jorge-carrera-andrade-44.jpg Jorge Carrera Andrade
Breve Antología



Nota introductoria
de Vladimiro Rivas Iturralde


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Nota introductoria


Jorge Carrera Andrade nació en Quito, en 1903, y murió en la misma ciudad el 8 de noviembre de 1978. Es, con Gonzalo Escudero, Alfredo Gangotena, César Dávila Andrade1 y Jorge Enrique Adoum, uno de los mayores poetas ecuatorianos de este siglo, y el más conocido en el exterior.

De un modo distinto a la filosofía, el asombro está en la raíz de su poesía. Asombro no significa ahora sólo interjección. Para el poeta que me ocupa, asombro significa perplejidad ante la certidumbre del mundo exterior, mirada interrogante, método de trabajo. Poesía sin demonios, sin torturas de la conciencia, sin teatralidad, distante a la vez del sueño y de todo explícito afán de trascendencia, es, sin embargo, una de las más asombrosas y asombradas de la literatura latinoamericana de este siglo. En esta poesía del fulgor, de los tornasoles, todo es cierto. El mundo está afuera, resplandeciendo en formas y colores amaestrados por las inagotables y sorprendentes metáforas. No hay pensamientos memorables, nada hay entre el objeto visto y la mirada sino otro objeto. Festín de la claridad su poesía. Declara el poeta en la introducción a su libro Edades poéticas (Quito, 1958): "La luz contenía la clave de la existencia terrenal. Cada día era, en sí, el fruto de un combate en que la luz salía victoriosa de la sombra".

Independientemente del valor de cada uno de sus poemas, lo que más sorprende en Carrera Andrade es la unidad, claridad y consistencia de su obra poética, que se despliega, desde sus orígenes bucólicos y postmodernistas, como un solo gran poema de los dones, un solo gran inventario de los bienes terrenales, como crónica de las cosas, donde es la luz el verdadero ser. No podemos dejar de preguntarnos, al leerlo, cómo es posible tanta fe, tanta certidumbre, tanta claridad. "Las cosas. O sea la vida", escribió en uno de sus poemas.

La evolución poética de Carrera Andrade va estrechamente vinculada a sus desplazamientos por el mundo. Las partidas, los regresos, marcan los hitos de su poesía. A medida que viaja, su poesía se enriquece, se extiende. Carrera Andrade aprendió de los poetas franceses del primer cuarto de siglo, en especial de Francis Jammes, por mucho tiempo el santo de su devoción, y, por supuesto, de los hai-kú japoneses, cuyo espíritu estará presente aún en los poemas largos de la década del cincuenta. En estos años, precisamente, esta poesía cargada de amuletos de amor por el mundo empieza a nublarse, a sacudirse de incertidumbre. El poeta que había invitado a la dicha empieza a frecuentar las elegías ("Juan sin Cielo") y a plantearse cada vez más el mundo como un enigma. El poeta de la luz se plantea la sombra como tema, y el resultado es admirable. El mundo es una prisión, prisión terrena; está cerrado en sí mismo "como el sueño de una bellota" o como los cofres sumergidos de los piratas. Cuando este poeta de la luz descubre la sombra, logra sus mejores poemas.

Esta antología puede parecer extraña porque ha pro-curado, en lo posible, mostrar esos grandes momentos de la poesía de Carrera Andrade: aquellos en que des-cubre no sólo el objeto, sino el objeto y su sombra: luminosos poemas al polvo, a la sombra.

 

 

Vladimiro Rivas Iturralde
 
 

1Material de lectura, No. 22

 

 


 

 

El cielo y su sombra

 

Arquitectura fiel del mundo,
Realidad, más cabal que el sueño.
La abstracción muere en un segundo:
sólo basta un fruncir del ceño.

Las cosas. O sea la vida.
Todo el universo es presencia.
La sombra al objeto adherida
¿acaso transforma su esencia?

Limpiad el mundo —ésta es la clave—
de fantasmas del pensamiento.
Que el ojo apareje su nave
para un nuevo descubrimiento.

 


 

 

Polvo, cadáver del tiempo

 

Espíritu de la tierra eres, polvo impalpable
Omnipresente, ingrávido, cabalgando en el aire
cubres millas marítimas y terrestres distancias
con tu carga de rostros borrados y de larvas.

¡Oh, sutil visitante de las habitaciones!
Los cerrados armarios te conocen.
Despojo innumerable o cadáver del tiempo,
tu ruina se desploma como un perro.

Avaro universal, en huecos y en bodegas
tu oro ligero, inútil, amontonas sin tregua.
Coleccionista vano de huellas y de formas,
les tomas la impresión digital a las hojas.

Sobre muebles y puertas condenadas y esquinas,
sobre pianos, vacíos sombreros y vajillas
tu sombra o mortal ola
extiende su cetrina bandera de victoria.

Sobre la tierra acampas como dueño
con las legiones pálidas de tu imperio disperso.
¡Oh roedor, tus dientes infinitos devoran
el color, la presencia de las cosas!

Hasta la luz se viste de silencio
con tu envoltura gris, sastre de los espejos.
Heredero final de las cosas difuntas,
todo lo vas guardando en tu ambulante tumba.

 

 


 

 

Vocación del espejo

 

Cuando olvidan las cosas su forma y su color
y, acosados de noche, los muros se repliegan
y todo se arrodilla, o cede o se confunde,
sólo tú estás de pie, luminosa presencia.

Impones a las sombras tu clara voluntad.
En lo oscuro destella tu mineral silencio.
Como palomas súbitas
a las cosas envías tus mensajes secretos.

Cada silla se alarga en la noche y espera
un invitado irreal ante un plato de sombra,
y sólo tú, testigo transparente,
una lección de luz repites de memoria.

 

 


 

 

El visitante de niebla

 

Sepultura del tiempo:
dejé en ti mi cadáver de veinte años
bajo tierra de flores y amuletos
y cáscaras de días devorados.

Amuleto de amor fue la manzana,
amuletos la luz, la llave, él barco,
la gaviota y el pez, dispensadores
de una vida sin nubes, viaje mágico.

Le vestí a mi cadáver de estaciones
y sobre la guitarra del pasado
recliné su cabeza vendada de ciudades
lucientes como bálsamos.

Puse a su lado nombres de otras épocas,
los rostros ya de sombra enmascarados
y le dejé vivir su larga muerte
en un clima de lluvia, de maíz y caballos.

La tierra memorable cede ahora.
Joven mío, ¿no estás bien sepultado?
¿Tu mano es esta mano que se mueve
buscando entre las ruinas esqueletos de pájaros?

Visitante de niebla
venido de un país de fechas y retratos:
Te sientas a mi mesa nodriza y hortelana,
vestido unos instantes con mi traje de ocaso.

Fantasma familiar, compareces al punto
por un signo, una voz o una forma llamado.
Sólo un caballo y una rosa guardan
tu sepultura de años.

 

 


 

 

Inventario de mis únicos bienes

 

La nube donde palpita el vegetal futuro,
los pliegos en blanco que esparce el palomar,
el sol que cubre mi piel con sus hormigas de oro,
la ideografía de una calabaza pintada por los negros,
las fieras de los bosques del viento inexplorados,
las ostras con su lengua pegada al paladar,
el avión que deja caer sus hongos en el cielo,
los insectos como pequeñas guitarras volantes,
la mujer vista de pronto como un paisaje iluminado por un
relámpago,
la vida privada de la langosta verde,
la rana, el tambor y el cántaro del estómago,
el pueblecito maniatado con los cordeles flojos de la lluvia,
las patrullas perdidas de los pájaros
—esos grumetes mancos que reman en el cielo—,
la polilla costurera que se fabrica un traje,
la ventana —mi propiedad mayor—,
los arbustos que se esponjan como gallinas,
el gozo prismático del aire,
el frío que entra en las habitaciones con su gabán mojado,
la ola de mar que se hincha y enrosca como el capricho
de un vidriero,
y ese maíz innumerable de los astros
que los gallos del alba picotean
hasta el último grano.

 

 


 

 

Lugar de origen

 

Yo vengo de la tierra donde la chirimoya,
talega de brocado, con su envoltura impide
que gotee el dulzor de su nieve redonda.

Y donde el aguacate de verde piel pulida
en su clausura oval, en secreto elabora
su substancia de flores, de venas y de climas.

Tierra que nutre pájaros aprendices de idiomas,
plantas que dan, cocidas, la muerte o el amor
o la magia del sueño o la fuerza dichosa,

animalitos tiernos de alimento y pereza,
insectillos de carne vegetal y de música
o de luz mineral o pétalos que vuelan,

capulí —la cereza del indio interandino—
codorniz, armadillo cazador, dura penca
al fuego condenada o a ser red o vestido,

eucalipto de ramas como sartas de peces
—soldado de salud con su armadura de hojas,
que despliegan en el aire su batallar celeste—

son los mansos aliados del hombre de la tierra
de donde vengo, libre, con mi lección de vientos
y mi carga de pájaros de universales lenguas.

 

 


 

Tributo a la noche

 

Niegas, oh testaruda, lo que el día ha afirmado
y, después de su muerte, de las cosas te adueñas.
Tus sacos de carbón abarrotan sin término
la universal bodega.

Tu gran cuerpo de sombra en el mundo no cabe,
nebuloso animal nutrido de guitarras,
y distraes el tiempo de tu prisión terrestre
borrando los caminos y devorando lámparas.

Entras a todas partes, habitante del cielo,
y te instalas sin ruido entre nosotros
o te quedas mirándonos detrás de las ventanas
con tus tiernos ojillos eternos y remotos.

Caminante puntual, nodriza de campanas,
vas metiendo en tu fardo los seres y las cosas.
Me ofreces tu enlutado palacio, y me reclino
en tu almohada de sombra.

 

 


 

Aquí yace la espuma

 

La espuma, dulce monja, en su hospital marino
por escalones de agua, por las gradas azules
desciende hasta la arena con pies de luna y lirio.

¡Oh Santa revestida con vellones de oveja!
Les dan una final cura de cielo
a las rocas heridas tus albísimas vendas.

¿De dónde tanta nieve caminante,
tantas flores saladas
y despojos de cirios y camisas de ángeles?

¡Oh monja panadera! De cristalinos hornos
fríos de eternidad, sacas infatigable
tus grandes panes blancos y esponjosos.

Despliegas el mantel de un festín de infinito
en donde el horizonte, en su plato de nubes,
sirve el manjar del sueño y del olvido.

También, obrera nívea, eres enterradora:
Llevas hasta la arena en paletadas
montones de cadáveres de pálidas gaviotas.

Ruedan sobre la orilla tus vanas esculturas
que pronto se deshacen
en un mármol soluble, en ingrávidas plumas.

Móvil, caída nube, al chocar con la tierra
expiras, pero se alza entre las rocas
cual fantasma gaseoso tu presencia.

Arremangado el manto sonante, casta monja
recorres suspirando
tu plantación errante de magnolias.

¿Con material de garzas y medusas
tu flotante y blanquísimo cimiento
va a sostener acaso la ideal arquitectura?

¡Frontera del abismo, guardada por palomas!
Tu ejército nevado avanza hacia la tierra
¡oh monja capitana! en batallas de aurora.

En la arena o las rocas hallas tu fresca tumba
mas vuelves a nacer a cada instante
y sin pausa atesoras en las conchas tu albura.

De las fieras del mar balsámica saliva
acaricia tus plantas de cristal y de hielo,
¡Santa Espuma, difunta en las gradas marinas!

 

 


 

Tres estrofas al polvo

 

Tu roce de ceniza va gastando las formas,
hermano de la noche y la marea.
Envuelves todo objeto en una muerte anónima
que es tan sólo un regreso a su origen de tierra.

Escalas sin ser visto muros y corredores.
Palidecen los trajes ahorcados
en sus perchas de sombra y los relojes
cesan súbitamente de vivir a tu paso.

Clandestino emisario de las ruinas,
modelas en las cosas tu máscara terrestre.
Nada puede escapar a tu parda conquista,
aliado innumerable de la muerte.

 

 


 

Juan sin cielo

 

Juan me llamo, Juan Todos, habitante
de la tierra, más bien su prisionero,
sombra vestida, polvo caminante,
el igual a los otros, Juan Cordero.

Sólo mi mano para cada cosa
—mover la rueda, hallar hondos metales—
mi servidora para asir la rosa
y hacer girar las llaves terrenales.

Mi propiedad labrada en pleno cielo
—un gran lote de nubes era mío—
me pagaba en azul, en paz, en vuelo
y ese cielo en añicos: el rocío.

Mi hacienda era el espacio sin linderos
—oh territorio azul siempre sembrado
de maizales cargados de luceros—
y el rebaño de nubes, mi ganado.

Labradores los pájaros: el día
mi granero de par en par abierto
con mieses y naranjas de alegría.
Maduraba el poniente como un huerto.

Mercaderes de espejos, cazadores
de ángeles llegaron con su espada
y, a cambio de mi hacienda —mar de flores—
me dieron abalorios, humo, nada...

Los verdugos de cisnes, monederos
falsos de las palabras, enlutados,
saquearon mis trojes de luceros,
escombros hoy de luna congelados.

Perdí mi granja azul, perdí la altura
—reses de nubes, luz recién sembrada—
¡toda una celestial agricultura
en el vacío espacio sepultada!

Del oro del poniente perdí el plano
—Juan es mi nombre, Juan Desposeído—.
En lugar del rocío hallé el gusano
¡un tesoro de siglos he perdido!

Es sólo un peso azul lo que ha quedado
sobre mis hombros, cúpula de hielo...
Soy Juan y nada más, el desolado
herido universal, soy Juan sin Cielo.

 

 


 

 

I

Mundo con llave

 

Estaba cerrado como el sueño de una bellota
o ese reloj turbio que el pez muerto tiene por ojo
cuando entra la niebla en las pescaderías
e inclina las balanzas con sus manos de sal
guardando las luces en su caja de caudales.

Como el agua que engulle flor, animal o piedra
con apetencia igual
y se cierra enseguida, oh transparente máscara inmutable,
o el espejo que sueña en alguien que lo habite
y reserva su fondo lacustre para esos hombres pálidos
que se visten en la gris sastrería del crepúsculo.

Estaba cerrado como un anillo o una llama
donde entrar no es posible sin salir prontamente
aunque la cabeza del mártir conserva la ceniza
preparándose para la vacación final,
su domingo más grande que los otros
o día convertido ya en estatua,
monumento a los días.

Mas, no llamé al furioso perro encantado
que en el jardín habita disfrazado de rana
contando las pisadas del húsar difunto.
No llamé a nadie para que echara abajo la puerta con llave
porque hubiera caído la tapa del cofre del pirata
volviéndose sus onzas goterones de miel
o escarabajos muertos en el polvo.

Estaba cerrado como el sueño primero de una piedra
o la jaula de palomas de un fanal
o el fanal y la jaula minerales de una cabeza humana.

 

 


 

 

II La llave del mar

 

Aquí está tu llave, hipocampo,
tu húmeda llave de nácar
para abrir los cofres azules del océano
que ruedan en la arena con su carga,
los cofres donde el alga pone su sello verde,
los cofres llorosos de antigüedad y sal
con sus lomos que chocan entre sí
nutridos de tormenta y despojos eternos.

Aquí está tu llave, hipocampo,
para la lencería celeste de la espuma,
para las lámparas a media luz de las esponjas
para el cáliz de candor de la medusa,
para los amuletos herrumbrosos de los moluscos
guardadores de astros,
para el mantón con flecos de los líquenes,
para el coral que enciende su candelabro,
para la placa fría de la estrella de mar
o condecoración final del ahogado.

Aquí está tu llave de nácar
que liberta a un fantasma de su prisión marina
haciéndole subir las gradas de los años
cargado de cadáveres, tesoros y gaviotas.
Su rostro conocido lo va borrando el agua
con sus peces o dedos modelando la sombra
que cruza con prudencia el cangrejo ermitaño.
¿Es un grito de pájaro o un grito de mujer
que vierte entre despojos de las profundidades
su ácido funeral de campana, su caldo de naufragios?

Me da acceso a la cueva memorable
tu breve llave de nácar, hipocampo.
Todas sus partes completaban la clausura
con la gravedad de los acantilados rodeando una isla
o un ejército guardando una fortaleza.

Estaba cerrado el número del guijarro y la nube,
sellada la alcancía de memorias y de años,
el saco de las cosas bien atado y sin rótulo.
Yo había para siempre extraviado la llave
de la almeja, la luna y la toronja
y eran vanas las señas de un tenaz dios de espuma
mostrándome su oráculo en la arena.

 

 


 

 

Dictado por el agua

 

¡De murallas que viste el agua pura
y de cúpula de aves coronado
mundo de alas, prisión de transparencia
donde vivo encerrado!
Quiere entrar la verdura
por la ventana a pasos de paciencia,
y anuncias tu presencia
con tu cesta de frutas, lejanía.
Mas cumplo cada día,
Capitán del color, antiguo amigo
de la tierra, mi límpido castigo.
Soy a la vez cautivo y carcelero
de esta celda de cal que anda conmigo
de la que, oh muerte, guardas el llavero.

 

 


 

 

De nada sirve la isla

 

¿De qué sirve embarcarnos en una guitarra
canoa de la soledad
—de la soledad salida de madre—
con la quinina de la luna para el mal de los trópicos,
huyendo de ese saurio que nos sigue
por la corriente turbia de los días
y que acecha el minuto del naufragio?
De nada sirve la isla coronada de hojas y de plumas
en cuya arena el agua toma el molde de las pisadas
porque encontraremos la moneda de plomo o el día acuñado
en donde la muerte ha puesto su efigie.

De nada sirves, rosa
que en tu eje estás torneando una llama sin prisa,
de nada tú, diamante o mineral araña de fulgores,
de nada, frescas borlas o alfileteros del sicomoro
con los que se sujeta la pesada y dulce tapicería de la tarde.
De nada sirven, tierra, tus piedrecillas de colores
porque el cielo guarda un obstinado silencio
y el río repite sin cesar
con paladar de líquido y de sombra
una idéntica sílaba mojada.

De nada sirve el caballo para huir del fuego fatuo
que cabalga a la grupa con el viento,
de nada la coraza de las campanas
contra los mandobles del cielo.
Inútil el farol al que la tormenta estrangula sobre el
acantilado.
Inútil el día festivo en el orfanato de los hombres grises
uniformados de soledad,
o la escalera a la que la sombra sustrae dos o tres peldaños.
De nada sirves, guitarra, de nada
porque te hundirás en el oleaje de la música
y nuestro día estará esperándonos de pie en el arrecife.

 

 


 

 

Las armas de la luz

 

II

La luz mira: existo. La luz mira
en torno mío todo hasta el guijarro
y cada árbol reafirma su existencia
por sus hojas sumisas que se bañan
en la total mirada de la altura.
Un río lleva en su alma esa mirada
que borrar con azul en vano intentan
piedrecillas o ramas que se hunden
y hacen sólo surgir entre las aguas
la forma del gran Ojo que se abre
al turbar la dormida transparencia.
Horizonte de rocas o molares
de Dios, en donde habita la palabra
profunda "más allá", vocablo de oro
en la hueca garganta de distancia.
Ya comprendo la lengua de lo eterno
como de lo lejano y lo escondido
porque la luz ha entrado meridiana
en mi cuerpo de sombra hasta los huesos
tubería de cal por donde sopla
la música del mundo, el tierno cántico
de la familia universal de seres
en la unidad terrena, planetaria
de su común origen: la luz madre.


III

Translúcida la avispa prisionera
en su ámbito floral, comprueba al vuelo
su libertad medida, su dominio
cercado por las huestes vegetales
y en su mundo de sol gira gozosa
angélica en su cielo de hojas y aire
y fabrica dulzura sin descanso
con materia de luz su oro gustoso,
guardiana de su mágica alquitara,
con su lanza de fuego va volando
minúscula amazona, miel armada.
Avispa cazadora y mensajera,
cínifes transparentes como el aire,
insectos de la luz, familia diáfana
o signos de una efímera escritura
en texto natural para los pájaros
que leen entre silbos, tragan letras
caídas en la hierba o seres vivos,
jinetes desmontados en la guerra
de siglos que comienza cada día,
guerra civil terrestre de gusanos
que devora el Gran Mirlo de la sombra.


IV

Sólo es luz emplumada el colibrí,
luz con alas o mínima saeta
que las flores se lanzan una a otra
al corazón de aroma y de rocío.
Le ve pasar el aire en un relámpago
de pedrería cálida, volante
astilla de vitral, reflejo de agua
fugaz en el espejo del espacio
que le mira, incansable pasajero
ir y venir, imagen de la prisa
entre la lentitud grave del mundo
en la solar batalla meridiana
y buscar vanamente la flor Única
en su breve estación sobre la tierra
hasta que el pico encuentra en la corola
el azúcar secreto de la muerte.
Mas la herencia del pájaro difunto
se reparten insectos y raíces
y el color de las alas va a los frutos
miniaturas de sol, planetas dulces
y de allí nuevamente en pulpa de oro
o en sangre vegetal, licor nutricio,
a la tribu del aire y de la pluma
en un ciclo infinito de animales
y semillas, de insectos y de plantas
que comanda la luz, la luz suprema.


VI

¡Cielo entre cuatro rocas solas: háblame!
Tu boca desdentada ya modula
el tremendo secreto meridiano.
Mente sin nubes, diáfana conciencia,
transmíteme la idea en llama pura.
Tu elocuencia de miel solar me envuelve
y nace en mí la fúlgida evidencia.
¿Quién soy? ¿En dónde estoy? El mediodía
me circunda con su oro, mina inmensa.
Soy soldado del lirio y de la avispa
y servidor simétrico del mundo:
Tengo un ojo de sol, otro de sombra,
un punto cardinal en cada mano
y ando, miro y trabajo doblemente
mientras dos veces peso en la balanza
cerebral en secreto
el vinagre y la miel de cada cosa.
Mido el tiempo, el color, mi metro aplico
a lo que me rodea, mas no veo
más allá de las nubes, se me escapan
la música y la luz entre los dedos.

 

 


 

 

La semilla

 

En su cueva de tierra la semilla interroga
prisionera inocente, la razón de su encierro.
Es oscura su cárcel transitoria.
Por salir a la luz todo en ella trabaja
y al fin su brazo verde agujerea el suelo.

Brazo verde que buscas el aire de la altura,
la libertad del sol, la embriaguez de la vida:
mi corazón imita en su clausura
tu florecer secreto, tu labor silenciosa
y sólo es una planta rastrera que germina.

Semilla; eres la imagen del hombre en cautiverio
el tiempo de un suspiro o de un sueño terrestre,
una estación apenas de la flor y del beso
hasta que un brote asoma a la luz alta
y el limo se transforma en una tumba fértil.

El corazón y el grano se extinguen en el surco,
mas de nuevo en su fruto se esconde otra semilla
¡Oh ciclo de la vida: fin y comienzo juntos!
En la semilla un dios vive encerrado,
el dios que multiplica los frutos y los días.

 

 


 

 

Hombre planetario

 

II

Camino, mas no avanzo.
Mis pasos me conducen a la nada
por una calle, tumba de hojas secas
o sucesión de puertas condenadas.
¿Soy esa sombra sola
que aparece de pronto sobre el vidrio
de los escaparates?
¿O aquel hombre que pasa
y que entra siempre por la misma puerta?
Me reconozco en todos, pero nunca
me encuentro en donde estoy. No voy conmigo
sino muy pocas veces, a escondidas.
Me busco casi siempre sin hallarme
y mis monedas cuento a medianoche.
¿Malbaraté el caudal de mi existencia?
¿Dilapidé mi oro? Nada importa:
Se pasa sin pagar al fin del viaje
la invisible frontera.


V

Eternidad, te busco en cada cosa:
en la piedra quemada por los siglos
en el árbol que muere y que renace,
en el río que corre
sin volver atrás nunca.
Eternidad, te busco en el espacio,
en el cielo nocturno donde boga
el luminoso enjambre,
en el alba que vuelve
todos los días a la misma hora.
Eternidad, te busco en el minuto
disfrazado de pájaro
pero que es gota de agua
que cae y se renueva
sin extinguirse nunca.
Eternidad: tus signos me rodean
mas yo soy transitorio,
un simple pasajero del planeta.


XV

¿Dónde se encuentra, rosa,
tu máquina secreta
que te forma y enciende, brasa viva
del carbón de la sombra
y te impulsa a lo alto
a expresar en carmín y terciopelo
tu gozo de vivir sobre la tierra?
¿Qué oculto motor verde,
qué eje te redondea, fuego cóncavo,
breve nido de llamas?
¿Qué vienes a decir con tantos labios?
¿Eres sólo una boca del misterio
que intenta pronunciar una palabra
nunca oída hasta ahora
para cambiar el curso de este mundo?
¿O eres acaso el beso de la tierra
a todo lo que vive,
prueba de amor de un día
a las cosas oscuras
devoradas a medias por la muerte?

 

 


 

 

La cifra



En el orbe del cero
duerme el dios de los números,
pequeño dios que crea
de la nada los mundos.

¿Ilusión? En miríadas
la unidad multiplica
Cero: ¿eres nada o todo?
De ti nace la cifra.

Números en millares:
infinita colmena.
Labran su miel mental
las abstractas abejas.

En arenas y en astros
su transparente círculo
esconde el cero eterno
¡oh, huevo del guarismo!

Mago de los espejos,
dios del número: ábreme
tu cueva de tesoros,
tu caja de caudales.

¡Cuánta riqueza oculta!
Aún los signos solos
multiplican las cosas:
El Número es de oro.

Aves, peces, insectos,
árboles, piedras: números.
Sin el pequeño dios
no existiría el mundo.

 


 

 

Islas niponas

 

Tomo con los palillos un corazón enano
entre granos de arroz que ríen con sus dientes minúsculos
a la sombra de los pinos marítimos
que vieron llegar por las olas la estatua del dios
y por las nubes la barca del hombre
fundador de dinastías.

Los sacerdotes de cabeza rapada
llevan el dosel del cielo
cerca del templo de laca
vacío hasta las lágrimas de cera.
Los santos hombres de Zen se refugian en un islote
para ver la caída de la hoja,
lengua de lo alto.

Los mendigos engañan su hambre tocando la flauta.
Al ocaso, el sol mira de reojo
las ventas de pescado momificado.
Las luces de Ginza tiemblan en la red de las constelaciones
mientras las anguilas recorren la tierra
en busca de los lagos nupciales.

Ningunos ojos más llenos de amor humano
que los de la joven manchú sobre las esteras
ante el cuerpo del extranjero comprador de caricias
Kioto, Kamakura, Karauizawa:
miles de años han madurado la civilización de madera
contemplada con una sonrisa enigmática
por la inmensa estatua del dios de bronce
hueco como una campana
en espera de los tifones oceánicos
que dejarán sólo un esqueleto de pez sobre la arena.

Zen: mira mi mano flácida. Soy un hombre de Zen.
No tengo otro cuenco de arroz que la luna.
Sin embargo en mi corazón reverdece la sabiduría
como un limonero enano
y en mi paladar se redondea la palabra
antes de salir a deshacerse en el aire.