width= Lord Dunsany



Selección y nota
introductoria de
Edmundo Valadés



VERSIÓN PDF

 


Nota introductoria

 

Por allá, a fines de los años 20, circuló en la vieja Escuela Nacional Preparatoria, entre un inteligente grupo de jóvenes atraídos por la literatura —particularmente el que editó la revista Barandal: Octavio Paz, José Alvarado, Enrique Ramírez, Rafael López Malo, Salvador Toscano, Manuel Moreno Sánchez—, un libro que los deslumbró como hallazgo de una narrativa inesperada y de bellísima y sugestiva imaginación: Los cuentos de un soñador, de Lord Dunsany, editado por la Revista de Occidente. Alvarado, en alguno de sus inolvidables textos que dejó en páginas de periódicos, a la muerte de Dunsany, muchos años después, recordaría cómo esa obra los había seducido por su singular y soberbia inventiva, que estimuló a W.B. Yeats, fascinado por los mitos y fábulas creados por Dunsany, a decir:

Si yo hubiera leído La caída de Babulkund o Días de ocio en el país de Yann cuando era muchacho, tal vez hubiera cambiado de mejor o peor, y considerado esa primera lectura como la creación de mi mundo; porque cuando somos jóvenes, cuanto menos circunstancial, cuanto más lejos está un libro de la vida vulgar, más conmueve nuestros corazones y más nos hace soñar. Somos perezosos, infelices, exorbitantes, y como el joven Blake, no admitimos ciudad hermosa que no esté enlosada de oro y plata.

Las narraciones de Dunsany serán como un nuevo cauce para las más antiguas literaturas, fuente de sus orígenes creadores, esencialmente la Biblia, Homero y Herodoto.

Hizo de la Biblia —señala Praidac Colum—, cuando joven, su libro de maravillas, inducido por la censura de su madre, que era enemiga, según él nos cuenta, de que leyese periódicos vulgares y corrientes. La Biblia le ha dado su exaltada y rítmica prosa. También de ella ha tomado los temas que tanto ha repetido: lejanas e increíbles ciudades, con sus profetas y sus dioses paganos. Gusta de Homero y de los relatos de Herodoto sobre las primitivas civilizaciones.

El cúmulo de divinidades que establecerá Dunsany, en una mitología que casi compite con la grecolatina, se inicia en su primer libro, Los dioses de Pagana: dioses extraños y remotos, debajo de los cuales habrá mil familiares: Roon el dios de la Marcha, cuyos templos están más allá de los más lejanos montes; Kilulung, el Señor del Humo; Jabim, que se sienta detrás de la casa a plañir las cosas remotas y abandonadas; Tribugie, el Señor de lo Oscuro, cuyos hijos son las sombras; Pitsu, el que pega al gato; Hobith, el que aplaca al perro; Habinabah, el Señor del Rescoldo Encendido; el viejo Bribaum, que se sienta en el corazón del fuego y convierte en leña la ceniza.

Para ubicar los ámbitos de estos dioses y de los hombres que en ellos creen, Dunsany inventa una prodigiosa geografía imaginaria, en la que existen insólitas y extraordinarias ciudades: Poltarness, “la que mira al mar”, mar implacable y hambriento que atrae cada año a sus súbditos, sin devolverlos; Andelprutz, la que se quedó sin alma; Bethmoora, la deseada por el desierto; Golthoth, la Condenada, que guarda en su contorno los lobos y sus sombras; Mandaroon, donde todos sus habitantes duermen, porque si la gente se despierta morirían sus dioses, y cuando ellos mueran los hombres no podrán soñar más; Mío, de calles tortuosas, donde los sacerdotes sacrifican vino y maíz a los aludes; Ognoth, a la que el viento lleva el aroma de las bletanías, plantas maravillosas que por la noche cierran sus párpados y se les oye respirar, con respiración que es un veneno rápido; Oojni, la amada del mar, del pequeño mar que no tiene borrascas: ciudad ociosa en la que los hombres narran cuentos vanos.

La imaginación de Dunsany es fértilísima y la extiende en sus numerosos cuentos, que también abordan otras tesituras, incluso el género policial, en el que logra un relato antológico: Las dos botellas de salsa, y el de la ciencia ficción. Pero en la mayoría de ellos persisten calidades de narraciones fantásticas o populares, y que —como se ha dicho— breves y sencillas, evocan a veces un ambiente indefinible de amenaza, escritas en un estilo con seducción prosística, porque parecen recontar, con renovada y cautivadora inventiva, las remotas y sorprendentes historias de mitos, lugares y hechos prodigiosos, y que desde tiempo inmemorial asombran y fascinan.

Dunsany fue también autor teatral, con una obra escénica que contrasta con el mundo onírico que impera en su narrativa. Su primera comedia, The Glitterign Gate (1909), fue escrita a petición de Yeats, para el Abbey Theatre, de Dublín; obra característicamente extraña, que trata de dos ladrones que intentan entrar en el cielo, de forma que a veces anticipa el futuro teatro del “absurdo”. Un mexicano bien enterado en su tiempo, principios del siglo xx, de lo nuevo en literaturas extranjeras, Rafael Cabrera, presenció en Nueva York el montaje de dos obras de Dunsany: Los dioses de la montaña y La sentencia dorada, advirtiendo la sorpresa estética que le habían producido por su originalidad y simbolismo. Con un prólogo suyo entusiasta, se publicaron en 1919 en un tomito de la colección Cvltura. Fue la primera traducción, la primera introducción de Dunsany al idioma español.

Edward John Moreton Drax Plunkett (1878-1957), que usó el nombre literario de Lord Dunsany, y de raíz irlandesa, perteneció a una de las seis familias de más alta posición en la nobleza británica, originaria de la época normanda. Colum, que fue su amigo, ha contado:

Tiene una imaginación pródiga. Lo he visto abocetar un escenario para una obra, escribir una breve historia e inventar una docena de episodios de cuento en el espacio de una mañana, sin cesar de hablar fantásticamente. Piensa mejor, presumo, al aire libre, mientras tira o caza en torno de su castillo. Y despliega una graciosa hospitalidad en este castillo del siglo XII, en el condado de Meath; y haría una larga caminata a pie, lo sé muy bien, para descubrir un buen interlocutor y atraerlo a su círculo”. En un diccionario de literatura se dice de él que fue ferozmente aristocrático, aficionado a la caza mayor y al criket, apasionado del tiro al blanco y maestro de ajedrez.


Extrañamente olvidado, y en mucho desconocido, restituimos aquí algunos de los cuentos admirables de uno de los grandes maestros en el arte de la fantasía literaria.
 

 

Edmundo Valadés

 


Bethmoora

 

Hay en la noche de Londres una tenue frescura, como si alguna brisa desmandada hubiérase apartado de sus camaradas en los altos de Kentish y penetrado a hurtadillas en la ciudad. El suelo está húmedo y luciente. En nuestros oídos, que han llegado a una singular acuidad a esta tardía hora, incide el golpeteo de remotas pisasadas. El taconeo crece cada vez más y llena a noche entera. Y pasa una negra figura encapotada y se pierde de nuevo en la oscuridad. Uno que ha bailado se retira a su casa. En alguna parte, un baile ha terminado y cerrado sus puertas. Se han extinguido sus luces amarillas, callan sus músicos, los bailarines han salido al aire de la noche, y ha dicho el Tiempo: “Que acabe y vaya a colocarse entre las cosas que yo he apartado”.

Las sombras comienzan a destacarse de sus amplios lugares de recogimiento. No menos calladamente que las sombras, leves y muertas, caminan hacia sus casas los clandestinos gatos; de esta manera, aún en Londres tenemos remotos presentimientos de la llegada del alba, a la cual las aves y los animales y las estrellas cantan clamorosos en los despejados campos.

No puedo decir en qué momento percibo que la misma noche ha sido irremisiblemente abatida. Se me revela de súbito en la cansada palidez de los faroles que están aún silenciosas y nocturnas las calles, no porque haya fuerza alguna en la noche, sino porque los hombres no se han levantado todavía de su sueño para desafiarla. Así he visto exhaustos y desaliñados guardias aun armados de antiguos mosquetes a las puertas de los palacios, aunque los reinos del monarca que guardan se han encogido en una provincia única que ningún enemigo se ha inquietado en asolar.

Y ahora se manifiesta en el semblante de los faroles, estos humildes sirvientes de la noche, que ya las cimas de los montes ingleses han visto la aurora, que las crestas de Dover se ofrecen blancas a la mañana, que se ha levantado la niebla del mar y va a verterse tierra adentro.

Y ya unos hombres con unas mangueras, han venido y están desbrozando las calles.

Ved ahora a la noche muerta.

¡Qué recuerdos, qué fantasías se atropellan en nuestra mente! Una noche acaba de ser arrebatada de Londres por la mano hostil del tiempo. Un millón de cosas vulgares, envueltas por unas horas en el misterio, como mendigos vestidos de púrpura y sentados en tronos imponentes. Cuatro millones de seres dormidos, soñando tal vez. ¿En qué mundos han entrado? ¿A quién han visto? Pero mis pensamientos están muy lejos, en la soledad de Bethmoora, cuyas puertas laten en el silencio, golpean y crujen en el viento, pero nadie las oye. Son de cobre verde, muy bellas, pero nadie las ve. El viento del desierto vierte en sus goznes, pero nadie llega a suavizarlos. Ningún centinela vigila las almenadas murallas de Bethmoora; ningún enemigo las asalta. No hay luces en sus casas, ni pisadas en sus calles; está muerta y sola más allá de los montes de Hap; y yo quisiera ver de nuevo a Bethmoora, pero no me atrevo.

Hace muchos años, según me han dicho, que Bethmoora está desolada.

De su desolación se habla en las tabernas donde se juntan los marineros, y ciertos viajeros me lo han contado.

Yo tenía la esperanza de haber visto otra vez Bethmoora. Muchos años han pasado, me dijeron, desde que se hizo la última vendimia de las viñas que yo conocí; donde ahora es todo desierto. Era un radiante día, y los moradores de la ciudad danzaban en las viñas, y en todas partes sonaba el kalipak. Los arbustos florecidos de púrpura cuajábanse de yemas, y la nieve refulgía en la montaña de Hap.

Fuera de las puertas prensaban las uvas en las tinas para hacer el syrabub. Había sido una gran vendimia. En los breves jardines de junto a la linde del desierto, sonaba el tambang y el tittibuck, y el melodioso tañido del zootívar.

Todo era regocijo y canto y danza porque se había recogido la vendimia y habría larga provisión de syrabub para la invernada, y aún sobraría para cambiar por turquesas y esmeraldas a los mercaderes que bajan de Oxuhahn. Así se regocijaban durante todo el día con su vendimia en la angosta franja de tierra cultivada que se alarga entre Bethmoora y el desierto tendido bajo el cielo del Sur. Y cuando empezaba a desfallecer el calor del día, y se acercaba el sol a las nieves de las montañas de Hap, las notas del zootívar todavía saltaban claras y alegres de los jardines, y los brillantes vestidos de los bailarines giraban entre las flores. Durante todo aquel día vióse a tres hombres, jinetes en sendas mulas, que cruzaban la falda de las montañas de Hap. En uno y otro sentido, según las revueltas del camino, veíanse mover los tres puntitos negros sobre la nieve. Primero fueron divisados muy de mañana en el collado de Peol Jagganot, y parecían venir de Utnar Véhi. Caminaron todo el día. Y al atardecer, poco antes que se encendieran las luces y palidecieran los colores, llegaron a las puertas de cobre de Bethmoora. Traían báculos, como los mensajeros de aquellas tierras, y sus trajes parecieron ensombrecerse cuando los rodearon los danzarines con sus ropajes color verde y lila. Los europeos que se hallaban presentes y oyeron el mensaje ignoraban la lengua, y sólo pudieron entender el nombre de Utnar Véhi. Pero era conciso y cundió rápidamente de boca en boca, y al punto la gente prendió fuego a las viñas y empezó a huir de Bethmoora, dirigiéndose los más al Norte y algunos hacia Oriente. Salieron precipitadamente de sus bellas casas blancas y cruzaron en tropel la puerta de cobre; cesaron de pronto los trémolos del tambang y del tittibuck y el tañido del zootívar, y el tintineo del kalipak extinguióse un momento después. Los tres extraños emisarios volvieron grupas al instante de dar su mensaje. Era la hora en que debía haber aparecido una luz en alguna alta torre, y una después de otra hubieran vertido las ventanas a la oscuridad la luz que espanta a los leones, y hubiéranse cerrado las puertas de cobre. Mas no se vieron aquella noche luces en las ventanas, ni volvieron a verse ninguna otra noche, y las puertas de cobre quedaron abiertas para no cerrarse más, y levantóse el rumor del rojo incendio que abrasaba los viñedos y las pisadas del tropel que huía en silencio. No se oía gritar, ni otro ruido que el de la huida resuelta y apresurada. Huían las gentes veloz y calladamente, como huye la manada de animales salvajes cuando surge a su lado de pronto el hombre. Era como si hubiese sobrevenido algo que se temiera desde muchas generaciones, algo de que sólo pudiera escaparse por la fuga instantánea, que no deja tiempo a la indecisión.

El miedo sobrecogió a los europeos, que huyeron también. Lo que el mensaje fuera, nunca lo he sabido.

Creen muchos que fue un mensaje de Thuba Mleen, el misterioso emperador de aquellas tierras, que nunca fue visto por nacido, avisando que Bethmoora tenía un aviso de los dioses, aunque se ignora si de dioses amigos o adversos.

Y otros sostienen que la plaga asolaba entonces una línea de ciudades en Utnar Véhi, siguiendo el viento Suroeste, que durante muchas semanas había soplado sobre ellas en dirección a Bethmoora.

Otros cuentan que los tres viajeros padecían el terrible gnousar, y que hasta las mulas lo iban destilando, y suponen que habían llegado a la ciudad empujados por el hambre; mas no dan razón para tan terrible crimen.

Pero creen los más que fue un mensaje del mismo desierto, que es dueño de toda la tierra por el Sur, comunicando con su grito peculiar a aquellos tres que conocían su voz; hombres que habían estado en la arena inhospitalaria sin tiendas por la noche, que habían carecido de agua por el día; hombres que habían estado allí donde gruñe el desierto, y habían llegado a conocer sus necesidades y su malevolencia.

Dicen que el desierto deseaba a Bethmoora, que ansiaba entrar por sus hermosas calles y enviar sobre sus templos y sus casas sus torbellinos envuelto en arena. Porque odia el ruido y la vista del hombre en su viejo corazón malvado, y quiere tener a Bethmoora silenciosa y quieta, y sólo atenta al fatal amor que él murmura a sus puertas.

Si yo hubiera sabido cuál fue el mensaje que trajeron los tres hombres en las mulas y dijeron al llegar a las puertas de cobre, creo que hubiera vuelto a ver Bethmoora. Porque me invade un gran anhelo aquí, en Londres, de ver una vez más la hermosa y blanca ciudad; y, sin embargo, temo, porque ignoro el peligro que habría de afrontar, si habría de caer bajo el furor de terribles dioses desconocidos, o padecer alguna enfermedad lenta e indescriptible, o la maldición del desierto, o el tormento en alguna pequeña cámara secreta del emperador Thuba Mleen, o algo que los mensajeros no habían dicho, tal vez más espantoso aún.

 


Los fantasmas

 

La discusión que sostuve con mi hermano, en su gran casa solitaria, escasamente interesará a mis lectores. No sucederá así con aquéllos, al menos eso espero, a quienes logre interesar con el experimento que yo emprendí, y por las extrañas cosas que me acontecieron en aquella desconocida región a la que permití, ligera e ignorantemente, penetrar a mi imaginación.

Ahora bien, Oneleigh se encuentra en un profundo aislamiento, en medio de un oscuro grupo de añosos cedros susurrantes. Éstos, inclinan sus copas al unísono cuando llega el viento del norte, vuelven a inclinarse como para concertar algo, furtivamente se calman de nuevo, y no dicen nada por un buen rato. El viento del norte es para ellos como un peliagudo problema entre viejos sabios: inclinan sus cabezas ante él y murmuran todos juntos. Esos cedros saben mucho porque han estado allí largo tiempo. Sus abuelos conocieron Lebanón, y a su vez, los abuelos de éstos fueron los sirvientes del rey de Tiro y llegaron hasta la corte de Salomón. Entre estos vástagos de oscura cabellera se hallaba la vieja casa de Oneleigh. No sé cuantos siglos habían azotado con ella su evanescente espuma de tiempo; con todo, todavía se mantenía en pie y sus alrededores pertenecían a un tiempo lejano: se parecían a esas extrañas raíces que, aferradas a una roca, desafían el impacto del mar. Allí, a la manera de las conchas de extintas lépadas, era donde en otro tiempo se vestían los caballeros la armadura; allí también se habían tramado tapices de múltiples colores, hermosos cual algas marinas; ninguna marea moderna había fluido hasta allí, ningún mobiliario victoriano, ninguna luz eléctrica. Las grandes rutas comerciales, que con los años apilan latas vacías y novelas baratas; se hallaban lejos de allí. Cierto, cierto, los siglos derrumbarán eso y arrastrarán sus fragmentos hacia playas lejanas; mientras tanto mientras continuaba en pie todavía, fui allí a visitar a mi hermano. Discutimos sobre fantasmas. La opinión de mi hermano sobre este tema me parecía equivocada. El mal interpretaba las cosas imaginadas con las de una existencia real; él argumentaba, con evidencia de segunda mano, que el testimonio de personas que habían visto fantasmas probaba su existencia. Yo sostuve que aun cuando hubieran visto fantasmas, aquello no era una evidencia; nadie cree en la existencia de ratas rojas, a pesar de cantidad de evidencias de primera mano de hombres que aseguran haberlas visto en delirios. Por último, declaré que tendría que ver a los fantasmas por mí mismo, y seguí negándome a aceptar su existencia real. Tomé un puñado de habanos, bebí varias tazas de té fuerte, salí sin cenar de la habitación, y me retiré a un cuarto con zócalos de roble oscuro, cuyas sillas se cubrían de tapices. Mi hermano se fue a la cama, aburrido de nuestra discusión, tras haber intentado disuadirme de mi experimento. El ascendió las viejas escaleras, mientras yo permanecía al pie de ellas; su vela se empequeñecía más y más y todavía persistió en convencerme de que fuera a cenar y a dormir.

Era un invierno ventoso. Los cedros murmuraban no sé qué cosa. Parecían tories de una escuela caduca hacía mucho, preocupados por una novedad. Un gran tronco húmedo puesto en la chimenea empezó a crepitar y a chillar; entonó una lastimosa tonadilla; una alta llama brotó y empezó a llevar el compás; todas las sombras se agruparon y empezaron a danzar. En los rincones más distantes las viejas masas de la oscuridad se mantuvieron quietas, cual chaperones sin ningún movimiento. Más allá, en la parte más oscura del cuarto, había una puerta que siempre se conservaba cerrada. Conducía a un pasillo que nadie transitaba. Cerca de aquella puerta había ocurrido algo, cierta vez, que consistía en una mancha para la familia. No se hablaba de eso. Allí, a la luz del fuego se recortaban las formas venerables de las viejas sillas; las manos forjadoras de sus tapices yacían bajo tierra; las agujas con las cuales la habían tejido estaban convertidas en hojuelas de mono. Ahora nadie tejía en aquel viejo cuarto, nadie sino antiguas y asiduas arañas que, observando el lecho de muerte de las cosas de antaño, hilaban mortajas para conservar sus restos. El núcleo de los frisos de roble, apolillados, yacía bajo mortajas dispersas.

A buen seguro, en una hora semejante, en un cuarto semejante, una fantasía excitada por el hambre y el té fuerte podría ver los fantasmas de los antiguos habitantes. Yo no esperaba otra cosa. El fuego oscilaba y las sombras danzaban; recuerdos de extraños sucesos históricos se despertaron con vividez en mi mente. El reloj de siete pies de altura dio solemnemente la media noche y nada sucedió. Mi imaginación se conservaba tranquila. Me invadió el frío de la madrugada y ya casi me había abandonado al sueño, cuando del pasillo adjunto se acercó el crujido de unos vestidos de seda, ansiados y esperados. Entonces, de dos en dos, entraron unas damas de noble cuna, con sus galanes de los tiempos jacobinos. Eran poco menos que sombras: sombras muy dignas y casi informes; pero, todos ustedes ya han leído historias sobre fantasmas, de modo que casi no hay necesidad de describirlos; así pues, entraron varios de ellos, ocuparon las viejas sillas, quizás un poco despreocupadamente, si se toma en cuenta el valor de los tapices. Después cesó el crujido de sus vestidos.

Bien… Había visto fantasmas y no estaba ni asustado ni convencido de que existieran. Estaba apunto de levantarme de la silla para marcharme a la cama, cuando… llegó desde el corredor un sonido de pasos, un sonido de pies desnudos acercándose hacia el piso pulido; de vez en cuando se percibía que alguien resbalaba, arañaba el piso de madera como un cuadrúpedo y luego reganaba el equilibrio. No estaba asustado, sino inquieto. Las pisadas se acercaban al cuarto en el que yo estaba; oí después que unas como aletas expectantes olfateaban el aire; quizás “inquieto” no sea el término adecuado a mis sentimientos de ese momento. De súbito, una manada de criaturas negras, más grandes, que podencos, llegó galopando; tenían largas orejas caídas, pegaban sus hocicos al suelo, se dirigían hacia los caballeros y las damas de antaño, y se inclinaban ante ellos en actitud irritada. Sus ojos eran horriblemente brillantes y muy profundos. Cuando los miré supe, repentinamente quiénes eran esas criaturas, y tuve miedo. Eran los pecados, los sucios, inmortales pecados de aquellos hombres y mujeres cortesanos.

Qué reservada estaba la dama sentada cerca de mí, en una antigua silla; qué reservada y qué bella para merecer tener al lado, con las quijadas en el regazo, un pecado de semejantes ojos rojos: un claro ejemplo de asesinato. Y ella, la dama del pelo dorado, seguramente ella no…, sin embargo, aquella temible bestia de ojos amarillos se aparta de ella para dirigirse hacia aquel cortesano y, cada vez que se le aparta, marcha hacia otro. Más allá, una dama trata de sonreír mientras acaricia la aborrecible y espesa cabeza del pecado de otro, pero uno de los que le pertenecen se encela y va a echarse a su vera. Allí se sienta un viejo noble, con su nieto sobre las rodillas. Uno de los grandes pecados negros del abuelo lame la cara del niño y lo hace su esclavo. En momentos, un fantasma se mueve y busca otra silla, mas su montón de pecados sigue tras él. ¡Pobres fantasmas, pobres fantasmas! Cuántos escapes deben haber planeado durante doscientos años para librarse de sus odiados pecados; cuántos pretextos deben haber esgrimido, para justificar su presencia, y los pecados siempre tras ellos…, todavía inexplicados. Súbitamente, uno de ellos pareció olfatear mi sangre y ladró en forma horrible. Los otros abandonaron al punto a sus fantasmas y se precipitaron hacia el pecado que había dado la alarma. El bruto había percibido mi olor cerca de la puerta por la que yo había entrado. Se movieron con lentitud hacia mí, sin dejar de husmear el piso. De cuando en cuando emitían terribles ladridos. Vi que las cosas habían ido demasiado lejos. Ya me habían visto, ya estaban a mi alrededor, ya se me abalanzaban buscándome el cuello. Cada vez que sus garras me rozaban, se me venían a la cabeza pensamientos horribles e inexpresables deseos me invadían el corazón. Planeaba actos bestiales, mientras aquellas criaturas saltaban en torno mío, y las planeaba con inigualable astucia. Un gran asesinato de ojos rojos se encontraba entre las primeras de esas cosas peludas de las que defendía con debilidad mi cuello. Repentinamente, me pareció laudable que yo matara a mi hermano. Me parecía importante no correr el riesgo de ser castigado por mi incredulidad. Sabía dónde estaba guardado un revólver. Después de haberle disparado vestiría el cuerpo y le pondría harina en la cara, como hace un hombre que ha estado jugando al fantasma. Sería muy simple. Alegaría que me había asustado… Los sirvientes no habían oído hablar sobre fantasmas. Quedarían dos o tres detalles por resolver pero nada escapaba a mi mente. Sí, me parecía muy conveniente matar a mi hermano, al mirar las rojas profundidades de los ojos de aquella criatura. Hice un último esfuerzo, al caer derribado…

“Si dos líneas rectas —pensé— cortan otra, los ángulos opuestos son iguales. Dejando que AB, CD se corten en E, entonces los ángulos CEA, CEB, igualan a dos ángulos rectos (Proposición XIII. También CEA, ADE, igualan a dos ángulos rectos.

Me movía hacia la puerta para tomar el revólver. Se produjo una especie de exaltación entre las bestias.

—Pero el ángulo CEA es común; por lo tanto, AED iguala a CEB. De la misma manera, CEA igual a DEB Q.E.D.

Estaba probado. La lógica y la razón se restablecieron en mi mente. No había oscuros podencos de pecado. Las sillas tapizadas estaban vacías. Me pareció inconcebible el pensamiento de que un hombre asesinara a su hermano.

 


En Zaccarath

 

“Venid —dijo el rey en la sagrada Zaccarath—, y que nuestros profetas profeticen en presencia nuestra.”

Desde muy lejos se veía la joya de luz que era aquel santo palacio, maravilla de los nómades de la llanura.

Estaba en él el rey, con todos sus magnates y con los reyes menores que le rendían vasallaje, y también estaban todas sus reinas, con todas sus joyas sobre sí. ¡Quién podría decir del esplendor en medio del que residían, o de las miles de luces y de las esmeraldas que las reflejaban; de la peligrosa belleza de aquel tesoro de reinas, o el resplandor de sus cuellos abrumados!...

Había un collar allí de perlas carmesíes como no podría imaginarlo el más soñador de los artistas. ¿Quién podría hablar de aquellos candelabros de amatista, en los que las antorchas, embebidas en raros óleos de Bhitinia, ardían esparciendo un aroma de bletanías?1

Baste decir que cuando la aurora llegaba parecía pálida por contraste, y áspera y desnuda enteramente de su gloria; de tal modo, que se ocultaba entre nubes.

“Venid —dijo el rey—, que nuestros profetas profeticen.” Entonces, los heraldos avanzaron entre las filas de los guerreros del rey, vestidos de seda, y que, ungidos y perfumados, yacían sobre sus capas de terciopelo, entre una brisa suave, movida por los abanicos de los esclavos. Hasta sus lanzas arrojadizas estaban incrustadas de pedrería. Al través de sus filas, los heraldos avanzaron en pasitos menudos y se acercaron a los profetas, vestidos de color pardo y negro, y a uno de ellos lo trajeron y lo colocaron ante el rey. Y el rey le miró y dijo: “Profetiza ante nos”.

Y el profeta irguió la cabeza de tal modo, que sus barbas se destacaron de su sayón pardo y los abanicos de los esclavos que abanicaban a los guerreros las hicieron templar ligeramente por la punta. Y el profeta habló al rey, y le habló así:

“¡Ay de ti, rey, y ay de Zaccarath! ¡Ay de ti y ay de tus mujeres, porque tu ruina será, cruel y pronta! Ya en el cielo, los dioses evitan a tu dios, porque conocen su sentencia y lo que está escrito sobre él, y ve cómo el olvido se levanta ante él como una neblina. Has provocado el odio de tus montañeses. La maldad de tus días echará sobre ti a los zeedianos, como los soles de la primavera empujan el alud. Y se arrojarán sobre Zaccarath como el alud cae sobre las chozas del valle.” Y como las reinas cuchicheaban y reían quedamente entre sí, él simplemente elevó la voz y habló todavía: “¡ Ay de estos muros y de las cosas cinceladas que hay sobre ellos! El cazador conocerá las acampadas de los nómadas por las huellas de los fogarines en el llano: pero no conocerá dónde estuvo Zaccarath”.

Algunos guerreros que se hallaban reclinados volvieron la cabeza para mirar al profeta cuando hubo callado. Lejos, a lo alto, los ecos de su voz murmuraron aún algún tiempo entre los cabrioles de cedro.

“¿No es espléndido?”, dijo el rey. Y mucha gente de entre los reunidos batió con sus palmas el pulido pavimento en testimonio de aplauso. Entonces, el profeta fue conducido otra vez a su sitio en un rincón lejano de aquel grandioso palacio, y durante un rato los músicos tocaron en trompetas maravillosamente recurvadas, mientras los tambores latían detrás de ellos, ocultos en un nicho. Los músicos fueron sentándose con las piernas cruzadas en el suelo, soplando todos en sus inmensas trompetas bajo la brillante luz de las antorchas; pero como los tambores sonaban cada vez más fuertes en la oscuridad, aquéllos se levantaron y, suavemente, se acercaron al rey. Más y más fuertemente tamborileaban los tambores en lo oscuro, y más y más se acercaban los hombres con sus trompetas, a fin de que su música no fuese ahogada por los tambores antes de que hubiera podido llegar hasta el rey.

Una escena maravillosa ocurrió cuando las tempestuosas trompetas se detuvieron ante el rey, y los tambores, en la oscuridad, fueron como el trueno de Dios. Y las reinas movían la cabeza a compás con la música, mientras sus diademas chispeaban como cuando caen en los cielos las estrellas. Y los guerreros levantaban sus cabezas y sacudían al levantarlas las plumas de aquellos pájaros dorados que los cazadores acechan junto a los lagos de Lidia, apenas matando a seis de ellos durante todo el largo de su vida, para confeccionar los penachos que los guerreros llevaban cuando hacían fiesta en Zaccarath. Entonces el rey hizo una exclamación y los guerreros cantaron —casi todos ellos recordando entonces viejas canciones de batalla. Y, conforme cantaban, el son de los tambores decaía y los músicos marchaban hacia atrás, y el tamborileo se hacía cada vez más débil cuanto más retrocedían, y cesó completamente y ya no soplaron más en sus trompetas fantásticas. Entonces, la asamblea golpeó el suelo con las palmas de sus manos. Y en seguida las reinas pidieron al rey que enviase a buscar otro profeta. Y los heraldos trajeron a un cantor y le colocaron ante el rey; y el cantor era un joven con un arpa. Y acarició las cuerdas del arpa, y cuando hubo silencio, cantó la iniquidad del rey. Y predijo la irrupción de los zeedianos, y la caída y el olvido de Zaccarath, y la vuelta del desierto a lo que fue suyo, y los jugueteos de los cachorros del león en el sitio mismo donde se alzaron las estancias del palacio.

“¿Sobre qué está cantando?”, dijo una reina a otra reina.

“Está cantando del imperecedero Zaccarath.”

Cuando el cantor cesó, la asamblea golpeó negligentemente en el suelo, y el rey le hizo una seña con la cabeza y él se marchó.

Después que todos los profetas profetizaron ante ellos, y cuando todos los cantantes cantaron, la real compañía se levantó y se fue a otras cámaras, abandonando el salón de la fiesta al pálido y solitario amanecer. En su soledad quedaron los dioses de cabeza de león que estaban esculpidos en los muros; en silencio quedaron, y sus pétreos brazos estaban cruzados. Y las sombras bailaban sobre sus rostros como pensamientos curiosos conforme las antorchas vacilaban y el triste crepúsculo matutino cruzaba los campos. Y los colores comenzaban a cambiar en los candelabros.

Cuando el último tocador de laúd se quedó dormido, los pájaros comenzaron a cantar.

Nunca se vio esplendor más grande ni más famoso castillo. Cuando las reinas se retiraron pasando bajo los cortinajes de las puertas con todas sus diademas, pareció como si las estrellas desertasen de sus puestos y marchasen en tropel hacia Occidente, al apuntar la madrugada.

Tan sólo el otro día encontré una piedra que, sin duda, había pertenecido a Zaccarath. Tenía tres pulgadas de largo y una de ancho. Vi uno de sus bordes que no estaba cubierto por la tierra. Creo que solamente se han encontrado otras tres piedras semejantes.

 

 
 

1 Esa planta maravillosa que crece junto a la cúspide del monte Zaumnos, aroma toda la extensión zaumniana y su perfume se percibe muy lejos, en las llanuras kepuscrianas, y cuando el viento sopla desde la montaña, llega hasta las calles de la ciudad de Ognoth. Por la noche cierra sus pétalos y se le oye respirar, y su respiración es un veneno rápido. También respira durante el día si se agitan las nieves cerca de ella. Ninguna planta de este género ha sido arrancada en vida por cazador alguno.

 


El hombre de haschisch

 

El otro día asistí a una comida en Londres. Las señoras se habían retirado al piso de arriba, y nadie se sentaba a mi derecha; a mi izquierda tenía a un hombre a quien no conocía, pero que evidentemente sabía mi nombre, porque al cabo de un rato se volvió hacia mí y me dijo:

—He leído en una revista un cuento suyo sobre Bethmoora.

Por supuesto, recordé el cuento. Era el cuento de una hermosa ciudad oriental súbitamente abandonada en un día, nadie sabe por qué. Respondí:

—¡Oh, sí! —y busqué con calma en mi mente alguna fórmula de reconocimiento más adecuada al encomio que me había dedicado su memoria.

Pero quedé asombrado cuando me dijo: “Está usted en un error respecto a la enfermedad del gnousar; no fue nada de eso.”

Yo repuse: “¿Cómo? ¿Ha estado usted allí?”

Y él dijo: “Sí; voy a veces con el haschisch. Conozco Bethmoora bastante bien”. Y sacó del bolsillo una cajita llena de una sustancia negra parecida a la brea, pero con un olor extraño. Me advirtió que no la tocara con los dedos, porque me quedaría la mancha para muchos días. “Me la regaló un gitano”, dijo. “Tenía cierta cantidad, porque era lo que había terminado por matar a su padre.” Mas le interrumpí, pues anhelaba conocer de cierto por qué había sido abandonada Bethmoora, la hermosa ciudad, y por qué súbitamente huyeron de ella todos sus habitantes en un día. “¿Fue por la maldición del Desierto?”, pregunté. Y él dijo: “En parte fue la cólera del Desierto, y en parte el aviso del Emperador Thuba Mleen, porque esta espantosa bestia estaba en cierto modo emparentada con el Desierto por línea de madre”.

Y me contó esta extraña historia: “Usted recuerda al marinero de la negra cicatriz que estaba en Bethmoora el día descrito por usted, cuando los tres mensajeros llegaron jinetes en sendas mulas a la puerta de la ciudad y huyó toda la gente. Encontré a este hombre en una taberna bebiendo ron y me contó el éxodo de Bethmoora, pero tampoco sabía en qué consistiera el mensaje ni quién lo había enviado. Sin embargo, dijo que quería ver de nuevo a Bethmoora, otra vez que tocase en puerto de Oriente, aunque tuviera que habérselas con el mismo diablo. Decía con frecuencia que quería encontrarse cara a cara con el diablo para descubrir el misterio que vació en un solo día a Bethmoora. Y al fin acabó por verse con Thuba Mleen, cuya refinada ferocidad no había él imaginado. Pero un día me dijo el marinero que había encontrado barco, y no volví a hallarle en la taberna bebiendo ron. Fue por entonces cuando el gitano me regaló el haschisch, del que guardaba una cantidad sobrante. Literalmente, le saca a uno de sí mismo. Es como unas alas. Vuela usted a distantes países y entra en otros mundos. Una vez descubrí el secreto del universo. He olvidado lo que era, pero sé que el Creador no toma en serio la Creación, porque recuerdo que Él se sentaba en el Espacio frente a toda su obra y reía. He visto cosas increíbles en espantosos mundos. De la misma suerte que su imaginación le lleva a usted allá, sólo por la imaginación puede usted volver. Una vez encontré en el éter, a un espíritu fatigado y vagabundo que había pertenecido a un hombre a quien las drogas habían matado cien años antes, y me llevó a regiones que jamás había yo imaginado; nos separamos coléricos más allá de las Siete Cabrillas, y no pude imaginar mi camino de retorno. Y hallé una enorme forma gris, que era el espíritu de un gran pueblo, tal vez de una estrella entera, y le supliqué me indicara el camino de mi casa, y se detuvo a mi lado como un viento súbito y señaló, y hablando muy quedo, me preguntó si distinguía allí cierta lucecilla, y yo veía una débil y lejana estrella, y entonces me dijo: ‘Es el Sistema Solar’, y se alejó a tremendas zancadas. Imaginé como pude mi camino de retorno, y a tiempo justo, porque mi cuerpo estaba a punto de quedarse tieso sobre una silla en mi cuarto; el fuego se había extinguido y todo estaba frío, y tuve que mover todos mis dedos uno por uno, y había en ellos alfileres y agujas, y terribles dolores en las uñas, que empezaban a deshelarse. Al fin, logré mover un brazo y alcanzar la campanilla, y nadie vino en un largo rato, porque todos estaban acostados; pero al cabo un hombre apareció, y trajeron a un médico; y él dijo que era una intoxicación de haschisch; pero todo hubiera ocurrido a pedir de boca si no hubiera topado con el cansado espíritu vagabundo.

“Podría contarle a usted cosas sorprendentes que he visto; pero usted quiere saber quién envió el mensaje a Bethmoora. Pues bien: fue Thuba Mleen.

“He aquí cómo lo he sabido. Yo iba a menudo a la ciudad después de aquel día que usted describió (yo acostumbraba a tomar el haschisch todas las tardes en mi casa), y siempre la encontré deshabitada. Las arenas del desierto habían invadido la ciudad, y las calles estaban amarillas y llanas, y en las abiertas puertas, que batía el aire, se amontonaba la arena.

“Una tarde monté una guardia junto al fuego, y, acomodado en una silla, mastiqué mi haschisch; y la primera cosa que vi llegar a Bethmoora fue el marinero de la negra cicatriz, que paseaba calle abajo, dejando las huellas de sus pies en la amarilla arena. Y entonces comprendí que iba a ver el secreto poder que mantenía despoblada a Bethmoora.

“Vi que el desierto había montado en cólera, porque nubes tempestuosas se hinchaban en el horizonte y se oía el mugido de la arena.

“Bajaba el marinero por la calle escudriñando las casas vacías; unas veces gritaba y otras cantaba, o escribía su nombre en una pared de mármol. Luego se sentó en un peldaño y comió su ración. Al cabo de algún tiempo se aburrió de la ciudad y volvió calle arriba. Cuando llegaba a la puerta de cobre verde aparecieron tres hombres montados en camellos.

“Yo no podía hacer nada. Yo no era más que una conciencia invisible, vagabunda; mi cuerpo estaba en Europa. El marinero se defendió bien con sus puños; pero al fin fue reducido y amarrado con cuerdas e internado en el Desierto.

“Le seguí cuanto pude, y vi que se dirigían por el camino del Desierto, rodeando las montañas de Hap, hacia Utnar Véhi, y entonces conocí que los hombres de los camellos pertenecían a Thuba Mleen.

“Yo trabajo todo el día en una oficina de seguros, y espero que no me olvidará si desea hacer algún seguro de vida, contra incendio o de automóviles; pero esto nada tiene que ver con mi historia.

“Estaba impaciente, ansioso por volver a mi casa, aunque no es saludable tomar haschisch dos días seguidos; mas anhelar ver lo que harían con el pobre hombre, porque a mi oído habían llegado malos rumores acerca de Thuba Mleen. Cuando por fin me vi libre, tuve que escribir una carta; llamé luego a mi criado y le di orden de que nadie me molestase; pero dejé la puerta abierta en previsión de un accidente. Después aticé un buen fuego, me senté y tomé una ración del tarro de los sueños. Me dirigía al palacio de Thuba Mleen.

“Detuviéronme más que de costumbre los ruidos de la calle; pero de súbito me sentí elevado sobre la ciudad; los países europeos volaban raudos por debajo de mí, y a lo lejos aparecieron las finas y blancas agujas del palacio de Thuba Mleen. Le encontré en seguida al extremo de una reducida y estrecha cámara. Una cortina de rojo cuero pendía a su espalda, y en ella estaban bordados con hilo de oro todos los nombres de Dios escritos en yannés. Tres ventanitas había en lo alto. El Emperador podría tener hasta veinte años, y era pequeño y flaco. Nunca la sonrisa asomaba a su rostro amarillo y sucio, aunque de continuo sonreía entre dientes. Cuando recorrí con la vista desde la deprimida frente al trémulo labio inferior, me di cuenta de que algo horrible había en él, aunque no pude percibir qué era. Luego me percaté: aquel hombre nunca pestañeaba; y aunque después observé atentamente aquellos ojos para sorprender un parpadeo, jamás pude advertirlo.

“Luego seguí la absorta mirada del Emperador y vi tendido en el suelo al marinero, que estaba vivo, pero horriblemente desgarrado, y los reales torturadores cumplían su obra en torno de él. Habían arrancado de su cuerpo largas túrdigas de pellejo, pero sin acabar de desprenderlas, y atormentaban los extremos de ellas a bastante distancia del marinero”. El hombre que encontré en la comida me contó muchas cosas que debo omitir. “El marinero gemía suavemente, y a cada gemido Thuba Mleen sonreía. Yo no tenía olfato, mas oía y veía, y no sé qué era lo más indignante: si la terrible condición del marinero o el feliz rostro sin pestañeo del horrible Thuba Mleen.

“Yo quería huir, pero no había llegado el momento y hube de permanecer donde estaba.

“De pronto comenzó a contraerse con violencia la faz del Emperador, y su labio a temblar rápidamente, y llorando de rabia gritó en yannés con desgarrada voz al capitán de los torturadores que había un espíritu en la cámara. Yo no temía, porque los vivos no pueden poner sus manos sobre un espíritu; pero todos los torturadores espantáronse de su cólera y suspendieron la tarea, porque sus manos temblaban de horror. Luego salieron de la cámara dos lanceros, y a poco volvieron con sendos cuencos de oro rebosantes de haschisch; los cuencos eran tan grandes, que podrían flotar cabezas en ellos si hubieran estado llenos de sangre. Y los dos hombres se abalanzaron rápidamente sobre ellos y empezaron a comer a grandes cucharadas; cada cucharada hubiera dado para soñar a un centenar de hombres. Pronto cayeron en el estado del haschisch, y sus espíritus, suspensos en el aire, preparábanse a volar libremente, mientras yo estaba horriblemente espantado; pero de cuando en cuando retornaban a su cuerpo, llamados por algún ruido del lugar. Todavía seguían comiendo, pero ya perezosamente y sin avidez. Por fin las grandes cucharas cayeron de sus manos, y se elevaron sus espíritus y los abandonaron. Mas yo no podía huir. Y los espíritus eran aún más horribles que los hombres, porque éstos eran jóvenes y todavía no habían tenido tiempo de moldearse a sus almas espantosas. Aún gemía blandamente el marinero, suscitando leves temblores en el Emperador Thuba Mleen. Entonces, los dos espíritus se abalanzaron sobre mí y me arrastraron como las ráfagas del viento arrastran a las mariposas, y nos alejamos del pequeño hombre pálido y odioso. No era posible escapar a la fiera insistencia de los espíritus. La energía de mi terrón minúsculo de droga era vencida por la enorme cucharada llena que aquellos hombres habían comido con ambas manos. Pasé como un torbellino sobre Arvle Woondery, y fui llevado a las tierras de Snith, y arrastrado sobre ellas hasta llegar a Kragua, y aún más, más allá, a las tierras pálidas casi ignoradas de la fantasía. Llegamos al cabo a aquellas montañas de marfil que se llaman los Montes de la Locura. E intenté luchar contra los espíritus de los súbditos de aquel espantoso Emperador, porque oí al otro lado de los montes de marfil las pisadas de las bestias feroces que hacen presa en el demente, paseando sin cesar arriba y abajo. No era culpa mía que mi pequeño terrón de haschisch no pudiera luchar con su horrible cucharada… ”

Alguien sacudió la campanilla de la puerta. En aquel momento entró un criado y dijo a nuestro anfitrión que un policía estaba en el vestíbulo y quería hablarle al punto. Nos pidió licencia, salió y oímos que un hombre de pesadas botas le hablaba en voz baja. Mi amigo se levantó, se acercó a la ventana, la abrió y miró al exterior. “Debí pensar que haría una hermosa noche”, dijo. Luego saltó afuera. Cuando asomamos por la ventana nuestras cabezas asombradas, ya se había perdido de vista.

 


Un mensaje a Marte

 

—Tal vez no lo sepan —declaró Rowston—, pero el siglo pasado, una mujer dejó en su testamento una importante suma para comunicarse con el planeta Marte.

La conversación se había vuelto muy científica en el club, y Rowston, considerado por todos como el más científico de cuantos estaban reunidos, tenía vía libre para él solo.

—Era una mujer —siguió diciendo—, y los sabios a quienes dejó el dinero decidieron marcar por todo el norte de Francia el diagrama de aquel maravilloso teorema del primer libro de Euclides, en el que se demuestra que el cuadrado construido sobre la hipotenusa de cualquier triángulo rectángulo es igual a la suma de los cuadrados construidos sobre sus catetos. Es en verdad un teorema maravilloso y resulta difícil creerlo cuando se mira con atención. Parece tan disparatado pensar que, cualquiera que sea la forma del triángulo, con tal de que uno de sus ángulos sea recto, esos dos cuadrados sumados sean siempre exactamente iguales al tercero, es decir, que el mayor de los tres sea un poco más grande que el mediano y la diferencia sea el tercero… Muchas veces me pregunto cómo pudo ocurrírsele semejante cosa a Euclides.

—¿Y qué resultó de todo eso? —preguntó uno de los miembros, tan interesado en la ciencia como en el golf.

—Ya ven ustedes —contestó Rowston—. Aquellos franceses pensaron que los marcianos debían ser más inteligentes que nosotros, pues iniciaron antes su civilización en vista de que su planeta es más chico y se enfrió antes que el nuestro, y debían saber ya todas las cosas que nosotros conocemos, así como debían haber superado muchos de nuestros errores. En fin, para resumir sus argumentos en pocas palabras, afirmaban que ningún pueblo inteligente podía ignorar la vieja verdad sobre los cuadrados; y cuando vieran el diagrama sabrían que nosotros somos también inteligentes. Y entonces no tendrían más remedio que enviar una respuesta, un mensaje.

—¿Y qué ocurrió? —preguntó uno de nosotros.

—Ocurrió que el gobierno francés decidió que la mujer no estaba en sus cabales y que su legado era una frivolidad, e impidió que el dinero fuera a donde había sido destinado. Pasó a manos de sus sobrinos. Pero yo imagino que si ella estaba loca, no fue prudente que el dinero pasara a manos de sus familiares, que tal vez estaban locos también. Y cuanto más dinero tuvieran, mayores posibilidades había de que les saliera la locura a la superficie.

—La mujer no estaba loca —afirmó Jorkens.

—¿Por qué lo dices? —preguntó Rowston ásperamente, a quien no le gustaban las interrupciones cuando hablaba de temas científicos.

—Estaba perfectamente cuerda —añadió Jorkens—. Y la señal pudo hacerse, y Marte contestó al fin.

—¿Marte contestó? —dijimos todos. Rowston permaneció en silencio.

—Sí —dijo Jorkens—, y creo que aquellos científicos no aceptaron la decisión de su gobierno. Nunca les satisfizo. Se dedicaron a recoger fondos, calladamente, y eso les llevó mucho tiempo, y muchos de ellos murieron antes de redondear una suma importante. En realidad, todos murieron ya hace muchos años. Pero la idea siguió adelante; y modestamente, sin que nadie se enterara de su propósito, pues los hubieran tomado por locos, juntaron lo suficiente pocos años antes de que se declarara la I Guerra Mundial.

—¿Y cómo lo sabes? —preguntó Rowston.

—Porque tuve la fortuna de conocer al único hombre capaz de conseguir ese mensaje marciano —contestó Jorkens.

—¿Cómo es que no lo sabemos los demás? —preguntó Rowston.

—Porque se mantuvo en secreto —fue la respuesta de Jorkens.

—¿Se mantuvo en secreto?

—Sí —dijo Jorkens—. Encendieron todas las fogatas, pero no en Francia, claro, porque podrían pensar que era una locura, ni tampoco en Europa, pues es difícil guardar un secreto en nuestros días. Fueron al Sahara, y allí marcaron el gran diagrama con teorema de Euclides. Nadie podía inmiscuirse excepto unos pocos moros, que pensaron que estaban locos, pero no los molestaron pues consideraban la locura como un castigo de Alá y no un asunto en el que debieran intervenir. Debieron reunir una suma bastante importante en aquellos cuarenta años, pues el costo sólo de los transportes fue enorme, ya que en el Sahara no se encuentra agua ni comida ni combustible para cocinar. Pero vieron muchos camellos y pudieron viajar en ellos. Y una noche encendieron sus inmensas líneas de fogatas. Y Marte contestó.

—¿Marte contestó? —preguntó Rowston de nuevo.

—Sí, en poco más de una semana —dijo Jorkens—. Lo hicieron maravillosamente aprisa. Y también enviaron un diagrama.

—¿Qué enviaron? —preguntó Rowston.

—Encendieron fogatas —explicó Jorkens—, igual que nosotros. No les resultó tan sencillo como para nosotros, pues estando más lejos del sol, su disco relucía a todas horas, mientras el nuestro está siempre a oscuras para ellos; pero la gente que hizo nuestras señales recogió las de ellos con la ayuda de su telescopio. Y muchos se sintieron halagados ante la rápida respuesta de los marcianos.

—¿Y el diagrama? —volvió a preguntar Rowston.

—Contestaron con otro triángulo rectángulo —dijo Jorkens—, pero distinto al nuestro, con ciertos arreglos.
Al escuchar la palabra arreglos aplicada a la geometría, Rowston resopló ostensiblemente.

—Uno de sus lados —siguió explicando Jorkens— era igual a su longitud original, mientras el otro era cuatro veces más largo, extendiéndose de norte a sur por las llanuras de Marte. Cómo pudieron crear tan enorme diseño en sólo una semana admiró a todos los que estaban enterados del asunto. Otra cosa que les intrigó fue la inexacta proporción de las líneas.

—Dices que la longitud de un lado había sido conservada y la otra multiplicada por cuatro —dijo Rowston.

—Sí —contestó Jorkens—, pero no exactamente. El triángulo rectángulo era correcto, pero no la proporción de los lados aumentados. Esa inexactitud pareció sorprender a aquellos hombres. Se dieron cuenta de que el signo debía tener enorme trascendencia, y había sido hecho por un pueblo sumamente hábil, tanto como por la rapidez que habían demostrado poseer, y sin embargo no hallaron ninguna fórmula matemática para la exacta longitud de las líneas. Esperaban que, como eran eficientes matemáticos, los marcianos lo serían también, cosa que les pareció razonable cuando vieron que contestaban con un diagrama matemático.

—Por espacio de varias semanas —siguió diciendo Jorkens—, un pequeño grupo de sabios trabajó en la fórmula geométrica, conscientes de que habían recibido un mensaje de una gente que esperaba ser comprendida. Y al final, después de darle vueltas a la fórmula, resultó algo muy sencillo. Tal vez sobreestimaron la dificultad del diagrama, y buscaron algo más complicado de lo que el mensaje quería decir. Un hombre lo descubrió al fin, o mejor dicho, se le ocurrió de pronto, un tipo ya viejo llamado Priteau. Fue un golpe para él. Fue un golpe para todos. Y por eso, al final, echaron tierra al asunto. Priteau esperaba, y los demás con él, que el pueblo de Marte no nos odiaba a nosotros, sino a la civilización nuestra, basada en la maquinaria, que se lo debe todo a las matemáticas; creían que Marte estaba enterada de todo y que se había retirado disgustada. Fue Priteau, con su figura geométrica, quien los había llenado de enojo, y por eso enviaron tan aprisa su mensaje.

—Pero, ¿cuál era ese mensaje? —preguntó Rowston—. ¿Qué era eso que todos queremos conocer?

—Bien —dijo Jorkens—, todos opinan ahora que no existió tal mensaje; pero lo hubo, obviamente, o no se habrían tomado la pena de ocultarlo. Además, lo podrán ver ustedes mismos si se toman la molestia de dibujar la figura en un papel: es muy sencillo. Una larga línea derecha, de norte a sur como ya les dije, y otra más corta arriba, en ángulo recto, y entonces…

—Como un poste de señales —dijo alguien que no sentía mucho amor por la ciencia.

—Un minuto —dijo Jorkens—. Olvidaste la base del triángulo. Los postes de señales no tienen esas barras cruzadas.

—Yo diría una horca —dijo otro.

—Exactamente —añadió Jorkens—. El mensaje decía, sencillamente: “¡Que los cuelguen a todos!”

 


Días de ocio en el país del Yann

 


Cruzando el bosque, bajé a la orilla del Yann, y allí encontré, según se había profetizado, al barco El Pájaro del Río, presto a soltar amarras.

El capitán estaba sentado, con las piernas cruzadas, sobre la blanca cubierta, con su cimitarra al lado, enfundada en su vaina esmaltada de pedrería; y los marineros desplegaban las ágiles velas para guiar el navío al centro del Yann, y entretanto cantaban viejas canciones de paz. Y el viento de la tarde, que descendía helado de los campos de nieve de alguna montaña, residencia de lejanos dioses, llegó de súbito como una alegre noticia a una ciudad impaciente, e hinchó las velas, que semejaban alas.

Y así alcanzamos el centro del río, y los marineros arriaron las grandes velas. Pero yo había ido a saludar al capitán, y a inquirir los milagros y las apariciones entre los hombres de los más santos dioses de cualquiera de las tierras en que él había estado. Y el capitán respondió que venía de la hermosa Belzoond, y que había adorado a los dioses menores y más humildes que rara vez enviaban el hambre o el trueno y que fácilmente se aplacaban con pequeñas batallas. Y le dije cómo llegaba de Irlanda, que está en Europa; y el capitán y todos los marineros se rieron, pues decían: “No hay tales lugares en todo el país de los sueños”. Cuando acabaron de burlarse, expliqué que mi fantasía moraba por lo común en el desierto de Cuppar-Nombo, en una ciudad azul llamada Golthoth la Condenada, que guardaban en todo su contorno los lobos y sus sombras, y que había estado desolada años y años por una maldición que fulminaron una vez los dioses airados y que no habían podido revocar. Y que a veces mis sueños me habían llevado hasta Pungar Vees, la roja ciudad murada donde están las fuentes, que comercia con Thul y las Islas. Cuando hablé así me dieron albricias por la elección de mi fantasía, diciendo que, aunque ellos nunca habían visto esas ciudades, bien podían imaginarse lugares tales. Durante el resto de la tarde contraté con el capitán la suma que había de pagarle por mi travesía, si Dios y la corriente del Yann nos llevaban con fortuna a los arrecifes del mar que llaman Bar-Wul-Yann, la Puerta del Yann.

Ya había declinado el sol, y todos los colores de la tierra y el cielo habían celebrado un festival con él, y huido uno a uno al inminente arribo de la noche. Los loros habían volado a sus viviendas de las umbrías de una y otra orilla; los monos, asidos en fila a las altas ramas de los árboles, estaban silenciosos y dormidos; las luciérnagas subían y bajaban en las espesuras del bosque, y las grandes estrellas asomábanse resplandecientes a mirarse en la cara del Yann. Entonces, los marineros encendieron las linternas, colgáronlas a la borda del navío y la luz relampagueó súbitamente y deslumbró al Yann; y los ánades que viven a lo largo de las riberas pantanosas levantaron de pronto el vuelo y dibujaron amplios círculos en el aire, y columbraron las lejanías del Yann, y la blanca niebla que blandamente encapotaba la fronda, antes de regresar a sus pantanos.

Entonces, los marineros se arrodillaron sobre cubierta y oraron, no a la vez, sino en turnos de cinco o seis. De uno y otro lado arrodillábanse cinco o seis, porque allí sólo rezaban a un tiempo hombres de credos diferentes, para que ningún dios pudiera oír la plegaria de dos hombres al mismo tiempo. Tan pronto como uno acababa de orar, otro de la misma fe venía a tomar su puesto. Así es como se arrodillaba la fila de cinco o seis, con sus cabezas dobladas bajo las velas que latían al viento, mientras que la vena central del río Yann encaminábalos hacia el mar; y sus plegarias ascendían por entre las linternas y subían a las estrellas. Y detrás de ellos, en la popa del barco, el timonel rezaba en voz alta la oración del timonel, que rezan todos los que comercian por el río Yann, cualquiera que sea su fe. Y el capitán impetró a sus pequeños dioses menores, a los dioses que bendicen a Belzoond.

Y yo también sentí anhelos de orar. Sin embargo, no quería rogar a un dios celoso, allí donde los débiles y benévolos dioses eran humildemente invocados por el amor de los gentiles; y entonces me acordé de Sheol Nugganoth, a quien los hombres de la selva habían abandonado largo tiempo hacía, que está ahora solitario y sin culto; y a él recé.

Mientras estábamos orando, cayó la noche de repente, como cae sobre todos los hombres que rezan al atardecer y sobre los hombres que no rezan; pero nuestras plegarias confortaron nuestras almas cuando pensábamos en la Gran Noche que venía.

Y así, el Yann nos llevó magníficamente río abajo, porque estaba ensoberbecido con la fundida nieve que el Poltiades le trajera de los montes de Hap, y el Marn y el Migris estaban hinchados por la inundación; y nos condujo en su poder más allá de Kyph y Pir, y vimos las luces de Golunza.

Pronto estuvimos todos dormidos, menos el timonel, que gobernaba el barco por la corriente central del Yann.

Cuando salió el sol cesó su canto el timonel, porque con su canto se alentaba en la soledad de la noche. Cuando cesó el canto nos despertamos súbitamente, otro tomó el timón y el timonel se durmió.

Sabíamos que pronto llegaríamos a Mandaroon. Luego que hubimos comido apareció Mandaroon. Entonces el capitán dio sus órdenes, y los marineros arriaron de nuevo las velas mayores, y el navío viró, y dejando el curso del Yann, entró en una dársena bajo los rojos muros de Mandaroon. Mientras los marineros entraban para recoger frutas, yo me fui solo a la puerta de Mandaroon. Sólo unas cuantas chozas habían, en las que habitaba la guardia. Un centinela de luenga barba blanca estaba a la puerta armado de una herrumbrosa lanza. Llevaba unas grandes antiparras cubiertas de polvo. A través de la puerta vi la ciudad. Una quietud de muerte reinaba en ella. Las calles parecían no haber sido holladas, y el musgo crecía espeso en el umbral de las puertas; en la plaza del mercado dormían confusas figuras. Un olor de incienso venía con el viento hacia la puerta, incienso de quemadas adormideras, y oíase el eco de distantes campanas. Dije al centinela en la lengua de la región del Yann: “¿Por qué están todos dormidos en esta callada ciudad?”

El contestó: “Nadie debe hacer preguntas en esta puerta, porque puede despertarse la gente de la ciudad. Porque cuando la gente de esta ciudad se despierte, morirán los dioses. Y cuando mueran los dioses, los hombres no podrán soñar más”. Empezaba a preguntarle qué dioses adoraba la ciudad, pero él enristró su lanza, porque nadie podía hacer preguntas allí. Le dejé entonces y me volví al Pájaro del Río.

Mandaroon era realmente hermosa, con sus blancos pináculos enhiestos sobre las rojas murallas y los verdes tejados de cobre.

Cuando llegué al Pájaro del Río, los marineros ya estaban a bordo. Levamos anclas en seguida y nos hicimos a la vela otra vez, y otra vez seguimos por el centro del río. El sol culminaba en su carrera, y alcanzábamos a oír en el río Yann las incontables miríadas de coros que le acompañan en su ronda por el mundo. Porque los pequeños seres que tienen muchas patas habían desplegado al aire sus alas de gasa, suavemente, como el hombre que se apoya de codos en el balcón y rinde regocijado solemnes alabanzas al sol; o bien unos con otros danzaban en el aire inciertas danzas complicadas y ligeras, o desviábanse para huir al ímpetu de alguna gota de agua que la brisa había sacudido de una orquídea silvestre, escalofriando el aire y estremeciéndole al precipitarse a la tierra; pero entretanto cantan triunfalmente: “Porque el día es para nosotros —dicen—, lo mismo si nuestro magnánimo y sagrado padre el Sol engendra más de nuestra especie en los pantanos, que si se acaba el mundo esta noche”, y allí cantaban todos aquellos cuyas notas son conocidas de los oídos humanos, así como aquellos cuyas notas, mucho más numerosas, jamás fueron oídas por el hombre.

Para todos estos seres, un día de lluvia hubiera sido como para el hombre una era de guerra que asolara los continentes durante la vida de una generación.

Y salieron también de la oscura y humeante selva para contemplar el sol y gozarse en él las enormes y tardas mariposas. Y danzaron; pero danzaban perezosamente en las calles del aire como tal reina altiva de lejanas tierras conquistadas, en su pobreza y destierro, danza en algún campamento de gitanos por sólo el pan para vivir, pero sin que su orgullo consintiérale bailar por un mendrugo más.

Y las mariposas cantaron de pintadas y extrañas cosas, de orquídeas purpúreas y de rojas ciudades perdidas, y de los monstruosos colores de la selva marchita. Y ellas también estaban entre aquellos cuyas voces son imperceptibles a los oídos humanos. Y cuando fluctuaban sobre el río, de bosque a bosque, fue disputado su esplendor por la enemiga belleza de las aves que salieron a perseguirlas. A veces posábanse en las blancas y céreas yemas de la planta que se arrastra y trepa por los árboles de la selva; y sus alas de púrpura resplandecían sobre los grandes capullos, como cuando van las caravanas de Nuri a Thace las sedas relampagueantes resplandecen sobre la nieve, donde los astutos mercaderes las despliegan una a una para ofuscar a los montañeses de las montañas de Noor.

Mas sobre hombres y animales, el sol enviaba su sopor. Los monstruos del río yacían dormidos en el légamo de la orilla. Los marineros alzaron sobre cubierta un pabellón de doradas borlas para el capitán, y fuéronse todos, menos el timonel, a cobijarse bajo una vela que habían tendido como un toldo entre dos mástiles. Entonces se contaron cuentos unos a otros, de sus ciudades y de los milagros de sus dioses, hasta que cayeron dormidos. El capitán me brindó la sombra de su pabellón de borlas de oro, y charlamos durante algún tiempo, diciéndome él que llevaba mercancías a Perdondaris, y que de retorno llevaría cosas del mar a la hermosa Belzoond. Y mirando a través de la abertura del pabellón los brillantes pájaros y mariposas que cruzaban sobre el río una y otra vez, me quedé dormido, y soñé que era un monarca que entra en su capital bajo empavesados arcos, y que estaban allí todos los músicos del mundo tañendo melodiosamente sus instrumentos, pero sin nadie que le aclamase.

A la tarde, cuando enfrió el día, desperté, y encontré al capitán ajustándose la cimitarra, que se había desceñido para descansar.

En aquel momento nos aproximábamos al amplio foro de Astahahn, que se abre sobre el río. Extrañas barcas de antiguo corte estaban amarradas a los peldaños. Al acercarnos vimos el abierto recinto marmóreo, en cuyos tres lados levantábanse las columnatas del frente de la ciudad. Y en la plaza y a lo largo de las columnatas paseaba la gente de aquella ciudad con la solemnidad y el cuidado gesto que corresponde a los ritos del antiguo ceremonial. Todo en aquella ciudad era de estilo antiguo: la decoración de las casas, que, destruida por el tiempo, no había sido reparada, era de las épocas más remotas; y por todas partes estaban representados en piedra los animales que han desaparecido de la tierra hace mucho tiempo: el dragón, el grifo, el hipogrifo y las varias especies de gárgola. Nada se encontraba, ni en los objetos ni en los usos, que fuera nuevo en Astahahn. Nadie reparó en nosotros cuando entramos, sino que continuaron sus procesiones y ceremonias en la antigua ciudad, y los marineros, que conocían sus costumbres, tampoco pusieron mayor atención en ellos. Pero yo, así que estuvimos cerca, pregunté a uno de ellos que estaba al borde del agua qué hacían los hombres en Astahahn, y cuál era su comercio y con quién traficaban. Dijo: “Aquí hemos encadenado y maniatado al Tiempo, que, de otra suerte, hubiera matado a los dioses”.

Le pregunté entonces qué dioses adoraban en aquella ciudad, y respondió: “A todos los dioses a quienes el Tiempo no ha matado todavía”. Me volvió la espalda y no dijo más, y se compuso de nuevo el gesto propio de la antigua usanza. Y así, según la voluntad del Yann, derivamos y abandonamos Astahahn. El río ensanchábase por bajo de Astahahn; allí encontramos mayores cantidades de los pájaros que hacen presa en los peces. Y eran de plumaje maravilloso, y no salían de la selva, sino que, con sus largos cuellos estirados y con sus patas tendidas hacia atrás en el viento, volaban rectos por el centro del río.

Entonces empezó a condenarse el anochecer. Una espesa niebla blanca había aparecido sobre el río y calladamente se extendía. Asíase a los árboles con largos brazos impalpables, y ascendía sin cesar, helando el aire; y blancas formas huían a la selva, como si los espectros de los marineros naufragados estuviesen buscando furtivamente en la sombra los espíritus malignos que tiempo atrás habíanles hecho naufragar en el Yann.

Cuando el sol comenzó a hundirse tras el campo de orquídeas, que descollaban en la alfombrada ladera de la selva, los monstruos del río salieron chapoteando del cieno en que se habían acostado durante el calor del día, y los grandes animales de la selva salían a beber. Las mariposas habíanse ido a descansar poco antes. En los angostos afluentes que cruzábamos, la noche parecía haber cerrado ya, aunque el sol, que se había ocultado de nosotros, aún no se había puesto.

Entonces, las aves de la selva tornaron volando muy altas sobre nosotros, con el reflejo bermellón del sol en sus pechos, y arriaron sus piñones tan pronto como vieron el Yann, y abatiéronse entre los árboles. Las cercetas empezaron entonces a remontar el río en grandes bandadas, silbando; de súbito giraron y se perdieron volando río abajo. Y allí pasó como un proyectil, junto a nosotros, el trullo, de forma de flecha; y oímos los varios graznidos de los bandos de patos, que los marineros me dijeron habían llegado cruzando las cordilleras lispasianas; todos los años llegan por el mismo camino, que pasa junto al pico de Mluma, dejándolo a la izquierda; y las águilas de la montaña saben el camino que traen, y al decir de los hombres, hasta la hora, y todos los años los esperan en el mismo camino en cuanto las nieves han caído sobre los llanos del Norte.

Mas pronto avanzó la noche de tal manera que ya no vimos los pájaros, y sólo oíamos el zumbido de sus alas, y de otros innumerables también, hasta que todos se posaron a lo largo de las márgenes del río, y entonces fue cuando salieron las aves de la noche. En aquel momento encendieron los marineros las linternas de la noche, y enormes alevillas aparecieron aleteando, en torno del barco, y por momentos sus colores suntuosos hacíanse visibles a la luz de las linternas; pero al punto entraban otra vez en la noche, donde todo era negro. Oraron de nuevo los marineros, y después cenamos y nos tendimos, y el timonel tomó nuestras vidas a su cuidado.

Cuando desperté, me encontré que habíamos llegado a Perdondaris, la famosa ciudad. Porque a nuestra izquierda alzábase una hermosa y notable ciudad, tanto más placentera a los ojos porque sólo la selva habíamos visto mucho tiempo hacía. Anclamos junto a la plaza del mercado y desplegóse toda la mercancía del capitán, y un mercader de Perdondaris se puso a mirarla. El capitán tenía la cimitarra en la mano y golpeaba con ella, colérico, sobre cubierta, y las astillas saltaban del blanco entarimado; porque el mercader habíale ofrecido por su mercancía un precio que el capitán tomó como un insulto a él y a los dioses de sus país, de quienes dijo eran grandes y terribles dioses, cuyas maldiciones debían ser temidas. Pero el mercader agitó sus manos, que eran muy carnosas, mostrando las rojas palmas, y juró que no lo hacía por él, sino solamente por las pobres gentes de las chozas del otro lado de la ciudad, a quienes deseaba vender la mercancía al precio más bajo posible, sin que a él le quedara remuneración. Porque la mercancía consistía principalmente en las espesas alfombras tumarunds, que en invierno resguardan el suelo del viento, y el tollub, que se fuma en pipa. Dijo, por tanto, el mercader que si ofrecía un piffek más, la pobre gente estaría sin sus tumarunds cuando llegase el invierno, y sin su tollub para las tardes; o que, de otra suerte, él y su anciano padre morirían de hambre.

A esto el capitán levantó su cimitarra contra su mismo pecho, diciendo que entonces estaba arruinado y que no le quedaba sino la muerte. Y mientras cuidadosamente levantaba su barba con su mano izquierda, miró el mercader de nuevo la mercancía, y dijo que mejor que ver morir a tan digno capitán, al hombre por quien él había concebido especial afecto desde que vio por primera vez su manera de gobernar la nave, él y su anciano padre morirían de hambre; y entonces ofreció quince piffeks más.

Cuando así hubo dicho, prosternóse el capitán y rogó a sus dioses que endulzaran aún más el amargo corazón de este mercader —a sus diosecillos menores, a los dioses que protegen a Belzoond.

Por fin ofreció el mercader cinco piffeks más. Entonces lloró el capitán, porque decía que se veía abandonado de sus dioses; y lloró también el mercader, porque decía que pensaba en su anciano padre y en que pronto moriría de hambre, y escondió su rostro lloroso entre las manos, y de nuevo contempló el tollub entre sus dedos. Y así concluyó el trato; tomó el mercader el tumarund y el tollub, y los pagó de una gran bolsa tintineante. Y fueron de nuevo empaquetados en balas, y tres esclavos del mercader lleváronlos sobre sus cabezas a la ciudad. Los marineros habían permanecido silenciosos, sentados con las piernas cruzadas en media luna sobre cubierta, contemplando ávidamente el trato, y al punto levantóse entre ellos un murmullo de satisfacción, y empezaron a compararle con otros tratos que habían conocido. Dijéronme que hay siete mercaderes en Perdondaris y que todos habían llegado junto al capitán, uno a uno, antes de que empezara el trato y que cada uno le había prevenido secretamente en contra de los otros. Y a todos los mercaderes habíales ofrecido el capitán el vino de su país, el que se hace en la hermosa Belzoond; pero no pudo persuadirlos para que aceptaran. Mas ahora que el trato estaba cerrado, y cuando los marineros, sentados, hacían la primera comida del día, apareció entre ellos el capitán con una barrica del mismo vino, y lo espitamos con cuidado, y todos nos alegramos a la par. El capitán se llenó de contento, porque veía relucir en los ojos de sus hombres el prestigio que había ganado con el trato que acababa de cerrar: así bebieron los marineros el vino de su tierra natal, y pronto sus pensamientos tornaron a la hermosa Belzoond y a las pequeñas ciudades vecinas de Durl y Duz.

Pero el capitán escanció para mí en un pequeño vaso de cierto vino dorado y denso de un jarrillo que guardaba aparte entre sus cosas sagradas. Era espeso y dulce, casi tanto como la miel, pero había en su corazón un poderoso y ardiente fuego que dominaba las almas de los hombres. Estaba hecho, díjome el capitán, con gran sutileza por el arte secreto de una familia compuesta de seis que habitaban una choza en las montañas de Hian Min. Hallándose una vez en aquellas montañas, dijo, siguió el rastro de un oso y topó de repente con uno de aquella familia, que había cazado al mismo oso; y estaba al final de una estrecha senda, rodeada de precipicios, y su lanza estaba hiriendo al oso, pero la herida no era fatal y él no tenía otra arma. El oso avanzaba hacia el hombre, muy despacio, porque la herida le atormentaba; sin embargo, estaba ya muy cerca de él. No quiso el capitán revelar lo que hizo; mas todos los años, tan pronto como se endurecen las nieves y se puede caminar por el Hian Min, aquel hombre baja al mercado de las llanuras y deja siempre para el capitán, en la puerta de la hermosa Belzoond, una vasija del inapreciable vino secreto.

Cuando paladeaba el vino y hablaba el capitán, recordé las grandes y nobles cosas que me habían propuesto realizar tiempo hacía, y mi alma pareció cobrar más fuerza en mi interior y dominar toda la corriente del Yann. Puede que entonces me durmiera. O, si no me dormí, no recuerdo ahora detalladamente mis ocupaciones de aquella mañana. Al oscurecer me desperté, y como desease ver Perdondaris, antes de partir a la mañana siguiente, y no pude despertar al capitán, desembarqué solo. Perdondaris era, ciertamente, una poderosa ciudad; una muralla muy elevada y fuerte la circundaba, con galerías para las tropas y aspilleras a todo lo largo de ella, y quince fuertes torres de milla en milla, y placas de cobre puestas a la altura que los hombres pudieran leerlas, contando en todas las lenguas de aquellas partes de la tierra —un idioma en cada placa— la historia de cómo una vez atacó un ejército a Perdondaris, y de lo que le aconteció al ejército. Entré luego en Perdondaris, y encontré a toda la gente de baile, todos cubiertos con brillantes sedas, y tocaban el tambang a la vez que bailaban. Porque mientras yo durmiera habíales aterrorizado una espantosa tormenta, y los fuegos de la muerte, decían, habían danzado sobre Perdondaris; pero ya el trueno había huido saltando, grande, negro y horrible, decían, sobre los montes lejanos; y se había vuelto a gruñirles de lejos, mostrando sus dientes relampagueantes; y al huir había estallado sobre las cimas, que resonaron como si hubieran sido de bronce. Con frecuencia hacían pausa en sus danzas alegres, e imploraban al Dios que no conocían, diciendo: “¡Oh Dios desconocido! Te damos gracias porque has ordenado al trueno volverse a sus montañas”.

Seguí andando y llegué al mercado, y allí vi, sobre el suelo de mármol, al mercader, profundamente dormido, que respiraba difícilmente, el rostro y las palmas de las manos vueltas al cielo, mientras los esclavos le abanicaban para guardarle de las moscas. Del mercado me encaminé a un templo de plata, y luego a un palacio de ónice; y había muchas maravillas en Perdondaris y allí me hubiera quedado para verlas; mas al llegar a la otra orilla de la ciudad vi de repente una inmensa puerta de marfil. Me detuve un momento a admirarla, y, acercándome, percibí la espantosa verdad. ¡La puerta estaba tallada de una sola pieza!

Huí precipitadamente y bajé al barco, y en tanto que corría creía oír a lo lejos, en los montes que dejaba a mi espalda, el pisar del espantoso animal que había segregado aquella masa de marfil, el cual, tal vez entonces buscaba su otro colmillo. Cuando me vi en el barco me consideré salvo, pero oculté a los marineros cuanto había visto.

El capitán salía entonces poco a poco de su sueño. Ya la noche venía rondando del Este y del Norte, y sólo los pináculos de las torres de Perdondaris se encendían al sol poniente. Me acerqué al capitán y le conté tranquilamente las cosas que había visto. El me preguntó al punto sobre la puerta, en voz baja, para que los marineros no pudieran saberlo; y yo le dije que su peso era tan enorme que no podía haber sido acarreada de lejos, y el capitán sabía que hacía un año no estaba allí. Estuvimos de acuerdo en que aquel animal no podía haber sido muerto por asalto de ningún hombre, y que la puerta tenía que ser de un colmillo caído, y caído allí cerca y recientemente. Entonces resolvió que mejor era huir al instante; mandó zarpar, y los marineros se fueron a las velas, otros levaron el ancla, y justo en el instante en que el más alto pináculo de mármol perdía el último rayo de sol, dejamos Perdondaris, la famosa ciudad. Cayó la noche y envolvió a Perdondaris y la ocultó a nuestros ojos, los cuales no habrán de verla nunca más; porque yo he oído después que algo maravilloso y repentino había hecho naufragar a Perdondaris en un solo día, con sus torres y sus murallas y su gente.

La noche hízose más profunda sobre el río Yann, una noche blanca con estrellas. Y con la noche se alzó la canción del timonel. Luego de orar comenzó su cántico para alentarse a sí mismo en la noche solitaria. Pero primero oró, rezando la plegaria del timonel. Y esto es lo que recuerdo de ella, traducido con un ritmo muy poco semejante al que parecía tan sonoro en aquellas noches del trópico:

“A cualquier dios que pueda oír.
“Dondequiera que estén los marineros, en el río o en el mar; ya sea oscura su ruta o naveguen en la borrasca; ya los amenace peligro de fiera o de roca; ya los aceche el enemigo en tierra o los persiga por el mar; ya esté helada la caña del timón o rígido el timonel; ya duerman los marineros bajo la guardia del piloto, guárdanos, guíanos, tórnanos a la vieja tierra que nos ha conocido, a los lejanos hogares que conocemos.

“A todos los dioses que son.
“A cualquier dios que pueda oír”.

Así oraba en el silencio. Y los marineros se tendieron para reposar. Se hizo más profundo el silencio, que sólo interrumpían las ondas del Yann, que rozaban ligeramente nuestra proa. A veces, algún monstruo del río tosía.

Silencio y ondas; ondas y silencio otra vez.

Y la soledad envolvió al timonel, y empezó a cantar. Y cantó las canciones del mercado de Durl y Duz, y las viejas leyendas del dragón de Belzoond.

Cantó muchas canciones, contando al espacio y exótico Yann los pequeños cuentos y nonadas de su ciudad de Durl. Las canciones fluían sobre la oscura selva y ascendían por el claro aire frío, y los grandes bandos de estrellas que miraban sobre el Yann empezaron a saber de las cosas de Durl y de Duz, y de los pastores que vivían en aquellos campos, y de los rebaños que guardaban, y de los amores que habían amado, y de todas las pequeñas cosas que esperaban hacer. Yo, acostado, envuelto en pieles y mantas, escuchaba aquellas canciones, y contemplando las formas fantásticas de los grandes árboles que parecían negros gigantes que acechaban en la noche, me quedé dormido.

Cuando desperté, grandes nieblas salían arrastrándose del Yann. El caudal del río fluía ahora tumultuoso, y aparecieron pequeñas olas, porque el Yann había husmeado a lo lejos las angustias crestas de Glorm y sabía que sus torrentes estaban frescos delante de él, allí donde había de encontrar el alegre Irillión gozándose en los campos de nieve. Sacudía el letárgico sueño que le invadiera entre la selva cálida y olorosa, y olvidó sus orquídeas y sus mariposas, y se precipitó expectante, turbulento, fuerte; y pronto los nevados picos de los montes de Glorm aparecieron resplandecientes. Ya los marineros despertaban de su sueño. En seguida comimos y se echó a dormir el timonel mientras le reemplazaba un compañero, y todos extendieron sobre aquél sus mejores pieles.

A poco oímos el son del Irillión, que bajaba danzando de los nevados campos.

Y después vimos el torrente de los montes de Glorm, empinado y brillante ante nosotros, y hacia él fuimos llevados por los saltos del Yann. Entonces dejamos la vaporosa selva por los saltos del Yann. Entonces dejamos la vaporosa selva y respiramos el aire de la montaña; irguiéronse los marineros y tomaron de él grandes bocanadas, y pensaron en sus remotos montes de Acroctia, en que estaban Durl y Duz. Más abajo, en la llanura, está la hermosa Belzoond.

Una gran sombra cobijábase entre los acantilados de Glorm; pero las crestas brillaban sobre nosotros lo mismo que nudosas lunas, y casi encendían la penumbra. Cada vez se oía más clamoroso el canto del Irillión, y el rumor de su danza descendía de los campos de nieve, que pronto vimos blanca, llena de nieblas y enguirnaldada de finos y tenues arco-iris, que se había prendido en las cimas de la montaña de algún jardín celestial del sol. Entonces corrió hacia el mar con el ancho Yann gris, y el valle se ensanchó y se abrió al mundo, y nuestro barco fluctuante salió a la luz del día.
Pasamos toda la mañana y toda la tarde entre las marismas de Pondoovery; el Yann se derramaba en ellas y fluía solemne y pausado, y el capitán mandó a los marineros que tañeran las campanas para dominar el espanto de las marismas.

Por fin dejáronse ver las montañas de Irusia, que alimentan los pueblos de Pen-Kai y Blut, y las calles tortuosas de Mlo, donde los sacerdotes sacrifican a los aludes vino y maíz. Descendió luego la noche sobre los llanos de Tlun, y vimos las luces de Cappadarnía. Oímos a los Pathnitas batir sus tambores cuando pasamos el Imaut y Golzunda; luego todos durmieron, menos el timonel. Y los pueblos esparcidos por las riberas del Yann oyeron toda aquella noche en la lengua desconocida del timonel cancioncillas de ciudades que ignoraban.

Me desperté al alba con la sensación de que era infeliz, antes de recordar por qué. Entonces recapacité en que al atardecer del día incipiente, según todas las probabilidades, debíamos llegar a Bar-Wul-Yann, donde había de separarme del capitán y sus marineros. Habíame agradado el hombre, porque me obsequiaba con el vino amarillo que tenía apartado entre sus cosas sagradas y porque me contaba muchas historias de su hermosa Belzoond, entre los montes de Acroctia y el Hian Min. Y habíanme gustado las costumbres de los marineros y las plegarias que rezaban el uno al lado del otro al caer la tarde, sin tratar de arrebatarse los dioses ajenos. También me deleitaba la ternura con que hablaban a menudo de Durl y de Duz, porque es bueno que los hombres amen sus ciudades nativas y los pequeños montes en que se asientan aquellas ciudades.

Y había llegado hasta saber a quién encontrarían cuando tornaran a sus hogares, y dónde pensaban que tuvieran lugar los encuentros, unos en el valle de los montes acroctianos, adonde sale el camino del Yann; otros en la puerta de una u otra de las tres ciudades, y otros junto al fuego en su casa. Y pensé en el peligro que a todos nos había por igual amenazado en las afueras, de Perdondaris, peligro que, por lo que ocurrió después, fue muy real.

Y pensé también en la animosa función del timonel en la fría y solitaria noche, y en cómo había tenido nuestras vidas en sus manos cuidadosas. Y cuando así pensaba, cesó de cantar el timonel, alcé los ojos y vi una pálida luz que había aparecido en el cielo; y la noche solitaria había transcurrido, ensanchábase el alba y los marineros despertaban.

Pronto vimos la marea del mar que avaníáüa resuelta entre las márgenes del Yann, y el Yann saltó flexible hacia él y ambos lucharon un rato; luego el Yann y todo lo que era suyo fue empujado hacia el Norte; así que los marineros tuvieron que izar las velas, y gracias al viento favorable pudimos seguir navegando.

Pasamos por Góndara, Narl y Hanz. Vimos la memorable y santa Golnuz y oímos la plegaria de los peregrinos.

Cuando despertamos, después del reposo de mediodía, nos acercábamos a Nen, la última de las ciudades del Yann. Otra vez nos rodeaba la selva, así como a Nen; pero la gran cordillera de Mloon dominaba todas las cosas y contemplaba a la ciudad desde fuera.

Anclamos, y el capitán y yo penetramos en la ciudad, y allí supimos que los Vagabundos habían entrado en Nen.

Los Vagabundos eran una extraña, enigmática tribu, que una vez cada siete años bajaban de las cumbres de Mloon, cruzando la cordillera por un puerto que sólo ellos conocen, de una tierra fantástica que está del otro lado. Las gentes de Nen habían salido todas de sus casas, y estaban maravilladas en sus propias calles, porque los Vagabundos, hombres y mujeres, se apiñaban por todas partes y todos hacían alguna cosa rara. Unos bailaban pasmosas danzas que habían aprendido del viento del desierto, arqueándose y girando tan vertiginosamente, que la vista ya no podía seguirlos. Otros tañían en instrumentos bellos y plañideros sones llenos de horror que les había enseñado su alma, perdidos por la noche en el desierto, ese extraño y remoto desierto de donde venían los Vagabundos.

Ninguno de sus instrumentos era conocido en Nen, ni en parte alguna de la región del Yann; ni los cuernos de que algunos estaban hechos eran de animales que alguien hubiera visto a lo largo del río, porque tenían barbadas las puntas. Y cantaron en un lenguaje ignorado cantos que parecían afines a los misterios de la noche y al miedo sin razón que inspiran los lugares oscuros.

Todos los perros de Nen recelaban de ellos agriamente. Y los Vagabundos contábanse entre sí cuentos espantosos, pues, aunque ninguno de Nen entendía su lenguaje, podían ver el terror en las caras de los oyentes, y cuando el cuento acababa, el blanco de sus ojos mostraba un vivido terror, como los ojos de la avecilla en que hace presa el halcón. Luego el narrador sonreía y se detenía, y otro contaba su historia, y los labios del narrador del primer cuento temblaban de espanto. Si acertaba a aparecer alguna feroz serpiente, los Vagabundos recibíanla como a un hermano, y la serpiente parecía darles su bienvenida antes de desaparecer. Una vez, la más feroz y letal de las serpientes del trópico, la gigante lythra, salió de la selva y entróse por la calle, la calle principal de Nen, y ninguno de los Vagabundos se apartó; por el contrario, empezaron a batir ruidosamente los tambores, como si se tratara de una persona muy honorable; y la serpiente pasó por en medio de ellos, sin morder a ninguno.

Hasta los niños de los Vagabundos hacías cosas extrañas, pues cuando alguno se encontraba con un niño de Nen, ambos se contemplaban en silencio con grandes ojos serios: entonces el niño de los Vagabundos sacaba tranquilamente de su turbante un pez vivo o una culebra; y los niños de Nen no hacían nada de esto.

Anhelaba quedarme para escuchar el himno con que reciben a la noche y que contestan los lobos de las alturas de Mloon, mas ya era tiempo de levar el ancla para que el capitán pudiera volver de Bar-Wul-Yann a favor de la pleamar. Tornamos a bordo y seguimos aguas abajo del Yann. El capitán y yo hablábamos muy poco, porque ambos pensábamos en nuestra separación, que habría de ser para largo tiempo, y nos pusimos a contemplar el esplendor del sol occiduo. Porque el sol era rojizo; mas una tenue y baja bruma envolvía la selva, y en ella vertían su humo las pequeñas ciudades de la selva, y el humo se fundía en la bruma, y todo se juntaba en una niebla de color púrpura que encendía el sol, como son santificados los pensamientos de los hombres por alguna cosa grande y sagrada. A veces la columna de humo de algún hogar aislado levantábase más alta que los humos de la ciudad y fulguraba señera al sol.

Y ya los últimos rayos del sol llegaban casi horizontales, cuando apareció el paraje que yo había venido a ver, porque de dos montañas que alzábanse en una y otra ribera avanzaban sobre el río dos riscos de rojo mármol que flameaban a la luz del sol raso; eran bruñidos y altos como una montaña, casi se juntaban, y el Yann pasaba entre ellos estrechándose y encontraba el mar.
Era Bar-Wul-Yann, la Puerta del Yann, y a distancia, por la brecha de esta barrera, divisé el azul indescriptible del mar, donde relampagueaban pequeñas barcas de pesca.

Y el sol se puso, y vino el breve crepúsculo, y la apoteosis gloriosa de Bar-Wul-Yann se desvaneció; pero aun llameaban las rojas moles, el más bello mármol que han visto los ojos, y esto en un país de maravillas. Pronto el crepúsculo dio campo a las estrellas, y los colores de Bar-Wul-Yann fueron desvaneciéndose. La vista de aquellos riscos fue para mí como la cuerda musical que, desprendida del violín por la mano del genio, lleva al cielo o a las hadas los espíritus trémulos de los hombres.

Entonces anclaron a la orilla y no siguieron adelante, porque eran marineros del río, no del mar, y conocían el Yann, pero no el oleaje de fuera.

Y el momento llegó en que debíamos separarnos el capitán y yo; él para volver a su hermosa Belzoond, frente a los picos distantes de Hian Min; yo a buscar por extraños medios mi camino de retorno a los campos brumosos que conocen todos los poetas, donde se alzan las casitas misteriosas por cuyas ventanas, mirando a Occidente, podéis ver los campos de los hombres, y mirando hacia Oriente, fulgurantes montañas de fantasmas, encapotadas de nieve, que marchan de cadena en cadena a internarse en la región del Mito, y más allá, al reino de la fantasía, que pertenece a las Tierras del Ensueño. Nos miramos largamente uno a otro, sabiendo que no habíamos de encontrarnos jamás, porque mi fantasía va decayendo al peso de los años y entro cada vez más raramente en las Tierras del Ensueño. Nos estrechamos las manos, muy poco ceremoniosamente de su parte, porque tal no es el modo de saludarse en su país, y encomendó mi alma a sus dioses, a sus pequeños dioses menores, a los humildes, a los dioses que protegen a Belzoond.