La Arquitectura Civil

 

Si las riquezas acumuladas por los terratenientes se reflejan en la arquitectura religiosa por la aportación de medios que para levantar los templos proporcionaban sus donaciones, también encuentran adecuada expresión en las mansiones que construyeron para propia comodidad. Los palacios urbanos rivalizan en esplendor con las iglesias y contribuyen a que las ciudades adquieran una nueva expresión acorde con la época de auge.

Lo mismo que la arquitectura religiosa, la civil presenta una jerarquía de soluciones que va desde el palacio urbano, la residencia de los nobles, hasta la “casa de vecindad”, habitación de los humildes, pasando por las casas solas, de renta, etcétera. Cada una de ellas presenta una solución semejante en lo que a forma de vida se refiere, pero diferencias en cuanto al esplendor con que se manifiesta. Además, tampoco parece haber, hablando siempre desde el punto de vista de la solución arquitectónica, discrepancias notables con respecto a los edificios del siglo XVI, salvo naturalmente, en el aislamiento de la calle, que ya no era necesario en los siglos XVII y XVIII.

Consideremos primeramente la casa de más alta categoría, el “palacio”. Aunque rara vez se designan con ese término durante la época barroca, los hay efectivamente. Se trata de edificios que no pueden catalogarse sino como palacios, pues son casas fuera de lo común, que sólo pueden ser mantenidas por los recursos casi ilimitados de propietarios muy ricos.

El “palacio” barroco siempre se resolvía alrededor de patios, dos por lo menos. Uno, el principal, tenía tanta importancia o más que las habitaciones, y en él se desarrollaba la ornamentación en gran escala. El otro, de servicio, era más modesto. Ambos tenían por objeto formar centros alrededor de los cuales se desarrollasen los núcleos de la casa, la habitación y el servicio, lo mismo que ayudar a la iluminación de las piezas. Podían los palacios constar de dos o tres pisos; y muchas veces los dos inferiores, planta baja y entresuelo, actuaban como basamento y destacaban la importancia del piso alto, donde residían los propietarios.

La planta baja se destinaba a los locales de servicio, pero no propiamente a los de la casa sino a los relacionados con las actividades de los dueños. Ahí se instalaban las oficinas de sus negocios, las bodegas o almacenes de lo que en ellos se producía, y en el patio trasero, cochera y caballerizas. También de ahí arrancaba la escalera, de amplitud y formas monumentales, que comunicaba los dos pisos.

En el entresuelo, estaban, de haber este piso, las habitaciones que ocupaban los administradores de las haciendas en las épocas en que venían a la ciudad a dar cuenta de sus manejos. Sobre la fachada se aprovechaban ambos pisos para las accesorias “de taza y plato” llamada así por tener la habitación del arrendatario sobre el local comercial, las cuales producían rentas que aumentaban el caudal del señor, o que, al menos, permitían el mantenimiento de la casa.

El piso superior estaba reservado a lo que con propiedad se puede llamar la casa. En él se ubicaban las habitaciones privadas, cuyo número y dimensión estaban en relación directa con la categoría de sus propietarios, pero entre las que nunca podía faltar el salón, donde se tenían las recepciones; el comedor, situado en un lugar de no mucho predominio, y las recámaras, unidas por puertas una tras otra. En el patio de servicio quedaban las cocinas, los sanitarios y las habitaciones de los criados.

En ocasiones había un torreón sin función práctica, pero como recuerdo de los que, con carácter defensivo, en el siglo XVI a veces sirvieron como fortalezas en las pequeñas guerras que se declaraban entre sí los vecinos, mismas que motivaron su prohibición. Esta prohibición no surtió efecto total, ya que a lo largo de la época virreinal los torreones son elementos constantemente presentes en la arquitectura civil.

Las fachadas expresan los interiores. La entrada principal se enmarca con gran portada que, a la vez que le da importancia, anuncia la categoría de quienes habitan el palacio al rematar con los blasones de la familia. Los vanos de la planta baja, correspondientes a las tiendas, denotan por su proporción el uso de esos locales, y los de la alta, en los que en ocasiones no se sigue un ritmo definido ni entre ellos ni con los del piso bajo, en forma de balcones, acusan la intimidad de las habitaciones.

Así son los “palacios” de la ciudad de México y de Puebla, coronados los poblanos con una gran cornisa volada y con los muros recubiertos de ladrillo y azulejo, mientras en los de la capital predomina el tezontle, que contrasta con los marcos de puertas y ventanas de cantera gris. Podemos citar, como ejemplo típico poblano, la Casa del Alfeñique, y de casas capitalinas, las de Heras y Soto, la de Calimaya, la del Marqués de Jaral de Berrio, conocido como Palacio de Iturbide; la del Marqués de San Mateo de Valparaíso, hoy Banco Nacional de México; todas ellas de tezontle y cantera, la del Conde del Valle de Orizaba, la “Casa de los Azulejos”, cuyo tratamiento ornamental es semejante al de las casas de Puebla y un reflejo de la persistencia del mudejarismo.

La casa de menor categoría, por lo general para ser rentada y conocida como “casa sola”, tiene una solución semejante a la del palacio, aunque lógicamente en escala menor. Estas construcciones suelen agruparse de dos en dos, de tal modo que coincidan sus patios, formando un “par de casas” y aprovechando ambas la luz de los patios, que prácticamente son uno solo dividido por un muro. Alrededor de este tipo se distribuyen, en la planta baja, los despachos, bodegas y cuartos de servicio, y en un segundo patio, las caballerizas y pajares. En el piso alto, hacia la calle, la sala; a lo largo del patio, las recámaras, y paralelo a la sala, en la crujía del fondo del patio principal, el comedor. La cocina y los sanitarios se sitúan en el patio posterior.

El tipo de habitación más modesta es la casa de vecindad. Consta de un pasillo descubierto, con viviendas a ambos lados. Éstas se componen de dos piezas y cocina, a veces con un pequeño patio privado. Cuando tienen dos pisos, la escalera se encuentra al fondo.

Hubo también en el periodo barroco otros tipos de edificios civiles, los dedicados al gobierno. Entre ellos destaca el Palacio de los Virreyes, levantado como símbolo del poder real, en la Plaza Mayor, hoy de la Constitución. La composición general es semejante a la de las casas en lo que se refiere a la importancia de los patios, alrededor de los cuales gira toda la composición. Aunque modificado muchas veces, la última agregándole un piso más, muchos de sus elementos son los originales.

También la Aduana de Santo Domingo y el Palacio de la Inquisición merecen citarse en este capítulo, ambos en la Plaza de Santo Domingo, en la ciudad de México, con dos grandes patios en cuya unión se levanta la magnífica escalera y una fachada severa y monumental. El segundo con la portada en ochavo en la esquina, caso poco frecuente, y el estupendo patio sin columnas en los ángulos, que debe haber parecido tan misterioso como el propio Tribunal.

Por último, dentro de este aspecto, las escuelas, de las que destacan dos: las Vizcaínas, laica, y San Ildefonso, de los jesuitas en la ciudad de México. Ambos son imponentes edificios en cuyas fachadas se sitúan muy altas ventanas para no distraer a los escolares con el ruido de la calle, y siempre resueltos alrededor de los imprescindibles patios, en los cuales la escalera forma un eje de composición y lleva, en el piso alto, al salón de actos, mientras que en el bajo se encuentra la capilla.