La arquitectura contemporánea

 

El 20 de noviembre de 1910, apenas unos días después de la fastuosa celebración del Centenario de la Independencia, se inicia el movimiento que habría de transformar radicalmente a nuestro país. La Revolución fue la protesta por el estado de injusticia económica y social que había caracterizado a la época porfiriana; sobre todo en sus últimos años, se lucha por mejorar las condiciones de vida y las de la propia nación, cosa que paulatinamente se va alcanzando después de la lucha armada. En forma gradual se llega a un mejor equilibrio en todos los aspectos, mediante una explotación racional de los recursos y su progresiva nacionalización.

A partir de la Revolución surgen nuevos problemas urbanos, como consecuencia de la industrialización y del atractivo que las grandes ciudades ofrecen a los campesinos. Como resultado, las ciudades crecen sin plan definido, sobre todo en la periferia, donde se van aglomerando, en condiciones infrahumanas, quienes llegan de fuera con la ilusión de alcanzar un mejor nivel de vida, y que en muchas ocasiones viven peor que en sus lugares de origen. Aparecen entonces los innumerables problemas típicos de nuestra época: zonificación, abastecimiento, servicios, comunicación, etcétera. Resolverlos es una de las principales tareas del gobierno que, apoyándose en el urbanismo actual, debe enfrentarse a ellos en busca de una solución integral aunada a la de los problemas propiamente arquitectónicos.

Al concluir las luchas revolucionarias, la mentalidad se había transformado en una forma casi radical. La servil dependencia de lo francés se convierte en una afirmación rotunda de nacionalismo. Se vuelven los ojos, por primera vez desde la Independencia, a lo propiamente mexicano, ya no como curiosidad —así se había visto durante el porfirismo—, sino con la convicción de que las manifestaciones de mexicanidad son parte del propio ser nacional. Este sentimiento, que principia hacia 1920, aparece por igual en todos los campos, y en el de la arquitectura dará lugar a una serie de expresiones distintivas.

El nacionalismo se presenta con un carácter historicista. En realidad no hay diferencia por lo que concierne a la arquitectura que, a falta de poder creador, recurre a soluciones exóticas o de tiempos pasados, que en Europa se manifiestan durante casi todo el siglo xix, y en México se prolongan hasta la Revolución y aun después de ella. Pero es posible, dentro de ese sentido general historicista, distinguir un matiz que define a esta arquitectura; su búsqueda de una inspiración nacional, ya sea prehispánica o virreinal, es un historicismo que se debate en un ámbito muy estrecho, y cuyo error es pretender hallar solución a problemas contemporáneos con formas pretéritas.

Paralelamente a este sentimiento, y no pocas veces reñida con él, empieza a mostrarse, primero con gran cautela y después más abiertamente, la arquitectura de nuestra época, que significa una nueva aportación no sólo al lenguaje expresivo sino al criterio con que se enfocan los problemas arquitectónicos. En virtud de ellas se incorpora México al resto del mundo, a un estilo universal como en su época lo fue el barroco, dando un carácter propio a sus creaciones, mediante la solución de los problemas mexicanos y el uso de sus propios materiales.

Es necesario, para comprender la arquitectura mexicana de nuestra época, conocer el origen y las principales tendencias de la arquitectura contemporánea. Ésta se desarrolla paralelamente a los principales movimientos que tienen lugar en las artes plásticas desde el inicio del siglo xx, los que a su vez tienen una poderosa influencia sobre la arquitectura. El cubismo y el futurismo por una parte, y el expresionismo por otra, encuentran su correspondiente manifestación arquitectónica. Los dos primeros trataban de alejarse del naturalismo, sustituyéndolo por una abstracción, en la cual se presentasen simultáneamente distintos aspectos del objeto, cosa que en la arquitectura se logra mediante el uso de volúmenes geométricos simples, dispuestos de tal modo que se multipliquen los puntos de vista desde los que se pueden considerar. El expresionismo, por el contrario, no abstrae, sino que deforma el naturalismo para darle movilidad, de la misma manera que en la arquitectura se da ductilidad a los materiales, en busca de una plasticidad basada en el empleo de la línea curva y en la unificación del espacio interior y de la envolvente externa. A la larga ambos movimientos llegan a cristalizar en las dos principales tendencias que se manifiestan en la arquitectura contemporánea: la racionalista y la orgánica.

La tendencia racionalista tiene su exponente principal en el movimiento de la Bauhaus, fundado en 1919 en Weimar, obra de Walter Gropius, fundamental no sólo por su importancia didáctica sino por la trascendencia que tuvo en la creación del arte contemporáneo, y cuya influencia se extiende por todo el mundo. La Bauhaus busca una arquitectura racional, acorde con el espíritu y las necesidades de nuestra época, expresándose mediante el uso adecuado de los materiales actuales, y esta tendencia es la primera que se manifiesta en nuestro país como muestra de la época en que vivimos.

El organicismo se basa en la modulación del espacio interno, delimitado en forma libre, sin encerrarlo en ángulo recto o en formas “racionales”, sino tratando de incorporarlo a la naturaleza en la cual parece continuarse como un organismo. Esta tendencia llega a México más tarde que el racionalismo.

Una vez ubicados, por decirlo así, en el ambiente que respira la arquitectura en nuestra época, veamos cómo se interpreta en México. Pero, antes de entrar de lleno a ella, trataremos de las manifestaciones historicistas que constituyen una expresión constante de la moda del día, en contraposición a la verdadera arquitectura, que se preocupa por la resolución integral de los problemas, y no exclusivamente por la forma, a la que el historicismo pretende dar un sentido falsamente nacionalista.

Esta corriente aparece, ya lo hemos visto, como una exaltación del espíritu mexicano que surge opuesto al afrancesamiento porfiriano y que, no encontrando expresión apropiada, busca refugio en las formas del pasado prehispánico o colonial, mal adaptados a necesidades radicalmente distintas a las que les dieron origen.

Pueden destacarse varias fases dentro de esta corriente. Una primera busca su inspiración virreinal, ayudada por el apoyo que en tiempos pasados le dieron las autoridades que, ingenuamente, creían que estas caricaturas del barroco ayudarían a conservar la fisonomía urbana de nuestra ciudad. Así, diversas zonas, principalmente el Centro, se cubrieron de edificios que interpretaban, no con libertad, sino con libertinaje, en un caos de elementos que nunca fueron comprendidos de manera cabal y se mal adaptaban a formas, proporciones y dimensiones totalmente diferentes de los modelos que se pretendían seguir. Desde luego que al principio el resultado fue más bien pintoresco, por el desconocimiento de lo que se imitaba, puesto que se mezclaban materiales y acabados que originalmente se habían usado en diversas regiones, sin mencionar elementos que se suponía que daban el carácter “colonial” a la obra: azulejos, pináculos, etcétera.

La reconstrucción del Edificio del Ayuntamiento, para adaptarlo a las oficinas del Departamento del Distrito Federal, fue uno de los primeros ejemplos de esta tendencia. Destruyendo todo lo original y creando un edificio producto más de la fantasía que de la inspiración en el barroco, fue también el primer paso en la modificación de la Plaza de la Constitución, la que se alteró en cuanto a las proporciones de todos los edificios que la rodeaban, modificando su escala y, naturalmente, el espacio urbano. Más tarde, al construirse el edificio del Hotel Majestic, en 1925, y agregar un piso al Palacio Nacional, en 1926, esa transformación fue rotunda. Merece especial mención esta última obra, porque refleja fielmente la tendencia histórico-nacionalista a que estamos refiriéndonos. Lo existente se conservó con algunas modificaciones, pero el último piso, formado exteriormente por una galería de ventanas cerradas por arcos de medio punto, no sólo no se compone con lo original, sino que es una interpretación totalmente ajena a la arquitectura virreinal. Las últimas obras dentro de esta transformación fueron las de un nuevo edificio del Departamento del Distrito Federal, cuyo único mérito radica en repetir simétricamente la maza del antiguo respecto del eje de la Avenida 20 de Noviembre, calle también recién abierta, con lo cual se da verdadero equilibrio a esta parte de la Plaza. Al mismo tiempo, se modifican las fachadas comprendidas entre las avenidas Madero y 16 de Septiembre, que son un ejemplo de lo que no debe hacerse en arquitectura, principalmente en lo que se refiere a la del edificio que fue El Centro Mercantil, “colonializado” a la fuerza, despojado de sus elementos clásicos, con un resultado que sería risible si no fuera penoso.

Pero este brote de “nacionalismo” no sólo afectó al Zócalo. En muchas otras partes de nuestra ciudad aparecieron brotes de esta tendencia. La fuente de Chapultepec es un ejemplo característico; la obra no se limitó a conservar el monumento trasladado, sino que fue completada, “embellecida”, con elementos que no pretenden pasar por auténticos, sino ser más correctos que los originales.

Otra fase posterior de la misma tendencia aparece hacia 1935, y recibió el pomposo nombre de estilo “colonial californiano” a pesar de no ser ni lo uno ni lo otro. Surge primeramente en las Lomas de Chapultepec y más tarde en la colonia Polanco, donde es obligatorio construir en este —llamémoslo— estilo. Se trata en este caso de un “tradicionalismo” sin tradición: portadas con abigarramientos decorativos, tallados en cantera rosa, que era el material obligado y en ocasiones colado de cemento, contrastando con paños de muros en los que se abren vanos de las más caprichosas y absurdas formas, enmarcados con la inevitable decoración y el acompañamiento de bancas, fuentes y faroles, parte inseparable del “estilo”. Tuvo una enorme aceptación entre los nuevos ricos que encontraron en él una manera fácil de gastar el dinero que les sobraba y con la ostentación correspondiente. Tal vez dentro de los movimientos historicistas que hemos padecido ninguno ha sido más absurdo y abundante, ni tampoco más falto de tradición.

La tercera etapa de este fenómeno estamos viviéndola actualmente. Es la arquitectura hecha con despojos, que se conoce como “arquitectura mexicana”, y que es con respecto a la auténtica, tan legítima como los mexican curios. Yo la llamo Mexican Tourist Architectural Style. También hoy el tener una “casa mexicana” es el ideal de los nuevos ricos, como antes lo fue el dichoso “colonial californiano”. Es sintomático que esta arquitectura sea la predilecta de las tiendas que han proliferado recientemente y que se dedican a la venta de “artesanías” falsificadas. En algunas ocasiones, tratando de llegar a más elevados niveles, se adopta para “restauraciones”, verdadera antología del gusto más depauperado, pero al más alto costo que puede encontrarse hoy en día.

Una cosa sumamente grave puede descubrirse en esta moda: por hacer sus construcciones con base en elementos que se toman sin discriminación de edificios ya existentes, ha contribuido poderosamente a la destrucción de nuestros monumentos. Quienes se dedican a ella recorren los viejos pueblos y ciudades de provincia, comprando elementos aislados o conjuntos arquitectónicos, y al desmembrarlos causan su ruina y su pérdida irreparable. De esta manera, no solamente significan un atentado contra la arquitectura, sino también, y esto es lo más grave, un crimen contra nuestros monumentos.

También se da el caso de reproducir en concreto armado y a escala gigantesca, elementos con formas de la arquitectura barroca novohispana, como por ejemplo bóvedas de cañón corrido “poblanas”, con claros hasta de 20 metros, lo que aparte de ser infantil, destruye el valor cultural de la arquitectura convirtiéndola en escenografía para solaz de nuevos ricos. Se completa el “origen poblano”, recubriendo el intradós de la bóveda con ladrillo y se apoyan en gigantescas trabes de concreto armado y recubiertas con triplay para dar la “impresión” de vigas de madera.

Más reciente aún es la funesta moda de construir en “estilo provenzal”, particularmente en nuevos fraccionamientos donde se venden casas pagables a largo plazo. Se aplican sistemas constructivos tan absurdos con formas “francesas” como mansardas o balaustradas coladas en concreto y recubiertas de teja, carpintería de moldurajes complicados, etcétera, fabricados de pacotilla, en los que se trata de recordar las magnificencias que sus dueños vieron en su último “tour por Europa” y que desgraciadamente, por falta de preparación y de sensibilidad, no les refinó el gusto, pero eso sí, al deambular por el interior de sus “casas provenzales” les procura el falso placer de sentirse en los castillos del Loira.

El historicismo también se ha manifestado en las formas prehispánicas. Arranca de los pabellones para las exposiciones y el Monumento a Cuauhtémoc, del que ya hablamos al referirnos a la época porfiriana, y tiene su culminación en obras como el Monumento a la Raza, uno de los más colosales absurdos que se hayan construido en México: una pirámide de concreto armado y bloque de vidrio que soporta el águila que habría de coronar el Palacio Legislativo, y que últimamente ha quedado convertida en fuente, para llegar al máximo de la “perfección”.

Por último, citaremos una serie de obras que corresponden a los mismos conceptos historicistas pero que se manifiestan mediante las más diversas formas. Uno de los más interesantes en este aspecto es la Iglesia Sabatina, cuyo estilo, tal vez, es producto de una deducción de lógica incontrovertible. Si se trata de una iglesia dedicada a la Virgen del Carmen, debe inspirarse en alguna obra dedicada a la misma advocación; entre ellas, una de las más famosas es la que hizo Tresguerras en Celaya; por ello, lo indicado es que se le parezca. Así, las portadas recuerdan a las neoclásicas de Tresguerras, que a su vez se parecen a las barrocas de Borromini, sin que esto implique que en el resto del edificio haya que seguir el mismo estilo. En otros casos, como el del edificio que alberga las bombas del sistema de Lerma, se combinan recuerdos prehispánicos, como el Tláloc de Diego Rivera, con simplificaciones modernistas del panteón de Agripa en Roma.

Dejemos aquí todos estos ejemplos de lo que no es arquitectura, dignos de ser tomados en cuenta porque reflejan el sentir de épocas con gusto indefinido e indeciso, para hablar de lo que verdaderamente se expresa de acuerdo con el tiempo en que vivimos, la legítima arquitectura contemporánea. Su aceptación no fue fácil al principio. Pesaban demasiado las tradiciones francesas y los nacionalismos, y fue vista con indiferencia unas veces y otras con franca antipatía, pero a la larga ha logrado imponerse como fiel expresión de nuestra época. Primero se adoptó solamente lo externo de la nueva arquitectura: lo útil y lo simple, y así se crean obras que se considera que pertenecen a su época sólo por no tener ornamentación, y en las cuales se ensayan los nuevos procedimientos constructivos que, aunque empezaron a usarse en la época porfiriana, no se generalizan hasta los años cercanos a 1930.