Arquitectura
del siglo XX

Agustín Piña Dreinhoffer




Prólogo de José
Luis Benlliure



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Prólogo

 

Acerca de la arquitectura
que estamos viviendo


Se me ha pedido mi opinión sobre la arquitectura contemporánea. Es difícil ser objetivo cuando se está, en la medida que corresponda, dentro de la misma sopa. Pero, aún corriendo ese riesgo, ahí va lo que siento hoy, y también lo que alguna vez sentí.

Cuando era estudiante, y durante un tiempo más, me parecía asistir a uno de los más maravillosos acontecimientos arquitectónicos presenciados a lo largo de los siglos: la definitiva consolidación, unos decenios después de sus primeras manifestaciones significativas, del estilo que reunía con mayor evidencia los más puros y verdaderos valores de la arquitectura.

No era extraño pensar así. Se nos formaba, precisamente, dentro del aprecio a esos valores, casi entendidos por nosotros como universales, y en la arquitectura moderna suponíamos la correspondencia perfecta con ellos. En otras palabras: se nos inculcaban unas ideas y de ellas idealizábamos una arquitectura que, a no dudarlo, sólo podría ser la de nuestro tiempo. Y si bien es cierto que observábamos que no todo se construía según aquellas ideas, la verdad es que creíamos que simplemente se trataba de necios que insistían en remar contra la corriente de la historia, pero que al fin serían arrastrados por ella.

Hoy no veo todo tan bello. Y no es que mi pensamiento haya cambiado radicalmente. Sigo admirando a los pioneros, por su valor y por su obra, y también por aquella postura inconscientemente romántica, aun en su supuesto rechazo a todo romanticismo. Quisieron ser pragmáticos y, en definitiva, no lo fueron. Tampoco rechazo ideas que me siguen pareciendo un buen fundamento para realizar una arquitectura sensata. No me parecerían ya tan generalizables, pero eso no importa mientras uno piense que son adecuadas a un correcto hacer y a una manera sincera de actuar. Ahora bien, lo que ya definitivamente no creo es que se esté dando ese fenómeno estilístico del que hablaba antes. No creo que estemos en uno de esos momentos en los cuales, aun dentro de la diversidad de interpretaciones, se tienda a una arquitectura motivada por una última voluntad común. No pienso, pues, que hoy exista, ni en lo universal ni en lo local, una auténtica corriente que dirija a lo arquitectónico hacia aquel punto en el que se encuentra con los ideales de la sociedad que lo construye. No veo el tal movimiento moderno si por un movimiento entendemos ir hacia algo. Y no lo veo, precisamente, porque tampoco veo ese ideal que identifique a los diferentes sectores capaces de motivar la producción de los arquitectos.

Es indudable que ese supuesto movimiento que aún llamamos moderno, produjo y aún produce obras de alta calidad. Pero quizá, como auténtica creación, no llegó más allá de la duración de la vida de sus primeras y más significativas figuras. Aquella arquitectura sucedió como reacción contra el eclecticismo, pero no lo superó; más bien se convirtió en otra manifestación más dentro de una producción arquitectónica que sigue siendo ecléctica y en la cual ha quedado incluida la arquitectura moderna, como proveedora de una forma más entre tantas formas posibles. Las circunstancias siguen siendo propicias a ello y lo que pienso es que, en la mayoría de los casos, eso que llamamos moderno simplemente ha sido adoptado por una sociedad que le da significado diferente del original. Y así sucede que tal arquitectura moderna, muchas veces, no lo es tanto por originarse en causas diferentes a las de las obras que copian el pasado, sino sólo por tener formas que no se asocian a gustos anteriores; sólo, en fin, porque parece novedosa. Y resulta que tales novedades proliferan, al igual que prolifera la reproducción de antiguos estilos —la mala reproducción, claro está— y aquello no siempre sucede por esas razones en las que aún creo ha de fundamentarse la arquitectura, sino, simple y llanamente, porque para vender la obra hay que aumentar el repertorio, mismo que a fin de cuentas, aún con toda su variedad, igual puede valer aquí que en cualquier parte. De vez en cuando se retoman formas, se abandonan otras, se inventan todas las que se pueden inventar y ¡el colmo!: como lo moderno ya tiene sus “clásicos”, se vuelven a reproducir éstos con el mismo espíritu que se reproduce cualquier otra cosa. Y aunque las técnicas no se hayan estancado, ello no siempre implicará su racional aprovechamiento, porque también sucede que tales formas “muy modernas” se manifiestan en la más absoluta incongruencia con su sistema constructivo.

En fin, que muchas veces este asunto de la arquitectura no difiere mayormente del de los dictados de la moda. Es cuestión de mercado y de acuerdo con sus solicitudes deben renovarse los productos. Pero como las casas no pueden cambiarse cada año, quizá un día —supongo que no muy lejano— se inventen fachadas intercambiables.

Y hasta aquí el lado negativo, pues por otra parte, también veo el positivo. Seguramente habrá quienes sigan haciendo buena arquitectura. Seguramente, porque hay escuelas que lo propician, habrá quienes afronten saludablemente el problema, con sencillez bien entendida, con el fin de crear un ambiente grato y amable, desprovisto de toda grandilocuencia, para que los humanos disfruten las casas y las ciudades. Yo creo que hay elementos suficientes como para lograr algo propio y que valga la pena, y ello sin ignorar nuestra real circunstancia. Desde hace años pienso, por ejemplo, en las posibilidades aún no explotadas de un material tan modesto como el barro y que sin embargo tiene tal y tan brillante tradición artesanal. Y no es que crea que todo deba hacerse de barro, ni que los problemas más apremiantes a los que ha de dedicarse la arquitectura puedan ser resueltos artesanalmente. Pero ahí están la tradición y la materia de donde pudiera desarrollarse, quizá, la industrialización de elementos tipificados para la vivienda. Y así podrían citarse cien posibilidades más. La historia demuestra que la arquitectura ni evoluciona a saltos ni se inventa de nueva cuenta, basta tratar de aportar un poquito a lo bueno que ya se haga. Y así suele suceder en todos los oficios. Lo que nos conviene, es recordar que lo nuestro también es oficio. ¡Ojalá así sea! Y si desde la arquitectura no puede cambiarse al mundo, al menos resistámonos a que la noción de arquitectura y la noción de servicio que ella debe prestar, no cambien demasiado.

 

José Luis Benlliure

La arquitectura contemporánea

 

El 20 de noviembre de 1910, apenas unos días después de la fastuosa celebración del Centenario de la Independencia, se inicia el movimiento que habría de transformar radicalmente a nuestro país. La Revolución fue la protesta por el estado de injusticia económica y social que había caracterizado a la época porfiriana; sobre todo en sus últimos años, se lucha por mejorar las condiciones de vida y las de la propia nación, cosa que paulatinamente se va alcanzando después de la lucha armada. En forma gradual se llega a un mejor equilibrio en todos los aspectos, mediante una explotación racional de los recursos y su progresiva nacionalización.

A partir de la Revolución surgen nuevos problemas urbanos, como consecuencia de la industrialización y del atractivo que las grandes ciudades ofrecen a los campesinos. Como resultado, las ciudades crecen sin plan definido, sobre todo en la periferia, donde se van aglomerando, en condiciones infrahumanas, quienes llegan de fuera con la ilusión de alcanzar un mejor nivel de vida, y que en muchas ocasiones viven peor que en sus lugares de origen. Aparecen entonces los innumerables problemas típicos de nuestra época: zonificación, abastecimiento, servicios, comunicación, etcétera. Resolverlos es una de las principales tareas del gobierno que, apoyándose en el urbanismo actual, debe enfrentarse a ellos en busca de una solución integral aunada a la de los problemas propiamente arquitectónicos.

Al concluir las luchas revolucionarias, la mentalidad se había transformado en una forma casi radical. La servil dependencia de lo francés se convierte en una afirmación rotunda de nacionalismo. Se vuelven los ojos, por primera vez desde la Independencia, a lo propiamente mexicano, ya no como curiosidad —así se había visto durante el porfirismo—, sino con la convicción de que las manifestaciones de mexicanidad son parte del propio ser nacional. Este sentimiento, que principia hacia 1920, aparece por igual en todos los campos, y en el de la arquitectura dará lugar a una serie de expresiones distintivas.

El nacionalismo se presenta con un carácter historicista. En realidad no hay diferencia por lo que concierne a la arquitectura que, a falta de poder creador, recurre a soluciones exóticas o de tiempos pasados, que en Europa se manifiestan durante casi todo el siglo xix, y en México se prolongan hasta la Revolución y aun después de ella. Pero es posible, dentro de ese sentido general historicista, distinguir un matiz que define a esta arquitectura; su búsqueda de una inspiración nacional, ya sea prehispánica o virreinal, es un historicismo que se debate en un ámbito muy estrecho, y cuyo error es pretender hallar solución a problemas contemporáneos con formas pretéritas.

Paralelamente a este sentimiento, y no pocas veces reñida con él, empieza a mostrarse, primero con gran cautela y después más abiertamente, la arquitectura de nuestra época, que significa una nueva aportación no sólo al lenguaje expresivo sino al criterio con que se enfocan los problemas arquitectónicos. En virtud de ellas se incorpora México al resto del mundo, a un estilo universal como en su época lo fue el barroco, dando un carácter propio a sus creaciones, mediante la solución de los problemas mexicanos y el uso de sus propios materiales.

Es necesario, para comprender la arquitectura mexicana de nuestra época, conocer el origen y las principales tendencias de la arquitectura contemporánea. Ésta se desarrolla paralelamente a los principales movimientos que tienen lugar en las artes plásticas desde el inicio del siglo xx, los que a su vez tienen una poderosa influencia sobre la arquitectura. El cubismo y el futurismo por una parte, y el expresionismo por otra, encuentran su correspondiente manifestación arquitectónica. Los dos primeros trataban de alejarse del naturalismo, sustituyéndolo por una abstracción, en la cual se presentasen simultáneamente distintos aspectos del objeto, cosa que en la arquitectura se logra mediante el uso de volúmenes geométricos simples, dispuestos de tal modo que se multipliquen los puntos de vista desde los que se pueden considerar. El expresionismo, por el contrario, no abstrae, sino que deforma el naturalismo para darle movilidad, de la misma manera que en la arquitectura se da ductilidad a los materiales, en busca de una plasticidad basada en el empleo de la línea curva y en la unificación del espacio interior y de la envolvente externa. A la larga ambos movimientos llegan a cristalizar en las dos principales tendencias que se manifiestan en la arquitectura contemporánea: la racionalista y la orgánica.

La tendencia racionalista tiene su exponente principal en el movimiento de la Bauhaus, fundado en 1919 en Weimar, obra de Walter Gropius, fundamental no sólo por su importancia didáctica sino por la trascendencia que tuvo en la creación del arte contemporáneo, y cuya influencia se extiende por todo el mundo. La Bauhaus busca una arquitectura racional, acorde con el espíritu y las necesidades de nuestra época, expresándose mediante el uso adecuado de los materiales actuales, y esta tendencia es la primera que se manifiesta en nuestro país como muestra de la época en que vivimos.

El organicismo se basa en la modulación del espacio interno, delimitado en forma libre, sin encerrarlo en ángulo recto o en formas “racionales”, sino tratando de incorporarlo a la naturaleza en la cual parece continuarse como un organismo. Esta tendencia llega a México más tarde que el racionalismo.

Una vez ubicados, por decirlo así, en el ambiente que respira la arquitectura en nuestra época, veamos cómo se interpreta en México. Pero, antes de entrar de lleno a ella, trataremos de las manifestaciones historicistas que constituyen una expresión constante de la moda del día, en contraposición a la verdadera arquitectura, que se preocupa por la resolución integral de los problemas, y no exclusivamente por la forma, a la que el historicismo pretende dar un sentido falsamente nacionalista.

Esta corriente aparece, ya lo hemos visto, como una exaltación del espíritu mexicano que surge opuesto al afrancesamiento porfiriano y que, no encontrando expresión apropiada, busca refugio en las formas del pasado prehispánico o colonial, mal adaptados a necesidades radicalmente distintas a las que les dieron origen.

Pueden destacarse varias fases dentro de esta corriente. Una primera busca su inspiración virreinal, ayudada por el apoyo que en tiempos pasados le dieron las autoridades que, ingenuamente, creían que estas caricaturas del barroco ayudarían a conservar la fisonomía urbana de nuestra ciudad. Así, diversas zonas, principalmente el Centro, se cubrieron de edificios que interpretaban, no con libertad, sino con libertinaje, en un caos de elementos que nunca fueron comprendidos de manera cabal y se mal adaptaban a formas, proporciones y dimensiones totalmente diferentes de los modelos que se pretendían seguir. Desde luego que al principio el resultado fue más bien pintoresco, por el desconocimiento de lo que se imitaba, puesto que se mezclaban materiales y acabados que originalmente se habían usado en diversas regiones, sin mencionar elementos que se suponía que daban el carácter “colonial” a la obra: azulejos, pináculos, etcétera.

La reconstrucción del Edificio del Ayuntamiento, para adaptarlo a las oficinas del Departamento del Distrito Federal, fue uno de los primeros ejemplos de esta tendencia. Destruyendo todo lo original y creando un edificio producto más de la fantasía que de la inspiración en el barroco, fue también el primer paso en la modificación de la Plaza de la Constitución, la que se alteró en cuanto a las proporciones de todos los edificios que la rodeaban, modificando su escala y, naturalmente, el espacio urbano. Más tarde, al construirse el edificio del Hotel Majestic, en 1925, y agregar un piso al Palacio Nacional, en 1926, esa transformación fue rotunda. Merece especial mención esta última obra, porque refleja fielmente la tendencia histórico-nacionalista a que estamos refiriéndonos. Lo existente se conservó con algunas modificaciones, pero el último piso, formado exteriormente por una galería de ventanas cerradas por arcos de medio punto, no sólo no se compone con lo original, sino que es una interpretación totalmente ajena a la arquitectura virreinal. Las últimas obras dentro de esta transformación fueron las de un nuevo edificio del Departamento del Distrito Federal, cuyo único mérito radica en repetir simétricamente la maza del antiguo respecto del eje de la Avenida 20 de Noviembre, calle también recién abierta, con lo cual se da verdadero equilibrio a esta parte de la Plaza. Al mismo tiempo, se modifican las fachadas comprendidas entre las avenidas Madero y 16 de Septiembre, que son un ejemplo de lo que no debe hacerse en arquitectura, principalmente en lo que se refiere a la del edificio que fue El Centro Mercantil, “colonializado” a la fuerza, despojado de sus elementos clásicos, con un resultado que sería risible si no fuera penoso.

Pero este brote de “nacionalismo” no sólo afectó al Zócalo. En muchas otras partes de nuestra ciudad aparecieron brotes de esta tendencia. La fuente de Chapultepec es un ejemplo característico; la obra no se limitó a conservar el monumento trasladado, sino que fue completada, “embellecida”, con elementos que no pretenden pasar por auténticos, sino ser más correctos que los originales.

Otra fase posterior de la misma tendencia aparece hacia 1935, y recibió el pomposo nombre de estilo “colonial californiano” a pesar de no ser ni lo uno ni lo otro. Surge primeramente en las Lomas de Chapultepec y más tarde en la colonia Polanco, donde es obligatorio construir en este —llamémoslo— estilo. Se trata en este caso de un “tradicionalismo” sin tradición: portadas con abigarramientos decorativos, tallados en cantera rosa, que era el material obligado y en ocasiones colado de cemento, contrastando con paños de muros en los que se abren vanos de las más caprichosas y absurdas formas, enmarcados con la inevitable decoración y el acompañamiento de bancas, fuentes y faroles, parte inseparable del “estilo”. Tuvo una enorme aceptación entre los nuevos ricos que encontraron en él una manera fácil de gastar el dinero que les sobraba y con la ostentación correspondiente. Tal vez dentro de los movimientos historicistas que hemos padecido ninguno ha sido más absurdo y abundante, ni tampoco más falto de tradición.

La tercera etapa de este fenómeno estamos viviéndola actualmente. Es la arquitectura hecha con despojos, que se conoce como “arquitectura mexicana”, y que es con respecto a la auténtica, tan legítima como los mexican curios. Yo la llamo Mexican Tourist Architectural Style. También hoy el tener una “casa mexicana” es el ideal de los nuevos ricos, como antes lo fue el dichoso “colonial californiano”. Es sintomático que esta arquitectura sea la predilecta de las tiendas que han proliferado recientemente y que se dedican a la venta de “artesanías” falsificadas. En algunas ocasiones, tratando de llegar a más elevados niveles, se adopta para “restauraciones”, verdadera antología del gusto más depauperado, pero al más alto costo que puede encontrarse hoy en día.

Una cosa sumamente grave puede descubrirse en esta moda: por hacer sus construcciones con base en elementos que se toman sin discriminación de edificios ya existentes, ha contribuido poderosamente a la destrucción de nuestros monumentos. Quienes se dedican a ella recorren los viejos pueblos y ciudades de provincia, comprando elementos aislados o conjuntos arquitectónicos, y al desmembrarlos causan su ruina y su pérdida irreparable. De esta manera, no solamente significan un atentado contra la arquitectura, sino también, y esto es lo más grave, un crimen contra nuestros monumentos.

También se da el caso de reproducir en concreto armado y a escala gigantesca, elementos con formas de la arquitectura barroca novohispana, como por ejemplo bóvedas de cañón corrido “poblanas”, con claros hasta de 20 metros, lo que aparte de ser infantil, destruye el valor cultural de la arquitectura convirtiéndola en escenografía para solaz de nuevos ricos. Se completa el “origen poblano”, recubriendo el intradós de la bóveda con ladrillo y se apoyan en gigantescas trabes de concreto armado y recubiertas con triplay para dar la “impresión” de vigas de madera.

Más reciente aún es la funesta moda de construir en “estilo provenzal”, particularmente en nuevos fraccionamientos donde se venden casas pagables a largo plazo. Se aplican sistemas constructivos tan absurdos con formas “francesas” como mansardas o balaustradas coladas en concreto y recubiertas de teja, carpintería de moldurajes complicados, etcétera, fabricados de pacotilla, en los que se trata de recordar las magnificencias que sus dueños vieron en su último “tour por Europa” y que desgraciadamente, por falta de preparación y de sensibilidad, no les refinó el gusto, pero eso sí, al deambular por el interior de sus “casas provenzales” les procura el falso placer de sentirse en los castillos del Loira.

El historicismo también se ha manifestado en las formas prehispánicas. Arranca de los pabellones para las exposiciones y el Monumento a Cuauhtémoc, del que ya hablamos al referirnos a la época porfiriana, y tiene su culminación en obras como el Monumento a la Raza, uno de los más colosales absurdos que se hayan construido en México: una pirámide de concreto armado y bloque de vidrio que soporta el águila que habría de coronar el Palacio Legislativo, y que últimamente ha quedado convertida en fuente, para llegar al máximo de la “perfección”.

Por último, citaremos una serie de obras que corresponden a los mismos conceptos historicistas pero que se manifiestan mediante las más diversas formas. Uno de los más interesantes en este aspecto es la Iglesia Sabatina, cuyo estilo, tal vez, es producto de una deducción de lógica incontrovertible. Si se trata de una iglesia dedicada a la Virgen del Carmen, debe inspirarse en alguna obra dedicada a la misma advocación; entre ellas, una de las más famosas es la que hizo Tresguerras en Celaya; por ello, lo indicado es que se le parezca. Así, las portadas recuerdan a las neoclásicas de Tresguerras, que a su vez se parecen a las barrocas de Borromini, sin que esto implique que en el resto del edificio haya que seguir el mismo estilo. En otros casos, como el del edificio que alberga las bombas del sistema de Lerma, se combinan recuerdos prehispánicos, como el Tláloc de Diego Rivera, con simplificaciones modernistas del panteón de Agripa en Roma.

Dejemos aquí todos estos ejemplos de lo que no es arquitectura, dignos de ser tomados en cuenta porque reflejan el sentir de épocas con gusto indefinido e indeciso, para hablar de lo que verdaderamente se expresa de acuerdo con el tiempo en que vivimos, la legítima arquitectura contemporánea. Su aceptación no fue fácil al principio. Pesaban demasiado las tradiciones francesas y los nacionalismos, y fue vista con indiferencia unas veces y otras con franca antipatía, pero a la larga ha logrado imponerse como fiel expresión de nuestra época. Primero se adoptó solamente lo externo de la nueva arquitectura: lo útil y lo simple, y así se crean obras que se considera que pertenecen a su época sólo por no tener ornamentación, y en las cuales se ensayan los nuevos procedimientos constructivos que, aunque empezaron a usarse en la época porfiriana, no se generalizan hasta los años cercanos a 1930.




Hacia 1940 principia a afirmarse la aceptación creciente de la arquitectura contemporánea, reforzándose con el apoyo que recibe por parte del gobierno, que entonces también empieza a enfrentarse a los problemas nacionales con criterio moderno. Surge así la arquitectura encaminada a la satisfacción de necesidades de la sociedad, resolviendo problemas colectivos más que individuales, gracias a una correcta planeación. Sucesivamente se enfoca el interés hacia la habitación, el trabajo, la diversión, la educación, etcétera, en forma simultánea con obras de la iniciativa privada que, en menor escala, busca resolver sus propios problemas.

La creación de nuevos fraccionamientos en la capital, lo que provoca el crecimiento de la ciudad, fenómeno que, como ya hemos visto con anterioridad, aparece en la segunda mitad del siglo pasado, se generaliza después de la Revolución. Se urbanizan grandes extensiones de terrenos que habían pertenecido por regla general a las haciendas de la periferia. Esta creación de nuevas colonias tiene su origen en la enorme demanda de casas, como consecuencia del explosivo crecimiento de la población y la afluencia de gente del interior que llega a la capital con la esperanza de mejorar sus condiciones de vida. Se establece así una serie de categorías, según el valor del terreno. En las zonas de menor valor es donde se ha desarrollado con más fuerza la construcción de casas-habitación modernas, desde los primeros brotes del funcionalismo, por el año de 1930, en que se deseaba adaptar la forma a la función, dentro de espacios geométricos simples, cuya expresión en forma natural eliminaba cualquier tipo de ornato, hasta llegar a la época actual, en que nuestra arquitectura sí ha logrado expresarse con originalidad, como consecuencia de la solución de nuestros problemas, mediante el empleo de técnicas y materiales nuevos.

Paralelamente y dentro del mismo campo de la actividad privada, como resultado del desarrollo y la afirmación de las posibilidades del país, se han multiplicado los edificios comerciales, concebidos en un principio como obras aisladas dentro de sus terrenos propios, y sujetos, por lo tanto, a las limitaciones físicas de los mismos. Esto contribuyó, en muchas ocasiones, a un desorden urbano propiciado por las diferencias de altura y la falta de zonificación definidas.

Junto a una casa-habitación se levantó un edificio de ocho o diez pisos, desvalorizando totalmente a aquélla; pero en las zonas bien reglamentadas por un plano regulador correcto ya no se da este fenómeno, y el propio valor de la tierra hace que desaparezca el excesivo contraste entre los edificios.
En época reciente, han surgido soluciones de mayor importancia en los conjuntos comerciales, que reúnen edificios para actividades muy diversas, compuestos con mayor libertad, dentro de terrenos más amplios, que permiten una menor densidad de construcción, con mayores espacios abiertos. La técnica avanzada permite asimismo levantar un gran número de pisos sobre superficies reducidas, quedando grandes áreas libres al nivel del terreno.

En forma simultánea, con la madurez económica, y gracias a la actividad de nuestro país en sus relaciones con el resto del mundo, ha aumentado el interés por conocerlo, y ello se refleja directamente en el número siempre creciente de turistas que recibimos. En virtud de este fenómeno, un género de edificios, que en otras épocas era muy secundario, en la actualidad ocupa un puesto de importancia primordial: los hoteles, los que reciben no solamente al turismo extranjero sino también, y en proporción muy importante, al nacional, producto del creciente auge económico. Algunas poblaciones, como Acapulco, se han convertido en los últimos años en atractivo del turismo mundial, y en ellas los hoteles son cada vez más amplios y cómodos, hasta alcanzar actualmente una semejanza con los de las más importantes ciudades del mundo. Son edificios que dan fisonomía propia al paisaje urbano y complementan o modifican el natural. Aunque no tan evidente como en Acapulco, en varios otros lugares, y baste citar nuestra ciudad capital, en los últimos años se ha visto la multiplicación de edificios importantes destinados al hospedaje.

La actividad gubernamental, desde la Revolución, ha tenido que resolverse a afrontar multitud de problemas que no se habían atacado con anterioridad. Bien es cierto que muchos  de ellos tienen su origen en las transformaciones de la vida que se han operado desde principios de nuestro siglo; pero aun los que ya existían no habían sido nunca objeto de una atención tan preferente ni se les había dado una solución perfecta, como se hace en la actualidad.

Tal vez el más urgente de estos problemas sea el de la habitación. Dentro de la solución de urgencia que exigen muchos de ellos, éste es quizá el más apremiante. De hace unos veinte años a la fecha se ha emprendido la construcción de unidades habitacionales que son una contribución de extraordinaria importancia para la resolución del problema. Los conjuntos, lo mismo de edificios multifamiliares que de casas solas, destinados a las clases de recursos económicos débiles, han modificado profundamente el paisaje urbano, y lo que en un principio fueron ensayos hasta cierto punto tímidos, como el Multifamiliar Miguel Alemán, han crecido en dimensiones e importancia, con el deseo de resolver, en forma definitiva, el problema de la habitación. El conjunto Juárez, el de Santa Fe, la Unidad Independencia, Nonoalco-Tlatelolco, son ejemplos de esta preocupación que continúa en las obras de las gigantescas agrupaciones de habitación de Coapa y Villa Olímpica.

También los edificios públicos han debido adaptarse a los nuevos tiempos en cuanto a su solución y emplazamiento. Hasta poco antes de la Revolución, el gobierno de todo el país tenía su sede en el Palacio Nacional y en algunos edificios cercanos. La necesidad de nuevos edificios públicos se hizo patente en el porfirismo, y sus consecuencias fueron los de Correos, Comunicaciones y otros que ya hemos analizado; pero, después de la Revolución, los pesados y monumentales edificios fueron imprácticos y su ubicación en muchas ocasiones no era la más deseable, ya que, con la aparición de los vehículos de motor, la ciudad, en su parte más antigua, no daba espacio al tránsito, siempre en aumento. Las nuevas edificaciones hubieron de repartirse en el área mucho más extensa que ya ocupaba la ciudad, algunos aprovechando el desalojo de talleres y locales de grandes extensiones, como los que se han levantado en Indianilla sustituyendo a los antiguos galerones que quedaron un día casi en pleno centro, al dejar de ser terminales de tranvías. Desde el punto de vista cronológico, y también por el interés que encierra, debe citarse primeramente el edificio de la Lotería Nacional, importante por la altura que alcanzó, sin paralelo en aquel entonces, y por los procedimientos empleados para su cimentación, con miras a evitar el hundimiento que otros inmuebles habían presentado casi en forma simultánea con su construcción. De allí en adelante, y sólo por citar algunos ejemplos, mencionaremos los del Seguro Social, la nueva Secretaría de Comunicaciones, Tránsito, la Tesorería del Distrito, los Tribunales y la Secretaría de Relaciones Exteriores, que se cuentan entre los más significativos.

Al referirnos hace un momento a la habitación colectiva, asentábamos que es uno de los problemas al que ha dado preferente atención el gobierno, otros de gravedad semejante son los de la educación y de salud, y en ambos casos la solución se ha dado con la colaboración de los particulares, quienes han levantado escuelas y hospitales de gran importancia. Entre las primeras se pueden citar ejemplos que abarcan todos los tipos y niveles de enseñanza, lo mismo que conceptos estéticos. Desde la monumentalidad simétrica que deriva en línea recta de la Escuela de Bellas Artes de París, que podemos apreciar con toda claridad en la Escuela Nacional para Maestros y en el Conservatorio Nacional de Música, hasta el estricto funcionalismo, con eliminación de todo lo superfluo, patente en el Instituto Politécnico Nacional, pasando por toda una gama de expresiones y soluciones.

Capítulo especial merece la Ciudad Universitaria, magna obra que significó no solamente la solución a un grave problema de educación, sino también el reconocimiento y apreciación universal de la arquitectura contemporánea mexicana. Puede decirse que el concepto y el valor que se le da en todas partes tuvo su origen en esta obra, también la de mayor ambición llevada a cabo hasta 1950. Muchos de sus edificios se han incorporado en forma definitiva a nuestra fisonomía urbana, siendo casi símbolos de ella.

En el aspecto de la educación, no se deben pasar por alto ejemplos tan importantes por su concepción arquitectónica como el Centro Universitario México, la Universidad Iberoamericana, El Colegio de México, y el Liceo Franco Mexicano, exponentes de cuatro conceptos distintos de la arquitectura encaminada a resolver problemas educacionales.




En el marco del desarrollo cultural deben quedar encuadrados los museos. En los últimos años, México ha llegado a un altísimo nivel con ellos. Nuestra riqueza cultural de todas las épocas tiene ya el albergue que merecía, lo mismo en los edificios construidos exprofeso que en los monumentos adaptados para ello; entre éstos es preciso destacar la Casa de los Condes de Santiago Calimaya, que alberga el Museo de la Ciudad de México, el Museo de Historia, el de Arte Moderno y el de Antropología. Son ejemplos que nos representan en nuestro ser histórico ante el mundo.

El amplio programa de hospitales que se llevó a cabo durante la gestión del Dr. Gustavo Baz al frente de la Secretaría de Salubridad y Asistencia Pública, dotó al país de instalaciones hospitalarias de gran importancia, que culminaron con la construcción del Centro Médico y otros, y no hace mucho, gracias a los empeños del Dr. Ignacio Chávez, con la construcción del nuevo Hospital de Cardiología. Deben mencionarse también las más recientes clínicas del Instituto Mexicano del Seguro Social.

Los hospitales constituyen también una expresión clara del México actual. La preocupación por la salud de sus habitantes ha llevado al gobierno a concepciones de tanta envergadura como el Centro Médico, en el que se reúnen los hospitales de muchas especialidades, para los afiliados al Seguro Social, dentro de una zona que estaba, podría decirse, predestinada a convertirse en el centro hospitalario de la ciudad, pues ahí se levantó, a fines del porfirismo, el Hospital General y han venido concentrándose en ella los más importantes. Otros, como el de Huipulco, para tuberculosos, están ubicados fuera de los núcleos de población, por requerirlo así el tipo de padecimiento que en ellos se trata.

También deben citarse los edificios destinados al abastecimiento, que han sufrido una transformación radical: los mercados mugrosos y antihigiénicos que estaban erigidos con estructuras de hierro sin expresión, se han suplido por los que, como el de la Merced en la capital, y el de Guadalajara, permiten expender en forma higiénica los alimentos.

Los deportes y las diversiones han encontrado también adecuado alojamiento en nuestra época. Los antiguos parques deportivos, sea para la práctica o para el espectáculo, han sido sustituidos por modernos conjuntos, cuyos más directos antepasados pueden verse todavía en los parques Plan Sexenal y Venustiano Carranza, y tienen una expresión actual en la Magdalena Mixhuca. Paralelamente, el deporte como espectáculo también ha recibido recinto apropiado en instalaciones como las de la Ciudad de los Deportes, cuyos defectos tanto urbanos como estéticos han desaparecido en obras posteriores, o, como el Estadio de la Ciudad Universitaria, una de las aportaciones más originales y de mayor importancia que ha hecho nuestro país a la arquitectura moderna, o el Estadio Azteca, al nivel de lo más avanzado en su género. No puede pasarse por alto, en este capítulo, el Centro Vacacional de Oaxtepec, ambicioso conjunto de servicio social, y el más importante que se haya llevado a cabo en Hispanoamérica.

Entre los edificios destinados a la diversión citaremos sólo tres ejemplos, el Auditorio Nacional, dedicado a veces también a actividades deportivas y exposiciones, y el Teatro Insurgentes, que, con algunos otros, representa en su más alto nivel la creación destinada a las posibilidades de la escena contemporánea. La Sala Nezahualcóyotl, por último, magnífico ejemplo de una perfecta instalación para conciertos sinfónicos.

Como una consecuencia más de nuestro desarrollo tenemos el ejemplo de las fábricas. A partir de la incipiente industrialización porfiriana se ha llegado hoy a una pujante industria en constante crecimiento, cuyos edificios son la antítesis de lo que tradicionalmente eran las fábricas, ya que, independientemente del funcionalismo que requieren los procedimientos de fabricación, muchos de ellos son ejemplo de una voluntad estética perfectamente afirmada, y como ejemplo se tienen las Plantas Bacardí y la Automex.

Consideraremos ahora la arquitectura religiosa y la simbólica. Nuestra época es radicalmente distinta a las de otrora, en las cuales la expresión arquitectónica era casi exclusivamente religiosa. La diversificación de las actividades y el humanismo tuvieron como consecuencia una disminución de la importancia que la arquitectura religiosa significaba dentro de la producción arquitectónica. Sin embargo, hay una serie de iglesias modernas de importancia definitiva, que reflejan la más fiel expresión de la sensibilidad de nuestra época. Algunos ensayos, carentes de estilo, contrastan vivamente con otras obras, principalmente aquellas en las que se han aprovechado con amplitud los recursos que algunos materiales, como el concreto, tienen para conformar espacios continuos perfectamente modelados y acabados. Las iglesias proyectadas por Félix Candela, cuyas cubiertas, por lo menos, él ha diseñado, han merecido los comentarios más elogiosos en todo el mundo.

Entre los ejemplos más significativos encontramos la Capilla de las Hermanas de la Caridad y la del Altillo, en Coyoacán, donde se aloja el seminario de misioneros del Espíritu Santo, con la decidida actuación del arquitecto Enrique de la Mora. Lamentablemente, por falta de interés de sus promotores y de perspectiva histórica, su creación propició la deformación y destrucción de una de las casas más valiosas de la época colonial, que además era testimonio de hechos históricos, pues ahí estuvieron Maximiliano y los americanos en las invasiones del siglo pasado; fue la residencia, durante más de cien años, de la familia Aguayo. Estos testimonios históricos se han perdido.

Los monumentos, en cambio, apenas pueden ser considerados arquitectura en cuanto que no crean espacios interiores y solamente dan forma a espacios abiertos. Hay muchos levantados en nuestra época, de muy diferente valor. Algunos tienen un carácter anecdótico, como el Monumento a la Patria, en Mérida; otros, en cambio, simplifican los elementos expresivos, como el Monumento a la Independencia, en la carretera a Dolores Hidalgo, en busca de un mayor simbolismo; mientras que otros, por último, sin tener un significado concreto, resultan más expresivos. Tal es el caso de las torres de concreto levantadas en la entrada de Ciudad Satélite.

Por último, consideraremos brevemente las obras deportivas que fueron el escenario de los xix Juegos Olímpicos. Algunas son de ampliación y adaptación, como sucede con el Estado de la Ciudad Universitaria, que fue el estadio principal para las ceremonias de inauguración y clausura, y que se amplió, sin hacerle perder sus características ni su sistema constructivo. En él se ha logrado, por única vez, aprovechar en parte de su estructura procedimientos prehispánicos, tratados, sin embargo, en forma moderna, como contraste al historicismo que sólo copia aspectos exteriores.

Otras instalaciones ya existentes también se usaron para entrenamientos. Tal es el caso del foso de zambullidas del Centro Deportivo Olímpico, magnífico edificio de gran interés plástico, y de la alberca anexa, también de extraordinaria sobriedad estructural.

La Alberca Olímpica tiene capacidad para 10 mil espectadores, y alberga no solamente la piscina sino también la fosa para zambullidas y un gimnasio anexo, incluidos en un conjunto cuyas partes se combinan armónicamente. El Palacio de los Deportes es un verdadero alarde arquitectónico. Su cubierta de madera con forro de cobre, bajo el cual tiene cabida la pista de 80 metros de diámetro y espacio para 22 mil 370 espectadores. Plásticamente y desde el punto de vista constructivo, fue la aportación más importante a la Olimpiada.

La Villa Olímpica, donde estuvo la residencia de los atletas, entrenadores y comités, es realmente un conjunto habitacional que, una vez terminadas las competencias, se destinó a dar albergue a un importante número de habitantes. En ella se conjugan lo más moderno y lo más antiguo, ya que en los terrenos en que se levanta floreció hace más de dos mil años la última fase de la cultura preclásica anterior a la Conquista, de la que se han encontrado numerosos restos al hacer las obras, que se conservan reunidos con lo actual, como símbolo de nuestra continuidad cultural.

Entre las obras más recientes, con espíritu y técnica completamente modernos, se encuentran el edificio de Seguros Monterrey, alarde de construcción con estructura colgada, así como el edificio de la Celanese Mexicana y el Hotel Camino Real, en México y en Cancún, en los que se han dejado espacios abiertos con una gran generosidad, rayan en ocasiones en un absurdo desperdicio, pero que ostenta, en cambio, valores muy significativos desde el punto de vista plástico.

Las construcciones del Canal 13 de televisión y del Colegio de México, que se encuentran casi juntas, y en particular la segunda, tienen una gran expresión de fuerza y carácter.

Los grandes centros comerciales, como el de Ciudad Satélite, son testimonio evidente del crecimiento progresivo de México, que exige cada vez más instalaciones para diversos usos, como las nuevas unidades universitarias y los reclusorios penales de la Ciudad de México.

Sin ser obra arquitectónica, pero de gran trascendencia para la Ciudad de México, es el Circuito Interior, que al mismo tiempo que ha propiciado beneficios de vialidad, ha provocado la destrucción definitiva del carácter urbano, ya que su trazo se desentendió de muchos valores plásticos e históricos ahora perdidos para siempre.

Las dificultades de vialidad, de estacionamiento de automóviles y de la concentración urbana, presentan problemas cada día mayores y es oportuno hacer notar que, de no tomarse enérgicas medidas para frenar y reglamentar el crecimiento de la capital y de algunas poblaciones de provincia, muy pronto nos encontraremos ante un verdadero caos que ya se comienza a sentir, pues transitar por la ciudad, ya sea a pie o en vehículo, es verdadero tormento para sus habitantes, provocado por el congestionamiento de los transportes, contaminaciones y tensiones, como consecuencia de la anárquica condición en que se encuentra esta ciudad de 12 millones de habitantes.

Confiamos en que la nueva Secretaría de Asentamientos Humanos, de reciente creación, logre mediante una planificación adecuada frenar estos problemas que son tan graves.

Ilustraciones 

 

 

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Estadio de la Ciudad Universitaria; vista interior
en día de juego.
México, Distrito Federal.

 

 

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Conjunto habitacional “Nonoalco-Tlatelolco”, vista aérea.
México, Distrito Federal.

 

 

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Caja de agua, estación de bombeo; vista de aérea.
México, Distrito Federal

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Monumento a la Revolución; vista aérea.
México, Distrito Federal

 

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Estación central de los F.F,C.C. Nacionales de México;
vista aérea.
México, Distrito Federal

 

 

 

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Edificio de oficinas de la “Unión Carbide”; vista aérea.
México, Distrito Federal.

 

 

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Hotel Pierre Marquéz; vista aérea.
Acapulco, Guerrero.

 

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Hotel Acapulco Continental; vista aérea.
Acapulco, Guerrero.

 

 



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Hotel Hilton (Guadalajara Continental) y edificio de oficinas; vista aérea.
Guadalajara, Jalisco.

 

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Fábrica de automóviles Automex; vista aérea
Toluca, México.

 

 

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Bodega de la fábrica de licores Bacardí;
Lechería, Estado de México.

 

 

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Capilla; vista aérea.
Cuernavaca, Morelos.