II La llave del mar

 

Aquí está tu llave, hipocampo,
tu húmeda llave de nácar
para abrir los cofres azules del océano
que ruedan en la arena con su carga,
los cofres donde el alga pone su sello verde,
los cofres llorosos de antigüedad y sal
con sus lomos que chocan entre sí
nutridos de tormenta y despojos eternos.

Aquí está tu llave, hipocampo,
para la lencería celeste de la espuma,
para las lámparas a media luz de las esponjas
para el cáliz de candor de la medusa,
para los amuletos herrumbrosos de los moluscos
guardadores de astros,
para el mantón con flecos de los líquenes,
para el coral que enciende su candelabro,
para la placa fría de la estrella de mar
o condecoración final del ahogado.

Aquí está tu llave de nácar
que liberta a un fantasma de su prisión marina
haciéndole subir las gradas de los años
cargado de cadáveres, tesoros y gaviotas.
Su rostro conocido lo va borrando el agua
con sus peces o dedos modelando la sombra
que cruza con prudencia el cangrejo ermitaño.
¿Es un grito de pájaro o un grito de mujer
que vierte entre despojos de las profundidades
su ácido funeral de campana, su caldo de naufragios?

Me da acceso a la cueva memorable
tu breve llave de nácar, hipocampo.
Todas sus partes completaban la clausura
con la gravedad de los acantilados rodeando una isla
o un ejército guardando una fortaleza.

Estaba cerrado el número del guijarro y la nube,
sellada la alcancía de memorias y de años,
el saco de las cosas bien atado y sin rótulo.
Yo había para siempre extraviado la llave
de la almeja, la luna y la toronja
y eran vanas las señas de un tenaz dios de espuma
mostrándome su oráculo en la arena.