El luchador

 

La lucha más vana
es luchar con las palabras.
Mientras tanto luchamos
mal rompe el alba.
Son muchas, yo solitario.
Algunas, tan fuertes
como el jabalí.
No me juzgo loco.
Si lo fuera, tendría
el poder de encantarlas.
Mas frío y lúcido,
aparezco y quiero
asir algunas
para mi aumento
en un día de vida.
Se dejan enlazar,
tontas a la caricia
y de súbito huyen
y no hay un mal presagio
y no hay crueldad
que las traiga de nuevo
al centro de la plaza.

Insisto, astuto
Busco persuadirlas.
Fingirme esclavo
de rara humildad.
Guardaré sigilo
de nuestro comercio.
En la voz, ningún amargor
de aversión o disgusto.
Sin oírme se deslizan,
continúan levísimas
y me vuelven el rostro.
Luchar con las palabras
parece sin fruto.
No tienen carne ni sangre…
Entretanto, lucho.
Palabra, palabra
(digo exasperado),
si me desafías,
acepto el combate.
Quisiera poseerte
en este descampado,
sin seña de uña
o marca de diente
en esa piel clara.
Prefieres el amor
de una pose impía
y que venga el gozo
de la mayor tortura.

Lucho cuerpo a cuerpo,
lucho todo el tiempo,
sin mayor provecho
que el de la caza al viento
No encuentro indumentaria
ni formas seguras,
es fluido enemigo
que me dobla los músculos
y se ríe de las normas
de la buena pelea.

Me eludo a veces,
presiento que la entrega
se consumará.
Ya veo palabras
en coro sumiso:
ésta ofreciéndome
su viejo calor,
otra su gloria
y su misterio,
otra su desdén,
otra sus celos;
y un experto amor
me enseña a disfrutar
de cada palabra
su esencia,
el sutil gemido.
Mas es ¡ay! el instante
de entreabrir los ojos:
entre beso y boca,
todo se evapora.

El ciclo del día
ora se concluye
y el inútil duelo
jamás se resuelve.
Tu bello rostro,
oh palabra, resplandece
en la curva de la noche
que me envuelve.
Tamaña pasión
y ningún peculio.
Cerradas las puertas,
la lucha prosigue
en las calles del sueño.