Bateador emergente



Enrique entra al ascensor y mira de reojo a las otras personas. La mente le divaga, pero acierta a saludar con una sonrisa a la secretaria de uno de los ejecutivos de la agencia de publicidad. Se abre la puerta en el segundo piso y se cierra con rapidez. Enrique baja la mirada y la deposita en la punta de sus lustrosos zapatos. "¿Por qué no fui como el Toro Valenzuela?", se pregunta, y se acuerda de cuando se incorporaba de la cama, antes de que sonara la alarma del despertador, y se preparaba para irse a jugar béisbol. Eso sucedía los sábados. Al abrir los ojos, lo primero que veía era su uniforme resplandeciente puesto con esmero sobre una silla desde la noche anterior. A las 6:00 a.m. se bañaba y oía desde la regadera la estación radiofónica que, todavía más temprano, había sintonizado su padre, "el capitán del club de los madrugadores". "Noche de ronda", al amanecer, interpretada por Toña la Negra. La madre, entretanto, ya había hecho el desayuno para todos. Un gallo urbano encendía la mañana. La calle, recién barrida y regada, se llenaba poco a poco de rumores.

El elevador se abre en el cuarto piso y tarda en cerrar sus puertas.

Las hermanas de Enrique pertenecían a una geografía distante que se ordenaba de otra manera dentro de la casa, así que Enrique se sentía el único hijo. Madrugar le ayudaba a crear la ficción de que su mamá sólo lo atendía a él, porque las niñas, los sábados, se levantaban más tarde. Enrique llegaba al desayunador y saludaba a su madre tarareando a lo mejor una canción de Brenda Lee. Aquellos sábados se desayunaba aprisa y luego salía radiante rumbo a la parada del camión.

Ahora se encuentra tenso. Ha concebido una campaña publicitaria para que la agencia obtenga la cuenta de una de las firmas de automóviles que más se venden en el país, pero sabe que, si Silva Gómez se le adelanta, el jefe apoyará a este hombre de inmediato y después le pedirá a Enrique que se ocupe de una cuenta menor. Esta vez Enrique debe sorprender al jefe, hacerlo reparar en su talento para la publicidad. Lleva días enteros embebido en su proyecto. Incluso le ha dedicado varias noches y fines de semana. Silva Gómez siempre se presenta tarde a trabajar, siempre. Se toma su tiempo y actúa como una diva. Años atrás ideó varios anuncios que ganaron premios nacionales. Hoy no es ya ni la sombra de lo que era antes, pero el director general aún confía en él. Enrique está cierto de que su propuesta es buena, ha invertido en ella toda su capacidad y experiencia. Sólo se trata de convencer al jefe de que "le compre la idea" antes de que se aparezca Silva Gómez y muestre un plan que no es más que imitación de las otras campañas que le valieron su fama. Enrique ha concebido una original manera de diseñar la propaganda. Ojalá, lo desea con verdadero fervor, lo reciba a tiempo el director general. Intenta serenarse aspirando una bocanada de aire que le sabe agria dentro del ascensor, lleno para el séptimo piso. Se ha acordado de sus días de adolescente. "Me iba bien entonces." El DF tenía un cierto azul perenne que cubría entera la colonia del Valle, claro y de nubes en movimiento. Se veían las montañas. Las cosas han cambiado. Ahora se respira una atmósfera de chatarra. En este momento dos mujeres rompen el silencio absoluto. Enrique las escucha al principio y luego hace caso omiso de lo que dicen.

Llegaba a la liga Maya apenas sofocando la energía y comenzaba a "calentar" antes que nadie. El pasto todavía estaba húmedo y muchas veces hacía frío. Enrique no lo notaba. Hubiera podido revolcarse en el césped del diamante por el puro gusto de darle vida a la manopla o de girar el cuerpo como Fernando Remes.

El elevador se detiene largos segundos en el octavo piso. Un hombre ataja la entrada con la mano. Termina de recibir órdenes del que seguramente es su superior.

"Sí, señor, enseguida", dice, mientras el "ojo eléctrico" suena resentido.

A los doce años de edad, Enrique se había preparado igual que un jugador profesional. Eso ocurrió en el 64. Bateaba siguiendo una elipsis que pocas veces le falló. Se sabía observado, así que no perdía la oportunidad de mostrar sus habilidades.

Entrenaba hasta la fatiga y regresaba a su casa sudoroso y sucio, para leer, tumbado en la cama, sobre béisbol.

"Báñate primero, Enrique", repetía la mamá, fulminada por el caos doméstico, al que no lograba erradicar nunca, ni cuando la nochenoche bajaba de un silbido y todas las cosas quedaban como muertas: los platos, los zapatos de los niños, el cable del teléfono, la televisión, etcétera.

Enrique va vestido en forma impecable. Contempla su corbata, mientras el ascensor sigue su curso. "Me le adelantaré a Silva Gómez y esta vez me darán a mí la cuenta. Lo sé." De pronto la luz se desvanece por un instante y algunos pasajeros se asustan. Poco antes de llegar al noveno piso, el elevador se detiene y el foco que los ha alumbrado parpadea y finalmente se apaga. "Lo que me faltaba", deben pensar casi todos para sí mismos, Enrique el primero. De inmediato alguien oprime el botón de alarma una y otra vez.

Las mujeres se arriman unas con otras. El hombre que se les unió en el octavo piso anuncia que siente una profunda angustia, que le hormiguea en el brazo izquierdo, en el pecho y en la garganta.

El 17 de noviembre de 1964, Enrique no lo podrá olvidar, se seleccionaría a las "estrellas" de la liga y estaba cierto de que sería uno de los escogidos, quién lo dudaría, si había jugado como el mejor durante todo el año, nunca había faltado, ni siquiera el día atroz en que el tío Máximo se dio un tiro en el Circuito de los Escritores del Bosque de Chapultepec. Esa mañana, la del 17 de noviembre, apoyó el bat en el suelo y descansó la mano derecha sobre él. Aspiró una gran bocanada de aire, la soltó y se mantuvo quieto, mientras el corazón le latía con rapidez, como ahora, que respira hondamente, a unos metros del noveno piso. "Me va a ganar Silva Gómez, otra vez."

Continúan atascados. El tipo del octavo piso dice que va a desmayarse. Enrique lo oye con desprecio y le ordena que se controle. Una mujer se apiada del hombre y lo ayuda a desanudarse la corbata, con rapidez, a pesar de las tinieblas. Enrique reprime la impaciencia. Pierde su absoluta verticalidad y descansa sobre la pared un instante. Luego recobra su posición casi inflexible para no arrugarse el saco del traje.

Poco a poco fueron llamando a las catorce "estrellas". Cada uno de los jóvenes jugadores seleccionados daba un paso al frente. Enrique seguía de pie, más erguido que al principio, atento a oír su nombre. Desfilaron los catorce. Era mediodía y una hipoglucemia artificial, así lo hubiera pensado hoy, estaba por desplomarlo... Pero no, no ocurrió así. Se le arrasaron los ojos, y luego miró al sol para que se le secaran las lágrimas. Fue entonces cuando lo nombraron: "Enrique Dávalos, estrella suplente". ¿Qué demonios quería decir eso? Le advirtieron que era opcional el nuevo uniforme de estrella. Enrique, sin embargo, participó a sus padres la necesidad imperiosa de adquirirlo y durante toda una temporada deportiva vivió con la extraña sensación de un fracaso triunfal. Al cabo de un año, y a pesar de haber jugado en San Antonio, Texas, supliendo a Martín Valtierra, el hijo del entrenador, surgió en Enrique una convicción definitiva: la de no ser nunca más estrella suplente.

Pero siempre ha creído que reemplaza a otro. Ahora, como el que sabe que está a punto de enfermar, sospecha que si logra salir a tiempo del elevador y presentarle al jefe su idea, le darán la firma. Se lo merece. Ha trabajado más que nadie y desde luego más que Silva Gómez. El ambiente se vuelve bochornoso. El hombre del octavo piso gime. Una de las mujeres comienza a ponerse nerviosa. "Se nos va a acabar el aire", afirma con una voz pituda. Se dirige a Enrique, cosa que él sabe a pesar de la oscuridad. En una ráfaga de lástima, más por sí mismo que por el prójimo, se tranquiliza e intenta también apaciguar al tipo. "No pasa nada, guarden la calma. Esto está a punto de arrancar de nuevo y si no ya nos sacarán de aquí en unos minutos."

El hombre del octavo piso sucumbe, cae junto a Enrique que, sin pensarlo, actúa de inmediato y le toma el pulso ya inerte. No respira. Enrique procede a darle un masaje cardiaco. Había aprendido primeros auxilios cuando fue boy scout. Se arrodilla sobre el hombro izquierdo del sujeto del octavo piso y presiona su tórax unas once o doce veces. Le da respiración de boca a boca, todo a tientas, y vuelve a realizar la compresión cardiaca. Los demás están en suspenso. El hombre comienza a respirar, le regresan las pulsaciones y Enrique le ordena que se quede quieto. El elevador sufre un jalón, suena como un viejo refrigerador y marcha hacia el décimo piso con una luz mortecina, aunque confortante. Las puertas se abren. Una de las mujeres pide a gritos una ambulancia. Enrique se cerciora de que el tipo del octavo piso sea transportado de emergencia a un hospital. Se limpia con la mano el sudor de la frente.

Ahora está casi en paz ante lo inevitable. Silva Gómez habrá ganado la firma para la empresa y Enrique, si acaso, lo ayudará recibiendo sus instrucciones. En eso lo vocean. El jefe lo busca. Ya está. Silva Gómez lo hará trabajar con él, lo someterá y lo humillará como tantas otras veces. Enrique se arregla la corbata, sube esta vez por la escalera y se anuncia con la secretaria del jefe. A poco entra y el director le dice: "Nuestro querido Silva Gómez tuvo ayer un infarto. No se preocupe, ya se encuentra en condición estable, por fortuna. Me gustaría, por lo tanto, encargarle a usted la campaña publicitaria de la cuenta que tanto nos interesa. Piense en algo nuevo, con garra. ¿Me entiende?".

Enrique siente un sofoco. De nuevo es la estrella suplente, pero esta vez, con una voluntad inquebrantable, rota el torso, batea y corre a home.

De La portada del Sargento Pimienta,
Ediciones Cal y Arena, 1994.