Amor, amor



I.
Bueno, se enamoraron. Es obvio, así empiezan todas las historias, pero es muy aburrido y hace ya tantos años que Aristóteles recomendó eso de in media res, empezar en medio de la cosa, que me ahorro el preámbulo. ¿Estar enamorado, además, es lo mismo que creerse enamorado? ¿Cuándo es que un estado de mera excitación pasa a llamarse, científicamente, amor? Esas son preguntas que espero algún día responderme, pero quizá no lo logre aquí, así que también dejémoslas para más tarde.

¿Tres meses después? ¿Es suficiente? Yo creo que sí, prosigamos. Tres meses después de haberse enamorado, Matías y Sonia se encuentran haciendo el amor. No es una tarde cualquiera, ni es la primera vez de ambos juntos, ni la primera vez de ninguno de ellos, antes, se entiende. Pero esta es una tarde especial. Ella lo ha esposado a la cama del motel. Fue de ella, además, la idea, de entrar a esa sexshop que recién abrieron. Fue de ella, por si fuera poco, la propuesta, después de haberse gastado un buen dinero en juguetes de la más diversa índole: sadomasoquistas, como las esposas y el látigo; para retardar la erección, un gel de vainilla, un enorme dildo de látex transparente con venas y un protuberante glande de veinte centímetros, talco sabor frambuesa con una delicada pluma de avestruz para aplicarlo, especialmente en los pezones, dijo Sonia. Te va a encantar saborearlos, comentó besándolo y mordiéndolo.

A Matías, por supuesto, no le disgustó la idea. El comportamiento sexual de Sonia no era recatado, pero nada en estos primeros meses auguraba, tampoco, este desparpajo lúbrico. Él pagó con la excitación de quien es invitado por primera vez a una orgía, al rito de iniciación de una secta.

—¿Estás nervioso? —le preguntó ella, pellizcándole una nalga cuando salían del lugar. Él, provisto de una bolsa oscura que ocultaba apenas sus nuevos artefactos, el calor húmedo de todas sus noches de adolescente.


II.
Sonia propuso entonces ir al cine. Les va a encantar Sonia, es una mujer hecha y derecha, que siempre va al grano, una mujer del siglo veintiuno, que no añora ni la antigua sumisión de su género ni el desencuentro lésbico de las recientes generaciones. Ella misma ha probado de todo, y así lo confesó no hace mucho a Matías:

—¡Hasta pensé que era realmente bisexual! —le dijo para rematar aquella noche de desenmascaramientos en la que él se sintió ridículo al manifestar sus fantasías apenas imberbes, de boy scout. ¡Ah, Sonia, y sus caderas de catedral, de basílica, esas caderas que hicieron temblar a Matías desde aquella primera ocasión, cuando la conoció en la exposición de quién sabe qué artista contemporáneo en una galería igual de olvidable! Fue él, aquella vez, quién se le acercó intempestivamente, sin requerir presentación alguna, extendió la mano y dijo su nombre:

Matías: ¿No quieres salir de aquí? Yo estoy aburridísimo —entrada que ella igualó, sorprendiéndolo:

—Sonia: Te habías tardado: vámonos. ¿Por qué no me invitas un trago en otro lugar?

Y de eso ya hace tres meses, cuando se enamoraron. Escena que yo dije no iba a describir al inicio del relato. Perdónenme la licencia. Todo empieza en algún lugar y yo ya cometí el desliz. ¿Proseguimos?

Él se fijó en su sonrisa perfecta, en la inversión de sus padres en la ortodoncia adolescente, pensó. El efecto le hizo reír.

Estuvieron bebiendo hasta muy noche y él la llevó en taxi a su casa, besándola desesperadamente. Al llegar le dijo:

—Ni te bajes, Matías. Están mis papás. Vete corriendo a tu casa, te hablo por teléfono.

Se estuvieron masturbando, uno de cada lado de la línea. Él eyaculó antes de que Sonia fingiera un orgasmo.


III.
El problema de los flashbacks es que no sirven para nada, estorban. Nos hemos salido de la cronología del relato. Ni siquiera sé dónde estábamos.

Claro, claro: Matías esposado en la cama, ella encima, desnuda también, frotándose el clítoris contra él, quien, sin poder tocarla, siente su humedad: tiene ganas de besarla, de terminar el juego. Le da comezón en la ingle.
Se lo dice y ella lo rasca con los dientes y le roza el miembro duro con el pelo, luego con la boca. Lo engulle, está a punto de vomitar con el trozo de carne que palpita como si tuviera un corazón propio.

Sonia entonces se unta el dedo con gel de kiwi y plátano y lo introduce en el culo de Matías, quien grita. No le ha importado rasguñarlo (o no se ha dado cuenta). No importa. Lo único que importa ahora es el dolor de Matías que se defiende como puede, maniatado. Ella toca la próstata, le da unos masajes concéntricos que pronto dejan de doler y le causan un enorme placer.

Sonia se monta encima y lo cabalga, literalmente, mientras grita como si la estuviesen matando.

Pero no consigue ningún orgasmo: Matías se viene, o se va, que es lo mismo, y desaparece, como un muñeco o como un preso después de una sesión de tortura.

Sonia fuma un cigarro, sigue en su papel de vamp instantánea.

—Desátame —suplica Matías.

—No te lo mereces, ni siquiera sabes hacer sentir a una mujer.

Se mete al baño entre los gritos del hombre. Él la escucha tararear una canción pasada de moda dentro de la ducha. No insiste en la petición de que lo desate hasta que la ve vistiéndose, con ánimo de irse.

—De verdad, me duelen los brazos, Sonia.

—Mis dolores, chiquito, son más profundos.

—Deja de jugar.

Sonia juega con las llaves de las esposas y se las esconde dentro del brassiere.

—Es tu castigo por no ser más macho.

Lo deja solo, gritando. Minutos más tarde Matías comprende que no es un juego. O que si lo es él no comparte las reglas ni lo disfruta.

A las tres horas logra zafar los barrotes de la cama y liberarse. Se ve ridículo cuando se aleja del motel con una esposa colgando de cada mano.

Sonia es la única con coche, además.


IV.
Durante varios días no se buscan. Pero están enamorados, ya lo dijimos. Y es Matías quien primero llama, o primero perdona. Quedan de verse en un cine, por la noche. Ella propone la película, la hora, el lugar.

El espera. Y lo peor que puede pasarle a quien no sabe qué decir es la espera. Ensaya decenas de parlamentos. Desde la recriminación más burda hasta el reencuentro más banal pasan por su mente y Matías les da forma, los amuebla con palabras para desecharlos minutos más tarde.

Cuando al fin se ven, él queda mudo. Ella lo besa como si nada hubiese pasado.

Tal vez deba ser más específico. Sonia lo besa, mordiéndole el labio y le saca sangre, le hace daño.

La película no merece mención. La oscuridad, sí, pero lo que pueden hacer dos cuerpos en una sala de cine semivacía es del dominio público y por corriente lo elimino. Dichoso el narrador que, para no aburrirse él mismo, puede saltarse pormenores estúpidos.

Lo esencial comienza cuando ella le pregunta:

—¿Qué hiciste con nuestros juguetes?

—…

—¿Los tiraste? ¿Los dejaste en el motel? ¿Los guardaste?

—Los alquilo —bromea Matías—, ¿cuál se te antoja? Las esposas están descartadas, esas sí las tiré.

—Me interesan el látigo y el vibrador —sigue ella en su juego—. Es tu turno, ¿vamos?

Van a casa de Matías, aunque a Sonia el lugar le da asco: es un desastre.

Ya dentro él la golpea en el rostro. Es una cachetada, una sola. Sonia no la espera y cae al suelo. Los ojos se le inyectan, pero no puede detenerse ahora. Se deja hacer.

Él la desviste y la ata con una pañoleta, los brazos detrás de la espalda. Luego la obliga a acostarse sobre la mesa del comedor y la golpea con el látigo. No duele, pero aun así ella siente rabia. Lo detesta. Resiste, Sonia. ¿No les dije que la iban a amar?

Matías la voltea y le aplica en las nalgas y en el culo otro gel -éste oriental- que calienta las zonas erógenas -según le dijo el dependiente de la tienda. A Sonia le arde, pero le gusta la sensación. Por primera vez en la noche experimenta algún placer. Escucha que Matías enciende el vibrador y siente cómo se lo introduce en la vagina.

Luego lo deja hacer. Se escuchan los pasos, la nevera que se abre, el hombre que regresa. Ella finge gozar.

Grita.

Él le introduce su dedo en el culo, luego, un hielo. Tiene que ser un hielo. Sonia lo siente mientras entra y se derrite un poco.
La sensación es extraña.

Matías saca el vibrador y la penetra.


V.
Son curiosas las parejas cuando hacen el amor. Unas guardan silencio, como si la seriedad del momento les impidiera pronunciar palabra. O se sienten ridículas, quién sabe. Otras más dan instrucciones: "Así, allí, más fuerte, no tan rápido". Son los consoladores aéreos del sexo, y quien los oye termina por no escucharlos, de cualquier forma. Sonia, en cambio, quiere historias. Siempre le dice a Matías -y esta vez no es la excepción- que le cuente qué siente, que le refiera pormenorizadamente lo que va a hacerle, lo que experimenta mientras le jala el cabello.

Ella lo escucha y sigue sintiendo cómo el hielo se le derrite poco a poco en el recto.

Y ahora sí, Sonia tiene un orgasmo. Uno discreto, pero al que ya puede llamársele, con toda propiedad, orgasmo.

Déjenme describir ese momento. Detenerme por un instante en la pareja, exhausta encima de la mesa de madera. Ambos desnudos, ella ya desatada. Ninguno juega ahora juego alguno. El cuerpo de Sonia, el espectacular cuerpo de Sonia -podríamos componer una égloga a sus caderas, o al menos un minuette si carecemos de tiempo, como es mi caso-, conoce, al menos en apariencia, descanso. El hielo sigue deshaciéndose, como un enema y algunas gotas escapan de entre sus nalgas, que prefiero no describir para que el lector imagine un poco y sienta deseos de tocarlas, mojadas, de morderlas o pellizcarlas, lo que sea.

Matías ha traído una botella de vodka frío que van pasándose, consumiendo poco a poco. El líquido quema un poco, piensa Sonia. Pero qué cosa importante en la vida no quema -la frase es de ella, ella la pensó, discúlpenme. A veces los narradores parecemos, más bien, notarios públicos.

Después, ella grita, siente un cuerpo, un ser dentro que busca escapar. Voltea y aprieta, hace un esfuerzo enorme, medio borracha, y al fin lo expulsa.

Es un pez diminuto, vivo, que pretende sobrevivir a la glaciación del hielo y a su lucha a contracorriente para escapar del ano de Sonia.

Cuando se juega -piensa ella-, se juega. Después va a la cocina por un vaso, lo llena de agua y arroja en él al pequeño animal rojo que, tranquilo ya, comienza a nadar.

—¿Cómo le pondremos, Matías? Será nuestra mascota.

Esa noche duermen juntos. Sonia decide no irse a casa, ya inventará algo al día siguiente. O tal vez no vuelva nunca y se quede para siempre con Matías, piensa, ya francamente borracha, mientras lo abraza. Han hecho el amor, de nuevo, ante la mirada atónita del pez anónimo, el pez aún sin nombre.

Una mirada de pez es siempre una mirada de asombro. O de incredulidad. Váyase a saber qué carajo piensan los peces en sus noches eternamente húmedas. Podría quedarse para siempre con este hombre, se dijo Sonia. Y por muchos años. Los mejores sádicos nunca se mueren durante sus violaciones, sus raptos o sus orgías. Mueren de dolor de estómago, de gripe o de anginas.

Les quedan muchos años de vida.

Pero la vida está hecha de días, de horas, de minutos, de segundos. Y en este preciso momento Matías la abraza y ronca -o ronca y la abraza, qué importa el orden- Sonia suspira hondo, cierra los ojos y se cree feliz.

Las parejas siempre creen que son La Pareja. Las parejas están convencidas de que el otro las piensa, las desea, las ama todo el tiempo. Nada más falso: Matías, por ejemplo, mientras abraza y ronca, también sueña. Y sueña -nada extraño- con otra mujer. Sonia aún no sueña, está entrando a esa zona de la noche. Pronto lo hará. Y soñará, nada extraño, con que se masturba sola y ahora sí consigue un orgasmo pleno, de verdad.

Siempre estamos solos. Somos siempre como ese pez absorto dentro del vaso. Ese pez sin nombre, encerrado tras el cristal que sin embargo mira, nada y se imagina libre. Libre, incluso, para soñar con otro. Para ser infiel.
Quienes creen que aman a otros son más estúpidos que quienes se aman a sí mismos, pero son también un poco más felices.

Ah, se me olvidaba: nadie se termina una botella de vodka sin resaca. Y la resaca hace ver las cosas distintas, despinta los muros, hace insoportables las voces y los ruidos. La resaca obliga al juicio moral.

Y la vida se vuelve insoportable. Al menos por esa mañana. Un buen café, mucho silencio. Más sueño, quizá.

¿Dije ya que Sonia y Matías estaban enamorados?