Múltiples son las cuestiones por dilucidar acerca de las particularidades de la pintura mexicana de los primeros cincuenta años transcurridos en este siglo. A pesar de la dificultad de tal labor, no deja de ser sorprendente que sean pocos los especialistas que se hayan abocado a su estudio. Los textos accesibles resultan escasos, incluso los que abordan la materia con profundidad.1 Como en la mayoría de los trabajos de esa envergadura, los resultados son más o menos discutibles, debido en parte a la falta de investigaciones parciales al respecto y a la misma complejidad del tema. La estructura de este escrito abandona la común y aceptada tesis de subdividir en generaciones a los artistas, por considerarla un criterio relativo que no se atiene a los hechos concretos. Por ejemplo, a un pintor como Tamayo (1899) habría que colocarlo estrictamente en la generación de los artistas nacidos a fines del siglo pasado como Siqueiros (1896). Su etapa formativa correspondería a la de los muralistas que firmaron el “Manifiesto del Sindicato” y aún a otros posteriores como a Jorge González Camarena (1908) o Juan Soriano (1920). Pero si nos atuviéramos a su época de madurez —en el sentido de que alcanzó su estilo propio—, habría que agruparlo entonces, con aquellos 20 y 30 años posteriores a su fecha de nacimiento como le correspondería.

En el presente ensayo se encontrará un panorama general de la Pintura Mexicana dentro de una estructura que procura facilitar, a grandes rasgos, el conocimiento de los asuntos primordiales. Es un folleto de divulgación. No se encontrará un enlistado de pintores, pues los directorios resultan inútiles y aburridos; sino capítulos que marquen los acontecimientos medulares de un desarrollo artístico que se independizó de ese constante afán de seguir corrientes o técnicas ya superadas en Europa, pero en boga en México a lo largo de casi cien años.

Era necesario en el arte, como en toda la cultura, un rompimiento con un atavismo proveniente de nuestra separación política de España. Buscar cauces artísticos propios que respondieran a nuestra idiosincracia —que no era ni prehispánica ni española—: mexicana. Romper con los lineamientos de la dominante cultura eurocentrista (para la que continuamos siendo un país periférico) a la que se vio todo el siglo XIX como un modelo digno de imitarse. La dificultad básica consistía en encontrar formas o manifestaciones nuevas que conservaran nuestra herencia dual histórica, lo indígena y lo hispánico, con autenticidad; abandonando la manida idea de que nuestra cultura se formó a partir de esos dos únicos componentes. Para integrar nuestro concepto de patria, intervinieron muchos otros factores de la civilización occidental que no fueron necesariamente ibéricos o indígenas. Es el caso de las innovaciones artísticas que influyeron en la pintura mural (Gauguin y el fovismo, Cézanne y el cubismo) que implicaba asimilar elementos del arte primitivo del Pacífico, del africano y hasta del racionalismo francés.

Una realista actitud, la de rescatar lo mejor de nuestro pretérito, sólo era posible por medio de una ruptura con las formas caducas del pasado artístico nacional. Las etapas que llevaron a realizar este deseo fueron las ideas y posturas de un grupo que fundaría el muralismo mexicano; el cual atrajo inmediatamente la consideración de los intelectuales y artistas de todo el mundo, sobre todo al extenderse por otros países americanos. Cabría preguntarse ¿cómo fue posible un movimiento de tal magnitud, en especial si las condiciones no parecían las más apropiadas? ¿Quiénes lo hicieron realidad? ¿Cuáles fueron sus consecuencias a largo plazo e inmediatas? ¿En qué puntos la reacción de nuestros compatriotas respondió a las aspiraciones de los muralistas?

Todas las manifestaciones artísticas, sea un estilo o movimiento, sea una obra o un artista, exigen siempre formas nuevas de ser comprendidas. Las referencias a las actitudes y trabajos de los artistas mexicanos de este período son intentos de interpretación contemporáneos, fruto de una postura crítica frente a sus ejemplos considerados más significativos, para así entenderlos mejor. No se encontrará ni un panegírico ni deseos de denigrarlos, simplemente valoraciones a la luz de enfoques y conocimientos históricos que no fueron posibles en el momento en que realizaron sus pinturas. Tampoco se encontrará un inventario, sino un análisis genérico de su labor tanto mural como de caballete.

De las pinturas que se realizaron pueden establecerse diversas vías para su apreciación: aspectos técnicos —formales, evolución de su estilo personal, lectura explicativa de motivos, interpretaciones alegóricas o simbólicas, confrontación forma-contenido, revisión de los particulares cambios en su pensamiento, examen de la ideología de las imágenes que proponen, comentario de sus aciertos estéticos, significado social de sus obras, sondeos del material del inconsciente, investigación de las influencias que conforman su pintura. No sería posible abarcarlas todas y se notará, de inmediato, el tipo de comentario que se sigue.
 



1 Tres son las obras serias al respecto: de Justino Fernández, Arte Moderno y Contemporáneo de México, México, UNAM, 1952, 521 págs. y La Pintura Moderna Mexicana, México, Pormaca, 1964, 211 págs. De Raquel Tibol, Arte Mexicano, Épocas Moderna y Contemporánea, México, Hermes, 1969, 439 págs.