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Agustín Yáñez



Edición especial
en el centenario del autor

Selección y nota
introductoria
de Emmanuel Carballo

 

 

 


 

Nota introductoria


Agustín Yáñez y las mujeres de
Al filo del agua
 

Por la edad, las fechas de los libros iniciales y ciertas afinidades técnicas se puede afirmar, en cierto sentido, que Yáñez pertenece a la generación de los Contemporáneos, quienes integran, después del Ateneo de la Juventud, el grupo más valioso de las letras mexicanas del siglo XX. Los distingue la conciencia artística, la cultura vasta y al día, la técnica y el estilo eficaces que emplean en verso y en prosa. Como todo grupo con fisonomía propia, concitó la ira y los denuestos de las banderías coetáneas. De todo se les acusó, menos de carecer de talento. La raíz de la semejanza entre Yáñez y algunos de los Contemporáneos, que además de verso escribieron prosa (Torres Bodet, Owen, Novo y Villaurrutia), se encuentra, quizá, en que uno y otros procedían de las mismas fuentes: Benjamín Jarnés, especialmente, y los escritores que podrían llamarse de la Revista de Occidente, los que, a su vez, descendían de narradores franceses como Jean Giraudoux.

Las vivencias infantiles y adolescentes conceden a Yáñez un lugar aparte entre los prosistas de su generación. Sus compañeros en el tiempo, los Contemporáneos, escriben sus novelas (largas y cortas) como metropolitanos, es decir, uniformando sus ideas con la moda de esos años que no sólo venía de Francia, sino también de España; Yáñez se comporta al escribir como provinciano. A su obra se le puede aplicar un aforismo de Mauriac:


La provincia nos abastece de paisajes, nos enseña a conocer a los hombres. Crees que perdiste el tiempo en las campiñas; pero años después encuentras en ti un bosque vivo, con su olor, sus murmullos en la noche. Las ovejas se confunden con la niebla y en el cielo del ocaso pasa un vuelo de palomas.

Mauriac recuerda en el mismo libro (La province, 1926) que en oposición a la metrópoli, que impone como regla la uniformidad, la provincia cultiva las diferencias. Yáñez es un escritor de las diferencias. Éstas le conceden un sitio aparte entre los prosistas de su generación.

La provincia le da historias y personajes, y lo capacita también para encontrar un lenguaje, regional y aun municipal en los cimientos, suyo y universal en la elaboración definitiva; lo induce a descubrir, una vez asimilados los influjos, la técnica más acorde para ahondar en la psicología de sus criaturas e intentar, años después, un ambicioso ciclo novelístico que registre la vida del México moderno.

Autor de más de una decena de libros, algunos de ellos fundamentales, Yáñez enfrenta en cada una de sus novelas, posteriores a 1947, problemas técnicos y estilísticos mayores en número e intensidad que los que sorteó, mediante recursos que la destreza hizo suyos, en la etapa que comprende de Baralipton (1931) a Al filo del agua (1947). Su perspectiva es dinámica: sus formas nunca degeneran en fórmulas, sus hallazgos desconocen la laboriosa industrialización a que son tan afectos algunos autores. En cuanto a estilo, técnica y arquitectura, nunca escribió dos veces la misma novela.

A escala universal, Al filo del agua figura entre las mejores novelas editadas en un año prodigioso para la literatura moderna: 1947. Por primera vez en mucho tiempo (después de Martín Luis Guzmán, Mariano Azuela y José Vasconcelos), un mexicano es contemporáneo de sus contemporáneos. La novela de Yáñez no empequeñece si se la compara con las mejores dadas a conocer en ese año: Doctor Faustus de Thomas Mann, Los idus de marzo de Thornton Wilder, Bajo el volcán de Malcolm Lowry, La romana de Alberto Moravia y Crónica de los pobres amantes, Oficio de vagabundo y Crónica familiar de Vasco Pratolini. Después de 1947, México no volverá a figurar entre los grandes de la novela universal hasta 1955, año en que aparece Pedro Páramo de Juan Rulfo.

Al filo del agua fue escrita durante el régimen de Ávila Camacho y dada a conocer en el de Miguel Alemán. Se trata de una novela de personajes, en la que la acción se vuelve subterránea y el tiempo se distorsiona en la conciencia de las criaturas. Los forasteros (Victoria, los trabajadores agrícolas que regresan del norte) son los elementos subversivos que incendian la vida del pueblo y las páginas de la novela. Al descubrirse una nueva manera de vivir, el viejo régimen está herido de muerte. No existe en nuestra amplia narrativa revolucionaria un texto (ni siquiera la Mala yerba, de Mariano Azuela) que indique con mejor sentido, sin descender al documento o a la demagogia, cómo se vivía durante los últimos periodos presidenciales de Porfirio Díaz y, al mismo tiempo, aclare por qué surge, qué se propone y, quizá, por qué fracasa la revolución de 1910. Después de que aparece, las obras que se escriben sobre asuntos afines aunque vean la luz se puede decir que no han salido del limbo, y ello se debe a que Yáñez consigue en ella lo que no pudieron obtener los novelistas que tratan este tema: una partida de nacimiento y un acta de defunción. En este sentido, Al filo del Agua es punto y aparte en la prosa mexicana.

López Velarde y Yáñez crean sus imágenes lúbricas mediante objetos y atributos religiosos y, a la inversa, emplean términos sexuales al referirse a cosas y seres espirituales. Ambos sienten el cosquilleo de las hormigas voraces. Si un libro juvenil de Yáñez, Flor de juegos antiguos (1942), corresponde a La Sangre devota (1916) de Ramón López Velarde, Al filo del agua equivale en la bibliografía del novelista jalisciense a Zozobra (1919) del poeta zacatecano. Una y otra recrean el conflicto humano circunscrito por las cuatro paredes de una vida pueblerina en la cual la asfixia está hecha de tedio, de frustración sexual y rebeldía subconsciente contra un catolicismo nutrido de intolerancia, vacío a fuerza de reiterar hasta el cansancio las formas de culto externo. Nunca antes obtuvo la provincia en nuestras letras mayor desnudez de carne viva ni más complejo poder de signo y símbolo.

Al filo del agua posee sucesivos estratos de significación. Ofrece varios dramas individuales (el de Gabriel y el de Luis Gonzaga, el de Damián Limón, el de María y el de Micaela) y un drama colectivo en el que participan, consciente o inconscientemente, los habitantes de esta aldea incomunicada en el ocaso del “antiguo régimen”. El conflicto surge con la llegada al pueblo de una “noble señora” de Guadalajara (una “noble señora de provincia”, en el lenguaje de López Velarde) que pone en crisis el ascetismo y la hipocresía lugareños. En el plano sentimental, Victoria equivale a la lucha armada que ya se anuncia en el ambiente, a la revolución: su presencia propicia un nuevo orden, una nueva tabla de valores para juzgar la vida propia y la de los demás.

Técnicamente, Victoria coopera a que los distintos personajes del pueblo se desarrollen, a que se enfrenten a sus propios abismos y a que después de su partida se vean irremediablemente transformados. Victoria más que un personaje definido, de tres dimensiones, es detonante de los conflictos que propician los deliberadamente morosos avances de la novela: “en ese pueblo todo es monotonía”. Gracias a ella los protagonistas, como canicas cósmicas, toman nuevos rumbos. Victoria humaniza, torna productivas (a largo plazo) las vidas de algunos personajes: Gabriel y María le son deudores, directa o indirectamente, de valiosos estímulos espirituales. Victoria es un “personaje madre”: crea a su alrededor atmósferas y favorece el surgimiento de nuevos seres más complejos.

Al filo del Agua es un archipiélago de mujeres. Yáñez retrata un pueblo que vive con, para y contra sus mujeres. En la superficie el de Al filo del agua es un lugar de “mujeres enlutadas”. Puertas adentro cada mujer tiene un mundo propio (plagado de ambigüedades): a veces prevalece la resistencia, a veces la complicidad con el estado de cosas. Es muy sencillo: resistir significa volverse individuo, la complicidad equivale a moverse en grupo, a formar parte activa de un personaje colectivo. Al servir a Dios, algunas mujeres consiguen prebendas (suben en la jerarquía del pueblo), otras tantas sólo se topan con el martirio, en ellas se funda la legitimidad de la causa religiosa. Quien se atreve a transitar por los caminos de la individualidad apuesta la propia vida: Micaela muere en el intento de forjar su personalidad; María obtiene, en la rebelión, el pasaporte hacia el futuro. El autor la retoma como personaje en libros posteriores.

Yáñez como Kierkegaard cree que sólo la sincera humildad y no el engaño de uno mismo debe ser el origen de los vínculos sociales. Yáñez al igual que el filósofo danés confía en hombres sencillos, ya que en ellos anida la virtud. Frente a la falsedad que impera en el pueblo, Yáñez escoge como sus representantes a Gabriel y Jacobo. Los personajes suman un puñado de características acordes a su visión del mundo: sensibilidad, talento, perseverancia, ambición. En resumen: autenticidad personal. Con Gabriel el agotamiento del culto religioso se modifica en experiencia espiritual; Jacobo es ejemplo de cómo superar a la provincia como inhibidora de la potencia humana. Con ellos, Yáñez descifra las claves de su propia vida. La problemática social (un tema aún más complicado) la tienen que solucionar las mujeres. En ellas Yáñez carga el peso del pueblo, del mundo. A fin de cuentas para el autor una vez que pase la tormenta las grandes transformaciones serán en las costumbres, en la vida cotidiana. La cosa pública importa menos que la moral de la sociedad. En el pueblo se han visto desfilar distintos jefes políticos y todo sigue igual a pesar de que cada nuevo dirigente llegue con la consigna de hacer cumplir las Leyes de Reforma.

En el viejo régimen importaba menos la gestión pública que la administración social de la libido. En ese sentido, el autoritarismo de Al filo del agua es el de una teocracia y no el de una dictadura política. El pueblo padece de una confusión que Yáñez entiende gracias a Freud: no distingue entre lo sexual y lo genital. Lo sexual entendido, por supuesto, como una actividad tan amplia que engloba hasta la más mínima pulsión vital. Al querer gobernar los impulsos genitales se termina por barrer la sexualidad, la vida misma. El viejo régimen se enseñoreaba sobre un pueblo casi muerto. La rebelión verdaderamente importante ocurre en los terrenos de la vida cotidiana. Micaela le hace el juego a la teocracia, lucha en nombre de los genitales. María aspira a conquistar su sexualidad, a adueñarse de su propia vida.

En las páginas que siguen el lector encontrará un panorama de las principales mujeres de Al filo del agua. Por razones de espacio las descripciones no son completas sino fragmentarias. Se encontrará, asimismo, tanto personajes individuales como entes colectivos (las Hijas de María). No creí necesario incluir a Victoria porque su presencia recorre el libro de principio a fin.

Al filo del agua (suena una vez más el eco de López Velarde: “Mientras muere la tarde”) es la novela más armónica escrita en México en la primera mitad del siglo XX, cuenta la historia de hombres y mujeres que confunden la religión con el fanatismo, la virtud con la muerte del deseo y el pecado con la vida común y corriente. Nos muestra un racimo de seres excepcionales, algunos arquetipos de conducta y, en el trasfondo, un pueblo entero, un resto silencioso, más bien, un coro que apenas abre los labios para entonar un murmullo que da coherencia a esta misa fúnebre. A final de cuentas, Yáñez escribió una obra musical dentro de los parámetros de una novela. Al estallar las pasiones dormidas, los personajes asumen su destino, que es sinónimo de éxodo y en otros de muerte. El estilo, la estructura, la creación de personajes, la atmósfera en las que se desarrollan los hechos son perfectos. Al filo del agua es una obra importante no sólo en las letras mexicanas, sino en el panorama de la literatura universal.

 
Emmanuel Carballo
 

 


 

Merceditas Toledo

  

Merceditas Toledo, celadora de la Doctrina e Hija de María recién recibida, no supo cómo llegó a sus manos la carta. Cuando se dio cuenta de lo que se trataba, hizo intento de romperla; con los dedos temblorosos la estrujó, y como sonaran pasos en la recámara inmediata, como el llamado a cenar fuera perentorio, apenas tuvo tiempo de meterla en el seno, con la intención de que, acabada la cena, iría al excusado, la rasgaría en muchos pedacitos y se conjuraría todo peligro de que alguien diese con algún rastro del maldito papel, o de que pudiera conservarlo y leerlo ¡¡ave María!! Si como ella lo encontró junto a su cama, discretamente caído, al volver del rosario, hubiera sido su mamá, sus hermanas ¡horror! su papá o sus hermanos, ¿qué hubiera sucedido? ¡Ni pensarlo! Que la encontrara Chema su hermano, tan celoso e iracundo, ¡ave María! ¿Quién la puso allí? Una de las criadas —¿cuál?— andaría en el enredo, porque no era posible que si la hubieran aventado de la calle quedara tan bien colocada, ni era de pensar que de modo tan imprudente la comprometiera Julián... El nombre le quemó la cabeza y todo el cuerpo. La carta, en el seno, era como una brasa. Lo echarían de ver. Un sudor se le iba y otro se le venía, y la cena no terminaba nunca. Quiso disimular, contando las ideas que las muchachas tenían para adornar el Monumento del Jueves Santo; la voz le temblaba; toda ella temblaba, como si la estuviera viendo Julián con esas miradas de lumbre, tan extrañas, que no la dejan salir a ninguna parte sin que se le claven como alfileres ardiendo, esas miradas que la persiguen desde hace algunas semanas y que, sin haber dado motivo, cada día son más terribles, como carbones encendidos; la primera vez que se dio cuenta de ellas le corrió un escalofrío tan raro, que por poco se desmaya; era como si la hubieran sorprendido desnuda, como si la desvistieran a fuerza; qué asco, qué indignación contra el impertinente, qué deseo de acusarlo con el señor cura, con todo el pueblo, para ver si dejaba de mirarla; pero también qué horror al escándalo y cuánta fortaleza para salir lo menos posible y sólo para lo indispensable; qué tormento no hallar con quién quejarse, ni a quién pedir auxilio, sino a la propia virtud y al enojo contra el atrevido. ¡Haber llegado hasta a escribirle y conseguir que la carta estuviera en sus manos, en su seno! Ahora sí se quejaría de tamaño cinismo, para el que no dio ningún lugar...

—Estás muy irritada de la cara; parece que tienes calentura...

Estaba descubierta y era tiempo de desahogarse. Ignorado impulso desvió rápidamente las palabras:

Quién sabe, mamá, si haya sido una corriente de aire, que al salir del rosario sentí muy frío.

—Cuántas veces tengo que decirte que te enfríes antes de salir de la iglesia. Vete a acostar y allá te llevo dentro de un rato una buena canela, bien caliente, para que sudes, a ver cómo amaneces.

Antes iría al excusado y rompería la carta, en añicos; la maldita carta como lumbre, algunas de cuyas palabras tenía pegadas en el cerebro, punzadoras: “amor” — “tristeza” — “deseo” — “poder hablar” — “comprendernos” — “toda la vida”. Era, sin duda, lenguaje del demonio. Ella estaba consagrada a Dios y a su Santísima Madre. ¡Tentaciones! pero cuán risibles; ojalá fueran así todas las tentaciones. Ahorita mismo vería el demonio con cuánta rabia y decisión aniquilaría el inmundo papel; desde mañana, Julián vería la indiferencia más absoluta y sería víctima de los mayores desprecios, para que desistiera de su locura. Si las miradas la habían trastornado y si el nombre del impertinente le sacaba los colores de la cara, fue por coraje al sentir semejante audacia; pero ya era tiempo de demostrar cuán por encima de las tentaciones quería ser fiel a la Virgen Inmaculada...

¿Por qué, para muestra de su desprecio, para conocer hasta dónde llegaba la osadía y miseria de los hombres, y como ejercicio de voluntad, por qué no había de leer el papel antes de romperlo? Con esa prueba resistiría nuevos embates. Verse asaltada por tentaciones y luchar con ellas no era pecado. Leería, leyó la carta. Estremecióse. De indignación —pensaba. ¡Qué cinismo! La rasgó. Titubeó antes de arrojarla en la suciedad: allí estaba su sitio; pero ¿no era un deber entregársela al Padre director para que se diera cuenta de las asechanzas del demonio contra las pobrecitas Hijas de María Inmaculada? Mejor se grabaría algunas palabras y las diría en confesión. Leyó los pedazos, hizo luego una bola con ellos y los arrojó a la inmundicia de donde procedían.

Fue a recogerse. Con unas capsulitas, le llevó su mamá una taza de canela muy caliente. Ya se sentía mejor. Pero mientras platicaban, comenzó a sentirse muy desgraciada. ¿Por qué un hombre se atrevía a mirarla y a escribirle? Ella no había dado lugar. Quiso echarse al cuello de su madre, llorando. Hubiera querido que no se le separara en toda la noche. Como si fuese chiquita sentía miedo. Pidió la bendición, como si fuera a morirse. Rezaron juntas.

—Estás muy nerviosa.

—Será el efecto de la medicina.

Cuando se fue su madre, Merceditas roció el cuarto con Agua Bendita, se persignó tres veces, metióse a la cama y no se animó a apagar la lámpara.

Transcurrió una hora de angustia y, desde la pieza inmediata, resonó la voz materna:

—¿Por qué no has apagado la luz? ¿Te sigues sintiendo mala?

—Estoy rezando.

—Apaga la luz. Procura dormirte bien abrigada, porque si sudando te da el aire, corres riesgo de una pulmonía.

Sí, apagó la luz. Sí, sudaba. No, no pudo conciliar el sueño. Le parecía oír pasos persistentes y sigilosos, en la banqueta; una respiración jadeante, cerca de su ventana; chiflidos en la calle, chiflidos de imploración desesperada. —¡Han de ser los nervios! —pensaba. Y la memoria le respondía con unas palabras de la carta: —“Yo he sufrido mucho con ese orgullo, y tanteo no resistir el sufrimiento, que es injusto, porque mis intenciones han sido buenas, y no merezco ese desprecio.” —¡Mentiras: ni sufre! —¿Y acaso, de veras, la desesperación lo obliga a hacer algo desastroso? —¡Yo no seré responsable! ¿Por qué? —Tú serás responsable, tú, porque a fin de cuentas es natural cuanto te propone... —¡Natural no! Yo soy Hija de María Inmaculada. —¿Y te has fijado en qué quiera decir cuando dice que no resistirá el sufrimiento? —¿Qué me importa? —Puede querer decir que se enfermará, que se expondrá a muchos peligros, que tal vez morirá por tu culpa... —¡Por culpa de su locura y de su audacia! —... Pero puede también querer decir que no responde de sus acciones, movidas por el despecho y la desesperación, como las crecientes de los ríos que nada respetan, y tumban casas, árboles y cerros, arrastran huertas y ganados, ahogan cristianos, dejan por todas partes la desolación. —No entiendo. —Como los caballos desbocados que arrastran al jinete, lo matan, y van atropellando cuanto encuentran. —¿Qué quieres decir? —A buen entendedor... —Sí, que se desborde la rabia, y le sucederá lo que a los perros del mal. —Pueden matarlo, eso quieres decir y estás deseando la muerte del prójimo, lo que no es muy cristiano; si así fuera, piensa que antes pudo morderte ¿y entonces? —¡No me dejaré! —En tu resolución hay un cierto temblor como de gozo por el peligro. —Tal vez. —Sí, es un placer luchar con el demonio y tú quieres convertir en demonio a un hombre. —Ya ese hombre para mí es el demonio. —Pues yo soy ese hombre y ya estoy dentro de ti, lucho dentro de ti, gano terreno en ti, desde que tú piensas en mí. —No eres más que un pensamiento transitorio excitado por la contrariedad de su audacia y por la medicina que me provoca el insomnio. —Yo soy el insomnio. Mi carta, mi silbido, mi respiración entre las hendeduras de tu ventana. ¡Cuán frágil valladar me separa de tu lecho y de tu inquietud: unas maderas apolilladas y una fingida resistencia de tu cabeza frente a los impulsos de tu sangre, que al fin vencerán, por ser más poderosos! ¿No he de llegar a ti, si he podido hacer que mi carta se abrigue junto a tu corazón? ¡He de llegar a ti, hoy o mañana, tarde o temprano, y tú misma desearás —¿deseas ya?— mi llegada! ¡Desearás que nunca nos apartemos! ¡Mi separación y mi ausencia serán tu mayor tormento! Ya lo pide la sangre, brincándote a lo largo del cuerpo, y es inútil toda resistencia de las pobres, las temerosas, las débiles ideas que quieren defenderte. ¿Oyes mis pasos? Van acercándose a tu lecho como ladrones a quienes el gozo espera y cuentan en su favor la insurrección de prisioneros inocentes: tus deseos de mujer...

El sigiloso crujir de una puerta, los pasos cautelosos, aquí, dentro, cerca y a tientas. La doncella se incorporó violentamente y prorrumpió en un aullido inarticulado.

—Yo soy, hijita, cálmate. Toda la noche te he oído dar vueltas en la cama. ¿Sigues mala? ¡Tienes mucha calentura! Voy a la cocina a prepararte otra toma de canela, mientras amanece a ver qué remedio te mandan de la botica.

Tiembla la doncella con extraños, indomeñables, recios estremecimientos. Ahora sí estará enferma, con semejante derrame de bilis. Un calosfrío maligno. Y quién sabe si allá en el fondo, muy al fondo, monstruoso, inconfesable, bulla un sentimiento de desilusión, disfrazado de vergüenza por haberse adelantado a asustarse con el pensamiento de un peligro imposible, que confundió los amorosos pasos maternos y en unos segundos la hizo vivir años de sensaciones tremendas, donde horror y delicia chocaban, cayendo a plomo la existencia, muriendo, resucitando, agotando en un minuto los anhelos, placeres, dolores de una y muchas vidas. Fue primero como aquella vez, en las fiestas de Teocaltiche, cuando se dio unos toques eléctricos que eran la mayor curiosidad y sorpresa de la feria; como cosquillas internas y hormigueo de los nervios; luego un súbito desvanecimiento, como cuando se sueña caer en abismos sin fondo; luego una fatiga como debilidad, un reposo de aniquilamiento; y otra vez el temblor: ahora de la conciencia víctima de pecado, mancillada, dispuesta —en un minuto— a las penas del infierno. (—Si en estos momentos la muerte me sorprendiera...)

—¡¡Confesión, madre, por caridad!!

—¡Deliras, hija, cálmate!

—¡¡Por amor de Dios, mamacita, un Padre!!

—Voy a hablarles a los muchachos, que se levanten. ¿Qué sientes? ¿qué te duele? Que vayan por el señor cura y por don Refugio.

—No, no les hable a los muchachos. Deje que amanezca. Voy a tratar de dormir. Quédese aquí, conmigo. ¡No, no les hable! Vamos rezando el rosario, a ver si me viene el sueño.

Ya estuvo más tranquila el resto de la noche, junto a su madre, aunque no logró dormir, ni disipar la tristeza de saberse acreedora a la condenación eterna, y débil para nuevas acometidas del demonio. (—Si nos fuéramos lejos de aquí —pensaba.) Y como eco de truenos remotos, la voz impertinente reponía: —¿Lejos? ¿A dónde que no me lleves, puesto que yo soy tú? Yo soy tu naturaleza de mujer. (—No volveré a leer un libro profano; estos pensamientos allí se me han ocurrido, quizás —continuaba pensando. Mañana, cuando saliera a la iglesia, los ojos de Julián querrán devorarla y no podrá evitar el encuentro, el pavoroso encuentro).

¿No podrá siquiera conciliar el sueño un breve rato, el escaso que falte para el alba? Considérase la única desgraciada, desconsolada, náufraga en el océano de la noche. ¡Dichosos quienes duermen! ¿Y quiénes pueden dejar de dormir en el pueblo, tranquilas las conciencias? (—Julián...) Otra vez el odioso recuerdo, Señor. (—Y si padeciere insomnio...) Señor, aparta de mí, ya, este cáliz. (—Menos amargo, ya...) Este cáliz más amargo, insoportablemente amargo. (—¿Ni una noche puedes acompañarme en el insomnio?...) Nunca podré acompañarlo. (—Hoy me has acompañado y bien sabes que no será la última vez...)

—Hija, ¿no te has podido dormir?

Cuando sintió que su madre despertaba, la insomne fingió que dormía. Y otra vez vino a envidiar a cada uno de sus coterráneos, juzgando que todos, libres de preocupaciones, dormirían en paz.

La obsesión de dormir ahuyentaba las esperanzas del sueño. Ella sola, por su pecado, era la única que sufría el martirio de no pegar los ojos en toda la noche. ¡Horrible pecado de pensamiento, de sentimiento, de consentimiento! ¡Haber vivido en un minuto, en el orgasmo de un instante, toda una existencia pecaminosa! ¿Cómo salir ya nunca a la calle, participar en los actos piadosos y asambleas de la Asociación, enseñar la Doctrina a inocentes? El pueblo, a una, leería en los ojos, en la frente de la desdichada; lo leerían, con tristeza, los viejos y los niños; con burla, los muchachos; con lástima, las almas devotas; con acritud, sus consocias; ¿y él?

Él nunca la vería más. Costare lo que costare. La conciencia encandecióse al recuerdo de tantos heroicos ejemplos de santas que vencieron al demonio; las imitaría, ora vistiéndose de mendiga, ora cortándose los cabellos y desfigurándose el rostro; si era preciso, cegaría, tomando al pie de la letra el consejo de San Pablo. Una vida de rigurosísima penitencia borraría de sus ojos y frente los estigmas de la carta leída y del criminal minuto en que la estremeció el sentimiento de ser abrazada por un intruso aborrecible. ¡Qué vergüenza, Dios mío! Pero desde mañana, o mejor dicho desde hoy mismo —cuán poco faltará para que amanezca— renunciaré al mundo y pronto, en un claustro, sí, cómo no lo había pensado, en el claustro, mi alma se verá libre de miserias, gozosa, fuerte contra el mundo, el demonio y la carne.

Vencida por el cansancio, la cuitada no escuchó el toque del alba. El sueño, al fin, daba reposo a la carne.

La carne se rindió al sueño en el filo del alba.

 
 

 


 

 

Marta y María

 

 
 

Huérfanas, desde muy chicas las recogió su tío don Dionisio, cuando estaba destinado en Moyahua. La madre de las niñas era hermana del eclesiástico; el quebranto de la viudez y el clima del cañón la mataron en breve, y aquéllas quedaron al amparo de la abuela, que tampoco les duró mucho, pues al venir al pueblo el asma de la anciana se recrudeció y la condujo al sepulcro. Fue grave crisis para don Dionisio el de su personal orfandad —siempre se sintió niño junto a su madre—, agravada con el problema de aquellas muchachitas, no sólo incapaces para hacerle casa, sino urgidas de cuidados especiales, de educación y de ternura. Sólo Dios sabe cómo ha ido saliendo de tal apuro, los esfuerzos de delicadeza y rigor, el equilibrio de circunspección y asistencia en todos los órdenes.

Marta tiene ahora veintisiete años y María veintiuno. El alma de Marta está tocada de penumbra; la de María es radiante, sin que la común inhibición la haya opacado en modo alguno. Marta es pálida, esbelta, la cara ovalada, las cejas nutridas, grandes las pestañas, los ojos hondos, la boca exangüe, la nariz afilada, sin relieve los pechos, el andar silencioso y lenta la voz; María es morena, la cara redonda y sanguínea, la boca carnosa y coronada de ligerísimo bozo, los ojos grandes y glaucos, de rápidos movimientos, el timbre de la voz grave y juguetón. Enérgicas una y otra, serena es la mayor, impaciente la pequeña. Nunca han salido del pueblo; pero la secreta, cada vez más íntima e imposible ambición de María es conocer siquiera Teocaltiche; antes gozaba —todavía, sí, recónditamente, muy a solas, todavía, sin que nadie lo sepa ni lo imagine—, goza figurándose cómo será una ciudad: León, Aguascalientes, Guadalajara, Los Ángeles (donde vivió su padre), San Francisco (donde murió), Madrid, Barcelona, París, Nápoles, Roma, Constantinopla; le gusta leer: casi sabe de memoria el Itinerario a Tierra Santa y la novela Staurofila; como no acierta a conocer lo que disguste a su tío, y han sido frecuentes, duras, las reprimendas por ese vicio, lee a hurtadillas; tenía pasión por los libros de geografía, pero tanto la exaltaban y con tantas preguntas colmaba la paciencia de don Dionisio, a quien importunaba para que la llevara a alguna de las peregrinaciones, que éste acabó por quitárselos y prohibírselos; cuando llegan cartas, anuncios y periódicos destinados a su tío, se le van los ojos tras de los sellos postales que dicen claramente: Guadalajara, México, Barcelona, París; en los calendarios que anuncian vinos de consagrar, velas, artículos religiosos, etcétera, no se cansa de leer las direcciones: Madrid, calle fulana, número tantos; y los periódicos; quién sabe si por ella su tío no reciba más que revistas religiosas y La Chispa; dejó la suscripción de El País, que traía bonitos figurines y noticias interesantes; el Padre Reyes todavía la recibe y le presta algunos números al señor cura, que María lee a la descuidada; últimamente estaba leyendo Los tres mosqueteros; pero ya no ha podido ir a casa de Micaela Rodríguez, que trajo el libro, de México. Micaela era su íntima amiga; desde chicas congeniaron; ahora que volvió de México no hallaba dónde ponerla para que le platicara todo, todo lo que había visto; ¡qué admiración y hasta envidia! ¡qué vestidos! Volvió medio cambiada, medio chocante, orgullosa y media; todo se le podía pasar por haber estado donde estuvo y haber conocido tantísimas cosas de milagro: el cine, los teatros, los restaurantes, el tren, los tranvías; pero sucedió que a don Dionisio no le parecieron bien ciertas pláticas de Micaela y menos sus modas dizque indecentes, prohibió a María que siquiera la saludara y amenazó con despedir a la amiga si volvía a poner el pie en el curato. En general no le gusta a su tío que tengan amistad con nadie; cada día es más retraído con ellas, apenas les habla lo indispensable, se da a entender con los ojos, con la actitud; cualquiera diría que no les tiene ningún afecto, a no ser por algunos detalles elocuentes: el año pasado, por ejemplo, María estuvo gravemente postrada con una fiebre intestinal y don Dionisio anduvo como loco, más que si fuera su padre.

María y Marta son, en efecto, las cuerdas sensibles del viejo cura: la violencia con que trata de disimular el cariño que les profesa es el mejor testimonio de la profundidad con que las quiere. En lo íntimo, la predilecta es María, que vino a su amparo pequeñita, de unos cuantos meses, a quien enseñó a hablar, a rezar, a leer (qué íntima ternura cuando lo recuerda); quizá también por su genio difícil que tan frecuentes dolores de cabeza le proporciona. Marta es la sobrina de las confianzas: lleva las cuentas de la casa y de la parroquia, guarda y distribuye el dinero, es el ama del hogar. ¿Qué haría humanamente si le faltaran aquellos retoños de su sangre, casi criaturas suyas, qué haría sin ellas el anciano?

 


 

 

 
Mercedes y Marta
 
 
 
 

Con cualquier pretexto, Mercedes y Marta se retiran a una pieza sola:

—¿No has sabido las loqueras de Micaela? Dicen que ahora la trae con Julián. ¿Tú sabes?

—Deben ser cuentos —responde Marta, la dulce— Julián es muchacho serio. ¿No ha seguido procurándote?

—¡Ay! No te lo puedo ocultar, necesitaba verte para platicarte: desde que supe lo que hace Micaela, y su falta de delicadeza, mis propósitos de no pensar siquiera en Julián se han debilitado. Ha sido una lucha terrible. He llegado hasta arrepentirme de tantos desaires que le he hecho. Ya no siento la repugnancia de antes cuando me viene a la imaginación la impertinencia con que me persigue, ni me parece ya tan malo detenerme en pensar en él. La mera verdad, Marta, nunca me ha disgustado seriamente que se fijara en mí. Tú eres la única a la que puedo hablar de esto. Ahora lo noto resfriado y siento lo que nunca creí poder sentir. ¿Qué crees que deba hacer? Si antes no podía dormir pensando cómo dejar de verlo, ahora lo contrario. Y lo peor, lo peor es que ya ni siento remordimientos. ¡Una Hija de María! Te aseguro que ahorita ha de andar tras él o él tras ella; deben estar en casa de los Pérez, o en el Oratorio, y quién sabe si anden visitando los incendios de las orillas: ¡Dichosa tú que no sabes de estas cosas: es un sufrimiento atroz! Y por más que quisiera, no puedo dejar de sentir esto como envidia, ganas de llorar, de pelear, de morirme, casi como odio, y hasta ganas de ser igual que Micaela. ¡No!, eso no, ¡Dios no lo permita! Marta, ¿por qué habrá mujeres así?

Los ojos negros, hondos, de Marta, compadecen. (Hace dos años Luis Pérez tuvo la ocurrencia de hacer su incendio con figuras vivas, inspirado por la cara y los ojos de Marta: —“Una Dolorosa ideal”— prorrumpía en todas partes el extravagante. Rara vez ha hecho un enojo semejante don Dionisio, como el día que Pérez le solicitó permiso para llevar a cabo el proyecto.)

Marta la piadosa, la prudente, acaricia las manos de su amiga:

—Debes tener calma y esperar. Yo creo que es muy humano lo que sientes; pero que nadie vislumbre tus sentimientos, y menos Julián. Ahora sí te aconsejo que te muestres hasta orgullosa.

—Mi papá, mis hermanos están propuestos a hacerme sufrir, contando, como sin intención de que los oiga, cuanto hacen Micaela y Julián; lo que los critican. Con eso creen hacérmelo aborrecible y ha sido todo lo contrario.

Marta escucha —benigna, compadecida— las cuitas de Mercedes; a veces la interrumpe: —“Debes ser muy prudente... Que nadie conozca tu pena, tus deseos... Yo creo que no es malo desear lo que no es contrario a la Ley de Dios...”

(Marta del buen consejo, ¿dónde has aprendido la sabiduría de la vida? ¿cuál fue la escuela de tu prudencia, Marta sagaz, doncella zahorí?)

 

 


 

 

 
Micaela
                          
 
 

Anoche más de alguno me soñaría —piensa Micaela cuando despierta en la mañana del sábado—. ¡Lástima que Ruperto Ledesma no quiera venir de su rancho! Es mejor, ahora que aprovechando los días santos vendrá David, como me tiene ofrecido en sus dos últimas. Pero Ruperto tampoco dejará de venir para esos días y es tan carrascaloso, ¡Jesús me ampare! Cómo se ponen estos pollos de pueblo cuando ven a una mujer. Anoche querían comerme. ¿Y las mujeres? Echaban chispas. Los muchachos por poco me faltan al respeto. ¡Es divertido! ¡Inocentes! ¡Lo que van a sufrir cuando venga David! Para que aprendan lo que debe ser un muchacho elegante. ¿Y el buenazo de Julián que picó ya mi anzuelo? ¿No estaba tan enamorado de santa Merceditas? Me lo hacía sufrir mucho la altiva...

—Micaela, qué, ¿no te vas a levantar para irte a confesar? Ya dieron la primera llamada de misa de ocho. No vayas a dejar la confesión para última hora en que hay tanta gente, que martes o miércoles será imposible. Nomás estás allí despierta, sin levantarte, que ésa es la mejor hora del diablo para infundir malos pensamientos.

—¡Ay! tía por favor, déjame en paz. Yo sé cuáles son mis deberes. Mi mamá ni tú se cansan de sermonearme.

* * *

Los planes de Micaela (“el hombre propone y Dios dispone”) se dirigían a humillar las fachas de Damián para vengarse del desaire que Prudencia y Clementina le habían inferido; pero también se vengaría de las murmuraciones y desdenes colectivos; principalmente todos verían quién podía más: ella, o esa mujer aventurera, que pretendía conquistar, entre otros, a Damián. El menosprecio de David Estrada y más todavía el de Julián Ledesma —que había logrado ser correspondido por Mercedes Toledo cuando Micaela creía tenerlo seguro—, traían a ésta “como enyerbada”, según el decir común. Haría que Damián la pidiera y entonces, o en vísperas del matrimonio, arregladas todas las cosas, hechos todos los gastos, lo dejaría plantado. Sus agravios la llevaban a peores proyectos: insinuarse a don Timoteo, despertarle con fuerza una pasión senil, favorecerlo con esperanzas, provocar un choque entre padre e hijo; era rumor general que don Timoteo no le guardaría respeto a su mujer difunta más de seis meses y que se casaría tal vez antes.

Los planes de Micaela, infaustamente, horriblemente, habían de acabar como los de la lechera que llevaba el cántaro al mercado.

Nefasto día ese dos de mayo en cuya noche Micaela Rodríguez inició relaciones formales con Damián Limón. ¡Desgraciada noche!

 

 


 

 

 
Mujeres arquetípicas
                          
 
 

En la crónica que pudiera escribirse con este material —y son muchos los que reiteradamente se lo proponen al Padre Islas— vendría en el primer capítulo la ya legendaria existencia de Teo Parga, celosísima fundadora y primera presidenta de la Asociación; mujer de vida tibia y entregada a las comodidades de una excelente situación económica, en vísperas de contraer matrimonio con acaudalado vecino de Juchipila, oía en vano las amonestaciones públicas y privadas del recién venido Padre Islas, anheloso de fundar en la parroquia la Asociación de Hijas de María: —“Hay gentes que se obstinan en ser llamadas personalmente por la Divina Providencia, sin fijarse en que estos llamados suelen ser rudos...” —“Usted será llamada con dureza, si se obstina en no escoger de grado el camino que Dios Nuestro Señor le depara...” —“Teófila, ¿por qué abjura de su nombre, que quiere decir amante de Dios, y prefiere el vano y pasajero amor de un mortal?...” Pasaban los días, llegaban las donas, fue fijada la fecha del matrimonio, el novio se puso en camino con la compañía de parientes, amigos y músicos; pero el hombre propone y Dios dispone: fuera de tiempo, una tormenta se abatió sobre la caravana y un rayo mató al prometido de Teófila Parga; ésta, convicta, herida en lo más vivo del alma, trocó la tibieza en fervor, la riqueza en rigor; se quedó con lo indispensable para el sostenimiento de un asilo de muchachas huérfanas, que desde entonces fue su casa, repartió el resto de su fortuna, se consagró a la fundación de las Hijas de María, extremó la ejemplaridad de su vida y fue premiada por Dios con un don que puso espanto a la comarca: predecía la muerte de las gentes; y ello, con más frecuencia, por revelación en sueños: una mañana se levantaba con el anuncio: hoy en la madrugada, entre las dos y las tres, murió fulano. Fulano vivía lejos, a muchos días de camino, hasta en Estados Unidos; venida indefectiblemente la noticia del fallecimiento, coincidía la hora dicha por Teo. —“Encomienden a zutano —decía otras veces— porque no saldrá la noche.” Y en alguna ocasión zutano se había acostado en perfecta salud. El crujir de maderas —un armario, una petaquilla, una rinconera— le servía también de presagio; no era raro que leyese la proximidad de la muerte en el semblante: —“Mengano morirá este año... Sería bueno que perengano se fuera preparando: no puede vivir mucho tiempo, quién sabe si no salga el mes”... Teo no podía resistir vida tan extremada y, como es presumible, tuvo la gracia de conocer anticipadamente la hora de su muerte: —“Yo no saldré este año.” —“Hermanas —decía en las asambleas—, encomiéndenme a la Santísima Virgen: ya se acerca diciembre.” —“Pero si estás para dar y prestar salud”— le respondían. —“Yo sé la caridad que les pido. Encomiéndenme a Nuestra Madre y Señora.” El cuarto día de la Novena de la Inmaculada llegó al asilo con resfrío. Todavía se levantó a misa la mañana siguiente. Por obediencia le mandó el Padre Islas que se recogiera. —“Recomiende a las hermanas que pidan porque no cambie la fecha: el día de nuestra fiesta.” —“No diga cosas, no diga cosas: es un catarro que le pasará con cuidarse.” Por no contrariarla —pues no había gravedad alguna— le administraron los últimos sacramentos el día seis; el día siete amaneció sin calentura; comenzaban las chungas de los propensos al liberalismo; en la tarde, la enferma comenzó a agonizar hasta la una de la mañana en que murió y fue difundiéndose por el pueblo un olor de azucenas.

Como signo adverso, no menos edificante es el caso de Maclovia Ledesma, que habiendo ingresado, de las primeras, a la Asociación, y habiéndose distinguido en los principios por su celo, resultó un día con que dejaba la cinta azul y la medalla de plata porque iba a casarse, como en efecto sucedió; los reveses no se hicieron esperar: el marido perdió tres cosechas año por año, una epizootia acabó con todo su ganado, se frustraron dos embarazos, y esto no fue nada, en comparación con la locura que sobrevino a Maclovia; desde recién casada fue víctima de una tristeza mortal, que nada ni nadie podía disiparle; tras la primera frustración dio en sentirse perseguida, ya por sus parientes políticos, luego por su marido, finalmente por el diablo en persona, que al cabo identificó con el Padre Islas, y entonces comenzó a decirse que ella era la poseída por el demonio, quien ponía en la confusión de su mente tan sacrílego despropósito; víctima del delirio, se rehusó a probar alimento cuando estuvo grávida por segunda vez; entonces pasó lo que ahora de sólo recordarlo hace temblar a las gentes: un domingo, a la hora del mercado, Maclovia se echó a la calle, a medio vestir, gritando cosas horribles: —“¡Ay de ti que dejaste a Dios por un hombre! ¡¡Condenada estás!!”... —“Mírenme todos cómo estoy, así me puso el Padre Islas, que es un disfraz del diablo”... —“¡Cómo que no matan a ese perro del Padre Islas, que no es más que el demonio en figura de padre!”... —“Todos son unos cobardes como el marica de mi marido”... Excitado, el pueblo comenzó a lanzarle piedras, y Maclovia, en medio de la plaza, dio gritos inarticulados, la sacudieron convulsiones tan fuertes que tres hombres robustos no la podían contener; se le puso morado el rostro, se mordía la lengua y echaba espumarajos por la boca; los circunstantes, convencidos de que estaba endemoniada, no hallaban si rematarla a pedradas, o huir del espectáculo; prevaleciera la primera opinión a no interponerse con energía el señor cura; no hubo tiempo de conducirla a su casa: fue allí donde se malogró el nuevo fruto de sus entrañas, y si pudo salvar la vida tras la hemorragia que sobrevino, ya no dio más señales de razón: idiotizada languideció año y medio, gruñía para pedir alimentos y no guardaba diferencia con las bestias para desahogar sus necesidades; menos aún daba señales de reconocer a quienes la rodeaban; una mañana la encontraron muerta, en medio de la mayor inmundicia.

No, esta historia no cabría, con su siniestra ejemplaridad, en el eucologio de la Asociación, plantel de tan fragantes rosas, como aquella bienaventurada Elvira Domínguez, que consumió su plenitud en el Hospital: ella curaba a los enfermos, ella les hacía y les daba de comer, ella salía por las calles a pedir lo necesario para el sostenimiento de la casa; nadie le ayudaba en las faenas de aseo, en el cuidado del huerto, en sacar del pozo toda el agua indispensable para la pulcra limpieza de corredores y salones, ni le arredraba el acompañamiento de moribundos y muertos en las noches eternas; ayudaba serena y devotamente a bien morir, amortajaba los cuerpos, hilaba rosarios por el alma difunta y, cuando amanecía, bajaba al pueblo para disponer el entierro; tísicos, leprosos, palúdicos, hasta locos, hasta enfermos de rabia, sin dolientes y por todos desamparados, recibían asilo; pero la prueba mayor a que se sometió la virtud de la bienaventurada Elvira fue su separación del Hospital, cuando vinieran las religiosas a hacerse cargo de la casa; sin quejas ni protestas, la bienaventurada entró a servir en casa de don Leonardo Chávez, aunque quiso Dios que no por mucho tiempo, pues presto la llamó con muerte plácida.

Lugar no menos insigne ha de ocupar la memoria de Maximina Vallejo, que tan heroicamente soportó la irrisión pública, pues llegaron a tenerla por mujer demente; su celo la inducía a construir capillas y ermitas en los más pequeños poblados de la jurisdicción parroquial; visitaba obstinadamente a todas las familias para que destinaran a oratorio una de sus habitaciones; los domingos salía por las calles y entraba a los comercios pidiendo limosna para proseguir las obras que tenía emprendidas: la capilla del rancho fulano, la ermita en el cruce de tales caminos, la reparación de aquel y aquel templo, la compra de una custodia, de unos ornamentos, de una imagen con ese y el otro destino; ella en persona aparejaba su burrito y salía sola por distintos rumbos, localizando sitios apartados en que debían erigirse las casas de Dios. Nadie sabe cómo desapareció en uno de esos viajes remotos. La versión popular asegura que fue arrebatada al cielo, aunque con disgusto de las devotas Hermanas haya quien diga que un arroyo crecido la arrastró cerca del Río Grande, que va a dar a la mar.

Cosa difícil será decidir la preferencia que obtengan tantas vidas de una virtud heroica, todas dignas del primer lugar. Con Teo, Elvira y Maximina, Jovita Soto —belleza legendaria—, quien para librarse de asedios amorosos buscó en el hospital el contagio de la viruela, que vino a desfigurarla horrorosamente; pero le permitió vivir en plenitud la vida de la Asociación, a salvo de impertinencias. Y Filomena Manzo, animosa para hablar con los difuntos, no con otro interés que el de cumplir las obligaciones que les impedían salir del purgatorio. Y Clara Galaviz, tantas veces levantada por muerta en la iglesia, caída en raptos de divina contemplación. Y Crucita Mora, que supo resistir durante muchos años el dolor y la vanidad de un estigma milagroso que reventó en su pecho, no revelado sino por obediencia confesional, para edificación de las Hermanas, en el momento de administrarle los últimos auxilios.

¡Historial gloriosísimo que con ser inmediato suena de modo arcaico y aun se olvida en el tráfago cotidiano; pero calladamente se prolonga en muchas de estas mujeres vestidas de negro, cuya cinta azul y cuya medalla de plata ni la muerte arrancará del pecho! Baluartes contra las quimeras de los hombres, rehenes divinos frente a la corrupción amenazante, pararrayos que guardan al pueblo de la cólera celestial. Hoy como ayer florecen las Teos y las Elviras en el plantel de la Asociación. ¿Qué sería del pueblo sin ellas? La ola de fango lo hubiera sepultado mil y mil veces. Aunque no se vanaglorien, muchas han sido socorridas por apariciones prodigiosas, otras escuchan voces sobrenaturales y no faltarán quienes algún día sean reverenciadas en los altares. (Estas ideas han sido tomadas del repertorio habitual que usa en sus alocuciones el Padre Islas.) Y el pueblo lo sabe: alguien es el conductor de la “excelsa pléyade”, alguien es el hortelano del “mirífico vergel”, alguien ha hecho que prendan las “deíficas rosas”, cuyo perfume “satura a la comarca y sube al cielo en holocausto”.

 

 


 

 

 
Micaela y don Timoteo
                          
 
 

Como a pesar de todo le corría sangre llena de apetitos, don Timoteo no fue insensible a las perturbaciones de Micaela, cuyas primeras leves muestras lo disgustaron porque le pareció que la muchacha quería granjearlo tratando de conquistar a Damián; se le agolparon los prejuicios comunes formados en torno de la coqueta y le chocó tan profundamente la idea de tener por nuera a la hija de don Inocencio, que hubiera hablado con Damián del asunto, si sus relaciones no amenazaran romperse definitivamente al menor choque, y el muchacho cada día estaba más irascible. —“Dicen que es una mujer deshonesta.” No se le apartaba este pensamiento, que llegó a ser obsesión. —“¡Deshonesta!” Quizá por la familiaridad con que la idea se le representaba, o porque las demos­traciones de Micaela comenzaron a ser directas y reiteradas, el término fue perdiendo el carácter repulsivo y develando un mundo de atracciones oscuras. —“¡Deshonesta!” El viejo se sumergía en imaginaciones que lo hacían temblar de curiosidad y de miedo. Intimidades imaginadas al desgajarse la palabra como fruta caída de modo imprevisto, luego robada con sigilos y escondida por un avaro, en cuyos solitarios recreos la cáscara del vocablo desapareció e hizo sitio a la figura mentada, imaginada, desenvuelta y aferrada; inútilmente trataban de ahuyentarla los hábitos de oración y, con más fuerza, pero tan inútilmente, los lúgubres ecos de la campanita de San Pascual Bailón que, según don Timoteo, escuchó la madrugada del diez y siete de mayo, fiesta del Santo, quien anuncia de ese modo a sus devotos la proximidad de la muerte.

No había sido sueño. Del sueño lo arrancó la campana. Bien despierto la escuchó perderse por los aires de la madrugada. Tampoco fue aprensión. Eran los golpes claros de una campana no fundida por manos de hombres; golpes rectos al corazón, punzantes, inequívocos. Día lunes, diez y siete de mayo, en la madrugada.

Podría ser ese día, esa semana, ese mes, o el que entra, o el siguiente; podría ser en agosto; para fines de año o principios del otro; pero siempre antes de la próxima fiesta de San Pascual, que a veces anuncia exactamente con un año de anticipación. Podría ser ese día. Podría ser en agosto. (El que a hierro mata, a hierro muere.) Más muerto que vivo se levantó aprisa y casi volando llegó a la parroquia. Desde esa mañana comenzó a prepararse, meditando en la inminencia del fin y en la magnitud de sus culpas. (El siete de agosto que viene se ajustarán veinticinco años de la muerte de Anacleto, a manos de don Timoteo, en cuyo recuerdo se hace cada vez más viva y amenazante la mueca del difunto.) No salía de la iglesia. Diariamente se confesaba. Dio trazas de hacer testamento, de perdonar a sus deudores, de arreglar tantas cuentas y renunciar a todos los bienes de la tierra.

Mas ¡oh indómito poder de la carne! Unas miradas de mujer, unas palabras, unos movimientos encendieron la sangre y fueron apagando los ecos de la campana misteriosa, fueron adueñándose del tiempo y principalmente de esas horas en que las mil preocupaciones de la vigilia luchan contra el sueño.

Las fantasías del viejo hallaban pasto, rumiando los detalles de algunos encuentros con Micaela, el sentido que pudieran tener sus palabras y las inflexiones de su voz. El primer trastorno serio lo experimentó a mediados de julio, en la noche, al salir del rosario; iba por la banqueta del atrio, resbaló en una cáscara y dio en el suelo con todo el cuerpo, sin poderse levantar por la fuerza del golpe, que le produjo sofocación y vértigo; unas manos, unos brazos tibios, apretados de carne, olorosos a perfume —¡nunca, nunca tuvo sensaciones iguales, gratísimas!—, las manos y los brazos de Micaela lo ayudaron a levantar, sintió el contacto con el cuerpo garrido puesto en el esfuerzo, un pañuelo pasó por el rostro quitándole la tierra —¡jamás había imaginado que hubiera suavidades como ésa!— y el cariño de una voz catrina le hizo estremecer: —“Cómo lo deploro, don Timoteo; ¿se ha hecho daño? ¿quiere que le ayude a llegar a su casa? ¿no está lastimado?” Después: —“¿Por qué no hay quien le haga compañía?” Después: —“Una persona tan excelente como usted.” Finalmente: —“Cómo me gustaría poder llevarlo hasta su casa y curarlo si es necesario. ¡Ay! qué hijos tan malos, tan despegados. A usted le hace falta un buen cariño. Cómo me gustaría servirle de algo.”

En tantos años, en las obstinadas figuraciones nocturnas de tantos años, no había pensado en una mujer como ésta. Tímidamente apareció la lucecilla de la esperanza: ¿por qué no había de ser posible casarse con una joven catrina? ¿Por qué? ¿Por qué?

Al día siguiente, Micaela fue a su encuentro, le tendió las manos con sencilla naturalidad y le preguntó cómo estaba, si se había lastimado, si habían ido por el componedor. —“Toda la noche estuve pensando en usted, si lo habrían dejado solo, si alguna alma caritativa lo atendería, siquiera para llevarle una taza de canela caliente, y abrigarlo bien.”

No sería el primer caso de un matrimonio así. No. No sería.

En las visitas del Jubileo carmelitano se encontraron varias veces, y aún pudo el viejo rozar el traje de la muchacha, que le sonreía zalamera; en uno de los encuentros le dijo: —“No me olvido de sus necesidades. Acuérdese usted también de mí.”

¡Cuántos matrimonios así son muy felices! ¿Para qué sirve tener dinero si no se tiene felicidad? ¡No haber sido nunca feliz!

La fama pública que censuraba a Micaela volvió a asaltarlo, sin producirle ni el horror primitivo, ni los deseos posteriores, sino indignación contra la maledicencia pueblerina cebada contra un ángel.

¿Y a su padre, a don Inocencio cómo le caerá el asunto, caso de formalizarse? ¿qué podría decir?

Las hijas de don Timoteo comenzaron a hacer muy mala cara a su padre y a dirigirle pullas inequívocas; dieron en acompañarlo a la iglesia y en pretender que no saliera solo, contribuyendo a que la tensión aumentara en el “viejo volado”, como le llamaban dentro de la intimidad.

¡Efímera ilusión! Llegó agosto y en la madrugada del día primero San Pascual repitió con mayor insistencia y claridad el anuncio de los lúgubres campanillazos, flotantes en el aire con extraño sonar. Por si no fuera suficiente, concurrieron los aullidos de Orión, desde cuando anochecía. —“¡Este mes! ¡no saldré de agosto!” Los aullidos de Orión toda la noche y la madrugada del día siete se hicieron tan insoportables, que Damián se levantó y mató al perro con certero balazo.

Hacía veinticinco años, justamente, que don Timoteo era perseguido por las muecas del difunto Anacleto.

La muerte de Orión abrió nuevos abismos entre Damián y su padre.

Al salir del Quincenario la noche del día trece, Micaela estrechó con efusión las manos del viejo, cuya sangre no reaccionó ya. —“Déjame en paz” —dijo con voz cavernosa y echó a andar precipitadamente, frío como muerto.

A los oídos de Micaela llegó la demencia de don Timoteo y no pudo contener la risa. —“Viejos maniáticos. Ni que fuera un santo para que le avisaran cuándo se va a morir. ¡Viejo chocho!”

 

 


 

 

 
Merceditas Toledo
                           
 
 

Como casi todas las muchachas del pueblo y principalmente las que sostenían relaciones amorosas, Mercedes Toledo vio en la muerte de Micaela un aviso exclusivo de Dios.

Como muchos otros novios, Julián dio providencias de formalizar el matrimonio, estimando que la reciente lección ablandaría el ánimo de su presunto suegro y de sus presuntos cuñados. Logró comunicárselo a Mercedes, cuya respuesta fue dar por terminadas las relaciones, decisión que no hizo sino aumentar el mutuo enamoramiento; pero más el de la propia Mercedes, quien quedó sumida en sorda tristeza. —“Lo quería, lo quería; ¿y por esto iba a desoír el aviso de Dios?” Recordaba nostálgica su primitivo asco por pensar en las trovas de Julián; el sufrimiento cuando recibió la primera carta; el doloroso, lento y firme proceso de su interés, de sus ilusiones, de su cariño fomentado en el agridulce clandestinaje de las costumbres lugareñas. Marta era su confidente única: ella le infundía valor, ella se opuso a la decisión de terminar, ella recibía sus cuitas y trataba de consolarla; pero ambas compartían el miedo sembrado por la muerte de Micaela; ¿qué muchacha dejó de soñar terriblemente a la difunta? Cualquier sacrificio con tal de escapar a tan tremendo fin.

—Y si Julián, exasperado, hiciera contigo lo mismo —le dijo el insomnio una noche.

—Tú tendrías la culpa —terció la vieja voz íntima—, nadie más que tú, por no haber mantenido el ánimo de repulsa que tuviste al principio.

—Desde el principio sentí cariño —balbucea el pensamiento de Mercedes.

—Pero ya entonces te sentiste culpable; como ahora, más ahora que antes, más, mucho más, ¡réproba! ¡réproba, que consientes con cierto gusto el pensamiento de que Julián quiera raptarte! ¡lo estás consintiendo, estás gozando en imaginar la gallardía de Julián disparándote la pistola, estás gozando como la otra, como la otra que quiere tu compañía en el infierno!

—Yo no puedo dejar de querer a Julián; ahora lo quiero más —desearía gritar Mercedes. Maquinalmente dice con los labios: —No, no, se acabó, suceda lo que suceda.

¿Quién podrá sostenerla con autoridad eterna? ¿Quién conjurará sus miedos? ¡Hubiera quien se los tornara en alegre confianza! ¿En quién hallará lo que no encuentra bajo el severo techo de su casa, ni en la inflexible norma del Padre director, ni siquiera en el celo caritativo del señor cura pero tampoco en la piedad consoladora de Marta? Los otros eclesiásticos, las otras personas de respeto, las demás amigas, no pasan por la imaginación. ¿A dónde volver los ojos? Cuando reza, siente árida el alma, impermeable al rocío, impermeable a las lluvias.

 


 

 

 
María
                          
 
 

No todos los deseos fueron derrotados. La intrepidez —ávida— de algunas mujeres, venció a las legiones del espanto. María —¿por qué también María, la sobrina del párroco? ¡María, que como ninguna jamás logra desasirse del espectro y la voz de su amiga Micaela!, ¿fue despecho?, ¿fue desesperación por el comportamiento de Gabriel?— María se contó entre las que rompieron el cerco de temores. La dejó atónita el brusco vacío de Gabriel, cuyo paradero ignoraba; la tragedia de Micaela no le sirvió de lección: antes la exasperó, sintió frenéticos impulsos de huir o de ser muerta como su amiga, creyóse capaz de lo peor; en un momento la tocó el vértigo de la venganza no sobre Damián, sino sobre todo el pueblo, al que quisiera quemar, pulverizar, sepultar en el olvido de las generaciones por venir; deseó con vehemencia no pasajera visitar al preso, y reclamarle que la matara, y besarle las manos asesinas, y mordérselas, y arañarle la cara, y bendecirlo, y maldecirlo, llena de admiración por él, y de odio, y de menosprecio, y de lástima; gustosa se hubiera ofrecido a ser la que llevara del curato los alimentos que su tío mandó a Damián esos días de su prisión en el pueblo; fue de las que se levantaron a ver la partida del reo en la madrugada del treinta y uno; si hubiera tenido una pistola lo habría matado, para luego gritar vivas al héroe; cuando éste pasó, a María se le anudó la garganta y se le soltaron las fuentes de las lágrimas: ¡qué impulso de seguirlo para darle tormento y consolación! ¡tal vez, primeramente, por dejar al pueblo para siempre y jugar la probabilidad, en el camino, de recibir un tiro por la espalda! Negros resentimientos afluyen al corazón y a la cabeza de María, desde la sima del alma, por los vericuetos del cuerpo. Irascible, insufrible cada vez más. Día con día más amargada. —“¡Estoy de arrancar!” —siente, dice. ¡Arrancar! Un soplo, un insignificante soplo la levantaría. Un insignificante, quizá el más insignificante de los muchachos en vacación, logra sin esfuerzo ser atendido por la sobrina del cura.

Espíritu rudo lo apodan sus condiscípulos; es hijo de Cirilo Ibarra, el panadero; se llama Jacobo: el enconchado suelen también apodarlo, retratándolo con menosprecio; podrían asimismo decirle trompas o el trompudo, rasgo saliente de su fisonomía; es de baja estatura, de nariz roma, de ojos redondos muy negros, de cejas pobladas, de pómulos angulosos tirando al cuadrado; el ánimo torpe, mas lleno de obcecación, introvertido, caprichoso, pasional; nadie le concede simpatía, ni en su casa; tampoco él parece hacer caso a nadie. Lucas Macías es el único que ha opinado: —“Ese hijo del panadero navega con bandera de tontos; es de los de música encerrada.” ¡Ocurrencias de Lucas: es un pobre muchacho que nació para destripaterrones o arriero! ¡Lástima y risa da verlo vestido con prendas inadecuadas: “gallitos”, desechos de las guardarropías con que los ricos de Guadalajara reclaman a los seminaristas el título de benefactores! Jacobo es tan insignificante que no repara en las burlas y conmiseraciones que provoca. Si no se hace presente, nadie lo recuerda; y presente, todos lo hacen menos. Como quiera que sea, este año terminó y aprobó el tercero de sus estudios. La impresión general es que no ha pasado del primer curso, ni pasará. Jacobo no anda con preámbulos en sus cosas (si las piensa, no exterioriza su previa reflexión). Jacobo no anduvo con preámbulos para hablarle a María, en las penumbras del curato, a la hora en que cenaba el párroco: —“Usted me simpatiza y quisiera que fuéramos novios” —y ella, con suma naturalidad: —“Voy a pensarlo; no dé a maliciar.” La reserva del insignificante llamó la atención de María en los días que siguieron. —“Cómo me choca” —decía consigo misma; era el antípoda de sus novelerías. Muy zongo, el hijo del panadero se quedaba en la sacristía después del rosario, comidiéndose a sacudir, a barrer, a cerrar la parroquia, a apagar las lámparas, menesteres que le permitían entrar y salir al curato, espiando cuidadosamente la ocasión de que nadie lo viera; dejaba que se fueran los otros seminaristas, engañaba fácilmente al sacristán, pasaba con humildad frente a don Dionisio, apagaba cuantas luces podía. ¡Era tan insignificante, por lo demás, que ningún recelo despertaba! Pasaron cuatro días de la primera entrevista. La noche del veintinueve de septiembre se acercó a María y le dijo bruscamente —“¿Qué me resuelve de lo que le dije?” —“Que sí” fue la fría, seca, imperturbable respuesta, mientras decía consigo misma su autora. —“Qué vulgar, cuánto me choca.” Era una sorda y auténtica repugnancia, que le provocaba irritación; pero mientras ésta crecía, mayor placer le daba contrariarla, y tal gozo le compensa a la falta de otros estímulos comunes: cariño, miedo, ilusión, desesperanza. No quería, nada esperaba; el acercamiento del estudiante no la hacía temblar; sólo se daba gusto en irritarse y en romper el cerco puesto a las mujeres del pueblo. —“Eso ya lo hizo Micaela” —solía ocurrírsele, sin hacerle mella la falta de originalidad. —“Micaela y yo fuimos como hermanas; no voy a dejar su empresa de rebeldía; Micaela y Damián son mártires.” Por otra parte, veía en Jacobo un compañero de menosprecio: ella y sus ilusiones habían sido siempre menospreciadas, vistas con lástima, sujetas a constante anulación. Jacobo y ella desdeñaban la hostil circunstancia de sus vidas. Él no podía ser más ridículo. Por eso también lo desdeñaba, y con desdeñarlo, a sí propia se desdeñaba y él acabaría desdeñándola. Si Jacobo la exasperaba, ella no lo manifestaría: una templada frialdad reguló sus encuentros. El espíritu rudo fue inflamándose de amor; pretendió inútilmente ocultarlo a María, cuya irritación caminaba en sentido inverso, acentuando matices de frialdad. —“Ya es tiempo de hablarnos de tú” —propuso él, a mediados de octubre. —“Como usted quiera” —respondió María. Y al día siguiente: —“Tú no me quieres” —dijo Jacobo. —“Ya sé por qué lo dice: por la facilidad con que le he correspondido y me he prestado a hablar con usted.” —“¡Háblame de tú! Oye ¿serías capaz de darme una entrevista larga?” —“¿Para qué? A nada conduce que nos veamos.” —“Tengo tanto que decirte y no he podido. Pero ya veo que no me quieres.” —“¿Por qué no?” —María no puso ninguna convicción en sus palabras que, como todas las noches, fueron cortadas por un ruido inoportuno. Vulgares, rápidos encuentros. Aburrida, María se aferró a no darles fin. Tenía cierto encanto fingir que jugaban a las escondidas, en la penumbra del curato. Tenía cierto encanto sentirse pilar impasible ante aquel torpe jovenzuelo cuyas pasiones despertaban, ineficaces para el contagio. ¡Cuán lejos estaba de los héroes que la entusiasmaban en las novelas y de los criminales cuyos hechos registraban los periódicos! Cualquier noche lo abofetearía como a un lacayo. En las horas interminables de la mañana y en el desabrimiento del anochecer quisiera salir corriendo por las calles al grito de “¡Jacobo Ibarra es mi novio!” Cuando acaba el rosario siente unas ganas locas de traicionar al estudiante, delatando sus marrullerías al señor cura y al sacristán. En el momento preciso contribuye a facilitar el encuentro entre sombras, a sabiendas de que será un encuentro soso, de que no tendrán que decirse nada, de que logrará sólo irritarse y acrecentar su melancolía de mala ley. Nadie menos que Jacobo (carece de nociones y de aficiones por cosas geográficas, es grosero en lo relativo a música y a lecturas de imaginación, lo tiene sin cuidado el gusto de viajar), nadie menos que Jacobo (sin dinero y sin porve­nir) es el que pudiera satisfacerle su gran ilusión de conocer el mundo: Jacobo, que en el mejor de los casos llegará a ser empleado, cuando no un “periquillo” sin oficio ni beneficio. Entonces ¿por qué ha desechado María, con altivez irritante, las demostraciones insistentes que le consagra un muchacho de Teocaltiche, venido al pueblo en compañía de los Aguirre? Dicen que cursa los últimos años de Medicina (durante su estancia en el pueblo ha dado magníficas pruebas de sus conocimientos y altruismo, curando sin cobrar a los pobres y aliviando casos viejos y difíciles); guapo, de agradable palabra, dicen que es rico y de buenas costumbres. A María le hace la corte casi desde su llegada, en los primeros días de octubre, y es asunto público, bien visto —cosa rara— por tirios y troyanos, que se han declarado padrinos y aliados del forastero sangre-liviana; mujeres oficiosas, entre ellas algunas Hijas de María, soplan alientos en las orejas de la muchacha, y aun le traen palabras dichas aquí y allí por el doctor. El señor cura no ha cerrado las puertas del curato al estudiante, con el cual depara, ostensiblemente agradado, y ha hecho excepción en sus hábitos, invitándolo a comer varias veces. Público ha sido el repudio de María. El galeno en cierne persevera sumisamente, no haciendo caso de las descortesías que le corre la zahareña; los proyectos de viaje a Europa que tiene formalizados el pretendiente para cuando se reciba, las crónicas de sus paseos por las principales entidades del país, las impresiones de los libros que ha leído, dejan impasible a María, que se ha negado a escucharlo, le ha devuelto sin abrir las cartas que le manda, ni se digna mirarlo. ¡Cómo aparentó indignarse y cómo la complació que Jacobo le dijera una noche: —“Yo comprendo que ese partido no tiene comparación con el mío, y no quiero estorbarte: quedas en libertad, María.” Experimentar el temblor con que fueron dichas estas últimas palabras, casi fue una emoción dulce para la joven amargada. —“Yo no soy mercancía” —repuso con sorda voz y con airado gesto. Marta misma insinuó el agrado con que miraba las demostraciones del teocaltichense, cuyo asueto en el pueblo llegó a su término sin haber conseguido más que penosos desprecios. La noche del día en que se marchó el desdeñado, Jacobo vino a María con lágrimas en los ojos: —“No más a ti me ánimo a decírtelo: yo no tengo duda ninguna de que triunfaré, aunque nadie lo crea, ni tú misma; tengo todo arreglado para entrar al Liceo este año, y dentro de cuatro, antes me cortarán el pescuezo, que dejar de ser ingeniero; ya este año me sostendré sin ayuda de otros ¿me crees?” —le tomó con fuerza una de las manos y se la besó; María, sorprendida, sí: esta vez emocionada, lo arañó fieramente, casi amorosamente. Durante las noches inmediatas, impidió los encuentros con Jacobo; pero éste se dio maña para hablarle con secreto en la iglesia, durante la misa del domingo último de octubre y para que nadie reparase (a todos parecía tan insignificante, que las gentes pensaron que le daba un recado de su tío). —“Mañana me voy temprano. Yo no te recomiendo, ni te pido nada. Eres libre. Pero mi compromiso será firme siempre. Si no quieres, tampoco nos veremos en la noche.” En la noche pudieron verse: —“Creí que ibas a dejar los estudios para que luego nos casáramos” —dijo María con seca indiferencia. —“Eso si me quisieras; pero tampoco sin dejar los estudios.” —“Es verdad: no te quiero, nunca te podré querer.” —“Te agradezco la franqueza. Yo siempre me sentiré comprometido y seré leal como perro. Ya lo verás.” No tuvieron tiempo para decirse adiós.

Las novelerías de su hermana vuelven a quitar el sueño a Marta, el sueño que se le va entre las dos y las tres, entre la una y las dos, tiempo en que comienza la inmovilidad frente a los malos pensamientos, junto a las malas obsesiones, y el monólogo de los absurdos, hasta no poder más, y levantarse mucho antes de las cuatro, tratar de distraerse, rezar, subir al campanario en espera del alba, en busca de la esperanza.

Lo notó don Dionisio y la interrogó.

—Me levanto tan temprano a ver si veo el cometa.

Lo creyó el señor cura o aparentó creerlo. Aquí, como en Guadalajara, como en México, y en Nueva York, y en Madrid, París, Roma, Berlín, las gentes han dado en madrugar con la esperanza de ver al cometa. ¡Defraudada esperanza de los simples ojos! Marta no buscaba el cometa. En los oídos de Marta resonaban palabras de María. En los ojos de Marta giraban las miradas rencorosas de María. —“¿Tú crees que voy a resignarme, como tú, a ser soltera y a seguir esta vida de pueblo? No, yo no sé qué voy a hacer; pero sí te aseguro que no ha de durar esto, aunque me haya de agarrar a un clavo ardiendo.”

Un clavo ardiendo. Y Marta daba la razón a su hermana. Un clavo ardiendo. Bien duro es resignarse. Un clavo ardiendo. Y nunca del todo. Allí está Mercedes con sus dolencias recrudecidas y en punto de desesperación al ver la gravidez de la esposa de Julián. Un clavo ardiendo. Un clavo ardiendo. 

* * *

Don Román Capistrán fue a despedirse del señor cura la víspera de salir a México. El dos de septiembre, para mayor precisión. María salió a recibirlo, porque don Dionisio estaba ocupado.

—Ándele, Mariquita, váyase conmigo a México; nos daremos la gran paseada. De usted depende. Lo que sí le aseguro es que no se arrepentirá.

Campechanería o mala intención, a la muchacha le cogió de sorpresa el desplante; ni había tratado al ex director político —desde que lo cesaron venía pocas veces al pueblo— ni recordaba lo que pudiera decirse sobre su carácter y modales. (Don Román había dejado de ser figura en el repertorio pueblerino.) Herida, desconcertada, confusa, María echó a correr, hirviéndole la sangre principalmente porque no se le ocurrió contestar; pero también con el daño de las palabras: ándele... váyase conmigo a México, que pudieron ser broma pueril; y esto la irritaba más: ¿era una chiquilla babosa para que la trataran así? ¿o quién le había contado al viejo sus rabiosos deseos de escapar? y en tal caso ¿por qué se lo proponía como a una cualquiera, con desvergüenza insultante? ¿en qué concepto la tenía el pueblo y se manifestaba en la procacidad senil del Capistrán? ¿la tendrían infamada como a la pobre Micaela?

El coraje se le recrecía furiosamente. —¿Cómo no le dije su precio al viejo mentecato? ¿por qué le di el gusto de salir humillada? Recrecía el oleaje de proyectos vengativos, primero contra el autor del agravio, después contra todo el pueblo, contra todos y cada uno de los inaguantables vecinos, de las odiosas vecinas; contra los muros, contra el horizonte, contra el cielo sofocante, contra todo lo que la tenía presa en este aborrecible rincón del mundo.

Ir a México. Pasear. No arrepentirse. Las palabras también crecían, ensanchábanse con significaciones e intenciones nuevas: —Ándele, nos despintaremos para siempre de este agujero... Ándele, quítese esos trapos negros que la envejentan... Ándele, es muy muchacha para que la tengan sepultada en vida, sin que sepa lo que es gozar...

Estos trajes negros.

—¡Ándele!

La vida entre una Casa de Ejercicios y un Camposanto.

El chal siempre sobre la cabeza. Viuda virgen. Luto de las mangas hasta las manos, del cuello invisible, de las enaguas que cubren las opresoras botas altas, negras; las medias de popotillo, rudas, negras. Los fondos largos, rudos.

¿Quién le vengaría el insulto, de hombre a hombre? ¡No cuenta con nadie! ¿Para qué decírselo a su tío? Su tío no quiere comprenderla.

Uno a uno desfilan por su exaltación los recuerdos de algunos varones: Gabriel, Damián, Jacobo, Luis Gonzaga, el estudiante de Teocaltiche... Gabriel, no: ni siquiera sabía su paradero. Damián, tampoco: nunca se fijó en ella y fue necesario su crimen para que se fijara ella en él; Jacobo ¡pobre! no había tenido ninguna noticia suya en todo el año ni la entusiasmaba pensar que vendría en vacaciones: tampoco ella lo había recordado en el año, ni por curiosidad; el estu­diante de Teocaltiche ¡chocante!... decididamente no cuenta con alguien que pudiera vengarla, decididamente ningún hombre le ha interesado, ninguno tampoco se ha interesado por ella, triste mujer enlutada, desgraciada mujer insatisfecha, envidiosa, insumisa.

Entonces volvía el desfile de los héroes novelescos, de los héroes periodísticos, que le cautivaron sus primeras ensoñaciones; desfile bruscamente interrumpido por la más inconcebible ocurrencia: don Román Capistrán en verdad no es tipo repugnante, nada tiene de ridículo... al contrario; es atractivo, vigoroso, desenfadado; la buena salud, la buena sangre le asoman por los colores y tersura del cutis; barba poblada, ojos claros, nariz fina, cejas nobles, pelo dócil, boca franca, dentadura luciente y canas que le dan majestad patriarcal; hombre fuerte, habituado al trato de las gentes, fácil de ademanes, contagiosa su risa, pronta su palabra y bien entonada...

María tuvo miedo de seguir esta imagen de su imaginación proterva.

Mas la imagen volvió en sueños desapacibles, y allí se confundía con la imagen de Damián, parejas en atractivos, en masculinidad, en atropellada fuerza sin respetos. Entre ambas ahuyentaron a los sueños, desde la media noche. Cerca de la cama yacían, amenazantes, las ropas largas, las ropas negras de ayer y de mañana. Marta dormía el sosiego de la resignación.