Nota introductoria

 

Por allá, a fines de los años 20, circuló en la vieja Escuela Nacional Preparatoria, entre un inteligente grupo de jóvenes atraídos por la literatura —particularmente el que editó la revista Barandal: Octavio Paz, José Alvarado, Enrique Ramírez, Rafael López Malo, Salvador Toscano, Manuel Moreno Sánchez—, un libro que los deslumbró como hallazgo de una narrativa inesperada y de bellísima y sugestiva imaginación: Los cuentos de un soñador, de Lord Dunsany, editado por la Revista de Occidente. Alvarado, en alguno de sus inolvidables textos que dejó en páginas de periódicos, a la muerte de Dunsany, muchos años después, recordaría cómo esa obra los había seducido por su singular y soberbia inventiva, que estimuló a W.B. Yeats, fascinado por los mitos y fábulas creados por Dunsany, a decir:

Si yo hubiera leído La caída de Babulkund o Días de ocio en el país de Yann cuando era muchacho, tal vez hubiera cambiado de mejor o peor, y considerado esa primera lectura como la creación de mi mundo; porque cuando somos jóvenes, cuanto menos circunstancial, cuanto más lejos está un libro de la vida vulgar, más conmueve nuestros corazones y más nos hace soñar. Somos perezosos, infelices, exorbitantes, y como el joven Blake, no admitimos ciudad hermosa que no esté enlosada de oro y plata.

Las narraciones de Dunsany serán como un nuevo cauce para las más antiguas literaturas, fuente de sus orígenes creadores, esencialmente la Biblia, Homero y Herodoto.

Hizo de la Biblia —señala Praidac Colum—, cuando joven, su libro de maravillas, inducido por la censura de su madre, que era enemiga, según él nos cuenta, de que leyese periódicos vulgares y corrientes. La Biblia le ha dado su exaltada y rítmica prosa. También de ella ha tomado los temas que tanto ha repetido: lejanas e increíbles ciudades, con sus profetas y sus dioses paganos. Gusta de Homero y de los relatos de Herodoto sobre las primitivas civilizaciones.

El cúmulo de divinidades que establecerá Dunsany, en una mitología que casi compite con la grecolatina, se inicia en su primer libro, Los dioses de Pagana: dioses extraños y remotos, debajo de los cuales habrá mil familiares: Roon el dios de la Marcha, cuyos templos están más allá de los más lejanos montes; Kilulung, el Señor del Humo; Jabim, que se sienta detrás de la casa a plañir las cosas remotas y abandonadas; Tribugie, el Señor de lo Oscuro, cuyos hijos son las sombras; Pitsu, el que pega al gato; Hobith, el que aplaca al perro; Habinabah, el Señor del Rescoldo Encendido; el viejo Bribaum, que se sienta en el corazón del fuego y convierte en leña la ceniza.

Para ubicar los ámbitos de estos dioses y de los hombres que en ellos creen, Dunsany inventa una prodigiosa geografía imaginaria, en la que existen insólitas y extraordinarias ciudades: Poltarness, “la que mira al mar”, mar implacable y hambriento que atrae cada año a sus súbditos, sin devolverlos; Andelprutz, la que se quedó sin alma; Bethmoora, la deseada por el desierto; Golthoth, la Condenada, que guarda en su contorno los lobos y sus sombras; Mandaroon, donde todos sus habitantes duermen, porque si la gente se despierta morirían sus dioses, y cuando ellos mueran los hombres no podrán soñar más; Mío, de calles tortuosas, donde los sacerdotes sacrifican vino y maíz a los aludes; Ognoth, a la que el viento lleva el aroma de las bletanías, plantas maravillosas que por la noche cierran sus párpados y se les oye respirar, con respiración que es un veneno rápido; Oojni, la amada del mar, del pequeño mar que no tiene borrascas: ciudad ociosa en la que los hombres narran cuentos vanos.

La imaginación de Dunsany es fértilísima y la extiende en sus numerosos cuentos, que también abordan otras tesituras, incluso el género policial, en el que logra un relato antológico: Las dos botellas de salsa, y el de la ciencia ficción. Pero en la mayoría de ellos persisten calidades de narraciones fantásticas o populares, y que —como se ha dicho— breves y sencillas, evocan a veces un ambiente indefinible de amenaza, escritas en un estilo con seducción prosística, porque parecen recontar, con renovada y cautivadora inventiva, las remotas y sorprendentes historias de mitos, lugares y hechos prodigiosos, y que desde tiempo inmemorial asombran y fascinan.

Dunsany fue también autor teatral, con una obra escénica que contrasta con el mundo onírico que impera en su narrativa. Su primera comedia, The Glitterign Gate (1909), fue escrita a petición de Yeats, para el Abbey Theatre, de Dublín; obra característicamente extraña, que trata de dos ladrones que intentan entrar en el cielo, de forma que a veces anticipa el futuro teatro del “absurdo”. Un mexicano bien enterado en su tiempo, principios del siglo xx, de lo nuevo en literaturas extranjeras, Rafael Cabrera, presenció en Nueva York el montaje de dos obras de Dunsany: Los dioses de la montaña y La sentencia dorada, advirtiendo la sorpresa estética que le habían producido por su originalidad y simbolismo. Con un prólogo suyo entusiasta, se publicaron en 1919 en un tomito de la colección Cvltura. Fue la primera traducción, la primera introducción de Dunsany al idioma español.

Edward John Moreton Drax Plunkett (1878-1957), que usó el nombre literario de Lord Dunsany, y de raíz irlandesa, perteneció a una de las seis familias de más alta posición en la nobleza británica, originaria de la época normanda. Colum, que fue su amigo, ha contado:

Tiene una imaginación pródiga. Lo he visto abocetar un escenario para una obra, escribir una breve historia e inventar una docena de episodios de cuento en el espacio de una mañana, sin cesar de hablar fantásticamente. Piensa mejor, presumo, al aire libre, mientras tira o caza en torno de su castillo. Y despliega una graciosa hospitalidad en este castillo del siglo XII, en el condado de Meath; y haría una larga caminata a pie, lo sé muy bien, para descubrir un buen interlocutor y atraerlo a su círculo”. En un diccionario de literatura se dice de él que fue ferozmente aristocrático, aficionado a la caza mayor y al criket, apasionado del tiro al blanco y maestro de ajedrez.


Extrañamente olvidado, y en mucho desconocido, restituimos aquí algunos de los cuentos admirables de uno de los grandes maestros en el arte de la fantasía literaria.
 

 

Edmundo Valadés