Nota introductoria


Jorge Carrera Andrade nació en Quito, en 1903, y murió en la misma ciudad el 8 de noviembre de 1978. Es, con Gonzalo Escudero, Alfredo Gangotena, César Dávila Andrade1 y Jorge Enrique Adoum, uno de los mayores poetas ecuatorianos de este siglo, y el más conocido en el exterior.

De un modo distinto a la filosofía, el asombro está en la raíz de su poesía. Asombro no significa ahora sólo interjección. Para el poeta que me ocupa, asombro significa perplejidad ante la certidumbre del mundo exterior, mirada interrogante, método de trabajo. Poesía sin demonios, sin torturas de la conciencia, sin teatralidad, distante a la vez del sueño y de todo explícito afán de trascendencia, es, sin embargo, una de las más asombrosas y asombradas de la literatura latinoamericana de este siglo. En esta poesía del fulgor, de los tornasoles, todo es cierto. El mundo está afuera, resplandeciendo en formas y colores amaestrados por las inagotables y sorprendentes metáforas. No hay pensamientos memorables, nada hay entre el objeto visto y la mirada sino otro objeto. Festín de la claridad su poesía. Declara el poeta en la introducción a su libro Edades poéticas (Quito, 1958): "La luz contenía la clave de la existencia terrenal. Cada día era, en sí, el fruto de un combate en que la luz salía victoriosa de la sombra".

Independientemente del valor de cada uno de sus poemas, lo que más sorprende en Carrera Andrade es la unidad, claridad y consistencia de su obra poética, que se despliega, desde sus orígenes bucólicos y postmodernistas, como un solo gran poema de los dones, un solo gran inventario de los bienes terrenales, como crónica de las cosas, donde es la luz el verdadero ser. No podemos dejar de preguntarnos, al leerlo, cómo es posible tanta fe, tanta certidumbre, tanta claridad. "Las cosas. O sea la vida", escribió en uno de sus poemas.

La evolución poética de Carrera Andrade va estrechamente vinculada a sus desplazamientos por el mundo. Las partidas, los regresos, marcan los hitos de su poesía. A medida que viaja, su poesía se enriquece, se extiende. Carrera Andrade aprendió de los poetas franceses del primer cuarto de siglo, en especial de Francis Jammes, por mucho tiempo el santo de su devoción, y, por supuesto, de los hai-kú japoneses, cuyo espíritu estará presente aún en los poemas largos de la década del cincuenta. En estos años, precisamente, esta poesía cargada de amuletos de amor por el mundo empieza a nublarse, a sacudirse de incertidumbre. El poeta que había invitado a la dicha empieza a frecuentar las elegías ("Juan sin Cielo") y a plantearse cada vez más el mundo como un enigma. El poeta de la luz se plantea la sombra como tema, y el resultado es admirable. El mundo es una prisión, prisión terrena; está cerrado en sí mismo "como el sueño de una bellota" o como los cofres sumergidos de los piratas. Cuando este poeta de la luz descubre la sombra, logra sus mejores poemas.

Esta antología puede parecer extraña porque ha pro-curado, en lo posible, mostrar esos grandes momentos de la poesía de Carrera Andrade: aquellos en que des-cubre no sólo el objeto, sino el objeto y su sombra: luminosos poemas al polvo, a la sombra.

 

 

Vladimiro Rivas Iturralde
 
 

1Material de lectura, No. 22