Prólogo


La arquitectura barroca de Nueva España


Se ha dicho que el barroco hispanoamericano es un arle ornamental, superpuesto a rígidas estructuras arquitectónicas que no participan del mismo sentimiento estético. Por esa pretendida rigidez se ha negado la existencia de una arquitectura barroca hispanoamericana; lo que salva a las excepciones es la dinámica de su concepción espacial y volumétrica, ajena a la generalidad, por su geometría más compleja.

El barroco hispanoamericano se ha considerado como una mera provincia del arte español. Algunos opinan que se trata de un arte periférico, interpretativo, mas no creativo; que entiende los conceptos artísticos como buenamente puede, sin llegar a penetrar en el significado profundo de las estructuras y motivos formales que emplea.

Las manifestaciones arquitectónicas hispanoamericanas, sin embargo, no constituyen un grupo homogéneo, como tampoco lo son sus respectivas raíces. Las generalizaciones sobre los problemas críticos que plantean sólo pueden conducir a interpretaciones equívocas, puesto que las soluciones espaciales y formales se vieron afectadas por el clima, el paisaje, los materiales de construcción disponibles, la destreza técnica, la economía y las circunstancias sociales de cada región americana. Cierto es que existen rasgos expresivos que las hacen semejantes. Todas las arquitecturas de este continente, a partir de la Conquista, responden a un sentimiento vital implantado mediante la unidad de la religión, del idioma y de la arquitectura, entendida ésta en sus modos espaciales y estructurales. Pero tales instrumentos de la cultura están sobrepuestos a diversas concepciones cósmicas más o menos desarrolladas. Las maneras como se relacionan las culturas surgidas en América y la cristiana, establecen dialécticas existenciales muy diversas; en consecuencia, las expresiones artísticas responden fielmente a dichos procesos de integración entre dos mundos.

Es en el sentido del significado de las normas y no en el de los recursos formales per se, donde hay que buscar si la arquitectura novohispana responde, o no, a las concepciones esenciales del arte barroco. Si los contenidos estéticos son barrocos, las formas tendrán que serlo por fuerza.

El barroco de Nueva España no es un estilo de creación; sigue modelos formales y resuelve tipos estructurales provenientes de la metrópoli. Al tener que adaptarse a las peculiares circunstancias culturales de estas latitudes, se convierte en un arte de recreación, de invención sobre un material dado. Recogió los contenidos esenciales del arte barroco y les dio nueva y distinta vida. Hay en ello tanta creación como puede haberla en las variaciones sobre un tema musical, original éste del autor o no; todo depende de la imaginación con que sean tratadas.

Este acto de la vuelta a crear deviene del drama social, de esa dualidad que aspira a la unidad, señalada por Edmundo O’Gorman como el motor de los acontecimientos mexicanos. Si la Europa católica se resuelve en la angustia, ante el fenómeno de la Reforma protestante y el surgimiento de la burguesía, en Nueva España, la angustia vital tiene origen en el proceso de aculturación, en la convivencia cotidiana de dos modos de entender la existencia, casi antagónicos. Es ésta la angustia que nace de la incertidumbre por la salvación eterna del alma; es la angustia del paganismo oculto tras las formas cristianas; es la angustia ante la muerte de los antiguos dioses y el desamparo.

En Nueva España se dan ambos sentimientos; se entrelazan y desembocan en ese hiperespañolismo, reconocido por Fernando Chueca Goitia como el tono fundamental de la vida hispanoamericana.

El barroco europeo es retórico, para persuadir a los fieles del catolicismo y súbditos de los reyes absolutos. El barroco novohispano tiene la misma misión persuasiva en el ámbito de los españoles; en el ámbito de los indios fue acogido como el modo de persuadir y conjurar a las fuerzas naturales, encubiertas bajo los símbolos del santoral católico, impregnados de sentido mágico. En cualquiera de los casos, el mensaje es político; en el Viejo Mundo dirigido a pueblos de larga tradición cristiana; en el Nuevo, a las gentes de reciente cristianismo y de persistente pensamiento mágico.

El barroco es un estilo de propaganda y, mediante lo sensorio, incita las experiencias y emociones. Éste es el tema fundamental propuesto a los artistas y éstos, apasionadamente, buscaron y encontraron los recursos para mover las fibras sensibles más profundas de los espectadores-actores. Acudieron a la integración de las artes plásticas; pintura, escultura y arquitectura conforman un todo, en donde los límites entre las artes son indiscernibles y donde no puede faltar elemento alguno sin ruptura de la entidad. La voluntad de riqueza expresiva se extiende a todos los aspectos de la existencia y la convirtió en la mise en scène del drama, en el que se entreveran la vida y la muerte, los placeres y los trabajos, el anhelo de Dios y el incipiente racionalismo filosófico, la magia y la liturgia, el misterio y la fe.

Ya no importan más los límites precisos de las formas; una, casi sin sentido, se funde en la otra. Más que la geometría —oculta y presente a la vez— interesa la atmósfera, que permite el enlace de los cuerpos; de aquí, la ilusión del movimiento en la especialidad y en la plástica. Importa la dinámica de la subjetividad, no la precisión de lo objetivo.

Debido a la teatralidad, a la búsqueda de las experiencias sensorio-espirituales, al contacto con los valores superiores, el arte barroco tiene que ser monumental. Por la monumentalidad se impone, con fuerza, a los sentidos exacerbados por el boato en que se desenvuelve la existencia. El barroco abarca todo: el arte, las costumbres, el pensamiento, la religiosidad. Si los sentimientos y propósitos del estilo dan su modo de ser a la ornamentación —y así parece expresarlo el consenso general con respecto al arte hispanoamericano— también deben guiar los desarrollos arquitectónicos, donde se apoya y tiene razón de ser el exorno.

La concepción del espacio barroco novohispano tiene por tema fundamental las secuencias, lineales y angulares, en las que alternativamente la espacialidad se expande y contrae, para lograr los efectos sensoriales perseguidos por la voluntad de arte de los siglos XVII y XVIII.

La arquitectura civil responde siempre a un patrón, constituido por la serie zaguán-patio-escalera-recintos privados. Cualesquiera que sean los programas específicos de los edificios, o las circunstancias topográficas, económicas y sociales, dicha secuencia es el elemento rector de las estructuraciones formales y espaciales. En el transcurso de las partes, que obligan al movimiento e impiden la contemplación estática, se presentan los contrastes, a veces violentos, de la luminosidad y en el manejo de la escala. Así, se expresa el dramatismo y la dinámica del estilo; los elementos plásticos —el ornamento entre ellos— refuerzan la intención espacial. El clímax de la secuencia se encuentra en la escalera, donde las vueltas y revueltas obligan a una intensa vivencia de penetración en el espacio; son escaleras que ascienden y, aunque también sirven para lo contrario, en la ascensión tienen su fundamental razón de ser.

El tipo de la iglesia novohispana de los siglos XVII y XVIII —planta en cruz latina, cúpula en el crucero, coro alto a los pies de la nave y capillas laterales— aunque tenga antecedentes manieristas, es una estructuración espacial que responde a las categorías formales del arte barroco.

La concepción también es secuencial y obliga a un recorrido por el sotocoro, la nave y el crucero, hasta llegar al presbiterio. En el camino se presentan las contracciones y expansiones de la espacialidad, establecidas por valores distintos de escala y luminosidad. Esta secuencia, además, suele ser múltiple, debido a la existencia de las capillas secundarias —incorporadas simultáneamente o con posterioridad a la fábrica del templo— que se constituyen en resonancias del espacio principal y son parte indivisible de la compleja estructuración, casi aleatoria.

Todavía más rica y efectista es la espacialidad cuando en ella aparece la virtualidad formal, creada por el vuelo de los entablamentos o por los prominentes perfiles de los retablos, que se amplían a medida que ascienden. De una manera o de la otra se construyeron estructuras imaginarias, bajo las construidas efectivamente, y se logran inquietantes efectos de transparencia. A esta ilusión debe sumarse la sugerida inmaterialidad de los límites construidos del espacio, lograda con la vibración de los retablos dorados, o de las yeserías a veces combinadas con espejos incrustados, que refuerzan las sensaciones de transparencia e inmaterialidad.

La volumetría exterior refleja fielmente el contenido. Cuerpos de compleja geometría en el detalle y sencilla en las envolventes; perfiles mixtilíneos que recortan el cielo; superficies fragmentadas y contrastes de texturas, unas de suave vibración y, las otras, enérgicas y de calidades escultóricas. Negaciones deliberadas de la expresión tectónica, que buscan la integración de las masas construidas con la atmósfera y el paisaje; y el uso del color, cubriendo la totalidad de las superficies…

La arquitectura novohispana de los siglos XVII y XVIII se construyó con espacios, volúmenes y superficies fragmentados y contrastados; la unidad ambiente y formal se logra mediante las sensaciones dinámicas y los desarrollos en profundidad; utiliza como recursos rítmicos el claroscuro y la luz inundante; persigue el ilusionismo, lo fantástico y la subjetividad. Todo ello estructurado para crear el efecto de monumentalidad y, mediante ésta, el logro de los propósitos sociales y religiosos que dieron nacimiento al arte barroco; un arte caracterizado por su libertad y por su capacidad de adaptación a las necesidades expresivas de las diferentes culturas y geografías.

Las interpretaciones formales de las categorías estilísticas van más allá del uso de espacios y volúmenes generados por elipses. En estos puede identificarse una modalidad y el estilo, sin embargo, también puede encontrar expresión en el uso de una estereotomía menos compleja. Ésta es la que prefirió la arquitectura novohispana, quizá por razones de economía constructiva —que no necesariamente implica un costo menor—; quizá por razones derivadas de una superior voluntad de arte, que se da como trasfondo de las sucesiones estilísticas.

La arquitectura barroca de la Nueva España asimiló los contenidos de la estética del siglo XVII y al crear las formas les dio un nuevo significado, para ajustados a los requerimientos expresivos de una sociedad compleja en su cultura y en su religiosidad. Creó un arte evasivo en la apariencia y en sus principios formales, pero contundente en el recuerdo y en las moradas de la conciencia.

 
Manuel Sánchez Santoveña