Estos primeros cincuenta años de evolución pictórica, fueron una lógica consecuencia de los ideales que se manifestaron en el México independiente a lo largo del siglo XIX. Sus catalizadores, los movimientos sociales surgidos de las reivindicaciones políticas, concretadas en la revolución de 1910. El transformar los medios y el concepto de arte provocado por las modernas técnicas empleadas en pintura, la asimilación de los aportes de las vanguardias artísticas europeas y el rescate de la pintura mural, fundados en los intentos de cambio social y político, engendraron los principios de una nueva estética nacional entre los pintores de nuestro país.

A lo largo de la historia del México independiente, la pintura cobró preponderancia sobre las otras artes, debido a la disociación que existía entre los productores que respondían a necesidades concretas de la burguesía que los patrocinaba, y a las masas populares. Carecía de un amplio propósito que incluyera a todos los habitantes del país y respondía no a un programa orgánico, sino a supuestas cuestiones como el prestigio de sus impulsores o a una mera finalidad ornamental. La disposición paternalista del estado reforzó la actividad artística en general —y pictórica en particular—; en su conjunto, se destinó a satisfacer los gustos de las clases altas así como a la supuesta finalidad de asemejarse a la europea (que era la meta por alcanzar), fue, además, una respuesta a planteamientos de una crítica de las artes idealista y bien intencionada frente a la contradictoria realidad de la nación. Por eso, aquellos que penetraron con mayor lucidez estos problemas, asignaron a las artes plásticas una misión educativa de importancia y hasta la de procurar presentar temas, tipos o costumbres nacionales; antagónicos a otros, que imaginaban servían aún para expresar sentimientos religiosos o de mera índole decorativa.2

El nacimiento de México a la vida independiente no cambió radicalmente ni el estado de explotación y de miseria de las mayorías ni la dependencia cultural de nuestro pueblo, que continuó siguiendo lo que se creían patrones redentores europeos. Nuestro afán de modernidad renegará de lo peninsular para aliarse a otras influencias. La paz del porfiriato no modificó tales condiciones; al contrario, aceleró con el inicio de las concesiones a los extranjeros, la entrega económica al imperialismo, al igual que ejerció la represión en contra de campesinos y los incipientes grupos de obreros. Cada vez más ficticio, el estatus del país se debatió entre la miopía de un grupo y el descontento popular que cristalizó primero en huelgas, protestas y revueltas, hasta desembocar finalmente en el movimiento armado. Muchas de las demandas revolucionarias que se dirimieron en la lucha fueron incorporadas a la Constitución de 1917; pero lo más importante fue el cancelar modos de pensamiento decrépitos, el nacimiento de actitudes que implicaban el mejoramiento de las circunstancias de vida y un deseo de renovar, de modificar la cultura. Ese interés por “estar al día”, que mantuvo la vista en los países de Europa, hizo manifiesta la escisión entre nuestras peculiares características y el anacronismo de tal atadura. Su consecuencia inmediata fue el cuestionamiento de las bases sobre las que deberían fundarse las tareas culturales. En todos los terrenos surgieron respuestas contestarías a las posiciones del pasado.

Coincidente con el cambio de siglo, se efectuó una gran actividad en todos los aspectos de la cultura. Bajo el dictador Díaz, se produjo un desarrollo económico apreciable y que no se había logrado desde la Independencia. En parte era un fenómeno de crecimiento a escala mundial. En México acentuó los desniveles sociales, lo que provocó una intensa actividad reivindicatoria que se iniciaría en el campo de la cultura, pasó al del arte y, finalmente, alcanzó a la política misma.

El inicio de la Revolución de 1910 careció de un programa realista sobre los cambios sociales, culturales necesarios para la totalidad del país. Fue un programa político el que logró aglutinar el descontento popular y, en sus diversas etapas, surgieron las propuestas trazadas por las múltiples facciones e intereses conflictivos que terminaron, lógicamente, por combatirse. En esencia, se buscó repartir la riqueza, limar las desigualdades, garantizar los derechos elementales, como en las otras grandes guerras fratricidas: las revoluciones de Independencia y de Reforma. Lucha que en ese largo lapso maduró las ideas y propuso las modificaciones para transformar la enferma sociedad mexicana.

En el arte, la inconformidad era contra los métodos anticuados de enseñanza y el tipo de artistas que se formaban ahí. Los egresados de la escuela de Bellas Artes (la antigua Academia), interpretaban los intereses de un grupo minoritario, que por ello los cultivaba y les ofrecía honores y preseas. Los tiempos no se prestaban a mediatizaciones por el alto nivel de politización de los estudiantes; además de las presiones sociales que respaldaba un arte representativo de todo el país y no de una clase, por ello permaneció cerrada en varias ocasiones. Los artistas “fin de siglo” como Ruelas, Clausell, o Romano Guillemín no servirían de transición; porque, el primero gozaba sólo del favor de un círculo que deseaba ver en su postura simbolista, en su aferrarse a las técnicas pretendidamente modernistas, que en realidad no era sino virtuosismo, a un artista que reflejaba sus gustos con elegancia, en lugar de esa clara evasión de los proble-mas de su momento histórico concreto, el México de 1900. Respecto al empleo de corrientes como el impresionismo o el divisionismo de Clausell y Guillemín, no resultan de inferior anacronismo por ser menor el número de años de retraso. Su boga en México ignoraba que se había cancelado ya como vanguardia en ese tiempo.

El indigenismo historicista del pasado siglo, que fue en su momento un reflejo de la consolidación de la ideología de liberalismo, típica “filosofía burguesa”,3   culminó en los temas (edificios coloniales, frutos del país, objetos artesanales) y procedimientos modernos (luminosidad, soltura del pincel, empaste rico) de Saturnino Herrán. Artista al que puede situarse como un verídico antecedente que recoge la tradicional identificación del paisaje, los tipos, las costumbres y el folclor (pues en ese orden histórico se presentaron) con la mexicanidad. Es la culminación de todos los romanticismos pictóricos del siglo XIX desde la vertiente temática, y no obstante de relativa vitalidad reformadora.

Para el nacimiento de una pintura fielmente mexicana que respondiera a las condiciones precisas de la evolución de nuestra sociedad, es la determinante influencia no de un pintor o de una corriente pictórica, sino de un notable grabador que encarna en su obra un aliento renovador en el concepto de la función del arte: José Guadalupe Posada. Es por su radical postura crítica frente a la realidad social, estética; su evidente carácter popular en el sentido de arraigo en las masas; facilidad de comunicación visual (de lectura) al encontrar eco en ellas y plantear con un lenguaje llano las vicisitudes inexploradas del acontecer diario de nuestro pueblo; quien marcará con su afán innovador y su apego a las causas populares, el pensamiento de los principales propulsores de un movimiento plástico nacionalista.

Se han querido ver antecedentes del muralismo mexicano en la pintura mural de los pueblos indígenas precortesianos (teotihuacanos, mayas, zapotecos); en la ornamentación de los muros de iglesias y conventos de la arquitectura novohispana del siglo XVI; en la pintura academicista del siglo XIX. Respecto a nuestros antepasados indígenas no deja de ser un idealismo, ya que en los años veinte era casi desconocido en su totalidad este importante género pictórico, consecuencia de los insuficientes descubrimientos arqueológicos. En lo que se refiere a la decoración mural de los edificios religiosos, en esa fecha aún no se conocía la importancia y la extensión, como tampoco los grandes ejemplos conventuales. Los anhelos por revivir la pintura mural en el siglo XIX son un legado del prestigio de esas composiciones en el Renacimiento italiano —considerado la etapa culminante en la historia del arte— heredad común a todas las naciones que integran la llamada civilización occidental.

Muy conocidos son los intentos por recobrar ese prestigioso género pictórico en el siglo XIX; Delacroix, Puvis de Chavannes, en Europa. Juan Cordero es en México el único que puede citarse con justicia, por haberse apartado de la temática religiosa en un mural alegórico de la doctrina positivista: Triunfos de la Ciencia y el Trabajo sobre la Envidia y la Ignorancia, en la Escuela Preparatoria de Barreda, principal difusor del positivismo en el país. Los antecedentes directos residen en la actividad de dos grandes artistas (el Dr. Atl, Francisco Goitia) y en las confluencias de dos corrientes de actividad que pugnaban por instaurar la pintura mural y, que al unirse lograrían una verdadera revolución artística.4




2 Vid: Ida Rodríguez Prampolini, La Crítica de Arte en México en el siglo XIX, México, UNAM, 1964, 3 vol. (Estudios y Fuentes del Arte en México).
3
Tanto los miembros de los partidos Liberal como los del Conservador, del siglo XIX, profesaban esa doctrina.
4 La actividad del Dr. Atl y José Clemente Orozco, en México, y el decisivo encuentro de David Alfaro Siqueiros y Diego Rivera en Europa, son esas dos corrientes a las que se alude.