Conventos de Monjas

 

En los últimos años del siglo XVI empezaron las fundaciones de conventos de monjas, ubicados siempre en las poblaciones de importancia. Constituyen uno de los tipos más característicos que podemos encontrar en la arquitectura del siglo XVII.

Algunas ciudades, como la propia capital, Puebla, Morelia, Querétaro, etcétera, materialmente se cubrieron de estos monasterios, producto de la piedad y los votos de las personas de grandes recursos, así como de las dotes de quienes entraban en ellos. En muchos casos la abundancia de construcciones cercanas impedía seguir un plan uniforme en su composición o en la orientación de sus iglesias, el elemento más característico de esos conjuntos.

La iglesia de un convento de monjas planteaba un problema especial, y su solución es admirable por el funcionalismo que muestra. El principal problema que surge al planear una de estas iglesias es que deben ser abiertas al público y para uso de la comunidad en forma simultánea. Esto impone una división muy clara de espacio y circulaciones para el pueblo y las monjas, puesto que éstas no podían de ninguna manera ser vistas por el pueblo y menos mezclarse con él.

La solución fue colocar la única nave de la iglesia paralela a la calle. De esta manera, desde el convento se tenía fácil acceso a ella por uno de los costados, y los fieles entraban y salían por el opuesto. Un atrio angosto de toda la longitud de la iglesia servía de espacio intermedio entre el templo y la vía pública. A menudo se colocaba en esquina, de tal modo que el ábside, plano, quedaba hacia dicha esquina, y los pies hacia la mitad de la calle. En esta parte se levantaba la torre única, y sobre el tramo anterior el ábside, que podía o no formar crucero (aunque, de haberlo, éste era siempre muy pequeño), se levantaba la cúpula. La comunicación con el exterior se establecía por medio de dos puertas separadas por un contrafuerte la mayor parte de las veces.

El interior presentaba igualmente caracteres particulares. Era necesario dividir de manera clara el espacio destinado a las monjas del que ocupaba el pueblo. Por esto, el coro, reservado a las religiosas, experimenta un gran desarrollo, y en ocasiones su tamaño es casi igual al de la nave, con la particularidad de ser doble, es decir, en dos pisos. El coro se aislaba de la nave por medio de rejas tras las cuales corrían cortinas que impedían toda vista al interior de la clausura. Las monjas cuyo estado de salud les impedía la asistencia al coro podían oír la misa desde una tribuna situada cerca del presbiterio y aislada por una celosía.

Aunque en la mayor parte de las iglesias de monjas se ha perdido la disposición original del coro, quedan todavía algunos ejemplos magníficos: en Santa Clara, de Querétaro, posiblemente es donde esta disposición llega a su mayor esplendor, gracias a haber conservado no solamente los coros con sus rejas, sino también los ricos retablos. Exteriormente, en la mayor parte se puede ver la disposición especial de las fachadas; cabe citar, en la ciudad de México, la Encarnación y Santa Teresa, y en Querétaro, Santa Rosa y Santa Clara, con sus cúpulas, torres y portadas.

Es muy interesante el tratamiento del interior en estas iglesias. Aunque en apariencia es unitario, presenta una compartimentación característica al dividirse en dos espacios aislados: nave y coro, y este último también en otros dos, el bajo y el alto.