muy jijo hasta parece contento.)

Fernández:
Yo... yo tampoco lo entiendo, Justina; pero no se apure usted... (¡Qué brazo tan tres piedras!)

Justina:
(Aprovéchate, zorrillo; pero no, mejor me doy el sacón: muy púdica.) ¡Qué vergüenza, Pepe, el doctor Acosta nos va a odiar! ¿No ve usted que su buen nombre está de por medio?

Fernández:
(Niguas, mi alma.) Puede que no, ¡quién sabe! (Estas honradas, ¡por muy truchas que sean! No sabe que Carmen se lo trae de un ala y que el maje no puede fallar.)

Justina:
(Como para mentársela: ¡ni parece macho!) Pero qué lío. Se van a acabar el Anfiteatro.

Fernández:
Mire no más qué mitote, yo creo que mejor que nos váyamos. (Si le tocan a usted un pelo, les doy en toda la torre. ¡Para algo fui campeón welter.)

Justina:
Es una batalla en regla. Mire allá. Y allá. Y allá. Por todos lados están peleándose. Y el gachuzo que no se quita de la tribuna. A la mejor quiere seguir hablando. (Este es un plan ranchero, que ni qué.) Mire, mire, son comunistas: oiga cómo gritan. ¡Dios mío, somos los únicos que no peleamos!

Fernández:
Ai va Ezequiel a buscar al doctor Acosta. (Lo que es éste, no vuelve a meterse a un homenaje ni de relajo.)

Justina:
¡Qué bruto! ¡Qué bruto, lo metió entre los comunistas! Le van a pegar al pobre señor, le van a pegar... ¡Ya! ¿Ve usted? No hay razón, ¡hombre! (Qué lebrón, ¡el maldito!)

Fernández:
¡Siquiera que meta las manos! Si no fuera por usted, Justina, que no quiero dejarla sola, iba a darle batería: me canso de que metía en orden a estos escuintles... Espérense, no se mueva: voy a ver a cómo nos toca. (Va a saber quién soy yo.)

Justina:
¡No, no me deje sola! Mejor vámonos. (¡Idiota!)
 


Fernández: (¡Pobrecita!)

El rufián enamorado se abre paso trabajosamente entre una selva de puños crispados, de rostros contraídos por la cólera, de golpes sonoros y de blasfemias. Sudoroso gana la puerta y ase a Justina por un brazo. Ella, como asustada, se abandona al viril contacto.

 

Acosta:
(Fue un error de Robles invitar a este refugiado. Lo sabía, lo sabe todo el mundo: los más de los derrotados por Franco son comunistas... ¿Qué tiene qué ver la Unión Soviética con mis ideas?... No, ése es un desatino... Y ahora, las Naciones Unidas. Al agradecer el acto tendré que rectificar: mi tesis la he expuesto y defendido desde hace más de quince años y nada tiene que ver con lo circunstancial. Creo que América ha forjado una cultura propia, capaz de desprenderse de la europea; pero no creo en ese panamericanismo al uso, que postula una unidad puramente formal: militar, política, económica. Hay datos mucho más profundos... ¿Qué es eso, está loco? Ha vuelto a hablar de la Unión Soviética... de Stalin. ¡Magnífico, eso merecía: que le silbaran! Es desplante. Quiere hacerse oír a pesar de todo... ¿Y esos que gritan vivas a la urss? Esto es un pandemonium, todo mundo de pie, todo mundo grita... Ahora me felicito de que Carmen no haya podido venir... Pero qué: a ese muchacho le pegaron. Y ahora van sus compañeros a vengarlo. Diez, veinte, todos se disponen... Una batalla campal, una verdadera batalla... Y nosotros aquí, solos... Hemos perdido autoridad. ¿Qué les importa que seamos sus maestros?... Nadie tiene las manos quietas. Con tal que no lleguen hasta nosotros... Robles debió... Pero aquí viene, afortunadamente...) Es vergonzoso, compañero. (El pobre muchacho está apenado. Por supuesto que lo acompaño.) Vamos, Robles. (Ojalá que uno de estos energúmenos no... No debió llamarles la atención. ¿Para qué pedirles que me abran paso?... ¿Mueras a mí?... ¿Reaccionario?... ¿Facista?...) ¡Compañeros, compañeros! No me oyen... ¡Ah!... ¡No! ¡No!... ¿Ay, cómo salir? ¡Compañeros! (Robles se ha perdido.) ¡Robles... (De cualquier modo... Me sangra la nariz...) ¡Comp...! (¡Santo Dios, en plena cara!... ¡Salir!... ¡Ah, al fin! Y ahora que llega la policía... Pero ¿qué? ¿Pretenden detenerme?) Señores, era un acto dedicado a mí. (Esto más, para mi desgracia. ¿Qué tengo yo que explicar en la Jefatura?) Les aseguro. (No me oyen. ¡Y a empellones, como a un criminal! Este de los ojos azules, ¡qué azules y qué malignos! ¡Sea por Dios, no tengo más remedio que ir! Este ojo, cómo me duele. Y la sangre. He dejado rojo el pañuelo.)

Asunción:
¡Pues no es taruga! El vestido que traía para ir a esa fiesta era americano... ¡la única taruga de la familia soy yo!, toreando tequila en mi casa. Un día me caen y ¡multa, o al bote! Y ni siquiera la renta he pagado...

¡Ah, cuando yo iba a casa de María Luisa! Pero no, no quiero ni pensar en el Morelos. Mejor prestar el cuarto: tres pesos y lo que se les dé su gana... ¡Y ahora que me acuerdo, hace mucho que Justina no lo ocupa! Antes: aquel viejo gargajo y Lucas y Raúl... ¡Cómo se los majeaba! A cada uno su día: “Yo no soy de ésas, no puedo ir a los hoteles...” ¡Lebrona! Pero siquiera entonces... Desde que Raúl se la durmió diciéndole que va a devolverle lo que su marido perdió en la Revolución y que él va a ser diputado... Bueno, ¿y a mí qué? Pues sí, carachi, ¿por qué he de ser yo la fregada? Yo la pobre, yo la de mala fama: vergüenza de la familia... Ultimadamente, no me importa; pero, hermanita, ocupas la recámara, o... Que venga a tomar sus tequilitas, que deje algo, yo sé, yo estoy al alba.

Acuérdate que pude quitarte a Lucas: si no ha sido porque Betty es una vaca. Y luego, ¿quién te metió a Raúl? Entre él y Lucas, preferías a Lucas. “Lucas es un caballero, mientras que ese cacarizo es un falsificador de tanguarnises.” ¡Clarín! Pero lo que es a mí, me regalaba los tanguarnises para que yo los toreara. Y ¡ni modo!

Si yo las puedo, pero... ¡No, no le hace! Lo que es ahora me trae al famoso Pepe o ve para qué nació: ¡también uno es hijo de Dios! Y si ese hombre de negocios vestido de padrote la quiere llevar a fiestas, que la lleve; pero lo que es a mí, me gustan mucho los pesos.

Justina:
Ahora, sí, voy a presumir hasta el mil. “No, mana, aquellas cenas eran de pata de gallina, junto a ésta. Fíjate...” Las voy a dejar de a seis.

Fernández:
Para qué, es más que la verdad, me quiere. ¡Ay, mi alma, no más que tengamos toda la lana que usted quiere, cenaremos siempre como ahora! Y no tenga pendiente: así como ahoy la saqué del relajo, así toda la vida…

¿Pero en dónde encuentro a esa mula de Ezequiel? “Mira, mi hermano, dice Justina que esto puede aprovecharse como publicidad, que no séamos majes, porque poniéndonos changos, todo acaba bien.” Pero, ¿en dónde lo encuentro? Y para que le arda, le voy a decir que ya amarré. “De esas pulgas no brincan en tu petate, cuatacho. “ Y si se le hace difícil creerlo: “Pues, mira, para que no te andes con cuentos, ahoy me la llevé a cenar después del borlote y le di un beso. “ Se puso un poco hosca, pero... ¿o sería de deveras? “Portémonos como buenos amigos, Pepe, nada más.” Entonces, ¿para qué cenó conmigo? No, mi alma, cansado de conocer mujeres... Pero ésta no es como las otras. Muy reata, sí, pero... Bueno, ai veré mañana si se amuinó.

¿Por qué? Si hizo muina, se lo digo, como hay Dios que se lo digo: “No fue puntada de borrachera, ¡palabra!, es que me trae usted de un ala...” Y ahora, ¿cómo le dice uno a una honrada? “¿La adoro a usted?..." Está muy gacho, parece de cine. Bueno, Ezequiel me puede decir, él que es léido. Pero ¿en dónde lo encuentro?

A esta hora, ni modo. Ai mañana... ¡Ah, y decirle que después de todo el homenaje salió muy chicho, que vamos a echarle la culpa a los nazis!


Carmen:
¡Las doce, y ni zoca! (Jimmy, dame una Cuba libre.) Lo que es ahora no saco ni para el carro. Y yo que necesito fierros... “Te traigo un recuerdo del día del homenaje”, le voy a decir, y él va a contestar: “Pero, linda...” Me dice linda siempre, y le gusta besarme las manos: ¡pobrecito, si supiera!

Pero, mi santo, tú limpias todo, nada le hace que yo... Además, cuando voy a verlo... ¡Sombrilla, lo que es regalo no hubo! No, papacito, no hubo regalo. No le hace: yo te quiero, te quiero nene, ¡a lo macho! (Gracias, Jimmy... Parece velorio tu pinche cabaret, viejo.) Ahorita le están aplaudiendo, como si lo viera. Seguro que me buscó entre la gente; pero ¿cómo querías, mi vida?... No más dije que sí por no desconsolarte, pero...
 
 
 
 
 

* Capítulo II

 


Ojo de agua*

 

A cabeza de silla, atados los brazos a la espalda, arrastran al cacique hacia la cárcel municipal. Él no manifiesta miedo o cólera, ni gruñe improperios o ruge jactancias, sino que marcha sereno, como si desdeñara todo lo que ocurre, todo lo que con él hacen. El sol baña su maciza figura, los fuertes rasgos de su rostro, el ahora polvoriento traje de charro que eligió para la coyuntura.

Sin oponer resistencia y sin proferir palabra, sin buscar los ojos de sus enemigos y sin esquivarlos, tolera que lo empujen a la prisión. Tampoco se inmuta cuando escucha la roja amenaza de Cándido:

—Mañana, ¡al salir el sol!

Mientras tanto, bajo el mando de Julio, los hombres de Santa Cecilia son desarmados. Uno a uno pasan ante dos reclutas que apuntan sus fusiles, dispuestos a hacerlos tronar al menor asomo de rebeldía: los vencidos dejan caer sus armas, la carabina, la pistola, el reluciente machete. Después forman a un lado. Es Arnulfo, el rencoroso Arnulfo, el que los vigila.

Las mujeres que vinieron de Ojo de Agua, aquellas que despertaron un malvado proyecto en la mente de don Gabino, componen una sola masa con las de Santa Cecilia. Contemplan en silencio la escena, larga y triste la mirada, apretados los labios.

Entre ellas está Petra, la viuda de Gabino, la que con su aquiescencia a un amor prohibido suscitó el crimen de Julio y, ya ulteriores, sus andanzas. Es como si, sin quererlo, fuera la madre de los hombres del bosque, como si ella los hubiera hecho nacer para la aventura y el destino. Es como si ella los hubiera traído en drama y rabia a Santa Cecilia. Y tiene también triste, larga la mirada, los labios apretados.

Ante las mujeres silenciosas se desenvuelve la escena, hasta que, de pronto, clama un acento quejumbroso: — ¡Jerónimo! ¡Viejo!

Nada más. Un hombre ya casi anciano arroja con desaliento su maltratada tercerola y se vuelve hacia el rebaño femenino. Busca ávidamente en él; pero antes de haber acertado, recibe un empellón. Ha de ir a formar junto a sus compañeros, cabizbajo.

Ya a punto de haber sido desarmados todos los parciales de don Gabino, escúchanse un galope de caballos y una descarga de fusilerías: es la guerrilla de Sóstenes que, habiéndose retirado en mentida derrota, vuelve a la carga: los vencedores, engreídos, no habían previsto aquel regreso. Pagan ahora su culpa: uno de los suyos rueda con la frente perforada de un balazo, otros han quedado heridos y aunque de momento no se percatan, de ahí a poco gemirán mordidos por el dolor.

Prodúcese desconcierto. Sólo Julio, que ha fingido no reparar en la desbandada transida de gritos de las mujeres, ni en el movimiento de reflujo de su tropa, se pone al frente de ésta. Relincha, encendido ya el ánimo:

—Arnulfo, cuídame a ésos.

Picando espuelas, se lanza hacia adelante, seguido solamente de su escolta.

—¡Vamos! ¡Vamos, muchachos!

La polvareda que levantan, los devora unos segundos; mas a poco, emergiendo de entre las volutas, reaparecen a distancia, cerca de Sóstenes y los agraristas. Entonces roncos aullidos de reto queman al día y los disparos se multiplican. Se ven caballos encabritados, en alto los belfos, que manotean en el aire estremecido. Se ven brazos humanos que se prolongan o se retraen en ademanes violentos.

Todo es súbito y veloz, como relámpagos, todo se suscita para dejar de existir casi en su instante. Y la confusión gobierna en el estrecho ámbito aldeano.

Arnulfo, pie a tierra, teniendo en una mano las riendas de su bridón y en la otra el desnudo machete, está como al margen del retén de vigilancia. Mira, mira a la batalla con ansiedad. En su dura faz morena parece no haber sino ojos, unos ojos repletos de extraña luz.

Cerca de él, aunque aparte, ávidos también, ansiosos, custodios y prisioneros miran hacia la lucha. Se han olvidado de sí mismos por estar atentos al encuentro, por asir el desenlace cuando el desenlace llegue. Ahí, junto al estruendo, ahí junto a la cólera, la callada expectación adquiere un siniestro prestigio.

Mejor situado que los demás, sobre un montículo, Arnulfo advierte que Sóstenes y su guerrilla titubean. Advierte también que Cándido los ataca por la espalda. Es la certidumbre del triunfo.

Traído por la marea del espectáculo y mientras sus ojos se hunden en la crueldad, surge un recuerdo en la memoria del joven, el recuerdo de Francisco, aquel mozo amigo que fue muerto en el refugio del bosque; yacía en un lívido yacer, rígido e inmóvil, después de una noche de orgía. A ese recuerdo se asocia otro: el de Gabino, el esposo de Petra, asesinado en Ojo de Agua por este mismo que hoy proclama con sus actos su denuedo...

El odio, mal atado por el tiempo, mal atado por otro odio, cuchichea en voz baja en el corazón de Arnulfo. A poco de eso, el cuchicheo es alaridos.

La mirada del hermano de Petra no se aparta de Julio: está el caudillo en la plenitud de la lucha, recio y seguro. Se le distingue de los demás por su fiereza, por su agresividad: sosteniéndose jinete con sólo las piernas, blande con una mano el sable de curva hoja y empuña en la otra una pistola. No le importa el peligro, se diría que es inmune al peligro, porque otros caen cerca de él, y él, más codiciado que ninguno por la muerte, continúa luchando con la seguridad de la victoria, alentado por una fe indomable.

Va a tener victoria, una victoria más, la mayor, la decisiva. Arnulfo lo sabe. Por saberlo, escucha los alaridos de su corazón: pausado el ademán, sin darse cuenta él mismo de que lo hace, envaina el machete y requiere del arzón el fusil. Lentamente, muy lentamente, apunta hacia el bárbaro espectáculo, persigue con la mira del pavonado cañón la figura de Julio. De repente, antes que la reflexión pueda trocarse en orden o en consejo, Arnulfo oprime el gatillo.

Es una detonación, nada más que una detonación entre la batahola. Arnulfo baja su arma sosegadamente: allá, en el lugar del combate, Julio ha abierto los brazos, arroja sable y pistola, cae de la silla de su cabalgadura. Tanta cólera inflama a los que pelean, que no se percatan de lo sucedido. En cuanto a los espectadores, el retén y los prisioneros, de tan distraídos en su ansiedad, no oyeron la detonación. Y desde su sitio, sólo dominan el conjunto, no pueden ver los pormenores.

Unos minutos todavía, prosigue el cruento choque, hasta que Sóstenes, persuadido de su fracaso, vuelve grupas en compañía de unos cuantos. Se aleja a toda carrera.

Un silencio hondo como un socavón se abre en la mañana. En ese silencio caen, transcurrida una pausa, gritos de júbilo, algunas injurias. Y después, al final, otro silencio más profundo, tétrico, casi feroz de tan extraño: Cándido ha descubierto el cuerpo exánime de Julio. Los jinetes desmontan con graves, cautelosos movimientos, forman un pesado corro, se miran de soslayo, como culpables, y después callan. En el centro del corro, puesto de hinojos, Cándido sostiene con su mano la cabeza ensangrentada de Julio.

Praxedis, que se había rezagado por perseguir a los fugitivos, se abre paso con rudeza, rompe el corro, se coloca junto a Cándido. Una ojeada le basta: el negro agujero en la sien es la muerte.

—Es inútil... —crascita. Y muy pasito, para sí—: No tiene salvación.

Como en desesperada, ya casi póstuma protesta, los párpados de Julio se elevan penosamente para desnudar una mirada opaca, marchita.

—¡Julio! ¡Julio! —bala su lugarteniente.

La mirada no cobra expresión, permanece fija, borrosa, perdida en quién sabe qué impreciso limbo. Si no fuera por un leve temblor de labios, se diría que el caudillo ha dejado de alentar.

Los hombres que rodean al moribundo, se descubren uno después de otro. Nada dicen, pero su taciturnidad es más impresionante que un llanto, que los plañidos y las lágrimas. Se descubren uno después de otro.

En eso, perforando el cerco humano, Petra irrumpe en la escena, escoltada por otras mujeres. Un grueso grito, como de queja, y una inmovilidad crispada, delatan su sorpresa.

Repentinamente, entre el pasmo de todos, se postra junto a Julio, toma en sus morenas manos la cabeza cubierta de sangre, la coloca suavemente en su regazo. El enfaldo morado se mancha, mientras los dedos endurecidos, toscos, acarician una frente viscosa, sucia de sudor y polvo... Después: una postrera conmoción, un desmayado estremecimiento: los ojos siempre fijos, los labios ya quietos, indican que Julio ha muerto.

 

 

 
 

* Tercera parte, Capítulo IX, “La muerte”.

 


Camaradas*

 

9. El escritorio es macizo, resistente. Sentados a él están Laura y Galván. Laura aporrea una máquina de escribir anticuada. Galván dicta. Es en la salita contigua a la calle, en casa de Serafín Campos.

Él, adentro, en la alcoba, habla con Duplán. Suspenden su coloquio cuando deja de oírse el tecleo de la máquina de escribir.

—Si conseguimos que Arroyo lo sustituya en la Cámara del Trabajo, acabamos con él.

—¿Quién es Arroyo? —inquiere Duplán—. Su acento, indiferente y lejano.

—El que cayó el domingo en el mitin de los tranviarios. También es estudiante, como Aurelio.

Inmóvil, gordo, con sólo unos labios que rebullen parsimoniosamente, Gonzalo insiste:

—Pero ¿quién es Arroyo?

Desconcertado, Campos calla unos segundos. Observa a su interlocutor con mirada cenagosa.

—¡ Ah, ya sé! Si es por eso, no te preocupes. Es un entusiasta... ¡y no tiene más que entusiasmo!

—Bueno, bueno —accede Duplán—. Sus anteojos cabrillearon.

—Es el responsable de la célula del Correo Mayor.

—Eso no importa.

Árido, siempre árido. No dice más.

—¿Te das cuenta?

Meditan en silencio, atisbándose con disimulo.

—Pero está preso —articula Duplán.

—Una colecta del Socorro lo arregla todo. O le hablamos a algún simpatizante rico.

Se regodean con la idea. Sonríen.

—Una semana hay que hacer mítines de fábrica, de calle...

—¿Una semana? Arroyo puede estar libre bajo fianza el jueves.

—No. Cuatro días de cárcel es muy poco: no da tiempo para movilizar las masas. Que el Partido, la Liga, el Socorro manden sus protestas...

—¡Y la Cámara del Trabajo! —interrumpe impetuosamente, con malicia. Campos.

—La Cámara del Trabajo también. Y mítines, muchos mítines. Que sepan de él todos, que oigan su nombre: ¡Arroyo, Arroyo, Arroyo!...

Llega a ellos el ruido monorrítmico de la máquina de escribir. Laura y Galván se obstinan en su tarea. Es señal de confianza haberles encomendado trabajo ilegal.

 

10. No es un chiscón, pero el descuido hace que lo parezca. La bombilla eléctrica, opaca de polvorienta, ilumina con pobre luz la cama deshecha. Hay ropa usada en las sillas. Hay el cajón abierto de un mueble. Y hay telarañas en los rincones.

Rosa, las manos apretadas convulsivamente, se asoma al balcón y mira hacia la noche, mira el silencio y mira la sombra. El mustio alumbrado público señala la tristeza de la calle, la hace más solitaria, le impide refugiarse del todo en la oscuridad.

Un transeúnte pasa a lo lejos. Sus pasos no tienen ruido. Rosa, a sabiendas de que no es Aurelio, persigue con los ojos aquella silueta, como solicitando su distante compañía.

Un automóvil hace brillar sus faros a tres calles de distancia. De pronto tuerce el rumbo y la luz que proyectaba es chupada por la noche. Rosa siente un poco de desencanto, tiene la impresión de que acaba de acaecer una pequeña desgracia. Y se llena de presentimientos: ¿estará preso Aurelio, lo habrán empujado por tenebrosas crujías? ¿O?... ¡No sabe qué!

Transcurre el tiempo. Rosa empieza a sentir frío, frío y fatiga, y se arrebuja en su chal. Del reloj de la iglesia descienden lentamente dos campanadas Después de ellas, el silencio se amplifica, parece más silencio que antes.

Unos minutos: cinco, seis. Se escucha el ruido de la puerta al ser abierta. Rosa se vuelve bruscamente, preguntándose “¿Cómo no lo vi llegar?”

No es él. Es el camarada Felipe, con su carita sonriente, de muñeco. Saluda muy ufano a la usanza del partido:

—¡Salud, camarada!

Ella no contesta. ¿Para qué? Su esperanza, apenas nacida, murió. Es Felipe, nada más Felipe. Aurelio, en cambio...

—Ya sé: no está. ¡Y tú, esperándolo!

Se sienta sin ceremonias en el borde de la cama. Y ríe.

—Dile que en “La Urna” quieren su dirección. ¡Es la huelga, compañera, alégrate! Es la huelga, y piden a Aurelio.

—Se lo voy a decir —contesta ella. Titubea antes de añadir:

—Cuando llegue.

 


11. Robles, el responsable de la célula de “La Primavera”, mira con indulgencia a Benítez, un aprendiz de cara tosca y expresión franca. Están en un café de chinos y cenan: mastican pan y mastican palabras. Robles, con la boca llena de migajas:

—Ya le hablé al camarada Duplán, ten calma.

—Llevo un año en el Socorro Rojo Internacional, he cumplido todas las comisiones...

—¿Y eso qué? —exclama despectivamente Robles. Benítez ríe un poco, sin ganas, como si se riera nada más con los dientes. Regresa a su tema, humilde y paciente:

—Bueno, compañero, yo lo que quiero es entrar al Partido, y, si no se puede, a la Liga.

—Te digo que esperes, no es tan fácil. —El camarada Zarate dice que ya estoy preparado.

—Zarate es secretario general de la Cámara del Trabajo, no del Partido profiere agresivamente Robles.

—Entonces, ¿no se puede abrazar libremente la causa del proletariado?

—¿Quién dice eso? Cualquiera puede ser comunista, si demuestra que es sincero.

—Yo lo probé ya, con un año de sacrificios.

Robles se enfurece de repente. Sus ojos brillan iracundos y su rostro enrojece, como iluminado por el resplandor de una hoguera.

—¿Y tú quién eres? Espera a que los compañeros dirigentes digan si eres sincero, o no.

 

12. De las literas penden, como frutos, brazos, piernas, alguna cabeza despeinada y sucia. Huele a retrete, huele a sudor, huele también a mariguana. Y se siente frío, un frío sin luz, porque hasta el separo no llegan sino los reflejos de la bombilla que ilumina al corredor.

—¿Por qué te trajeron? —pregunta una voz a Arroyo. Y antes que él pueda contestar, otra voz responde:

—¡Por bueno! Insiste:

—¿Por qué te trajeron?

Arroyo, loco ya de dos noches en la soledad de la celda individual en que estuvo antes, pretende refugiarse en el silencio; pero un aliento pútrido y unos ojos cercanos, de helado fuego, unos ojos que parecen estallar más que estar en la penumbra, lo obligan, se le hunden como clavos en la voluntad.

—Yo soy prisionero político: hablé contra Calles ¡y ya ves!...

De lo alto de una de las literas baja un grito burlón y cínico:

—¡Hasta que se le hizo a la Mariposa!

Arroyo siente que una mano blanducha le sube por las piernas. Instintivamente se esquiva. Habla a la sombra, no sabe a quién, no ha visto a quién.

¡Déjame, desgraciado!

Un puñetazo en pleno rostro mutila el vocablo. Arroyo siente la sacudida en el cerebro. Sobre su cuerpo relajado se abate otro cuerpo. El joven, entonces, se defiende a puntapiés, a bofetadas, golpea el vacío con rabia. Y grita, grita como un poseído, sin saber qué.

De las literas desciende una algarabía que hincha el ámbito del separo y lo desborda. Es un estruendo voraz y negro en que ninguna voz articulada sobresale.

Arroyo tiene la impresión de que han pasado largos minutos, cuando un rumor de llaves y el chirrido de una cerradura provocan de golpe, el silencio.

 

  

 
 

* Capítulo III.

 


¡Viva México!

 

Han hecho negocios solidariamente. Y eso es bueno, mejor que una simple amistad. Porque, a ver, la amistad a secas, ¿para qué sirve? Y también, ¿qué putería es la amistad si los locutores de radio y televisión le dicen a uno “amigo”? El ingeniero Garza y Joaquín Cuevas, el hermano de Magdalena, son amigos de los buenos: hacen negocios solidariamente.

—Délo por hecho. México será la sede de la próxima olimpiada.

Joaquín. — Gracias al prestigio que ha ganado para el país el señor presidente.

Como siempre que expulsa un señor presidente, se le estiran los dientes y sus labios se fruncen en alforzas, bieses y olanes. ¡Señor presidente! Hay que pronunciar lo untuosamente, suntuosamente. No con sencillez o familiaridad: sería una irreverencia. Y ¡no, no, no, no, no, no! Joaquín Cuevas no lo haría por nada del mundo.
El ingeniero Garza, que es un alegre pedazo de naturaleza, no tiene esos escrúpulos. Y conoce a Joaquín desde hace más de mil años.

Garza. — Mire, Cuevas, vamos hablando a calzón quitado. A usted y a mí nos importan una pura y dos con sal el señor presidente y el prestigio de México y la chingada madre. Lo que nosotros queremos es lana, ¡lana!

Después de unos iniciales ojos de espanto, Joaquín sonríe y mira cómplicemente a su interlocutor.

Joaquín. — Contratos es lo que usted quiere, ¿verdad?

Garza.— ¡Hasta la pregunta es méndiga! La olimpiada quiere decir obras y yo tengo diez millones de maquinaria para hacer obras.

Inclina la cabeza, pensativo, Joaquín Cuevas. Disimuladamente avienta una mirada contra el ingeniero
Garza. Piensa cómo sacar ventajas: entre amigos que hacen negocios, está permitido.

Joaquín. — Si de veras va a ser aquí la olimpiada, como dice usted, México gastará mucho dinero, ¡mucho! Pero no crea que las ganancias van a ser nuestras. Primero están los cacas grandes que tienen sus constructoras de trasmano.

Calla tácticamente, esperando la reacción del ingeniero Garza. Este no se desconcierta.

—¡Usted tiene muy buenas palancas! —vocifera—. Algo podrá agarrar, aunque no sea mucho.

Joaquín.— Sí tengo muy buenas palancas; pero ellos no tienen carta aborrecida, y si un quinto ven, un quinto se clavan.

(Lo que busca es hacer que el asunto parezca difícil, para cobrar mayor porcentaje).

Va a hablar el ingeniero, cuando el interfone farfulla que ahí, en la antesala, está Magdalena. Garza aprovecha la coyuntura: se marcha empujando carcajadas y manotazos al aire. Joaquín se sienta en el sillón, tras el escritorio, y adopta una actitud solemne: sabe que algo va a pedirle Magdalena.

—¡Querida Magda! —prorrumpe, y, sin pararse, le tiende la mano.

Hace que ella se siente en la silla más cercana. Un gesto insinuante frota a sus músculos faciales: su sabiduría de hombre de negocios le ha enseñado que para decir “no” hay que parecer amistoso. Y sonríe con una sonrisa ejercitada muchas veces: una sonrisa con destellos semejantes a los que despierta un escupitajo en un charco podrido.

Joaquín.— Tienes dificultades, ¿verdad, hermanita? Dímelo con entera confianza. Soy tu hermano.

Las manos enguantadas, en que los nervios tiran de los dedos como de títeres, prolongan el silencio de Magdalena. Joaquín la contempla. Vierte su sonrisa en la risa. Su risa rechina como niños que lloran.

Joaquín. — Los intereses. Estoy seguro de que son los intereses. Desde un principio me pareció que no podrías, pero ¿cómo decírtelo, si estabas tan exigente?

—Sí, los intereses —balbucea Magdalena.

Joaquín. — Y quieres una nueva mora, ¿no es eso? Pero ¿no te das cuenta, Magda? Ya lo hice una vez, y si vuelvo a hacerlo... Yo soy parte de un proceso que no puede detenerse. En estos casos, los asuntos pasan automáticamente al departamento legal. ¿Qué quieres que yo haga, qué quieres? Además, te queda el rancho, ¿para qué te sirve?

Magdalena.— Unos días nada más. Yo haré milagros si es necesario.

Joaquín.— ¡Imposible! Yo daría un brazo, daría la cabeza, pero...

Magdalena. — Si quisieras...

Joaquín.— De querer, sí quiero; pero no puedo, no puedo.

Ahora es ella la que sonríe. Una sonrisa doble: una mitad, desprecio; la otra mitad, lástima.

Magdalena. — No te preocupes.

Se pone de pie. Erguida, casi juvenil, va hacia la puerta, sale. El se hunde en su sillón. Deja pasar unos minutos, con los ojos y la mente en nada. Precavido, evita el riesgo del interfone. Usa el teléfono.

—Conchita: déme el legal, con el licenciado Zendejas.
Pausa.

—¿Recuerda usted el negocio de que le hablé ayer? —Sí, sí, ése.

—Proceda inmediatamente.

—No.

—¡No!

—¡Proceda!

Los negocios son los negocios. Se frota las manos y dentro de cuatro años si la olimpiada se hace aquí.

 


La sangre vacía

 

—No te vayas.

Untaba su piel desnuda en la desnuda piel de Julio. Suplicaba y exigía a la par, con lasciva quejumbre.

—Tengo quehacer, ¡es importante!

—¿Más importante que yo?

La pregunta lo aventó contra la inseguridad: dudó un instante. Lilia supo aprovechar el menudo lapso y enhebró en él que Leticia fue a pasar unos días en la casa de campo de mi hermana y la criada está en su pueblo. ¡Estamos solos y podemos dedicarnos a coger como leones!

—Tengo que irme.

Pero permaneció en la cama, dando ocasión para que los labios de Lilia llovieran sobre el velludo pecho, para que la lengua de ella penetrara como un húmedo dardo en la boca de él, antes de caer sobre la virilidad erecta.

—No te vayas. No te vayas, ¡por favor!

Puso sus nalgas en las manos de Julio: el curvo contacto borroneó la voluntad. Lilia lo supo al margen de la conciencia y apeló a un estímulo de probada eficacia:

—Dime que soy tu puta. ¡Muérdeme!

—Tengo que irme —mecánicamente, enflaquecida ya la decisión.

Concibió vagamente la idea de estar atado. ¿Por qué? Sin alcanzar a discernirlo, cayó como una atarraya sobre la desnudez de Lilia, envolviéndola toda entera. Antes de entrar en ella, un negro relámpago: deben haberse ido.

No se habían ido. Eleuterio Rivera enunció la hipótesis de que algo le sucedió, porque él nunca falla.

—Faltan ocho minutos y Luna dijo que ese pájaro (Olvera, ¿no?) acostumbra concluir la clase a las diez en punto. No antes, ni después.

Arnulfo, sentado en el asiento posterior, junto a Aniceto Rojas, carraspeó al notar que Eleuterio ponía en marcha el automóvil.

—Acuérdense: Silvestre señalará a Olvera cambiando de mano sus libros al pasar junto a él. Además, sabemos cómo es: chaparro, flaco, con anteojos de arillo metálico... y lo acompaña siempre su chofer.

Repitió las instrucciones de Robles.

—Si Luna no da la señal, suspendemos todo.

—Pero, ¿vamos a hacerlo? —articuló Lino González medrosamente.

—¡Por supuesto! Más instrucciones:

—Nos esconderemos en los arbustos que están a los lados de la escalera. Con su sombra y la obscuridad de la noche, nadie nos verá.

—¿Tú también?

—¡Claro!

—El compañero Robles te ha dicho mil veces que eres fácil de identificar...

Aniceto no terminó, pero Eleuterio había comprendido. La vergüenza y la cólera le agarraron la garganta.

—Puedo hacerlo tan bien, o mejor que como lo haría otro.

No pudo evitar un tono amargo y rencoroso. La alusión de Aniceto le había llegado hasta la médula, y, de una sola vez, se amotinaron en el subsuelo de su memoria, sin tomar forma, las humillaciones, las burlas y el des—, precio largamente sufridos.

—¡Y yo dirigiré!

Se sintió feliz de haberlo dicho, de haber podido decirlo. Feliz como nunca lo había sido. Y la idea de que iba a realizar una gran proeza atravesó su mente de largo a largo.

—Y si —murmuró Arnulfo Valdés, y calló al punto. Lino González guardó silencio. Aniceto Rojas, también.

Habían llegado al ámbito universitario. Eleuterio dirigió el coche hacia el estacionamiento de la Facultad de Economía, en donde no había más que sombras y dos automóviles estacionados. Uno de ellos grande, lujoso.

—Es el de Olvera —murmuró Eleuterio, como si hablara consigo mismo.

En aquel momento el miedo tocó su piel como un frío. Sin embargo, la noción de que llegaría hasta el final fue más fuerte que el miedo.

Colocó el automóvil apuntando a la salida del estacionamiento, sin apagar el motor. Se apeó, seguido por los otros tres. Fueron como coágulos de sombra entre la sombra fluida de la noche, que chupaba los contornos. Se emboscaron en uno de los macizos de azaleas plantados a ambos lados de la escalera.

Por el pasillo que desembocaba a la terraza antepuesta al estacionamiento, avanzaba un grupo de siluetas. Eleuterio reconoció entre ellas la de Silvestre Luna, que caminaba a la zaga de un hombrecillo enteco, frágil, vestido como un petimetre: Olvera. A su lado oscilaba, movido por pesados pasos, un jayán, cuya alborotada cabellera parecía un resplandor. Era el chofer.

Al llegar el grupo a la terraza. Luna se puso al lado del hombrecillo e hizo la señal convenida: cambió a la siniestra mano los libros que llevaba en la diestra.

Eleuterio, Arnulfo, Aniceto y Lino esperaron a que Olvera y sus acompañantes llegaran a la escalera, y se volcaron sobre ellos. Arnulfo dio un empellón al jayán que acompañaba al catedrático y empujó a éste hacia Aniceto y Lino, que, tomándolo por los brazos, lo llevaron en volandas al automóvil en que habían llegado. Pocos segundos necesitaron para hacerlo.

Desprevenido, el acompañante y custodio de Olvera dio un traspiés. Al recobrar el equilibrio tuvo un confuso atisbo de lo que pasaba y, por instinto más que por designio, desenfundó su pistola y la disparó contra unos bultos que se alejaban, incrustándose en la tiniebla cercana. Eleuterio, con un grotesco salto, volvió al refugio de las azaleas. Ahí echó mano al arma que llevaba al cinto y se disponía a hacer fuego, cuando le llegó la voz perentoria de Silvestre Luna:

—¡Corre!

Abandonó el áspero ramaje en que se había guarecido e intentó emprender la carrera; pero sus piernas no coincidieron con la intención y cayó de bruces, enredado en ellas. Ahí, yacente, empuñada la pistola, vio que, subrayando la lobreguez con más lobreguez, una figura humana se acercaba a él. Después, dentro del mismo lapso, un fogonazo y una cascada de sombras.

Silvestre Luna tenía metida en la mente la lección que Julio Robles dio a todos: en las situaciones críticas, cada quien debía procurar su salvación, desentendiéndose de los demás. Ágil, ligero, con unos cuantos saltos fue a unirse a Arnulfo, Aniceto y Lino, que habían abordado su automóvil, después de haber arrojado en él a Olvera.

—¡Vámonos!

—No: Eleuterio...

—¡Vámonos!

Empujó a Arnulfo y se puso al volante.

—¿Y Eleuterio?

—¡Vámonos!

Se alejó de la Ciudad Universitaria por calles poco transitadas. No cejaba: había sido un sentimentalismo estúpido. O: estaba muerto, ¡muerto!

Arnulfo y Aniceto volvían a la carga, como no te cercioraste, nada más lo supones. También: ¿Cómo lo sabes?

—¡Muerto! El chofer le disparó a quemarropa.

—¡No!

Era un coloquio mechado de disputa.

De pronto Olvera exhaló un gemido. Apoyaba la cabeza en los muslos de Lino y, derrumbado en el piso del automóvil, se había quejado quedamente, sin que le hicieran caso.

—¡Dios santo! Lino:

—¿Qué le pasa, amigo?

Sin explicárselo, la adolorida queja del catedrático engendró en él un oscuro solaz.

—...Me estoy... me estoy muriendo.

—¡No diga pendejadas! Y, con golosa cólera:

—¡Pinche burgués!

Olvera calló. Respiraba como si sollozara. Al pasar por un paraje en que la luz artificial alumbraba el interior del automóvil, elevó una mano, una mano cuyos dedos chorreaban sangre. Otra vez:

—Me estoy muriendo.

Lino, a Aniceto, que con él compartía el asiento trasero:

—¿Viste?

—Sí, sangre —con indiferencia.
Entonces Lino, a Arnulfo:

—Este chango viene herido.

—¿Herido? Nosotros no disparamos un solo tiro.

—Debe haber sido su propio guardaespaldas. Silvestre, que escuchaba, detuvo el automóvil en un sitio apropiado, por solitario. No hizo preguntas: le bastó ver el charco de sangre que se había estancado debajo de Olvera.

—¡Carajo!

Arnulfo declaró que no podemos seguir el plan: moriría en el camino.

—Hablaremos por teléfono a Julio.

—Nunca nos ha dado el número de su teléfono. Nos advirtió que él sería el que se comunicaría con nosotros.

—Vamos a su casa.

—Nadie sabe en dónde vive.

Tenso, angustiado, enmudeció Silvestre Luna. Quería pensar, encontrar una salida, y no podía. Arnulfo pudo:

—Mi casa está cerca. Vamos a llevarlo y ahí pensaremos qué hacer.

Indicó a Silvestre qué itinerario debería seguir.

 


EL paraíso podrido

 

12. —Si termino temprano, te recojo en el museo para llevarte al cine.

—¿Qué museo?

Guillermo me endilgó una mirada de tres tiempos.

—¿No es un museo teratológico la casa de tus papás?

Cambiando a risueña su mirada, me preguntó:

—¿No has visto qué cantidad de monstruos van a visitarla?

Me habría echado a reír, si no fuera porque cuando le celebro un chiste se desboca. Preferí hacer tango.

—¡Pobre papá! Bien que le dan lata.

—No creas. Para mí, que se divierte con esa bola de huelepedos que andan tras de él. Y puede ser que al final del cuento...

—¡Papá no es político!

—No era, pero ya lo hicieron, como castigo de ser amigo de Gálvez.

—No es político —me obstiné.

En mis ratos de ocio he pensado en el asunto y gracias a eso pude echarle a Guillermo un discursito que lo dejó de a seis. Ni yo misma sé lo que dije; pero debe haber sido algo bueno, porque apantalló a mi marido, que es mucho decir.

—Si Gálvez es el tapado, y yo creo que sí, tu jefe va a quedar muy bien.

—a la mejor Gálvez ni lo pela a la hora de la hora: una cosa es la política y otra la amistad.

—Papá no va a saber acomodarse. Estoy segurísima de que eso va a pasar, aunque papá ande ahora muy atareado y llegue echando el bofe:

—Martín me dio una comisión —y se atraganta para no perder tiempo comiendo como se debe.

—En cuanto acabes, te vas a dormir una siesta, Tomás.
Pero qué siesta, ni qué nada. En la sala hay un lambiscón que espera, o va a llegar de un momento a otro.

Halaga a papá que lo traten con mucho respeto:

—Don Tomás.

—Señor Garduño. Los gallones le dicen:

—Querido amigo.

Y los amigos, los viejos amigos, lo tutean a gritos, para que los demás se den cuenta:

—Oye, Tomás...

U:

—Oye, Garduño.

Es la única satisfacción que va a quedarle, porque cuando Martín Gálvez sea presidente, ni un lazo va a echarle. Me acuerdo de Rodolfo Álvarez: papá lo ayudó a morir para que fuera gobernador y cuando fue a pedirle que le correspondiera, sólo le dio largas.

—Ando volando bajo. Tú puedes ayudarme.

—Mira, Garduño, ahorita tengo unos problemas, que Dios guarde la hora; pero en cuanto salga de ellos, te mando llamar.

Un amigo le explicó a papá:

Álvarez está enojado, porque le hablas de tú en público. Dice que sólo algunos altos personajes tienen ese derecho, no cualquiera.

...La que se está mandando, es Marta.

—La hija de Tomás Garduño no puede andar mal vestida...

Y ahí va la billetiza. Anda de a tiro echada a perder, además de que no falta al salón con pretexto de que pueden verme sus amigos y qué dirán si me ven toda trazuda. Se hace unos peinados, que dan ganas de vomitar. La muy mensa no ha aprendido que le echan flores, porque es la hija del amigo de la infancia de Martín Gálvez. Aunque, para qué es más que la verdad, el amor y la ropita la han compuesto mucho. Pero, de todas maneras, que no se ande azotando, ni se ande creyendo muy salsa.

—Fíjate que un chavo monísimo, uno que vino con el presidente municipal de Guadalajara, como que me quería soltar los perros.

—¿Le diste puerta?

—¿Cómo crees?

Enrique mucho te amo, te amo, pero nada de boda. Y el manguito ese, ¿lo haría? Más vale pájaro en mano, que ciento volando.

—Eso mismo pienso yo.

—Más vale pájaro en mano...

—¡Ah! ¿Ya?

Cata siempre ha tenido la mente cochambrosa. Desde niña, cuando íbamos a la escuela, andaba con esas cosas. Me acuerdo que en el camión nada más se estaba fijando. ¿Viste qué bultote el de ese muchacho chinito, el que iba frente a nosotras?

 


Epílogo

 

Jorge Cuesta fundó en 1932 la revista Examen. Abrigaba la esperanza de que esa publicación fuera el punto de partida de una gran editora de obras literarias.1

En los números 1 y 2 de Examen, correspondientes a los meses de agosto y septiembre de 1932, se publicaron los capítulos iniciales de mi novela Cariátide. Esas fueron las únicas partes conocidas de dicha novela, hasta que, en 1980, Javier Sicilia publicó otros fragmentos en su obra Cariátide a destiempo y otros escombros. Los fragmentos a que me refiero, se los proporcioné yo a Sicilia: habían sido sustraídos de la imprenta “Mundial” por Natalia Cuesta, hermana de Jorge, cuando éste y yo fuimos sometidos a un proceso penal por haber dado a la estampa los fragmentos de Cariátide ya mencionados.

Todo eso se relaciona con un viejo y empolvado escándalo, del que sólo importa que Cariátide legitimó el uso de las “malas palabras” en literatura, merced a una sentencia absolutoria del juez Jesús Zavala.

Porque esa importancia tuvo Cariátide para la literatura mexicana, considero que es conveniente reproducir unos pasajes de la obra, aunque ésta no figure entre las novelas que he publicado. Los pasajes que reproduzco están tomados de la parte de la obra que rescató Natalia Cuesta. Para entonces, ya había quemado yo la única copia del manuscrito. El propio Jorge Cuesta alude a esta conducta en la reseña que hizo de otra novela mía. Camino de perfección:2

“Nunca dejé de lamentar que esta novela (Cariátide) no hubiera llegado al lector en toda su integridad. Después he tenido que lamentar la suerte que corrieron otras del mismo escritor, cuyos manuscritos fueron sacrificados a su insatisfacción, por medio del fuego.3

Como se advierte, Cariátide, sin que cuente para ello su calidad literaria, tiene importancia para la historia de la literatura mexicana. Es por eso que transcribo, marcados con los números I y II los pasajes a que antes me referí.


I

El del mariachi que está junto al Peludo grita:

—¡Va l'última!

Los hombres de los sombreros de zoyate se reúnen en torno a una mesa y cogen sus instrumentos: violines, guitarras, bandurrias, un salterio. De todos los rincones salen gritos.

Rompen con el jarabe tapatío. Una mujerona vestida de verde y un borrachín greñudo saltan a los mosaicos y marcan los pasos. Ella jadea, tratando de imitar a su compañero, que trenza hábilmente los pies.

Los espectadores llevan el ritmo dando palmadas o corean los acordes con gritos agudos. ¡Aaaah! ¡Jijaaaa!

—¡I-ja-ja-ja-ja! —se oye, como un relincho.

Acaba el jaleo. Algunas mujeres piden al cantinero sus abrigos, entre ellas la de los ojos negros. A su lado se tambalea un hombre corpulento, sucio, de ojos lagañosos.

—¿Entonces voy contigo, Nelly? —pregunta tímidamente.

—¿Cuánto me vas a dar?
El hombre se azora. Vuelve los ojos a todos lados.

—Diez pesos —murmura al fin y lanza una mirada de miedo a un obrero vestido de azul, que bebe a sorbos una cerveza.

—Bueno —dice la de los ojos negros—, poniéndose el abrigo.

Un fifi empuja al hombrón, coge a la mujer del brazo y se la lleva.

—¡Carajo! —ronronea el hombre grande, estupefacto. El obrero se echa a reír.

—Ése es un chingón que hasta los olotes masca —maúlla el obrero quedamente.

Estalla un escándalo. Dos hombres jalonean a una mujer que se resiste a ir con ellos. Chilla y patalea.

—¡Cabrones! ¡Suelten, cabrones! —bufa.

Pero la vencen, la arrastran. El Peludo sonríe.

—¡Bah —piensa—, ni que fuera señorita! ¡Todas las vergas son iguales!


II

Un toque de cornetas y tambores llega a la galera de turno.

—¡Guarden silencio, señores! —grita con voz profunda y lúgubre el segundo.

Los presos empiezan a extender petates y sarapes sobre el cemento. Algunos se envuelven en viejos y raídos abrigos. Poco a poco se echan, aislados o en grupos.

David, angustiado, pasea a lo largo de la galera. No encuentra sitio en donde acostarse. De los sucios zarapes sobresalen cabezas rapadas o pies descalzos.

—¡A dormir, señores!

Un hombre tendido entre un grupo de yacentes hace una seña a David. Él se acerca. —Acuéstese aquí.

Se aparta un poco y ofrece un lugar sobre un cobertor a cuadros. David se acuesta. Tiene a un lado al hombre que le hizo la seña y al otro a un viejo vestido de negro, que se cubre con un abrigo.

—A ver cómo la pasa. Uste’s depositado, ¿verdad?

—Sí —contesta David.

El de guardia pasea por la ancha canal abierta entre las dos banquetas de cemento.

—Ssssh —silba.

Afuera, lejanas, se oyen las voces de los centinelas. Primero un silbato y después: ¡Alerta! ¡Alerta! ¡Alerta!...  hasta perderse en el silencio.

David empieza a dormitar. El duro suelo le lastima las costillas; pero la fatiga lo vence. Entrecierra los ojos. De pronto un agudo grito lo vuelve a la vigilia.

—¡Aaaah!

En la galera todos miran a dos de los presos que se cubren con un mismo cobertor. El de guardia, en voz baja, habla con ellos.

—¿Qué pasó? —pregunta David, sobresaltado.

—Estaban cogiendo ésos —responde alguien.

Se oyen risas. Después, el silencio se restablece lentamente. David no puede cerrar los ojos. Piensa: ¿por esto estará pasando la pobrecita?... Se incorpora y mira los manojos de hombres tendidos como sucios bultos en el suelo. Algo le muerde el pecho, muy adentro. Su mirada tropieza con un viejecillo que, al fondo de la galera, reza puesto de rodillas. El viejo inclina la frente y se golpea furiosamente el pecho. Reza largamente; pero de repente, al notar que el hombre que está echado junto a él lo observa, grita encolerizado:

—¿Qué ve, cabrón? ¡Duérmase! ¿Qué chingao le importa?

Se acuesta y se envuelve en unos trapos viejos.

—¡Chingada madre! —ladra.

La galera enorme, profunda, salpicada de hombres dormidos, cae en el silencio. No se oyen sino los pasos del de guardia, que van y vienen, los alertas de los centinelas. El sueño empieza a vencer otra vez a David. Un sueño ligero, sutil.

David despierta asustado. El viejo vestido de negro que está junto a él, le acaricia el pecho con sus manos negruzcas, clava sus ojos entristecidos en los ojos de David.

—Quítate el saco —ruega con acento melancólico.

David lo mira extrañado, no sabe qué hacer.

—Duérmase —contesta al fin, afligido, y se deja caer sobre el cobertor a cuadros.

Pero a poco las manos del viejo le palpan nuevamente el pecho. David, poseído de terror, se pone de pie de un salto.

—¿Por qué no te lo quitas? —insiste el viejo con tristeza y va tras David, buscando desabotonarle el saco.

—Quítatelo...

Entonces David huye del viejo y se sienta a la orilla de la banqueta de cemento. Ahí, cabeceando, pasa el resto de la noche.

Las cornetas y los tambores tocan con estruendo en el patio.

—¡A levantarse, señores!
 

 

 

1 En la página 27 de los números 2 y 3 de Examen, puede verse con qué obras esperaba iniciar Jorge Cuesta sus ediciones.

 
 

2 Letras de México, febrero 1 de 1937, pp. 3 y 9.

 
 

3 Cuesta se refiere, entre otras que no recuerdo, a Botín, Los Oliván y Complot. De esta última se anunció la publicación en las páginas de Examen.