Prólogo

 

Acerca de la arquitectura
que estamos viviendo


Se me ha pedido mi opinión sobre la arquitectura contemporánea. Es difícil ser objetivo cuando se está, en la medida que corresponda, dentro de la misma sopa. Pero, aún corriendo ese riesgo, ahí va lo que siento hoy, y también lo que alguna vez sentí.

Cuando era estudiante, y durante un tiempo más, me parecía asistir a uno de los más maravillosos acontecimientos arquitectónicos presenciados a lo largo de los siglos: la definitiva consolidación, unos decenios después de sus primeras manifestaciones significativas, del estilo que reunía con mayor evidencia los más puros y verdaderos valores de la arquitectura.

No era extraño pensar así. Se nos formaba, precisamente, dentro del aprecio a esos valores, casi entendidos por nosotros como universales, y en la arquitectura moderna suponíamos la correspondencia perfecta con ellos. En otras palabras: se nos inculcaban unas ideas y de ellas idealizábamos una arquitectura que, a no dudarlo, sólo podría ser la de nuestro tiempo. Y si bien es cierto que observábamos que no todo se construía según aquellas ideas, la verdad es que creíamos que simplemente se trataba de necios que insistían en remar contra la corriente de la historia, pero que al fin serían arrastrados por ella.

Hoy no veo todo tan bello. Y no es que mi pensamiento haya cambiado radicalmente. Sigo admirando a los pioneros, por su valor y por su obra, y también por aquella postura inconscientemente romántica, aun en su supuesto rechazo a todo romanticismo. Quisieron ser pragmáticos y, en definitiva, no lo fueron. Tampoco rechazo ideas que me siguen pareciendo un buen fundamento para realizar una arquitectura sensata. No me parecerían ya tan generalizables, pero eso no importa mientras uno piense que son adecuadas a un correcto hacer y a una manera sincera de actuar. Ahora bien, lo que ya definitivamente no creo es que se esté dando ese fenómeno estilístico del que hablaba antes. No creo que estemos en uno de esos momentos en los cuales, aun dentro de la diversidad de interpretaciones, se tienda a una arquitectura motivada por una última voluntad común. No pienso, pues, que hoy exista, ni en lo universal ni en lo local, una auténtica corriente que dirija a lo arquitectónico hacia aquel punto en el que se encuentra con los ideales de la sociedad que lo construye. No veo el tal movimiento moderno si por un movimiento entendemos ir hacia algo. Y no lo veo, precisamente, porque tampoco veo ese ideal que identifique a los diferentes sectores capaces de motivar la producción de los arquitectos.

Es indudable que ese supuesto movimiento que aún llamamos moderno, produjo y aún produce obras de alta calidad. Pero quizá, como auténtica creación, no llegó más allá de la duración de la vida de sus primeras y más significativas figuras. Aquella arquitectura sucedió como reacción contra el eclecticismo, pero no lo superó; más bien se convirtió en otra manifestación más dentro de una producción arquitectónica que sigue siendo ecléctica y en la cual ha quedado incluida la arquitectura moderna, como proveedora de una forma más entre tantas formas posibles. Las circunstancias siguen siendo propicias a ello y lo que pienso es que, en la mayoría de los casos, eso que llamamos moderno simplemente ha sido adoptado por una sociedad que le da significado diferente del original. Y así sucede que tal arquitectura moderna, muchas veces, no lo es tanto por originarse en causas diferentes a las de las obras que copian el pasado, sino sólo por tener formas que no se asocian a gustos anteriores; sólo, en fin, porque parece novedosa. Y resulta que tales novedades proliferan, al igual que prolifera la reproducción de antiguos estilos —la mala reproducción, claro está— y aquello no siempre sucede por esas razones en las que aún creo ha de fundamentarse la arquitectura, sino, simple y llanamente, porque para vender la obra hay que aumentar el repertorio, mismo que a fin de cuentas, aún con toda su variedad, igual puede valer aquí que en cualquier parte. De vez en cuando se retoman formas, se abandonan otras, se inventan todas las que se pueden inventar y ¡el colmo!: como lo moderno ya tiene sus “clásicos”, se vuelven a reproducir éstos con el mismo espíritu que se reproduce cualquier otra cosa. Y aunque las técnicas no se hayan estancado, ello no siempre implicará su racional aprovechamiento, porque también sucede que tales formas “muy modernas” se manifiestan en la más absoluta incongruencia con su sistema constructivo.

En fin, que muchas veces este asunto de la arquitectura no difiere mayormente del de los dictados de la moda. Es cuestión de mercado y de acuerdo con sus solicitudes deben renovarse los productos. Pero como las casas no pueden cambiarse cada año, quizá un día —supongo que no muy lejano— se inventen fachadas intercambiables.

Y hasta aquí el lado negativo, pues por otra parte, también veo el positivo. Seguramente habrá quienes sigan haciendo buena arquitectura. Seguramente, porque hay escuelas que lo propician, habrá quienes afronten saludablemente el problema, con sencillez bien entendida, con el fin de crear un ambiente grato y amable, desprovisto de toda grandilocuencia, para que los humanos disfruten las casas y las ciudades. Yo creo que hay elementos suficientes como para lograr algo propio y que valga la pena, y ello sin ignorar nuestra real circunstancia. Desde hace años pienso, por ejemplo, en las posibilidades aún no explotadas de un material tan modesto como el barro y que sin embargo tiene tal y tan brillante tradición artesanal. Y no es que crea que todo deba hacerse de barro, ni que los problemas más apremiantes a los que ha de dedicarse la arquitectura puedan ser resueltos artesanalmente. Pero ahí están la tradición y la materia de donde pudiera desarrollarse, quizá, la industrialización de elementos tipificados para la vivienda. Y así podrían citarse cien posibilidades más. La historia demuestra que la arquitectura ni evoluciona a saltos ni se inventa de nueva cuenta, basta tratar de aportar un poquito a lo bueno que ya se haga. Y así suele suceder en todos los oficios. Lo que nos conviene, es recordar que lo nuestro también es oficio. ¡Ojalá así sea! Y si desde la arquitectura no puede cambiarse al mundo, al menos resistámonos a que la noción de arquitectura y la noción de servicio que ella debe prestar, no cambien demasiado.

 

José Luis Benlliure