La arquitectura en el siglo XIX
y en el Porfirismo

 

El neoclasicismo, bajo cuyo signo se presenta la arquitectura en México desde el último cuarto del siglo XVIII, no se extingue con la consumación de la Independencia. Por el contrario, convertida en un símbolo de la autonomía nacional, y enfrentado al valor que recordaba la época colonial, perdura considerablemente como representativo de la nacionalidad nueva. Sin embargo, esta segunda etapa no es, ni con mucho, tan fecunda como la primera, por la ausencia de arquitectos notables y, principalmente, por el escaso propósito de construir en los primeros años después de la Independencia, no propicia para la creación arquitectónica, ya que los problemas de carácter político ocupan el primer plano de la atención. A pesar de ello, nuevas necesidades requieren edificios apropiados, como el de la Cámara de Diputados, que se levantó, poco después de proclamada la República, en la parte posterior de Palacio Nacional.

Pero estos edificios son raros en esta época y, prácticamente, de 1821 a 1838, fecha en que llega a México Lorenzo de la Hidalga, la personalidad más interesante en la arquitectura en el lapso comprendido entre la Independencia y la caída del imperio de Maximiliano, la actividad constructiva sufre un receso, reflejo de las condiciones por las que atraviesa el país recién liberado e inexperto aún, que es apetecible botín para naciones extranjeras y campo de ambiciones personales o de grupo, hasta que con la Reforma se logra una estabilización que permite de nuevo el desarrollo de la arquitectura.

Ciertamente, esta época no es, como dejamos dicho, propicia para la arquitectura. Cortado definitivamente el sistema colonial, hay una total postración económica agravada por el desorden y el derroche de los reducidos medios disponibles. Las alternancias de federalismo y centralismo y la anarquía dan el signo de la época, situación extremada por la política expansionista de los Estados Unidos, que hace a nuestro país víctima de la pérdida de inmensos territorios en 1847.

Después de esta fecha no se mejora la situación general. Las luchas entre conservadores y liberales, la Reforma y el Segundo Imperio hacen que continúen las mismas condiciones: de este tiempo no es posible encontrar sino manifestaciones arquitectónicas aisladas, sin conexión estilística entre ellas y que repiten constantemente las mismas soluciones. Si la arquitectura de una época es el reflejo más fiel de la cultura en que se produce, la escasez de obras de importancia en este periodo nos da la medida de la situación.

Más bien se destruye que se construye: continúa la sustitución de retablos barrocos por neoclásicos, cada vez más abundantes y de peor calidad. Con yeso y pintura se trata de imitar mármol y, con purpurina, el oro. Pero el deseo de hacer manifiesta en forma visible la Independencia obliga a eliminar todo cuanto recuerde a España, y se destruye sin misericordia, sin hacer caso del valor, ya no artístico, sino ni siquiera intrínseco, de las obras barrocas recubiertas de oro, decoradas con pinturas de mérito. A ese grado llega el desprecio por estas manifestaciones, que se consideran como de un arte bárbaro, “gótico”, como alguna vez fue calificado el Sagrario Metropolitano.

De la misma manera, y por idénticas razones, se ordena raspar los escudos de las fachadas. En la República no tenían cabida las ostentaciones de los nobles, y mucho menos la afirmación plástica de la soberanía española que significaban los escudos reales, y con ellos se perdió la integridad de muchas portadas, tanto civiles como religiosas, ya que no fueron sustituidos sino dejados en blanco los espacios que ocupaban.

Este estado de cosas, en que la atención se dedicaba preferentemente a borrar toda relación con España, dura hasta que, sin haberse recobrado la tranquilidad, se suaviza la acción destructiva. En este momento es cuando la personalidad de Lorenzo de la Hidalga, arquitecto español a quien ya nos hemos referido, se impone, pues desde su llegada en 1838 se convierte en el arquitecto oficial, lo que quiere decir que, de hecho, casi todo lo que se construye entonces y principalmente las obras patrocinadas por el gobierno, es de su mano.

Aunque construyó mucho Lorenzo de la Hidalga, casi nada se conserva de él. Los deseos renovadores y la ampliación de calles cuando empieza el crecimiento de la ciudad capital, lo destruyeron todo, salvo la Capilla del Señor de Santa Teresa, adyacente a la iglesia del convento del mismo nombre y en la que se había reconstruido la cúpula derribada por un terremoto, y tal vez la casa que, aunque bastante deformada, aún subsiste en la esquina de las calles del 16 de Septiembre y Palma.

Todas las demás obras de De la Hidalga las conocemos sólo por referencias o por grabados del siglo pasado que dan una pálida idea de la calidad de este arquitecto. Construyó el Teatro Nacional, originalmente llamado de “Santa Anna”, que cerraba la actual Calle del 5 de Mayo a la altura de la de Bolívar, derribado por la apertura de esa calle. Debió ser una obra magnífica, con capacidad de tres mil espectadores, aparte de una serie de dependencias secundarias y un gran vestíbulo. Tal vez sin exageración este teatro fue tenido como la máxima obra arquitectónica del siglo pasado en nuestro país.

También construyó De la Hidalga el Mercado del Volador, en el lugar ocupado hoy por el edificio de la Suprema Corte de Justicia, e inició el Monumento de la Independencia en la Plaza Mayor, obra que no pasó del Zócalo, que a la larga dio su nombre popular a toda la plaza, y aun a las plazas principales de muchas poblaciones de provincia, siempre atentas a seguir el ejemplo, malo o bueno, de la capital.

Antes de referirnos a la Capilla de Santa Teresa, única obra subsistente de De la Hidalga, haremos mención al Ciprés, o altar mayor de la Catedral, que él levantó para sustituir al de Jerónimo de Balbás, mandado destruir por el propio cabildo catedralicio. Aunque no de tanta calidad como el de Balbás, culpable tal vez del crimen de ser churrigueresco, imperdonable en esa época, el nuevo ciprés era una buena obra neoclásica; fue destruido y no hace mucho, en 1943, también por decisión del cabildo.

La cúpula de la Capilla del Señor de Santa Teresa, es una obra magnífica, plenamente representativa de su época. Reemplaza a la original de González Velázquez que fue destruida por un terremoto. Se levanta sobre un alto tambor, el cual a su vez soporta otro más pequeño que recibe la media naranja. Al interior, se evita la huida del espacio vertical mediante un segundo casquete anular, procedimiento renacentista que fue copiado por el neoclasicismo. Es la más esbelta de la ciudad capital y, con las de Loreto y la Catedral, la de mayor dimensión. Resulta curioso que donde abundaron las cúpulas barrocas, las más importantes sean neoclásicas.

En 1852 llegó Javier Cavallari como profesor de la Academia de San Carlos, donde varios años antes enseñaban profesores europeos y se enviaba a Europa, para perfeccionarse, a los mejores alumnos. Cavallari ejerció profunda influencia desde la Academia, no sólo a las luces de la mera enseñanza, sino abriendo el camino a la técnica que por entonces se estaba transformando con gran rapidez. A él se debe la fachada de San Carlos, tal vez la primera que se hace en México con el sentido historicista que más tarde alcanzaría el magnífico éxito que llega hasta épocas posteriores de la Revolución. Resulta exótica y en su época debe haberlo parecido más esta fachada, que convirtió la venerable Academia en palacio florentino renacentista.

Esta obra es capital como iniciación de una nueva etapa, de influjos europeos en la arquitectura mexicana, principalmente franceses, ya que para entonces el neoclasicismo se había nacionalizado totalmente y en ocasiones aun abarrocado. Estos nuevos influjos franceses e italianos derivan del neoclásico, que totalmente academizado a su paso por la Escuela de Bellas Artes de París, domina en la arquitectura europea en forma simultánea con el historicismo, que alcanza más tardíamente a México.

El influjo francés llega principalmente por dos caminos: el primero, la Intervención, que tuvo como consecuencia el imperio de Maximiliano y trasplanta a suelo mexicano el academismo con todas sus fórmulas y tradiciones y el segundo, igualmente directo, el de los estudiantes que iban a perfeccionarse a Europa y, puestos en contacto con las mismas academias, asimilaron sus enseñanzas que después habían de practicar en México.

En forma casi simultánea, la aplicación de las Leyes de Reforma abrió un nuevo campo a la arquitectura. La supresión de conventos y la apertura de calles a través de enormes solares, independientemente de la destrucción que significaron, permitieron el desarrollo arquitectónico al proporcionar terrenos dentro de los cascos urbanos, ya que aún no se iniciaba la expansión urbana que caracteriza a las épocas posteriores y que comienza con la apertura del Paseo del Emperador, convertido en Paseo de la Reforma al triunfo de la República; unión entre la ciudad y el Castillo de Chapultepec, majestuosa vía proyectada según los modelos urbanísticos franceses del Barón Haussmann, constituye la muestra más clara de afrancesamiento que en esa época se inicia.

Aunque no es, con toda propiedad, una obra arquitectónica sino urbanística, señala un punto de partida para las composiciones subsecuentes, a base de profundos ejes de composición y la ordenación de espacios abiertos de grandes dimensiones, cuyo origen podemos encontrar en los conceptos tradicionales de Francia. Estos comienzan a manifestarse en la época barroca, con las composiciones de carácter monumental, tan distintas de las que, como en Italia, en la sorpresa tienen el factor predominante, o de las españolas, ordenadas según ejes angulares, en forma acodada, como lo ha demostrado el notable arquitecto español Fernando Chueca Goitia.

El Paseo del Emperador llevaba en línea recta al Castillo, es decir, constituía un eje urbano al que debía supeditarse cualquier otro elemento. De esta manera se valorizaba al máximo la residencia imperial no sólo arquitectónicamente, sino también simbólicamente. Otra obra de esta época es el Teatro Degollado, de Guadalajara.

Dentro del siglo XIX, la época porfiriana representa un tercer periodo arquitectónico, mucho más importante que los dos anteriores, los que corresponden estilísticamente a las supervivencias del neoclasicismo, mismas que también podremos apreciar en esta última etapa, aunque ya no con un absoluto predominio.

Durante el largo periodo del gobierno de Porfirio Díaz el país alcanza una prosperidad que nunca antes había tenido. La economía, que hasta entonces estuvo en continua bancarrota, logra estabilizarse. La solidez de la moneda atrae a los capitales extranjeros y se inicia la industrialización, cosa que ya había tenido lugar en Europa con anterioridad, con todas sus consecuencias. Las comunicaciones alcanzan un gran desarrollo, conectan grandes regiones del país y facilitan el intercambio de productos agrícolas y mineros, lo que origina un auge semejante al del siglo XVIII en las ciudades mineras. Algunas, como Guanajuato, casi se reconstruyen en su totalidad durante esta época.

Al aumentar la producción y las comunicaciones también aumentó el comercio exterior y, con él, el contacto con los países productores más importantes, sobre todo con Francia, que en poco tiempo se convierte en el modelo que hay que imitar.

El campo, en contraste, casi no sufrió cambios en su organización. El sistema de haciendas, por el contrario, llega a su máximo, como reflejo de una vieja estructura social. Las tierras se concentran en unas cuantas manos; muchas pasan a poder de extranjeros, se pagan salarios ínfimos a los campesinos y cunde el descontento.

En las ciudades, como una consecuencia de la creciente industrialización, ocurre algo semejante. La explotación de los obreros en las fábricas y la negación de todos sus derechos, por parte de compañías muchas veces extranjeras, abren el camino a la revolución.

Pero mientras esto ocurría, en las poblaciones encontramos un reflejo de la belle époque europea, de la sociedad anterior a la Primera Guerra Mundial. La riqueza se concentra en ellas, y sus posesores, con los ojos puestos en el viejo mundo, tratan de vivir como en Europa. También en ese periodo la arquitectura es un reflejo de la cultura; por una parte el gobierno necesita emprender obras que resuelvan necesidades urgentes, cosa que se hace muchas veces en forma excesivamente dispendiosa, los grupos económicamente más poderosos levantan para habitar, o para su diversión, grandes edificios, mientras que en las poblaciones secundarias se trata de imitar, con las limitaciones lógicas y las consecuencias previsibles, lo que se hace en las grandes ciudades.

Corresponde esta época a un periodo de hondas transformaciones. No en vano se ha llamado al siglo XIX “El Siglo de las Luces”. La técnica alcanza un enorme desarrollo en todos los campos, y se abren nuevos caminos a una arquitectura que, desde el apogeo del neoclasicismo, no había encontrado expresión adecuada. Nuevos materiales, como el hierro, el cemento, el cristal, ayudan a que surja una nueva arquitectura cuando ésta necesita enfrentarse a la solución de nuevos problemas o debe dar un distinto enfoque, más acorde con los tiempos.

Conviene recordar, aunque sea someramente, las épocas en que empiezan a usarse los nuevos materiales. El hierro se empleó bajo la forma de fundición, el llamado “hierro colado”, a partir de mediados del siglo XIX. En 1830, Fontaine había hecho una cubierta de hierro y cristal para la Galería de Orléans del Palacio Real de París; en 1843 Henri Labrouste dirigió la construcción de la Biblioteca de Santa Genoveva de París, y en 1858 de la Biblioteca Nacional. En Inglaterra, John Paxton, en 1851, el Palacio de Cristal para la Exposición de Londres; John Nash sigue el camino, ya explorado a principios del mismo siglo, en el Pabellón Real. Algunos años más tarde, obras de gran audacia ponen de moda el nuevo material: el Salón de las Máquinas y la Torre Eiffel, para la Exposición de París, en 1889, marcan el inicio de una nueva época en la técnica constructiva de producción industrial, con elementos prefabricados, creados ex profeso para cada ocasión, como sucedía con el hierro colado.

El concreto armado es un poco más tardío. Sus primeros ensayos se remontan a 1850, cuando Lambert construyó una embarcación de este material que fue exhibida en la Exposición de París. Siguieron otros experimentos y en 1868 Monnier hizo de concreto un estanque. El camino al uso en la arquitectura de este material lo abrió François Hennebique, cuyo sistema constructivo, que patentó, se introdujo en México en 1902. Éste consistía en cimentaciones, apoyos, trabes y losas de concreto, muy similar a lo que es usado corrientemente hoy en día.

Ambos materiales tuvieron amplia acogida en México, en esta época, en el momento en que la concentración de riqueza permite los gastos necesarios para la edificación y se olvidan, al menos parcialmente, las tradiciones. Primeramente el hierro, usado al principio sólo para sustituir la madera en vigas que soportaban las techumbres, después en estructuras completas y luego el concreto, ayudaron a la arquitectura.

Un aspecto que favoreció la arquitectónica fue el auge de las “colonias”, nombre con el que desde un principio se conocieron los nuevos barrios. Aunque desde 1840 se habían iniciado (la primera fue la llamada “colonia francesa”, por haber sido habitada por franceses, situada entre Bucareli y el Mercado de San Juan), no fue sino hasta la época porfiriana cuando se generalizaron los nuevos fraccionamientos, consecuencia del aumento de población y el atractivo que la capital empezaba a tener ya entonces. Las “colonias” abrieron el camino a la ecléctica arquitectura porfiriana, al grado de que, durante el porfirismo, puede decirse, sin temor a exagerar, que se construyó tanto —o aún más— de lo que se había hecho durante el virreinato. Desgraciadamente, no se tomó en cuenta casi nunca la unidad urbana y cada nueva ampliación se hacía simplemente por yuxtaposición, causando esto los graves problemas que aún padecemos en este aspecto. Nunca hubo un plano regulador que mereciera tal nombre y se inició la época en la cual, detrás de la riqueza y la ostentación de los edificios, se esconden los graves problemas urbanos.

Pero refirámonos de nuevo a la vida de esta época, de la que hace un momento decíamos que tenía los ojos vueltos a Europa, y especialmente a Francia. Desde el segundo imperio se inicia la influencia francesa, que llega a su punto supremo en la época porfiriana. El París de la belle époque era la meca de la cultura, la capital del mundo. Y por ello, no sólo se estudia y reproduce lo francés, sino que la propia personalidad nacional cede ante el afrancesamiento general, que se impone hasta en los pormenores, ideas, costumbres, vestuario y lenguaje que llegan de París; la única educación admisible es la francesa, y esto en todos los niveles: se interna a las señoritas en colegios parisienses y los profesionales se preparan en las universidades de Francia. Quien no puede hacer el viaje, estudia en México en textos y con sistemas y maestros franceses. Los artículos de calidad son franceses, y quien no puede adquirir los originales se conforma con la imitación, siempre que ésta sea lo más fiel, ya que se considera, con mentalidad cercana al primitivismo, que la imagen conserva las propiedades del original. El idioma culto es el francés y llega a usarse hasta en documentos oficiales, olvidándose nuestra lengua.

Simultáneamente se pierde en forma deliberada y, como había sucedido, sin interrupción desde la llegada del academismo neoclásico, todo contacto con la tradición española, a la que se considera superada desde la Independencia. Todo lo que recuerde a la Colonia, recuerda a España y hay que eliminarlo de la flamante cultura. Para tener una idea de la importancia de estos conceptos basta con leer cualquiera de las obras de tratadistas del siglo pasado, que en forma unánime, sin pretender siquiera entenderlas, condenan las obras barrocas como algo bárbaro, retrógrado, símbolo de un tiempo felizmente superado. Es ésta una posición anticolonialista, alimentada por el odio a todo lo que recordase la dominación española y por el entusiasmo con que se acoge lo francés.

No significa esto que no haya brotes de nacionalismo inspirado en lo prehispánico, que empieza a imitarse, la mayor parte de las veces en forma absurda, ya que de hecho no se había estudiado científicamente el legado indígena, al menos por mexicanos. Tal vez, más que nacionalismo, sea esto historicismo, que derivado del romanticismo, perdura largo tiempo en México, cuando en Europa ya estaba en vías de ser olvidado como producto del pensamiento ecléctico, que en lugar de buscar nuevas expresiones acordes con la época creía encontrar el ideal y el carácter en diversas soluciones estilísticas preconcebidas y caducas: una iglesia no podía ser sino románica o gótica, porque, si no, no parecía iglesia, etcétera.

El prestigio francés se manifiesta igualmente en este aspecto: se importa una arquitectura ecléctica en la que todo tiene cabida, no sólo de tradición clásica sino aún lo más exótico, y para muchos arquitectos y hasta para el gobierno, el mérito no radica tanto en la fuerza creadora cuanto en la habilidad para adaptar formas extrañas a los usos de los edificios. Así vemos que, para representar a México en la exposición de San Luis Missouri, se proyectó un quiosco musulmán y para una escuela, lo mismo que para una delegación de policía, el estilo más indicado es el gótico. Pueden citarse multitud de ejemplos como éstos dentro de la arquitectura porfiriana, a pesar de que lo que la caracteriza en forma definitiva es la tendencia clasicista derivada de la Escuela de Bellas Artes de París descendiente directa de las Academias que se fundan en las postrimerías del Renacimiento y en las que se conserva el sentido, de lo clásico. Dentro de esta tendencia se realiza el mayor número de obras, sobre todo con destino residencial.

La era porfiriana, hacia sus postrimerías, se distinguió por emprender una serie de obras de carácter público o social. En los años cercanos a la celebración del Centenario de la Independencia se exacerba esta tendencia y gracias a ella surgen los edificios más típicos de la época, obra de arquitectos extranjeros, principalmente italianos; salvo la Columna de la Independencia, de Antonio Rivas Mercado, mexicano, pero educado en París.