La arquitectura religiosa

 

Consideremos ahora los edificios religiosos, que no son muy abundantes. Mal que bien, las iglesias barrocas cumplían su cometido aun siendo obras de la proscrita época virreinal, y esto, aunado al laicismo imperante desde la Reforma, impidió que se levantasen nuevos templos. Con todo, podemos citar tres en la capital: San Felipe de Jesús, La Sagrada Familia y el Buen Tono, y en provincia un fenómeno curioso: la Parroquia de San Miguel de Allende, de tendencias goticistas, salida de manos de un maestro de obras.

San Felipe de Jesús, previa la imprescindible destrucción de una capilla barroca, fue construido por Emilio Dondé en el atrio de San Francisco, en un estilo más o menos románico, que choca absolutamente con la fachada de San Francisco y que muestra un congestionamiento espacial que no es común en la arquitectura mexicana.

La Sagrada Familia se terminó después de la Revolución, pero se inició en 1910. También es románica, pero grandilocuente en comparación con San Felipe, y es uno de los últimos ejemplos de la tendencia historicista, pretendiendo revivir los estilos del pasado en lugar de expresarse conforme lo exigía la época. Su fachada es un fiel reflejo de la de San Agustín de París, igualmente de tendencia románica, pero con estructura de hierro aparente.

Dedicada a Nuestra Señora de Guadalupe, la Iglesia de El Buen Tono se conoce con ese nombre por ser de la fábrica que mandó edificarla en el solar de la Iglesia de San Juan de la Penitencia, nombre con el que se conocía el barrio en que se ubica, la cual también fue destruida. Es un edificio totalmente francés, falto de carácter religioso, con reminiscencias góticas, barrocas y aun bizantinas, colocado paralelo a la calle, por lo que sus ejes se solucionan como se explicó respecto a las iglesias de monjas.

La fachada de la Parroquia de San Miguel de Allende es de un maestro de obras, Ceferino Gutiérrez, quien, con la inspiración que recibió de una serie de tarjetas postales, convirtió la iglesia del siglo XVII en una aparatosa cuanto pesada torre gótica, ajena totalmente al espíritu urbano de la ciudad del Bajío.

Por último, y por tratarse de un caso especial, me referiré a la máxima obra del porfirismo, que no llegó a realizarse al impedirlo el estallido de la Revolución, y hoy convertida en el monumento a la misma; nos referimos al proyecto para el Palacio Legislativo. En 1897 se convocó a un concurso internacional para su erección, en cuyo fallo hubo no pocas irregularidades, siendo encargada la obra, por último, a Émile Benard. Éste diseñó un gran edificio clásico, coronado por una enorme cúpula que cubría la sala de pasos perdidos, es decir, que se levantaba como un elemento simbólico sobre un lugar accesorio. Se llegó a construir toda la estructura metálica, cuyo peso fue mayor que el que podía soportar la cimentación, y empezó a hundirse de inmediato. Esto, y la Revolución, hicieron que se suspendiese la obra y que más tarde se demoliera todo, exceptuando la cúpula, cuya estructura se convirtió en el Monumento a la Revolución.