Edificios Religiosos

 

Empezaremos por los conventos de frailes; éstos, como ya lo hemos dicho, gradualmente abandonan los pueblos indígenas, tras de haber hecho el primer esfuerzo, el mayor, de evangelización, y se recluyen en sus monasterios urbanos.

A diferencia de lo que acontecía en el siglo XVI, no encontramos durante el barroco una gran unidad de soluciones; influyen y no poco en esto las limitaciones que imponía la forma y la situación de los terrenos disponibles. Por esta causa y por no estar relacionados directamente con los trabajos para evangelizar, se abandona también la orientación oriente-poniente de las iglesias, las que se sitúan en forma semejante a la del siglo XVI, con respecto al convento y al atrio, si bien aquél aumenta de tamaño y éste se reduce, al no requerir albergar grandes multitudes.

Los templos siguen siendo de una nave, pero aparece el crucero coronado por la cúpula y las torres en fachada, aunque algunas órdenes, como la del Carmen en San Ángel, la remplazan por una espadaña situada lateralmente. En muchas ocasiones se agregan capillas a la nave única, de eje perpendicular o paralelo a ella, que corresponden a devociones particulares de cada orden: los dominicos a la Virgen del Rosario, por ejemplo.

De los conventos, una buena parte ha desaparecido en el siglo pasado al aplicar las Leyes de Reforma, y en algunos casos, solamente los restos muestran las soluciones. En la ciudad de México sobrevive el magnífico de San Francisco, techado y adaptado a templo protestante en la calle de Gante; en Celaya, Guanajuato, el dedicado a San Francisco; en Querétaro, los de San Agustín y San Francisco, y el de la Merced en la ciudad de México, el cual, siendo de extraordinaria calidad, se encuentra aislado, al perderse la mayor parte del convento, y sólo subsiste el claustro. Existen sin embargo algunos otros en diversas partes del país.

La solución arquitectónica de los conventos no difiere en mucho de la forma consagrada por la costumbre desde la Edad Media. El edificio se colocaba indistintamente a uno u otro lado de la iglesia, y constaba de las mismas partes que ya se analizaron al hablar de los conventos del siglo XVI. Sin embargo, hay ciertas variantes muy ilustrativas del espíritu de la época barroca. El claustro ya no es el centro de la vida del conjunto, sino uno aislado, ya que el edificio consta de múltiples alas que se constituyen en forma abierta, en contraste con la forma cerrada del siglo XVI. En la ciudad de México tenemos un ejemplo admirable de esta composición en el Convento de Churubusco.