Un pequeño mundo cerrado


I.
No sé por qué voy a contarles esta historia; desconozco las causas que me impelen a escribirla; ignoro cómo se me han entretejido los recuerdos; no logro comprender qué tiene que ver la botella de lavanda que encontré en el clóset con la historia de Lucie. La conocía hace tiempo, cuando empezó a vivir con Jorge en su departamento de la avenida Reforma. ¿Tendrá quince, dieciséis años de todo esto? La memoria hace que uno olvide lo que no desea retener: los recuerdos languidecen y se escurren por el hueco de la puerta, y olvidamos: "olvidé". Porque no volví a ver a Jorge después de los hechos, porque el rostro hermoso y angustiado de Lucie se fue desvaneciendo de mi vista, porque yo también tuve mis pequeñas tragedias -ínfimas comparadas con la de ellos, claro-; porque el olvido te permite seguir viviendo. No sé, sólo que hoy esta lavanda me trajo de golpe los ojos de Lucie, el cabello de Lucie, las lágrimas de Lucie aquella tarde en que acompañaron a una lluvia tenaz como el dolor, persistente como la nostalgia.

Y ahora, de golpe, inevitablemente, voy a escribir esa historia, voy a contar lo que pasó para decírmelo a mí, para explicar mi relación en todo esto. Jorge y yo trabajábamos en un pueblo cercano a la ciudad, habíamos instalado una compañía de perforación de pozos profundos y por esa época, afortunadamente, un contrato con el gobierno mantendría a flote el negocio y nos permitiría vivir cómodamente por un tiempo. Nos conocíamos desde la universidad; estudiamos la misma carrera, hicimos la tesis juntos y casi sin decírnoslo, sabíamos que el destino final era trabajar en un mismo lugar. No puedo decir que éramos amigos íntimos, no. Jorge siempre fue demasiado reservado y me costó casi dos años saber un poco de su familia, entender que su soledad no era buscada y que de no ser por la beca no podría estar estudiando en la universidad. En una palabra, que sus padres no vivían y que no tuvo hermanos. No había nada más que contar y Jorge volvió a su habitual mutismo. No salía, no le conocí novias hasta Lucie, no invitaba a nadie a su pequeño cuarto. Después de la licenciatura no lo vi por un tiempo y un día el teléfono sorpresivamente me lo regresó. Reconocí la voz, la parquedad de las frases. Había trabajado duro esos años — dijo— y quería proponerme un negocio. Juntamos algo de dinero y así nació nuestra compañía de perforación de pozos. Jorge compró un departamento grande y yo un coche pequeño. Le ayudé a amueblarlo y, poco a poco, empecé a pasar largas temporadas con él. Ni esa aparente intimidad nos hizo más comunicativos; me dirigía la palabra sólo para cuestiones prácticas relacionadas con el negocio. En verano fuimos a la playa y ahí conoció a Lucie. Un buen día, mientras estaba durmiendo la siesta, me despertó por el teléfono diciéndome que si no le prestaba el coche para regresarse a la ciudad, había conocido a una mujer, se iba a vivir con él. Cuando subió por las llaves se veía feliz, estaba desconocido. Es francesa, me dijo, se llama Lucie.

 

II.
Me quedé por unos días en ese hotel, disfrutando de la playa y descansando. Al regresar a casa telefoneé a Jorge. Me contestaron en un español deficiente, supuse que Lucie. Pudimos entendernos algo y quedé de ir a cenar esa noche con ellos. No me podía imaginar a Jorge acompañado, haciendo pareja, compartiendo sus días con alguien. Me vestí elegante y me puse una loción de lavanda -ahora empiezo a ver la relación. Conocer a Lucie fue algo inolvidable, Jorge seguramente diría lo mismo. Era una muchacha dulce, con algo de conejo asustado. No era pequeña ni alta, más bien como recortada, hecha en un molde, perfecta. La playa la había bronceado y se veía más hermosa. Jorge seguía contentísimo, mágicamente cambiado. Pensar que luego... Hubo un comentario, traducido parcialmente por Jorge que me hizo ver que no podía durar el asunto. Lucie era una muchacha conflictiva, había estado dos veces internada -por su propio pie- en un manicomio y ahora, por este periodo, se sentía curada y quería empezar una nueva vida. Se amaban, eso era indudable. No he conocido una mujer que ame tanto a un hombre como Lucie a Jorge. Por la lógica del trabajo nos veíamos frecuentemente aunque no tanto como yo hubiera querido: platicar con Lucie se hizo una necesidad. Como Jorge se pasaba todo el día con ella y no iba a la oficina era yo el que me tenía que echar todas las horas de trabajo. Fueron meses así en los que Jorge se presentaba a cobrar y punto. Lo veía los fines de semana en que comía con ellos. Un día -una comida informal, algún restaurante francés- los tres discutimos sobre el amor. Lucie fue la más contundente -quizá por ser la más enamorada- y al hablar de los celos dijo que mataría sin piedad a cualquier mujer que quisiera estar con Jorge. Reímos, pero no era una broma. No había, sin embargo, nada que pudiera hacerle ver a un observador, ajeno como yo, que las cosas estaban cada vez peor. La semana siguiente Jorge llegó con dos heridas enormes en la frente. No quise preguntarle qué había sucedido. Él -se había tornado comunicativo desde el inicio de su relación- me lo explicó: un cenicero, Lucie enfurecida porque llegó muy tarde a casa. Para este momento, vale la pena apuntarlo, el español de Lucie era casi perfecto y se había adaptado maravillosamente a la nueva vida. La casa estaba abarrotada de libros en francés y en alemán que había mandado pedir. Esa tarde, sin que Jorge lo supiera, fui a verla. Lucie me recibió afectuosa, dándome un beso cariñoso, humedísimo. Su cordialidad me desarmó y no pude hablarle de lo que en realidad venía a comentar: el incidente del cenicero. La mesa estaba llena de notas, libros, hojas sueltas y una máquina de escribir decididamente nueva en el ambiente -Jorge era casi ágrafo y en los años de conocernos yo tuve que escribir todo. Le pregunté a Lucie por esas cosas. Me explicó que estaba escribiendo un libro en francés. ¿Una novela?, le pregunté. No, un ensayo sobre la muerte. Lucie sonrió y vino a sentarse a mi lado. Entonces vinieron dos confesiones: estaba segura de que Jorge la engañaba y tenía miedo de su propia reacción si comprobaba que era verdad. Intenté persuadirla; después de todo yo conocía a Jorge mejor que nadie. No sirvió de nada. Salí triste del departamento. Un aire premonitorio y pesado había terminado por deprimirme.

 

III.
Por varios días no quise tocar el tema con Jorge y me cuidaba de que no se me escapara nada que lo anunciara. Pero no pude más. Se rio. ¿Cómo era posible que yo, su mejor amigo, fuera a creer esas estupideces? No, no andaba con nadie, demonios. Dejé de ir por un tiempo a su casa. Me consternaba ver la destrucción de ese ambiente que había sido tan propicio para Jorge y quería lo suficiente a Lucie como para temer cualquier consecuencia violenta. Porque Lucie, ahora que lo pienso, era una mujer frágil. Y eso es lo peor: no poderse sostener, ser insegura como veleta. Una llamada de Lucie me hizo desistir y acudí como quien va, ya, a un funeral.

Me explicó que desde hacía tiempo Jorge no comía en casa, llegaba tarde. Incluso dejó de ir dos días seguidos sin avisar. Inventé que tuvo que salir a firmar un contrato a la sierra, que no había manera de comunicárselo en esos pueblitos alejados. No me creyó, porque eso también sucede con las mujeres frágiles: sus inseguridades sostienen sus precarias certezas de cartón. Me dio pena Lucie. Le pregunté por su libro. Hasta eso me sale mal, dijo, está parado. No puedo seguir mientras no resuelva este problema con Jorge -pronunciaba su nombre tiernamente- y tenga al fin algo de paz. Quince o veinte días después Jorge llegó alarmado, angustiadísimo. Quería que internáramos a Lucie en un sanatorio, me aseguraba que estaba mal, que podría cometer cualquier locura, que no respondía siquiera de sus actos. Los celos la han enloquecido, dormimos separados, me avienta todo lo que encuentra a su alcance, dice que soy un egoísta, un idiota, un cobarde. Yo no podía secundar sus ideas, no me imaginaba a Lucie torturada en los muros de una celda de castigo, encerrada. No. Le propuse que se fueran de vacaciones a la playa, al lugar donde se habían conocido. Pensé que eso podría dar resultado. Cuando Jorge se lo comentó, Lucie aceptó de buena gana. No volví a verla.

 

IV.
Tres días después tuve que presentarme ante el Ministerio Público. Tenían a Jorge en la cárcel. Al parecer había asesinado a Lucie. Estallé, me dio asco; empecé a llorar amargamente, sin poder creerlo del todo. Pero era cierto: estaba atada de piernas y manos y tenía una bolsa de plástico cubriéndole la cara. Cuando me lo contaron, con la frialdad de los reportes policiales, tuve que vomitar. Me puse muy mal. No podía creerlo, no era posible. Jorge alegaba a su favor -asegurando que su esposa se había suicidado- una nota. Decía: "Mira tu obra: esto es lo que has hecho con tu infidelidad, con tu egoísmo, con tu vanidad". La policía pensaba que el propio Jorge la había escrito.

Yo lo conocía bien, por eso me preguntaron tantas cosas. Pero por su propia reserva nada de lo que yo decía era una prueba contundente de su inocencia. Casi al terminar la entrevista recordé el libro de Lucie y les conté lo que sabía. Eso fue lo que salvó a Jorge. Encontraron en el departamento las hojas de los primeros capítulos del ensayo de Lucie. Una vez traducidas, Jorge fue declarado inocente. El libro de Lucie sobre la muerte era en realidad un tratado sobre el suicido o, más bien, un manual de las técnicas más eficaces para suicidarse, según el carácter del necesitado. En las últimas hojas del borrador describía minuciosamente las operaciones que habrían de seguirse para tener una muerte como la de ella, para suicidarse así. Las manos amarradas colocaban la bolsa de polietileno y luego se las pasaba hacia atrás de la nuca, inmovilizándolas. Si el suicida decidía no morir o si no le era posible resistir los dolores de la asfixia de cualquier forma no tendría manera de quitarse la bolsa. Convencidos de la inocencia de Jorge, lo soltaron.

Estaba deshecho, poco habría importado que hubiera seguido preso. Recogió algunas cosas, me pidió que le diera el coche y un poco de dinero de su parte de la compañía y desapareció.

 

V.
No había vuelto a pensar en estas cosas. El dolor se fue mitigando con el tiempo y un buen día me di cuenta de que estaba olvidado, o sepultado. Pero la lavanda me lo trajo de nuevo a la memoria. Y ahora que lo pienso nunca me había desentendido del todo de la historia de Lucie. Había soñado, incluso, las escenas de su muerte con una obsesión enferma, las había imaginado, pensado, reflexionado, y siempre, siempre -igual que en estos momentos que lo escribo- no puedo dejar de ver a Jorge amarrándola, no puedo verlo sino así. Tal vez hasta diciéndole que ella se lo buscó. Recuerdo los ojos de Lucie y no me es posible dejar de sentir las manos toscas de Jorge asfixiándola antes de salir a pedir la cuenta.