Aspecto Formal

 

El barroco novohispano no emplea las estructuras de gran movilidad que son propias de este estilo en Europa. Como consecuencia, los espacios tampoco participan de los caracteres barrocos. Pero, en cambio, algunos elementos arquitectónicos: torres, portadas y retablos, son de una opulencia tal que llevan el estilo hasta últimas consecuencias. Es aquí donde se encuentra, en su pleno valor, el espíritu que anima a la arquitectura de los siglos XVII y XVIII.

En un principio, tanto portadas como retablos son de carácter manierista. Órdenes y perfiles de gran corrección, que continúan la tradición del siglo XVI, se emplean en los primeros años del XVII. A mediados del mismo siglo empiezan a alterarse las proporciones y a tratarse con mayor libertad los elementos decorativos. Esta etapa se expresa en las portadas de la Catedral de Puebla, de gran sobriedad y corrección, y en las de los conventos de monjas de San Lorenzo y la Concepción, ambos en la ciudad de México; en ellas empiezan a manifestarse las libertades barrocas.

En la segunda mitad del seiscientos comienzan a diversificarse los aspectos formales en distintas regiones. En Puebla y Oaxaca se tiene predilección por la decoración en yeso, así como en otras zonas limítrofes. Se han citado la Capilla del Rosario y Santo Domingo en Oaxaca, y se pueden añadir a la lista el magnífico interior de Tonantzintla, Puebla, y las expresiones del barroco popular, con su máximo exponente, el Santuario de Tepalcingo, Morelos, cuya portada es un verdadero tratado teológico.

Hacia la misma época empieza a modificarse la columna, elemento fundamental de la composición. Por una parte se decora el fuste, bien a base de hacer onduladas las estrías (La Soledad de Oaxaca), decorar uno o varios de sus tercios, o llegar a convertirlo en un todo móvil, como sucede en la columna salomónica, lo que puede verse en la Catedral de Zacatecas; Santa Mónica en Guadalajara, y en Tianguistengo, Estado de México. Con los retablos sucede simultáneamente lo mismo.

En 1713 se inicia la edad de oro del barroco mexicano, con la construcción del Altar de los Reyes, en la Catedral de México, por el sevillano Jerónimo de Balbás, así como el Retablo del Perdón. Es ésta la época del churrigueresco, basado en la sustitución de la columna por el estípite (Tepotzotlán, Estado de México), apoyo formado por una sucesión de cuerpos geométricos: pirámides, cubos, etcétera, que se coronan con un capitel compuesto. La disposición de este retablo pronto influye en las portadas, que a partir de entonces se tratan como un retablo de piedra al exterior, y se extiende por toda la Nueva España, creando obras en las que pueden observarse matices regionales.

Entre las innumerables obras de este tipo se pueden mencionar: la portada del Sagrario, ciudad de México; la de Tepotzotlán, Estado de México; junto con los retablos de San Francisco, de Puebla; el Templo de la Enseñanza, México; parroquia de Dolores Hidalgo, Guanajuato; e Ixtlán en Oaxaca.

Paralelamente al churrigueresco, en algunos lugares, como en Morelia, se desarrolla una composición muy sobria. Las portadas de la Catedral de esta ciudad son ejemplos de ello. En Puebla, se adopta la misma policromía que en la arquitectura civil, a base de ladrillo y azulejo, como se ve en Acatepec, y otros muchos ejemplos.

Por último, llega un momento en que la libertad de composición alcanza el límite. Desaparece todo sentido tectónico y principalmente los retablos, que por ser obras de carpintería se prestan más a ello, se tratan como elementos puramente decorativos de gran imaginación. En los retablos de Salamanca, Guanajuato, y en los de Santa Clara, Querétaro, encontramos altas manifestaciones de esta tendencia, que corresponde a otra, desarrollada simultáneamente en el Bajío, la que empieza a aceptar cada vez mayor número de elementos clásicos, anuncio de nuevos tiempos y la exteriorización de las ideas que, unos años más tarde, llevarían a la Independencia. Así lo vemos en San Felipe y Santo Domingo, en Querétaro ambos, y en la Casa de Allende y en la de los Condes de la Canal, en San Miguel Allende, Guanajuato, que constituyen la puerta de entrada a la arquitectura neoclásica que nos llega con fuerte sabor francés.

Antes de entrar de lleno al estudio del siguiente periodo de la arquitectura en México, considero oportuno hacer una breve aclaración relativa al término Barroco Novohispano o barroco mexicano.

Se ha dicho que “el estilo es el hombre”, es decir que todo hombre, cualquier hombre, tiene su propio estilo, su personalidad, y cuando esto se aplica a la arquitectura encontramos que el sentimiento vital de cada época tiene también un estilo propio, como consecuencia de las diversas inquietudes propias de cada momento histórico, las que se reflejan en su producción formal, en su arquitectura.

El estilo barroco en Europa como lo ha expresado admirablemente Werner Weisbach, es “El Estilo de la Contrarreforma”.

Pero saltan de inmediato las preguntas:

¿Es igual el hombre europeo del siglo XVIII al hombre de la Nueva España en ese mismo siglo?

¿Las causas que motivaron el barroco en Europa son las mismas que en la Nueva España?

Evidentemente que no, ni lo uno ni lo otro.

El “barroco” novohispano es la consecuencia formal de una actitud de propaganda dirigida al indígena, el que se refugia en las creencias mágicas de su religión pagana, pero que al ser destruida ésta por los conquistadores españoles, se ve en la necesidad de acogerse voluntaria o involuntariamente al cristianismo, con el fin de encontrar consuelo para su espíritu. La teatralidad del “barroco”, su fantasía y efectos impresionantes lo amedrentan en ocasiones, pero también lo atraen y él se entrega.

Contribuye a su formación no únicamente desde el punto de vista espiritual, sino también en el de su construcción, interpretando en un principio formas europeas y más tarde creando las suyas propias, las que surgen de su sensibilidad para decorar sus templos, como en el caso del Santuario de Ocotlán en Tlaxcala o en Tonantzintla, Puebla.

Esta interpretación y creación indígenas, imprimen al “barroco novohispano” una personalidad propia, una expresión nueva que crea un nuevo estilo, que ya no es el barroco, sino algo original, puesto que obedece a raíces culturales distintas y a una interpretación diferente.

Se ha hecho costumbre denominar “barroco mexicano” o “barroco novohispano” a la producción formal del siglo XVII y del XVIII, y creo que debemos seguirlo llamando así, de una manera convencional, entre comillas y ante la falta de una denominación más adecuada.

Es el mismo caso que en la arquitectura del siglo XVI en la Nueva España, que teniendo mucho de románico y de gótico, de mudéjar, renacimiento y manierismo, y que ya no es ninguno de estos estilos, sino algo peculiar, la arquitectura del siglo XVI en la Nueva España, y para la cual no disponemos de una denominación más precisa.

Lo que llamamos “barroco novohispano” se manifiesta en los siglos XVII y XVIII, pero se extiende a parte del siglo XIX, en lo que Francisco de la Maza ha denominado barroco republicano, término este que encierra, una grave contradicción, ya que si lo que llamamos barroco representa fundamentalmente lo español, mal puede existir un maridaje más absurdo que lo español-republicano en la Nueva España.