Cita a ciegas



I.
Ella había ido al baño. Eternidades de tiempo. O al menos a Bernardo le pareció que eso tardaba ella allí adentro. Se había llevado consigo su enorme bolsa de lona negra, por lo que tampoco podía fisgar un poco en su vida, saber algo más de lo que el extraño encuentro le estaba deparando. ¿Cuántos años decía Claudia tener en su perfil? A él le pasaba esto por creer que las citas por medio de la red podrían terminar con su soledad. Una soledad que, en los años que habían pasado ya desde su divorcio de Sonia, se había convertido en otra compañera, una a la que casi podía hablarle por las noches, despedirse de ella, desearle felices sueños: una soledad corpórea. Los fines de semana se hacía cargo de sus dos hijos, y cada día le costaba más trabajo complacerlos. Primero, cuando los conocía, era fácil, pero con el tiempo también fue cada vez más difícil saber qué era lo que querían. Cuando compraba boletos para un concierto ellos querían descansar en casa, cuando había planeado ir a un lugar con alberca fuera de la ciudad ellos querían ir al cine a ver esa película, la que quitaban de la cartelera justo después del fin de semana. Luego de depositarlos -así lo decía, nunca dejarlos, como si fuesen un paquete- en casa de su madre, deambulaba un rato por la ciudad, sin querer regresar a casa. A veces, incluso, dormía en algún hotel, sólo por sentir que las sábanas y los olores eran realmente nuevos. Cuando Sonia se enamoró y el nuevo novio lo sustituyó en su casa -los hijos se lo contaron-, ni siquiera le produjo un sentimiento definible. Era como si le ocurriese a una desconocida.

Así que su reciente idea de buscar pareja era, más que una verdadera exploración, otra forma de pasar el tiempo. Sólo podía entre semana. Claudia era su tercer intento. Y las cosas no iban bien, no con ella tanto rato entretenida en el baño. Tal vez incluso se había ido sin despedir, francamente harta. Pidió la cuenta.

Ella regresó, disculpándose. Se había indispuesto, ¿podría él darle un aventón a casa? La ciudad, húmeda después de la lluvia, no ayudaba. Hablaron poco en el coche, como si la curiosidad de la plática en el restaurante se hubiese acabado del todo. El departamento de Claudia estaba lejos, por lo que el silencio se fue haciendo denso poco a poco, tomó color. Era un silencio púrpura, como la mancha de una fruta descompuesta.

—¿Te gusta tu trabajo? —intentó él.

—¿A quién le gusta realmente su trabajo? Me pagan. Sobrevivo.

Otra vez silencio. Después:

—¿Y a ti?

—A mí me encanta, es divertidísimo —le dijo nada más por molestar.

Veinte minutos después la estaba dejando frente a su edificio, casi sin despedirse.


II.
Y era verdad. Había aprendido a querer su trabajo, corrigiendo y editando las novelas de otros. Publicando ajeno, se decía. Con los años le había llegado esa serenidad. La de haber descubierto que su creatividad no daba para otra novela y su ambición, menos aún para aguantar la golpiza permanente de los críticos sabatinos. Renunció, pero sin pena. Casi con alivio. Llevaba años en la industria editorial, como se le llamaba ahora al penoso asunto de hacer libros y fue natural que le ofrecieran hacerse director editorial de aquel monstruo internacional que lo mismo hacía libros de autoayuda que de cocina, memorias de políticos y modelos que, de vez en cuando aún, buenas novelas. Y producir libros decentes, cuando no buenos, en medio de la basura, aún le provocaba placer. Recibía manuscritos que prometían, pero muchas veces eran deshilachados jirones de vidas, propuestas con ideas inconexas, y su papel, un verdadero arte, consistía en darles forma. Quizá lo que le proporcionaba tanta felicidad era que esos libros eran de otros. Que una vez en la calle esos otros tendrían que vérselas con los reflectores. No le gustaba ser el centro de atención y su trabajo llegó a su vida como un arreglo perfecto, un ajuste de cuentas.

De la materia informe él producía algo bello, curaba manuscritos. Era como un buen psicoanalista -se decía-, pero le agradaba no recibir crédito alguno por su labor. Un cheque generoso cuando los dividendos editoriales eran importantes, un bono navideño. Siempre se iba de las reuniones antes de las fotos.

La nostalgia no le había ido nunca. Sabía desprenderse incluso de sí mismo. A tal punto que de pronto pensaba que la vida, su vida, le ocurría a otro y que él, algún día, tendría que reescribir ese manuscrito maltrecho.


III.
La situación podría haber durado así eternamente. Un desarreglo perfecto, se encargaba él de bromear. Julián vino a salvarlo. Aunque él odiaba ese término, salvación, desde que Sonia lo usó una noche:

—Tienes que salvarme.

No tenía ningún impulso mesiánico. Así que se divorció.

Ahora era Nochebuena. Insistió tanto. Al final se afeitó, se puso corbata, un viejo saco que en otro tiempo fue hermoso y que ahora, para usar un adjetivo de moda, parecía desestructurado. Hacía tiempo que el peinado no le interesaba, así que no le dio importancia a pasarse un peine después del baño. Iba a esa fiesta con el mismo desgano con que asistía a las reuniones de accionistas en que la editorial les presentaba su informe anual de utilidades. Le encantaba esa palabra dicha ante un montón de inútiles.

La esposa de Julián lo recibió con compasión.

—Pasa —musitó, como quien recibiese al embalsamador—, Julián se muere por verte.

—Igual yo —mintió y le dio dos besos, uno en cada mejilla.

La fiesta era uno de esos convivios masivos que le fascinaban a su viejo amigo de la preparatoria. En el enorme jardín cabían lo mismo políticos retirados, en retiro y recién llegados, que empresarios de todos los rubros del directorio telefónico, una orquesta tropical -nunca le habían agradado los gustos de su amigo-, y sus jugadores: Julián había dejado todo sepultado por sus millones -heredados e insanamente multiplicados en la bolsa quién sabe cómo-, para hacerse de un equipo de fútbol profesional que según la prensa le esquilmaba la fortuna regularmente. El caso es que en el jardín estaban lo mismo el astro argentino recién llegado que el agente brasileño con sus nuevos pupilos, casi adolescentes, incómodos en sus sacos de lino, queriendo sólo irse a dominar el balón y probar suerte.

No lo veía por ningún lado. Sintió unas manos que le tapaban los ojos. Un perfume desconocido, seco, como de almendra. Y una voz. Esa voz, si inconfundible:

—Adivina quién soy, viejito —bromeó la mujer.

—Cloe —gritó él—, ¡quién más!

Ella quitó el antifaz de sus dedos de los ojos y él pudo ver cómo los años la habían transformado. El mismo brillo en los ojos, esa humedad intensa, como si apenas hubiesen llorado. La sonrisa, una cascada. El cabello dorado hasta los hombros.

—¡Pareces un fantasma! No te quedes así, ¡idiota!

La abrazó y la besó. Habían pasado tantos años. No es que no la reconociera, que no supiera quién era ella. O quien era él. O quienes habían sido. Era sólo que no sabía quién era él, ahora, frente a Cloe.

—Supe que te divorciaste. Cuando me lo contaron pensé que era imposible. Tú y Sonia parecían hechos el uno para el otro.

—Las apariencias engañan.

—O será que se empeñaron en mostrarse perfectos todo este tiempo. Eran eternos. Los imaginábamos de viejitos, tomados de la mano, en una reunión de exalumnos.

—I don't do exalumnos, Cloe. Detesto ver a mis compañeros de escuela panzones y a mis compañeras destrozadas por sus maridos y sus hijos.

—Me está doliendo tu frase. Soy una de esas compañeras de escuela, ¿tan mal me veo?

—¿Tú? Nunca. Eres distinta. Tú siempre te comiste la vida a mordidas. No quedó nada en el plato.

Entonces apareció Julián.

—Veo que al fin logro mi cometido, ustedes dos por fin juntos.

Le guiñó un ojo y le dio un empujón que casi lo tira a la alberca mientras se alejaba abrazando al nuevo entrenador, un sueco despistado.

—¿Bailamos?

Fueron, él y Cloe, por vez primera juntos, sus cuerpos pegados, a bailar una canción pegajosa en medio del calor de la noche. El vestido azul de ella brillaba, y él no pudo contener una sonrisa. ¿Era esto lo que había esperado tanto? Se dejó llevar por la música y por las dotes de su compañera de danza mientras la orquesta despedazaba la noche, ensordeciendo con sus metales, cualquier conversación posible.

—¿Me consigues un trago? —le pidió Cloe.

—Sólo si nos vamos de aquí.


IV.
Fueron a casa de ella. Abrió una botella de vino, puso quesos, jamón serrano, aceitunas, higos secos.

—Parece un manjar del Cantar de Cantares —bromeó él.

—Y eso que tú no eres el rey Salomón.

Conversaron hasta muy noche. Se contaron sus vidas. Ella había regresado de un largo viaje por la India. Un viaje lleno de descubrimientos. Así lo dijo, como si cada letra proviniera de una palabra diferente y un extraño brahmán las hubiese juntado por capricho. Tenía un brazalete de sándalo al que le colgaban pequeñas banderitas de colores. Le habló de los ashrams de meditación, de las comidas exóticas, de la búsqueda interior. Al final le preguntó por Sonia. Pero lo hizo de la forma más dolorosa:

—¿Por qué te casaste con ella?

No pudo contestar al principio. Porque no tenía una sola respuesta. Pensó en decirle que al principio creyó que la amaba y que luego fue descubriendo que más que amor lo que los unía era la comprensión, la amistad, la complicidad de dos solos.

Pero a Cloe sólo le dijo:

—Por idiota, o por inconsciente, como todos.

—¿Ves a tus hijos?

—Todos los fines de semana, son mi cita impostergable con el pasado. Les da pena su padre, pero no me lo dicen. Habrá un momento en que no querrán venir más conmigo. No me extrañarán.
Le tomó la mano, como si no hubiesen dejado de verse. Como si no hubiesen pasado los años.

—¿Eres feliz? —le preguntó entonces él a ella.

—Me han pasado tantas cosas que ya no sé siquiera cómo definir la felicidad. Pero digamos que después de la tragedia la vida me ha dado cosas hermosas. Como este reencuentro inesperado.

—¡Gracias por el cumplido!

—No es un cumplido, ¡para nada! De verdad, le agradezco a Julián haberme dado la oportunidad de verte.

—¿Y cómo ves a tu antiguo amigo?

—Más viejo, canoso. Pero igual de indefenso que entonces, aparentando ser indiferente.

Ella contó su vida, parecida a la de él: el error del matrimonio, las tantas píldoras, psiquiatras, bálsamos imposibles.

—Si te hubiese dicho que te amaba, Cloe, ¿me habrías querido?

—Ya estás borracho. ¿Tú? ¿A mí?

—Estoy sobrio, totalmente. No estoy bromeando: estaba perdido. Pero sentía que te era indiferente. Y luego te hiciste novia de...

—Ni lo menciones, no quiero oír su nombre. Además era tu amigo.

—Por eso. Tomé a la izquierda. No podía traicionarlo a él y menos lo que entonces llamaba, pomposamente, impedir tu felicidad.

—¡Me hubieses hecho un gran favor! Pero no te creo. ¿Tú? ¿Enamorado de mí?

—¿Por qué crees que Julián nos invitó a su fiesta?

 

V.
—La felicidad, Cloe, la felicidad. ¿Por qué le tenemos tanto miedo a esa palabra.

Ahora fue ella quien le tomó la mano, apretándosela con fuerza.

Pasaba de la medianoche. Era ya Navidad. Sólo entonces ella se percató del descuido y fue a encender un árbol enorme, natural, que tenía en la sala de la casa.

—Mi hija viene mañana con su marido. Por eso se me olvidó qué fecha era.

¡Estamos festejando! Con este calor aquí, la Navidad siempre me ha parecido un despropósito. Pero qué más da. Vamos a ponernos felices, ¿me quieres aún como entonces, cuando no te atreviste a decirme nada?

No esperó la respuesta. Volvió a servirle vino.

Se acercaron. Él la besó. Era un beso adolescente, casto. Y no se atrevieron a más. Pero el roce de la piel de albaricoque de Cloe sobre sus labios y luego la humedad ligera de su boca hicieron el resto.


Afuera -¿hay un afuera en momentos así?- la ciudad amanecía.

Todas las cosas terminan. Todas las cosas vuelven a empezar, como esa Navidad.

Se abrazaron. Fuerte. Él sintió su olor, de nuevo. Tocó el pelo, introdujo su mano entre las ondas del cabello hasta dar con la nuca de Cloe, caliente, temblorosa. La besó de nuevo, esta vez con un beso lleno de deseo, el beso de esos dos que lo han perdido todo y que, sin embargo, no temen volver a quedarse sin nada, sin otra cosa que esas manos que se tocan, se reconocen, olvidan que están irremediablemente solos, y creen, así sea por un instante, que el mundo puede renacer sin miedo, primigenio. Que el amor tiene la fuerza de reescribir el pasado, aunque sea incapaz de corregir los errores.

Amaneció también entre sus cuerpos.