Nota introductoria



No hay duda de que la novela y el cuento, aunque comparten su esencia narrativa, son experiencias distintas en la escritura y la lectura. Me atrevo a afirmar que el cuento es siempre más literario por cuanto decanta, elige, comprime y es despiadado o sutil. Es un género sediento de la complicidad del lector. Pedro Angel Palou es tal vez más conocido por sus novelas, por la capacidad de dar voz a sus personajes desde perspectivas distintas. Con la muerte en los puños, en voz de un boxeador, le valió al autor el Premio Xavier Villaurrutia en 2OO3. Pancho Villa, la mujer de Morelos, entre otros, nos han llevado por los escenarios históricos que el autor ha visitado en sus novelas.

En el cuento, Pedro Ángel Palou despliega mundos que se miran con aparente objetividad, con una malicia y contención que no ostenta la tristeza, la esencia solitaria que está en el fondo de estos mundos breves y que queda en el ánimo del lector. Más cerca de escritores norteamericanos en el tratamiento de situaciones como las que nos ocupan en Parejas, se hermana con escritores como Cheever, Updike y Carver. No hay tema más cotidiano y más complejo que las relaciones de pareja. La ilusión del amor, o de la construcción del amor en pareja, la cercanía del abismo. Si la condición humana es la materia de todo acto escritural, la desnudez del amor es el territorio donde somos más vulnerables.

Parejas está formado por cuatro cuentos que construyen un discurso. A la vez que son independientes y redondos, en su conjunto y en la forma en que han sido dispuestos por el autor refieren un trayecto de las situaciones amorosas. Paradójicamente y para contravenir los tintes trágicos con que se suele tratar el tema, van de la imposibilidad y el desbarranque amoroso, al encuentro. Del abismo a la luz, la luz que incorpora y acepta el abismo. Esta estructura provoca un efecto en el lector similar al de la película de François Ozone 5 x 2, en donde la historia de una pareja se cuenta en cinco episodios, que van de la firma del divorcio al primer encuentro. Que la película finalice con el momento dulce en que los luego desposados cruzan una mirada cómplice, curiosamente provoca una desolación mayor en el espectador. ¿Cómo es que pasó aquello, si el encuentro es un azar afortunado? Algo nos revela, porque reconocemos la historia del desgaste. Por eso, aunque los cuentos nos invitan a una libertad lectora, a un menú personal en el recorrido de un conjunto, los de Palou redoblan su fuerza individual dentro del guión que los contiene.

Conocedor de los límites y silencios del cuento, Palou ha elegido dividir cada uno de sus cuentos en segmentos que progresan hacia el desenlace a veces en fade out, a veces contundente. En cada uno lo cotidiano se ilumina con la magia amorosa y su opuesto: el aburrimiento, la distancia, la duda. El ritmo, los tonos y puntos de vista hacen que aunque todos traten de parejas, la lectura de cada uno es una experiencia distinta. Se antoja desbordar la propuesta de mirar parejas. ¿Habrá un límite? El escritor que nos interpela como lectores en el primer cuento, "Amor, amor", narra el desencanto amoroso, el desgaste que pronto se instala entre la celebración erótica y va empañando esa felicidad fugaz, el enamoramiento que el narrador de esta historia empieza por afirmar y cuestionar. Aludiendo a técnicas del oficio narrativo, que parecen estorbarle al corazón de lo narrado, nos va contando los encuentros apasionados entre Sonia y Matías. Con un tono de descrédito a la felicidad duradera, el narrador, quien afirma que a veces su papel es parecido al de los notarios públicos, da fe de esos encuentros y coloca la soledad en ese pez sin nombre que mira desde el vaso de agua en que habita. Porque ni la belleza -ese don que los demás envidian a Julia y Bruno en Venecia, a donde se han ido a sembrar su idilio- será escudo suficiente para atajar al aburrimiento. La belleza no basta, porque uno no pertenece al otro, concluyen los personajes de "Retrato de pareja sin paisaje", donde la única posibilidad de conservar el amor, de estar juntos, es la muerte del otro. En "Un pequeño mundo cerrado" nuevamente aparece la escritura como posibilidad de comprensión, sólo que esta vez es el personaje quien escribe acerca de la relación de sus amigo con la francesa Lucie. El olor de la lavanda es la magdalena proustiana que lo lleva al aroma de la chica. Esa felicidad vista de afuera, de la cual él empieza a tener atisbos de violencia, de celos de ella, de límites que precipitan al abismo, a la incertidumbre, nos enfrenta a las "precarias certezas de cartón" que no son sólo atributo de las mujeres frágiles, como afirma el que escribe, sino de las relaciones de pareja. En el cuento final, dos divorciados, Bernardo y Cloe, se encuentran en una reunión de ex compañeros de la preparatoria para reconocer los equívocos del amor y abrazar una nueva "Cita a ciegas" -como se titula el cuento- en la que nadie está a salvo. El curador de manuscritos, como se refiere Bernardo a su oficio de editor, reconoce que algún día reescribirá ese texto maltrecho que es su vida.

Los cuentos van del asombro y la idealización amorosa, desde la intimidad sexual, al paraíso de la belleza, pasando por la amenaza de lo oscuro e incierto para llegar a la certeza de la fragilidad amorosa: de la inocencia a la sabiduría que no protege, sino coloca.

El pez en aquel vaso es un testigo, un espejo de lo que Palou parece afirmar en este cuarteto: el paraíso amoroso no existe, es una construcción imaginaria, es tan vulnerable como nuestra condición. La soledad es su sino por más fusión de cuerpos, destilado de ternuras y complicidades, pero aun así, con todas sus imperfecciones, acudimos a su encuentro, tal vez de la misma manera que la soledad escritural hurga certezas donde la belleza es fugaz y el paraíso sólo existe en la fusión efímera del texto con el lector.

mónica lavín