De los pintores que tuvieron una producción importante en el lapso estudiado, cabría mencionar por último, a Frida Kahlo. Fundamentalmente realista, la autora transmite su concepción del mundo a través de sus modelos, a los que convierte en personajes de una realidad controvertible y contradictoria, como son sus propios trabajos. Su notable agudeza para captar las peculiaridades de nuestro país en aquella época (El camión, 1929, Unos cuantos piquetitos, 1935), con particulares apreciaciones que reflejan tanto a los representantes de las diferentes clases sociales, como un apego consciente a determinados principios populares e ingenuos, cuya muestra más palpable se encuentra en algunas láminas de su diario como Alas rotas, Danza al sol. Frida Kahlo empleó elementos tradicionales como juguetes, figuras artesanales o detalles de ponerles rostros al sol y a la luna, vestigios intranquilizadores se aprecian en el tratamiento de sus naturalezas muertas. Enigmáticas facciones de rostros en los frutos e insólitos objetos y letreros: Viva la vida, Naturaleza muerta bien muerta, la de la bandera mexicana, la de 1951 y La novia que se espanta de ver la vida abierta.

Los productos artísticos de esta pintora que mayor consideración han merecido, son aquellos que esconden significación simbólica. De niveles desiguales, las pinturas y las imágenes de Frida Kahlo como Frida y la cesárea o El marxismo dará la salud a los enfermos, resultan fallidas, porque en el primer caso se queda en la mera presentación del hecho y, en el segundo no va más allá de la expresión de un deseo personal, una esperanza sin apoyo teórico. Sus Autorretratos son básicamente de dos tipos, los que nos cuentan lo referente a su cotidianidad (los de 1926, 29, 30, el de la trenza, el de los moños, el de los chomites, el del pelo suelto) y los introspectivos, en los que descubre su tragedia interior. La pintura de Frida Kahlo se acerca, en ocasiones, al arte fantástico más que al surrealismo. Aun cuando Bretón “la descubrió” y le hizo conocer sus teorías, al intentar aproximarse a esa suprarrealidad que le proponía como la única, no cambió la esencia de sus trabajos, que en gran medida pertenecen al realismo maravilloso.

Ese peculiar mundo que propone Frida Kahlo en sus lienzos no es mera invención, únicamente lo aparenta por inusitado. Parece imaginario, mas para ella era verídico. Su forma de pintar y de expresarse. Uno de sus más grandes valores es haber aprehendido plásticamente la morbosidad con la que se veía a sí misma —y no era para menos. Rescató estéticamente sus temores y los trágicos acontecimientos que vivió (La columna rota, La venadita, los dos Autorretratos de 1943, el de la Omnipresencia de Diego, o el de la Acechanza de la muerte); así como certezas admirables sobre nuestros orígenes (Mi nana y yo, 1937); respecto a la dualidad del ser (Las dos Fridas, 1939) o sobre la creatividad humana (Raíces, 1943).