Pedro Ángel Palou


Nota introductoria de Mónica Lavín


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Nota introductoria



No hay duda de que la novela y el cuento, aunque comparten su esencia narrativa, son experiencias distintas en la escritura y la lectura. Me atrevo a afirmar que el cuento es siempre más literario por cuanto decanta, elige, comprime y es despiadado o sutil. Es un género sediento de la complicidad del lector. Pedro Angel Palou es tal vez más conocido por sus novelas, por la capacidad de dar voz a sus personajes desde perspectivas distintas. Con la muerte en los puños, en voz de un boxeador, le valió al autor el Premio Xavier Villaurrutia en 2OO3. Pancho Villa, la mujer de Morelos, entre otros, nos han llevado por los escenarios históricos que el autor ha visitado en sus novelas.

En el cuento, Pedro Ángel Palou despliega mundos que se miran con aparente objetividad, con una malicia y contención que no ostenta la tristeza, la esencia solitaria que está en el fondo de estos mundos breves y que queda en el ánimo del lector. Más cerca de escritores norteamericanos en el tratamiento de situaciones como las que nos ocupan en Parejas, se hermana con escritores como Cheever, Updike y Carver. No hay tema más cotidiano y más complejo que las relaciones de pareja. La ilusión del amor, o de la construcción del amor en pareja, la cercanía del abismo. Si la condición humana es la materia de todo acto escritural, la desnudez del amor es el territorio donde somos más vulnerables.

Parejas está formado por cuatro cuentos que construyen un discurso. A la vez que son independientes y redondos, en su conjunto y en la forma en que han sido dispuestos por el autor refieren un trayecto de las situaciones amorosas. Paradójicamente y para contravenir los tintes trágicos con que se suele tratar el tema, van de la imposibilidad y el desbarranque amoroso, al encuentro. Del abismo a la luz, la luz que incorpora y acepta el abismo. Esta estructura provoca un efecto en el lector similar al de la película de François Ozone 5 x 2, en donde la historia de una pareja se cuenta en cinco episodios, que van de la firma del divorcio al primer encuentro. Que la película finalice con el momento dulce en que los luego desposados cruzan una mirada cómplice, curiosamente provoca una desolación mayor en el espectador. ¿Cómo es que pasó aquello, si el encuentro es un azar afortunado? Algo nos revela, porque reconocemos la historia del desgaste. Por eso, aunque los cuentos nos invitan a una libertad lectora, a un menú personal en el recorrido de un conjunto, los de Palou redoblan su fuerza individual dentro del guión que los contiene.

Conocedor de los límites y silencios del cuento, Palou ha elegido dividir cada uno de sus cuentos en segmentos que progresan hacia el desenlace a veces en fade out, a veces contundente. En cada uno lo cotidiano se ilumina con la magia amorosa y su opuesto: el aburrimiento, la distancia, la duda. El ritmo, los tonos y puntos de vista hacen que aunque todos traten de parejas, la lectura de cada uno es una experiencia distinta. Se antoja desbordar la propuesta de mirar parejas. ¿Habrá un límite? El escritor que nos interpela como lectores en el primer cuento, "Amor, amor", narra el desencanto amoroso, el desgaste que pronto se instala entre la celebración erótica y va empañando esa felicidad fugaz, el enamoramiento que el narrador de esta historia empieza por afirmar y cuestionar. Aludiendo a técnicas del oficio narrativo, que parecen estorbarle al corazón de lo narrado, nos va contando los encuentros apasionados entre Sonia y Matías. Con un tono de descrédito a la felicidad duradera, el narrador, quien afirma que a veces su papel es parecido al de los notarios públicos, da fe de esos encuentros y coloca la soledad en ese pez sin nombre que mira desde el vaso de agua en que habita. Porque ni la belleza -ese don que los demás envidian a Julia y Bruno en Venecia, a donde se han ido a sembrar su idilio- será escudo suficiente para atajar al aburrimiento. La belleza no basta, porque uno no pertenece al otro, concluyen los personajes de "Retrato de pareja sin paisaje", donde la única posibilidad de conservar el amor, de estar juntos, es la muerte del otro. En "Un pequeño mundo cerrado" nuevamente aparece la escritura como posibilidad de comprensión, sólo que esta vez es el personaje quien escribe acerca de la relación de sus amigo con la francesa Lucie. El olor de la lavanda es la magdalena proustiana que lo lleva al aroma de la chica. Esa felicidad vista de afuera, de la cual él empieza a tener atisbos de violencia, de celos de ella, de límites que precipitan al abismo, a la incertidumbre, nos enfrenta a las "precarias certezas de cartón" que no son sólo atributo de las mujeres frágiles, como afirma el que escribe, sino de las relaciones de pareja. En el cuento final, dos divorciados, Bernardo y Cloe, se encuentran en una reunión de ex compañeros de la preparatoria para reconocer los equívocos del amor y abrazar una nueva "Cita a ciegas" -como se titula el cuento- en la que nadie está a salvo. El curador de manuscritos, como se refiere Bernardo a su oficio de editor, reconoce que algún día reescribirá ese texto maltrecho que es su vida.

Los cuentos van del asombro y la idealización amorosa, desde la intimidad sexual, al paraíso de la belleza, pasando por la amenaza de lo oscuro e incierto para llegar a la certeza de la fragilidad amorosa: de la inocencia a la sabiduría que no protege, sino coloca.

El pez en aquel vaso es un testigo, un espejo de lo que Palou parece afirmar en este cuarteto: el paraíso amoroso no existe, es una construcción imaginaria, es tan vulnerable como nuestra condición. La soledad es su sino por más fusión de cuerpos, destilado de ternuras y complicidades, pero aun así, con todas sus imperfecciones, acudimos a su encuentro, tal vez de la misma manera que la soledad escritural hurga certezas donde la belleza es fugaz y el paraíso sólo existe en la fusión efímera del texto con el lector.

mónica lavín

 


Amor, amor



I.
Bueno, se enamoraron. Es obvio, así empiezan todas las historias, pero es muy aburrido y hace ya tantos años que Aristóteles recomendó eso de in media res, empezar en medio de la cosa, que me ahorro el preámbulo. ¿Estar enamorado, además, es lo mismo que creerse enamorado? ¿Cuándo es que un estado de mera excitación pasa a llamarse, científicamente, amor? Esas son preguntas que espero algún día responderme, pero quizá no lo logre aquí, así que también dejémoslas para más tarde.

¿Tres meses después? ¿Es suficiente? Yo creo que sí, prosigamos. Tres meses después de haberse enamorado, Matías y Sonia se encuentran haciendo el amor. No es una tarde cualquiera, ni es la primera vez de ambos juntos, ni la primera vez de ninguno de ellos, antes, se entiende. Pero esta es una tarde especial. Ella lo ha esposado a la cama del motel. Fue de ella, además, la idea, de entrar a esa sexshop que recién abrieron. Fue de ella, por si fuera poco, la propuesta, después de haberse gastado un buen dinero en juguetes de la más diversa índole: sadomasoquistas, como las esposas y el látigo; para retardar la erección, un gel de vainilla, un enorme dildo de látex transparente con venas y un protuberante glande de veinte centímetros, talco sabor frambuesa con una delicada pluma de avestruz para aplicarlo, especialmente en los pezones, dijo Sonia. Te va a encantar saborearlos, comentó besándolo y mordiéndolo.

A Matías, por supuesto, no le disgustó la idea. El comportamiento sexual de Sonia no era recatado, pero nada en estos primeros meses auguraba, tampoco, este desparpajo lúbrico. Él pagó con la excitación de quien es invitado por primera vez a una orgía, al rito de iniciación de una secta.

—¿Estás nervioso? —le preguntó ella, pellizcándole una nalga cuando salían del lugar. Él, provisto de una bolsa oscura que ocultaba apenas sus nuevos artefactos, el calor húmedo de todas sus noches de adolescente.


II.
Sonia propuso entonces ir al cine. Les va a encantar Sonia, es una mujer hecha y derecha, que siempre va al grano, una mujer del siglo veintiuno, que no añora ni la antigua sumisión de su género ni el desencuentro lésbico de las recientes generaciones. Ella misma ha probado de todo, y así lo confesó no hace mucho a Matías:

—¡Hasta pensé que era realmente bisexual! —le dijo para rematar aquella noche de desenmascaramientos en la que él se sintió ridículo al manifestar sus fantasías apenas imberbes, de boy scout. ¡Ah, Sonia, y sus caderas de catedral, de basílica, esas caderas que hicieron temblar a Matías desde aquella primera ocasión, cuando la conoció en la exposición de quién sabe qué artista contemporáneo en una galería igual de olvidable! Fue él, aquella vez, quién se le acercó intempestivamente, sin requerir presentación alguna, extendió la mano y dijo su nombre:

Matías: ¿No quieres salir de aquí? Yo estoy aburridísimo —entrada que ella igualó, sorprendiéndolo:

—Sonia: Te habías tardado: vámonos. ¿Por qué no me invitas un trago en otro lugar?

Y de eso ya hace tres meses, cuando se enamoraron. Escena que yo dije no iba a describir al inicio del relato. Perdónenme la licencia. Todo empieza en algún lugar y yo ya cometí el desliz. ¿Proseguimos?

Él se fijó en su sonrisa perfecta, en la inversión de sus padres en la ortodoncia adolescente, pensó. El efecto le hizo reír.

Estuvieron bebiendo hasta muy noche y él la llevó en taxi a su casa, besándola desesperadamente. Al llegar le dijo:

—Ni te bajes, Matías. Están mis papás. Vete corriendo a tu casa, te hablo por teléfono.

Se estuvieron masturbando, uno de cada lado de la línea. Él eyaculó antes de que Sonia fingiera un orgasmo.


III.
El problema de los flashbacks es que no sirven para nada, estorban. Nos hemos salido de la cronología del relato. Ni siquiera sé dónde estábamos.

Claro, claro: Matías esposado en la cama, ella encima, desnuda también, frotándose el clítoris contra él, quien, sin poder tocarla, siente su humedad: tiene ganas de besarla, de terminar el juego. Le da comezón en la ingle.
Se lo dice y ella lo rasca con los dientes y le roza el miembro duro con el pelo, luego con la boca. Lo engulle, está a punto de vomitar con el trozo de carne que palpita como si tuviera un corazón propio.

Sonia entonces se unta el dedo con gel de kiwi y plátano y lo introduce en el culo de Matías, quien grita. No le ha importado rasguñarlo (o no se ha dado cuenta). No importa. Lo único que importa ahora es el dolor de Matías que se defiende como puede, maniatado. Ella toca la próstata, le da unos masajes concéntricos que pronto dejan de doler y le causan un enorme placer.

Sonia se monta encima y lo cabalga, literalmente, mientras grita como si la estuviesen matando.

Pero no consigue ningún orgasmo: Matías se viene, o se va, que es lo mismo, y desaparece, como un muñeco o como un preso después de una sesión de tortura.

Sonia fuma un cigarro, sigue en su papel de vamp instantánea.

—Desátame —suplica Matías.

—No te lo mereces, ni siquiera sabes hacer sentir a una mujer.

Se mete al baño entre los gritos del hombre. Él la escucha tararear una canción pasada de moda dentro de la ducha. No insiste en la petición de que lo desate hasta que la ve vistiéndose, con ánimo de irse.

—De verdad, me duelen los brazos, Sonia.

—Mis dolores, chiquito, son más profundos.

—Deja de jugar.

Sonia juega con las llaves de las esposas y se las esconde dentro del brassiere.

—Es tu castigo por no ser más macho.

Lo deja solo, gritando. Minutos más tarde Matías comprende que no es un juego. O que si lo es él no comparte las reglas ni lo disfruta.

A las tres horas logra zafar los barrotes de la cama y liberarse. Se ve ridículo cuando se aleja del motel con una esposa colgando de cada mano.

Sonia es la única con coche, además.


IV.
Durante varios días no se buscan. Pero están enamorados, ya lo dijimos. Y es Matías quien primero llama, o primero perdona. Quedan de verse en un cine, por la noche. Ella propone la película, la hora, el lugar.

El espera. Y lo peor que puede pasarle a quien no sabe qué decir es la espera. Ensaya decenas de parlamentos. Desde la recriminación más burda hasta el reencuentro más banal pasan por su mente y Matías les da forma, los amuebla con palabras para desecharlos minutos más tarde.

Cuando al fin se ven, él queda mudo. Ella lo besa como si nada hubiese pasado.

Tal vez deba ser más específico. Sonia lo besa, mordiéndole el labio y le saca sangre, le hace daño.

La película no merece mención. La oscuridad, sí, pero lo que pueden hacer dos cuerpos en una sala de cine semivacía es del dominio público y por corriente lo elimino. Dichoso el narrador que, para no aburrirse él mismo, puede saltarse pormenores estúpidos.

Lo esencial comienza cuando ella le pregunta:

—¿Qué hiciste con nuestros juguetes?

—…

—¿Los tiraste? ¿Los dejaste en el motel? ¿Los guardaste?

—Los alquilo —bromea Matías—, ¿cuál se te antoja? Las esposas están descartadas, esas sí las tiré.

—Me interesan el látigo y el vibrador —sigue ella en su juego—. Es tu turno, ¿vamos?

Van a casa de Matías, aunque a Sonia el lugar le da asco: es un desastre.

Ya dentro él la golpea en el rostro. Es una cachetada, una sola. Sonia no la espera y cae al suelo. Los ojos se le inyectan, pero no puede detenerse ahora. Se deja hacer.

Él la desviste y la ata con una pañoleta, los brazos detrás de la espalda. Luego la obliga a acostarse sobre la mesa del comedor y la golpea con el látigo. No duele, pero aun así ella siente rabia. Lo detesta. Resiste, Sonia. ¿No les dije que la iban a amar?

Matías la voltea y le aplica en las nalgas y en el culo otro gel -éste oriental- que calienta las zonas erógenas -según le dijo el dependiente de la tienda. A Sonia le arde, pero le gusta la sensación. Por primera vez en la noche experimenta algún placer. Escucha que Matías enciende el vibrador y siente cómo se lo introduce en la vagina.

Luego lo deja hacer. Se escuchan los pasos, la nevera que se abre, el hombre que regresa. Ella finge gozar.

Grita.

Él le introduce su dedo en el culo, luego, un hielo. Tiene que ser un hielo. Sonia lo siente mientras entra y se derrite un poco.
La sensación es extraña.

Matías saca el vibrador y la penetra.


V.
Son curiosas las parejas cuando hacen el amor. Unas guardan silencio, como si la seriedad del momento les impidiera pronunciar palabra. O se sienten ridículas, quién sabe. Otras más dan instrucciones: "Así, allí, más fuerte, no tan rápido". Son los consoladores aéreos del sexo, y quien los oye termina por no escucharlos, de cualquier forma. Sonia, en cambio, quiere historias. Siempre le dice a Matías -y esta vez no es la excepción- que le cuente qué siente, que le refiera pormenorizadamente lo que va a hacerle, lo que experimenta mientras le jala el cabello.

Ella lo escucha y sigue sintiendo cómo el hielo se le derrite poco a poco en el recto.

Y ahora sí, Sonia tiene un orgasmo. Uno discreto, pero al que ya puede llamársele, con toda propiedad, orgasmo.

Déjenme describir ese momento. Detenerme por un instante en la pareja, exhausta encima de la mesa de madera. Ambos desnudos, ella ya desatada. Ninguno juega ahora juego alguno. El cuerpo de Sonia, el espectacular cuerpo de Sonia -podríamos componer una égloga a sus caderas, o al menos un minuette si carecemos de tiempo, como es mi caso-, conoce, al menos en apariencia, descanso. El hielo sigue deshaciéndose, como un enema y algunas gotas escapan de entre sus nalgas, que prefiero no describir para que el lector imagine un poco y sienta deseos de tocarlas, mojadas, de morderlas o pellizcarlas, lo que sea.

Matías ha traído una botella de vodka frío que van pasándose, consumiendo poco a poco. El líquido quema un poco, piensa Sonia. Pero qué cosa importante en la vida no quema -la frase es de ella, ella la pensó, discúlpenme. A veces los narradores parecemos, más bien, notarios públicos.

Después, ella grita, siente un cuerpo, un ser dentro que busca escapar. Voltea y aprieta, hace un esfuerzo enorme, medio borracha, y al fin lo expulsa.

Es un pez diminuto, vivo, que pretende sobrevivir a la glaciación del hielo y a su lucha a contracorriente para escapar del ano de Sonia.

Cuando se juega -piensa ella-, se juega. Después va a la cocina por un vaso, lo llena de agua y arroja en él al pequeño animal rojo que, tranquilo ya, comienza a nadar.

—¿Cómo le pondremos, Matías? Será nuestra mascota.

Esa noche duermen juntos. Sonia decide no irse a casa, ya inventará algo al día siguiente. O tal vez no vuelva nunca y se quede para siempre con Matías, piensa, ya francamente borracha, mientras lo abraza. Han hecho el amor, de nuevo, ante la mirada atónita del pez anónimo, el pez aún sin nombre.

Una mirada de pez es siempre una mirada de asombro. O de incredulidad. Váyase a saber qué carajo piensan los peces en sus noches eternamente húmedas. Podría quedarse para siempre con este hombre, se dijo Sonia. Y por muchos años. Los mejores sádicos nunca se mueren durante sus violaciones, sus raptos o sus orgías. Mueren de dolor de estómago, de gripe o de anginas.

Les quedan muchos años de vida.

Pero la vida está hecha de días, de horas, de minutos, de segundos. Y en este preciso momento Matías la abraza y ronca -o ronca y la abraza, qué importa el orden- Sonia suspira hondo, cierra los ojos y se cree feliz.

Las parejas siempre creen que son La Pareja. Las parejas están convencidas de que el otro las piensa, las desea, las ama todo el tiempo. Nada más falso: Matías, por ejemplo, mientras abraza y ronca, también sueña. Y sueña -nada extraño- con otra mujer. Sonia aún no sueña, está entrando a esa zona de la noche. Pronto lo hará. Y soñará, nada extraño, con que se masturba sola y ahora sí consigue un orgasmo pleno, de verdad.

Siempre estamos solos. Somos siempre como ese pez absorto dentro del vaso. Ese pez sin nombre, encerrado tras el cristal que sin embargo mira, nada y se imagina libre. Libre, incluso, para soñar con otro. Para ser infiel.
Quienes creen que aman a otros son más estúpidos que quienes se aman a sí mismos, pero son también un poco más felices.

Ah, se me olvidaba: nadie se termina una botella de vodka sin resaca. Y la resaca hace ver las cosas distintas, despinta los muros, hace insoportables las voces y los ruidos. La resaca obliga al juicio moral.

Y la vida se vuelve insoportable. Al menos por esa mañana. Un buen café, mucho silencio. Más sueño, quizá.

¿Dije ya que Sonia y Matías estaban enamorados?



Retrato de pareja sin paisaje


I.
Eran hermosos. Lo supieron siempre: los demás se encargaron de recordárselos desde pequeños. Todos los días, los adultos le reiteraban a cada uno su hermosura, ya fuese con palabras o con el embeleso de la contemplación extática. Lo mismo sus propias familias que los desconocidos en la calle.

Un día, durante un viaje, ella escuchó una frase que convirtió en su divisa:

—A quienes somos bellos se nos permite todo —le sopló al oído una vieja cantante retirada en una estación de esquí que su familia frecuentaba. Al final de la adolescencia buscaba la calma de su habitación y el bálsamo de la soledad y el silencio.

Y es que el deporte era la única actividad importante de ambos: ser sanos además de hermosos. Él también jugaba tenis con cierta soltura desde muy temprana edad, y aunque no necesitaba filosofía alguna para existir (el espejo le devolvía cada mañana la dosis exacta del aplomo que sólo reciben quienes siempre son admirados), se descubría, sin embargo, cada vez menos a gusto en compañía de la gente, como si la fealdad de los otros lo condenara a verse a sí mismo.

Por eso, cuando la conoció, lo primero fue un asombro absoluto: ¿cómo era posible que existiera alguien así, perfecta? Si le hubiesen pedido la definición exacta de la hermosura sólo hubiese necesitado pronunciar su nombre:

—Julia —le dijo ella extendiéndole una mano delgada, toda su piel, una cáscara de durazno idealmente bronceada.

—Bruno —los músculos tensos de la suya apretando tan sólo un poco.

Los ojos de ella. Los de él. Un hechizo de miradas. Ella se decía, muy adentro, al fin te encontré en contradicción con la creencia popular que afirma que las mujeres bellas los prefieren feos para lucir aún más hermosas. Julia pensaba, en cambio, en el consuelo de despertarse y contemplar, lánguido y dormido a alguien más hermoso que ella. ¡Qué alivio!, seguía su mente mientras recogía su raqueta y sus pelotas y le daba su teléfono y le decía que sí, que por supuesto podría llamarla.

Los uniformes blancos de tenis de ambos, diminutos y precisos. La falda de ella, una sonrisa encima de los muslos. El polo de él suavizando apenas los bíceps de los que sobresale una vena.

Él la ve alejarse. Ella voltea, todo su ser, esos dientes que lo invitan a seguirla.


II.
Seis meses duró el cortejo. Aunque la palabra no puede ser más imprecisa. No había necesidad alguna de perseguirse: la belleza de ambos los había reunido en un abrazo intemporal, como si se conocieran de siempre. Una belleza al cuadrado que para muchos era ya intolerable. ¿Cómo se puede, por ejemplo, compartir un restaurante y no odiarlos? Lo que en singular es admiración, por duplicado provoca rechazo. ¿De dónde podían haber salido esos dos hermosos, gemelos de idéntica suerte? Cuando una pareja común y corriente se besa con desacato, los demás sienten una incomodidad. Cuando ellos se besaban la reacción era de envidia verde y muda.

El exceso de los otros produce avaricia en nuestra magritud.

Las familias de ambos los acompañaron con sus dos mejores dones: mucho dinero e igual cantidad de indiferencia. La luna de miel, un lugar común: Venecia.

Ella era una maniática de la planeación. Había estudiado cada calle, cada puente. Reservó la góndola del domingo siguiente a la llegada, el restaurante y el menú de la primera cena, los boletos de una ópera en La Fenice, trazó el itinerario de los museos después de haber estudiado qué cuadros, cuáles autores. Él se dejaba llevar, con la inconsciencia de quien cree que después de la primera noche poseerá para siempre el cuerpo de su mujer, su deseo casi único.

Ella creía en la virginidad, era su segunda religión. La primera fe, en cambio, sólo podía debérsela a la hermosura.


III.
Salieron del banquete de bodas pitando, subieron a un avión como si no los separase ya nada de lo que imaginaban su paraíso. Él bromeaba:

—Al fin, en el nirvana de tu cuerpo —, y la besaba y tocaba mientras una aeromoza les servía más licor y miraba con una mezcla de censura y descaro el miembro del hombre engrosarse bajo el pantalón.

Un vaporetto los llevó a la alcoba nupcial, como la llamaba ella. Los esperaba un ramo de rosas, una caja de chocolates y la consabida botella de champán helándose.

Se desvistieron deprisa, con torpeza. Bebían y brindaban y reían. Si esto es la felicidad, pensaba ella, no quiero abandonarla nunca.

Luego le pidió permiso para cambiarse. Había comprado para la ocasión un camisón de seda cortísimo y precioso. En el baño se contempló, radiante, ante el espejo. Una diosa le devolvió el guiño en el azogue.

Él la esperaba desnudo encima de la cama. Los músculos marcados como los de un mármol del renacimiento. Ella improvisó un baile, primero sobre la alfombra, luego encima de las piernas de ese hombre que ahora la penetraba y la hería y le daba un gran placer.

Un hilo de sangre se deslizó afuera de su cuerpo y humedeció los muslos de él, manchando apenas la sábana. Se imaginó a sí misma como un centauro, mitad ella, sus pechos, el torso delgado y fuerte, la otra parte el miembro de él, sus piernas fuertes, velludas.

Él terminó demasiado aprisa, luego la besó, ambos lloraron, abrazados.

 
IV.
Se despertaron a media noche y volvieron a hacer el amor, con menos intensidad pero con mayor ternura.

Los días siguientes, tal y como ella lo había planeado, fueron una sucesión de paseos, besos y acoplamientos. Se enamoraron de la ciudad. Se enamoraron también, y al fin, el uno de la otra.

Fue él el de la idea:

—¡Quedémonos a vivir aquí!

Ella asintió. Avisaron en sus casas, pidieron remesas. Abrieron cada uno una cuenta en el mismo banco. Compraron un departamento en el Canareggio con una puerta principal que daba al canal grande. Y luego un pequeño yate. Y un perro, enorme y negro.

Varios meses duró el ir y venir del hotel al lugar. Los arreglos del baño, la decoración de las habitaciones. La madre de ella se escapó unos días para visitarlos, para darles ideas y un giro bancario exageradísimo:

—¡Para que no les falte nada! —les dijo al despedirse—. Les ha quedado preciosa su casa, niños.

Los primeros días, acabado el proyecto común, fueron un repaso de las noches en el hotel. Hacían el amor en los rincones más insospechados del departamento. Encima o debajo de las mesas, pegados a las paredes y las puertas, en la bañera caliente e incluso, un día, en el yate que detuvieron peligrosamente cerca de Lido.

A la isla iban dos o tres veces a la semana a jugar tenis en el hotel o simplemente a descansar en la playa. El Adriático a sus pies como su piscina particular.

Ella fue la primera en sentir aburrimiento, aunque al principio no se atreviera a pronunciar esa palabra. O a pensarla siquiera. Se quedaban callados con cierta incomodidad, como si faltara el aire. Se miraban, recuperando apenas la confianza.

Nada hay, sin embargo, más penoso que una conversación que sobrevive.

 
V.
La solución parecía simple, hacer algo. Se inscribió en un curso de restauración de arte. Ahora, además de contemplar la hermosura, podía cuidarla, limpiarla, retocarla: ¡todos esos lienzos y retablos a su disposición!
La actividad, con los meses se convirtió, como todas las pasiones, en exclusiva. Lleno la sala de libros de arte y se pasaba las tarde mirando reproducciones de Bellini o de Tiziano.

Él no parecía darle importancia, preocupado en un nuevo gimnasio que instaló en el departamento y que le permitía no perder la forma, a pesar de vivir en una ciudad donde el deporte no podía ser la actividad central.

Un día, con cierto hartazgo se lo dijo:

—Venecia es una ciudad de viejos.

—No digas tonterías.

—De verdad, ¿has visto niños, como no sean los de los turistas?

—Pocos, como en toda Europa. ¿A qué viene eso, Bruno?

—No lo sé. Era sólo una observación.

—¿Y te molesta, acaso? ¿Los necesitas?

—No, te digo que era sólo una observación.

Así descubrieron lo que era inevitable: la belleza del otro no les bastaba. Comenzaron a mirarse como dos extraños. Ella, por ejemplo, encontraba ciertos gestos en él que le eran desconocidos. Él, por su parte, encontraba odioso que Julia dejara invariablemente sin tapa la pasta de dientes. O que no cerrara la puerta del baño cuando orinaba. Nada se decían de esas pequeñas molestias que como una comezón o una urticaria cada vez se volvían más frecuentes. Acaso ese amor requería de un espacio de reserva, de un territorio de intimidad y de secreto que entre ellos no existía. Con Bruno, pensaba ella, hay que decirlo todo.

El segundo año enfermó su perro, enorme, y hubo que sacrificarlo. El tumor había crecido tanto, les explicó el veterinario, que era imposible extirparlo. No lo lloraron. Abandonaron su cuerpo en la clínica y no dijeron nada, el uno a la otra, sobre su muerte piadosa pero repentina.

—¿No lo extrañas? —él.

—¿A quién? —ella.

—A Fabricio —se refería al perro—, ¿a quién más? —él.

—No lo sé. He estado demasiado ocupada para pensar en el perro. Además era tuyo —ella.

—¿Mío? Fuiste tú la que lo compró —él.

—Para regalártelo. Necesitabas compañía —ella.

—¿Compañía yo? Te tenía a ti —él.

—¿Cómo que me tenías? ¿A dónde me he ido? — ella.

—¡Yo qué sé! Hace meses que no estás aquí. ¿Ya no me quieres? —él.

—¡Cómo no voy a quererte, no digas tonterías! — ella.

Ella y él ocultan sus pensamientos, callan sus palabras en un abrazo. El placer, aunque intenso, por primera vez los asfixia.

 
VI.
Alguien escribió que la felicidad no resalta en la página blanca. Pueden pasar muchos años que para el relato son inexistentes. Es también el caso de ellos:

En su décimo aniversario él le regaló un anillo antiguo, rubíes y diamantes que un anticuario del antiguo gueto le había conseguido por catálogo. Era una reproducción hermosa del que llevaba una madonna de Bellini que ella adoraba.

Ella se olvidó de la fecha, atareada como estaba en su obra más grande hasta entonces, la restauración del retablo de San Juan Crisóstomo.

—¡Soy una idiota, Bruno, no tengo regalo para ti!

Quizá porque la belleza es también una herida, él la miró con el mismo asombro de la vez primera, cuando se dijo que era imposible que existiera una mujer más perfecta y no le dio importancia. Ella era su mejor regalo.

Para entonces sus vidas eran ya, como las de todas las parejas pasado el tiempo, más divergentes que paralelas. Él consumía todas las mañanas y parte de las tardes en Lido, jugando tenis con desconocidos o golf con dos amigos italianos. Ella devolviéndole a Venecia el color y la belleza, con la meticulosidad y la parsimonia de quien se sabe eterna.

Y es que esa es otra de las ilusiones de los hermosos: que durarán así, inmarcesibles por siempre. Hasta que una mañana el espejo les devuelve un rostro que no se parece ya a su rostro, un cuerpo menos magro, una arruga profundamente incómoda.

Al principio, además, sus familias los recordaban. Les escribían, les hablaban por teléfono, hasta venían a verlos por unos días los veranos. Él supo de la muerte de su padre por la notificación de la herencia, cuantiosa aún después de dividirla entre cuatro hermanos. Ella había perdido la cuenta de los divorcios de su madre e incluso no recordaba el nombre de su último padrastro, a quien había conocido en Venecia:

—Vine sólo a presentártelo, ¿no es maravilloso? — le decía ella al despedirse, siempre con lágrimas. Los hombres de su madre cada vez se acercaban más peligrosamente a la edad de Bruno o a la suya misma.

—¿Y si tenemos un hijo? —él, una tarde, out of the blue.

—¿Un hijo? —ella, asustada.

—Sí, un hijo. No dije un monstruo —él, hastiado.

—Nunca hemos hablado del tema. Es más, nunca he pensado en tener un hijo —ella, decidida.

—¿Por qué no? —él, como si fuera a comprar otro perro.

—¡No lo sé! De verdad, lo que menos necesito ahora es un hijo —ella, tajante.

—¿Entonces cuándo? -él, ya sólo por molestar.

—¿Te parece suficiente respuesta nunca? —ella, que lo sabe y también desea perturbarlo un poco.


VII.
Muchas veces, entonces, las conversaciones o las discusiones giran en torno al niño -nunca es niña, quizá porque es él quien lo plantea-, como si su sola mención fuera para ellos dos -quienes ya sólo comparten la belleza- suficiente para entrar a un territorio común.

De la belleza de él, ella se percata un día, cuando le mira el cabello, con canas en las patillas, encima de las orejas. Hace tiempo que ni siquiera sabe quién le corta el pelo o qué shampoo usa. Bruno está más hermoso que nunca, como un dios a quien la edad sólo le agrega misterio, personalidad.

—¿Aún me necesitas? —ella, que conoce la respuesta.

—Siempre, amor —ella tiembla cuando escucha la palabra, como si significara algo.

Lo hacen de nuevo: el amor -¿cuánto tiempo hace que no lo veía desnudo? Lo toca, se excita. Está toda húmeda, como si hubiese llovido dentro de su cuerpo. Una tormenta, pegajosa y dulce.

Se deja llevar en ese sueño, sostenida por los brazos de ese hombre, un desconocido. Duerme con esa idea que le molesta: nunca ha sabido quién es Bruno. Y ella, ¿quién es ella?

Los meses siguientes Julia intenta todo. Es un arsenal de ideas para estar juntos. Lo acompaña a Lido, pero ya no es una rival interesante en la cancha de tenis y nunca ha jugado golf. Le pide que la acompañe a la nueva iglesia, Santa Lucía, en donde ha estado trabajando por varios meses. Él acepta. Le encanta verla trabajar con la precisión de un niño que ha armado mil veces el mismo rompecabezas.

Salen juntos, por las noches. Al teatro, a la ópera. Simplemente a cenar. Él es un guía experto en los nuevos lugares de la ciudad.

Entonces Julia se da cuenta: lo ha abandonado. Se han abandonado. Se lo dice, con pena. Él asiente pero le responde que no importa, que siempre podrán empezar de nuevo. Ella ríe, ¿de nuevo? ¿No será este un síntoma del inicio de la vejez, necesitar la compañía de Bruno por vez primera?

Compran su segundo perro.


VIII.
Los tres envejecen en el departamento, ahora pasado de moda, de Canareggio. Cumplen cincuenta y pocos años. La madre de Julia muere, también, como mueren todas las madres algún día. Ella va sola al entierro, pese a Bruno.

—Yo debo acompañarte —él, idiota.

—¿Debes? —ella, enojada —Bueno, tengo —él, más idiota —¿Tienes? —ella, más enojada.

—Bueno, quiero —él, ya sin poder arreglarlo.

Ella está más hermosa que nunca, hay cosas que sólo la edad logra con el cuerpo, o con la mirada. ¿Desde dónde mira Julia, se dice Bruno ahora que la contempla empacar?

—Déjame acompañarte.

—De todas maneras ya sólo voy al entierro. Quédate con el perro. Yo regreso en una semana.

Una frase puede tener, con el tiempo, el peso de una lápida. Sobre todo si la frase nunca se cumple. Las primeras tres semanas Julia le habló para decirle que se quedaría más tiempo. Luego no telefoneó. Su voz llegó, muda, por carta. Era una larga carta. Pero repetía lo mismo: no pensaba volver. Había sido un error. Un error demasiado largo y costoso. Lo amaba, sin duda, pero necesitaba un poco de aire, de libertad. ¡Ser ella misma!

Así, con signos de admiración, lo leyó él. Le habló por teléfono, para escucharla decir lo mismo. Una y otra vez cien veces le habló y le escribió durante un año pidiéndole que volviese. Una y otra vez le dijo no, no, no.

—¡No, eso nunca! —ante la propuesta de alcanzarla él.

Un día también él se hartó del mismo repetido no. Y dejó de hablarle. Los siguientes años, con urbanidad, supieron el uno de la otra por las pequeñas tarjetas de cumpleaños, por los "espero que estés bien", "te quiero mucho" que ambos escribían, resignados a no verse más.

Él quitó las fotos de ella del departamento, cambió de deporte. La pesca submarina requería más concentración y paciencia. Ella tenía siempre un nuevo contrato en alguna iglesia de su país para devolverle la vida a los cuadros que más amaba.

Él descubrió que hacía tiempo que no la necesitaba, incluso desde que estaban juntos.


IX.
—Regresé, ¿me das asilo? —ella, una tarde, después de tocar la puerta y entrar con dos maletas, como si se hubiese ido ayer.

—Adelante, pasa, pasa —él, que la mira, hermosísima a sus setenta años. Ha decidido no pintarse el pelo, casi blanco. Él se lo toca.

—A los que somos bellos se nos perdona todo —ella, irónica—, incluso las canas.

Lo mira. Él casi no ha perdido cabello y lo tiene más negro que ella. Sigue fuerte, musculoso, la piel dorada por el sol.

—¿Cómo te mantienes tan bien? —ella, perpleja pero divertida—, ya parezco tu hermana mayor.

—Pesca submarina —él, que se divierte aún más con su mirada.

—¿En serio? —ella.

—¿Algún día no te he hablado en serio? —él.

Después de cenar él le dice que puede dormir en la cama, que él se preparará el sofá.

—Pensé que dormiríamos juntos —ella, lo besa en los labios.

—¿Dormirías con un desconocido en tu primera cita? —sigue él.

—Me has hecho falta, Bruno —ella, lo abraza ahora y le toca las nalgas.

—Tú también —él. Me ha costado mucho olvidarte.

—¿Y lo conseguiste? —ella.

—No del todo —él.

—¿Y mis fotos? —ella.

—Guardadas —él.

—¿Y el perro? —ella.

—Muerto, han pasado muchos años. Ya perdí la cuenta —él.

—Pero nosotros estamos vivos —ella.

—Sí —él, que la desnuda sólo para decirse, por enésima ocasión, que es imposible que exista una mujer tan perfecta.

—Hemos sido estúpidos —ella.

—Quizá —él, que la penetra y la abraza y no quiere nunca más salirse de ese cuerpo.

Ella lo besa en el pecho, acaricia los vellos blancos del hombre que nunca fue suyo.

Antes de dormir se lo dice:

—Nunca fuiste mío.

—Nunca somos de nadie, Julia, ni siquiera de nosotros mismos.


X.
La enfermedad, sin embargo, es más dolorosa que la belleza. Bruno se percata de que Julia regresó a morir. Cáncer de páncreas. Unos meses le quedan, tan sólo, pero no le dijo nada. Al principio. El dolor no puede ocultarse.

No, además, un dolor tan fuerte. Al principio ella lo mitigó a escondidas, con supositorios de morfina. Es difícil que el sudor frío a medianoche, que el grito desesperado en la ventana, que la mueca de desaliento no se noten.

—Estás muy enferma —él, incrédulo.

—Muchísimo. Mucho más de lo que yo quisiera —ella, sincera.

—¿Desde cuándo? —él, todavía molesto.

—Lo supe un mes antes de venir a verte. No me quedan sino unos cuantos días. Ayúdame a soportarlos —ella, descubierta.

—Por supuesto —él, que llora, no puede soportarlo.

—Ven, abrázame fuerte —ella.

Después de incinerarla sacó todas sus fotos de nuevo. Llenó de imágenes el departamento. Un espejo múltiple de Julia se la devolvía cada mañana, transfigurada y repetida. A los veinte, a los treinta, a los cuarenta, apenas recién llegada a los setenta. Una década tan sólo se le escapaba, imperceptible. Y mientras más la miraba más se decía que era imposible que una persona tan perfecta, tan hermosa, pudiese haber existido.

Un día el pasado se desvaneció del todo y él vino a habitar un presente ciego, perpetuo, lleno de ternura y de maniáticas repeticiones de viejo. Entonces empezó a hablarle en voz alta, a explicarle cada uno de sus movimientos y sus gestos: estás muy hermosa esta mañana, voy a salir, ya vuelvo, no tardo, necesitamos pan, me hace falta mi medicina, me duele una muela desde ayer.

Nunca estuvieron tan juntos.



Un pequeño mundo cerrado


I.
No sé por qué voy a contarles esta historia; desconozco las causas que me impelen a escribirla; ignoro cómo se me han entretejido los recuerdos; no logro comprender qué tiene que ver la botella de lavanda que encontré en el clóset con la historia de Lucie. La conocía hace tiempo, cuando empezó a vivir con Jorge en su departamento de la avenida Reforma. ¿Tendrá quince, dieciséis años de todo esto? La memoria hace que uno olvide lo que no desea retener: los recuerdos languidecen y se escurren por el hueco de la puerta, y olvidamos: "olvidé". Porque no volví a ver a Jorge después de los hechos, porque el rostro hermoso y angustiado de Lucie se fue desvaneciendo de mi vista, porque yo también tuve mis pequeñas tragedias -ínfimas comparadas con la de ellos, claro-; porque el olvido te permite seguir viviendo. No sé, sólo que hoy esta lavanda me trajo de golpe los ojos de Lucie, el cabello de Lucie, las lágrimas de Lucie aquella tarde en que acompañaron a una lluvia tenaz como el dolor, persistente como la nostalgia.

Y ahora, de golpe, inevitablemente, voy a escribir esa historia, voy a contar lo que pasó para decírmelo a mí, para explicar mi relación en todo esto. Jorge y yo trabajábamos en un pueblo cercano a la ciudad, habíamos instalado una compañía de perforación de pozos profundos y por esa época, afortunadamente, un contrato con el gobierno mantendría a flote el negocio y nos permitiría vivir cómodamente por un tiempo. Nos conocíamos desde la universidad; estudiamos la misma carrera, hicimos la tesis juntos y casi sin decírnoslo, sabíamos que el destino final era trabajar en un mismo lugar. No puedo decir que éramos amigos íntimos, no. Jorge siempre fue demasiado reservado y me costó casi dos años saber un poco de su familia, entender que su soledad no era buscada y que de no ser por la beca no podría estar estudiando en la universidad. En una palabra, que sus padres no vivían y que no tuvo hermanos. No había nada más que contar y Jorge volvió a su habitual mutismo. No salía, no le conocí novias hasta Lucie, no invitaba a nadie a su pequeño cuarto. Después de la licenciatura no lo vi por un tiempo y un día el teléfono sorpresivamente me lo regresó. Reconocí la voz, la parquedad de las frases. Había trabajado duro esos años — dijo— y quería proponerme un negocio. Juntamos algo de dinero y así nació nuestra compañía de perforación de pozos. Jorge compró un departamento grande y yo un coche pequeño. Le ayudé a amueblarlo y, poco a poco, empecé a pasar largas temporadas con él. Ni esa aparente intimidad nos hizo más comunicativos; me dirigía la palabra sólo para cuestiones prácticas relacionadas con el negocio. En verano fuimos a la playa y ahí conoció a Lucie. Un buen día, mientras estaba durmiendo la siesta, me despertó por el teléfono diciéndome que si no le prestaba el coche para regresarse a la ciudad, había conocido a una mujer, se iba a vivir con él. Cuando subió por las llaves se veía feliz, estaba desconocido. Es francesa, me dijo, se llama Lucie.

 

II.
Me quedé por unos días en ese hotel, disfrutando de la playa y descansando. Al regresar a casa telefoneé a Jorge. Me contestaron en un español deficiente, supuse que Lucie. Pudimos entendernos algo y quedé de ir a cenar esa noche con ellos. No me podía imaginar a Jorge acompañado, haciendo pareja, compartiendo sus días con alguien. Me vestí elegante y me puse una loción de lavanda -ahora empiezo a ver la relación. Conocer a Lucie fue algo inolvidable, Jorge seguramente diría lo mismo. Era una muchacha dulce, con algo de conejo asustado. No era pequeña ni alta, más bien como recortada, hecha en un molde, perfecta. La playa la había bronceado y se veía más hermosa. Jorge seguía contentísimo, mágicamente cambiado. Pensar que luego... Hubo un comentario, traducido parcialmente por Jorge que me hizo ver que no podía durar el asunto. Lucie era una muchacha conflictiva, había estado dos veces internada -por su propio pie- en un manicomio y ahora, por este periodo, se sentía curada y quería empezar una nueva vida. Se amaban, eso era indudable. No he conocido una mujer que ame tanto a un hombre como Lucie a Jorge. Por la lógica del trabajo nos veíamos frecuentemente aunque no tanto como yo hubiera querido: platicar con Lucie se hizo una necesidad. Como Jorge se pasaba todo el día con ella y no iba a la oficina era yo el que me tenía que echar todas las horas de trabajo. Fueron meses así en los que Jorge se presentaba a cobrar y punto. Lo veía los fines de semana en que comía con ellos. Un día -una comida informal, algún restaurante francés- los tres discutimos sobre el amor. Lucie fue la más contundente -quizá por ser la más enamorada- y al hablar de los celos dijo que mataría sin piedad a cualquier mujer que quisiera estar con Jorge. Reímos, pero no era una broma. No había, sin embargo, nada que pudiera hacerle ver a un observador, ajeno como yo, que las cosas estaban cada vez peor. La semana siguiente Jorge llegó con dos heridas enormes en la frente. No quise preguntarle qué había sucedido. Él -se había tornado comunicativo desde el inicio de su relación- me lo explicó: un cenicero, Lucie enfurecida porque llegó muy tarde a casa. Para este momento, vale la pena apuntarlo, el español de Lucie era casi perfecto y se había adaptado maravillosamente a la nueva vida. La casa estaba abarrotada de libros en francés y en alemán que había mandado pedir. Esa tarde, sin que Jorge lo supiera, fui a verla. Lucie me recibió afectuosa, dándome un beso cariñoso, humedísimo. Su cordialidad me desarmó y no pude hablarle de lo que en realidad venía a comentar: el incidente del cenicero. La mesa estaba llena de notas, libros, hojas sueltas y una máquina de escribir decididamente nueva en el ambiente -Jorge era casi ágrafo y en los años de conocernos yo tuve que escribir todo. Le pregunté a Lucie por esas cosas. Me explicó que estaba escribiendo un libro en francés. ¿Una novela?, le pregunté. No, un ensayo sobre la muerte. Lucie sonrió y vino a sentarse a mi lado. Entonces vinieron dos confesiones: estaba segura de que Jorge la engañaba y tenía miedo de su propia reacción si comprobaba que era verdad. Intenté persuadirla; después de todo yo conocía a Jorge mejor que nadie. No sirvió de nada. Salí triste del departamento. Un aire premonitorio y pesado había terminado por deprimirme.

 

III.
Por varios días no quise tocar el tema con Jorge y me cuidaba de que no se me escapara nada que lo anunciara. Pero no pude más. Se rio. ¿Cómo era posible que yo, su mejor amigo, fuera a creer esas estupideces? No, no andaba con nadie, demonios. Dejé de ir por un tiempo a su casa. Me consternaba ver la destrucción de ese ambiente que había sido tan propicio para Jorge y quería lo suficiente a Lucie como para temer cualquier consecuencia violenta. Porque Lucie, ahora que lo pienso, era una mujer frágil. Y eso es lo peor: no poderse sostener, ser insegura como veleta. Una llamada de Lucie me hizo desistir y acudí como quien va, ya, a un funeral.

Me explicó que desde hacía tiempo Jorge no comía en casa, llegaba tarde. Incluso dejó de ir dos días seguidos sin avisar. Inventé que tuvo que salir a firmar un contrato a la sierra, que no había manera de comunicárselo en esos pueblitos alejados. No me creyó, porque eso también sucede con las mujeres frágiles: sus inseguridades sostienen sus precarias certezas de cartón. Me dio pena Lucie. Le pregunté por su libro. Hasta eso me sale mal, dijo, está parado. No puedo seguir mientras no resuelva este problema con Jorge -pronunciaba su nombre tiernamente- y tenga al fin algo de paz. Quince o veinte días después Jorge llegó alarmado, angustiadísimo. Quería que internáramos a Lucie en un sanatorio, me aseguraba que estaba mal, que podría cometer cualquier locura, que no respondía siquiera de sus actos. Los celos la han enloquecido, dormimos separados, me avienta todo lo que encuentra a su alcance, dice que soy un egoísta, un idiota, un cobarde. Yo no podía secundar sus ideas, no me imaginaba a Lucie torturada en los muros de una celda de castigo, encerrada. No. Le propuse que se fueran de vacaciones a la playa, al lugar donde se habían conocido. Pensé que eso podría dar resultado. Cuando Jorge se lo comentó, Lucie aceptó de buena gana. No volví a verla.

 

IV.
Tres días después tuve que presentarme ante el Ministerio Público. Tenían a Jorge en la cárcel. Al parecer había asesinado a Lucie. Estallé, me dio asco; empecé a llorar amargamente, sin poder creerlo del todo. Pero era cierto: estaba atada de piernas y manos y tenía una bolsa de plástico cubriéndole la cara. Cuando me lo contaron, con la frialdad de los reportes policiales, tuve que vomitar. Me puse muy mal. No podía creerlo, no era posible. Jorge alegaba a su favor -asegurando que su esposa se había suicidado- una nota. Decía: "Mira tu obra: esto es lo que has hecho con tu infidelidad, con tu egoísmo, con tu vanidad". La policía pensaba que el propio Jorge la había escrito.

Yo lo conocía bien, por eso me preguntaron tantas cosas. Pero por su propia reserva nada de lo que yo decía era una prueba contundente de su inocencia. Casi al terminar la entrevista recordé el libro de Lucie y les conté lo que sabía. Eso fue lo que salvó a Jorge. Encontraron en el departamento las hojas de los primeros capítulos del ensayo de Lucie. Una vez traducidas, Jorge fue declarado inocente. El libro de Lucie sobre la muerte era en realidad un tratado sobre el suicido o, más bien, un manual de las técnicas más eficaces para suicidarse, según el carácter del necesitado. En las últimas hojas del borrador describía minuciosamente las operaciones que habrían de seguirse para tener una muerte como la de ella, para suicidarse así. Las manos amarradas colocaban la bolsa de polietileno y luego se las pasaba hacia atrás de la nuca, inmovilizándolas. Si el suicida decidía no morir o si no le era posible resistir los dolores de la asfixia de cualquier forma no tendría manera de quitarse la bolsa. Convencidos de la inocencia de Jorge, lo soltaron.

Estaba deshecho, poco habría importado que hubiera seguido preso. Recogió algunas cosas, me pidió que le diera el coche y un poco de dinero de su parte de la compañía y desapareció.

 

V.
No había vuelto a pensar en estas cosas. El dolor se fue mitigando con el tiempo y un buen día me di cuenta de que estaba olvidado, o sepultado. Pero la lavanda me lo trajo de nuevo a la memoria. Y ahora que lo pienso nunca me había desentendido del todo de la historia de Lucie. Había soñado, incluso, las escenas de su muerte con una obsesión enferma, las había imaginado, pensado, reflexionado, y siempre, siempre -igual que en estos momentos que lo escribo- no puedo dejar de ver a Jorge amarrándola, no puedo verlo sino así. Tal vez hasta diciéndole que ella se lo buscó. Recuerdo los ojos de Lucie y no me es posible dejar de sentir las manos toscas de Jorge asfixiándola antes de salir a pedir la cuenta.


Cita a ciegas



I.
Ella había ido al baño. Eternidades de tiempo. O al menos a Bernardo le pareció que eso tardaba ella allí adentro. Se había llevado consigo su enorme bolsa de lona negra, por lo que tampoco podía fisgar un poco en su vida, saber algo más de lo que el extraño encuentro le estaba deparando. ¿Cuántos años decía Claudia tener en su perfil? A él le pasaba esto por creer que las citas por medio de la red podrían terminar con su soledad. Una soledad que, en los años que habían pasado ya desde su divorcio de Sonia, se había convertido en otra compañera, una a la que casi podía hablarle por las noches, despedirse de ella, desearle felices sueños: una soledad corpórea. Los fines de semana se hacía cargo de sus dos hijos, y cada día le costaba más trabajo complacerlos. Primero, cuando los conocía, era fácil, pero con el tiempo también fue cada vez más difícil saber qué era lo que querían. Cuando compraba boletos para un concierto ellos querían descansar en casa, cuando había planeado ir a un lugar con alberca fuera de la ciudad ellos querían ir al cine a ver esa película, la que quitaban de la cartelera justo después del fin de semana. Luego de depositarlos -así lo decía, nunca dejarlos, como si fuesen un paquete- en casa de su madre, deambulaba un rato por la ciudad, sin querer regresar a casa. A veces, incluso, dormía en algún hotel, sólo por sentir que las sábanas y los olores eran realmente nuevos. Cuando Sonia se enamoró y el nuevo novio lo sustituyó en su casa -los hijos se lo contaron-, ni siquiera le produjo un sentimiento definible. Era como si le ocurriese a una desconocida.

Así que su reciente idea de buscar pareja era, más que una verdadera exploración, otra forma de pasar el tiempo. Sólo podía entre semana. Claudia era su tercer intento. Y las cosas no iban bien, no con ella tanto rato entretenida en el baño. Tal vez incluso se había ido sin despedir, francamente harta. Pidió la cuenta.

Ella regresó, disculpándose. Se había indispuesto, ¿podría él darle un aventón a casa? La ciudad, húmeda después de la lluvia, no ayudaba. Hablaron poco en el coche, como si la curiosidad de la plática en el restaurante se hubiese acabado del todo. El departamento de Claudia estaba lejos, por lo que el silencio se fue haciendo denso poco a poco, tomó color. Era un silencio púrpura, como la mancha de una fruta descompuesta.

—¿Te gusta tu trabajo? —intentó él.

—¿A quién le gusta realmente su trabajo? Me pagan. Sobrevivo.

Otra vez silencio. Después:

—¿Y a ti?

—A mí me encanta, es divertidísimo —le dijo nada más por molestar.

Veinte minutos después la estaba dejando frente a su edificio, casi sin despedirse.


II.
Y era verdad. Había aprendido a querer su trabajo, corrigiendo y editando las novelas de otros. Publicando ajeno, se decía. Con los años le había llegado esa serenidad. La de haber descubierto que su creatividad no daba para otra novela y su ambición, menos aún para aguantar la golpiza permanente de los críticos sabatinos. Renunció, pero sin pena. Casi con alivio. Llevaba años en la industria editorial, como se le llamaba ahora al penoso asunto de hacer libros y fue natural que le ofrecieran hacerse director editorial de aquel monstruo internacional que lo mismo hacía libros de autoayuda que de cocina, memorias de políticos y modelos que, de vez en cuando aún, buenas novelas. Y producir libros decentes, cuando no buenos, en medio de la basura, aún le provocaba placer. Recibía manuscritos que prometían, pero muchas veces eran deshilachados jirones de vidas, propuestas con ideas inconexas, y su papel, un verdadero arte, consistía en darles forma. Quizá lo que le proporcionaba tanta felicidad era que esos libros eran de otros. Que una vez en la calle esos otros tendrían que vérselas con los reflectores. No le gustaba ser el centro de atención y su trabajo llegó a su vida como un arreglo perfecto, un ajuste de cuentas.

De la materia informe él producía algo bello, curaba manuscritos. Era como un buen psicoanalista -se decía-, pero le agradaba no recibir crédito alguno por su labor. Un cheque generoso cuando los dividendos editoriales eran importantes, un bono navideño. Siempre se iba de las reuniones antes de las fotos.

La nostalgia no le había ido nunca. Sabía desprenderse incluso de sí mismo. A tal punto que de pronto pensaba que la vida, su vida, le ocurría a otro y que él, algún día, tendría que reescribir ese manuscrito maltrecho.


III.
La situación podría haber durado así eternamente. Un desarreglo perfecto, se encargaba él de bromear. Julián vino a salvarlo. Aunque él odiaba ese término, salvación, desde que Sonia lo usó una noche:

—Tienes que salvarme.

No tenía ningún impulso mesiánico. Así que se divorció.

Ahora era Nochebuena. Insistió tanto. Al final se afeitó, se puso corbata, un viejo saco que en otro tiempo fue hermoso y que ahora, para usar un adjetivo de moda, parecía desestructurado. Hacía tiempo que el peinado no le interesaba, así que no le dio importancia a pasarse un peine después del baño. Iba a esa fiesta con el mismo desgano con que asistía a las reuniones de accionistas en que la editorial les presentaba su informe anual de utilidades. Le encantaba esa palabra dicha ante un montón de inútiles.

La esposa de Julián lo recibió con compasión.

—Pasa —musitó, como quien recibiese al embalsamador—, Julián se muere por verte.

—Igual yo —mintió y le dio dos besos, uno en cada mejilla.

La fiesta era uno de esos convivios masivos que le fascinaban a su viejo amigo de la preparatoria. En el enorme jardín cabían lo mismo políticos retirados, en retiro y recién llegados, que empresarios de todos los rubros del directorio telefónico, una orquesta tropical -nunca le habían agradado los gustos de su amigo-, y sus jugadores: Julián había dejado todo sepultado por sus millones -heredados e insanamente multiplicados en la bolsa quién sabe cómo-, para hacerse de un equipo de fútbol profesional que según la prensa le esquilmaba la fortuna regularmente. El caso es que en el jardín estaban lo mismo el astro argentino recién llegado que el agente brasileño con sus nuevos pupilos, casi adolescentes, incómodos en sus sacos de lino, queriendo sólo irse a dominar el balón y probar suerte.

No lo veía por ningún lado. Sintió unas manos que le tapaban los ojos. Un perfume desconocido, seco, como de almendra. Y una voz. Esa voz, si inconfundible:

—Adivina quién soy, viejito —bromeó la mujer.

—Cloe —gritó él—, ¡quién más!

Ella quitó el antifaz de sus dedos de los ojos y él pudo ver cómo los años la habían transformado. El mismo brillo en los ojos, esa humedad intensa, como si apenas hubiesen llorado. La sonrisa, una cascada. El cabello dorado hasta los hombros.

—¡Pareces un fantasma! No te quedes así, ¡idiota!

La abrazó y la besó. Habían pasado tantos años. No es que no la reconociera, que no supiera quién era ella. O quien era él. O quienes habían sido. Era sólo que no sabía quién era él, ahora, frente a Cloe.

—Supe que te divorciaste. Cuando me lo contaron pensé que era imposible. Tú y Sonia parecían hechos el uno para el otro.

—Las apariencias engañan.

—O será que se empeñaron en mostrarse perfectos todo este tiempo. Eran eternos. Los imaginábamos de viejitos, tomados de la mano, en una reunión de exalumnos.

—I don't do exalumnos, Cloe. Detesto ver a mis compañeros de escuela panzones y a mis compañeras destrozadas por sus maridos y sus hijos.

—Me está doliendo tu frase. Soy una de esas compañeras de escuela, ¿tan mal me veo?

—¿Tú? Nunca. Eres distinta. Tú siempre te comiste la vida a mordidas. No quedó nada en el plato.

Entonces apareció Julián.

—Veo que al fin logro mi cometido, ustedes dos por fin juntos.

Le guiñó un ojo y le dio un empujón que casi lo tira a la alberca mientras se alejaba abrazando al nuevo entrenador, un sueco despistado.

—¿Bailamos?

Fueron, él y Cloe, por vez primera juntos, sus cuerpos pegados, a bailar una canción pegajosa en medio del calor de la noche. El vestido azul de ella brillaba, y él no pudo contener una sonrisa. ¿Era esto lo que había esperado tanto? Se dejó llevar por la música y por las dotes de su compañera de danza mientras la orquesta despedazaba la noche, ensordeciendo con sus metales, cualquier conversación posible.

—¿Me consigues un trago? —le pidió Cloe.

—Sólo si nos vamos de aquí.


IV.
Fueron a casa de ella. Abrió una botella de vino, puso quesos, jamón serrano, aceitunas, higos secos.

—Parece un manjar del Cantar de Cantares —bromeó él.

—Y eso que tú no eres el rey Salomón.

Conversaron hasta muy noche. Se contaron sus vidas. Ella había regresado de un largo viaje por la India. Un viaje lleno de descubrimientos. Así lo dijo, como si cada letra proviniera de una palabra diferente y un extraño brahmán las hubiese juntado por capricho. Tenía un brazalete de sándalo al que le colgaban pequeñas banderitas de colores. Le habló de los ashrams de meditación, de las comidas exóticas, de la búsqueda interior. Al final le preguntó por Sonia. Pero lo hizo de la forma más dolorosa:

—¿Por qué te casaste con ella?

No pudo contestar al principio. Porque no tenía una sola respuesta. Pensó en decirle que al principio creyó que la amaba y que luego fue descubriendo que más que amor lo que los unía era la comprensión, la amistad, la complicidad de dos solos.

Pero a Cloe sólo le dijo:

—Por idiota, o por inconsciente, como todos.

—¿Ves a tus hijos?

—Todos los fines de semana, son mi cita impostergable con el pasado. Les da pena su padre, pero no me lo dicen. Habrá un momento en que no querrán venir más conmigo. No me extrañarán.
Le tomó la mano, como si no hubiesen dejado de verse. Como si no hubiesen pasado los años.

—¿Eres feliz? —le preguntó entonces él a ella.

—Me han pasado tantas cosas que ya no sé siquiera cómo definir la felicidad. Pero digamos que después de la tragedia la vida me ha dado cosas hermosas. Como este reencuentro inesperado.

—¡Gracias por el cumplido!

—No es un cumplido, ¡para nada! De verdad, le agradezco a Julián haberme dado la oportunidad de verte.

—¿Y cómo ves a tu antiguo amigo?

—Más viejo, canoso. Pero igual de indefenso que entonces, aparentando ser indiferente.

Ella contó su vida, parecida a la de él: el error del matrimonio, las tantas píldoras, psiquiatras, bálsamos imposibles.

—Si te hubiese dicho que te amaba, Cloe, ¿me habrías querido?

—Ya estás borracho. ¿Tú? ¿A mí?

—Estoy sobrio, totalmente. No estoy bromeando: estaba perdido. Pero sentía que te era indiferente. Y luego te hiciste novia de...

—Ni lo menciones, no quiero oír su nombre. Además era tu amigo.

—Por eso. Tomé a la izquierda. No podía traicionarlo a él y menos lo que entonces llamaba, pomposamente, impedir tu felicidad.

—¡Me hubieses hecho un gran favor! Pero no te creo. ¿Tú? ¿Enamorado de mí?

—¿Por qué crees que Julián nos invitó a su fiesta?

 

V.
—La felicidad, Cloe, la felicidad. ¿Por qué le tenemos tanto miedo a esa palabra.

Ahora fue ella quien le tomó la mano, apretándosela con fuerza.

Pasaba de la medianoche. Era ya Navidad. Sólo entonces ella se percató del descuido y fue a encender un árbol enorme, natural, que tenía en la sala de la casa.

—Mi hija viene mañana con su marido. Por eso se me olvidó qué fecha era.

¡Estamos festejando! Con este calor aquí, la Navidad siempre me ha parecido un despropósito. Pero qué más da. Vamos a ponernos felices, ¿me quieres aún como entonces, cuando no te atreviste a decirme nada?

No esperó la respuesta. Volvió a servirle vino.

Se acercaron. Él la besó. Era un beso adolescente, casto. Y no se atrevieron a más. Pero el roce de la piel de albaricoque de Cloe sobre sus labios y luego la humedad ligera de su boca hicieron el resto.


Afuera -¿hay un afuera en momentos así?- la ciudad amanecía.

Todas las cosas terminan. Todas las cosas vuelven a empezar, como esa Navidad.

Se abrazaron. Fuerte. Él sintió su olor, de nuevo. Tocó el pelo, introdujo su mano entre las ondas del cabello hasta dar con la nuca de Cloe, caliente, temblorosa. La besó de nuevo, esta vez con un beso lleno de deseo, el beso de esos dos que lo han perdido todo y que, sin embargo, no temen volver a quedarse sin nada, sin otra cosa que esas manos que se tocan, se reconocen, olvidan que están irremediablemente solos, y creen, así sea por un instante, que el mundo puede renacer sin miedo, primigenio. Que el amor tiene la fuerza de reescribir el pasado, aunque sea incapaz de corregir los errores.

Amaneció también entre sus cuerpos.