A los escritos de J.C. Orozco se les ha otorgado más crédito que a su propia obra. Es falso que careciera de una profunda conciencia social y lo probarían la temática de sus trabajos: caricaturas políticas, anticlericales y, en especial, el hecho de haber cubierto sus primeros murales en la Escuela Preparatoria (abstracciones simbólicas) con temas que reflejaban los acontecimientos de su momento, al haberse ligado estrechamente con el espíritu de sus colegas. Quizás fue una actitud revolucionaria de otro orden, pues dirigió su rebeldía a labores pictóricas que tenían, para él, un profundo significado de denuncia, de acentos expresionistas que mantendría toda su carrera. Un índice de las materias que pintó podría resumirse en: ataques a la corrupción social, la demagogia, la miseria moral, la angustia, el dolor y la tragedia que impregnan la vida. Si su postura no se mantuvo constante se debió a la desilusión y a un cierto matiz anarquista de su personalidad.

En la Escuela Nacional Preparatoria (1922-27) sustituyó “asuntos filosóficos” como El nacimiento del hombre, la lucha con la naturaleza, hombre cayendo y Cristo destruyendo su propia cruz; por temas revolucionarios, El nacimiento (que fue el único que conservó), La destrucción del viejo orden, La trinchera, La huelga, La trinidad (campesino, obrero, soldado) y Obreros peleando entre sí. Lo destacado es la adecuación a su tiempo, al darse cuenta del papel que representaba el movimiento como un rescate de los principios por los que lucharon los revolucionarios; por ello, en los corredores del primer y segundo piso, acentúa la exhibición de los aspectos más patéticos de la lucha y la pobreza: el adiós a sus familiares de los obreros que parten a la guerra, la corrupción del poder, la soledad del paisaje mexicano. En la escalera representó El Origen del Mundo Hispanoamericano (que es más bien, el nacimiento de la mexicanidad entendida como el mestizaje español-indio). Cortés y La Malinche lo presiden entre alegorías de esa simplista “fusión de dos razas”, de “dos culturas”,23 con la que siempre se ha pretendido explicar la complejidad de nuestras peculiaridades, que no obstante, resultan convincentes pictóricamente. Orozco ensayó los temas históricos y revolucionarios en la Preparatoria y algunos tableros son excepcionales. Su personal concepto del sacrificio de unos campesinos mexicanos, que mueren en el combate por obtener una mejoría social, a los que transforma por medio de una alegoría que recuerda a Cristo crucificado, le da a esta escena la significación de un homenaje a los hombres al inmolarse en aras de un ideal. Es por medio de las relaciones de los elementos en el muro: rifle en alto, hombres desfallecientes con los brazos abiertos, que el mural se convierte en un símbolo de la lucha ante la injusticia y en uno de los más conmovedores y dramáticos testimonios pictóricos del movimiento mexicano.

Catarsis, de 1934, en el Palacio de Bellas Artes es una demoledora prueba de sus convicciones sociales, y por lo tanto políticas, que anularían su declaración escrita con la que intentó confundir a (burlarse de) sus contemporáneos, específicamente de la burguesía reaccionaria que lo halagaba y llenaba de elogios por entonces debido a su aparente neutralidad y acriticismo político. Concebido como unidad —y lo es visualmente—, presenta un colosal enfrentamiento entre dos hombres, dos grupos, dos conceptos diferentes del universo. Es una masacre en la que surgen las armas del pasado y del presente —puñal, rifles, bombas— en la que se aprecian los restos de esa hecatombe, significados por la horrenda mujer que se ha rebajado al prostituirse, al obtener ganancias materiales de su cuerpo. De ahí su fealdad y la mordacidad con la que fue plasmada. Obra insolente, nada derrotista, deja un resquicio a la esperanza: el futuro de la humanidad no será como su pasado ni como el presente.

La monumental figura de don Miguel Hidalgo como iniciador de reivindicaciones aún no logradas, en el Palacio de Gobierno de Guadalajara, es otra prueba de constantes preocupaciones del artista por las contradicciones políticas. El acto incendiario del monumental personaje continúa en los muros. En el centro son los obreros con banderas rojas que luchan entre sí, posible producto de la desolación y el escepticismo que causaron en Orozco el enfrentamiento de las facciones comunistas (Stalin-Trotsky) y que parecían traicionar las causas populares. En el del lado izquierdo retrató el “contubernio entre el clero y el militarismo” y en el de la derecha hay una especie de circo político en el que payasos de todas las ideologías muestran sus insignias”.24 El desencanto aparece, en ocasiones, en las obras del artista jalisciense y por la época en la que vivió no es extraño, pero su ideal de aferrarse a “grandes principios” o personajes históricos, confundió en no pocas ocasiones a su público.

Partió de un anecdotario (La Conquista) para ofrecernos una acertada crítica al deshumanizado mundo mecanicista del presente en el Hospicio Cabañas. Obtiene de la antigüedad pretextos para realizar alusiones a la convulsa sociedad que se destrozaba (y se destroza aún hoy). Esa sociedad parecía ir hacia su fin, por lo que Orozco concibe un ascenso espiritual a través de la superación que significa la cultura. Esos hombres desnudos portadores de los adelantos científicos y artísticos culminan en el verdadero hombre que nace de su propio esfuerzo: “es el hombre el que escala la historia hasta encontrar la llama de su propio fervor universal; es el símbolo del contra-prometeo…”25 El hombre en llamas es una forma de expresar su confianza en la superación humana, ya que J. C. Orozco no alcanza a distinguir soluciones a esa serie de lacras sociales que señala. Los frescos de la Suprema Corte de Justicia de la ciudad de México (1941), son una burla de la actividad de magistrados y tribunales, del recinto mismo; son una fiel imagen de la justicia escarnecida, pero impotente para salvarla o descreído de que se pudiera hacerlo, describe con saña y un feroz sarcasmo las nefastas actividades que en nombre del derecho se efectúan en nuestra patria. Su fe en principios trascendentales lo hace concebir un rayo que castiga a los criminales. Probable que por ello, para la decoración mural de la Iglesia de Jesús Nazareno (inconclusa, 1942-44), se inspirara en asuntos religiosos, aunque el motivo original fuera la Conquista. Dios, ángeles y demonios se encontrarán al lado de símbolos apocalípticos: la prostituta de Babilonia, los jinetes del hambre, la guerra, la peste y la muerte, a los que actualiza con un maquinismo furibundo y bestial.

En estas cinco obras murales se ha intentado significar el poderío expresivo y la importancia de la pintura de J.C. Orozco. Sólo recordaré que en la New School for Social Research (New York, 1931), en la mesa de la fraternidad universal, el autor encaró el problema de la discriminación racial y el homenaje a líderes como Carrillo Puerto, Gandhi y Lenin. No existe, como puede comprobarse, apoliticismo en su concepción de la vida, aunque parte de su prestigio lo debe a su calidad de reformista. En sus imágenes se encuentra una ideología precisa: la equidad no es la que preside, después de todo, la realidad; sus ataques son no al sistema sino al gobernante; al poder, a la política en general. Por eso tiene más fama y es “mejor visto socialmente” a pesar de las atroces y despiadadas impugnaciones que contienen sus trabajos. Se le juzga menos peligroso sea porque su crítica que cronometra con un pasado histórico concreto (Maximiliano, los conservadores y el clero reaccionario en Juárez Redivivo, como lo bautizó Justino Fernández), sea que parezca abstracta (el maquinismo), o se equivoque intencionalmente su sentido al anotar una serie de estigmas existentes y que se cree, seguirán existiendo. No debe malinterpretarse la obra de Orozco, puesto que no es acrítica como gusta suponerse; en la mayoría de los casos se ha asimilado en aras de una rectitud ficticia y convenenciera. El autor jalisciense produjo excelentes ejemplares en retratos, alegorías históricas como la serie Los teúles, o religiosas: Cristo destruyendo su propia cruz. Lienzos, dibujos o grabados que unidos a sus caricaturas, muestran una sólida forma de interpretar el mundo. Rivera y Siqueiros proponen una salida: el socialismo. Por diversos motivos Orozco no lo hace, es uno de los móviles principales para que haya sido tan celebrado



23 Justino Fernández, La Pintura Moderna Mexicana, pág. 79.
24 Justino Fernández, op. cit., pág. 87.
25 Raquel Tibol, Arte Mexicano, pág. 288.