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Selección
y nota de
Beatriz Espejo



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Nota introductoria

 

Julio Torri (1889-1970) nació en Saltillo, Coahuila. Allí cursó sus primeros estudios y a los quince años publicó su primer texto, “Werther”. Poco después estuvo en la ciudad de México para ingresar a la Escuela Nacional de Jurisprudencia en cuyas aulas entabló amistad con Alfonso Reyes y con otros jóvenes brillantes que formarían el llamado Ateneo de la Juventud, dedicado a propagar “ideas nobles y bellas”. Sus integrantes eran cosmopolitas y elitistas, se oponían a la generación precedente y se empeñaban en elaborar una obra original persiguiendo lo inefable. Pensaban revolucionar al país por medio de la cultura y sólo podían lograrlo preparándose concienzudamente. Torri se significaba ya entonces como lector voraz. Hay constancias de que leía doscientas cincuenta páginas diarias y de que este afán libresco lo llevó al aprendizaje de lenguas extranjeras. Escribía artículos publicados en El Mundo Ilustrado y en Revista de Revistas. Animaba las reuniones de su grupo adiestrando un diálogo ingenioso, poblado de anécdotas malévolas y aparentes contrasentidos. Tal ejercicio le sirvió en “El embuste” para elaborar buenos chistes destinados primeramente a sus amigos. Siguieron “La desventura de Lucio el perro”, de origen fantástico y popular, sobre un hombre que degüella a su compadre y arrepentido le pega la cabeza; “De la vida maravillosa de Salva-Obstáculos”, componedor por destino y ventura, y “El fin de México”, basado en una fantasía personal aderezada con elementos científicos ante el espectáculo del viejo Popocatépetl, que tras muchos siglos de hipocresía bajo los crepúsculos pudiera tener la chochez de una erupción. Hasta donde se sabe, y aunque no llegan a cuatro cuartillas, fueron los relatos más largos que hizo. En enero de 1912 apareció su primer ensayo propiamente dicho, “Escocia como patria espiritual”, y así desembocó en los dos géneros propicios.

Por esas fechas llegó a sus manos un libro capital, Gaspar de la nuit de Aloysius Bertrand, francés, vanguardista y escritor esmerado que le señaló el camino hacia frutos notables, “La vida del campo”, “La balada de las hojas más altas” y “Estampa”, entre otros. Charles Lamb y Jules Renard completaron las influencias fundamentales y Torri reconoció sus propios límites pero también sus posibilidades. Retomó “El embuste”, lo sometió a la depuración, lo redujo a unas cuantas líneas que constituyen un tratado y lo tituló “De funerales”. Se fijó en el peso de las palabras, en adjetivos que a menudo marcaban sus intenciones irónicas. Recurrió al ritmo interior de las oraciones, mejor a las alegorías que a las metáforas. Quiso perfeccionar el género de la prosa breve instalada en el “novísimo barco” y le sacó chispas a la sonrisa, filo a la síntesis, a la paradoja ideal para la sugerencia que desemboca en el silencio, esto es en lo que no dice totalmente.

Una recopilación de prosas aparecidas en publicaciones del tiempo dio lugar a Ensayos y poemas, 1917. Apuntaba una temática novedosa. Con “Vieja estampa” y “Fantasías mexicanas” cimentó la corriente colonialista que seguirían Mariano Silva y Aceves, Genaro Estrada, Francisco Monterde y Julio Jiménez Rueda. “La conquista de la luna”, antologada en múltiples ocasiones, inició en nuestro medio la ciencia ficción; en “A Circe”, Torri demostró que como buen poeta era profético y anunció su futuro de hombre soltero. “Era un país muy pobre” le sirvió para plantear la crisis de una nación que cobra auge económico gracias a sus producciones literarias, antes de precipitarse hacia la catástrofe por haber cifrado sus esperanzas en un producto, lo cual establece analogías inevitables con aspectos de nuestra economía petrolera. Gracias a este cuento vio su nombre junto con los de Artzybachev de Rusia, Ion Adam de Rumania y Grazia Deleda de Italia, en uno de los cuatro tomos de Lectura Selecta, número 17, que pretendía reunir muestras excelsas de las letras universales; sin embargo, Torri producía parcamente dedicado a diversos menesteres. Codirigió la Editorial Cultura, colaboró con José Vasconcelos dirigiendo también el Departamento Editorial de la Secretaría de Educación Pública, célebre porque puso al alcance de las masas obras de grandes maestros. Terminó algunos prólogos, algunas traducciones conocidas: Las noches florentinas de Enrique Heine, que por los tiempos de la Primera Guerra Mundial le valió ser acusado de germanófilo, y Discursos sobre las pasiones del amor de Blas Pascal. Soñó otras traducciones, las empezó y las dejó pendientes como el Peter Pan de Barrie.


De fusilamientos salió en el año 1940 y Tres libros en 1964. Torri reunía las dos anteriores y compilaba una tercera colección con su viejo método de echar mano a lo publicado. El resto de su obra se reduce a un Breviario del Fondo de Cultura Económica, La literatura española, resultado de su larga experiencia docente, a notas bibliográficas, reseñas de artes plásticas llenas de finas observaciones, apuntes que dejó dispersos considerándolos indignos de figurar en un volumen, y amenos epistolarios con Alfonso Reyes y Pedro Henríquez Ureña que sus críticos y antologistas entregaron a prensas.

Combatía la tristeza por medio de un humorismo impávido. En “De fusilamientos” —que tituló el libro prestándose a juegos idiomáticos—, presentó una escena atroz narrada con la frivolidad de un acto social intrascendente. Retrató lo imposible como posible y consiguió entrar a la corriente imaginativa. “El vagabundo” y “Los unicornios” lo confirman. No desdeñaba las instantáneas inspiradas en la antigüedad y concibió “A Circe”, “Plautina” y “Xenias”. Fue un crítico de la Revolución que le tocó vivir, al través de “La feria”, “Noche mexicana”, “La Gloriosa”.

Determinados asuntos le salieron al encuentro. Las nanas del siglo pasado, por ejemplo, asustaban a las criaturas repitiéndoles que los robachicos los convertirían en tamales. Torri cambió la tónica siniestra para redondear “La cocinera”. Marcó los tres pasos básicos de un cuento. En el planteamiento y el desenlace enfocó la anécdota tradicional, pero centró el desarrollo en una conversación incongruente entre comensales compartiendo las delicias de una merienda, y dictó cátedra de lo que un estilista consigue aun con historias trilladas. En “Para aumentar la cifra de accidentes”, “El mal actor de sus emociones”, “Estampa”, “De una benéfica institución”, “Beati qui perdunt...” expuso sus actitudes vitales, su moral más cercana al paganismo que al cristianismo, más amante de la libertad que de la sujeción. Su simpatía por don Quijote, parte de la legión inconforme, de los que rechazan moldes de fealdad y maldad ofrecidos para embrutecer la vida. Ello no obstante, un análisis detallado demostraría que los problemas estéticos y el drama del escritor frente a la página intensa lo obligaron a reflexionar largamente y concretaron sus mayores preocupaciones. Lo prueban sin ambages “El epígrafe”, “La oposición del temperamento oratorio y el artístico”. “El ensayo corto”, “De la noble esterilidad de los ingenios”, “La humildad premiada”, “El descubridor”, “Le poète maudit”, “Mutaciones”, todos los artículos, gran cantidad de fragmentos e, incluso, su discurso de entrada a la Academia Mexicana de la Lengua, sobre la Revista Moderna de México, campo para levantar una galería de retratos.


Habló de lo que entendía bien o se ligaba a su índole entrañable: los problemas del héroe y del falso héroe, del desdeñoso y el estafador, del que acepta o contradice, del bibliófilo que sonríe encantado al abrir un diccionario y confirmar una presunción filológica, del don Juan saudoso. No se engañaba. Sabía que los clásicos acapararon los temas importantes y que hoy sólo caben variaciones de pequeña monta. Exclamó: “¡Si fuéramos por ventura de la primera generación de hombres cuando florecían en toda su irresistible virginidad aun los lugares comunes más triviales!” y suspirando se conformó en el siglo xx.

Encarnación del espíritu de su época, sensual, sutil, humorista y despreciador de los altos ideales, logró matizar su literatura con los pensamientos profundos de quien ha recorrido muchos trayectos. En una de sus tres únicas prosas que enfocan la pasión exacerbada fijó este pensamiento: “Amamos, ambicionamos y odiamos como si fuéramos inmortales.” El supo recordar su mortalidad, apenas si la combatió trabajando a pausas.

 

 

 

Beatriz Espejo

 


Primeros cuentos

 

 

De la vida maravillosa de Salva-Obstáculos

El fin de México

 

 


De la vida maravillosa de Salva-Obstáculos

 

Aparte de que las fábulas hacen concebir como posibles muchos acontecimientos que no lo son, etcétera.

Descartes, Discurso del método. Parte I.

 


Salva-Obstáculos fue un hombre extraordinario; por confesión que hizo en artículo de muerte, nunca conoció lo que el mundo llama una dificultad, un impedimento, un imposible. Cuanto se propuso, ejecutó; todos los trabajos que empezó, todos, sin faltar uno, llevó a buen término. Si Salva-Obstáculos discurre anonadar lo pasado y cambiar lo que fue en lo que debió haber sido, a la hora presente careceríamos de imposible metafísico, yo os lo aseguro.

A decir verdad, no sé cómo era Salva-Obstáculos. Le vi dos veces y tantas he hecho en conversaciones su pintura —añadiendo siempre algún nuevo detalle— que he acabado por no saber si era alto o bajo de cuerpo, corcovado o derecho como un huso.

La infancia de Salva-Obstáculos fue la de un hombre de genio. No la hallaréis, sin embargo, en los libros para niños, al lado de la infancia del inventor de la máquina de vapor, del inventor de la máquina de coser, etc. Jamás partió Salva-Obstáculos con perros o gatos su pan ni su leche, ni compró con sus ahorros libros de texto para niños pobres. En compensación y desquite de esta dureza de condición, a los cuatro años fabricaba objetos de barro y de madera con una perfección que nunca sospecharon el viejo Franklin ni el inventor del telégrafo. Y a los cinco, tan ahincadamente se dio a componer, enderezar, remendar, completar y renovar, cuanto veía, que cuando cumplió seis años no había en su casa, en su pueblo, ni en veinte leguas a la redonda, relojes descompuestos, sillas rotas, puertas que cerraran mal del torcimiento de sus maderas, cerraduras sin llave y viceversa, etcétera.

Un día, jugando con una hermana menor, descubrió que las niñas no sabían razonar correctamente, y en su interior resolvió componer cuantas cabezas de niñas había en el mundo. A los pocos meses todas las niñas razonaban con notable perfección y uniformidad —sí porque sí, no porque no, sí, pero no— como relojes que señalan la misma hora. Hasta producían un ruido particular al pensar, un ruido semejante al de una pistola que se amartilla.

A los quince años, Salva-Obstáculos reformó la conversación de las gentes. Las pláticas fueron desde entonces rítmicas, justas, perfectas. Nunca volvió a oírse una paradoja. Algunas que ya habían pasado a la categoría de lugares comunes, de valores definitivos aun para las gentes del campo y los maestros de escuela, fueron desenterradas de los bajos estratos de la sociedad y destruidas en las plazas públicas. La familia, el orden, la buena fe, el espíritu de pesadez recobraron a la muerte de la paradoja todos los fueros y privilegios que habían tenido el primer día del mundo.

En su inclinación por la simetría y por la uniformidad, un día se puso a igualar la densidad de la población en todas las regiones del planeta. Desde entonces no se dio punto de reposo en medir tierras y distribuir en ellas a las gentes; y a los pocos meses todos los hombres estaban repartidos en el globo a razón de once por kilómetro cuadrado. Los libros de Geografía fueron corregidos. Los amantes de la exactitud no cabían de gozo, y sin embargo, los míseros mortales, señaladamente las gentes del campo, lloraban, reconocían que la simetría no constituye la felicidad, y saludaban tristemente a sus amigos del kilómetro vecino, sin osar traspasar los límites del propio, en su temor a quebrantar aquel orden que Salva-Obstáculos había establecido sobre la tierra.

Otro día, el héroe de este sencillo relato, se enamoró de la hija de un molinero holandés. ¡Qué excelente ocasión para terminar aquí esta historia, haciendo que Salva-Obstáculos, el acabador de las más difíciles hazañas, sea vencido, humillado y confundido por el Amor! Moralidad es ésta muy conforme con el espíritu general de las fábulas a que estamos acostumbrados. Y la presente relación podría ser asunto de una estampa en que hubiera un amorcillo que pone un pie sobre un hombre caído, y una leyenda alrededor que dijera: Omnia vincit amor, o cualquier otra cosa de este jaez. Desgraciadamente para el autor de esta narración, para las estampas, y para el espíritu general de las fábulas, Salva-Obstáculos se casó con la hija del molinero holandés y tuvo muchos hijos de ella.

Cuando Salva-Obstáculos murió, por sólo efecto de su voluntad siguió andando y pensando mucho tiempo, después de que su corazón había dejado de latir.

Entre sus papeles se ha encontrado un proyecto para simplificar los tratados de Astronomía —suprimiendo atracciones y repulsiones estelares— por manera que la Cosmografía vendría a ser accesible aun para los poetas y las señoras casadas. Un niño que no supiera sumar y restar, podría anunciar eclipses y cometas con tanta seguridad por lo menos como cualquier director de observatorio norteamericano.

Es opinión general que Salva-Obstáculos murió a poco de haber escrito este proyecto. Lloremos la muerte de Salva-Obstáculos y guardémonos de descubrir memorias y monografías sobre Astronomía.

 

 

 
 
México, 19 de enero de 1912.


El Mundo Ilustrado, 18 de febrero de 1912.

 

 


El fin de México
(Del Times de Londres)

A Carlos González Peña
 
 


Escribo este relato de la destrucción de mi ciudad para el Times de Londres. Pertenecí a la Sociedad de Geografía y Estadística de México, y no tengo otro título para implorar un poco de credulidad hacia esta narración.

Desde niños nos es familiar la literatura de terremotos, naufragios y demás calamidades, y así, omitiré todo pormenor que sea propio del género. No diré, además, sino lo que vi, que fue bien poco, pues mi salida de la ciudad ocurrió cuando las lavas llegaban a las primeras casas, por el rumbo de San Antonio Abad.

Declaro, finalmente, que abandoné a México sin ejecutar ningún acto heroico; y me daría, en consecuencia, mucho pesar verme mañana en libros de primeras lecturas con algún heroísmo grotesco a cuestas.

Ante todo, ha causado profunda extrañeza el comportamiento del viejo Popocatépetl, que tras muchos siglos de hipocresía bajo los crepúsculos tuvo la chochez de una erupción. En las leyendas del Valle de México desempeñó siempre el papel de abuelo bonachón y cachozudo que sonríe a las estrellas, indiferente a las preocupaciones humanas. —Si hubiera sido el Ajusco —decían los mexicanos— nada habría de extraordinario. Ni de temible, dada la preferencia que este enfant terrible de los volcanes americanos muestra por la vertiente del Pacífico.

La completa ruina de México se consumó a las siete de la noche del día veintitrés. La prensa diaria, en ediciones especiales, la había predicho para las cinco de la tarde. El Transigente la anunció para la una. Lo cierto es que aunque se sabía que las lavas del Popocatépetl se adelantaban lenta e inevitablemente por la carretera de Tlalpan, no se tuvo la certidumbre de la catástrofe hasta las dos de la tarde.

A esta hora crucé la gran Plaza Mayor de México, que ofrecía un espectáculo insólito y grandioso. El viejo palacio de los virreyes, más sombrío que nunca, estaba ornado espléndidamente por el fuego del volcán. Las torres de la catedral se alzaban siniestras y rojas en aquel ambiente de catástrofe.

A medio día se interrumpió el tráfico de tranvías eléctricos y se cerraron las puertas de algunas tiendas. Pronto fueron éstas asaltadas y saqueadas por el pueblo, en tanto que los limpiabotas y niños del arroyo hacían funcionar libremente los ascensores de los edificios, cabalgaban en las estatuas públicas y coronaban de harapos las azoteas y balcones de los palacios.

La policía cumplió con su deber hasta los últimos instantes. Millares de gentes fueron conducidas a prisión, y de seguro el Gobernador del Distrito habrá tenido un trabajo excesivo al día siguiente, en el reino de los muertos.

La destrucción de Pompeya ilustra poco al lector, pues en circunstancias muy diversas ocurrió la catástrofe mexicana. Los habitantes de aquella ciudad, a causa de la corrupción de costumbres en que vivían, no pensaron, a la hora de la lluvia de cenizas, sino en salvarse. Los mexicanos por el contrario, malacostumbrados de toda su vida, por largos siglos de espiritualismo nazareno, al aplazamiento indefinido de sus más punzantes deseos, se entregaron a todos los excesos del instinto. Ante esta frenética posesión de las cosas largo tiempo codiciadas, cuya fuerza trágica hacía mayor el espectáculo de la erupción, Horacio hubiera de seguro lamentado lo escueto y áspero de la vida moderna que sólo curiosidades inútiles y agudos deseos incuba.

En tanto que el pueblo simple y heroico robaba a todo su sabor, los muelles aristócratas evitaban con el cloroformo y la morfina una muerte cruel.

En algunos barrios, como Santa María la Ribera, las gentes de la clase media morían cristianamente. Los curas confesaban a millares y la religión triunfó en toda la línea.

—La destrucción de México —oí decir a un sacerdote— será una gran lección para la descarriada Francia.

En el resto de la ciudad, desaparecieron ante la inminencia del peligro todas las imperfecciones sociales que ha creado la rutina de los hombres. Los mexicanos vivieron, de este modo, sus últimas horas en el estado de naturaleza. Contra él nada puede argumentarse por este breve ensayo, pues sólo un considerable aumento de población prometía.

Nota de la Redacción del Times. —Aquí termina la relación del superviviente de la catástrofe. Como informes complementarios, añadiremos que se ha encendido cruda guerra entre los liberales mexicanos, que quieren hacer de Guadalajara la capital de la República, y los conservadores, que están por Puebla. México era una bella ciudad: contaba con una población de quinientos mil habitantes, y estaba situada a 2,265 metros sobre el nivel del mar. Los mexicanos visten ordinariamente el traje de charro. Por el cinematógrafo sabemos que este vestido consiste en una sandalia de madera, llamada huarache, un taparrabo de terciopelo, y un vistoso adorno de plumas en la cabeza. Los aristócratas sustituyen con el sombrero de copa, el adorno de plumas.

 

Marzo, 1914.

México, 15 de abril de 1914.

 


 

Ensayos y poemas

 

 

A circe

El mal actor de sus emociones

La conquista de la luna

De funerales

La balada de las hojas más altas

Era un país pobre

Fantasías mexicanas

 


 

A Circe

 

¡Circe, diosa venerable! He seguido puntualmente tus avisos. Mas no me hice amarrar al mástil cuando divisamos la isla de las sirenas, porque iba resuelto a perderme. En medio del mar silencioso estaba la pradera fatal. Parecía un cargamento de violetas errante por las aguas.

¡Circe, noble diosa de los hermosos cabellos! Mi destino es cruel. Como iba resuelto a perderme, las sirenas no cantaron para mí.

 



El mal actor de sus emociones

 

Y llegó a la montaña donde moraba el anciano. Sus pies estaban ensangrentados de los guijarros del camino, y empañado el fulgor de sus ojos por el desaliento y el cansancio.

—Señor, siete años ha que vine a pedirte consejo. Los varones de los más remotos países alababan tu santidad y tu sabiduría. Lleno de fe escuché tus palabras: “Oye tu propio corazón, y el amor que tengas a tus hermanos no lo celes.” Y desde entonces no encubría mis pasiones a los hombres. Mi corazón fue para ellos como guija en agua clara. Mas la gracia de Dios no descendió sobre mí. Las muestras de amor que hice a mis hermanos las tuvieron por fingimiento. Y he aquí que la soledad oscureció mi camino.

El ermitaño le besó tres veces en la frente; una leve sonrisa alumbró su semblante, y dijo:

—Encubre a tus hermanos el amor que les tengas y disimula tus pasiones ante los hombres, porque eres, hijo mío, un mal actor de tus emociones.

 



La conquista de la luna

...Luna,
Tú nos das el ejemplo
De la actitud mejor...

Después de establecer un servicio de viajes de ida y vuelta a la Luna, de aprovechar las excelencias de su clima para la curación de los sanguíneos, y de publicar bajo el patronato de la Smithosonian Institution la poesía popular de los lunáticos (Les Complaintes de Laforgue, tal vez) los habitantes de la Tierra emprendieron la conquista del satélite, polo de las más nobles y vagas displicencias.

La guerra fue breve. Los lunáticos, seres los más suaves, no opusieron resistencia. Sin discusiones en café, sin ediciones extraordinarias de El matiz imperceptible, se dejaron gobernar de los terrestres. Los cuales, a fuer de vencedores, padecieron la ilusión óptica de rigor —clási­ca en los tratados de Físico-Historia— y se pusieron a imitar las modas y usanzas de los vencidos. Por Francia comenzó tal imitación, como adivinaréis.

Todo el mundo se dio a las elegancias opacas y silenciosas. Los tísicos eran muy solicitados en sociedad, y los moribundos decían frases excelentes. Hasta las señoras conversaban intrincadamente, y los reglamentos de policía y buen gobierno estaban escritos en estilo tan elaborado y sutil que eran incomprensibles de todo punto aun para los delincuentes más ilustrados.

Los literatos vivían en la séptima esfera de la insinuación vaga, de la imagen torturada. Anunciaron los críticos el retorno a Mallarmé, pero pronto salieron de su error. Pronto se dejó también de escribir porque la literatura no había sido sino una imperfección terrestre anterior a la conquista de la Luna.

 

 



De funerales

 

Hoy asistí al entierro de un amigo mío. Me divertí poco, pues el panegirista estuvo muy torpe. Hasta parecía emocionado. Es inquietante el rumbo que lleva la oratoria fúnebre. En nuestros días se adereza un panegírico con lugares comunes sobre la muerte y ¡cosa increíble y absurda! con alabanzas para el difunto. El orador es casi siempre el mejor amigo del muerto, es decir, un sujeto compungido y tembloroso que nos mueve a risa con sus expresiones sinceras y sus afectos incomprensibles. Lo menos importante en un funeral es el pobre hombre que va en el ataúd. Y mientras las gentes no acepten estas ideas, continuaremos yendo a los entierros con tan pocas probabilidades de divertirnos como a un teatro.


 



La balada de las hojas más altas


A Enrique González Martínez

Nos mecemos suavemente en lo alto de los tilos de la carretera blanca. Nos mecemos levemente por sobre la caravana de los que parten y los que retornan. Unos van riendo y festejando, otros caminan en silencio. Peregrinos y mercaderes, juglares y leprosos, judíos y hombres de guerra: pasan con premura y hasta nosotros llega a veces su canción.

Hablan de sus cuitas de todos los días, y sus cuitas podrían acabarse con sólo un puñado de doblones o un milagro de Nuestra Señora de Rocamador. No son bellas sus desventuras. Nada saben, los afanosos, de las matinales sinfonías en rosa y perla; del sedante añil de cielo, en el mediodía; de las tonalidades sorprendentes de las puestas del sol, cuando los lujuriosos carmesíes y los cinabrios opulentos se disuelven en cobaltos desvaídos y en el verde ultraterrestre en que se hastían los monstruos marinos de Böcklin.

En la región superior, por sobre sus trabajos y anhelos, el viento de la tarde nos mece levemente.

 

 



Era un país pobre


…even supposing that history were, once
in a way, no liar, could it be that...

Kenneth Grahame

 

Era un país pobre, como tantos otros de que guarda siempre confuso recuerdo el viajero impenitente. La exportación se reducía a pieles de camello, utensilios de barro, estampas devotas y diccionarios de bolsillo. Ya adivinaréis que se vivía por completo de géneros y efectos traídos de otras naciones.

A pesar de la escasa producción de riquezas sobrevino un periodo de florecimiento artístico. Si sois profesores de literatura, os explicaréis el hecho fácilmente.

Aparecieron muchos poetas, de los cuales uno era idílico, lleno de ternura y sentido de la naturaleza y también muy poseído de la solemne misión de los bardos; y otro, satánico —verdadera bête noire de cierta crítica mojigata—, a quien todas las señoras deseaban conocer, y que en lo personal era un pobre y desmedrado sujeto. Hubo también incontables historiadores: uno de ellos, medioevalista omnisciente, aunaba del investigador impecable y del sintetizador amenísimo; otros eran concienzudos y prolijos, o elegantes y de doctrina cada vez más sospechosa.

La crítica literaria prosperaba con lozanía. Además de los tres o cuatro inevitables retrasados, que censuraban por sistema cuanto paraba en sus manos y que sin fruto predicaban el retorno a una época remota de mediocridad académica, había escritores eruditos e inteligentes que justificaban, ante una opinión cada vez más interesada, los caprichos y rarezas de los hombres de gusto.

La novela, el teatro, el ensayo adquirían inusitado vigor.


Después de los dioses mayores venía la innumerable caterva de los que escriben alguna vez, de los literatos sin letras, de los poetas que cuentan más como lectores, y cuyos nombres se confunden (en la memoria de cualquiera de nosotros, harto recargada de cosas inútiles), con los que vemos a diario en los rótulos de la calle.

Los extranjeros comenzaron a interesarse por este renacimiento de las artes, del que tuvieron noticias por incontables traducciones, algunas infelicísimas aunque a precios verdaderamente reducidos. Entonces se notó por primera vez un curioso fenómeno, muy citado en adelante por los tratadistas de Economía Política: el apogeo literario producía una alza de valores en los mercados extranjeros.

¡Qué sorpresa para los hombres de negocios! ¡Quién iba a sospechar que los libros de versos y embustes poseyeran tan útiles virtudes! En fin, la ciencia económica abunda en ironías y paradojas. Había que aprovechar desde luego esta nueva fuente de riquezas.

Se dictó una ley que puso a la literatura y demás artes bajo la jurisdicción del ministro de las finanzas. Los salones (bien provistos por cierto de impertinencia femenina), las academias, los cenáculos, todo fue reglamentado, inspeccionado y administrado.

Los hombres graves, los hombres serios protegían sin rubor las artes. En la Bolsa se hablaba corrientemente de realismo e idealismo, de problemas de expresión, de las Memorias de Goethe y de los Reisebilder de Heine.

El ministro de las finanzas presentaba por Navidad al Parlamento un presupuesto de la probable producción literaria del año siguiente: tantas novelas, tantos poemas... se restablece el equilibrio en favor de los géneros en prosa con cien libros de historia. Las mayorías gubernamentales estaban por los géneros en prosa, mientras que las izquierdas de la oposición exigían siempre mayor copia de versos.

Las acciones y géneros subían siempre en las cotizaciones de las bolsas. La moneda valía ya más que la libra esterlina, a pesar de que años antes se codeaba con el reis de Portugal en las listas de los mercados. A cada nuevo libro correspondía una alza, y aun a cada buena frase y a cada verso noble. Si había una cita equivocada en este tratado o en aquel prólogo, los valores bajaban algunos puntos.

El costo de la vida humana había descendido al límite de lo posible. Todas las despensas estaban bien abastecidas. Humeaban los pucheros de los aldeanos y el vino tierno henchía alegremente las cubas. Las señoras ya no hablaban de carestía, sino de sus alacenas bien repletas de holandas y brocados, de sus tarros de confituras y conservas, de sus arquillas que guardaban lucientes cintillos y pedrerías deslumbradoras.

Pero un día ocurrió una catástrofe. Bruscamente descendió la moneda muchos puntos en las cotizaciones. Pasaron semanas y el descenso continuó: no se trataba, pues, de un golpe de Bolsa.

¿Qué había sucedido? Todos se lo preguntaban en vano. Las señoras atribuían el desastre a la mala educación de las clases inferiores y al escote excesivo que impuso la moda aquel invierno.

La causa sin duda había de ser literaria. Sin embargo, los cenáculos, ateneos y todo el complicado mecanismo literario-burocrático seguía funcionando a maravilla. Nadie había salido de su línea.

Ordenóse una minuciosa investigación; los mejores críticos fueron encargados de llevarla a buen fin. En realidad, nunca se llegó a saber la razón de aquella catástrofe financiera.

El dictamen de los críticos señalaba a algunos escritores de pensamiento tan torturado, de invenciones tan complicadas y de psicología tan aguda y monstruosa, que sus libros volvían más desgraciados a los lectores, les ennegrecían en extremo sus opiniones y les hacían, por último, renunciar a descubrir en la literatura la fuente milagrosa a donde purificar el espíritu de sus cuidados.

Ciertamente las artes no pueden ser el único sostén del bienestar de un pueblo.

 

 



Fantasías mexicanas

 

...al moro Búcar y a aquel noble Marqués
 de Mantua, teníalos por de su linaje.
      
 

Por el angosto callejón de la Condesa, dos carrozas se han encontrado. Ninguna retrocede para que pase la otra.

—¡Paso al noble señor don Juan de Padilla y Guzmán, Marqués de Santa Fe de Guardiola, Oidor de la Real Audiencia de México!

—¡Paso a don Agustín de Echeverz y Subiza, Marqués de la Villa de San Miguel de Aguayo, cuyos antepasados guerrearon por su Majestad Cesárea en Hungría, Transilvania y Perpiñán!

—¡Por bisabuelo me lo hube a don Manuel Ponce de León, el que sacó de la leonera el guante de doña Ana!

—¡Mi tatarabuelo Garcilaso de la Vega rescató el Ave María del moro que la llevaba atada a la cola de su bridón!

Tres días con sus noches se suceden y aún están allí los linajudos magnates, sin que ninguno ceda el paso al otro. Al cabo de estos tres días —y para que no sufriera mancilla ninguno de ambos linajes— mandó el Virrey que retrocedieran las carrozas al mismo tiempo, y la una volvióse hacia San Andrés, y la otra fuese por la calle del Puente de San Francisco.

 


 

De fusilamientos

 

De fusilamientos

La amada desconocida

La gloriosa

La humildad premiada

El descubridor

El héroe

Mujeres

La feria

Los unicornios

Estampa

La cocinera

Le poète mudit

 

 


 

De fusilamientos

 

El fusilamiento es una institución que adolece de algunos inconvenientes en la actualidad.

Desde luego, se practica a las primeras horas de la mañana. “Hasta para morir precisa madrugar”, me decía lúgubremente en el patíbulo un condiscípulo mío que llegó a destacarse como uno de los asesinos más notables de nuestro tiempo.

El rocío de las yerbas moja lamentablemente nuestros zapatos, y el frescor del ambiente nos arromadiza. Los encantos de nuestra diáfana campiña desaparecen con las neblinas matinales.

La mala educación de los jefes de escolta arrebata a los fusilamientos muchos de sus mejores partidarios. Se han ido definitivamente de entre nosotros las buenas maneras que antaño volvían dulce y noble el vivir, poniendo en el comercio diario gracia y decoro. Rudas experiencias se delatan en la cortesía peculiar de los soldados. Aun los hombres de temple más firme se sienten empequeñecidos, humillados, por el trato de quienes difícilmente se contienen un instante en la áspera ocupación de mandar y castigar.

Los soldados rasos presentan a veces deplorable aspecto: los vestidos, viejos; crecidas las barbas; los zapatones cubiertos de polvo; y el mayor desaseo en las personas. Aunque sean breves instantes los que estáis ante ellos, no podéis sino sufrir atrozmente con su vista. Se explica que muchos reos sentenciados a la última pena soliciten que les venden los ojos.

Por otra parte, cuando se pide como postrera gracia un tabaco, lo suministrarán de pésima calidad piadosas damas que poseen un celo admirable y una ignorancia candorosa en materia de malos hábitos. Acontece otro tanto con el vasito de aguardiente, que previene el ceremonial. La palidez de muchos en el postrer trance no procede de otra cosa sino de la baja calidad del licor que les desgarra las entrañas.

El público a esta clase de diversiones es siempre numeroso; lo constituyen gente de humilde extracción, de tosca sensibilidad y de pésimo gusto en artes. Nada tan odioso como hallarse delante de tales mirones. En balde asumiréis una actitud sobria, un ademán noble y sin artificio. Nadie los estimará. Insensiblemente os veréis compelidos a las burdas frases de los embaucadores.

Y luego, la carencia de especialistas de fusilamientos en la prensa periódica. Quien escribe de teatros y deportes tratará acerca de fusilamientos e incendios. ¡Perniciosa confusión de conceptos! Un fusilamiento y un incendio no son ni un deporte ni un espectáculo teatral. De aquí proviene ese estilo ampuloso que aflige al connaisseur, esas expresiones de tan penosa lectura como “visiblemente conmovido”, “su rostro denotaba la contrición”, “el terrible castigo”, etcétera.

Si el Estado quiere evitar eficazmente las evasiones de los condenados a la última pena, que no redoble las guardias, ni eleve los muros de las prisiones. Que purifique solamente de pormenores enfadosos y de aparato ridículo un acto que a los ojos de algunos conserva todavía cierta importancia.

 

1915


La amada desconocida

 

 

 

Don Juan... por quien olvidan las cortesanas parisienses de moda sus ahorros en el Banco de Francia. Rey norteamericano de una industria como la del acero y el petróleo, la trata de blancas. En México galopa camino de la Sierra con una mujer desmayada entre los brazos. Es en España, su país natal, un señorito a quien castigará el cielo cualquier día por sus grandes infamias.

Duro vengador de hombres y símbolo de energía mediterránea, pasa ante los varones que le envidian y las hembras que por él se pierden, con la levedad de una figura de mito y la gracia de un mancebo pintado en ático vaso. (¡Oh Keats, las melodías no escuchadas son menos dulces que tu oda inmortal!)

Victorioso y risueño —diríase que bajaba del tálamo de una deidad— con ligero paso se dirige al cementerio. Viste de negro, y en una ciudad de deportistas y dandies pasaría inadvertido. Sus ojos grises —feroces para tantas heroínas llorosas— miran ahora distraídamente. Una sonrisa ilumina el rostro, como aquellas que fueron compradas con el dolor de toda una vida.

Mal sujeto a todas luces, sólo tolera los mejores momentos del trato femenino. Cínico, despoja al amor de su prestigio romántico. Con decisión y aplomo espera su condenación, porque los avisos del criado, a pesar de todo, procedían del cielo.

Taimadas garduñas e hijos de pega consumirán su hacienda y acibararán su solitaria vejez; pero nada le arredra, ni las llamas del infierno, ni siquiera las molestias de su celebridad equívoca.

Entre fotógrafos y reporteros, curiosos y badulaques de toda laya, cruza la puerta del camposanto, con una corona de flores al brazo. Conmovido, como se conmueven las gentes de buen tono; ágil, con mucho de felino en el paso y algo de hastío elegante en la figura; al modo de quien cumple uno de tantos deberes sociales, pura fórmula desprovista ya de contenido y significación, deposita con impertinente gracia una corona de siemprevivas en la tumba de la amada desconocida, la pobre muchacha sin nombre que no reclamó eternidad al caballero despiadado de los fugaces amores.

 

 


 

 

La gloriosa

 

 

 

Las cuestas y llanos se pueblan de los pobrecitos indios. Ya baja allá a lo lejos la imagen que traen en andas, con gran acompañamiento de gentes. Los cirios y candelas brillan amortiguadamente en la serena luz de la tarde. Este año ha sido de sequía. Las milpas están resecas y los gañanes tienen oprimido el corazón por falta de bienhechoras lluvias, de las aguas que reverdezcan los campos, que tornen su pureza al aire y la alegría al alma contristada del labriego.

Por encima de las cabezas descubiertas e hirsutas, de las luces que constelan de diamantes el pálido damasco del cielo sin nubes, y de las caras graves y hurañas de los fieles, se mantiene levemente sobre las andas, en su peana dorada. Es pequeñita; de rostro moreno, casi negro; su manto estofado desciende triangularmente, broslado de gemas, sobre una media luna.

Antaño un virrey se despojó de sus insignias para que ella las luciese. Y cuando el cólera grande despoblaba ciudades y villas, el Presidente de la República le dio ese collar de amatistas que centellea con tenues fulgores purpurinos. Entonces fue traída con gran pompa a la Catedral de México, cuyas suntuosas naves hospedaron algunos días —los más fieros de la peste— a la Noble Señora, que añoraba desde lo alto del coruscante altar su rústico santuario.

Bajo el cielo inclemente, por los requemados maizales, los cánticos se elevan quejumbrosos. El dolor de las gentes sencillas y pobres, la fe obstinada y potente, el espíritu de esta raza milenaria animan las letanías, entonadas en falsete. Parpadean los velones. El polvo, esfumino de lejanías, hace menos violenta la cresta de la Sierra. Las voces imploran desafinadas y tercas:

 

 

¿Oh Madre, tierna, bendita,
Ayuda a nuestra Nación,
Pues mucho lo necesita!

 

 

 


 

 

La humildad premiada

 

 

 

En una Universidad poco renombrada había un profesor pequeño de cuerpo, rubicundo, tartamudo, que como carecía por completo de ideas propias era muy estimado en sociedad y tenía ante sí brillante porvenir en la crítica literaria.

Lo que leía en los libros lo ofrecía trasnochado a sus discípulos la mañana siguiente. Tan inaudita facultad de repetir con exactitud constituía la desesperación de los más consumados constructores de máquinas parlantes.

Y así transcurrieron largos años hasta que un día, en fuerza de repetir ideas ajenas, nuestro profesor tuvo una propia, una pequeña idea propia luciente y bella como un pececito rojo tras el irisado cristal de una pecera.

 

 


 

 

El descubridor

 

 

 

A semejanza del minero es el escritor: explota cada intuición como una cantera. A menudo dejará la dura faena pronto, pues la veta no es profunda. Otras veces dará con rico yacimiento del mejor metal, del oro más esmerado. ¡Qué penoso espectáculo cuando seguimos ocupándonos en un manto que acabó ha mucho! En cambio, ¡qué fuerza la del pensador que no llega ávidamente hasta colegir la última conclusión posible de su verdad, esterilizándola; sino que se complace en mostrarnos que es ante todo un descubridor de filones y no mísero barretero al servicio de codiciosos accionistas!

 

 

El héroe

 

 

 

Todo se adultera hoy. A mí me ha tocado personificar un heroísmo falso. Maté al pobre dragón de modo alevoso que no debe ni recordarse. El inofensivo monstruo vivía pacíficamente y no hizo mal a nadie. Hasta pagaba sus contribuciones, y llegó en inocente simplicidad a depositar su voto en las ánforas, durante las últimas elecciones generales. Me vio llegar como a un huésped, y cuando hacía ademán de recibirme y brindarme hospedaje, le hendí la cabeza de un tajo. Horrorizado por mi villanía hui de los fotógrafos que pretendían retratarme con los despojos del pobre bicho, y con el malhadado alfanje desenvainado y sangriento. Otro se aprovechó de mi fea hazaña e intentó obtener la mano de la princesa. Por desdicha mis abogados lo impidieron y aun obligaron al impostor a pagar las costas del juicio. No hubo más remedio que apechugar con la hija del rey, y tomar parte en ceremonias que asquearían aun a Mr. Cecil B. de Mille.

La princesa no es la joven adorable que estáis desde hace varios años acostumbrados a ver por las tarjetas postales. Se trata de una venerable matrona que, como tantas mujeres que han prolongado su doncellez, se ha chupado interiormente. (Perdonadme lo bajo de la expresión.) Resulta su compañía tan enfadosa que a su lado se explica uno los horrores de todas las revoluciones. Sus aficiones son groseras: nada la complace más que exhibirse en público conmigo, haciendo gala de un amor conyugal que felizmente no existe. Tiene alma vulgar de actriz de cine. Siempre está en escena, y aun lo que dice dormida va destinado a la galería. Sus actitudes favoritas, la de infanta demócrata, de esposa sacrificada, de mujer superior que tolera menesteres humildes. A su lado siento náuseas incontenibles.

En los momentos de mayor intimidad mi egregia compañera inventa frases altisonantes que me colman de infortunio: “la sangre del dragón nos une”; “tu heroicidad me ha hecho tuya para siempre”; o bien “la lengua del dragón fue el ábrete sésamo”; etcétera.

Y luego las conmemoraciones, los discursos, la retórica huera... toda la triste máquina de la gloria. ¡Qué asco de mí mismo por haber comprado con una villanía bienestar y honores! ¡Cuánto envidio la sepultura olvidada de los héroes sin nombre!

 

 

 

Mujeres

 

 

 

Siempre me descubro reverente al paso de las mujeres elefantas, maternales, castísimas, perfectas.

Sé del sortilegio de las mujeres reptiles —los labios fríos, los ojos zarcos— que nos miran sin curiosidad ni comprensión desde otra especie zoológica.

Convulso, no recuerdo si de espanto o atracción, he conocido un raro ejemplar de mujeres tarántulas. Por misteriosa adivinación de su verdadera naturaleza vestía siempre de terciopelo negro. Tenía las pestañas largas y pesadas, y sus ojillos de bestezuela cándida me miraban con simpatía casi humana.

Las mujeres asnas son la perdición de los hombres superiores. Y los cenobitas secretamente piden que el diablo no revista tan terrible apariencia en la hora mortecina de las tentaciones.

Y tú, a quien las acompasadas dichas del matrimonio han metamorfoseado en lucia vaca que rumia deberes y faenas, y que miras con tus grandes ojos el amanerado paisaje donde paces, cesa de mugir amenazadora al incauto que se acerca a tu vida, no como el tábano de la fábula antigua, sino llevado por veleidades de naturalista curioso.

 

 


La feria

 

 

 
                    Y estando a —                      
                    Y estando amarrando un gallo
                    Se me re —                          
                    Se me reventó el cordón.       
                    Yo no sé                               
                    Si será mi muerte un rayo...
  

 

 
 

Los mecheros iluminan con su luz roja y vacilante rimeros de frutas, y a contraluz proyectan negras las siluetas de los vendedores y transeúntes.

—¡Pasen al ruido de uñas, son centavos de cacahuates!

—¡El setenta y siete, los dos jorobados!

—¡Las naranjas de Jacona, linda, son medios!

Periquillo y Januario están en un círculo de mirones, en el cuartel se despluma a un incauto.

 
—¡Don Ferruco en la Alameda!

—¡Niña, guayabate legítimo de Morelia!

—¡Por cinco centavos entren a ver a la mujer que se volvió sirena por no guardar el Viernes Santo!

Dos criadas conversan:

—En México no saben hacer prucesiones. Me voy pues a pasar la Semana Santa a Huehuetoca...
Una muchacha a un lépero que la pellizca:

—¡No soy diversión de nadie, roto tal!

—¡El que le cantó a San Pedro!

—¡El sabroso de las bodas!

—¡El coco de las mujeres!

—¡Pasen al panorama, señoritas, a conocer la gran ciudad del Cairo!

Una india a otra con quien pasea:

—Yo sabía leer, pero con la Revolución se me ha olvidado.

En la plaza de gallos les humedecen la garganta a las cantadoras; y los de Guanaceví se aprestan a jugar contra San Juan de los Lagos.

En mitad del bullicio —¡oh tibia noche mexicana en azul profundo de esmalte!—, acompañado de tosco guitarrón, sigue cantando el ciego, con su voz aguda y lastimera:

                              O me ma —
                              O me matará un cabrón
                              Desos que an —
                              Desos que andan a caballo
                              Validós
                              Validos de la ocasión.
                              Y ha de ser pos cuándo no.

 

 


 

Los unicornios

 

 

 

Creer que todas las especies animales sobrevivieron al diluvio es una tesis que ningún naturalista serio sostiene ya. Muchas perecieron; la de los unicornios entre otras. Poseían un hermoso cuerno de marfil en la frente y se humillaban ante las doncellas.

Ahora bien, en el arca, triste es decirlo, no había una sola doncella. Las mujeres de Noé y de sus tres hijos estaban lejos de serlo. Así que el arca no debió de seducir grandemente al unicornio.

Además Noé era un genio, y como tal, limitado y lleno de prejuicios. En lo mínimo se desveló por hacer llevadera la estancia de una especie elegante. Hay que imaginárnoslo como fue realmente: como un hombre de negocios de nuestros días: enérgico, grosero, con excelentes cualidades de carácter en detrimento de la sensibilidad y la inteligencia. ¿Qué significaban para él los unicornios?, ¿qué valen a los ojos del gerente de una factoría yanqui los amores de un poeta vagabundo? No poseía siquiera el patriarca esa curiosidad científica pura que sustituye a veces al sentido de la belleza.

Y el arca era bastante pequeña y encerraba un número crecidísimo de animales limpios e inmundos. El mal olor fue intolerable. Con su silencio a este respecto el Génesis revela una delicadeza que no se prodiga por cierto en otros pasajes del Pentateuco.

Los unicornios, antes que consentir en una turbia promiscuidad indispensable a la perpetuación de su especie, optaron por morir. Al igual que las sirenas, los grifos, y una variedad de dragones de cuya existencia nos conserva irrecusable testimonio la cerámica china, se negaron a entrar en el arca. Con gallardía prefirieron extinguirse. Sin aspavientos perecieron noblemente. Consagrémosles un minuto de silencio, ya que los modernos de nada respetable disponemos fuera de nuestro silencio.

 

 

 

 

 

 


Estampa

 

 

 

El día fue caluroso. Se comienza a llenar de opalina sombra la hondonada, por cuyo fondo discurren ondas brillantes y tersas. Los árboles extienden espesas copas sobre la grama. En rústicos bancos están repartidas algunas parejas, las cabezas inclinadas, las caras graves y felices, perdidas las miradas en el tramonto. No se escuchan las palabras que murmuran los labios, pero se adivinan apasionadas y dulces, de las que levantan hondas resonancias en el espíritu. Ponen las girándulas su amarilla nota en el cielo verdemar, color de alma de Novalis. Los astros arden entre el follaje. Un niño juega con su perro. De las aguas asciende frescor perfumado que orea las frentes y extasía nuestros sentidos, penetrándolos con su caricia clara. Lucen al escondite las luciérnagas.

Fuera del cuadro un melancólico, la cara negra de sombra bajo el puntiagudo sombrerillo, herido de amorosas penas tasca desdenes y medita en insolubles enigmas. La tarde divina armoniza sus querellosas preocupaciones.

 

 


La cocinera

 

 

... más vale que vayan los fieles a perder su
tiempo en la maroma, que su dinero en el
juego, o su pellejo en los fandangos.
General Riva Palacio, Calvario y Tabor
 


Por inaudito que parezca hubo cierta vez una cocinera excelente. La familia a quien servía se transportaba, a la hora de comer, a una región superior de bienaventuranza. El señor manducaba sin medida, olvidado de su vieja dispepsia, a la que aun osó desconocer públicamente. La señora no soportaba tampoco que se le recordara su antiguo régimen para enflaquecer, que ahora descuidaba del todo. Y como los comensales eran cada vez más numerosos renacía en la parentela la esperanza de casar a una tía abuela, esperanza perdida hacía ya mucho.

Cierta noche, en esta mesa dichosa, comíamos unos tamales, que nadie los engulló mejores.

Mi vecino de la derecha, profesor de Economía Política, disertaba con erudición amena acerca de si el enfriamiento progresivo del planeta influye en el abaratamiento de los caloríferos eléctricos y en el consumo mundial de la carne de oso blanco.

—Su conversación, profesor, es muy instructiva. Y los textos que usted aduce vienen muy a pelo.

—Debe citarse, a mi parecer —dijo una señora—, cuando se empieza a olvidar lo que se cita.

—O más bien cuando se ha olvidado del todo, señora. Las citas sólo valen por su inexactitud.

Un personaje allí presente afirmó que nunca traía a cuento citas de libros, porque su esposa le demostraba después que no hacían al caso.

—Señores —dijo alguien al llenar su plato por sexta vez—, como he sido hasta hoy el más recalcitrante sostenedor del vegetarianismo entre nosotros, mañana, por estos tamales de carne, me aguardan la deshonra y el escándalo.

—Por sólo uno de ellos —dijo un sujeto grave a mi izquierda— perdería gustoso mi embajada en Mozambique.

Entonces una niña...

(¿Habéis notado la educación lamentable de los niños de hoy? Interrumpen con desatinos e impertinencias las ocupaciones más serias de las personas mayores.)

...Una niña hizo cesar la música de dentelladas y de gemidos que proferíamos los que no podíamos ya comer más, y dijo:

—Mirad lo que hallé en mi tamal.

Y la atolondrada, la aguafiestas, señalaba entre la tierna y leve masa un precioso dedo meñique de niño.

Se produjo gran alboroto. Intervino la justicia. Se hicieron indagaciones. Quedó explicada la frecuente desaparición de criaturas en el lugar. Y sin consideración para su arte peregrina, pocos días después moría en la horca la milagrosa cocinera, con gran sentimiento de algunos gastrónomos y otras gentes de bien que cubrimos piadosamente de flores su tumba.

 

 


 

Le poète maudit

 

 

 

Muy poco grata era su compañía y evitada hábilmente por todos. Había perpetrado un latrocinio hacía mucho, y lo que es peor no conservaba nada del mal habido dinero. De las dos razas humanas, pertenecía a la que pide prestado. Era un fatuo sin igual que no hallaba en Darío sino un admirable virtuoso de las palabras, y en Lugones un imitador genial sin originalidad verdadera. Su vida era completamente irregular. Notoria su mala educación; y nadie extrañará que deliberadamente le hayamos olvidado cuando redactamos la lista de socios de la Agrupación Ariel. Su ilustración era muy desigual, y desde luego nada académica. De latín no sabía ni los rudimentos, ni leía a los humoristas ingleses del tiempo de la reina Ana, ni poseía la principesca edición de los cuentos de Lafontaine, que engalanaron Eisen y Chauffard, ni había oído hablar del Pseudo Calístenes, del Pseudo Turpino, ni del Pseudo Pamphilus.

Pero a pesar de todo, y por raro capricho de la Fortuna... hacía mejores versos que nosotros. No cabe duda que los dones poéticos se reparten de modo arbitrario y a veces tocan en suerte a los peores sujetos (de que se pueden aducir tantos ejemplos ilustres).

—Se suele admirar hasta la idolatría a un poeta— nos decíamos en nuestras amables cenas de la Agrupación Ariel—, y no apetecerlo para compañero en el paraíso.

Tras propinarnos intolerables acertijos rimados nos consolábamos considerando que si la poesía tiene curiosas virtudes como la de mover los árboles y detener la corriente de los ríos, no dignifica por sí sola a los que la cultivan ni los dota de autoridad en letras.

 

 


Fantasías

 

El vagabundo

 

En pequeño circo de cortas pretensiones trabajaba, no ha mucho, un acróbata, modesto y tímido como muchas personas de mérito. Al final de una función dominguera en algún villorrio, llegó a nuestro hombre la hora de ejecutar su suerte favorita con la que contaba para propiciarse al público de lugareños y asegurar así el buen éxito pecuniario de aquella temporada. Además de sus habilidades —nada notables que digamos— poseía resistencia poco común para la incomodidad y la miseria. Con todo, temía en esos momentos que recomenzaran las molestias de siempre: las disputas con el posadero, el secuestro de su ropilla, la intemperie y de nuevo la dolorosa y triste peregrinación.

El acto que iba a realizar consistía en meterse en un saco, cuya boca ataban fuertemente los más desconfiados espectadores. Al cabo de unos minutos el saco quedaba vacío.

A su invitación, montaron al tablado dos fuertes mocetones provistos de ásperas cuerdas. Introdújose él dentro del saco y pronto sintió sobre su cabeza el tirar y apretar de los lazos. En la oscuridad en que se hallaba le asaltó el vivo deseo de escapar realmente de las incomodidades de su vida trashumante. En tan extraña disposición de espíritu cerró los ojos y se dispuso a desaparecer.

Momentos después se comprobó —sin sorpresa para nadie— que el saco estaba vacío y las ligaduras permanecían intactas. Lo que sí produjo cierto estupor fue que el funámbulo no reapareció durante la función. Tras un rato de espera inútil los asistentes comprendieron que el espectáculo había terminado y regresaron a sus casas.

Mas a nuestro cirquero tampoco volvió a vérsele por el pueblo. Y lo curioso del caso era que nadie había reclamado en la posada su maletín.

Pasados algunos días se olvidó el suceso completamente. ¡Quién se iba a preocupar por un vagabundo!